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viernes, 27 de junio de 2025

SOLTAR... ¿qué? A propósito del Sagrado Corazón.


“Vengan a Mí, todos ustedes que están abatidos y fatigados,
que Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo,
y aprendan de Mí, que soy paciente y humilde de corazón,
porque mi yugo es suave, y mi carga liviana” (Mt 11, 28-30).

 

 

Si hay un verbo que podríamos decir está de moda, ése es “soltar”. Se nos antoja tan cómodo, que ya tiene algo de comodín, y cabe bien en tantos sitios del habla corriente, que ya nos hemos olvidado qué palabra poníamos antes en su lugar.

Antes, “soltar” era un verbo transitivo: es decir, había que aclarar: “¿soltar qué?”. Se soltaba la mano, las riendas, la manija… Ahora es un verbo tan cómodo que ya no necesita especificar su objeto, y se usa solito, y casi siempre en imperativo: “¡Soltá!”. Pero es un imperativo que por el significado mismo del verbo nos parece amable, compasivo, bonachón, como si siempre viniera complementado con un cariñoso: “¡Soltá, zonzo!”

Pero, quiérase o no, es un imperativo al fin, que nos susurra cada amiga al oído, que sorbemos en cada charla de café, que asimilamos en cada augurio de las redes sociales, y que repite como un mantra cada counselor y sentencia suavemente cada quien que se precie de ser un poco más “espiritual” que uno.

Ahora bien, esa ausencia de “objeto directo” no es sólo gramatical.  Al contrario, por ello mismo es muy decidora de lo que sucede en la realidad. Al interiorizar -sin casi sentirlo- la consigna omnipresente de “soltar”, no viene al caso ya qué cosa sea lo que debemos dejar. El imperativo pasa por alto, olímpicamente, la realidad exterior, para enfocarse solamente en el acto interior del sujeto solterón, perdón, digo, soltador. “No importa lo que tengas que soltar, no viene al caso la realidad exterior a tu problema: importa que vos sueltes lo que sea, y así recobres la tranquilidad perdida. Zonzo…”. Esto nos sitúa de lleno en un plano individualista, y no hay en esto secreto alguno. El que lo logra se convierte en alguien perfectamente “suelto” de todo, no ligado por nada, libre de cualquier atadura.

¿No será este soltar, entonces, el camino directo a la libertad? (Y de sólo mentar la palabrita pareciera que me llega, rítmica e inconfundible, la consabida arenga de los posmodernos corifeos: “¡Viva la libertad, carajo!”).

Ahora bien, no quisiera dejar suelto un cabo que antes traje. Y es el de los verbos que fueron sustituidos por nuestro comodín de marras. Ellos sí guardan relación directa a sus objetos, y por eso, volver a pensar qué palabra usábamos antes donde ahora ponemos “soltar” puede quizá revelarnos lo que pasa fuera del sujeto soltador cuando éste se abandona al mágico imperativo del soltar.   

Soltar es a veces sinónimo de olvidarse, o no pensar, a veces de resignarse, otras de perdonar, otras de abandonar (o abandonarse), muchas veces de confiar, otras tantas de dejar, y también de no controlar, y así descuidar (o descuidarse) o de despreocuparse (o de no preocuparse por). Pero sólo atendiendo a los casos concretos podemos medir el costo del soltar en el mundo “exterior” (al individuo individualista).

          “Soltá” puede querer decir “no te tomes todo a la tremenda”, que sólo es liberador si de verdad -objetivamente- la cosa “no es para tanto”, o si la persona está “ahogándose en un vaso de agua”. Pero ese “soltá” no sirve para el que tiene un hijo gravemente enfermo, o para el que sufre la muerte de un amigo… “Soltá” puede significar en ciertos contextos cosas tan caras como “divorciate”, o “dejá que tus hijos se equivoquen”, “que lo arregle otro”. "Soltar” es casi siempre lo contrario de “hacerse cargo”, de asumir la responsabilidad, o la misma realidad...

          Si nos fijamos en el origen de la palabra, “soltar” viene (a través de la raíz de participio pasado “solutus”) de un verbo “solver” (solvere en latín) que hoy ya no conocemos como absoluto, es decir, como desligado de algunos afijos, sino conformando con ellos verbos tales como “re-solver”, “ab-solver”, “di-solver”, etc.

La reflexión etimológica bien puede enseñarnos que el resultado del “soltar” depende siempre del objeto del cual nos desligamos. Porque, si aquello de que nos desembarazamos es el pecado, entonces estamos “ab-sueltos” de culpa y por ello, libres. Pero si lo que dejamos ir son nuestros compromisos morales, entonces nos convertiremos en personas “di-solutas”… En última instancia, si lo que pretendemos es quedar sueltos de toda ligazón, de toda religación (y religión), de toda relación y de todo vínculo, siendo -como somos- animales dotados de ombligo y seres sociales por naturaleza, quedaremos, más temprano que tarde, sencillamente “di-sueltos”.     

* *

La moda del verbo “soltar” ha entrado, creo poder asegurarlo, por la ventana (franco ventanal más bien) de las espiritualidades orientales, a través de sus mil rostros: yoga, reiki, budas, mandalas, autoayuda, retiros espirituales, etc. Remito para más datos a esta conferencia del budista Lama Rinchen.

Según el budismo, la causa de todas nuestras inquietudes, de nuestras faltas de “paz”, es el deseo. El deseo, dice el gurú oriental, es el viento que mueve las hojas del árbol. Si no hubiese viento, no habría menearse, todo sería paz y quietud.

Hasta aquí estamos de acuerdo: el deseo, y en última instancia el amor, es la fuente de todas las pasiones humanas. El amor, que es el apetito por excelencia, es la causa tanto de la tristeza (por el deseo frustrado) como del gozo (por el deseo consumado).

La espiritualidad budista es admirable por su radicalidad y por las alturas ascéticas que persigue (y muchas veces alcanza). Es que lucha contra nuestra naturaleza misma, extinguiendo del corazón del hombre todo deseo, es decir, neutralizando todo amor. Pero el camino de Buda, por el inmoderado afán de erradicar de la vida humana toda tristeza, todo dolor, toda inquietud, es capaz de pagar el altísimo precio de apagar toda pasión, todo deseo, todo amor. Logra la paz… al precio de la vida. Siguiendo la imagen del viento que inquieta, diríamos que quita el viento, para para ello quita también el aire. La quietud del Buda es una paz del quedarse suelto, des-amorado, de todo objeto, de todo apego, de toda realidad. Queda sólo el yo, desnudo. Con la ilusión de que en esa desnudez última nos di-solvamos en Dios. 

Pero ese Dios es más Nada que Ser. Es más Algo que Alguien. Y, puesto que no se lo encuentra en el compromiso concreto del amor a Él y al prójimo, sino en el insensible soltar del desamor radical, es un Dios que no ama. ¡Pues no es Dios! Ni eso es vida, ni es libertad, ni es nada… Sino un costosísimo suicidio, una sofisticada eutanasia, una admirable pero mortífera espiritualidad.


Frente a esta moda, en muchos inocente, pero en nada inocua, hoy se pone de pie el Señor y, señalando su corazón transido, grita en la plaza del mundo: “¡Vengan a Mi, todos ustedes que están afligidos y agobiados, que Yo los aliviaré!” (Mt 11, 28).

¿Tenés dolor, tristeza, desasosiego, angustia…? Aquel en quien busques ayuda te responderá con un barato: “¡soltá!” 

Sólo la voz del único Maestro, sólo quien es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6) te gritará, desde la otra punta, lo contrario: “¿Quieren paz? -“Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo” (Jn 14, 27). “¿Quieren alivio? “Carguen sobre ustedes mi yugo […] porque mi yugo es suave, y mi carga liviana” (Mt 11, 28-30).

“Carguen…” ¿En serio, de verdad Jesús les dice esto a los que hace un instante convocó por su condición de abatidos y de fatigados? ¿Y es pensable que todavía explicite: “carguen sobre ustedes”, y que para más diga el “yugo”, cuya sola mención espantaría al que viene cansado?

Pues sí. Es el verbo exactamente contrario a “soltar”. La vida cristiana es “cargar”. “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo (y no negar todo y a todos los que no sean yo), tome (cargue, abrace) su cruz cada día, y sígame” (cf. Mt 16, 24). Pero no es cargar solo: es cargar con Cristo, que carga antes, que carga primero, que me carga a mí mismo...

¿No es curioso que hoy demos “soltar” como sinónimo de “perdonar”? Pues Cristo usó la imagen del pastor que deja las noventa y nueve para buscar, encontrar y “cargar” a la oveja perdida para mostrar su misericordia. Él no suelta nada: y para salvarnos, que es redimirnos (o sea "pagar", "hacerse cargo"), en la Cruz carga -asume- todo.

¿Y por qué es lo contrario? Porque Él es el amor. Y sólo el amor nos hace felices. Pero no existe amar sin sufrir.

Por eso el Sagrado Corazón de Jesús, que es el ícono más querido del Señor resucitado, y fuente de donde dimana todo el Amor de Dios, es representado con la corona de espinas que lo tiene completamente ceñido.

Soltar no sólo nos aleja del cristianismo, sino que nos deshumaniza. 

¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!

martes, 8 de abril de 2025

LOS LÍMITES QUE DIOS NOS PONE

 

Reflexiones a partir de las lecturas del Domingo III de Cuaresma (ciclo C)

 

“Quien pida amor,

ha de inspirar respeto.”

José Martí

 (“Por Dios que cansa”,

Flores del destierro).

 

"Noli me tangere" de Bartolomaeus Spranger (1546-1611)


¿La ira de Dios?

A veces aparecen, en las lecturas de la Misa, algunos de esos pasajes bíblicos incómodos, en que Dios parece “mostrar los dientes”, desdiciendo, con su tono amenazante, la dulce imagen inocua que muchas veces nos hemos hecho de Él.

Y no es fácil encontrar teólogos y predicadores que “se hagan cargo” de estas páginas: la mayoría los pasa por alto, lisa y llanamente, como si no existieran. Se recorta así, de hecho, la Sagrada Escritura, reduciéndola a nuestras pobres dimensiones.

Hoy, después de que en el Salmo cantamos la misericordia del Señor, la epístola de san Pablo nos recuerda que nuestros padres, en el desierto, no fueron agradables a Dios: “No nos rebelemos contra Dios, como algunos de ellos, por lo cual murieron víctimas del Ángel exterminador” (1 Cor 10, 10). Pero luego continúa con una severa admonición: “Todo esto […] está escrito para que nos sirva de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!” (1 Cor 10, 11-12).

Y el mismo Jesús, en el Evangelio, a raíz de dos hechos luctuosos sucedidos en sus días, pronuncia -también dos veces- esta amenaza: “Y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera” (Lc 13, 3.5).

Entonces, me acordé de un teólogo que se animó a dar cuenta de esos pasajes ásperos que a los predicadores posmodernos nos gustaría muchas veces evitar. Gracias a la página del Sr. Jack Tollers, conocí un brillante artículo del jesuita francés Jean Daniélou, titulado “Magnalia Dei”[1]. En él, Daniélou, haciendo un comentario sapiencial del cántico de Habacuc (presente en la Liturgia de las Horas), se propone no solamente tener en cuenta, sino explicar la importancia que tiene para la revelación de Dios la manifestación de su ira.

Daniélou, en su artículo, comienza mostrando someramente cómo sólo el contacto vivo con las Escrituras puede darnos el verdadero sentido de las palabras más importantes con que caracterizamos a Dios que se revela: verdad, justicia y amor, que pueden fácilmente verse adulteradas.

Y habiendo establecido, cómo no, que “el amor es la suprema revelación del Dios bíblico” (p. 3) , el autor propone detenerse esta vez en una de sus “características más misteriosas: su ira” (íd.).

Luego, tras rechazar, de la mano de Tertuliano, la siempre acechante tentación del antiguo Marción, aún hoy vigente, -según la cual la ira pertenecería a la imagen de Dios del Antiguo Testamento, en tanto que el Nuevo nos presentaría al Dios-Amor-, Daniélou nos lleva a admitir sin rodeos que “la ira es una de las actitudes del Dios de la Biblia” (p. 6). Que, por supuesto, no está reñida con su amor, salvo que con “mala filosofía” (íd.), consideremos como pecaminosas en sí mismas a las pasiones humanas (la ira o los celos, p. ej.).

Insoslayable es la referencia a la ira de Cristo, que no solo pronunció amenazas, sino que se tomó el tiempo para hacer un látigo y echó intempestivamente a los comerciantes del templo de Jerusalén, y no con solas palabras perentorias sino derribando violentamente sus mesas (y por ende su dinero). Esta ira -explica Daniélou- “no es el resentimiento de un amor propio herido” (p. 7). La ira de Dios es “negativa a pactar con lo inadmisible, la expresión de su incompatibilidad con el pecado” (íd.).

 

La ira de Dios como manifestación de su existencia

Pero un poco más adelante, Daniélou afirma que la ira de Dios no sólo es una manifestación pedagógica en contra de lo que está mal, sino que, incluso cuando se expresa en las grandes catástrofes (naturales o humanas) nos permite experimentar su misterio, su presencia trascendente, su intensidad vital: “Así, en su núcleo más profundo, la cólera de Dios es la expresión de la intensidad de la existencia divina, de la violencia irresistible con la que se lleva todo por delante cuando se manifiesta. En un mundo que permanentemente le da la espalda, a veces Dios recuerda violentamente que existe.” (p. 7).

De manera que, lejos de tratarse de un lenguaje tosco y antropomórfico, casi indigno de un discurso teológico, la ira de Dios consigue revelarnos un aspecto de Dios absolutamente fundamental: su ser distinto de nosotros (su alteridad), su trascendencia, y la tremenda intensidad de su ser. “Las expresiones abstractas nos hacen alcanzar la verdad, pero no la intensidad de las cosas. Al contrario, las expresiones de celos, de cólera, expresan la intensidad de la existencia divina […], aquello en Él que es lo más diferente de nosotros, esto es, esencialmente, la intensidad de su existencia, sin proporción posible con la nuestra” (p. 7).

Daniélou hace estas reflexiones comentando el texto de Habacuc en que la ira de Dios se manifiesta en dos clases de imágenes: de tormenta y de guerra. La furia de la guerra, el fragor de la tempestad expresan la ira del Señor de la historia.

Y Cristo, en el pasaje antes aludido, nos enseña a leer con fe justamente dos episodios que representan dos tipos de desgracias. Una es la masacre provocada por la sangrienta represión de Poncio Pilato a unos rebeldes galileos; la otra, un accidente: el derrumbe de la torre de Siloé.

No se trata de pensar, con la seguridad teológica de los amigos de Job, que las víctimas eran dignas de un castigo divino… Jesús desecha de entrada los juicios que pretenden comprender los inefables designios de Dios. “¿Creen que ellos eran más culpables que los demás […]? Les aseguro que no” (Lc 13, 3. 5).

Sin embargo, ambas noticias trágicas deben servirnos, dice el Señor, para convertirnos. Ante los dos tipos de calamidades (las provocadas directamente por el hombre y las más fatídicas, sean más o menos naturales), en los corazones cristianos deberían resonar las palabras de Cristo: “y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera” (Lc 13, 3).

La violencia del mal (natural o humano) que -incluso hoy, con terremotos, inundaciones o guerras- pone al desnudo nuestra fragilidad y nuestra insignificancia frente a poderes que aplastan, puede y debe servirnos para “despertarnos” de nuestro sueño antropocéntrico, de nuestra ilusión técnica de omnipotencia, y para volver nuestra mirada al único Todopoderoso, al único que Es.

Ese Ser de Dios, intenso, poderoso, real y concreto, muchos de nosotros ya no lo percibimos. Porque aunque profesemos creer, vivimos como si Dios no existiera. Nuestro ateísmo práctico debilita, difumina, vacía la presencia de Dios convirtiéndolo en un dios meramente nocional y, sobre todas las cosas, irrelevante. Hasta que nos sacude existencialmente, hasta que nos “golpea” de alguna manera.

            También en las relaciones humanas suele sucedernos que sólo mediante ciertos “golpes” nos percatemos de que había un “otro” que requería mi atención. Un padre que frena el recorrido de un hijo abstraído para exigir un saludo, o las a veces terribles formas de los hijos de “llamar la atención” de sus padres… abstraídos. Dolorosamente, ese ser, ese otro, se hace presente y nos rescata de nuestro egoísmo.

 

Los límites que Dios nos pone

Y aquí entra en juego la lectura de la revelación de Dios a Moisés en la zarza ardiente: “Yo soy el que soy”. (Daniélou recordaba, para mostrar la abismal trascendencia del ser divino, lo que Jesús le dijo en revelación privada a santa Catalina de Siena: “yo soy el que soy; tú, la que no eres”).

Cuando Moisés se acercaba, fascinado, curioso, hacia la zarza que ardía sin consumirse, Dios lo para en seco con una orden terminante: “¡Detente! ¡No te acerques! ¡No pises! ¡Quítate las sandalias! Porque el suelo que estás hollando es sagrado” (cf. Éx 3, 5). Aquí está toda la pedagogía del respeto, de la reverencia de lo sagrado.

Para poder revelar su Ser, Dios tiene que poner un límite. Sin esa barrera, sin esa obligación (en este caso, de descalzarse, que podría ser cualquier otra), Dios hubiera sido apenas el objeto de la curiosidad de Moisés, que una vez satisfecho, habría seguido su camino sin pena ni gloria, sin revelación divina y sin crecimiento interior.

Más tarde, después de las plagas de Egipto, las manifestaciones de Dios en el mismo cerro Sinaí y frente a todo el pueblo liberado serán mucho más claras y evidentes, pero asimismo más furiosas -más intensas-: temblor de tierra, viento huracanado, fuego eruptivo. Y los límites mucho más amenazantes: “Deslinda el contorno de la montaña y di: guárdense de subir al monte y aún de tocar su falta. Todo aquel que toque el monte, morirá” (Éx 19, 12). El pueblo no tiene dudas de que está frente al poderoso Dios que por amor los liberó del Faraón.

Estas manifestaciones contundentes, estos límites que Dios nos pone, son su primer acto de amor: revelarnos su existencia. Sin algo que “toque” nuestra vida, que tuerza en algo nuestro rumbo, en el fondo no percibimos al Señor (aunque lo confesemos con los labios). ¿Y cómo vamos a amar o a reconocernos amados por alguien a quien no conocemos?

 

“El inicio es el temor del Señor”

Humanamente hablando, pasa lo mismo. En la psicología evolutiva aprendemos que, antes de nacer, tenemos con nuestras madres un vínculo de simbiosis, que es en realidad un no-vínculo, porque la creatura piensa que la madre no es sino una prolongación de sí misma. Y sólo los límites (no alimentarse ya incesantemente sino a determinadas horas, cada vez más espaciadas, no estar pegada ya al cuerpo de la madre todo el tiempo, etc.) le van enseñando que la madre es “otro”. Y sólo en ese misterioso y entrañable diálogo primordial, sólo después de aprender a decir “mamá” aprenderá a decir “yo”.

Ahora bien, a nosotros bien puede pasarnos que, a pesar de los años, quedemos afectivamente presos de un profundo egoísmo (“narcisismo” les gusta decir a los psicólogos), favorecido por un modo de vida que nos provee todo tipo de satisfacciones, y reduce a casi ninguna las limitaciones de nuestros deseos. Tenemos todo, y todo ya. El niño interior que nos habita está siempre alzado y mamando (aunque los deseos y sus objetos vayan mudando).

Estando así las cosas, y además exacerbadas por el individualismo casi militante de nuestra cultura, con frecuencia podemos constatar que el prójimo directamente desaparece. Los otros entran en nuestro espectro vital sólo en cuanto que tienen una utilidad para nosotros. Aunque seamos inteligentes, y los conozcamos, llamándolos por su nombre, existencialmente sólo los reconocemos en cuanto que nos proporcionan alguna utilidad. No son registrados como “otros” (como otros “yo”), como personas con su propia vida y sufrimientos e intereses, sino como objetos de nuestros deseos. Afectivamente, no los vemos en sí mismos, vemos tan sólo nuestra necesidad hasta que la hemos saciado.

Sólo los límites puestos a tiempo pueden arrancarnos de ese egoísmo narcisista. Sólo cuando la presencia del otro me impone una norma -cualquiera que sea- ante la cual el impulso primario e irracional de mi deseo se estrella, se golpea, se ve frenado, puedo recién reconocerlo. Porque no es lo mismo conocer que reconocer. Reconocer es conocer al otro pero respetándolo como otro. Deponiendo cualquier intento de convertirlo en objeto, en mercancía, renunciando a utilizarlo.

“¡No te acerques, quítate las sandalias!” no es un acto de distanciamiento de parte del Dios de los padres. ¡Si está hablándole a Moisés para decirle que el clamor del pueblo llegó a sus oídos, si está anunciándole que va a bajar a liberarlos…! Pero sin el límite, que es, digámoslo ya, sencillamente el respeto (que la Biblia llama “temor de Dios”), no sólo Moisés no conocerá su misericordia, sino que ignorará su misma existencia. En la mañana de la Resurrección, será el mismo Cristo quien se lo diga a la Magdalena: Noli me tangere! ¡No me toques!” (Jn 20, 17).

 

Si no es respetuoso, no es amor

La gran trampa en que caemos hoy en las relaciones humanas es pensar que puede existir amor sin respeto: que corregir, marcar diferencias, imponer normas y castigos atenta contra el amor.

Todo lo contrario: para poder amar a alguien, y para poder ser amado por él, antes debo reconocerlo como distinto de mí y él a mí como distinto de sí.

“Quien pida amor, ha de inspirar respeto”, comenzaba sentenciando el poeta. Y quien quiera saber si ama de veras a alguien, piense simplemente si es de verdad respetuoso con él. Que no es tratarlo de “usted” solamente, sino saludarlo siempre, preguntar cómo está, no llamarlo solamente cuando uno lo necesita, preocuparse por sus asuntos, nunca querer manipularlo, etc.

Nunca el verdadero amor anula el respeto. El respeto es el inicio del amor, pero también es el medio y el final.

 Como el temor de Dios, que es el inicio, pero no desaparecerá en la Caridad consumada de la gloria, cuando seguiremos adorándolo, sobrecogidos de amor: “¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!” (cf. Ap 4, 8).

 

****

 

Que la Cuaresma sea la ocasión para dejarnos corregir por la Madre Iglesia que nos impone -sí, impone- las normas del ayuno, de la limosna, de la oración, a fin de que Dios deje de ser un “Ente” y sea reconocido por nosotros como Alguien verdaderamente presente. Dejémonos contrariar por esta santa disciplina que nos permitirá convertirnos, o sea, que nos permitirá volver a ver a Dios, pero tan concreto, tan real, tan cotidiano, que me toca el bolsillo, el tiempo, los gustos.

“Y si ustedes no se convierten…”


[1] https://www.etvoila.com.ar/la-colera-de-dios

martes, 7 de enero de 2025

Y la estrella de Oriente se detuvo.

 Pensamientos en torno a la verdadera y a la falsa eternidad.

  Hace bastante viene dándome vueltas a las mientes el tema de las espiritualidades (religiones, filosofías...) orientales. Y es que, cada vez más, esa cosmovisión, en muchas expresiones, nos sale al cruce de múltiples maneras y en donde menos lo esperamos: "retiros espirituales" en las empresas, mindfullness en los jardines de infantes y budas en los de las casas; reiki en varias partes y yoga en todas...

 Ahora bien, esto no es un fenómeno nuevo. En la Epifanía del Señor también se dio un auténtico cruce entre la sabiduría oriental y el Evangelio de Jesucristo: y el relato del evangelista San Mateo echa mucha luz a la problemática, más actual que nunca, de ese encuentro (o desencuentro) de concepciones.

  Sin dudas, un protagonista insoslayable del escenario navideño es la estrella de Belén. Los magos, en el Evangelio, dicen a Herodes: "Hemos visto su estrella [la del rey de los judíos] en el Oriente".

   Nadie duda de que los reyes magos representan a todo el mundo pagano: por eso su llegada al pesebre supone un misterio de "epifanía": el cumplimiento de esa revelación a los gentiles de que habían hablado los profetas. La tradición, que pintó a Baltasar como de raza negra, confirma esa intención de ver en esos tres misteriosos peregrinos a la totalidad de los hombres de buena voluntad que buscaban la verdad a tientas.

    Pues bien: los paganos llegan del Oriente siguiendo el curso de una estrella.

  El paganismo siempre tendió a divinizar los astros. Hasta el día de hoy, nosotros llamamos a los planetas con los nombres de los dioses del panteón romano (Júpiter, Saturno, Venus, etc.). También los indios americanos divinizaron al sol y a la luna. Y es lógico, porque acaso no haya nada, en este mundo, que dé más impresión de estabilidad y de orden que las estrellas, que, por lo demás, son brillantes y hermosas y están en lo alto del cielo. Sus ciclos perfectos "alrededor de la tierra" rigen los ciclos vitales de nuestro mundo inferior: de la "vuelta del sol" dependen nuestras cuatro estaciones, con su renovado milagro en cada primavera; con las cuatro fases de la luna, que mueven las mareas, medimos nuestras semanas y meses.

  De hecho, la única "eternidad" que los paganos conocen es esa infinitud de los ciclos que nunca se detienen, la del "eterno retorno".

   Pero en la Epifanía del Señor pasó lo que no podía pasar nunca: la estrella se detuvo. Y debajo de donde la luminosa estrella oriental terminó su cansado curso se hallaba, recostado en lo oculto de la tierra, el único y verdadero Eterno. El que había entrado de lleno en la historia justamente para romper con su Cruz -como quien pone un palo en la rueda- el círculo cansado de la falsa eternidad inmanente, siempre presa de sí misma.

   "Y la estrella se detuvo": el ciclo se rompió. Dios tuvo que meterse en el ruedo del mundo y en el circo de la historia para romperlos desde dentro, permitiéndoles, por fin, abrirse a la verdadera eternidad de Dios y otorgarles así un norte, una dirección, un sentido. Porque en la concepción cíclica de la historia no hay, en el fondo, antes ni después, más ni menos, mejor ni peor, no hay referencia alguna: cualquier punto es indistinto en la circunferencia.

  La falsa eternidad del paganismo es la que pretende trasladar al mundo del espíritu los repetitivos ciclos que sí -indudablemente- vigen en el mundo inferior. Pero el mundo material, en sus transformaciones cíclicas, es sólo una caricatura de lo eterno. La verdadera infinitud, en cambio, es la del mundo del espíritu, que tiene un origen determinado y tiene un final más allá de sí mismo. Y cuando se aplica a las realidades humanas y espirituales la rueda falsamente eterna de la religión oriental, esa rueda aplasta su identidad y su auténtica vocación de infinito, trocándola por el placebo de las teorías reencarnacionistas, que acaban por quitarle peso a la responsabilidad personal relativizando, en última instancia, el bien y el mal.

  Podríamos, didácticamente, plasmar estas concepciones de la infinitud en dos imágenes parejamente hídricas. La falsa eternidad pagana, típica de la sabiduría de Oriente, es como la fuente, que una y otra vez toma y escupe hacia el cielo la misma agua que luego habrá de caer en ella para reiniciar el mismo recorrido circular. Por el contrario, la genuina eternidad, propia de la concepción cristiana, está cabalmente expresada poéticamente en los versos de Manrique: "nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir".

  También hoy, cuando por los inmunodeficientes poros de nuestra fe enferma nos contagiamos de costumbres orientales, vuelve a darse -aunque no lo sepamos- este cruce entre las dos concepciones de la eternidad. Pero no hay compatibilidad entre una y otra, por más que una mirada muy superficial lo suponga posible. Hoy como ayer, el brillo exterior (la estrella), la ciencia (magos), la riqueza (regalos regios) parecen venir de Oriente, y nos deslumbran. Pero el Evangelio de la Epifanía nos enseña que la verdadera realeza, la verdadera ciencia, el verdadero tesoro están en la concretísima y opaca humildad del Dios hecho carne: Jesucristo, el Señor. 

  Y los magos orientales, dejando de lado el brillo de la estrella y la corte real de Herodes, supieron bajar la mirada y reconocer en la humildad de la tierra al Rey de los cielos, postrándose en su presencia y deponiendo ante Él lo que venían atesorando. 

  Que no nos pase hoy que los cristianos, olvidados del don de la verdad que nos habita, hagamos el camino inverso y nos postremos, des-lumbrados -es decir, apagada la lumbre de nuestra fe- por el atrayente brillo de la espiritualidad oriental, ante los astros del paganismo, que nos sumergirán una y otra vez en su rueda -quizá- sin fin, y -seguro- sin salida.


Ayacucho, 7 de enero de 2025

sábado, 2 de noviembre de 2024

Volver a rezar por los muertos.

Reflexiones en la Conmemoración de los fieles difuntos.

"Tumba en la pampa" (Buenos Ayres, ca. 1880)  foto de Francisco Ayerza

 Pocas realidades hay que hayan experimentado cambios tan rápidos e importantes en Occidente como las prácticas culturales en torno a la muerte. En casi apenas una generación (la de quienes hoy son nonagenarios) se acabó la práctica del luto y del duelo, se tendió a abandonar los sepulcros con referencias religiosas o fúnebres y surgieron los cementerios-parque, se popularizó la cremación, mermó significativamente la visita a los cementerios, se acortaron drásticamente los velorios -que algunas veces ya ni se realizan-, se prescindió en la mayor parte de ellos de la presencia de clérigos o rezadoras, se dejó de organizar novenarios y menguó sensiblemente la cantidad de misas encargadas por difuntos, y se fue transformando incluso el sentimiento trágico de la muerte -con sus manifestaciones de desgarro y tristeza- en negación psicológica, disimulada no pocas veces con una banalización que obliga a estar lo más alegre que lo permitan las circunstancias.

   Es innegable que estas prácticas sociales no son más que expresiones -y en ese sentido precisos indicadores- de un cambio cultural profundo, en el que la pérdida de la fe cristiana no es, por cierto, un dato secundario.

   La Iglesia, que está inserta en el mundo y nunca es impermeable a los vaivenes sociales y culturales, también ve cómo estos cambios repercuten en sus propias costumbres.

    En este día en que celebramos la Conmemoración de los fieles difuntos quisiera llamar la atención sobre el hecho de que, incluso en la Iglesia, cada vez rezamos menos por los muertos. Ni siquiera en este día dedicado ex profeso a esta plegaria de sufragio. 

    Casi no hablamos, por ejemplo, de las indulgencias, preciosa posibilidad que la Iglesia nos ofrece para beneficiar a los queridos difuntos en su camino de purificación hacia el Cielo.

    Los curas, de hecho, solemos aprovechar este día, como las misas de difuntos en general, no para rezar por ellos, sino en el mejor de los casos para dirigirnos a los deudos con palabras de consuelo y de esperanza en la vida eterna (que bienvenido sea siempre).

    Es elocuente, a este respecto, el lema con que la arquidiócesis de Buenos Aires engloba hace ya varios años las actividades pastorales del 2 de noviembre en los cementerios: "Consuelen a mi pueblo". El acento está claramente puesto en acompañar a las personas vivas que se acercan a rezar por los difuntos, y si bien -por supuesto- no faltan misas, responsos y bendiciones de sepulturas, todo ello más bien se da con el objetivo de acompañar a los dolientes, que de beneficiar a los finados.

    En la invitación, la Arquidiócesis explica: "La Iglesia invita a rezar y recordar a los seres queridos difuntos. Es un día significativo, en el que de manera especial se hace memoria de ellos y de la huella que han dejado en nuestra vida. Ellos nos recuerdan que caminamos hacia el encuentro con el Señor y nos impulsan a transitar nuestra vida con esperanza". Como se ve, el verbo rezar está indefinido (no aclara "por quién"), y el hincapié se hace en algo tan importante y humano, como "hacer memoria de ellos". Ahora bien, para recordar a nuestros  muertos queridos no se necesita la fe ni la presencia de los ministros de la Iglesia. El aspecto de fe, en todo caso, es para beneficio de nosotros los vivos, a fin de que crezcamos en la esperanza de que "caminamos al encuentro del Señor".

    Es indudable que la Iglesia tiene mucho que hacer acompañando a todas las personas que sufren, entre ellas, consolando a los tristes. Pero temo que tratándose de la muerte, ya no estamos considerando como prójimos -objetos de nuestras obras de misericordia- a los que dejaron este mundo, sino sólo a los vivientes. Y me pregunto: ¿Seríamos capaces de organizar, como Iglesia, responsos a todas las tumbas de los cementerios (por lo menos las cristianas) así asistan o no los deudos? ¿Seguimos fomentando los curas -prescindiendo del interés económico- que la gente encargue misas por sus muertos, aunque no asistan a ellas para ser consolados?

   La gran pregunta que queda es: ¿seguimos creyendo en que tiene sentido la oración por las almas de los muertos?

    Rezar por los difuntos sólo tiene sentido si existe el purgatorio, esa genialidad de la misericordia de Dios para ayudarnos en nuestra necesidad de reparar, también después de esta vida, las consecuencias de nuestros pecados, y así gozar del cielo con todas nuestras capacidades. En efecto, no hay razón para rezar por los que ya gozan de la felicidad eterna en el Cielo. Y ¿para qué rezar por los que rechazaron definitivamente el perdón de Dios y están irremediablemente condenados? Sólo tiene sentido orar por las almas del purgatorio.

    Pienso que esta verdad de fe se muestra muy debilitada en la conciencia de los cristianos de hoy. Y eso por varias causas. 

    La primera sería la certeza -bastante presuntuosa- de que los difuntos "ya están en el cielo". No suena compatible con la noción más vastamente difundida de la misericordia de Dios el que pueda darse algo así como un penoso purgatorio antes de entrar en la Gloria, en el que las ánimas benditas estén necesitadas de nuestros ruegos y sacrificios. De la mano de esto, la pérdida del sentido del pecado hace lo suyo en la autopercepción de nuestra inocencia. Si Dios es tan bueno, y nosotros también, entonces los muertos ya "están mejor que nosotros". 

    Unido a esto está la crisis de otra verdad de fe: el Juicio particular y final. La misma liturgia abandonó el color negro y el acento tremebundo de las misas exequiales con su antífona de entrada "Dies irae, dies illa" que nos sobrecoge en las Misas de Réquiem. Pero pareciera que se pasó al extremo contrario. Ya no existe ningún temor al juicio de Dios, del que tantas veces Cristo nos habla en los Evangelios. No hay nada en juego. No hay drama alguno. Las tarjetas de los fallecidos que a veces se manda hacer para los entierros ya no traen retratos adustos y oraciones para orar por ellos sino que sólo están pensadas para recordarlos vitales y sonrientes. Las misas de difuntos son virtuales canonizaciones, donde los curas incluso cambiamos el color morado por el blanco pascual. 

  Entre el clero, influye asimismo la difundida teoría teológica de la "resurrección en la muerte", en la que se desecha por pueril o por helenizante y antibíblica la supervivencia del "alma separada", y con ella es más fácil todavía que se derrumbe también la certeza del purgatorio.

    Sea lo que fuere de nuestras sensibilidades (e insensibilidades) actuales y nuestras percepciones subjetivas, el purgatorio existe, y entre las obras de misericordia espirituales nos enseña la Iglesia que debemos rezar por los difuntos.                          

                                                                                   ****

    Algunos de nosotros tenemos la gracia de ser sacerdotes en barrios del gran Buenos Aires densamente poblados de gente provinciana o de países hermanos, que está dotada de una cultura tradicional radicalmente cristiana que es llamativamente resistente a la Ilustración. 

   Acompañándolos una y otra vez con ocasión de los fallecimientos -en sus novenarios, sus rosarios, sus velas encendidas, sus bendiciones de cruces y sus entierros, y sus infinitas listas de finados en cada misa-, también nosotros, curas modernos, tenemos la divina oportunidad de recuperar el buen rumbo, a condición, claro, de que no miremos al pueblo desde arriba, como quien acepta condescendientemente bendecir sus piadosas costumbres, sino que tengamos la actitud de aprender humildemente de quienes, como dice la Escritura, son "pobres en este mundo pero ricos en la fe" (Sant 2, 5).

    A todos los fieles difuntos, especialmente aquellos por quienes nadie reza, aquellos más necesitados de la misericordia de Dios, y a todos aquellos "cuya fe sólo Tú conociste", dales, Señor, el descanso eterno y que brille para ellos la luz que no tiene fin.

miércoles, 2 de octubre de 2024

Sobre la tentación de la falsa apertura

Reflexiones sobre el Evangelio del Domingo XXVI 

    El Evangelio de este Domingo (XXVI del Tiempo Ordinario, año B), tomado de San Marcos (9, 38-43.45.47-48), junto con la primera lectura (Núm 11, 25-29), nos alerta especialmente contra la tentación del sectarismo. Que podría definirse como la complacencia de pertenecer a un grupo exclusivo, y, llevada al extremo, como el regodeo en que otros muchos no pertenezcan a él. Todo lo contrario de la voluntad de Dios "que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1Tim 2, 4). 

    En la liturgia de la Palabra de este domingo, nada menos que dos grandísimos instrumentos de Dios como Josué y San Juan, siendo jóvenes, quedan expuestos al público bochorno por sus respectivos maestros, Moisés y Cristo, que los reprenden por la cerrazón de su mirada y la mezquindad de su celo. Ciñéndonos al Evangelio, vemos cómo el Señor recrimina al hijo de Zebedeo por haber intentado impedir que dos desconocidos ("no son de los nuestros") expulsaran demonios en nombre de Cristo. San Juan quería impedir una obra buena por el mero hecho de que quienes la llevaban a cabo no pertenecían a su grupo. El Maestro le hace ver cómo su estrechez de miras le había impedido reconocer el bien, y formula para siempre el antídoto contra toda forma de encierro autorreferencial: "El que no está contra nosotros, está con nosotros". Es lo que los maestros de la Iglesia más tarde repitieron con santo Tomás de Aquino: "Toda verdad, dígala quien la dijere, viene del Espíritu Santo" (Suma Teológica, I-II, 109, 1 ad 1). 

  Este espíritu de apertura es esencial a la Iglesia, que por eso es católica, es decir, universal: enviada y abierta a todos. La Iglesia siempre ha sido reacia a los movimientos centrípetos, que la encierran y deforman. Cristo mismo fue especialmente sensible ante la cerrazón religiosa de los fariseos, que se complacían en "no ser como los demás hombres" (Lc 18, 11) y por eso fueron incapaces de reconocerlo como Mesías. 

  Cierto es que en la Iglesia -por voluntad de su Fundador- hay roles de autoridad bien definidos. Pero toda jerarquía en la Iglesia está al servicio de su misión universal, que es su razón de ser: "Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos" (Mt 28, 19). Esa universalidad de pueblos que está patente en el milagro fundacional de Pentecostés, donde se ve que la Iglesia nació siendo universal, y ya desde el primer día predicó el Evangelio en todas las lenguas.

    Quizá hoy en día es bastante fácil comprender que la Iglesia no debe ser algo cerrado en sí mismo, una suerte de selección de pocos elegidos, dormidos en sus laureles. Pero, a la hora de evitar esta tentación, es mucho más difícil saber qué quiere decir que la Iglesia debe ser "abierta" y "universal". 

    De hecho, muchas veces lo que se entiende por apertura es una peligrosa caricatura de ella. 

    Una y otra vez aparece, en la historia de la Iglesia y de la cultura occidental, la tentación -no menos peligrosa- de oponerse al fanatismo sectario y a las guerras provocadas por la intolerancia religiosa con la renuncia de la verdad, con la opción por el relativismo o la indiferencia por la verdad como una condición sine qua non para establecer el diálogo y la convivencia pacífica entre los hombres. 

    Los ilustrados del siglo XVII y XVIII nos han legado buenas lecciones al respecto, propiciando una religión racionalista, que era a fin de cuentas un lavado deísmo, desprovisto de toda encarnadura y por ende incapaz de salvar. Pero las derivas de estas ideologías han continuado siendo operantes hasta hoy. 

    En efecto, en varios existe el secreto convencimiento de que no es posible la apertura y el diálogo fraterno sin dejar de lado la verdad. La verdad, como tal, está bajo sospecha. En el fondo, esto se debe a que se la concibe como el objeto de una razón fría y dominadora, siempre desencajada de la vida, de los sentimientos, de la historia concreta de los hombres y las mujeres a quienes debemos amar. "El amor, sí; la verdad, bueno, vamos viendo...". Se trata de una falsa dicotomía, asumida a partir de concepciones erróneas de lo que es la verdad y de lo que es el amor. Esta falsa disyuntiva es la que se expresa todavía hoy en día en la opción de la "ortopraxis" en desmedro de la "ortodoxia". 

    Un excelente ejemplo de la vigencia de esta concepción filosófica la tenemos en el Papa Francisco, que afirma una y otra vez: "La realidad es superior a la idea" (EG 231). Y si bien esa frase es pasible de ser bien entendida, constatamos, por la coherencia con otras enseñanzas pontificias, que no es así. 

    En el ámbito del diálogo ecuménico e interreligioso, varias veces Francisco postula como insoslayable esa disyuntiva entre la teoría (idea) y la praxis (realidad) en un pensamiento que ha expresado en varias ocasiones: "Avanzar, caminar juntos. Es cierto que el trabajo teológico es muy importante y hay que reflexionar, pero no podemos esperar a recorrer el camino de la unidad hasta que los teólogos se pongan de acuerdo" (Discurso al Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, 6 de mayo de 2022). 

    Lamentablemente, esta equivocada concepción de la verdad se traduce en afirmaciones muy graves cuando llega el momento de poner en práctica ese diálogo ecuménico o interreligioso, urgido -pensamos- por la buena voluntad de estar en comunión y paz con todos. Sin ir más lejos, en el recentísimo viaje apostólico al lejano oriente, el Pontífice enseñó enfáticamente: "Todas las religiones son un camino para llegar a Dios. Y, hago una comparación, son como diferentes lenguas, como distintos idiomas, para llegar allí. Porque Dios es Dios para todos. Y por eso, porque es Dios para todos, todos somos hijos de Dios. “¡Pero mi Dios es más importante que el tuyo!” ¿Eso es cierto? Sólo hay un Dios, y nosotros, nuestras religiones son lenguas, caminos para llegar a Dios. Uno es sijs, otro, musulmán, hindú, cristiano; aunque son caminos diferentes. Understood?" (Discurso en el Encuentro interreligioso con jóvenes en Singapur, 13 de septiembre de 2024). 

    Ahora bien, estas afirmaciones suponen poner entre paréntesis que la religión cristiana es fruto de una positiva revelación divina, y que el Verbo divino se hizo carne (cf. Jn 1, 14) y es Jesucristo, y que por consiguiente sólo Él es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6), "el único mediador entre Dios y los hombres" (1 Tim 2, 5), y que fundó una sola Iglesia para que "todos sean uno" (Jn 17, 21), enviada a todo el mundo para anunciar el Evangelio y bautizar, etcétera. 

    La ambigüedad de frases papales como "Dios no es católico" o "Dios quiere la pluralidad de las religiones" se resuelve aquí en una claridad total. Ya no hay duda de lo que Francisco está diciendo, bien que llevado por el deseo de la fraternidad universal, pero preso de malas premisas filosóficas. No hay salida: para poder vivir en paz como hermanos de todos deberemos renunciar a la fe cristiana y postular metodológicamente un deísmo desencarnado, donde las pretensiones de ese Hombre concreto, Cristo, no nos molesten. 

    ¿Cómo puede ser que, queriendo ensalzar la realidad sobre la idea hayamos desembocado en la más absoluta desencarnación de Dios? Es que los presupuestos eran racionalistas, por más antiplatónicos y revolucionarios que pintaran.

  Pienso que es Benedicto XVI nos brinda una piedra de toque para distinguir, en cristiano, la verdadera de la falsa apertura. Él afirmaba que, tratándose de la Iglesia, lo contrario de "conservador" no era "progresista", sino "misionero". Por consiguiente, cuando la apertura de la Iglesia debilita o ahoga la misión, esa apertura no es verdadera.

    ¿En qué queda la misión de la Iglesia si ya somos todos hijos del único Dios, y si todas las religiones son lenguajes igualmente válidos para acceder a Él? Y de hecho, las consecuencias prácticas del magisterio papal aludido conducen expresamente a evitar todo "proselitismo". 

    Ahora bien, la falta de fervor misionero acaba por dejar a los miembros de la Iglesia en la comodidad de su statu quo, dejando en evidencia la falsedad de la tan declamada apertura. La falsa apertura encubre así, debajo del fragor de las declaraciones, el peor de los encierros y la más ruin de las cerrazones: la del individualismo que se desinteresa de la suerte del otro, y que es la verdadera enfermedad pandémica de nuestra sociedad.

    Sólo hay genuina apertura donde no se oponen la verdad ("Dios es luz" -1 Jn 1, 5-) y el amor ("Dios es amor" -1 Jn 4, 8-), donde se "obra la verdad en el amor" (Ef 4, 15),  donde a fin de cuentas se busca cumplir la voluntad universalmente abierta de Dios "que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". 

jueves, 6 de abril de 2023

Poncio Pilato y los riesgos de la sinodalidad

"Ecce homo" de Antonio Ciseri

 Pilatos entre Cristo y la muchedumbre

             Escuchar el relato de la Pasión, el Domingo en que se inaugura la Semana Santa, siempre nos conmueve y deja pensativos. En el evangelio según san Mateo, que este año hemos leído, me llamaron la atención algunos detalles que me parecieron reflejar, como en un límpido espejo, nuestra realidad actual. Particularmente me detendré en la figura de Poncio Pilato, en la escena en que interroga a Cristo.

            El juez Pilato está, por decir, entre Jesús - el acusado- por un lado, y los sumos sacerdotes y el sanedrín -los acusadores-, por otro. El interrogatorio va al meollo de la cuestión: “¿Eres tú el rey de los judíos?” (Mt 27, 11), a lo que el Señor responde sencilla, casi amablemente: “Tú lo has dicho” (ibid.). Inmediatamente, el gobernador romano da lugar a que el Señor oiga las acusaciones de las autoridades judías, que vociferaban desde afuera. Pero Jesús no abre la boca: no responde nada.

            Actitudes tan diferentes muestran, a las claras, lo diferente de unas y otras acusaciones y de unos y otros acusadores. Ante una verdad (“Tú eres el Rey de los judíos”), Cristo responde con llaneza. En cambio, ante la falsedad de las otras acusaciones y la mala voluntad de los acusadores, Jesús calla. Pareciera estar enseñándonos que no hay que entrar en la tramposa lógica de los mentirosos, que no hay que hablar siquiera con el tentador. En efecto, frente a la mentira basta y sobra su sola y desnuda presencia: porque Él mismo es la verdad.

            Pilato, nos dice san Mateo apenas unas líneas después, quedó “muy admirado” (Mt 27, 14) de la actitud de Cristo, y convencido de la mala voluntad de quienes lo acusaban, “que lo habían entregado por envidia” (Mt 27, 18). Pero sin embargo no lo declaró inocente. No hizo justicia. No cumplió con su deber.

            Lo que sigue después ya supone esta injusticia primera: Jesús queda como culpable, y tan preso como el otro “preso famoso” (Mt 27, 16), Barrabás. Ahora Pilato, que tenía la costumbre, para cada pascua, de liberar al preso que el pueblo eligiera, encara a la muchedumbre y le da a elegir entre Jesús y Barrabás. Y así comete una segunda injusticia, igualando al inocente con el culpable.

            Aquí hay que detenerse en el nombre que san Mateo nos da del otro preso: él también se llama Jesús, Jesús Barrabás. Entonces, la pregunta del gobernador establece una forzosa comparación: “¿A quién quieren que les ponga en libertad: a Jesús Barrabás o a Jesús llamado el Mesías?” (Mt 27, 17). Ahora bien, Barrabás quiere decir “Hijo del Padre” (Bar-Abbás). Mesías, o en griego Cristo, quiere decir el “ungido”, y era, de hecho, como decir: “el rey”.

La confusión que estableció el que debía impartir justicia, equiparando al inocente con el culpable, se refleja en la confusión de sendos apodos. El violento sedicioso, sin dudas un celoso nacionalista judío, ansioso por derrocar a los romanos y restaurar el reino terrenal de Israel, tiene el título “bar abbás”, “Hijo del Padre”, el mismo, precisamente, que Dios pronuncia al ungir al Jesús de Nazaret: “Este es mi Hijo” (Mt 3, 17) y que por eso es más propio de Él. En cambio, nuestro Señor, rey pacífico y humilde, es presentado por Pilato como “Mesías”, título que, a secas, alentaba las esperanzas de un rey político, y que Cristo, por eso, al principio de su misión, mandaba silenciar.

Lo demás es sabido: la multitud, instigada por los sumos sacerdotes, elige la libertad de Barrabás y al mismo tiempo pide la crucifixión de Cristo. Y ante las insistencias de Pilato, que muestran, acaso, los últimos reclamos de su conciencia (reavivada por las palabras de su esposa) para evitar derramar esa sangre inocente, el pueblo grita cada vez más fuerte, tanto, que Pilato comprende que, de no complacer al pueblo, se producirá una tremenda revuelta. El gobernador se lava las manos, buscando ostentosamente conservar aquello que en ese mismo acto pierde: su inocencia. Y, refugiándose en la voluntad popular - “es asunto de ustedes” (Mt 27, 24)-, se lo entrega para que lo crucifiquen.


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El pecado de "los buenos" o los riesgos de la sinodalidad 

Cuando uno lee los evangelios de la Pasión, da la impresión de que se nos presenta a Poncio Pilato bajo una luz amable, y lo vemos, casi, con benignidad: pareciera que quiso liberar al Señor, y que alguito intentó para conseguirlo. Da la sensación de que el pecado de Pilato, como el de los miembros del pueblo presentes en esa muchedumbre, comparado con el de quienes fría y premeditadamente buscaron asesinar a Jesús, es ciertamente leve. Y, sin embargo, no deja de ser gravísimo. En las cadenas que apresaron al Señor para conducirlo a la muerte, hay eslabones más grandes y más chicos, pero todos fueron necesarios para cometer la injusticia de las injusticias y matar al “autor de la Vida” (Hech 3, 15).

Pero justamente por ello me quedé pensando en los que llamaré “los pecados de los buenos”, porque reflejan, sin duda, muchos de nuestros propios pecados, los de quienes somos cristianos y decimos seguir a Jesús.

Poncio Pilato es, para los evangelios, el gobernante, legítimo de hecho (cuya autoridad “viene de lo alto” -Jn 19, 11-), el responsable último de establecer la justicia, tan encomiada por el derecho romano. Su pecado primero y fundamental es haber decidido no decidirse, haber juzgado mejor no juzgar.

Este es el pecado de omisión de toda persona revestida con autoridad (incluida la jerarquía eclesiástica, entre cuyos miembros - ¡ay de mí! - me cuento…) cuando se corre de ese lugar en que Dios la ha establecido, y so capa de humildad, se baja del estrado para confundirse con el pueblo, y demagógicamente, promete dar fuerza de ley sólo a lo que la mayoría quiera.

Para toda autoridad existe, por cierto, un “balcón” que es legítimo. Hay una escucha del pueblo que es vital y necesaria para todo buen gobernante, como para cualquier padre o maestro es indispensable la mirada y escucha atentas a sus hijos o alumnos. Y todo lo que en ello se insista es poco. Sin embargo, el deber primero de la autoridad, por el bien de las personas a quienes sirve, es para con la verdad y la justicia, así resulten impopulares, como cuando los padres tienen que hacer correcciones que duelen.

Pilato debía hacer justicia y evitar la injusticia, y tenía personalmente el poder para hacerlo, pero eligió delegar ese poder en el pueblo. Por eso mismo, antes de que el “pueblo” -que casi nunca en la práctica es el pueblo, sino una masa influenciable, útil a una élite de interesados- elija mal, y aunque hubiera elegido bien, ya el más grave pecado de Pilato estaba consumado: había renegado de su misión y de su responsabilidad, abriendo así la posibilidad de que se cometiera, democráticamente, una terrible injusticia, y deponiendo la única arma que se disponía para evitarla: su autoridad.

La actualidad de esta tentación para cualquier persona que esté encargada de otras (desde el Papa hasta los padres primerizos, pasando por los gobernadores, los curas de barrio o los maestros de grado) es patente. Y más si consideramos que San Juan pone en boca de Pilato el fundamento último de su actitud, hoy más vigente que nunca: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 38). ¡Con qué facilidad, como padres y educadores, diciéndonos que hoy “cambiaron los tiempos”, nos quitamos a nosotros mismos la carga de educar en los valores de siempre!  ¡Qué fácilmente, en la Iglesia, miramos positivamente, como si se tratara de humildad intelectual, de respeto y de tolerancia, la actitud de disimular, esconder o desconocer la verdad de Jesucristo, “el mismo hoy, ayer y para siempre” (Heb 13, 8) y la identidad de su única Iglesia “fundamento y columna de la verdad” (1 Tim 3, 15)! ¡Qué cerca estamos de entender la tan mentada “sinodalidad” como un abdicar de nuestros insoslayables deberes (contraídos solemnemente ante Dios) de ser heraldos del Evangelio y pastores que alimentan a su pueblo con la verdad, entregando la propia vida! ¡Qué peligrosamente real es la tentación de eliminar, como si fuera nocivo, todo lo que expresa nuestra diferencia esencial con los laicos (no sólo las mitras, sino hasta el mismo hábito eclesiástico), para refugiarnos en el anonimato del pueblo, escabulléndonos de nuestro deber de ser ejemplos de santidad, de sabiduría, de caridad, de oración… y dejando al pueblo huérfano y a la deriva, literalmente “como ovejas sin pastor” (Mt 9, 36)!

Pilato no era tan malo: sólo era pragmático. Él buscaba la paz. Como tantos y tantas. Pero la quería ahora (en la historia). Y la quería acá (en este mundo). Y prefirió la paz temporal de no tener que pelearse otra vez con los judíos a la justicia y la verdad, que son eternas… pero menos prácticas.

Cuidémonos nosotros, en la Iglesia, de proponer una paz y una fraternidad, si son en desmedro de la verdad y de la justicia. Porque sólo Cristo es nuestra paz: y su paz viene de la cruz.

La multitud no era tan mala: sólo era impaciente. Pedía la libertad. Como tantos y tantas. Pero querían la libertad aquí (en este mundo) y ahora (en la historia). Y por eso prefirieron a un liberador “famoso”, a un “ídolo”, a un líder violento que, de hecho, se había jugado la vida luchando contra la opresión romana, en lugar de aquel maestro amoroso y pacífico, que hablaba de poner la otra mejilla y de perdonar siempre, que pagaba los impuestos al César y no reclutaba soldados, y prometía que la verdad los haría libres… Sí, 'tá bien, pero ¿cuándo?

Cuidémonos nosotros, en la Iglesia, de confiar optimistamente en las elecciones de las mayorías: que la ingenuidad no nos impida ver a las élites que manipulan a la gente conforme a sus intereses, y que el entusiasmo epocal por lo democrático no nos lleve a dar fuerza de ley a todo lo que el “pueblo” elija, renunciando a nuestro deber magisterial y de gobierno.

Ellos -y ellas- quizá creerán que están eligiendo a Jesús. Y sólo por no conocerlo bien, y sólo por soñar en construir la igualdad, la fraternidad y la libertad en este mundo, habremos elegido a Jesús… Bar Abbás. Y a Nuestro Señor, otra vez, lo habremos mandado a crucificar.

martes, 31 de enero de 2023

"Felices los de corazón puro, porque verán a Dios"

   La bienaventuranza a los "limpios de corazón" no ocupa, por cierto, el primer lugar en el elenco. Sin embargo, está aparejada a una promesa que es más que esencial, en la medida en que constituye el sentido de la vida misma: "porque verán a Dios". Y la vida verdadera, la vida eterna no es sino poder ver a Dios. "Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero..." (Jn 17, 3).

    A los oídos contemporáneos, quizá la perspectiva de esta visión no diga mucho (de esto nos hemos ocupado en este otro articulillo) pero, lo sepa o no, todo hombre está permanentemente buscando el rostro de Dios, y sólo viéndolo encontrará sosiego y dicha.

   Así es: solamente los limpios pueden ver al Limpio. Sólo los de corazón puro son capaces de conocer al Puro. No en vano tenemos la esperanza de una instancia previa al Cielo, invento de la misericordia de Dios, en que Dios mismo nos purificará del todo y nos hará así capaces de contemplarlo cara a cara. Se llama, elocuentemente, Purgatorio.

    Sin embargo, la promesa de esta bienaventuranza no  habla de un futuro que excluya el presente, sino que, al igual que el mismo "reino de los Cielos" que Cristo hace presente, "está cerca", y "ya está aquí", aunque como semilla pequeña. Por lo tanto, la "pureza de corazón" nos interesa no únicamente para ir al Cielo, sino también para vivir bien esta vida, pudiendo reconocer en medio de "este valle de lágrimas", la presencia fiel y misericordiosa de Dios.

   Ahora bien, ¿a qué se llama "pureza" de corazón? La "pureza" es la característica de lo que no tiene mezclas extrañas, de lo que no está adulterado por nada, de los que está en estado prístino, como recién salido de las manos del creador.

  ¿Qué es, pues, lo que "mancha", lo que adultera, lo que vuelve impuro el corazón humano? En sentido  general, podemos afirmar que cualquier pecado nos "ensucia". Sin embargo, tanto la experiencia humana (y el lenguaje habitual), como la tradición bíblica y eclesial atribuyen una peculiar nocividad en este sentido a los pecados que tienen que ver con el desorden en la dimensión sexual. No casualmente la Iglesia desde hace mucho ha formulado el objeto de los mandamientos sexto y noveno como "actos" y "pensamientos impuros". 

   Por cierto, a partir de la "revolución sexual" de los años sesenta, se ha trabajado sin pausa para derribar cualquier "tabú" sexual. Tan es así, que lo que hoy se ha vuelto un "tabú", algo prohibido, es referirse a las conductas que involucran lo sexual en términos de licitud e ilicitud, de mérito o culpa, de gracia o pecado. Del sexo se puede hablar libremente; del pecado sexual...¡ni mencionarlo! En efecto, pareciera que, si en otra época de la iglesia hubo una cierta obsesión por el sexto mandamiento, hoy se da la obsesión contraria: hacer como si no existiera.

    Pero la lujuria, pecado capital -o sea, origen de muchos otros-, por más que se la quiera ocultar, sigue estando entre las causas de muchísimos problemas sociales, bien visibles y bien actuales: familias rotas, infidelidades, abusos sexuales, explotación de niños y mujeres, acosos y femicidios, y un largo etcétera.

    Además, diga lo que diga la "cultura" dominante, en toda persona hay un anhelo profundísimo, una nostalgia -me animo a decir constitutiva- de pureza. La pérdida de la inocencia, que todos experimentamos al crecer, deja en el fondo del corazón una huella dolorosa, como la memoria de un paraíso perdido. En muchas personas, esta especie de herida congénita ha quedado como sepultada en confines inconscientes del alma. A Dios gracias, la universal (¡todavía!) experiencia del contacto con los niños pequeños, provoca una alegría, una satisfacción misteriosa y profunda que nos remite esa hondura anímica donde parece todavía jugar y reír un niño interior.

    Sin embargo, no hablaré esta vez de los "actos", ni siquiera de los "pensamientos impuros". En cambio -y ya que la bienaventuranza de la pureza de corazón remite luego al "ver" a Dios-, me referiré a la pureza en el "ver" y en el "mirar". Por lo demás, seguramente antes de un pensar o actuar impuro, hay un ver que dejó lugar a la impureza. 

      "La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado; pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo quedará en tinieblas" (Mt 6, 22-23), dice el Señor en el mismo Sermón de la Montaña. De alguna manera, somos lo que miramos. Pero para profundizar en esto remito a otra reflexión.

      Hoy vivimos en una cultura escrupulosamente preocupada por la pureza de lo que ingerimos: proliferan las tiendas que venden productos "orgánicos", puros, vírgenes y naturales. Purificamos hasta el agua potable. La sociedad es cada vez más consciente de que hay ingestas que, aunque no produzcan una inmediata descompostura, pueden ir envenenándonos de a poco.

         Sin embargo, no tenemos ni remotamente el mismo cuidado en discernir lo que dejamos entrar (no ya al cuerpo, sino al espíritu) por los oídos y por los ojos. Sobre todo en este tiempo, en que estamos expuestos -voluntariamente- casi sin pausa a las imágenes desde nuestros teléfonos celulares. Y es sabido que, a diferencia de los alimentos, que causan una indigestión pasajera, las imágenes tienen en nuestra psiquis una duración casi imperecedera (para bien o para mal).

      Urge, en nuestro mundo de hoy, que tomemos conciencia de esto. La facilidad al acceso a la pornografía no tiene precedentes en la historia. Con ello, imperceptiblemente, el límite de lo que es lícito o normal mirar se ha corrido, de hecho, muchos más lejos... La inmensísima mayoría de la gente no ve ni remotamente que pueda ser un problema el hecho de que sus hijos tengan una televisión con internet libre en sus habitaciones o que no tengan restricciones en el uso de celulares o tablets. Hay que decirlo: lo que dejamos entrar por  los ojos nos afecta, nunca es indiferente. Las imágenes impuras conllevan una dinámica psicológica que provoca primero miradas, luego pensamientos, por fin acciones impuras. Eso daña nuestros vínculos, nuestra capacidad de respetar al otro, nuestra misma facultad de amar, y por ende, de ser felices.

         Dirijamos nuestros ojos a la Virgen, a quien hace siglos miramos preferentemente en sus advocaciones de la Purísima (Luján, Itatí, del Valle...): es decir, la Inocente, la Sin Mancha, la Celestial... Que el dejarnos mirar por su mirada limpia nos desate esa profunda nostalgia de inocencia que nos constituye y nos anime a querer vivir el camino que nos propone el Maestro: "Felices los puros de corazón, porque verán a Dios" (Mt 5, 8).