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martes, 10 de febrero de 2026

La lección de Jaime Torres

 A Daniel Frascoli, y a los compañeros de la Musaranga,

que, sin quererlo tal vez, me ayudan a ser cura.



La  lección de Jaime Torres

Siempre me llevé mal con los micrófonos. Tengo una honda y muy poco racional  animadversión contra esos adminículos antiestéticos que, sin embargo, me salen al paso una y otra vez, como si me persiguieran empeñados en convencerme de ya nunca podré vivir sin ellos. Cada vez que logro dar un sermón prescindiendo de su molesto auxilio, siento que he ganado una batalla en esta sorda guerra que libro con ellos. Pero pasan cosas que me convencen cada vez más...

Una vez me di el gusto de ir a un recital del cantor criollo Tata Cedrón en la sede de La Musaranga, en el barrio de Beccar. Sobre la humilde tarima de tablas, estaba él con su guitarra, y a su lado, como un ángel musiquero, el guitarrista Daniel Frascoli. Pero lo que más me llamó la atención fue que en el escenario no había un solo micrófono, ni para la voz ni para las guitarras. Y con todo, la sala se llenó -desde el primero hasta el último acorde- de un rotundo silencio, envolvente y respetuoso como un abrazo de pésame.

Fascinado por este hallazgo (que en mi mundo imaginario les merecía la cucarda mayor de la cruzada antitecnológica), lo busqué a Frascoli para felicitarlo por cómo habían cautivado al variopinto auditorio, generando un silencio tan conmovedor como su música.

Y entonces el amigo Daniel, por toda respuesta, me contó esta anécdota.

Resulta que él, además de músico, es un excelente sonidista, que durante varios años acompañó al eximio charanguista Jaime Torres (1938-2018). Cierta vez, en uno de esos grandes festivales de verano, le tocaba actuar a Don Jaime justo después del popular Chaqueño Palavecino. Tarea nada fácil. El público, después de los bises con las canciones más pegadizas, estaba eufórico. Y ahora, después de la rauda retirada de los muchos músicos que había en escena, habían quedado solos, frente a la enfervorizada multitud, el menudo artista y su menudo instrumento.

Don Jaime, con el charango como si fuera un hijito alzado contra sus mejillas, empezó a hacer unos arpegios casi imperceptibles. La gente, alborotada, parecía no darse cuenta siquiera de que había alguien en el escenario. Pero el que tampoco parecía darse cuenta de nada era Jaime Torres, que con los ojos cerrados y la luz en su sonrisa seguía punteando apenas, acariciando las cuerdas, como embebido en su mundo interior. Parecía una discusión de sordos. El sonidista Frascoli sintió en las venas de sus dedos la presión ambiental, y no pudiendo soportar ya la tensión, subió hasta el tope el volumen del micrófono del charango. Minutos más tarde, cuando la gente se había por fin sosegado y el músico comenzó a rasguear con fuerza, tuvo que corregir de golpe ese primer movimiento, bajando apresuradamente el volumen.

Esa noche, después de la actuación, Don Jaime lo reconvino con dulce severidad: “No vuelvas a hacer eso, chango. Vos dejame a mi, no más, tocando despacito… Ya vas a ver cómo la gente solita empieza a hacer silencio”.

Frascoli aprendió la lección. Y la prueba tuvo lugar poco después. 

Si hacer solos de charango después del Chaqueño Palavecino en un festival de provincia había tenido sus dificultades, el desafío máximo llegó cuando Jaime Torres se presentó, con su charango, en el festival del Bicentenario, quizá el más multitudinario de la historia. El escenario era un inmenso portal armado en la Plaza de la República, al pie mismo del Obelisco porteño. El público, un río humano que colmaba la avenida 9 de julio hasta perderse de vista, y el teatro, el cielo abierto de Buenos Aires. La historia se repitió. El auditorio era una indomable masa ruidosa, como el río en sudestada. Jaime Torres, como un nuevo David frente a Goliat, con solo su charanguito iba a salir a domar a las fieras. 

Llegó el momento, y los que transmitían en vivo el festival para la televisión pública vieron que los dedos del maestro empezaron a hormiguear sobre la boca del instrumento, pero no se oía absolutamente nada. Tan sólo el músico parecía estar oyendo alguna melodía secreta, porque, ensimismado, alzaba el rostro con los ojos cerrados y sonreía como en éxtasis. Y los segundos pasaban… Frascoli, el sonidista, no tocó un solo botón. Pronto, por los auriculares, empezaron a lloverle, como cascotazos, las imprecaciones de los otros técnicos, los de la televisión, los de los escenarios paralelos cuadras abajo, los de las muchas pantallas gigantes…, exigiéndole que subiera el volumen del charango. Frascoli miró una vez más a Don Jaime que, como si estuviera solo y su alma, seguía sonriendo y tocando para si.  Contagiado por ese magnetismo que sólo los artistas verdaderos tienen, Frascoli resisitó la presión. Pasaron algunos minutos, quizá, hasta que de pronto, desde debajo mismo del escenario, brotó, como de una secreta fuente, el característico sonido con que cientos de almas, al unísono, pedían, por fin, silencio. Y el sonidista, conmovido, sintió cómo ese suave chistido silenciante se alejaba del escenario hacia las infinitas filas de atrás, acallando el tumulto, como una ola silenciosa que iba alisando todo a su paso, como una gran bandera blanca que fue desplegándose hasta que lo cubrió todo.

Jaime Torres tenía razón.

 

**** 

“Jaime Torres tiene razón”, me dije, cuando escuché esta anécdota de Frascoli. Sí, y Jaime Torres tiene más razón que nosotros los curas y que buena parte de la Iglesia de nuestros tiempos.

Es que mientras Frascoli me iba contando la experiencia yo no podía dejar de pensar en mi experiencia como cura y en la situación de la Iglesia ante el mundo de hoy.

Porque hace años que, como Iglesia, no venimos haciendo otra cosa que “subir el volumen de los micrófonos”… Y cada vez menos gente nos escucha.

Llevamos muchos años cometiendo el mismo yerro que cometió el sonidista novel, y como él, sin duda, con la mejor de las intenciones: que la gente escuche, que al público le “llegue”, que el mensaje sea recibido. Él optó ese primer día por el camino más fácil, más obvio, el atajo de la tecnología: subir el volumen. Pero era un camino sin salida. El artista, en cambio, le enseñó un camino más largo, pero más humano, que requería paciencia y confianza.

Esta parábola de Jaime Torres y su sonidista puede aplicarse a toda la vida de la Iglesia, a su enseñanza doctrinal y moral, a su comprensión de si misma y a su entera relación con el “mundo”. Pero por las semejanzas que hoy -lamentablemente- tienen los altares con los escenarios, en seguida apliqué esta lección de Jaime Torres a la liturgia.

Porque nosotros, en la liturgia de la Iglesia, hemos subido los micrófonos.  Tal vez podríamos decir que, hace ya bastante tiempo, la Iglesia colocó un micrófono por primera vez cuando dejó de celebrar gran parte de la Misa en voz baja. Silencio en los altares, silencio en los misales, “silencio de Misa” que dejamos ir…

Subimos un poco más el volumen de los micrófonos cuando dejamos de celebrar en latín. Pero me da la sensación de que ni los curas ni la gente entendemos mejor que antes lo que pasa en el altar.

Subimos todavía más los micrófonos cuando incorporamos nuevas plegarias eucarísticas y formularios eucológicos al Misal Romano, apostando a que “el gusto está en la variedad”… Y no hay quien pueda disimular la sensación de hastío con que celebramos.

Subimos bastante más fuerte el volumen cuando empezamos los sacerdotes a mirar hacia los fieles durante la celebración de la Misa, en lugar de a Dios, que es a quien -se supone- están dirigidas las oraciones y el santo sacrificio.

Pero los niveles más preocupantes de volumen alto empezaron, por cierto, cuando nos vimos en la necesidad de cambiar, enmendar y sobre todo agregar palabras y más palabras a las rituales de siempre, queriendo saludar, despedir, explicar, suavizar, etcétera.  Y subimos desesperadamente los micrófonos, cada vez que, dejando la sobria seriedad de las rúbricas, improvisamos cualquier cosa con tal de mantener entretenidos a los fieles, rebajándonos a ser, los curas, actores de “stand-up” y la asamblea de los fieles, un mero “auditorio” cada vez más infantilizado (por nosotros).

Hemos subido y subido los micrófonos hasta la saturación. Y me da la sensación de que no hemos conseguido más que agravar la indiferencia general. 

Gracias a Dios, llegó la era de los teléfonos inteligentes como para que entendamos de una vez por todas que, por el camino de lo variado y “divertido”, es imposible llamar la atención de las nuevas generaciones y ofrecerles algo más entretenido que el celular que tienen entre manos. No hay competencia posible. Este camino no tiene salida.

Jaime Torres sabía más que bien lo valioso que era eso que tenía para ofrecer. Con su actitud, demostraba la alta estima en que tenía a su propia arte. ¿Para qué ponerse en el nivel de otro, por bueno que fuera? ¡Qué triste hubiera sido si, por caso, Don Jaime hubiera sumado guitarras eléctricas y ruidosas baterías para poder competir con un cantor de moda! Pero no: él sabía bien quién era, y tenía por consiguiente, toda la confianza en la fuerza de su arte.

Pero no sólo tenía confianza en su propio don: tenía también confianza en la gente: no los subestimaba, sino que los sabía capaces de apreciar, en silencio respetuoso, la bella profundidad de la música del altiplano.

Ahora bien, la Iglesia sí parece que ha perdido la confianza en el tesoro que la habita. Nuestra actitud deja ver un indisimulable sentimiento de inferioridad. Y entonces nos desvivimos tratando de vender al precio que sea nuestro producto en la infinita feria de este mundo consumista. ¿No nos damos cuenta de que tenemos algo que nadie sino la Iglesia de Cristo le puede ofrecer al mundo? ¿Es que no confiamos que es Él el que atrae, el que llama, el que convierte, el que sana, el que enamora? ¿Nos hemos olvidado que tenemos entre manos al Rey de los reyes, al Dios hecho hombre en el Pan de cada Misa, en cada Sagrario? ¿Puede ser que confiemos más en nuestros dotes de elocuencia, de marketing, de histrionismo, que en la fuerza de Dios que está realmente presente en el altar? ¿Será posible que nos saboteemos a nosotros mismos, eliminando de las fatigadas ciudades modernas los únicos espacios sagrados, de silencio, de presencia de Dios trascendente y de oración, para convertirlos en uno más de los “salones de usos múltiples”?

¿Qué estamos haciendo?

Rifar nuestro tesoro. Devaluar nuestra arte. Malvender nuestras joyas. Traicionar nuestra identidad. Desconocer nuestra dignidad. Faltarnos el respeto a nosotros mismos y al pueblo de Dios, porque los seres humanos son tan capaces hoy como siempre, empezando por los chiquitos, de “ponerse serios”, de rezar en silencio, de reconocer la belleza de lo sagrado, de adorar al Santo. ¿Y en dónde van a encontrarlo sino en su Iglesia?

Creo que ya es tiempo de empezar a bajar el volumen de los micrófonos. Y despojar nuestras Misas de tantas “ayudas” que le hemos ido añadiendo al rito y que no ayudan a nadie. Y de volver a confiar en esa, al principio, casi inaudible pero poderosa música de Dios, que como aquel mágico arpegio de charango, sigue y sigue, con la tozudez del amor, llamándonos, atrayéndonos, enamorándonos.





miércoles, 10 de junio de 2020

DECIMADEMISA

José Bouchet, "Primera Misa en Buenos Aires". Museo Histórico Nacional.

Sabiendo en forma precisa
que le llegaba el momento
como quien da un testamento
Jesús nos dejó la Misa:
en ella Él sintetiza
toda su vida y su muerte,
y como alimento fuerte
nos da su Cuerpo sagrado
para que al fin, sin pecado,
gocemos su misma suerte.

                Las Tunas, Corpus Christi 2020

martes, 16 de abril de 2013

"Ida y vuelta a Emaús, por favor". Un viaje de cuatro estaciones para encontrarse con Jesús.

El relato de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35), que en este tiempo de Pascua volvemos una y otra vez a meditar, nos ofrece algunas claves del encuentro con el Resucitado que podemos aplicar no sólo a la Eucaristía, sino también a los demás sacramentos y a toda forma de oración. Lo planteamos con la imagen de un viaje en tren con boleto de ida y vuelta, y que tiene cuatro estaciones bien definidas.


 
Primera estación: “¿De qué hablaban por el camino?” (Lc 24, 17)
 
Los discípulos están dejando la comunidad grande de Jerusalén, y se vuelven a su aldea, a su pequeño mundo, o “lo de siempre”. Es un camino de desilusión: desandar esa aventura de salida de sí mismos hacia el Reino que habían hecho tras los pasos de Jesús, y volver a su rutina, al “más vale malo conocido que bueno por conocer”…
Y Jesús se interesa por su corazón, por qué los preocupa, por cómo están: "¿De qué vienen hablando por el camino?"
El encuentro con Jesús resucitado empieza con una iniciativa de Él. Poder encontrarse con Cristo es un regalo: es gracia. 
Pero la experiencia de Jesús resucitado supone necesariamente abrirle el corazón tal como está. Encontrarse con Dios en cualquier forma de oración, también en la Misa, implica “poner toda la carne en el asador”, entrar a la iglesia, o a la oración, sin dejar nada de nuestra realidad afuera, sino poniendo todo lo que hay en nosotros en manos de Jesús que se interesa por cada detalle de nuestra existencia y que no desecha nada de lo humano.
 
 
Segunda estación: "Les explicó las Escrituras" (cf. Lc 24, 27.32)
 
Después de recibir lo que ellos podían ofrecer –en este caso, su desilusión, su tristeza- Jesús ilumina la realidad con las Escrituras, que en su boca se hacen Palabra viva, capaz de hacer “arder el corazón” (Cf. Lc 24, 32) y de tener ganas de seguir escuchándolo, de invitarlo a quedarse, de no dejar que “siga adelante” (Cf. Lc 24, 28) sin quedarse con ellos, sin entrar en su casa, sin ingresar en lo más íntimo de su corazón.

 
Tercera estación: "Lo reconocieron al partir el pan" (cf. Lc 24, 30-31; Lc 24, 35)
 
Los discípulos sólo reconocen a Cristo Señor al “partir el pan”. “Fracción del Pan” es el primer nombre que recibió la “Misa”, la Eucaristía celebrada en comunidad (cf. Hech 2, 46). Y cuando lo reconocen, Él, que había aceptado su invitación para "quedarse con ellos" (cf. Lc 24, 28) desaparece de “enfrente” para quedarse “adentro”, porque se había hecho alimento justamente para eso: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 56). Por eso no lo “extrañan”, no se lamentan de que haya desparecido de su vista, sino que comparten los frutos que su presencia dejó en el corazón: “¿No ardía, acaso…?” (Lc 24, 32). Es el momento del encuentro y de la intimidad en lo concreto y objetivo de su presencia sacramental.
Sólo reconociendo a Jesús en la Iglesia (la liturgia, la Eucaristía, los sacramentos, la Palabra...) se abren los ojos para que podamos caer en la cuenta de que él venía con nosotros desde antes, desde siempre, acompañándonos en el camino, en lo cotidiano de la vida.
 
“Cuando el sol se vaya y la tarde caiga,
se abrirán los ojos al partir el pan,
y entonces sabremos que por el camino
nos venía arreando el Dios de la Paz”
                                    (Mamerto Menapace, "Los yuyos de mi tierra").
 
Sin ese reconocerlo en la Iglesia, donde Él quiso quedarse, se hace muy difícil reconocerlo en nuestro vivir cotidiano.
 
 
Cuarta estación: “En ese mismo momento, se pusieron en camino” (Lc 24, 33)
 
El encuentro con Jesús los devuelve rápidamente a la esperanza y a la comunidad grande de la Iglesia, a quien ellos escuchan (Lc 24, 34) antes de hablar (Lc 24, 35). La Comunidad de los Apóstoles les confirma su experiencia, los fortalece en la fe común: “El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón”.
El encuentro de Jesús nunca nos deja iguales: no nos deja aislados, sino que nos abre a los hermanos; no nos deja cómodos y estáticos, sino que nos devuelve al camino del anuncio alegre, de la vida misionera.

domingo, 30 de septiembre de 2012

La comunión de la torta

No es cierto que lo ritual sea algo exclusivo de las religiones. Nuestra vida está llena de ritos que podríamos perfectamente llamar "profanos", y que jalonan y embellecen nuestro transcurrir cotidiano.
Desde que vine a vivir a Virreyes en más de una ocasión me descubrí inermemente malhumorado ante la insistencia de personas de la comunidad que se empecinan en hacerme traer a casa un pedazo de torta para el otro cura, que no pudo quedarse al festejo (del bautismo, de la primera comunión, del cumpleaños...). Mis excusas nunca los convencen: "prácticamente no comemos cosas dulces", "Somos solamente dos y comemos casi siempre fuera de la parroquia", "el otro padre nunca come postre".... Inútil. Ellos seguramente no piensan, como yo, en las acrobacias ciclísticas para transportar durante unas cuantas cuadras un frágil pedazo de torta apenas protegido por una bolsita, sin que llegue convertido en un irreconocible engendro de migas y dulce de leche. Tampoco se imaginan que ese platito, o ese táper, o la bandejita donde viene el regalo probablemente jamás volverá a sus hogares (mea culpa), entreverado en el masculino descuido de una cocina de curas. No sospechan que, confinado en la heladera, ese generosísimo trozo de dulzura, bajo la voluptuosa espesura del merengue, es menos tentador que un pan viejo, y que su inexorable destino basurero se verá dilatado tan sólo por el valor afectivo de su carácter de "souvenir", hasta que el moho le gane la pulseada a la lástima...
Más de una vez, cuando llamo a alguien del barrio para felicitarlo y al mismo tiempo le cuento que no podré ir al festejo de ocasión, me consuelan diciendo: "no importa, mañana te llevo un pedazo de torta". (Y vuelta a empezar con mis argumentos, que por teléfono son todavía más impotentes).
El otro día, cuando llegó el momento de comunicarle educadamente al dueño de casa que había decidido irme, su señora me franqueó el paso decididamente y me espetó: "¿cómo te vas a ir antes de la torta?". Y entonces, cuando vio que yo seguía firme en mi resolución de partir, corrió hacia adentro de la casa y volvió al minuto con el consabido platito de torta... que comí de parado y "con un pie en el estribo".
Me llamó la atención: aunque hubiera estado dos horas en ese festejo, irme sin haber comido la torta era un desaire, casi como el de rechazar la invitación. Entonces entendí que la torta no era una torta, sino mucho más. Comer la torta no es lo que indica la materialidad de ese acto... Compartir la torta es un rito. Un rito cabal, aunque no sea religioso, y que viene circundado por una verdadera liturgia: quién la corta, cómo, quién la reparte, a quiénes, en qué orden...
Me sorprendió mi insensibilidad para captar ese rito. Yo conocía y tenía asumido el de prender y soplar las velitas, cantar, etc., pero para mí ahí se acababa la ceremonia. Después de eso, me daba lo mismo irme o quedarme, comer o no la torta, o preferir cualquier otro postre de la mesa.

Esta liturgia hogareña de tantas familias argentinas está muy emparentada con la "comunión" como rito religioso. Ya en la antigüedad, se llamaba "sacrificios de comunión" a aquellos en los cuales las personas que lo ofrecían podían comer parte de la víctima ellos mismos (y no sólo los sacerdotes, encargados de la inmolación). Comer de esa víctima, de esa "hostia", quiere decir implicarse personalmente en la ofrenda, comprometerse con lo que se hizo en el altar.
También la comunión con Jesús en la Eucaristía tiene este sentido. Después de haber vivido el "misterio central" de esta fiesta de la fe (como si hubiéramos sacramentalmente "soplado las velitas" de la muerte y resurrección de Jesús), viene el momento de participar de esa fiesta, de "hacerla nuestra", de incorporarla, de asumirla como propia. Y eso se expresa compartiendo esa comida sacrificial, comiendo todos de un mismo pan que el mismo Señor Jesús corta y reparte en la persona de quien preside la Misa. Rechazar voluntariamente y porque sí esa comunión sería no querer compartir lo que Dios nos ofrece en la Eucaristía: una Alianza de Amor eterna expresada en su Hijo Jesús, muerto y resucitado por nosotros. Aceptar sentarse en esa mesa pascual, por el contrario, quiere decir creer en ese amor de Dios y comprometernos a permanecer en él, viviendo nosotros mismos -los que compartimos esa Comida- en el amor fraterno. Tal vez por eso antes de "probar el bocado" la Iglesia nos pide que digamos "Amén", a ver si estamos seguros de lo que implica comulgar: comprometerse a vivir en Cristo, o sea, amando y sirviendo hasta dar la vida.
Y como la torta, también a la Comunión la llevamos a quienes no pudieron estar en la fiesta de la Eucaristía (los enfermos) para que al recibirla, sepan que el Dueño de la fiesta no sólo no se ofende, sino que les hace llegar de esa manera su abrazo y su alegría, y la certeza de que "son parte" de la fiesta de su Amor.

martes, 13 de octubre de 2009

Lo que el signo muestra (IV parte)

Amor sin ruido
"El amor ha de ponerse más en las obras que en las palabras", escribió san Ignacio de Loyola. De puro buen español, él sabía bien que "obras son amores, y no buenas razones". Pero fue sobre todo de su Maestro Jesús que Ignacio había aprendido esta verdad.

En efecto, Cristo nos enseñó -y nos enseña- el amor de Dios más con las obras que con las palabras.

Él mismo enseñó insistentemente que para entrar en el Reino de Dios no basta con "escuchar" la Palabra, sino que hay que "practicarla".

Pero esta pedagogía del "amor concreto" la descubrimos fundamentalmente en su misma manera de vivir y de enseñar. En efecto, la fascinación, el encanto, la fuerza de sus palabras no residían en su brillo o en su abundancia, "como los escribas y fariseos", sino, a diferencia de ellos, en la "autoridad" y en el "poder" que tenían. La palabra tiene autoridad cuando es capaz de tranformar la vida. En las obras brilla la verdad de las palabras. Jesús hablaba con autoridad porque vivía lo que enseñaba, porque enseñaba de lo que vivía.

Jesús enmarcó de silencio sus tres años de intensa predicación. Como preparación a su ministerio público, él vivió calladamente los treinta años de su vida oculta; como rúbrica y testimonio de sus enseñanzas, padeció calladamente sus últimos tres días. La Buena Noticia de Cristo no son sólo sus palabras -como se deduciría de algún evangelio apócrifo- sino su vida entera: el silencio de Belén y Nazaret, el callar de la cruz y de la resurrección, y también sus palabras de vida eterna, entrelazadas siempre con miradas, caricias y milagros.

Una de las últimas palabras de Jesús en su vida terrena fue "hagan esto en memoria mía". Así quedaba instituido el recuerdo obrante y permanente del acto de amor más grande de la historia: la muerte y la resurrección del Hijo de Dios hecho hombre. Pues bien, si lo "recordado" en este "memorial", si lo "contenido" en este "sacramento" fue "amor sin ruido", es lógico que también sea silencioso el signo que lo "contiene" y produce: los signos eucarísiticos hablan, incluso al callar.

Efectivamente, en el humilde Pan de cada misa no hay nada extraordinario, no hay grandes palabras, y sin embargo ahí está el "amor de los amores", sin ruido, recreando los corazones, edificando la Iglesia, reconciliando al mundo.

A veces Dios regala fuertes "experiencias" de su amor: son momentos, horas, tal vez días, de gracia y de plenitud. Vivencias interiores patentes de su cariño, de su misericordia, de su llamada, de su elección para con nosotros. Experiencias tan intensas como pasajeras, pero que dejan una huella muy difícil de borrar. Es como pastar en las cumbres del Horeb, la montaña santa de Dios, después de tanto caminar y caminar por el desierto. Estas experiencias de amor, como pasa también en las relaciones humanas, muchas veces van de la mano con palabras extraordinariamente tiernas e íntimas: vibramos y gozamos con las palabras de amor que el Espíritu sembró en los profetas, en los salmos, en el Cantar...

Pero reducir las "experiencias de Dios" a estos encuentros extraordinarios, a estas "tranfiguraciones" del camino, puede hacernos olvidar que el amor de Dios -igual que el amor humano- no es sólo el que se manifiesta en las cumbres gozosas de la comunión íntima. Si la Eucaristía es el "sacramento del amor", entonces el amor de Dios, como el de un padre o de una madre, es el que se manifiesta principalmente en el "pan de cada día". En la eucaristía, la Palabra nunca se queda en palabras, sino que se vuelve obra: Dios nos da de comer en la boca cada día, cada semana, como nuestros padres cuando éramos chiquitos. Antes, durante y después de las palabras lindas de amor, Dios nos ha dado un amor fiel, un amor que está siempre, un amor que da lo mejor sin esperar ningún tipo de retribución -ni siquiera la del recuerdo agradecido-. Es un amor que sin hacer nada extraordinario hace posible la vida misma. Es un amor que no dice casi nada y que hace todo, que edifica todo, que construye todo. Es el amor de Dios que obra "sin ruido".

Es la Eucaristía. Es el mismo Jesús, LA Palabra de Amor del Padre que, como en la Cruz, sigue diciendo todo no con los labios, sino con la vida entregada, y que nos invita, cada día, cada semana, a poner el amor más en las obras que en las palabras.

lunes, 31 de agosto de 2009

Lo que el signo muestra (III parte)

El insulso pan de cada día

Hemos visto algunas de las cosas que nos sugería el gesto de “compartir el pan”. Siguiendo con este empeño de descubrir lo que los signos muestran y dicen, me gustaría reflexionar esta vez acerca del pan en sí mismo.
Es oportuno aclarar, me parece, que el signo principal de la Eucaristía está constituido por el pan y el vino en su conjunto, y que no podemos aislar uno del otro sin reducir peligrosamente esa sabia pluralidad que garantiza la apertura del misterio. Con todo, dado que no sólo la tradición medieval y moderna (“Corpus Christi”) sino ya la apostólica (“fracción del pan”) muchas veces ha puesto el acento en solo el pan, nos sentimos autorizados, hecha la aclaración, a insistir una vez más en los significados que éste, de por sí, conlleva.
El pan –lo sabemos- es el alimento por antonomasia. En las expresiones “ganarse el pan”, “los hijos vienen con el pan bajo el brazo”, “llevar el pan a la mesa”, etc., “pan” es tanto como “el alimento”: lo necesario para subsistir. En el mismo sentido lo emplea Jesús cuando dice “el pan de cada día”, o “no sólo de pan vive el hombre”. El pan es lo necesario para seguir viviendo. Se trata, entonces, del alimento como lo pura y estrictamente necesario para la subsistencia. “Vivir a pan y agua”, de hecho, es vivir con lo mínimo, como los presos. Y aun cuando se trate de “tener pan en abundancia”, se hace referencia a un comer cotidiano, desprovisto de todo lo que suponga el placer refinado de las exquisiteces, el goce superfluo y sibarítico de los manjares opulentos.
El signo del pan, por consiguiente, nos remite a la comida sencilla y básica de cada día. El pan y el vino constituyeron, durante siglos, el sustento diario de los pobres. La variedad y el sabor los proporcionaba en todo caso la sopa o la salsa en que el pan se empapaba. Pues bien, en la Eucaristía no hay sopa ni salsa; el de Jesús no es un pan “saborizado”. Y a su pobreza esencial le agrega todavía que ni siquiera lleva levadura. Dios no quiere dejarse ganar en pobreza: a la hora de elegir la manera de darse a conocer, planeó la humillación de su Hijo, y plasmó esa humillación, esa kénosis, en la humilde pobreza de un pan sin levadura.
Hasta aquí, el simbolismo llamémosle “profano” del pan. Ahora bien, en la Biblia hay otra fuente hermenéutica desde la que deben ser leídas las imágenes, las figuras y los símbolos que nos propone. Y esa fuente es la misma Escritura: se da una suerte de “hermenéutica interna”: interpretamos la Escritura desde la Escritura misma. Por ejemplo, la principal carga simbólica del pan en tanto que ácimo hay que buscarla, más que en lo que hemos dicho recién, en el relato de la pascua del libro del Éxodo. En cuanto al pan en sí mismo, cuando Jesús dice: “Sus padres en el desierto comieron el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo que bajó del cielo” (Jn 6, 49-51a), nos está remitiendo explícitamente a una figura bíblica muy concreta: el maná que acompañó la marcha del pueblo en el desierto.
Pues bien, creo que también desde esta interpretación intrabíblica se llega a un significado del pan muy similar a su sentido "profano".
La historia del “pan que los israelitas comieron en el desierto” aparece en la Biblia en dos narraciones diferentes: Ex 16 y Núm 11 -ambas dentro de la “Torá”-, que suponen también dos interpretaciones diferentes. De alguna manera, hay dos “manás” en la Biblia: son dos aspectos, dos resonancias distintas de un mismo acontecimiento. El maná del libro del Éxodo es “pan en abundancia” (16, 8), es “pan del cielo” que Dios “hace llover” (16, 4) y que sacia a todos los que lo comen sin provocarles hastío. Este es el que más ecos deja en la Escritura (cf. Sal 78, 24-25; 105, 40; Sab 16, 20.21; Ne 9, 15; Jn 6, 31...). Por el contrario, el maná del libro de los Números aparece, de entrada, como un alimento del que están cansados, y que no impide que puedan quejarse diciendo “estamos privados de todo” (11, 6). El mismo maná (la descripción es casi idéntica: Núm 11, 7; Ex 16, 31) no viene como respuesta de Dios a las quejas del pueblo (como las codornices, o como también el maná en Ex 16), sino que integra el elenco de los reclamos. El mismo fenómeno matinal que ambos relatos describen (Núm 11, 9; Éx 16, 13-14), en Éxodo es interpretado como un don del cielo, y en Números como algo "natural".
Pues bien, creo que no tenemos por qué excluir el maná del libro de los Números como figura de la Eucaristía.
Me parece que al elegir, para perpetuar el memorial de su misterio pascual, el signo tan humilde del pan, Jesús asumió también las pobrezas que el pan supone como alimento. Jesús se caracteriza por tolerar y asumir los rechazos que suscita, aunque le duelan hasta las lágrimas. El mismo "discurso del pan de vida" termina con un verdadero éxodo de discípulos; su vida entera está signada por la incomprensión: es un “signo de contradicción”.
No es ilógico, entonces, que el Dios que quiso exponer y expresar su corazón manso y humilde en algo tan “bueno como el pan”, asuma la incomprensión de quienes, también hoy, teniéndo a la Eucaristía cada día en la mesa de nuestra vida, nos hastiamos de este nuevo maná y nos olvidamos de celebrarlo -como los Salmos, como la Sabiduría- como “trigo del cielo” y “pan de los ángeles”.
En cuanto prefigurado por el maná del desierto, el Pan de la Eucaristía no pretende ser la comida extraordinaria y festejada de las fiestas, sino la nutrición necesaria de cada día en el peregrinar de la vida (cf. Éx 16, 16). Jesús podría haber elegido otro alimento, o podría haber sugerido algún tipo de variedad, de "sabor", de "aderezo"... Y no. ¿No será que hay algo del Reino que se juega en saber hallar la grandeza en lo pequeño, la riqueza en lo pobrecito, la divinidad en "éste, el hijo del carpintero"...?
El valor del maná, el agradecido asombro por ese "pan del cielo" que durante cuarenta años fue la más insulsa de las rutinas, es fruto de la memoria creyente de quienes seguramente ya habían hecho alguna experiencia de la "tierra que mana leche y miel". El pobre alimento del camino se agranda cuando uno, como Elías, lo mira desde la cumbre gozosa de la Montaña de Dios. El pan de cada día cobra todo su sentido cuando uno, como Moisés, divisa y pregusta desde el monte la Tierra prometida. Entonces puede mirar hacia atrás y darse cuenta de cuán necesario, de cuán indispensable fue cada bocado de ese alimento aburrido. Sólo entonces uno puede sopesar la eficacia que esa "comida miserable" tuvo en el camino. Recién aquí brota el asombro ("¡era pan de los ángeles!") por todas las veces que comimos un "maná" cansador...
Por eso tal vez no sea tan terrible (cuando no es por propia desidia o ingratitud) que perdamos “asombro eucarístico” ante lo menos asombroso del mundo: el pan cotidiano. Quizá deberíamos aceptar con más naturalidad muchas de nuestras “insensibilidades” eucarísticas, y antes que imponernos “ayunos de la comunión” para poder valorar el don, aceptar la pedagogía de la liturgia, que nos enseña cada día a decir: "Señor, no soy digno de que entyres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme" y acudir con la certeza de la fe a la mesa Dios nos prepara, sabiendo que aunque no veamos más que "el mismo pan de siempre", en él está la Vida para caminar cada día, y que no podemos, y que no queremos, vivir sin él.

martes, 18 de agosto de 2009

Lo que el signo muestra (II parte)

Los panes de la vida oculta
Si alguien me pregunta: “¿qué ves cuando mirás el pan y el vino elevados en la consagración?”, yo contesto muy seguro: “a Jesús dando su vida a Dios por nosotros”. Muy bien, tá claro.
Pero hace un tiempito creí darme cuenta de una de las razones por la cual este gran “misterio de la fe” (el misterio pascual) se da –se nos da- “sub specie panis”, bajo la apariencia del pan; me pareció entender al menos uno de los significados de que Jesús haya querido el pan como símbolo de la Eucaristía. Encontré una de esas cosas que el signo muestra.
Por un lado, lo del pan es arquetípico: siendo el pan la comida por antonomasia, “partir con otro el pan” constituye la manera más cabal y primigenia de expresar la esencia del compartir (la palabra “compañero” –cum, panis- no conoce otro origen).
Pero sobre todo, el pan quiere ser una paradoja, eso tan de Dios. La grandeza, el heroísmo, la majestad del sacrificio de la Cruz se nos comunica en la parvedad, en la insignificancia, en la pequeñez de un pedazo de pan compartido. Aquí se deja ver la “fidelidad en lo poco” que Jesús vivió, y que por haberla vivido pudo proponer.
Cuando Jesús, en la última Cena, dijo: “este es mi cuerpo que se entrega por ustedes”, estaba diciendo: “esta es mi vida”. En ese pan iba todo su ser. (Por eso la Iglesia pronto entendió, en los encuentros del Domingo, que la Mesa del Jueves y el Altar del Viernes iban juntos, que formaban parte de un mismo misterio de amor).
Ahora bien, la del Jueves santo fue la última cena de Jesús; esto quiere decir que estuvo precedida por muchas otras comidas y por muchos otros panes. Aquél último Pan “agradecido, partido y compartido” en que Jesús estaba poniendo efectiva y definitivamente su vida no “cayó del cielo”: detrás del Pan grandioso de la Pascua están los pequeños panes de la vida oculta. El Maestro fue aprendiendo a darse en cada pan que “agradecía, partía y compartía”. El solemne Pan de “la hora de Jesús” fue amasado durante todas las horas de su vida. Como dice el P. Eduardo Meana, Jesús fue “haciéndose pan” ya desde Belén. Esta es la razón de que cada minuto de su vida -y no sólo sus últimos tres años, ni sus últimos tres días- sea salvífico para nosotros. Su vida entera fue pascual: Jesús preparó esa última Pascua durante toda su existencia (cf. Lc 22, 15). Él fue poniendo el corazón en cada obra de amor, en cada acto de entrega, en cada detalle de generosidad, hasta que un buen día el Padre por el Espíritu le “sopló” que ya “era la hora”, y entonces supo que en ese último gesto, que en esa última comida, que en ese último pan y en esa última copa esta vez iba todo, en serio. Y por eso dijo: “coman, este es mi cuerpo”: tomen, que acá va toda mi vida.

Pues bien, la cosa cobra todo su sentido cuando la pensamos no ya en Jesús, nuestro “hermano mayor”, sino en nosotros, peregrinos de hoy, que “vivimos de la Eucaristía”. Si la Pascua fue camino para Jesús ¡cuánto más lo es para nosotros!
“Haced esto en conmemoración mía”. Cada vez que escuchaba estas palabras, yo traducía para mí, muy correctamente, “da también vos la vida por los hermanos en memoria mía”. Además, ponía mucha fuerza en desear, en cada Misa, “que él me transforme en ofrenda permanente” o en “víctima viva para alabanza de su gloria”... Y así, eucaristía tras eucaristía, comunión tras comunión, se me fueron yendo años de la vida conviviendo siempre con el sacro deseo de “amar, amar, morir por los demás”, y de ser “ofrenda permanente”... sin ser capaz de “ofrecer un vaso de agua a uno de estos pequeños”. ¡Ay!
Por eso Dios tuvo que mostrarme lo que el pan de por sí mostraba y yo no veía. En vez de soñar con las grandes palabras (“dar la vida”, “ser ofrenda permanente”), me di cuenta de que el “hagan esto en memoria mía”, sin dejar de ser majestuoso y sublime como la Cruz, era a la vez pobre y poquito como un pedazo de pan compartido. Por eso ahora traduzco para mí: “compartí también vos el pedacito de pan de cada día con los hermanos”. Jesús no me pide que mire la hazaña de “beber su cáliz” -porque ese “lo beberé” (cf. Mc 10, 39) cuando llegue el momento- sino en compartir el pan de cada día. Tan claro como lo grita el Evangelio: él me pide los “cinco panes y dos peces” de hoy... la multiplicación queda a cuenta del Patrón.
¡Qué realismo el de Jesús! ¡Que genialidad la suya, que no permite que “puenteemos” jamás lo concreto so pretexto de lo universal! Nunca “la entrega” va a poder ir separada de las entregas; nunca “la opción” va a poder hacerse sin las opciones; nunca “el amor” va a poder vivirse fuera de los amores... El Pan de la Cena no se salteó los panes de la vida oculta. De ahí la insistencia bíblica –tan de nuestro Dios- en el “hoy”. Porque nunca el Evangelio pide sacrificar el hoy en aras de un mañana: la eternidad se juega en el ahora: “este es el tiempo favorable, hoy el día de la salvación”.
Hay una fecunda identidad entre el “pan de cada día” que pedimos en el Padrenuestro y “la cruz de cada día” –la propia negación- en la que consiste el discipulado (“hagan esto...”). El pan que Dios nos da y que nosotros agradecemos cada día es el mismo que debemos entregar. “Dame lo que pides y pide lo que quieras”, decía San Agustín. “El amor puede ser mandado porque antes es dado”, confirma el Papa Benedicto.
Cada día tenemos la oportunidad de ofrecer nuestro pequeño pan; va a llegar un día en que ese “pan cotidiano” será entregar la vida, y entregándola, la habremos ganado para siempre.

jueves, 30 de julio de 2009

Lo que el signo muestra

"Te adoro con devoción, Divinidad oculta bajo estas figuras... Al juzgar de ti se engañan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer... En la cruz se escondía sólo la divinidad; aquí también se esconde también la humanidad... Jesús velado..."
Toda mi vida he rezado -y rezo- con estas lindísimas palabras del santo de Aquino. Y me acostumbré a acceder al misterio de la Presencia eucarística desde esta perspectiva. Sin embargo, de unos años a esta parte me doy cuenta de que "las apariencias de pan y vino" no sólo ocultan, que esas "figuras" no sólo esconden, que las "especies" -aspectos- no sólo velan. Me terminó de convencer el Papa Benedicto en la homilía (la homilía para mí es por lejos su mejor género literario) de Corpus Christi del 2007: "Cada uno de los signos representa, a su modo, un aspecto particular de su misterio y, con su manera típica de manifestarse, nos quieren hablar para que aprendamos a comprender algo más del misterio de Jesucristo". Los signos de Dios no sólo "velan": también "develan". Y en ese paradójico juego, en esa "media luz" resultante (salú, Athonita), "revelan" el Misterio de su Amor.
Dios lo que quiere es manifestarse. Es Luz y es Amor, y se muere de ganas de revelarse. La dimensión críptica, el carácter escondedor de los signos no obedece a una voluntad de enigma o de secreto, sino a la insorteable limitación de quien está llamado a recibirlo, a entrar en él. La cristología nos lo asegura: en Jesucristo está la plenitud de la "revelación". ¿Tendríamos que considerar la humanidad del Verbo y su vaciamiento sólo como un permanente y molesto velo de su divinidad? No: en el colmo del abajamiento, en la cruz de Jesús, se manifiesta en realidad "la gloria", el corazón del Dios Trino, la entraña del Dios Amor. ¿La cruz esconde la divinidad? Sí, en cierto modo: el Gólgota no es el Tabor. Pero también la muestra.
También en la kénosis, en el abajamiento del pan y del vino no sólo hay velos y tapujos, sino mucha verdad condensada.

lunes, 15 de junio de 2009

Pan agradecido, partido y compartido

Es cierto que "la Palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos" (Heb 4, 12)... Pero ¡cuánto cuesta a veces deponer los escudos...! Ayer a la tarde me puse a rezar un rato con el Evangelio del domingo de Corpus [¡Sanguisque!] Christi, y confieso que, una vez más, la tentación fue de decir: "ah, otra vez la última Cena"... Gracias a Dios, el Espíritu Santo me tenía reservada una fina estocada.
Me detuve en los participios que preceden a los verbos "partió" y "dió", correspondientes al pan y al cáliz respectivamente. Antes de partir el pan, Jesús lo bendijo (cf. Mc 14, 22); antes de dar el cáliz, lo agradeció (cf. Mc 14, 23). Después siguen sus palabras, benditas palabras, por las que sabemos que Él se estaba identificando con ese Pan y con esa Copa de vino: "este es mi Cuerpo" (Mc 14, 22), "esta es mi sangre de la Alianza que es derramada por muchos" (Mc 14, 24).

Ayer celebramos justamente esta milagrosa identidad: "ni el Pan es pan ni el Vino es vino: el Pan, Dios, y el Vino, Dios" al poético decir de Bernárdez. Es cierto que de una Presencia Real contemplada algo estáticamente hemos pasado, felizmente, a una comprensión de ella más pascual, más ligada al Sacrificio eucarístico del que es prolongación. Pero incluso bajo esta redecubierta perspectiva, sin embargo, casi siempre se hace referencia al "Pan partido" y a la "Sangre derramada": Jesús "es el Pan que se parte y se comparte", oímos con frecuencia, casi como un lugar común. Pero ¿cuándo se nos habla del "Pan bendecido y partido", o de la "Sangre agradecida y derramada"? Y sin embargo, no hay ningún texto eucarístico de la Escritura (ni ninguna de nuestras plegarias eucarísticas -el gratias agens-) que no dé cuenta de esta primera acción "eucarística" de Jesús. Siempre, antes de partir el Pan y de repartir el Cáliz, Jesús "bendice y agradece" al Padre.

Apoyándonos en el gran exégeta Albert Vanhoye, podemos afirmar que el sentido de este "bendecir" es el mismo que el de "agradecer". Si sirviera de prueba, podríamos recurrir al texto eucarístico más primitivo -1 Co 11, 23-26- donde Pablo sólo usa el participio "eujaristésas" -dando gracias, habiendo dado gracias-(24). ¿No deberíamos preguntarnos más en serio por qué llamamos "eucaristía" -es decir "acción de gracias"- a este Misterio?

El mismo Vanhoye, al exponer, desde la Escritura, las dimensiones del sacrificio de Cristo, comienza hablando del "sacrificio como acción de gracias". En efecto, si Cristo se identificó con ese Pan de la Última Cena, no lo hizo solamente con el Pan partido, sino en primer lugar con el "Pan bendecido-agradecido". Si tenemos en cuenta que su "Cuerpo" y su "Sangre" son símbolos de su vida entera, deducimos que la eucaristía es el Misterio de su Vida agradecida al Padre, y por eso capaz de ser entregada "por los hombres".

Jesús nos enseña mucho con esta previa "acción de gracias". No se puede ser "Pan para la vida del mundo" sin una fundamental y previa actitud de acción de gracias a Dios. Antropológicamente, eso es tanto como decir que nadie puede dar -y menos darse- sin recibir. Ni siquiera Jesús, "hombre él también", que como hombre en la historia no hace más que mostrarnos lo que él es como Dios desde siempre: él no sabe ser Dios de otra manera que siendo Hijo, es decir, recibiéndose del Padre. Él es, pues, el primero en mostrarnos el Camino. Si es cierto que el Señor nos pide "hagan esto en memoria mía", si está claro que nuestra vida cristiana y nuestra felicidad están en ser, como él, "ofrenda permanente" a Dios en favor de los hermanos, la Palabra nos advierte que para poder "actuar" como nuestro Maestro, antes tenemos que poder "recibir" como él, y por eso, "bendecir y agradecer". Si eliminamos estos "verbos" de nuestra vida cristiana, esta ya no es más cristiana: se vuelve moralista y pelagiana (y, sobre todo, frustrante).

La Carta a los Hebreos que ayer escuchamos nos dice que "Cristo, por el Espíritu eterno, se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios" (9, 14). Ese Espíritu es el Espíritu de gratitud y de bendición porque es el "Espíritu de hijo" (cf. Gál 4, 4 y ss.), por el que el Padre hace Hijo al Hijo, y por el que el Hijo se agradece al Padre. Si pedimos siempre este Don de Dios -Don que el Padre no niega jamás a quienes se lo piden (cf. Lc 11, 13)-, Él mismo engendrará en nuestros corazones la inefable gratitud filial al Padre, traducida en una vida hecha ofrenda con Cristo a nuestros hermanos.