Mostrando las entradas con la etiqueta necrológicas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta necrológicas. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de septiembre de 2026

Luis E. Poenitz (1956-2026). In memoriam.



 ¿Es posible que la belleza dañe? ¿Cabe pensar que la pureza pueda enfermar? ¿Se puede morir de idealismo?

  Y cómo me gustaría decir que no, que no es posible, alejando a manotones la molesta verdad, que zumba  persistentemente queriendo metérseme en los oídos y en la cabeza.

  Pero ayer murió Luis Poenitz, y entonces debo confesar que es cierto: la belleza puede hacer mal. 

  Y claro, no es que la belleza, de suyo, sea nociva. No es ella, en realidad, la que enferma. Y sin embargo, lo que es innegable es que la belleza hiere. Como el amor. El dardo de la belleza hiende la carne del corazón, como una filosísima cuña de eternidad que se mete en las frágiles fibras de nuestra finitud. Y el vacío que deja esa estocada en el alma -un vacío insaciable-  la pone en un perpetuo estado de intemperie, en una situación de absoluta indefensión. Como la de un enamorado. 

   Ésta es la enfermedad de los poetas. Y Luis era uno de ellos. Yo lo he visto llorar delante de sus alumnos adolescentes tan sólo con oír leer un verso de Antonio Machado. Teresa Parodi, a quien Luis tanto admiraba, describió este mal de los sensibles como un "andar con el alma en vilo". 

   ¿Cómo hace lo mortal para albergar lo eterno sin estallar? ¿Cómo hace la carne para cobijar el espíritu sin sucumbir? ¿Cómo no enloquecer en medio de las presentes impurezas habiendo experimentado el llamado de la pureza siempre ausente?

      Ni don Platón ni don Quijote, nuestros santos patronos, han podido salir airosos de esta desigual batalla. Sólo el poeta de los poetas, el Verbo de Dios, pudo conjurar este mal -viejo como Adán (que es el arcaico poeta, el primer nombrador)-, con el misterio de su encarnación. Pero nadie, sin una especial gracia del cielo, puede acceder a esa verdad, "escándalo para los judíos y locura para los griegos", y no de un modo sólo nocional, sino de un modo capaz de modelar la vida concreta, aquí y ahora.

      El problema es cómo hacer para vivir, o mejor dicho, para convivir con esa lastimadura llamada a nunca cicatrizar. Y tenerla siempre limpia, siendo que está siempre abierta. ¿Cómo evitar que se infecte la llaga del corazón?

    Será por eso que tantos poetas, tantos verdaderos artistas, terminan enfermándose como terminó enfermo Luis: no pudiendo soportar en la débil carne el ideal, no sabiendo caminar juntos el quijote que los constituye con el sancho que los caracteriza, y disputándose uno y otro, por turnos, el gobierno o desgobierno de la ínsula interior...

   Por eso, para protegerse siquiera un poco, el profesor Luis Poenitz se refugiaba, a veces, en una formalidad rayana en el anacronismo, en una circunspección de tono y maneras prestados de Salamanca, donde obtuvo el más rotundo de sus muchos títulos: "Doctor en filología bíblica trilingüe". Pero bastaba un "rayo de sol" en el bosque oscuro, como en el verso de Pemán que él me hizo conocer, para que toda esa dureza se fundiera en ríos de afecto desbordado.

    Lo conocí a Luis en el colegio, a mis quince años, cuando llegó como profesor de Lengua y literatura de 3° año. Fue entonces que nos presentó a Marechal y a Muijica Láinez, dos almas de su misma exquisita raza espiritual. En ese año de 1996 murió su padre, el prestigiosísimo historiador académico Erich Poenitz. Me acuerdo que alguien del colegio golpeó la puerta del aula, cuando él nos estaba dando clase, y le dio, en secreto, la noticia: él sólo dijo "perdón", visiblemente turbado, alzó su portafolio y se fue en seguida. Fue la primera vez que entreví su sensibilidad. Lo tuve también medio año más, como profesor de literatura, en 4° año. En ese último año nos hizo conocer a Antonio Machado, Miguel de Unamuno, Pérez Galdós... Y a mediados de 1997 se fue del colegio, sin haber revelado al hombre detrás del profesor.

    Fue solo después, gracias la amistad que me brindó su hermano Gustavo -quien fue profesor de Historia los últimos dos años de la secundaria- que me reencontré con Luis (o, me atrevería a decir, que lo conocí por primera vez). Y eso se dio guitarra y canto de por medio, entre milongas de Larralde y chamamés de la Parodi.

    Desde entonces, compartimos muchas charlas y anduvimos muchos caminos. La amistad quedó sellada cuando empezó a visitarme durante la convalecencia del grave accidente que tuve a los dieciocho años. Yo había empezado a estudiar Letras y con cuánto gusto nos demorábamos en interminables disquisiciones lingüísticas. 

    Cuando, un par de años después, decidí anotarme en la carrera de Filosofía, fue él quien me aconsejó estudiar en la universidad de los padres dominicos, donde enseñaba Latín. Y así, se convirtió de profesor en amigo, y luego, otra vez, de amigo en profesor. Pero estas clases apasionantes (que duraron tres intensos años) ya incluían muchas horas extracurriculares, repartidas entre óperas en el Colón y el Avenida, tardes de sol en Punta Chica, noches de guitarra en Liniers, y mate y vino en todas partes. Cualquier tema daba para un día y medio, y de tanto gastar horas conmigo llegó casi a hacerse (con ser de la edad mi padre) amigo de mis amigos y hermano de mis hermanos.

   Dejamos de vernos cuando, entrado yo al seminario, él se volvió a su Concordia.

  Hoy pienso que fue necesario ese distanciamiento, pero nunca dejamos de acompañarnos en los momentos importantes (su nombramiento como académico de Letras por Entre Ríos, mi ordenación sacerdotal), y estos últimos años cinco años nos vimos puntualmente cada febrero, cuando reeditábamos, en apretadas horas de guitarra, mate, libros y fe, el historial entero de nuestra amistad.

    No podré dejar de agradecerle cada vez que esté entre mis latines, rezando, leyendo o traduciendo con tanto gusto. Nunca será suficiente la gratitud por haberme iniciado en la ópera, en Pemán... y en el coñac.

   Querido Luis, estoy seguro de que nuestro buen Dios guarda un lugar para los perpetuos heridos de la belleza, para los eternos enamorados del ideal, para los que, incluso si pecaron, fue justamente por no poder soportar el martirio cotidiano de sentirse siempre fuera de lugar y de vivir en esta tierra creyendo pertenecer a otro mundo y a otro eón... 

    Y ahí, amice mi, en una esquina sin ochava y copa de por medio, como en nuestros bares porteños, nos sentaremos, sin tiempo, a seguir con la charla que ayer, 21 de septiembre de 2026, se interrumpió.


**** 


DIEZ DÉCIMAS A DON LUIS


Desde la pampa de mi alma

-y es pampa también el río-

estoy trepando a las palmas

de mi querido Entre Ríos.

Río arriba el canto mío

remontando el Uruguay,

llevando el cariño que hay

en el llano por el agua:

en gratitud se  desagua

mi guitarra  a Villaguay.


  Del seibo el amor sangrante

manchó mi nórdica flema

y por eso en este instante

siento que el pecho me quema.

Y en un surero poema

hecho en décimas rimadas

te iré dando entreveradas

en el barro algunas flores,

que aunque no sean las mejores

son mías y no robadas.


Vientos del Sud perfumados

y mil mates mañaneros

son los que le han enseñado 

a hacer trinos a este tero.

Para hacer un canto entero

es preciso saber mucho

pero tantos santos duchos

lo han de ayudar en la empresa

a un paisano de Ayacucho

que con fe viva les reza.


  Y ya con la bendición 

busco templar mi garganta

para empezar la canción 

que en mi pecho se agiganta.

Cuando es surero el que canta

y de sentires se trata

un bordonear se desata

y aunque el rockero rezonga

brota sola la milonga

de la cabeza a las patas.


   En las vueltas de la vida

que son caminos de Dios

la vocación compartida

nos fue juntando a los dos.

Y si se quiebra mi voz

por todo esto que te digo,

no quiero saber, si sigo

ponderando tu amistad,

porque has sido en realidad

más que maestro un amigo.


  Como los gauchos reseros

fuiste cambiando de pago

pero a Entre Ríos primero

le debemos el halago.

Y aquí de emoción me embriago

al notar tu semejanza,

por los consejos y andanzas

en la Argentina y el mundo,

con el viejo Don Segundo

(perdoná la comparancia).


  Pero el destino que a veces

nos lleva ande no queremos

a vos te pagó con creces

-todos los días lo vemos-

Tus amigos lo sabemos:

renunciaste sin consuelo

al país de tus abuelos,

y con la Patria en las ancas

te nos fuiste a Salamanca

a aquerenciarte a ese suelo.


  Borracho de casticismo

y con las alforjas llenas

volviste a este suelo, el mismo

que te había llorao con pena.

Y la figura serena

de mi río, pampa y aire,

cautivó con su donaire

tu corazón castellano,

y te trajo de la mano

a la noble Buenos Ayres.


Y así como el Plata es hijo

del gran río Urugua-í,

vos como yo somos hijos 

de la tierra guaraní.

Somos como el colibrí

picafloreando la vida;

cada segundo convida

a disfrutarlo mateando

pa’ terminarlos cantando

en coplas anochecidas.


  Por eso es que así te canto

esta milonga campera

pa’ que sepas cómo y cuánto

te agradece mi alma entera.

Y que sepan los de afuera,

que quedarán de testigos,

que lo que hiciste conmigo

no he de olvidarlo jamás:

QUE SE ENSEÑA MUCHO MÁS

SIENDO, MÁS QUE MAESTRO, AMIGO.

 

Cristián Dodds (h.)

Punta Chica, 22-23 de noviembre de 1999.

   

sábado, 31 de diciembre de 2022

Gracias, Papa Benedicto XVI, servidor de la Verdad



Joseph Ratzinger, q. e. p. d.
(27-IV-1927 -- 31-12-2022)

  Hoy ha muerto el Papa Benedicto XVI.
  Le pedimos a Dios que descanse en su paz y que reciba el premio eterno que por gracia merecen sus servidores buenos y fieles.
  Sólo Dios sabe cuánto le debemos. 
  Fue el profeta que la Providencia divina regaló a su Iglesia en estos momentos de tremenda confusión.
  Fue hasta el final el "humilde trabajador en la viña del Señor" como se definió el día de su elección como Obispo de Roma.
  Su lema episcopal resume perfectamente su misión: "cooperatores veritatis", colaboradores de la Verdad. En tiempos de oscuridad intelectual y de relativismo moral, Joseph Ratzinger, sin levantar el dulce tono de su voz, supo anunciar y denunciar las doctrinas y prácticas que queriéndolo o no, lesionaban, en el creer, en el celebrar y en el vivir, la pureza de nuestra fe cristiana.
   Gracias por sus tempranísimas advertencias sobre el falso "espíritu del Concilio" y por enseñarnos la "hermenéutica de la continuidad". 
   Gracias por su humildad para disimular su talla de gigante intelectual y ponerla al servicio de la Iglesia.
     Gracias por el Catecismo de la Iglesia Católica.
     Gracias por la Declaración Dominus Iesus.
     Gracias por los tres libros sobre Jesucristo.
     Gracias por sus últimos años de oración escondida desde el corazón de la Iglesia universal.
     Gracias porque con su fe cumplió la misión que Cristo le dio de confirmar a sus hermanos.
    Y le pedimos al Señor que, con su oración desde el Cielo, "no seamos confundidos para siempre" (non confundar in aternum!)



 

lunes, 17 de agosto de 2020

Padre Julián Zini, la palabra del pueblo chamamecero


Ayer, justo después de haber compartido la Misa y unos mates amargos y pastelitos caseros en su casa, un amigo mercedeño me llamó para darme la triste noticia de la muerte del Padre Julián Zini. Enfermo de cáncer, venía preparándose para su viaje al Cielo desde hace unos años. 

El Pa'í Julián era un genio. Sacerdote de la diócesis de Goya y discípulo de su obispo Alberto Devoto, le regaló a la Iglesia de la Argentina todo su arte en el empeño de que la liturgia se nutriera de las raíces culturales de esta tierra. Asociándose con excelentes compositores, creó cientos de canciones con ritmo de chamamé, rasguido doble o valseado expresando los anhelos de su generación por estar más cerca de los pobres, ser más sencillos y humanos y mostrar así más fielmente el rostro de Dios hecho hombre. Esas canciones todavía hoy son comunes incluso en ámbitos urbanos y no litoraleños: "Qué lindo llegar cantando", "Dios Familia", "Queremos, ser, Señor" son algunos ejemplos de su enorme obra al servicio del Pueblo de Dios.

Pero sin abandonar nunca del todo esa veta, y siguiendo seguramente las enseñanzas del P. Tello -a quien tenía por maestro-, el Padre Zini comenzó a ahondar en el sepultado cauce de la cultura popular criolla de sus correntinos, descubriendo y valorando en ella la fe profundísima sembrada antaño por franciscanos y jesuítas, que había fecundado, sin eclipsar sus riquezas, el modo de ser guaraní: una cultura siempre combatida y que asombraba por su inagotable capacidad de resistir y reinventarse. Entonces se entregó con toda la seriedad de su sacerdocio al estudio de esas raíces, tanto en los libros como en el campo... Y, de acercarse tantos años a su pueblo con mirada atenta y corazón amante, nació esa capacidad única del Padre Julián para ponerle palabras a esos criollos a quienes, por haberles cortado la lengua, por haberles "podado el idioma -porque hablar el guaraní fue y es pecado, porque es cosa de menchos, guarangada-" (cf. J. Zini, "Patria chica amada") sólo sabían expresarse en el baile y el zapucai. Para musicalizar sus versos se asoció con talentosísimos jóvenes de entonces, hoy clásicos del género, que abrieron nuevos horizontes en la música correntina: fundamentalente el gringo Sheridan y Tito Gómez de Los de Imaguaré, y Mario Bofill.  Desde hace décadas, el nombre del Padre Zini es sencillamente insoslayable en la cultura chamamecera, como lo es en el culto a la Virgen de Itatí (ningún devoto ignora "Peregrino de la Esperanza" o "María Itatí") o del Gaucho Antonio Gil. 

Yo he visto, con mis propios ojos, a uno de esos tantos menchos desterrados en el conurbano porteño derramar lágrimas silenciosas al escuchar, desde el fondo de una plaza suburbana, los versos de "Avío del alma" en un festival. Ese día supe que Julián Zini, sacerdote de Dios para su pueblo, había logrado, cabalmente, su más querido propósito.

¡Gracias, padre Julián! ¡Que la Virgen de Itatí te reciba en su fiesta sin fin!


Dejo uno de los últimos versos del P. Julián, y una larga entrevista, con chamamé incluido, de hace apenas unos meses, en la que no falta nada.

            Cháke

¿Quién iba a decir, ch'amigo, 

que algo así podría pasar?

¿Quién inventó la pandemia 

y su triste mortandad?

¿La madre naturaleza 

o la misma humanidad?

Pensalo, y no tengas miedo 

que es la peor enfermedad.

Sí, señor, me quedo en casa,

para cuidarme y cuidar 

a los míos y al que pase 

la misma necesidad. 

No hay mal que por bien no venga 

dice un antiguo refrán,

necesito reaprender 

un poco de humanidad.

Se dice y todos sabemos 

en el campo y la ciudad,

que hay dos vacunas que el pueblo 

tendrá que ponerse ya:

la prevención que nos mandan

y la solidaridad:

que nadie se salva solo,

te salvás con los demás.

Pero, 

disculpen si desconfío 

como el gallo sacuapé:

siento que me están robando 

mi propio modo de ser.

Me prohibieron el abrazo, 

la reunión y el ñemboé.

La fiesta y el bailar juntos, 

que es prohibir el chamamé... 

Por favor no se acobarden 

por tanta necesidad:

salud, comida, trabajo,

familia, inseguridad...

Si el cuero es nuestro maestro 

ya sabremos reinventar

un modo que nos convenga 

de justicia y de igualdad.

Se dice y todos sabemos 

en el campo y la ciudad,

que hay dos vacunas que el pueblo 

tendrá que ponerse ya:

la prevención que nos mandan 

y la solidaridad:

que nadie se salva solo,

te salvás con los demás.

                                     Julián Zini, 2020.

GLOSARIO GUARANÍ:

¡Chake!  ¡Cuidado!

Ch'amigo  Mi amigo

sacuapé    tuerto

ñembo'é    rezo





jueves, 11 de junio de 2015

Ricardo Dodds (1928-2015). La verdadera grandeza de un grande

"Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. 
-Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. 
Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia 
que dejaron los sembradores impuros del odio. 
—Y enciende todos los caminos de la tierra 
con el fuego de Cristo que llevas en el corazón."
(San Josemaría, Camino, 1)

Hace unos días, en su casa de Punta Chica, rodeado del cariño de su familia, murió mi abuelo Ricardo.
Médico de raza y de alma, apasionado por su nobilísimo oficio y entregado en cuerpo y alma a su vocación, era para todos el Dr. Ricardo A. Dodds, oculista eminente y famoso.
Pero para mí fue simplemente "Papapa".
Y aunque en la voz de sus parientes y amigos de infancia él era siempre "Ricardito" -y a pesar de su estatura más bien menuda-, la grandeza era la más notoria de sus características personales. Por eso se me hace tan difícil hablar de él. Como es difícil reflejar el cielo, o como es difícil abrazar el mar. ¿Cómo se hace para describir la grandeza sin empequeñecerla en el intento?

Papapa era de veras un grande. Una gran persona, un gran médico, un gran padre de familia. Y lo fue no porque todo le saliera bien, sin querer, sino porque se lo proponía y se esforzaba. "No tenía pereza para nada", dijo mi abuela por todo panegírico... Tenía una capacidad de sacrificio, una disciplina y una abnegación verdaderamente heroicas.
Me sale definirlo como un hombre que se tomó la vida en serio: todo lo que hacía lo hacía así, con seriedad, "con todo el corazón y con toda el alma, con todo el espíritu y con todas las fuerzas" (Mc 12, 30). Argentino de ley y porteño cabal, nadie estuvo más alejado que él de nuestros penosos prototipos del "vivo" y del "chanta", del "chamuyero" y del "fanfarrón". Por eso le costaba muchísimo tolerar la mediocridad: a él, sencillamente, no le entraba en la cabeza.
Me acuerdo que una vez yo estaba escuchando un disco de José Larralde en su casa, y él, que estaba por ahí aparentemente abstraído, me llamó la atención sobre una frase: "la tierra es grande o es chica de acuerdo con los anhelos" (José Larralde, Cimbreando). Y es que él era en ese sentido como Martín Fierro, cuando dice: "para mí la tierra es chica y pudiera ser mayor", porque sus anhelos eran grandes, bien grandes. Siempre tuvo horizontes altos. Como lo dijo su hijo Cristián el día del entierro: "veía en lo invisible, y por eso se animó a lo imposible".


Ahí estaba el verdadero secreto de su vida. Veía en lo invisible. O más bien, vivía "como si estuviera viendo al Invisible" (Heb 11, 27). No se puede entender a Papapa sin su fe en Dios. Un Dios a quien él, como todo, se tomó en serio, acaso desde que descubrió existencialmente que era precisamente Dios quien primero se había tomado en serio -muy en serio- su vida y la vida de cada uno de nosotros, hasta en sus más pequeños detalles de cada día. Para este descubrimiento encontró ayuda en las fervorosas enseñanzas del sacerdote Josemaría Escrivá, que en Buenos Aires apenas comenzaban a conocerse. Desde entonces entendió familia y trabajo como su camino de santidad, y sirvió a la Iglesia en el Opus Dei con una fidelidad inconmovible, a pesar de todos los pesares, hasta el día de su muerte.
Él deseaba que los demás conociéramos a Dios como él lo conocía, que lo quisiéramos como él lo quería, que lo tuviéramos en el centro de la vida como él lo tenía. Y aunque en esto tampoco mi abuelo nunca escatimó esfuerzos, heroicos incluso, me animo a decir que esta dimensión misionera sí le salía casi sin querer, como el calor y la luz de un fuego amable, que siempre estaba ahí. Que lo digan si no tantísimos hombres y mujeres que encontraron en él a la vez al apóstol de la formación integral, de la rectitud, del trabajo serio, de la primacía de la persona humana y de la familia... y al apóstol de Cristo, probablemente sin poder reconocer en qué momento un apostolado daba paso al otro.

En la intimidad de la familia, sin embargo, a Papapa lo queríamos no por ser un señor, ni por ser heroico en su religiosidad, ni por ser intachable en su trabajo o eminente en su profesión... Lo queríamos por ser Papapa, el abuelo que nos recibía siempre sonriente, el que nos "sacaba las tripas", o el que accedía a nuestros desesperados pedidos cuando en las tardes de pileta escuchábamos que un delicioso pregón de "¡helado-ooo!" rompía desde lejos el monótono quejido de las chicharras...
Y lo conocimos y quisimos con sus defectos y debilidades. Éstos eran, a mi ver, derivaciones casi necesarias de su misma grandeza. 
Tenía, por ejemplo, un fuerte amor propio: no era fácil disentir o discutir con él, como no fue fácil ayudarlo a la hora de la vejez y la debilidad. Por otro lado, somos varios en la familia los que heredamos de él ese carácter flemático, que nos hace tan remisos a mostrar y expresar las necesidades y los sentimientos y la propia intimidad... 
Creo que el riesgo más grande de Papapa era el de tomarse la vida demasiado en serio, de no darse ni dar concesiones, de no permitirse un recreo, de medir con la temible medida que usaba para sí mismo... Pero Dios lo salvó de este riesgo, una y otra vez, sobre todo, a través de las mujeres.

La primera, su madre Elsa. Hija del escocés "Jimbo" Croll (de quien Papapa heredó esa capacidad de hacer reír a los demás sin cambiar de cara) y de una potente criolla, Sarita Fragueiro, "Elsita" combinaba genialmente su papel de mujer culta, elegante -hasta el último día de su vida no salió a la calle sin guantes blancos, aunque se cayeran los pájaros- y de activísima "vida social", con una personalidad muy divertida, pícara, peligrosamente espontánea. ¡Tan diferente de su hijo, incapaz de decir una palabra fuera de lugar...!
"No hay un día en que no me acuerde de ella", solía decir Papapa. Siempre me pareció algo especial escucharlo pronunciar "mamá". Nunca lo oí llamarla de otra manera. Lo decía de un modo tal que uno intuía que de pronto el gran Dr. Ricardo se había permitido volver a ser "niño", y por un fugaz instante uno se asomaba a otra dimensión, muy íntima y misteriosa, de él. De hecho, "Ricardito" -ya siendo abuelo- fue un ejemplo de hijo. Pendiente permanentemente de Elsita, se ocupó de que nunca le faltara nada. La llevaba y la traía de Buenos Aires a Punta Chica cada domingo de su vida para los infaltables asados, como una liturgia filial... Y cuando ella ya no pudo seguir viviendo sola, la recibió en su casa hasta que murió, después de más de dos años de internación domiciliaria.
Tuve la gracia de conocerla y quererla mucho. Ella me hizo su bisnieto preferido, objeto de mil malacrianzas. Conversábamos horas enteras de los temas más variados, porque me hacía sentir su amigo y su "par"... Ella, con noventa años cumplidos; yo, con menos de diez.
Y este amor por Elsita me unió muy especialmente a Papapa. Bastaba que al saludarme me dijera "Críst" -como ella me llamaba- para establecer una profunda complicidad afectiva entre nosotros, en que holgaban todas las palabras.

Pero el mejor regalo que Dios le dio a Papapa fue su mujer Margot O'Farrell, mi abuela "O". No podía ser más diferente, y por eso fue su complemento perfecto. Y decir Margot es decir los once hijos que tuvo con él. No hay estructura que no se caiga, como murallas de Jericó, frente a ese inmanejable estruendo vital que es una familia tan numerosa. Y por eso creo que entre mi abuela y sus hijos siempre lo salvaron a Papapa de ese tomarse las cosas demasiado en serio... Diría que ella fue como la soda indispensable para que tanta grandeza concentrada en Papapa se hiciera potable.
Bastaba que mi abuela pusiera un tonito burlón en su voz para relativizar instantáneamente todos sus absolutos... Una comida formal con un médico importante, un congreso en Europa, una distinción académica, una conversación sobre historia o música clásica, la exclusiva pertenencia a un club, o inclusive un retiro espiritual... todo se desinflaba ante las pequeñas ironías de "O", que desde afuera nos hacían matar de risa. Con su arrollador sentido común y práctico, y tal vez sin proponérselo, mi abuela le hizo cariñosamente entender a Papapa que su casa y su familia no eran un lugar para ser admirado, sino para ser amado. Aunque además todos lo admiráramos tanto, y ella más que todos.
¡Qué lindo era cuando ella o alguno de sus hijos más opuestos a él lograban desarmarlo y hacer que se riera de sí mismo! Se ponía colorado como un tomate, hundía la pera en el pecho y se ahogaba en esas carcajadas entre dientes que tanto vamos a recordar...

Hay una tercera mujer que Dios puso a su lado como constante ayuda. La Virgen María. Sin esa delicada devoción que Papapa le tuvo siempre, su religiosidad hubiera sido dura y fría. Y fue sin duda el amor a la Virgen de Luján el infalible punto de encuentro entre su espiritualidad y la de mi abuela, habitualmente tan paralelas. De hecho, dos semanas antes de su muerte, me pidió si podía llevarlo con "O" a Luján, pero ya no era posible. Y murió así, con ese anhelo de ver a la Virgen. Por eso no me sorprende que haya sido ella, su Madre, quien lo vino a buscar para el Cielo, justamente en el momento en que su nuera Isabel rezaba en voz alta el Rosario con él.


¡Papapa querido! Siempre supe que eras un regalo que Dios me había dado, y que tenía que aprovechar. No me cansé nunca de visitarte, de gozar ese arte de conversar que tenías como nadie (y que me hacía disfrutar de la misma anécdota contada cien veces como si fuera la primera vez);  de quedarnos charlando horas -siempre con el tinto y algún quesito, amables como vos- de la historia de la familia, de los cuentos de tu infancia y del viejo Buenos Ayres, de las andanzas camperas en lo de tu tío Esteban Bouquet, de tus tiempos de rugbier en CUBA, de la audaz resistencia al peronismo, de tu admiración por el "viejo Malbrán" y de mil anécdotas de tu vida de médico... ¡Todo era interesante cuando lo contabas vos!

¡Qué grande te hiciste en tu ocaso! ¡Qué heroico fue tu sufrimiento sin una queja y sin descanso! Nunca fui tan consciente de lo grande que eras como al final, cuando te miraba doblado sobre vos mismo, tiritando en la silla de ruedas, apretando la cruz y la medalla de la Virgen, o haciendo un esfuerzo enorme por leer, mientras celebraba la Misa en tu casa. ¡Me inspirabas más reverencia vos que el Dios que tenía en mis manos!
Poco a poco, al tenaz ritmo de tus dolores, tuviste que entregar tus obras, tu equipo médico, la fundación que soñó tu generosidad, tu inmensa familia... Y finalmente te entregaste vos.

¡Cuánto te vamos a extrañar! Eras el anfitrión perfecto, la garantía de la casa abierta, del asado listo, del cotidiano milagro de la multiplicación de los chorizos y los helados, del esfuerzo sea cual sea para que la familia se reuniera... 
¿Cómo entonces no iba a quererte Nuestro Señor allá en Cielo, recibiendo a la gente, preparándole incansablemente el copetín, haciendo más casa la casa de Dios? ¡Dormí, Sanpedro, que ahí llegó Ricardo! 
Y si algún día llego a llegar yo también, sé que vas a estar así, como te he visto acá: la copita del "vino nuevo" en la diestra, la sonrisa en los ojos y mi abuelo Jaime -tu amigo- al lado. Y diciéndome: "¡Críst! ¡Pero qué sorpresa! ¿Un vinito...? ¡Pasá!"

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Padre Domingo Miner. A su querida memoria.


Ayer, a la llegada de la beatificación de Ceferino Namuncurá, me encontré, de golpe, con la triste noticia de que había muerto el Padre Miner. El querido Padre Miner, a quien ninguna palabra puede describir sino esa cara sonriente que me presta Marcos Maurette. ¡El Padre Miner...! Ese amable receptor de los inconfesables pecados del verano; el mismo que en vez de darte la penitencia -con inconfundible síntoma de santo- te decía: "rezá mucho por mí". La misericordia del Padre Dios a domicilio, paseando por el parque de La Victoria. Creo que no volveré a encontrar a un cura que en sus vacaciones celebre tres misas dominicales y confiese la cantidad de gente que él confesaba.
Miner fue para mí, además, un vínculo con mis antepasados. Si hoy puedo definirme sobre todo como un "heredero" eso ha sido en gran parte gracias a él. El gris árbol genealógico cobraba vida y verdor en su memoria amante. De sus labios conocí quién había sido mi tatarabuelo -su "don Martíng"- y aprendí a quererlo como si yo mismo lo hubiera conocido. Su devoción inocultada por nuestra familia, sin embargo, nunca pretendió competir con el cariño paternal que lo unía a la multitud de sus exalumnos... Porque el Padre tenía esa fineza en el amor (reflejo del Tata) que hacía que cada uno se sintiera un poco su preferido. Como en el corazón de Dios, en el suyo cabía cada uno de nosotros por su nombre. No importaba que yo fuera ya de la quinta generación de Pereyras que conocía. Todos nos sentíamos "de primera" cuando ingresábamos en la partitura orante de su voz tanguera... ¡Con qué ansiedad (e inconfesa vanidad) esperaba el domingo de enero en que mi nombre sonaría en las blancas paredes de la capilla de Cangallo, entre los de los demás parientes que cumplían años! ¿Qué hace, Padre, que nunca haya dejado de resonar en mi corazón ese apodo que una vez pronunciaste en una misa en la casa grande: "Crístian, el nietito de Jaime"...? ¿O, años después, el que le regalaste a mi abuelo Tatá -"Jaime el bueno"- como el mejor de los halagos y el más logrado de sus epitafios...? Y es que las palabras dichas con amor se graban en el corazón. No hay vuelta que darle.

Mil recuerdos se agolpan, pero sobresalen los del oído... Esa manera enfática de pronunciar las oraciones de la Misa que desde chiquito amé imitar: "El Señor esté con vosotros"; "Reconociendo que no sólo nos liamamos, sino que verdaderaménte somos hijos de Dios..."; "el que desee comulgar y todavía no haya colocado la hostia, puede hacerlo en este momento...", y su famosa despedida, que es como un testamento espiritual impreso en el alma: "Hermanos, volvamos a nuestra vida diaria para amar y servir a Dios y al prójimo."

Dios me concedió el haber podido aprovecharlo bastante. Pude tener charlas largas con él, sobre su vida, su infancia, su vocación... Hasta me dí el lujo de hacer algo que creía ser un privilegio de los tíos viejos: llevarlo en auto desde el campo hasta La Plata, en un memorable viaje que hicimos con mi amigo Jara. Y por fin, hace cosa de un mes, cuando me enteré que ya su hora se acercaba de entregarse del todo a Dios, tuve la gracia de verlo en el sanatorio con mi hermano Pato. Y, como la mejor de las despedidas, nos dejó su última bendición en nuestras frentes.

¡Padre Miner...! Hoy que voy a los tumbos, luchando por conservar el don de Dios y peleando mi vocación cada día, pienso en vos y siento que me das desde el cielo una palmada, como después de esas confesiones en el campo... Me acuerdo de la pregunta que me disparaste en el sanatorio la última vez: "Cris, ¿cómo van tus estudios?"; de tus voz quebrada por las lágrimas cuando me llamaste porque entraba al Seminario; del reloj que Abuelo Pereyra pensó para un nieto sacerdote y que vos me regalaste como una confirmación ancestral de mi vocación... Ahora, cada vez que vuelva a mirar esa foto tuya celebrando misa en Tandileofú que tengo en mi cuarto, sabré que estás así, como siempre, rezando por nosotros en el altar del cielo, pronunciando nuestros nombres ante el Padre, que por vez primera los oye con acento de arrabal...

Rezá por mí, Padre Miner. Y, si me ayudás a ser un cura fiel y bueno como fuiste vos, ya que no he podido compartir con vos el altar acá en la tierra, podremos celebrar juntos la gloriosa liturgia celestial, o en el Ayacucho Eterno (¡que se pone lindo...!) compartir un copetín y un vinito bajo la parra de Las Overas, que es como decir lo mismo.

domingo, 30 de septiembre de 2007

UN APLAUSO PARA EL ASADOR


Hace unos días, en Ayacucho, se murió Pocho Moyano. Un peón de campo jubilado. No sabemos bien cuándo fue; nadie nos lo supo decir: murió tan pobremente que a su muerte sin fecha ya no le corresponderá un aniversario. Pienso, sin embargo, que la intemporalidad oscurísima de su partida se emparenta un poco con la actualidad lucera de la eternidad.

Porque Pocho, en su particular fisonomía, pero al mismo tiempo trascendiéndola, fue además de una persona, un símbolo.

El gaucho argentino, el que quedó cristalizado en el Martín Fierro, se extinguió juntamente con su hábitat original. Con todo, el destino le dio sobrevivir a través de personas-símbolo que han ido encarnando sucesivamente muchos de sus rasgos. Lo de Segundo Sombra, en el novecientos bostezante, se trataba ya de una encarnación poderosa, y por eso tan atractiva, de ese gaucho arquetípico. Pocho, en otros tiempos y en otras proporciones, fue una de esas figuras en las que el gaucho pervivía. Hasta la semana pasada.

Pedro José Moyano -tal era su nombre- decía que había nacido en Labardén, provincia de Buenos Ayres, en los criollos pagos del Vecino, entre Ayacucho y Maipú, y se crió en el campo -decía-, en una familia de trece hermanos. Digo "decía" para que el lector racionalista pare las orejas, porque él decía muchas cosas... muchas cosas la mayor parte de las cuales nunca tenía, ni pretendía tener, un correlato verificable. Claro, eso para la gente se explica diciendo que era medio "bolacero"... Pero no, señor: los hombres que además de personas son símbolos tienen, por derecho propio, la facultad de autoinventarse un poco. Ellos saben que tienen en la vida un personaje por construir, y como realmente son ese personaje, sus bolazos -sobre todo los relativos a su propio origen- son tan reales como el registro civil. Y en rigor, mucho más.

Pocho fue siempre solo y andador. En estos paisanos nunca puede saberse si fueron solteros por ser andadores, o andadores por ser solteros. Nadie le conoció mujer, y sus cosas -decía- estaban dispersas por donde lo había llevado la vida: ese mueble lo tenía en Sevigné; aquella guitarra había quedado en Dolores; la "acordiona" la había dejado en lo de su hermano...

Yo lo conocí de chico, cuando entró a trabajar (primero de mensual, después de peón) en "El Rodeo". Pocho se dedicaba al parque del "chalé", cortaba el pasto, limpiaba la pileta, hachaba leña para sacar las astillas de las estufas y la chimenea, nos hacía los asados, y daba una mano en el campo: con el tractor, recorriendo y ayudando en los trabajos de hacienda. Conocí a Pocho cuando despertaba a mi propia personalidad, y entonces fue él el instrumento elegido por la providencia para dejar en mi ser la huella indeleble del gusto campero, el carácter sacro de la identidad criolla.

Pasé con él días enteros de eneros largos. Uno de esos veranos, cuando mi familia se volvió a Buenos Ayres, me quedé a vivir con él en su casa como dos semanas. Fueron días imposibles de olvidar. Más tarde, cuando crecí y dejé de seguirlo fascinado, y cambié los camperos madrugones por las horas de contemplación, mate y lectura en la galería, me acostumbré a oír su reproche profético: "dejá de lér cosas del Papa, Crí, que vah'a terminar entrando pa' cura..."

Después de los trabajos del día, Pocho volvía a su casita, y ahí parecía otra persona. La cocinita de su rancho era como su lugar en el mundo. Le encantaba quedarse a oscuras tomando mate dulce mientras en la cocina a leña calentaba algún exiguo pedazo de carne (de ésa que nunca comen los "ricos": lengua, cabeza, y algo, sí, de "pulpa"). He ido a visitarlo mil veces justo a esa hora. De afuera, uno creía que ahí no había un alma, hasta que se acercaba mucho y sentía el perenne murmullo de su radio. Entonces le pegaba el grito: "¡Pochito...!". Todavía puedo oír con claridad indefectible el quejido, y después el golpe, de la puerta mosquitero cuando se abría, y tras ella la acostumbrada bienvenida hostil: "¡Quién é!" (Porque a Pocho le encantaba hacerse el hosco, como un perro gruñón. -Era un rasgo esencial de su personaje-.) En la penumbra hermética de la noche, sólo percibía su voz ronca y el parpadeo lento y furioso de su cigarrillo. El pucho -el "cigarro" como él decía- fue el más estable de sus compañeros. Sus labios nunca se vieron privados del beso insaciable del tabaco. Pero yo le conocí otra compañía, que fue un cuzquito negro que un buen día apareció en su casa: "el negrito". Pocho le hablaba cambiando la voz, como las madres les hablan a sus bebitos: le decía, recordando una ranchera vieja: "¿neguito, querés café?" Y cuando en su radio, que no ignoraba un solo programa de folklore de doscientos kilómetros a la redonda, pasaban un chamamé, Pocho lo agarraba de las manos y lo sacaba a bailar, mientras zapateaba. Después el negrito se murió, y no le quedó más que la radio y el cigarro.

Sólo cuando iba a visitarlo, a las cansadas, prendía un farol de gas que había sido del "chalé" (como casi todo su mueblerío, hecho de lo que nosotros tirábamos como inservible). Y, a la magra luz de ese único farol malhumorado, pasábamos horas tomando su vino marca "Gual" (vino sólo potable con "cubitos", como decía él, que siempre sostuvo que el vino puro le "caía mal"). Pocho, con no haber aprendido jamás a tocar un instrumento, guardaba en el ropero de su "pieza" una guitarra bastante decente, con un cuero de víbora adentro "pa' que no se destemple". Con ella yo le cantaba milongas, estilos, cifras, zambas, chacareras y todo lo que me pidiera. Pero como para él cantar bien era cantar fuerte, creo que nunca le parecí buen cantor. (Su máxima ponderación era para su "finao mi hermano", que "la hacía'blar a la guitarra" y tenía una voz que tapaba las guitarras de los que lo acompañaban... ) De hecho, me interrumpía seguido, para comentarme cualquier cosa de las que se habla en el campo: que justo había salido tal número de la quiniela, y él había pensado jugarle a ése porque era el de la chapa del "coche del dotor" (papá): "qué... capaz que si le jugaba no salía nada..."; o del "asidente" que hubo en Mar del Plata (-"¿qué, no lo sentiste, Crí?"-); y por supuesto, que en Tandil "llovieron cuarenta, y acá en lo Rodrígue dice que cayeron veinte, nomás..." Y yo tenía más ganas que él de escucharme a mí mismo... -"¿Y no sentiste, Crí, la milonga que le hizo Carlito Esferra a Favarolo?... ¡Pá...! "

Pocho, el huraño solterón que amaba su cocina oscura, tenía sin embargo el arte de iluminar con su alegría la cara de los demás. Para las fiestas y los asados se empilchaba: se peinaba con un jopo (una verdadera artesanía de canas y gomina), se ponía una camisa blanquísima, bombachas negras, un tirador lleno de monedas y una rastra muy linda de iniciales "emprestadas". El lujo campero de un peón. Solía llevar una bota "pamplona" con vino, y la hacía besar por todos los comensales invitándolos a decir "gregorio" y "chajá" mientras echaban el trago. Su bondad con los chicos, para quienes siempre guardaba caramelos en los bolsillos, creció hasta el heroísmo cuando mi hermana Loli, con apenas dos años, se ahogó en el bañadero abandonado de la manga de vacas. Pocho siempre recordaba cómo aquel 25 de febrero rompió la ventana del cuartito cerrado de la manga para sacar palos y horquillas con los que poder buscarla. En adelante, Loli, que se salvó de milagro, fue para él "la nena", sin más.

Sus asados eran sencillamente únicos. Como dijo mi abuela Isabel, Pocho fue "el rey del cordero al asador". Bajo el imperio de su mano experta, los capones crucificados parecían entregarse de buena gana a la expiación de esa culpa arcana de su raza. Con la pala larga en la diestra, y en la izquierda un vaso de aluminio de contenido indudable, Pocho endomingado, al resplandor de su propio fuego sagrado, era un sacerdote del asado criollo.

Pocho se apagó como morían sus puchos en la noche tiznada de su cocina. Después que se fue de "El Rodeo", cambió las sombras de su casita de la "oriya" del monte por las tinieblas de un ranchito en el pueblo, en las barriadas "del otro lao de la vía", a la altura de la avenida Colón. Luchando con la "prosta" y a la espera de una jubilación irrisoria, compartía sus días con su recia madre, sorda y viejísima, y con una hermanita enferma, a quien los médicos nunca pudieron curar porque "le hicieron un daño, y la que se lo hizo ya se había muerto". Fui a visitarlo allí todas las veces que volví al campo. Terminó su vida en medio de la pobreza. Una de las veces que fui (siempre caía de improviso) se lamentaba de no poder ofrecerme yerba "de marca", mientras la sacaba de una anónima bolsita transparente... Como un tesoro, mostraba orgulloso una foto maltratada del coche de caballos de "El Rodeo", y una foto tamaño carnet de Loli, "la nena", que encontró una vez tirada en el "chalé"... ¿Cuántas y cuántas fotos tenemos de él, de nosotros o del coche de caballos, que habríamos podido regalarle, grandes, enmarcadas....? Pero él, como un nuevo Lázaro, no tenía sino las migas que caían al piso de la mesa de los ricos.

¡Pocho! ¡Cuántos recuerdos se aprietan en la manga del recuerdo! Verte desfilar con paso marcial en "la costa" del alambrado con la máquina de cortar pasto, al compás inconfundible del motor Villa... Mirarte con asombro ordeñar con baquía en esas madrugadas blancas de espuma y escarcha... Sentir tus gritos cuando encerrabas las lecheras, y creer que eran como un canto silvestre más de ese paisaje querido... Oírte cantar esas criollísimas décimas "verdes", redimidas por el vino y la amistad... Escuchar otra vez tu voz querida, como la de otro Adán en el paraíso, nombrando las cosas con el nombre criollo que Dios les pensó: "gorra" en vez de boina, "planta" en vez de árbol, "gajo" en vez de rama, "cerrazón" en vez de niebla... Y los ojos, Pocho, se me "enyenan", preñados de una llovizna tibia.

La última vez que estuve con él, este invierno, entendí que la brasa de su pucho se apagaba definitivamente. Parecía que esta vez la muerte se lo estaba fumando a él a pitadas hambrientas. Lo despedí con un nudo en la garganta y la promesa de volver...

Y no volví, Pocho. No te pude volver a visitar. Quise ir hace tres semanas, y como venía un amigo lo "pateé". Quise ir la semana pasada, y me enfermé. Soñé (lo soñé toda la vida) con arrimar el calor de un Sacramento a tus últimos momentos, y no llegué. Pocho, no cumplí la promesa que me hice más a mí mismo que a vos. No te pude volver a ver. Pero recibí en el corazón la herencia más rica que un hombre, por pobre que sea, puede dejar: el regalo cierto y fiel de tu amistad sincera. Y a ésa la llevo -y la llevaré- "sacramente", al decir de Güiraldes, "como la custodia lleva la hostia".

Queda en toda la familia Achával tu queridísimo recuerdo, como guardamos en el paladar memorioso el gusto sublime de tus corderos. Pocho, el Dios que conozco es un Dios que me quiere feliz: por eso mi cielo, como mi vida, va a ser "Dios y Ayacucho". Y si es cierto (¡claro que sí!) que el "Cordero de Dios" nos prepara un "banquete celestial", yo sé, Pocho, que en el Ayacucho del cielo nos volveremos a ver todos, sentados en ronda con mi abuelo Tatá (tu "Don Jaime") y con Juan, en la comunión de un asado eterno, donde ya no te "caiga mal" el vino flor de la alegría sin soda ni "cubitos". Y hoy, como trepando con el incienso -el "calmante aroma"- de tu noble vida, sé -lo oigo, lo siento- que llega hasta el cielo, y agrada a Dios, el homenaje unánime de todos los que te conocimos: "¡Muy bueno, Pocho! ¡¡Un aplauso para el asador...!!"

domingo, 21 de mayo de 2006


EMILIO KOMAR

In memoriam
(1921-2006 )


Emilio Komar falleció el 20 de Enero a los 84 años, a los nueve meses de la muerte de Juan Pablo II, de quien era coetáneo (menos de un año menor), y con quien compartía algunos rasgos llamativamente similares, físicos y espirituales. Un común humus, genético y cultural, los alimentaba: ambos eslavos, ambos representantes genuinos de la gran tradición cultural centro europea. Komar nació en Ljubljana el 4 de junio de 1921, sus padres fueron Ludovico Komar, militar retirado del ejército hasbúrgico, y Cecilia Blazic. Cursó estudios primarios en Skopje Lok y luego en Ljubljana. En esta ciudad completó estudios secundarios con orientación clásica y, a partir de 1939, universitarios en Ciencias jurídicas. Continuó estos estudios en Italia, en la Universidad de Turín, donde recibió el título de Doctor en Derecho en 1943. Tuvo grandes maestros filosóficos en ambas universidades: En Ljubljana Josip Turky y Eugen Spectorsky, en Turín Fran Waland, Giusepe Gemelaro y Carlo Mazzantini. Fue un destacado dirigente estudiantil católico colaborando además con escritos en diversas publicaciones. obteniendo un premio por un trabajo académico.

En los comienzos de la segunda guerra mundial combatió como oficial del ejército real de su patria. Se transformó más tarde en colaborador inmediato del gran líder esloveno J.Kralj. Participó entonces en arriesgadas tareas de la heroica resistencia civil contra la dominación fascista primero, nazi y comunista después. En medio de estas vicisitudes contrajo matrimonio en 1944 con Majda Ahcic, su compañera y mentora de toda la vida, con quién tuvo dos hijas en Europa y cuatro hijos más, dos varones y dos mujeres, en la Argentina. La evolución de los acontecimientos políticos lo llevo a emigrar a Italia en 1945. Definitivamente anexado su país al bloque comunista decidió, luego de considerar diversas opciones (Suiza y Estados Unidos entre otras), venir a establecerse en la Argentina con su mujer y sus hijas en 1948.

Vista desde la perspectiva de los años pasados esta decisión nos manifiesta el misterio de la conjunción de la Providencia de Dios y la libertad de los hombres. Cincuenta y ocho años de vida entregada sin concesiones, hasta extremos heroicos, a su vocación cristiana, humana, familiar y académica, constituyen un aporte a la cultura católica de la Iglesia y de nuestra patria, que nos tomará años valorar en sus verdaderas dimensiones. Resulta imposible reseñarlo en estas líneas, baste subrayar los rasgos de genialidad: originalidad creativa y magnitud sobrehumana del esfuerzo realizado. Son ,entre otros tantos, ejemplos de esta originalidad creativa: sus investigaciones sobre el racionalismo, que lo llevan a una fundamental reperiodización de la historia de la cultura moderna; el
desarrollo de un personalismo ético y metafísico alimentado en las fuentes de un tomismo genuino y existencial; su actualización permanente, siempre profunda y esclarecedora, de los problemas y autores de la cultura contemporánea y el contacto viviente con la cultura clásica, griega y latina, que dominaba y amaba.

La transmisión de esta sabiduría dio lugar a una tarea docente de asombrosa magnitud: Habilitado como Profesor de Filosofía y Pedagogía en el Instituto de Profesorado del Consejo Superior de Educación Católica, fue Profesor de Ética y de Filosofía Moderna en la Universidad Católica Argentina; Profesor de Filosofía y de Lenguas Clásicas en varias Instituciones y Profesorados y en el Seminario de San Isidro; incontables cursos para abogados, ingenieros, médicos, psiquiatras y psicólogos; y aquello que él llamaba su “género literario propio”, el curso o cursillo filosófico ,con una metodología pedagógica personal, abierto a los auditorios más amplios y diversos. Se conserva, gracias a la devoción de una colaboradora, registro magnetofónico de cerca de trescientos de estos cursos y se calculaba hace algunos años en aproximadamente más de treinta mil personas su audiencia. Estos cursos des grabados, así como otros escritos, están siendo paulatinamente publicados por sus discípulos agrupados en “Sabiduría Cristiana”, entidad dedicada a la conservación y difusión de la obra del maestro y de su escuela.

Porque uno de las contribuciones de esta entrega a la docencia es la formación de una “Escuela de Komar”, cada vez más importante en su número y en la calidad y riqueza de sus contribuciones académicas. Una característica distintiva de ella es el común y espontáneo sentir de sus miembros de pertenecer a una gran familia, que se une a la de sangre en la irradiación de la fecunda paternidad del maestro. Estos hechos, junto con muchos otros que no puedo reseñar en este espacio, permiten vislumbrar la importancia del magisterio de Komar para la cultura argentina. Poco tiempo después de su llegada tomó un fructífero contacto con los hombres de los Cursos de Cultura Católica (César Pico el primero) y tanto ellos como Komar supieron valorarse rápidamente. La identificación profunda y explícita de Komar con el espíritu de los Cursos y su significación para cultura católica argentina explica, desde la perspectiva de los años, que Komar y su escuela constituyan hoy entre nosotros una continuación importante del legado de los Cursos.

Komar fue Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina durante los años 1981 y 1982. El Consejo Superior de Educación Católica le otorgó en 1988 el premio “Divino Maestro”. En 1992 el Papa Juan Pablo II lo nombró Caballero, en el grado de Comendador de la Orden de San Gregorio Magno en reconocimiento por los importantes servicios prestados a la Iglesia. El Obispo de San Isidro, Monseñor Jorge Casaretto le entregó esta designación, que había propiciado, en una ceremonia en la Catedral Diocesana. Desde 1995 fue, junto con el filósofo español Julián Marías, uno de los dos miembros de honor de la Asociación Médica Argentina. En 1998 recibió una condecoración del Arzobispo de Ljubljana, Dr. Franc Rode, por la trayectoria de toda su vida.

La severa enfermedad crónica de Komar (una diabetes insulino-dependiente), fue hiriendo gradualmente su salud mientras mantenía inalterable su ritmo sobrehumano de trabajo. Las descompensaciones se fueron haciendo mas frecuentes e intensas en los últimos años, en particular luego de su retiro de la Universidad Católica, a la que se vio obligado a renunciar en todos sus cargos frente a conflictos derivados de miserias, humanas que dolorosamente sobrevienen en la vida de las instituciones. La gravedad de su cuadro hizo temer, con fundadas razones, por su vida. Este hecho dio lugar a un extraordinario movimiento de solidaridad y de toma de conciencia que puso de manifiesto la magnitud del alcance de su magisterio y la profundidad de su penetración en los corazones. Se preparó un volumen de homenaje (“Vida llena de sentido”), con colaboraciones de una amplia gama de discípulos, que fue presentado en un emocionante y multitudinario acto en la Biblioteca Nacional a fines de 1999.

A partir de este momento los acontecimientos se fueron desarrollando de manera significativa. Se fundó “Sabiduría Cristiana” entidad hoy transformada en Fundación, encargada de recoger, preservar y difundir el pensamiento de Komar y de su escuela y que lleva a cabo desde entonces una intensa actividad de clases, cursos, simposios, reuniones anuales y publicaciones. Komar fue el centro de la mayoría de las reuniones anuales dictando clases memorables que convocaron a grandes auditorios. Gracias a la dedicación fervorosa de dos de sus discípulas, Guadalupe Caldani de Ojea y Marisa Mosto de Etchebarne, comenzó el trabajo esforzado de trascripción y edición de los cursos conservados. Hasta la fecha se han editado ocho cursos de variada duración en otros tantos volúmenes y el trabajo sigue adelante sin prisa y sin pausa. Comenzó a tener cumplimiento así el deseo que expresé en 1996 en la presentación del volumen “Orden y Misterio”: “El magisterio asombrosamente fecundo de Komar reclama su registro escrito”, y, mas adelante, subrayaba la “urgente necesidad” de esta tarea y agregaba: “Esta es una tarea de gran aliento que de ninguna manera le compete con exclusividad al Dr. Komar sino, mas bien, a todos sus discípulos.”

De manera convergente se fue produciendo en los últimos años un reconocimiento creciente de la obra de Komar en su patria, Eslovenia. Había escrito en su idioma casi un centenar de ensayos, meditaciones y editoriales en diversas publicaciones del exilio. Al recuperar Eslovenia su libertad y proclamar su independencia en 1991, este reconocimiento cobró renovado impulso. Su amigo Zorko Simchiz , destacado escritor y poeta, regresó a ella con su familia y contribuyó de manera eficaz a este propósito. Komar viajó allí por primera vez después de haber emigrado, tomó contacto con intelectuales y dirigentes, y pronunció luego una importante conferencia sobre actualidad de Santo Tomás en la Universidad del Sagrado Corazón de Milán, especialmente invitado por Don Luigi Giussani, fundador del conocido movimiento “Comunione e Liberazione”. Desde Eslovenia enviaron a la Argentina, por períodos, grupos de jóvenes universitarios para que se formaran con él. Su libro “Orden y Misterio” fue traducido y bellamente editado con un estudio crítico de un destacado filósofo esloveno en el que reconocía a Komar como uno de los dos más grandes filósofos católicos eslovenos del siglo trascurrido, subrayando que Komar descollaba por la calidad y la belleza de su estilo literario. Fue nombrado Profesor Honorario de la Universidad de Lubjljana y, un mes antes de su muerte, miembro vitalicio de su Senado Académico, máxima distinción esta que lo hizo feliz y coronó como broche de oro la parábola de su vida y de su obra.

Cabe referirse, para terminar, a la última y definitiva lección de esta vida: la manera ejemplar con que aceptó su enfermedad con sus dolorosas limitaciones y el espíritu indomable con que siguió sirviendo a su misión de maestro hasta el último aliento. En este final, en este tránsito triunfal a la consumación y plenitud de su vida, se pone en evidencia también, de manera patente, ese misterioso parentesco espiritual con Juan Pablo II que mencionamos al comienzo de esta nota.

El Señor me concedió la gracia de poder despedirme de él un día antes de salir de vacaciones, el 3 de Enero, a pocos días de su descompensación final, que sobrevino el 6. Había cumplido cincuenta años de ser su discípulo y amigo Quedó viva en mi corazón la imagen de profunda serenidad y bonhomía que irradiaba su persona. Me cuentan quienes lo acompañaron ya muerto que esta imagen se hizo aún más patente en su rostro, como si quedara trasuntada en él la dicha y la paz de la primera visión de su encuentro con el Padre.

Carlos Velasco Suárez
Febrero de 2006