Un cálido recuerdo
rescata el alma mía
de la melancolía
en que a veces me pierdo.
Era un día sin frío
aunque julio mediaba
y el pueblo entero estaba
a la orilla del río.
Y yo estaba entre tantos
que esperaban la cita
con la fiel virgencita
entre rezos y cantos.
De pronto, entre el gentío
que colmaba la orilla,
descubrí a una chiquilla
sola, llorando al río.
Verla acurrucadita,
sentada en la barranca,
del corazón me arranca
una ternura infinita.
¿QUÉ TENDRÁN TUS OJOS,
NIÑA DE MI RÍO?
¿LLORAR DE ROCÍO
O ESPUMA DE ENOJOS?
Mas veo que otros ojos
desde la misma orilla
están como a hurtadillas
mirándola de reojo:
son los de un cunumí
descalzo y de bermudas:
un pescador, sin dudas,
del pueblo de Itatí.
No es chico ya, ni es grande:
justo está el gurisito
en ese umbral bendito
que cuerpo y alma expande.
No le quita los ojos
como si conociera
mujer por vez primera
y unos hondos antojos...
Y la Virgen llegaba,
y él no ve el griterío,
ni la gente, ni el río:
a otra virgen miraba.
¿QUÉ DARÁN TUS OJOS,
MI VIRGEN DEL RÍO?
¿FRESCOR DE ROCÍO?
¿CALOR DE SONROJOS?
Las Tunas, 27 de junio del año 2025 de Nuestro Señor.







