A Daniel Frascoli, y a los compañeros de la Musaranga,
que, sin quererlo tal vez, me ayudan a ser cura.
La lección de Jaime Torres
Siempre me llevé mal con los micrófonos. Tengo
una honda y muy poco racional animadversión contra esos adminículos
antiestéticos que, sin embargo, me salen al paso una y otra vez, como si me persiguieran
empeñados en convencerme de ya nunca podré vivir sin ellos. Cada vez que logro
dar un sermón prescindiendo de su molesto auxilio, siento que he ganado una
batalla en esta sorda guerra que libro con ellos. Pero pasan cosas que me convencen cada vez más...
Una vez me di el gusto de ir a un recital del
cantor criollo Tata Cedrón en la sede de La Musaranga, en el barrio de Beccar.
Sobre la humilde tarima de tablas, estaba él con su guitarra, y a su lado, como un ángel musiquero, el guitarrista Daniel Frascoli. Pero lo que más me
llamó la atención fue que en el escenario no había un solo micrófono, ni para
la voz ni para las guitarras. Y con todo, la sala se llenó -desde el primero
hasta el último acorde- de un rotundo silencio, envolvente y respetuoso como un
abrazo de pésame.
Fascinado por este hallazgo (que en mi mundo imaginario
les merecía la cucarda mayor de la cruzada antitecnológica), lo busqué a Frascoli
para felicitarlo por cómo habían cautivado al variopinto auditorio, generando
un silencio tan conmovedor como su música.
Y entonces el amigo Daniel, por toda respuesta,
me contó esta anécdota.
Resulta que él, además de músico, es un
excelente sonidista, que durante varios años acompañó al eximio charanguista
Jaime Torres (1938-2018). Cierta vez, en uno de esos grandes festivales de verano,
le tocaba actuar a Don Jaime justo después del popular Chaqueño Palavecino.
Tarea nada fácil. El público, después de los bises con las canciones más
pegadizas, estaba eufórico. Y ahora, después de la rauda retirada de los
muchos músicos que había en escena, habían quedado solos, frente a la
enfervorizada multitud, el menudo artista y su menudo instrumento.
Don Jaime, con el charango como si fuera un hijito
alzado contra sus mejillas, empezó a hacer unos arpegios casi imperceptibles.
La gente, alborotada, parecía no darse cuenta siquiera de que había alguien en
el escenario. Pero el que tampoco parecía darse cuenta de nada era Jaime Torres, que
con los ojos cerrados y la luz en su sonrisa seguía punteando apenas,
acariciando las cuerdas, como embebido en su mundo interior. Parecía una
discusión de sordos. El sonidista Frascoli sintió en las venas de sus dedos la
presión ambiental, y no pudiendo soportar ya la tensión, subió hasta el tope el
volumen del micrófono del charango. Minutos más tarde, cuando la gente se había
por fin sosegado y el músico comenzó a rasguear con fuerza, tuvo que corregir de
golpe ese primer movimiento, bajando apresuradamente el volumen.
Esa noche, después de la actuación, Don Jaime
lo reconvino con dulce severidad: “No vuelvas a hacer eso, chango. Vos dejame a
mi, no más, tocando despacito… Ya vas a ver cómo la gente solita empieza a
hacer silencio”.
Frascoli aprendió la lección. Y la prueba tuvo lugar poco después.
Si hacer solos de charango después del Chaqueño Palavecino en un festival de provincia había tenido sus dificultades, el desafío máximo llegó cuando Jaime Torres se presentó, con su charango, en el festival del Bicentenario, quizá el más multitudinario de la historia. El escenario era un inmenso portal armado en la Plaza de la República, al pie mismo del Obelisco porteño. El público, un río humano que colmaba la avenida 9 de julio hasta perderse de vista, y el teatro, el cielo abierto de Buenos Aires. La historia se repitió. El auditorio era una indomable masa ruidosa, como el río en sudestada. Jaime Torres, como un nuevo David frente a Goliat, con solo su charanguito iba a salir a domar a las fieras.
Llegó el momento, y los que transmitían en
vivo el festival para la televisión pública vieron que los dedos del maestro
empezaron a hormiguear sobre la boca del instrumento, pero no se oía
absolutamente nada. Tan sólo el músico parecía estar oyendo alguna melodía
secreta, porque, ensimismado, alzaba el rostro con los ojos cerrados y sonreía
como en éxtasis. Y los segundos pasaban… Frascoli, el sonidista, no tocó un
solo botón. Pronto, por los auriculares, empezaron a lloverle, como cascotazos,
las imprecaciones de los otros técnicos, los de la televisión, los de los
escenarios paralelos cuadras abajo, los de las muchas pantallas gigantes…,
exigiéndole que subiera el volumen del charango. Frascoli miró una vez más a
Don Jaime que, como si estuviera solo y su alma, seguía sonriendo y tocando para si. Contagiado por ese magnetismo que sólo los artistas verdaderos
tienen, Frascoli resisitó la presión. Pasaron algunos minutos, quizá, hasta
que de pronto, desde debajo mismo del escenario, brotó, como de una secreta
fuente, el característico sonido con que cientos de almas, al unísono, pedían,
por fin, silencio. Y el sonidista, conmovido, sintió cómo ese suave chistido
silenciante se alejaba del escenario hacia las infinitas filas de atrás,
acallando el tumulto, como una ola silenciosa que iba alisando todo a su paso,
como una gran bandera blanca que iba desplegándose hasta que lo cubrió todo.
Jaime Torres tenía razón.
****
“Jaime Torres tiene razón”, me dije, cuando
escuché esta anécdota de Frascoli. Sí, y Jaime Torres tiene más razón que
nosotros los curas y que buena parte de la Iglesia de nuestros tiempos.
Es que mientras Frascoli me iba contando la
experiencia yo no podía dejar de pensar en mi experiencia como cura y en la
situación de la Iglesia ante el mundo de hoy.
Porque hace años que, como Iglesia, no venimos
haciendo otra cosa que “subir el volumen de los micrófonos”… Y cada vez menos
gente nos escucha.
Llevamos muchos años cometiendo el mismo yerro
que cometió el sonidista novel, y como él, sin duda, con la mejor de las
intenciones: que la gente escuche, que al público le “llegue”, que el mensaje
sea recibido. Él optó ese primer día por el camino más fácil, más obvio, el
atajo de la tecnología: subir el volumen. Pero era un camino sin salida. El
artista, en cambio, le enseñó un camino más largo, pero más humano, que
requería paciencia y confianza.
Esta parábola de Jaime Torres y su sonidista
puede aplicarse a toda la vida de la Iglesia, a su enseñanza doctrinal y moral,
a su comprensión de si misma y a su entera relación con el “mundo”. Pero por
las semejanzas que hoy -lamentablemente- tienen los altares con los escenarios,
en seguida apliqué esta lección de Jaime Torres a la liturgia.
Porque nosotros, en la liturgia de la Iglesia, hemos subido los micrófonos. Literalmente
y por primera vez quizá, casi sin darnos cuenta, cuando dejamos de celebrar la Misa en voz baja.
Silencio en los altares, silencio en los misales, “silencio de Misa” que
dejamos ir…
Subimos un poco más el volumen de los
micrófonos cuando dejamos de celebrar en latín. Pero me da la sensación de que ni
los curas ni la gente entendemos mejor que antes lo que pasa en el altar.
Subimos bastante más fuerte el volumen cuando
empezamos los sacerdotes a mirar hacia los fieles durante la celebración de la
Misa, en lugar de a Dios, que es a quien -se supone- están dirigidas
las oraciones y el santo sacrificio.
Subimos todavía más los micrófonos cuando
incorporamos nuevas plegarias eucarísticas y formularios eucológicos al
Misal Romano, apostando a que “el gusto está en la variedad”… Y no hay quien
pueda disimular la sensación de hastío con que celebramos.
Pero los niveles más preocupantes de volumen
alto empezaron, sin duda, cuando nos vimos en la necesidad de cambiar, enmendar y sobre
todo agregar palabras y más palabras a las rituales de siempre, queriendo
saludar, despedir, explicar, suavizar, etcétera. Y subimos desesperadamente los
micrófonos, cada vez que, dejando la sobria seriedad de las rúbricas,
improvisamos cualquier cosa con tal de mantener entretenidos a los fieles, rebajándonos
a ser, los curas, actores de “stand-up” y la asamblea de los fieles, un mero
“auditorio” cada vez más infantilizado (por nosotros).
Hemos subido y subido los micrófonos hasta la
saturación. Y no hemos conseguido más que agravar la indiferencia general.
Gracias a Dios, llegó la era de los teléfonos
inteligentes como para que entendamos de una vez por todas que, por el camino
de lo variado y “divertido”, es imposible llamar la atención de las nuevas
generaciones y ofrecerles algo más entretenido que el celular que tienen entre
manos. No hay competencia posible. Este camino no tiene salida.
Jaime Torres sabía más que
bien lo valioso que era eso que tenía para ofrecer. Con su actitud, demostraba
la alta estima en que tenía a su propia arte. ¿Para qué ponerse en el nivel de
otro, por bueno que fuera? ¡Qué triste hubiera sido si, por caso, Don Jaime se
hubiera visto en la necesidad de sumar guitarras eléctricas y ruidosas baterías
para poder competir con un cantor de moda! Pero no: él sabía bien quién
era, y tenía por consiguiente, toda la confianza en la fuerza de
su arte.
Pero no sólo tenía confianza en su propio don: tenía también confianza en la gente: no los subestimaba, sino que los sabía capaces de apreciar, en silencio respetuoso, la bella profundidad de la música del altiplano.
Ahora bien, la Iglesia sí parece que ha perdido la confianza
en el tesoro que la habita. Y, entonces, nos desvivimos tratando de vender al precio que
sea nuestro producto en la infinita feria de este mundo consumista. ¿No nos
damos cuenta de que tenemos algo que nadie sino la Iglesia de Cristo le puede
ofrecer al mundo? ¿Es que no confiamos que es Él el que atrae, el que llama, el
que convierte, el que sana, el que enamora? ¿Nos hemos olvidado que tenemos
entre manos al Rey de los reyes, al Dios hecho hombre en el Pan de cada Misa,
en cada Sagrario? ¿Puede ser que confiemos más en nuestros dotes de elocuencia,
de marketing, de histrionismo, que en la fuerza de Dios que está realmente
presente en el altar? ¿Será posible que nos saboteemos a nosotros mismos,
eliminando de las fatigadas ciudades modernas los únicos espacios sagrados, de silencio,
de presencia de Dios trascendente y de oración, para convertirlos en uno más de
los “salones de usos múltiples”?
¿Qué estamos haciendo?
Rifar nuestro tesoro. Devaluar nuestra arte.
Malvender nuestras joyas. Traicionar nuestra identidad. Desconocer nuestra
dignidad. Faltarnos el respeto a nosotros mismos y al pueblo de Dios,
porque los seres humanos son tan capaces hoy como siempre, empezando por los
chiquitos, de “ponerse serios”, de rezar en silencio, de reconocer la belleza
de lo sagrado, de adorar al Santo. ¿Y en dónde van a encontrarlo sino en su
Iglesia?
Llegó el momento de bajar el volumen de los
micrófonos, incluso, quizá, de apagarlos por completo. Y despojar nuestras
Misas de tantas “ayudas” que le hemos ido añadiendo al rito, y que no ayudan a
nadie. Y de volver a confiar en esa, al principio, casi inaudible pero poderosa música de
Dios, que como un mágico arpegio de charango, sigue y sigue, con la tozudez del
amor, llamándonos, atrayéndonos, enamorándonos.

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