martes, 18 de octubre de 2022

Lo hermoso de no entender

 Tarde lloviznosa y fría en el barrio de Las Tunas, agradable sólo porque es de octubre. Estoy confesando en el patio vacío del jardín de infantes parroquial, que parece no entender el por qué de tanto silencio.

  Tras las puertas del salón contiguo, una señora está hablando con fe y con dulzura de Dios a unos cuantos adultos, electos padrinos de confirmación, que se preparan así para recibir ellos también el sacramento. 

  De pronto se acerca a confesarse uno de ellos. Se trata de un muchacho amigo mío, varón mucho más dado a la calle que a las cosas de Iglesia, pero de fe sincera, como que caminó peregrinando más de una vez hasta la Virgen de Luján.

  "¿Y, amigo?" -le pregunté para iniciar la "conversa"... "¡Vas a confirmarte! ¿Cómo estás viviendo todo esto?"

   "No entiendo nada", me contestó al punto. Y sin darle tiempo a mi rostro para acusar la sorpresa, con una sonrisa grande y tranquila y los ojos lagrimosos agregó: "Pero es hermoso no entender nada".

    Creo que nunca alguien me había expresado con tanta sencillez y contundencia lo que quiere decir "misterio" y lo que genera entrar de verdad en contacto con él. 

    Algo así tendría yo que sentir después de cada bautismo, de cada absolución, de cada Misa, de cada bendición, de cada minuto de mi existencia sacerdotal... 

   Sólo me queda agradecer por la fe de los pobres, y decir con el Señor: "Te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido".