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martes, 10 de febrero de 2026

La lección de Jaime Torres

 A Daniel Frascoli, y a los compañeros de la Musaranga,

que, sin quererlo tal vez, me ayudan a ser cura.



La  lección de Jaime Torres

Siempre me llevé mal con los micrófonos. Tengo una honda y muy poco racional  animadversión contra esos adminículos antiestéticos que, sin embargo, me salen al paso una y otra vez, como si me persiguieran empeñados en convencerme de ya nunca podré vivir sin ellos. Cada vez que logro dar un sermón prescindiendo de su molesto auxilio, siento que he ganado una batalla en esta sorda guerra que libro con ellos. Pero pasan cosas que me convencen cada vez más...

Una vez me di el gusto de ir a un recital del cantor criollo Tata Cedrón en la sede de La Musaranga, en el barrio de Beccar. Sobre la humilde tarima de tablas, estaba él con su guitarra, y a su lado, como un ángel musiquero, el guitarrista Daniel Frascoli. Pero lo que más me llamó la atención fue que en el escenario no había un solo micrófono, ni para la voz ni para las guitarras. Y con todo, la sala se llenó -desde el primero hasta el último acorde- de un rotundo silencio, envolvente y respetuoso como un abrazo de pésame.

Fascinado por este hallazgo (que en mi mundo imaginario les merecía la cucarda mayor de la cruzada antitecnológica), lo busqué a Frascoli para felicitarlo por cómo habían cautivado al variopinto auditorio, generando un silencio tan conmovedor como su música.

Y entonces el amigo Daniel, por toda respuesta, me contó esta anécdota.

Resulta que él, además de músico, es un excelente sonidista, que durante varios años acompañó al eximio charanguista Jaime Torres (1938-2018). Cierta vez, en uno de esos grandes festivales de verano, le tocaba actuar a Don Jaime justo después del popular Chaqueño Palavecino. Tarea nada fácil. El público, después de los bises con las canciones más pegadizas, estaba eufórico. Y ahora, después de la rauda retirada de los muchos músicos que había en escena, habían quedado solos, frente a la enfervorizada multitud, el menudo artista y su menudo instrumento.

Don Jaime, con el charango como si fuera un hijito alzado contra sus mejillas, empezó a hacer unos arpegios casi imperceptibles. La gente, alborotada, parecía no darse cuenta siquiera de que había alguien en el escenario. Pero el que tampoco parecía darse cuenta de nada era Jaime Torres, que con los ojos cerrados y la luz en su sonrisa seguía punteando apenas, acariciando las cuerdas, como embebido en su mundo interior. Parecía una discusión de sordos. El sonidista Frascoli sintió en las venas de sus dedos la presión ambiental, y no pudiendo soportar ya la tensión, subió hasta el tope el volumen del micrófono del charango. Minutos más tarde, cuando la gente se había por fin sosegado y el músico comenzó a rasguear con fuerza, tuvo que corregir de golpe ese primer movimiento, bajando apresuradamente el volumen.

Esa noche, después de la actuación, Don Jaime lo reconvino con dulce severidad: “No vuelvas a hacer eso, chango. Vos dejame a mi, no más, tocando despacito… Ya vas a ver cómo la gente solita empieza a hacer silencio”.

Frascoli aprendió la lección. Y la prueba tuvo lugar poco después. 

Si hacer solos de charango después del Chaqueño Palavecino en un festival de provincia había tenido sus dificultades, el desafío máximo llegó cuando Jaime Torres se presentó, con su charango, en el festival del Bicentenario, quizá el más multitudinario de la historia. El escenario era un inmenso portal armado en la Plaza de la República, al pie mismo del Obelisco porteño. El público, un río humano que colmaba la avenida 9 de julio hasta perderse de vista, y el teatro, el cielo abierto de Buenos Aires. La historia se repitió. El auditorio era una indomable masa ruidosa, como el río en sudestada. Jaime Torres, como un nuevo David frente a Goliat, con solo su charanguito iba a salir a domar a las fieras. 

Llegó el momento, y los que transmitían en vivo el festival para la televisión pública vieron que los dedos del maestro empezaron a hormiguear sobre la boca del instrumento, pero no se oía absolutamente nada. Tan sólo el músico parecía estar oyendo alguna melodía secreta, porque, ensimismado, alzaba el rostro con los ojos cerrados y sonreía como en éxtasis. Y los segundos pasaban… Frascoli, el sonidista, no tocó un solo botón. Pronto, por los auriculares, empezaron a lloverle, como cascotazos, las imprecaciones de los otros técnicos, los de la televisión, los de los escenarios paralelos cuadras abajo, los de las muchas pantallas gigantes…, exigiéndole que subiera el volumen del charango. Frascoli miró una vez más a Don Jaime que, como si estuviera solo y su alma, seguía sonriendo y tocando para si.  Contagiado por ese magnetismo que sólo los artistas verdaderos tienen, Frascoli resisitó la presión. Pasaron algunos minutos, quizá, hasta que de pronto, desde debajo mismo del escenario, brotó, como de una secreta fuente, el característico sonido con que cientos de almas, al unísono, pedían, por fin, silencio. Y el sonidista, conmovido, sintió cómo ese suave chistido silenciante se alejaba del escenario hacia las infinitas filas de atrás, acallando el tumulto, como una ola silenciosa que iba alisando todo a su paso, como una gran bandera blanca que fue desplegándose hasta que lo cubrió todo.

Jaime Torres tenía razón.

 

**** 

“Jaime Torres tiene razón”, me dije, cuando escuché esta anécdota de Frascoli. Sí, y Jaime Torres tiene más razón que nosotros los curas y que buena parte de la Iglesia de nuestros tiempos.

Es que mientras Frascoli me iba contando la experiencia yo no podía dejar de pensar en mi experiencia como cura y en la situación de la Iglesia ante el mundo de hoy.

Porque hace años que, como Iglesia, no venimos haciendo otra cosa que “subir el volumen de los micrófonos”… Y cada vez menos gente nos escucha.

Llevamos muchos años cometiendo el mismo yerro que cometió el sonidista novel, y como él, sin duda, con la mejor de las intenciones: que la gente escuche, que al público le “llegue”, que el mensaje sea recibido. Él optó ese primer día por el camino más fácil, más obvio, el atajo de la tecnología: subir el volumen. Pero era un camino sin salida. El artista, en cambio, le enseñó un camino más largo, pero más humano, que requería paciencia y confianza.

Esta parábola de Jaime Torres y su sonidista puede aplicarse a toda la vida de la Iglesia, a su enseñanza doctrinal y moral, a su comprensión de si misma y a su entera relación con el “mundo”. Pero por las semejanzas que hoy -lamentablemente- tienen los altares con los escenarios, en seguida apliqué esta lección de Jaime Torres a la liturgia.

Porque nosotros, en la liturgia de la Iglesia, hemos subido los micrófonos.  Tal vez podríamos decir que, hace ya bastante tiempo, la Iglesia colocó un micrófono por primera vez cuando dejó de celebrar gran parte de la Misa en voz baja. Silencio en los altares, silencio en los misales, “silencio de Misa” que dejamos ir…

Subimos un poco más el volumen de los micrófonos cuando dejamos de celebrar en latín. Pero me da la sensación de que ni los curas ni la gente entendemos mejor que antes lo que pasa en el altar.

Subimos todavía más los micrófonos cuando incorporamos nuevas plegarias eucarísticas y formularios eucológicos al Misal Romano, apostando a que “el gusto está en la variedad”… Y no hay quien pueda disimular la sensación de hastío con que celebramos.

Subimos bastante más fuerte el volumen cuando empezamos los sacerdotes a mirar hacia los fieles durante la celebración de la Misa, en lugar de a Dios, que es a quien -se supone- están dirigidas las oraciones y el santo sacrificio.

Pero los niveles más preocupantes de volumen alto empezaron, por cierto, cuando nos vimos en la necesidad de cambiar, enmendar y sobre todo agregar palabras y más palabras a las rituales de siempre, queriendo saludar, despedir, explicar, suavizar, etcétera.  Y subimos desesperadamente los micrófonos, cada vez que, dejando la sobria seriedad de las rúbricas, improvisamos cualquier cosa con tal de mantener entretenidos a los fieles, rebajándonos a ser, los curas, actores de “stand-up” y la asamblea de los fieles, un mero “auditorio” cada vez más infantilizado (por nosotros).

Hemos subido y subido los micrófonos hasta la saturación. Y me da la sensación de que no hemos conseguido más que agravar la indiferencia general. 

Gracias a Dios, llegó la era de los teléfonos inteligentes como para que entendamos de una vez por todas que, por el camino de lo variado y “divertido”, es imposible llamar la atención de las nuevas generaciones y ofrecerles algo más entretenido que el celular que tienen entre manos. No hay competencia posible. Este camino no tiene salida.

Jaime Torres sabía más que bien lo valioso que era eso que tenía para ofrecer. Con su actitud, demostraba la alta estima en que tenía a su propia arte. ¿Para qué ponerse en el nivel de otro, por bueno que fuera? ¡Qué triste hubiera sido si, por caso, Don Jaime hubiera sumado guitarras eléctricas y ruidosas baterías para poder competir con un cantor de moda! Pero no: él sabía bien quién era, y tenía por consiguiente, toda la confianza en la fuerza de su arte.

Pero no sólo tenía confianza en su propio don: tenía también confianza en la gente: no los subestimaba, sino que los sabía capaces de apreciar, en silencio respetuoso, la bella profundidad de la música del altiplano.

Ahora bien, la Iglesia sí parece que ha perdido la confianza en el tesoro que la habita. Nuestra actitud deja ver un indisimulable sentimiento de inferioridad. Y entonces nos desvivimos tratando de vender al precio que sea nuestro producto en la infinita feria de este mundo consumista. ¿No nos damos cuenta de que tenemos algo que nadie sino la Iglesia de Cristo le puede ofrecer al mundo? ¿Es que no confiamos que es Él el que atrae, el que llama, el que convierte, el que sana, el que enamora? ¿Nos hemos olvidado que tenemos entre manos al Rey de los reyes, al Dios hecho hombre en el Pan de cada Misa, en cada Sagrario? ¿Puede ser que confiemos más en nuestros dotes de elocuencia, de marketing, de histrionismo, que en la fuerza de Dios que está realmente presente en el altar? ¿Será posible que nos saboteemos a nosotros mismos, eliminando de las fatigadas ciudades modernas los únicos espacios sagrados, de silencio, de presencia de Dios trascendente y de oración, para convertirlos en uno más de los “salones de usos múltiples”?

¿Qué estamos haciendo?

Rifar nuestro tesoro. Devaluar nuestra arte. Malvender nuestras joyas. Traicionar nuestra identidad. Desconocer nuestra dignidad. Faltarnos el respeto a nosotros mismos y al pueblo de Dios, porque los seres humanos son tan capaces hoy como siempre, empezando por los chiquitos, de “ponerse serios”, de rezar en silencio, de reconocer la belleza de lo sagrado, de adorar al Santo. ¿Y en dónde van a encontrarlo sino en su Iglesia?

Creo que ya es tiempo de empezar a bajar el volumen de los micrófonos. Y despojar nuestras Misas de tantas “ayudas” que le hemos ido añadiendo al rito y que no ayudan a nadie. Y de volver a confiar en esa, al principio, casi inaudible pero poderosa música de Dios, que como aquel mágico arpegio de charango, sigue y sigue, con la tozudez del amor, llamándonos, atrayéndonos, enamorándonos.





lunes, 17 de agosto de 2020

Padre Julián Zini, la palabra del pueblo chamamecero


Ayer, justo después de haber compartido la Misa y unos mates amargos y pastelitos caseros en su casa, un amigo mercedeño me llamó para darme la triste noticia de la muerte del Padre Julián Zini. Enfermo de cáncer, venía preparándose para su viaje al Cielo desde hace unos años. 

El Pa'í Julián era un genio. Sacerdote de la diócesis de Goya y discípulo de su obispo Alberto Devoto, le regaló a la Iglesia de la Argentina todo su arte en el empeño de que la liturgia se nutriera de las raíces culturales de esta tierra. Asociándose con excelentes compositores, creó cientos de canciones con ritmo de chamamé, rasguido doble o valseado expresando los anhelos de su generación por estar más cerca de los pobres, ser más sencillos y humanos y mostrar así más fielmente el rostro de Dios hecho hombre. Esas canciones todavía hoy son comunes incluso en ámbitos urbanos y no litoraleños: "Qué lindo llegar cantando", "Dios Familia", "Queremos, ser, Señor" son algunos ejemplos de su enorme obra al servicio del Pueblo de Dios.

Pero sin abandonar nunca del todo esa veta, y siguiendo seguramente las enseñanzas del P. Tello -a quien tenía por maestro-, el Padre Zini comenzó a ahondar en el sepultado cauce de la cultura popular criolla de sus correntinos, descubriendo y valorando en ella la fe profundísima sembrada antaño por franciscanos y jesuítas, que había fecundado, sin eclipsar sus riquezas, el modo de ser guaraní: una cultura siempre combatida y que asombraba por su inagotable capacidad de resistir y reinventarse. Entonces se entregó con toda la seriedad de su sacerdocio al estudio de esas raíces, tanto en los libros como en el campo... Y, de acercarse tantos años a su pueblo con mirada atenta y corazón amante, nació esa capacidad única del Padre Julián para ponerle palabras a esos criollos a quienes, por haberles cortado la lengua, por haberles "podado el idioma -porque hablar el guaraní fue y es pecado, porque es cosa de menchos, guarangada-" (cf. J. Zini, "Patria chica amada") sólo sabían expresarse en el baile y el zapucai. Para musicalizar sus versos se asoció con talentosísimos jóvenes de entonces, hoy clásicos del género, que abrieron nuevos horizontes en la música correntina: fundamentalente el gringo Sheridan y Tito Gómez de Los de Imaguaré, y Mario Bofill.  Desde hace décadas, el nombre del Padre Zini es sencillamente insoslayable en la cultura chamamecera, como lo es en el culto a la Virgen de Itatí (ningún devoto ignora "Peregrino de la Esperanza" o "María Itatí") o del Gaucho Antonio Gil. 

Yo he visto, con mis propios ojos, a uno de esos tantos menchos desterrados en el conurbano porteño derramar lágrimas silenciosas al escuchar, desde el fondo de una plaza suburbana, los versos de "Avío del alma" en un festival. Ese día supe que Julián Zini, sacerdote de Dios para su pueblo, había logrado, cabalmente, su más querido propósito.

¡Gracias, padre Julián! ¡Que la Virgen de Itatí te reciba en su fiesta sin fin!


Dejo uno de los últimos versos del P. Julián, y una larga entrevista, con chamamé incluido, de hace apenas unos meses, en la que no falta nada.

            Cháke

¿Quién iba a decir, ch'amigo

que algo así podría pasar?

¿Quién inventó la pandemia 

y su triste mortandad?

¿La madre naturaleza 

o la misma humanidad?

Pensalo, y no tengas miedo 

que es la peor enfermedad.

Sí, señor, me quedo en casa,

para cuidarme y cuidar 

a los míos y al que pase 

la misma necesidad. 

No hay mal que por bien no venga 

dice un antiguo refrán,

necesito reaprender 

un poco de humanidad.

Se dice y todos sabemos 

en el campo y la ciudad,

que hay dos vacunas que el pueblo 

tendrá que ponerse ya:

la prevención que nos mandan

y la solidaridad:

que nadie se salva solo,

te salvás con los demás.

Pero, 

disculpen si desconfío 

como el gallo sacuapé:

siento que me están robando 

mi propio modo de ser.

Me prohibieron el abrazo, 

la reunión y el ñemboé.

La fiesta y el bailar juntos, 

que es prohibir el chamamé... 

Por favor no se acobarden 

por tanta necesidad:

salud, comida, trabajo,

familia, inseguridad...

Si el cuero es nuestro maestro 

ya sabremos reinventar

un modo que nos convenga 

de justicia y de igualdad.

Se dice y todos sabemos 

en el campo y la ciudad,

que hay dos vacunas que el pueblo 

tendrá que ponerse ya:

la prevención que nos mandan 

y la solidaridad:

que nadie se salva solo,

te salvás con los demás.

                                     Julián Zini, 2020.

GLOSARIO GUARANÍ:

¡Chake!  ¡Cuidado!

Ch'amigo  Mi amigo

sacuapé    tuerto

ñembo'é    rezo





martes, 21 de noviembre de 2017

Resistencia cultural


Anoche fui al teatro a ver a Rodrigo de la Serna y el Yotivenco. Hacía apenas unos días que había descubierto que este gran actor tenía su grupo musical. Lo escuché de casualidad en Internet, cantando en vivo en la radio de Pergolini, y defendiendo la vigencia del tango y la milonga, y me pareció que valía la pena apoyar su propuesta. Ciertamente no me arrepiento.



Rodrigo de la Serna no tiene una gran voz. Llega con lo justo, sin técnica, apenas impostando la voz en una que otra sílaba exigente. Pero canta lindo, como quien canta entre amigos en el patio de su casa. No hay afectación de ningún tipo, ni cuando canta, ni cuando habla.
De esa manera, de la Serna le está devolviendo al tango la posibilidad de ser cantado por gente normal, sin los embelecos líricos a los que el género se aficionó casi dogmáticamente después del irrepetible Gardel.
Esta peculiaridad no es un mero detalle, pues a mi ver se inscribe coherentemente en un contexto más amplio: Rodrigo de la Serna retoma la senda que recorrieron Gardel, Corsini y sobre todo Rivero y levanta con orgullo la bandera del cantor criollo, el que, guitarra en mano, sin cambiar de postura ni de traje, pasa del tango a la milonga campera, y del gato cuyano a la chamarrita.
De la Serna no se esconde detrás del actor. Propone música pura. En el escenario, de hecho, casi nunca suelta su guitarra, punteando a la par de los altísimos guitarreros que lo apadrinan. Éstos se lucen en varias piezas instrumentales, tocando con fineza  sus guitarras, que en nada ven distorsionado el prístino sonido criollo. Un guitarrón y tres violas criollas: nada más... Al final, como pidiendo permiso, hizo su ingreso el bandoneón para acompañar unos tangos que cerraron eficazmente el recital.

Me fui con ganas de darle un abrazo, y de decirle: ¡no aflojes! ¡Yo te banco, Yotivenco! O de repetirle las palabras de Zitarrosa que él mismo cantó: "no cambiés nunca de trillo, aunque no tengas pa' fumar". Pero sé que no hacía falta. De hecho, él mismo empezó su espectáculo diciendo: "esto es resistencia cultural" y, después de un instante, mirando a la gente: "Ustedes se ríen, pero es verdad".

martes, 22 de noviembre de 2011

Música y martirio. En torno a santa Cecilia.

Parece que la mártir santa Cecilia no entendía demasiado de fusas y semifusas, y que terminó siendo patrona de la música por un error en algunos manuscritos del "Acta" de su martirio. El hecho es que Santa Cecilia, para la mayoría de nosotros, es inseparablemente la mujer de la palma y de la lira: virgen y mártir de Cristo, y patrona de los músicos.
Yo le tomé un cariño irrevocable desde mi adolescencia, cuando siguiendo los caminos de la música y el  canto (eran los Torneos Juveniles Bonaerenses de folklore) estuve tres años seguidos en Mar del Plata precisamente para esta fecha de noviembre, en que la querida ciudad costera celebra a su santa patrona.
Desde entonces, como músico y creyente, siempre celebro con mucho cariño los 22 de noviembre a la santa Cecilia, y hoy lo hice por primera vez como sacerdote.
Y me quedé pensando en el misterioso vínculo de la música con el martirio del que ella es, por fortuitas circunstancias, símbolo acabado.
"Martyr", en griego, es el testigo, el que da testimonio de algo. Andando el tiempo, la palabra se fue especializando, y se aplicó a quienes daban testimonio de Dios con la entrega de su propia vida.
Sin embargo, en sentido amplio, a la música le cabe siempre el carácter de "martirio". La música es siempre una forma de dar testimonio de algo, de manifestar externamente algo profundo del corazón humano.
No sabría decirlo con certeza, pero supongo que desde el principio la poesía nació para ser cantada, mucho antes de que a alguno se le ocurriera sólo declamarla. La música le presta a las palabras tantas más dimensiones, que puede hacerles decir mucho más de lo que dicen. Si se da testimonio con la palabra, el dado con el canto es mucho más "testimonial".
No es casual que en todas las épocas se haya elegido la música para hacer "testimonio" del propio credo, de la propia bandera o filosofía, incluso hasta jugarse la vida. ¿En qué historia no ha habido cantores proscritos? Dicen los estudiosos que en la lengua de la Biblia "cantor" y "profeta" pueden escribirse con la misma palabra...
En alguna otra ocasión escribí sobre el sufrimiento que me daba, de chico, que me obligaran a cantar en las reuniones familiares. Y aunque fui venciendo esa resistencia que me habría convertido en un "rogado", me justifico todavía, porque cantar es una manera de darse, de entregarse, de abrir el corazón y descubrir la intimidad. Cantar es, en ese sentido, y más allá del "contenido" de lo que uno cante, dar testimonio ante todo de uno mismo: y ese testimonio muchas veces se cumple con el sudor y el sacrificio del "martirio", porque para cantar o tocar "con el alma" hay a veces que "dejar la vida".
Me viene a la mente una frase rotunda del cantor salteño Ernesto Day: "solamente el tibio jamás podrá cantar" (Si vuela una canción). El canto, de suyo, como cualquier arte hecho de veras, requiere pasión, y por eso es enemigo de la tibieza, de la medianía espiritual, de la racionalidad que quisiera controlar el fervor de los sentimientos. Cosa que ya el mismo Martín Fierro, inaugurando su "vuelta", había afirmado:  "pues sólo no tiene voz el ser que no tiene sangre".
A veces, de hecho, se oyen interpretaciones musicales técnicamente perfectas, pero incapaces de provocar una sola vibración en el alma. En cambio, como dice con maestría Zitarrosa:

"Hay cantos como flores,
mal afinados:
suenan mucho mejores
que bien cantados" (Coplas del canto).

En efecto, el canto y la música hechos "sin sangre" son dolorosamente falsos como un beso sin amor, mentirosos como una moneda sin respaldo. Perdieron justamente ese ser cruento, ese derramamiento de sangre propio de todo "martirio". Por eso, en sentido estricto, no se puede cantar obligado, pues un canto forzado no es música de veras, como no son besos de veras los que se dan por plata. Esa experiencia quedó eternamente canonizada en el salmo que narra la experiencia del pueblo judío desterrado:

"Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras.
Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cantadnos un cantar de Sión».
¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera!" (Sal 136, 1-4).

Por eso, porque el canto nace del corazón, sólo puede nacer libremente. Como la sangre, como la vida, desde afuera sólo es posible exigirlo con violencia, provocando heridas y muerte. Y como la sangre y la vida, puede desde adentro elegir darse, y entregarse por amor, hasta la muerte. De ahí la recurrida metáfora del canto del cisne:

"No porque yo estoy cantando
tengo el corazón alegre:
yo soy como el pobre cisne
que canta cuando se muere" (Copla popular argentina).

Porque sólo se da vida dando la vida, porque no se da a luz sin dolor, ni se cría sin sacrificio, ni se ama sin renunciar... justamente por eso la música hecha en serio da vida y es signo de vida. Por eso, todo puede cambiar con sólo "the sound of music".
Así, de lo mucho que esta íntima relación entre el martirio y la música da que pensar, me pareció bueno compartir estos pensamientos en voz alta, para honrar a la querida santa Cecilia. Celebrando en ella a todos los músicos que noche a noche, venciendo la rutina y el hartazgo, dejan el corazón en cada escenario, inmolándose nuevamente ante el siempre nuevo auditorio, y dándoles vida con su pasión; y sobre todo celebrando con la mártir santa Cecilia a tantos más que dejan la vida en el amar y sufrir cotidiano, recomponiendo los prosaicos renglones de cada día en un pentagrama de amor, única clave de la música de Dios.

"Gracias le doy a la Virgen,
gracias le doy al Señor,
porque entre tanto rigor,
y habiendo perdido tanto,
no perdí mi amor al canto
ni mi voz como cantor"
(José Hernández, La vuelta de Martín Fierro).
 
Santa Cecilia, ruega por nosotros.

martes, 8 de junio de 2010

El gavilán que no sabía cantar

A Papá, de quien aprendí a mirar los pájaros
Me encanta volver cada mes a San Isidro, cuando tengo un día de retiro en el seminario, y salir a la hora de la siesta a mirar el río, a recorrer las calles de adoquines y a pasear un rato con el Creador mientras voy rezando el rosario.
Hoy, cuando estaba volviendo de mi paseo meridiano, embriagado de otoño, sentí un silbido fuerte y muy extraño. Me paré en seco y busqué un ratito a ver de dónde venía. Entonces lo descubrí: era un gavilán de color pardo, medio bataraz el pecho, que se había asentado en la rama más alta de un ombú enorme que hay en la calle Beccar Varela. Siempre me fascinaron los pájaros "falconiformes", esa familia imperial de las aves a la que pertenecen las estirpes reales de las águilas y los aguiluchos, los chimangos y caranchos, los halcones y gavilanes. El gavilán, como el que vi hoy, es mucho más difícil de ver que el carancho, sobre todo porque es más chico y menos vistoso. De hecho, nunca antes había podido mirar a uno con detenimiento. Cuando a veces siento el revuelo y el griterío espantado de cotorras y demás pajaritos que huyen por el aire, miro bien y pronto reconozco a alguno de estos gavilanes que acaba de pasar rasante por la copa de un árbol... Pero cuando lo sigo con la mirada, en seguida lo pierdo, porque vuelve a planear muy alto en el cielo.
Pero ahí estaba hoy el gavilán: solemne, soberano, señor de la copa más alta, recortando con premeditada elegancia su altivo perfil contra el celeste brumoso del cielo otoñal. Me quedó claro que los reyes de la tierra, en sus ademanes de majestad y altanería, no han hecho más que remedar a las águilas del cielo.
Sin embargo, el gavilán seguía lanzando repetidamente ese grito medio silbado, un chillido agudo y lastimero. Me quedé como herido por ese grito, constante como un respiro que doliera. ¿Qué le pasaría? ¿Llamaría a alguien? ¿Tendría hambre? Un rato después, su grito me hizo acordar al del chimango, y creí comprender...
Estas aves altivas, de belleza regia y porte majestuoso, son objeto de admiración y respeto: su poder las vuelve invulnerables, y su invulnerabilidad les da una seguridad y un aplomo que las hace todavía más admirables. Cuando quieren ir a posarse, basta que las demás aves sientan pasar el frío de su sombra imponente para que abandonen temerosas el árbol, dejándoles todo el sitio libre. Para el momento en que el gavilán llega a la rama, ya no hay trinos gozosos ni cotorreos alegres a su lado.
Por eso gritaba el gavilán: todos los pájaros del cielo lo admiran y lo respetan, pero nadie lo quiere. Su grandeza exige el tributo del miedo; la soledad es el precio de su poder. Y por eso de su pico ganchudo no puede brotar sino una queja lastimada: su pecho engreído no ha aprendido nunca a cantar. La melancolía agresiva y gritona es lo único que les queda a estas aves rapaces como consecuencia de su grandeza solitaria, porque en su orgullo tampoco saben llorar como las palomas.
Sólo los pájaros buenos saben cantar. Los que se alimentan de la humildad de las lombrices o de los bichitos, y no atemorizan a sus semejantes. Ellos, en su vulnerabilidad, no han perdido la sencillez de disfrutar de la vida, y conservan la libertad de pararse cada tanto en una rama y de improvisar a los cuatro vientos la belleza de su canto. Quizá no son las aves más bellas, ni las más grandes, ni las más elegantes. Pero acaso su misma pequeñez les hace gozar a lo grande de las cosas chiquitas de cada día: la sombra de las hojas y el perfume de las flores, los bichos del suelo, cada gota de agua y cada rayo del sol. Nadie huye de ellos: pueden compartir la rama o el potrero con los demás pájaros, hermanados por la misma bondad que los hace a la vez tan libres como vulnerables.
Después de un rato, tuve que dejar al gavilán en aquel ombú de la calle Beccar Varela y volver al seminario, para seguir con el retiro. Mientras me alejaba, seguía oyendo su grito hiriente...
Entendí entonces que su grito me quería decir algo, que su triste historia valía también para nosotros, y me convencí de que tenía que contar este sucedido del gavilán que no sabía cantar.

domingo, 19 de agosto de 2007

Del silencio que hace hablar

Tengo, de mis años de guitarrero, una experiencia muy mía: siempre me costó cantar en público, sobre todo estando solo. De chiquito sufría cuando ante mi resistencia me decían que "me hacía rogar"... Es muy feo tener que hacer por obligación algo tan profundo e íntimo como cantar : parece que a uno le arrancaran a la fuerza algo que no está dispuesto a entregar, algo muy suyo, para exponerlo después obscenamente.
Sin embargo esto no es excluyente: lo cierto es que también conozco el gozo indecible de cantar, tanto que comparto la opinión de Juan Carlos Saravia, que dice que si no pudiera cantar se sentiría el hombre más infeliz del mundo... Sé del placer de cantar sin más, de cantar por el cantar mismo, de cantar fuerte, claro y gratis: derecho que ejerzo principalmente cuando camino por la calle, cuando me baño, o cuando alguna vez me sucede barrer o limpiar o hacer alguna labor manual. Pero si ya en esto encuentro un gozo muy grande, éste se vuelve rigurosamente inefable cuando puedo no ya cantar, sino cantarLE a alguien, cantar para una o más personas que me escuchan. Me acuerdo de haber estado, en no pocas ocasiones, tocando y cantando sin parar por horas y horas (casi siempre, eso sí, en la irresistible comunión de la noche, el fuego y el vino).
Esta contradicción en mi interior muchas veces ocupó mis soliloquios: ¿cómo podían convivir en mí estas tendencias tan opuestas? ¿A qué respondían?
De un tiempo a esta parte empecé a vislumbrar de a poco la respuesta, como empiezan a delinearse las formas con la luz de un amanecer. La explicación a mi canto está en el silencio.
Después de esas guitarreadas de noche entera, volvía a mi casa degustando (junto con alguna retinta borra trasnochada) un intenso sentimiento de gratitud para quienes me habían escuchado. "No, gracias a ustedes... Cantar así sí que da gusto..." Me parecía que ellos, los que me escuchaban, los que me miraban, los que sonreían, los que me pedían este y otro canto, ellos eran los que educían de mí la música, la voz, la intensidad y el color de cada canto. Esa experiencia me enseñó que es rigurosamente cierto eso de que "el artista se debe a su público". De ahí tengo por verdad sabida que el canto es deudor del silencio. Yo, reticente y poco dado, sé que hay un silencio irresistible que es la llave a mi corazón. He oído ese callar expectante, en las miradas, en las manos... Ese silencio es tan indispensable para mi canto como el cielo para el mar, como el fondo para la figura, como la materia para la forma... El silencio atento es sencillamente la condición de posibilidad permanente de la música que brota del corazón. El silencio del otro alimenta ininterrumpidamente la voz del que canta, tanto que cuando ese silencio falta el canto se agosta, se separa de su raíz, se divorcia de su fuente de vida.
Pensando en estas cosas, me remonté al misterio de la palabra misma. Toda palabra, en el fondo, y no sólo la "palabra amante" que es la música, está sostenida por un silencio primordial. Sólo quien hace verdadero silencio le regala al otro el don de la palabra. Sólo callando le permito al otro decir algo y decirse, expresarse tal como es.
Sigo meditando día a día en estas cosas... Pero mi pensamiento va seguido a la Virgen María. Ella fue el Silencio que Dios esperaba para poder decirSe del todo, en su Palabra eterna de amor. Ella, la Señora del silencio, la mujer que callaba y guardaba todo en su corazón, pudo engendrar para nosotros sus hermanos la Palabra de Dios. De ella misma aprendió el niño Jesús a callar para escuchar la voz de su Padre, hasta que llegó el día en que pudo decir categóricamente: "mi alimento es hacer la voluntad del que me envió (Jn 4, 33)". Que de ella aprendamos también nosotros el silencio amante que nos permite oír a Dios y hace hablar a los demás.