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martes, 6 de julio de 2010

Santos Discépolo, ruega por nosotros

"La confusión es inevitable sin la lucha;
hay que luchar mucho para no llegar a la confusión"
(Emilio Komar, La estructura del diálogo, 86)

Para la mentalidad religiosa básica, lo santo es aquello que está estrictamente separado del "mundo". Por eso, lo que es sagrado no puede tocarse, porque en el acto dejaría de serlo y quedaría impuro. Esta verdad antropológica, que recorre ininterrumpidamente la historia de la humanidad, ha sufrido una terrible excepción: la Igualdad. Igualdad es, acaso desde 1789, una de las palabras más sacrosantas de nuestra cultura. Y sin embargo, debe de ser la más profanada, la más manoseada, la más manipulada.
Tenemos un ejemplo cabal de esto en el proyecto de ley que se está debatiendo estos días en nuestro país. La igualdad parece ser el argumento único y la palabra final de quienes invocan el pretendido derecho a que la unión civil de dos personas homosexuales se equipare al matrimonio. Negar la "igualdad" -de la forma que sea- constituye siempre, hoy en día, un repudiable acto de "discriminación", un crimen de lesa humanidad.
La igualdad, con lo loable que es (entendida rectamente), se ha convertido en la contraseña de los que se habituaron a existir en la confusión y pretenden que todos vivamos en ella. El espantoso lobo de la confusión viene bajo la piel de cordero de la igualdad.
En efecto ¿quién dijo que toda igualdad es buena? La igualdad que consagra el artículo primero de la Declaración universal de los derechos humanos no es cualquier igualdad, ni es un principio en el aire. Por el contrario, está fundada en que todos los hombres nacen igualmente dignos, igualmente dotados de libertad, de razón y de conciencia. La universalidad de los derechos se basa, entonces, en la igualdad que todos los hombres tienen por el hecho de ser hombres: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros" (art. 1). De ahí que el artículo segundo no hable de una igualdad en cualquier derecho, sino sólo en los contenidos en la mentada Declaración: "Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición" (art. 2). No hace falta que entremos aquí en cuáles son esos derechos, sino constatar que no son absolutos, sino relativos a la condición humana. Consiguientemente, la Declaración no condena toda discriminación en absoluto, sino "toda discriminación que infrinja esta Declaración" (art. 7). 
Ahora bien, fuera de esta igualdad y dignidad básicas por ser "seres humanos", los hombres y las mujeres del mundo y de la historia constituimos un increíble mosaico hecho gracias a la más apasionante desigualdad: no hay una persona igual a la otra: cada una es única e irrepetible, cada una es irremplazable.
Así lo quiso el Creador: "El Señor mira desde el cielo, se fija en todos los hombres; [...] él modeló cada corazón, y comprende todas sus acciones" (Sal 32, 13.15). Desde las estrellas del cielo hasta los cristales de nieve, desde las nubes hasta los granos de arena, desde las hojas de los árboles hasta las flores del campo, mírese desde un telescopio o desde un microscopio, ni en el macrocosmos ni en el microcosmos hay, en la naturaleza, algo hecho "en serie". La creación es un derroche infinito de "creatividad", de diversificación, de singularidad. La inacabable variedad del universo nos sorprende constantemente, impidiéndonos agotar el misterio del hombre y del mundo. Cuando el hombre del racionalismo se propuso dejar de admirar la obra del Otro y abarcar todo con su propia razón, tuvo necesariamente que cercenar la imparable inequidad de la naturaleza y encorsetarla en la igualdad de la geometría: eso son los tristemente lindos jardines de Versailles, que requieren la incansable violencia de miles de jardineros, ingenieros y podadores...
Arrasar con cualquier tipo de diversidad, de orden y de jerarquía es confundirse y confundir. En el hecho de ser humanos somos todos iguales, y esa igualdad es natural y buena, y es malo e inhumano todo lo que genera desigualdad e inequidad en la dignidad de las personas; pero en todo lo demás somos diferentes, y esta diversidad es tan buena y natural, como antinatural y nocivo todo igualitarismo que pretenda desconocerla.
El hediondo guiso de la confusión es el manjar de los igualitaristas. En nombre de la igualdad, estamos a punto de equiparar ¡por ley! lo natural con lo antinatural, lo sano con lo insano, lo verdadero con lo falso.


Hace exactamente 75 años, un porteño de mirada aguda. Enrique Santos Discépolo, escribió el tango "Cambalache", que tiene en sí todo el sentido común necesario para que dejemos de vivir "revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos". En efecto, todo el tango es una tragicómica descripción de qué y cuán nociva es la confusión. No hay una mirada benigna: "El mundo fue y será una porquería", espeta al empezar... Esa es la primera verdad del que vive adentro del merengue cambalacheno.
Lo interesante es que Discépolo plantea la confusión justamente con el léxico de la "igualdad":

¡Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio o chorro,
generoso o estafador!
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
No hay aplazaos
ni escalafón,
los inmorales nos han igualao.
Que uno vive en la impostura
que otro roba en su ambición,
¡da lo mismo que si es cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón!...
[...]
Que es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de las minas,
que el que roba, que el que mata
o está fuera de la ley.

"Todo es igual"... La coherencia del igualitarismo es irreprochable: desparecen, con el "escalafón", todas las jerarquías, y con los "aplazaos", todos los juicios de valor, de modo que "nada es mejor"... Sólo queda una verdad ("¡es lo mismo!"), traducida a la voluntad en un inmenso bostezo metafísico: "¡Da lo mismo!". Pero ocurre con nuestra naturaleza, nacida para vivir en el orden y la armonía de lo diverso, lo mismo que con las pobrecitas plantas de Varsailles: esta confusión nos hace violencia:
¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!
El argumento de la malentendida igualdad es una falta de respeto a la razón. ¡Lo preocupante es cuando ya la razón está tan atropellada que ni cuenta nos damos del atropello!
Discépolo parece darle la razón a Komar cuando termina vinculando esta confusión con el infierno: ¡Dale que va, que allá en el horno se vamo' a encontrar!
Dos actitudes quedan: el tango sólo canta explícitamente una: la de decir "Da lo mismo... ¡Dále, nomás! ¡Dále que va!"... Si total "a nadie importa si naciste honrao"...
Mas para quienes nos sabemos mirados, pensados y amados por Dios, hay Alguien a quien le importamos, y Alguien para quien no todo es lo mismo, para quien no todo da igual.  El autor del tango sabía, conmovido, que la Biblia, herida, lloraba y que la razón estaba siendo atropellada. Nosotros también lo sabemos y lo sentimos, pero no queremos seguir revolcados en el guisado nefasto de la confusión actual, ni en el horno discepoliano de la "confusión eterna" ("Non confundar in aeternum" concluía el Te Deum -y repetía Komar-).
Hay que seguir pensando y desembarrando la cabeza para "juirle a la confusión", para no darle tregua. Baste esto por hoy, y mientras tanto, encomendarme a mí y a todos los argentinos a este lúcido varón porteño, canonizado por su unánime popularidad:
              ¡Santos Discépolo, ruega por nosotros!

lunes, 28 de junio de 2010

Juirle a la confusión

"La  lucha por la claridad es una primera tarea del filosofar"
Emilio Komar
De un tiempo a esta parte se oprime mi corazón con una gran tristeza, a causa de la confusión que cunde en nuestra sociedad: el proyecto del pseudo "matrimonio homosexual" es en sí mismo efecto y causa de la confusión. El "debate" en torno al tema constituye las más de las veces un activísimo palabrerío que no hace más que seguir empantanando la inteligencia de la gente con eufónicas falsedades y rimbombantes falacias. Mi tristeza, sin embargo, se vuelve exasperación cuando percibo que la confusión se gana en algunos ámbitos eclesiales, llamados por el Señor a ser "luz del mundo".
¡Hay que juirle a la confusión como al mesmo demonio! El maestro Emilio Komar nos repetía que "confusión" es uno de los nombres del infierno. La confusión, en efecto, es la obra maestra del "padre de la mentira".
Por eso, estoy convencido de que mi deber como cristiano algo pensante es el de "cooperar con la verdad", como dice el lema episcopal de Don Joseph Ratzinger. Echar lo más que pueda el agua clara de la sensatez, del sentido común y de la verdad en tanto barrial masivo.
Hace poco escuché a un sacerdote que hablaba de los "nuevos modelos de familia", y que después de hacer un diagnóstico (muy poco gnóstico) de la realidad actual, exhortaba -comentando el Documento de Aparecida-, con dulces palabras, a "habitar la incertidumbre y el no saber, relativizar nuestros absolutos, dejarnos conmover". ¡Qué lindo dejarse conmover! Pues a mí lo que más me conmueve es tanta, tanta confusión... "Habitar la incertidumbre y el no saber", amén de una bella metáfora, es en este contexto una especie de canonización de la confusión. Muchos pastoralistas parecen hoy regodearse en la perplejidad y en las incertidumbres del "cambio de paradigma".
No se trata de defender sistemas de pensamiento racionalistas y cerrados, donde ya no haya preguntas ni misterios... Pero tampoco hay que olvidar que ninguna "apertura" genuina se funda en la confusión y en la ignorancia.
La Buena Noticia de Jesucristo nos regala muchísimas certezas, desde las cuales tenemos sobradas herramientas para hacer un suficiente discernimiento espiritual de los "signos de los tiempos".
En cuanto a la familia, el invocado Documento de Aparecida nos dice, con certeza, que "entre los presupuestos que debilitan y menoscaban la vida familiar, encontramos la ideología de género, según la cual cada uno puede escoger su orientación sexual, sin tomar en cuenta las diferencias dadas por la naturaleza humana. Esto ha provocado modificaciones legales que hieren gravemente la dignidad del matrimonio, el respeto al derecho a la vida y la identidad de la familia" (DA 40).
Los cristianos no tenemos las soluciones prácticas para todo, pero tenemos al Espíritu de Jesucristo, la Palabra de Dios hecha Hombre, que bastantes certezas nos da. No hay que habitar la incertidumbre, sino la certeza de que Dios nos ama con un amor eterno y más fuerte que la muerte. Eso es "permanecer en Jesucristo" y ser sus discípulos misoneros para tener y dar vida plena.

De toda confusión ¡líbranos, Señor!

lunes, 29 de junio de 2009

Ser perfectos hijos para ser hijos perfectos

Perfección y filiación
a partir de Mt 5, 43-48

«Toda la educación y toda la ética es esto:
sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48).
No ser dioses, pero sí “dioses segundos, milagros de primero”
como decía Tommasso Campanella»

Emilio Komar


“Perfección” es hoy en día una palabra difícil. La posmodernidad es por esencia una “cultura de las minúsculas”, una cultura que rechaza los grandes discursos, las grandes palabras (las que empiezan con mayúsculas...) y por ende, una cultura que renuncia a los sueños grandes y a los ideales altos. La perfección está afuera del horizonte posmoderno.
Pero también en la Iglesia posmoderna existe una especie de alergia a la idea de perfección, como nos lo venía advirtiendo Emilio Komar en sus últimos años.
Esto se explica como fuerte reacción a una fe vivida, en épocas no lejanas, bajo el preponderante signo del perfeccionismo voluntarista. Índices de esta fe más moralista son el fuerte hincapié en la búsqueda de la santidad, y la recurrente presencia de ciertas palabras (hoy casi siempre proscritas): abnegación, ascética, sacrificio, heroísmo, etc. El psiquiatra Viktor Frankl nos alerta, como al pasar, de los intrínsecos peligros de esta moral: “Creo que hasta los mismos santos no se preocupan de otra cosa que no sea servir a su Dios y dudo siquiera de que piensen en ser santos. Si así fuera serían perfeccionistas, pero no santos” (El hombre en busca de sentido, Herder, 1999, 20ª. ed., p. 142).
Como consecuencia, en la Iglesia escuchamos muy fácilmente “perfeccionismo” cada vez que se habla de “perfección”. De ahí que también esta palabra esté sufriendo un descrédito que raya la proscripción.
Ahora bien, dado que “el abuso no quita el uso”, me pregunto: ¿hasta qué punto es legítimo dejar que la idea de perfección sea eliminada sin más de nuestro vocabulario espiritual?
En esto me puse a pensar las últimas semanas, cuando la Iglesia nos hizo recorrer, en la liturgia de la Palabra, el Sermón de la Montaña (Mt 5-7), y un día me encontré con esta exhortación: “Por lo tanto, sean perfectos como su Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt 5, 48).
Mi formación clásica amortiguó el efecto, pero mi carne posmoderna acusó de lleno el golpe. La transparencia de Jesús es más fuerte que cualquier turbiedad; su claridad, más que cualquier confusión. No, después de escuchar esta Palabra no puedo resignarme a que en virtud de un nuevo “paradigma” me propongan la morigerada esperanza de no ser “ni santo ni mediocre”. No se le puede echar soda al “vino nuevo” de Jesús.
Es verdad que esta palabra “perfecto” es propia de San Mateo (que la usa aquí y en 19, 21) y que ni Marcos ni Lucas la emplean en los pasajes paralelos. De cualquier modo, el contexto en que Mateo la propone dice mucho acerca del significado último de esta perfección.
La frase en cuestión es la conclusión de la enseñanza de Jesús que le “da cumplimiento” (cf. 5, 17) al mandato del amor al prójimo (cf. 5, 43-48). Pero podría considerarse también la conclusión a toda la serie de enseñanzas acerca de la Ley (“Han oído que se dijo..., pero yo les digo...”: cf. 5, 21. 27. 31. 33. 38. 43): el “por lo tanto” con que está introducida puede apoyar esta interpretación.
Centrémonos, sin embargo, en su contexto inmediato, que es la perícopa sobre el amor a los enemigos (vv. 43-48). Nos damos cuenta de que esta exhortación de “sean perfectos como es perfecto su Padre...” está construida en paralelo con la otra frase que propone a Dios como modelo: “así ustedes serán hijos de su Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (v. 45). No podemos entender rectamente esta exhortación, entonces, si no la leemos en paralelo con la precedente. La versión de Lucas, de hecho, es coherente con una interpretación del “sean perfectos” a partir del actuar del Padre del cielo “que hace el bien a buenos y a malos”: “sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” (Lc 6, 36; cf. Lc 6, 27-36), frase que nos revela el sentido último de la perfección evangélica (cf. Juan Pablo II, Veritatis splendor, 18).
Ahora bien, la lectura paralela de estas dos frases (v. 45 y v. 48) no sólo nos devela el sentido de la perfección que hay que alcanzar (el amor a los enemigos), sino también el medio y el modo en que esa perfección de Dios puede ser alcanzada por nosotros. En efecto, si leemos “sean perfectos como su Padre...” (v. 48) desde la perspectiva que nos da el “serán hijos de su Padre...”, nos damos cuenta de que Mateo quiere establecer una estrecha vinculación entre la perfección y la filiación.
Esta perspectiva es muy rica en consecuencias. En efecto, para un hijo, no hay nada más natural que admirar a su padre (“el Padre es perfecto”); nada más natural que imitarlo (“sean perfectos como el Padre”). ¿Qué hijo no crece copiando a su papá?
Entendida filialmente, la búsqueda de la perfección -aunque ésta sea siempre “ardua”- es cualquier cosa menos forzada. Komar insistía mucho en la naturalidad de la búsqueda de perfección: “Todos buscan perfección”. Decía que el “impulso a la perfección”, por ser lo más “natural” (voluntas ut natura) es tan fuerte que cuando no se lo dirige a la perfección auténtica (“como el Padre del cielo...”), no desaparece en cuanto tendencia, y se vuelve propulsor de toda clase de desvíos y de frustraciones.
Entendida filialmente, la búsqueda de perfección -aunque ésta esté siempre más allá de nosotros- es cualquier cosa menos extrínseca. Cuando el chiquito “copia” a su padre, no está incorporando conductas extrañas sino creciendo como persona. “La perfección es siempre perfección de lo propio. Si no es de lo propio, no es perfección”, repetía Komar. Nada más lejos de un voluntarismo alienante que esta fundamental autenticidad, que esta fidelidad a lo propio. Nada más natural que esta verdad básica de la filialidad: "de tal palo, tal astilla".
Ahora bien, lo “propio” es algo “dado”: “soy para mi lo absolutamente dado” (R. Guardini, La aceptación de sí mismo). Crecer en lo propio es crecer en lo recibido. Si hay algo que caracteriza al “hijo” en cuanto hijo (el hijo-niño) es justamente el “recibirse” de sus padres.
Y aquí llegamos al núcleo que nos permite liberarnos de la "perfección perfeccionista". Cuando Jesús nos plantea, en Mt 5, 43-48, ser perfectos como hijos del Padre perfecto, está exhortándonos a la perfección como recepción. Como si dijera: “para ser hijos perfectos hay que ser antes perfectos hijos”. No hay perfección que podamos presentarle a Dios que no la hayamos recibido de él. A mayor filiación, mayor perfección (es decir: a mayor recepción, mayor perfección; a mayor confianza, mayor perfección; a mayor abandono -y sólo aquí "a mayor obediencia"-, mayor perfección...).
La perfección no consiste en cumplir "a la perfección" todos los mandamientos sino en soltarnos "a la perfección" de nosotros mismos para que Dios pueda darnos más amor, darnos todo, dársenos (cf. Mt 19, 16-22). El hijo mayor de la parábola de Lc 15, 11-32 no es el hijo perfecto, porque aun viviendo con su Padre y siéndole en todo servicial y obediente, no sabía recibir el amor, no sabía ser hijo, no sabía darse cuenta de que todo lo del Padre era suyo. Es más perfecto el “hijo pródigo”, porque nunca dejó de ser hijo, siempre estuvo abierto a recibir (la herencia, primero, como merecida; la misericordia, después, como regalada).
Esta verdad de la perfección como filiación es llevada por el evangelio de Juan a la profundidad eminente de la cristología. En Juan, Jesús mismo es el Perfecto, que puede decir “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6) porque es el Perfecto Hijo, que sabe que “el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino lo que ve hacer al Padre, lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo” (Jn 5, 19). Jesús es el hombre más perfecto porque es el Hijo, porque es hombre siendo el Hijo de Dios.
Perfección cristiana y filiación van de la mano. El corazón del Sermón de la Montaña es Jesús enseñándonos a rezar: "Padre nuestro...": toda la enseñanza de Jesús es enseñarnos a ser hijos de Dios. Toda la acción del Espíritu (y por ende, toda la misión de la Iglesia) consiste en hacernos hijos de Dios (cf. Gál 4, 4), hasta que seamos plenamente "Cristo". Ser cristianos es haber recibido el amor del Padre manifestado en Cristo Jesús. Ser cristianos es ser "hijos en el Hijo", Jesucristo.
No sorprende, entonces, que el "reino de los cielos" al que le es "tan difícil" entrar al rico, aunque fuera muy "perfectito" (cf. Mt 19, 21 ss.) esté abierto para quienes encarnan las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1 ss.), es decir, para los "se hacen niños" (Mt 18, 1-4), para los hijos. Sólo los que son como niños saben recibir bien el amor. En nuestros días, Sta. Teresita demostró rotundamente que la más alta perfección de la santidad y la infancia espiritual van de la mano.
La perfección cristiana, entonces, la que propone Jesús en el Sermón de la Montaña, no tiene nada de nocivo ni tiene por qué ser dejada de lado. El mismo Dios en que creemos es el que nos invita a creer en nosotros mismos, aun cuando no esté de moda. No renunciemos a nuestras aspiraciones altas: que nadie nos apague la magnanimidad de aspirar a la perfección evangélica, esperándola siempre como un regalo de nuestro Padre Dios.

jueves, 21 de mayo de 2009

El milagro "antiestoico"

“La atención es la principal virtud realista”, decía Emilio Komar. En efecto, la atención -el oído abierto, el ojo aguzado, los cinco sentidos alertas- es la única respuesta adecuada del hombre a la realidad. Las cosas, en efecto, tienen algo que decirnos: en ellas se esconden verdades que todavía no sabemos. Y ante alguien que sabe más -un maestro- la conducta que corresponde es una sola: el silencio y la atención. Por eso, por ejemplo, lo primero que exige Dios de su pueblo es la atención, porque Él sabe y quiere enseñar: “Escucha, Israel…” (Dt 6, 4). El mundo, por ser creación –mensaje- de Dios, está preñado de sentido, de luz y de fuego y se muestra ansioso de manifestar ese tesoro: logos para nuestro entendimiento y valor para nuestra afectividad. La actitud que conviene, entonces, es la atención.
Sólo a la luz de esto se puede ponderar la gravedad que tienen la desatención y la insensibilidad: actitudes o estados con los que a menudo somos demasiado indulgentes. De hecho, no todos los insensibles -esos que perdieron la profundidad de la mirada- llegan a tales por mera dejadez. Hay quienes adhieren a una insensibilidad programática: el caso paradigmático es el de los estoicos (soportar “estoicamente”, decimos), pero este ideal está también muy presente en las espiritualidades orientales, hoy tan de moda también entre nosotros. Los estoicos, una escuela filosófica griega de la última antigüedad, fomentaban la “a-taraxia”, la imperturbabilidad ante las circunstancias de la vida, como la del peñón que resiste impertérrito los violentos embates con que el mar lo castiga. (Vale la pena aclarar, no obstante, que estos pensadores enseñaron muhas otras cosas y muy valiosas: aquí permítasenos el simplismo de llamar, en adelante, "estoicismo" a la búsqueda de independencia afectiva de la realidad, a la actitud que prefiere no prestarle mucha atención a la realidad -personas y cosas- para no dejsarse afectar por ella).
Explícito o no, el estoicismo como actitud ante lo real es muy común en el hombre y se hace presente de muchas maneras en la historia del pensamiento. ¿Por qué? Se trata, en el fondo, de un mecanismo de defensa muy entendible. La realidad, una vez conocida, “gustada” realmente en su profundidad y riqueza, compromete también afectivamente, como dice otra vez Komar: “Donde se descubrió el sentido, aparece la fuerza atractiva del valor”[1]
La ruptura de nuestra indiferencia y el compromiso afectivo son, de hecho, la contraprueba del conocimiento: si la cosa no llegó al corazón, no “tocó el nervio”, quiere decir que no la conocimos profundamente.
Ahora bien, todo amor hace vulnerable. El amor conlleva siempre, como negativo, el temor de perder lo amado. De ahí la expresión de San Agustín “el temor es amor que huye”[2]. Y de hecho, muchas veces el temor se ve confirmado porque algo nos separa del objeto amado. Entonces, el desgarro afectivo es tremendo: nuestro corazón padece la tristeza con la misma intensidad con que había amado lo ahora perdido. Y el corazón, como ofendido, nos pide con voces lastimeras: “no me hagan sufrir más”, y se cierra con doble llave y candado. ¿Para qué enamorarse si agazapado tras el fuego vacuo del amor nos espera este terrible desgarro de la tristeza? Esta actitud -que es entendible tras un desengaño amoroso o tras la muerte del amado- si persiste en el tiempo y se vuelve un plan de vida se torna, a fin de cuentas, una patología.
Y eso es precisamente lo que propone el estoico: mejor vivir de tal manera que nada nos afecte: ni lo bueno, ni lo malo.
El amor es el "afecto primordial": sin él no hay ni tristezas ni alegrías.[3] Efectivamente, si no amáramos nada tampoco temeríamos nada, aunque eso se pague sacrificando también alegrías intensas. No importa: sin alegría ni tristeza, viviremos imperturbables, sin sobresaltos.
Esta actitud es profundamente inhumana. Buscar así la impasibilidad es ejercer una violenta represión del corazón, del espíritu.
La actitud más conforme a nuestra naturaleza es la que señala, en una conocida oración, la Madre Teresa de Calcuta: “Ser honesto y franco te hace vulnerable. ¡Sé honesto y franco de todos modos!” Parafraseándola podríamos decir: “El amor te hace vulnerable. ¡Ama de todos modos!”
Por eso creo que lo más categórico contra la actitud estoica ante la vida está dicho en esta frase de Oscar Wilde: “Lo más terrible [de haber estado preso] no es que nos rompa el corazón –los corazones están hechos para romperse- sino que convierta nuestro corazón en una piedra.” [4]
Es mucho más terrible –por más deshumanizante- el endurecimiento del corazón provocado por un dolor intenso que el dolor en sí mismo considerado: “los corazones están hechos para romperse”.
El estoicismo, en última instancia, intenta apagar en el hombre lo que el hombre es: un ser espiritual con vocación al amor. Esto no es inocuo: no es posible ir de frente contra la naturaleza del hombre sin mucha violencia y mucho daño.
Lo que dice Wilde es, a fin de cuentas, lo mismo que nos enseña la fe cristiana. Aunque parezca que no, nuestro corazón está hecho para "romperse", para "partirse" en el amor. Dios nos promete, en el libro de Ezequiel, que "tranformará nuestros corazones de piedra en corazones de carne". ¡A veces pienso que esta profecía debería meternos miedo! Convertirá nuestro corazón "estoico" e imperturbable en un corazón "cristiano" y vulnerable... Es el Espíritu Santo quien realiza este milagro "antiestoico". Y lo hizo de manera perfecta en el corazón de un hombre que es por eso el Hombre perfecto: Jesús. Él con su "sagrado corazón" nos muestra otro ideal: no se puede vivir sin dar la vida.
En cada Misa, y sobre todo en estos días previos a Pentecostés, le pedimos a Dios que nos dé ese mismo Espíritu con que llenó a Jesús, para que "por Cristo, con él, y en él" aprendamos la alegría de tener un corazón como el Pan: partido para dar vida.

[1] Emilio Komar. Orden y Misterio, Emecé Editores-Fundación Fraternitas, Buenos Aires, 1996. p. 130.
[2] Citado por Josef PIEPER. Las virtudes fundamentales, Rialp (Madrid), p. 23
[3] “El amor es el principio de todas las operaciones apetitivas. Quitado éste, en efecto, no habría ni gozo –en el caso de que alguien consiguiera algo que no ama- ni tristeza –si se le impidiera tener algo que no ama-. Si se eliminara el amor, también se eliminarían todas las operaciones apetitivas, pues todas se alguna manera están referidas a la tristeza y al gozo”. SANTO TOMÁS DE AQUINO, De Rationibus Fidei, Gladius (Buenos Aires), 2005, p. 24.
[4] Oscar WILDE. “Vita nuova”, en Selected Prose, Methuen, Londres, 1914, p.143.

domingo, 21 de mayo de 2006


EMILIO KOMAR

In memoriam
(1921-2006 )


Emilio Komar falleció el 20 de Enero a los 84 años, a los nueve meses de la muerte de Juan Pablo II, de quien era coetáneo (menos de un año menor), y con quien compartía algunos rasgos llamativamente similares, físicos y espirituales. Un común humus, genético y cultural, los alimentaba: ambos eslavos, ambos representantes genuinos de la gran tradición cultural centro europea. Komar nació en Ljubljana el 4 de junio de 1921, sus padres fueron Ludovico Komar, militar retirado del ejército hasbúrgico, y Cecilia Blazic. Cursó estudios primarios en Skopje Lok y luego en Ljubljana. En esta ciudad completó estudios secundarios con orientación clásica y, a partir de 1939, universitarios en Ciencias jurídicas. Continuó estos estudios en Italia, en la Universidad de Turín, donde recibió el título de Doctor en Derecho en 1943. Tuvo grandes maestros filosóficos en ambas universidades: En Ljubljana Josip Turky y Eugen Spectorsky, en Turín Fran Waland, Giusepe Gemelaro y Carlo Mazzantini. Fue un destacado dirigente estudiantil católico colaborando además con escritos en diversas publicaciones. obteniendo un premio por un trabajo académico.

En los comienzos de la segunda guerra mundial combatió como oficial del ejército real de su patria. Se transformó más tarde en colaborador inmediato del gran líder esloveno J.Kralj. Participó entonces en arriesgadas tareas de la heroica resistencia civil contra la dominación fascista primero, nazi y comunista después. En medio de estas vicisitudes contrajo matrimonio en 1944 con Majda Ahcic, su compañera y mentora de toda la vida, con quién tuvo dos hijas en Europa y cuatro hijos más, dos varones y dos mujeres, en la Argentina. La evolución de los acontecimientos políticos lo llevo a emigrar a Italia en 1945. Definitivamente anexado su país al bloque comunista decidió, luego de considerar diversas opciones (Suiza y Estados Unidos entre otras), venir a establecerse en la Argentina con su mujer y sus hijas en 1948.

Vista desde la perspectiva de los años pasados esta decisión nos manifiesta el misterio de la conjunción de la Providencia de Dios y la libertad de los hombres. Cincuenta y ocho años de vida entregada sin concesiones, hasta extremos heroicos, a su vocación cristiana, humana, familiar y académica, constituyen un aporte a la cultura católica de la Iglesia y de nuestra patria, que nos tomará años valorar en sus verdaderas dimensiones. Resulta imposible reseñarlo en estas líneas, baste subrayar los rasgos de genialidad: originalidad creativa y magnitud sobrehumana del esfuerzo realizado. Son ,entre otros tantos, ejemplos de esta originalidad creativa: sus investigaciones sobre el racionalismo, que lo llevan a una fundamental reperiodización de la historia de la cultura moderna; el
desarrollo de un personalismo ético y metafísico alimentado en las fuentes de un tomismo genuino y existencial; su actualización permanente, siempre profunda y esclarecedora, de los problemas y autores de la cultura contemporánea y el contacto viviente con la cultura clásica, griega y latina, que dominaba y amaba.

La transmisión de esta sabiduría dio lugar a una tarea docente de asombrosa magnitud: Habilitado como Profesor de Filosofía y Pedagogía en el Instituto de Profesorado del Consejo Superior de Educación Católica, fue Profesor de Ética y de Filosofía Moderna en la Universidad Católica Argentina; Profesor de Filosofía y de Lenguas Clásicas en varias Instituciones y Profesorados y en el Seminario de San Isidro; incontables cursos para abogados, ingenieros, médicos, psiquiatras y psicólogos; y aquello que él llamaba su “género literario propio”, el curso o cursillo filosófico ,con una metodología pedagógica personal, abierto a los auditorios más amplios y diversos. Se conserva, gracias a la devoción de una colaboradora, registro magnetofónico de cerca de trescientos de estos cursos y se calculaba hace algunos años en aproximadamente más de treinta mil personas su audiencia. Estos cursos des grabados, así como otros escritos, están siendo paulatinamente publicados por sus discípulos agrupados en “Sabiduría Cristiana”, entidad dedicada a la conservación y difusión de la obra del maestro y de su escuela.

Porque uno de las contribuciones de esta entrega a la docencia es la formación de una “Escuela de Komar”, cada vez más importante en su número y en la calidad y riqueza de sus contribuciones académicas. Una característica distintiva de ella es el común y espontáneo sentir de sus miembros de pertenecer a una gran familia, que se une a la de sangre en la irradiación de la fecunda paternidad del maestro. Estos hechos, junto con muchos otros que no puedo reseñar en este espacio, permiten vislumbrar la importancia del magisterio de Komar para la cultura argentina. Poco tiempo después de su llegada tomó un fructífero contacto con los hombres de los Cursos de Cultura Católica (César Pico el primero) y tanto ellos como Komar supieron valorarse rápidamente. La identificación profunda y explícita de Komar con el espíritu de los Cursos y su significación para cultura católica argentina explica, desde la perspectiva de los años, que Komar y su escuela constituyan hoy entre nosotros una continuación importante del legado de los Cursos.

Komar fue Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina durante los años 1981 y 1982. El Consejo Superior de Educación Católica le otorgó en 1988 el premio “Divino Maestro”. En 1992 el Papa Juan Pablo II lo nombró Caballero, en el grado de Comendador de la Orden de San Gregorio Magno en reconocimiento por los importantes servicios prestados a la Iglesia. El Obispo de San Isidro, Monseñor Jorge Casaretto le entregó esta designación, que había propiciado, en una ceremonia en la Catedral Diocesana. Desde 1995 fue, junto con el filósofo español Julián Marías, uno de los dos miembros de honor de la Asociación Médica Argentina. En 1998 recibió una condecoración del Arzobispo de Ljubljana, Dr. Franc Rode, por la trayectoria de toda su vida.

La severa enfermedad crónica de Komar (una diabetes insulino-dependiente), fue hiriendo gradualmente su salud mientras mantenía inalterable su ritmo sobrehumano de trabajo. Las descompensaciones se fueron haciendo mas frecuentes e intensas en los últimos años, en particular luego de su retiro de la Universidad Católica, a la que se vio obligado a renunciar en todos sus cargos frente a conflictos derivados de miserias, humanas que dolorosamente sobrevienen en la vida de las instituciones. La gravedad de su cuadro hizo temer, con fundadas razones, por su vida. Este hecho dio lugar a un extraordinario movimiento de solidaridad y de toma de conciencia que puso de manifiesto la magnitud del alcance de su magisterio y la profundidad de su penetración en los corazones. Se preparó un volumen de homenaje (“Vida llena de sentido”), con colaboraciones de una amplia gama de discípulos, que fue presentado en un emocionante y multitudinario acto en la Biblioteca Nacional a fines de 1999.

A partir de este momento los acontecimientos se fueron desarrollando de manera significativa. Se fundó “Sabiduría Cristiana” entidad hoy transformada en Fundación, encargada de recoger, preservar y difundir el pensamiento de Komar y de su escuela y que lleva a cabo desde entonces una intensa actividad de clases, cursos, simposios, reuniones anuales y publicaciones. Komar fue el centro de la mayoría de las reuniones anuales dictando clases memorables que convocaron a grandes auditorios. Gracias a la dedicación fervorosa de dos de sus discípulas, Guadalupe Caldani de Ojea y Marisa Mosto de Etchebarne, comenzó el trabajo esforzado de trascripción y edición de los cursos conservados. Hasta la fecha se han editado ocho cursos de variada duración en otros tantos volúmenes y el trabajo sigue adelante sin prisa y sin pausa. Comenzó a tener cumplimiento así el deseo que expresé en 1996 en la presentación del volumen “Orden y Misterio”: “El magisterio asombrosamente fecundo de Komar reclama su registro escrito”, y, mas adelante, subrayaba la “urgente necesidad” de esta tarea y agregaba: “Esta es una tarea de gran aliento que de ninguna manera le compete con exclusividad al Dr. Komar sino, mas bien, a todos sus discípulos.”

De manera convergente se fue produciendo en los últimos años un reconocimiento creciente de la obra de Komar en su patria, Eslovenia. Había escrito en su idioma casi un centenar de ensayos, meditaciones y editoriales en diversas publicaciones del exilio. Al recuperar Eslovenia su libertad y proclamar su independencia en 1991, este reconocimiento cobró renovado impulso. Su amigo Zorko Simchiz , destacado escritor y poeta, regresó a ella con su familia y contribuyó de manera eficaz a este propósito. Komar viajó allí por primera vez después de haber emigrado, tomó contacto con intelectuales y dirigentes, y pronunció luego una importante conferencia sobre actualidad de Santo Tomás en la Universidad del Sagrado Corazón de Milán, especialmente invitado por Don Luigi Giussani, fundador del conocido movimiento “Comunione e Liberazione”. Desde Eslovenia enviaron a la Argentina, por períodos, grupos de jóvenes universitarios para que se formaran con él. Su libro “Orden y Misterio” fue traducido y bellamente editado con un estudio crítico de un destacado filósofo esloveno en el que reconocía a Komar como uno de los dos más grandes filósofos católicos eslovenos del siglo trascurrido, subrayando que Komar descollaba por la calidad y la belleza de su estilo literario. Fue nombrado Profesor Honorario de la Universidad de Lubjljana y, un mes antes de su muerte, miembro vitalicio de su Senado Académico, máxima distinción esta que lo hizo feliz y coronó como broche de oro la parábola de su vida y de su obra.

Cabe referirse, para terminar, a la última y definitiva lección de esta vida: la manera ejemplar con que aceptó su enfermedad con sus dolorosas limitaciones y el espíritu indomable con que siguió sirviendo a su misión de maestro hasta el último aliento. En este final, en este tránsito triunfal a la consumación y plenitud de su vida, se pone en evidencia también, de manera patente, ese misterioso parentesco espiritual con Juan Pablo II que mencionamos al comienzo de esta nota.

El Señor me concedió la gracia de poder despedirme de él un día antes de salir de vacaciones, el 3 de Enero, a pocos días de su descompensación final, que sobrevino el 6. Había cumplido cincuenta años de ser su discípulo y amigo Quedó viva en mi corazón la imagen de profunda serenidad y bonhomía que irradiaba su persona. Me cuentan quienes lo acompañaron ya muerto que esta imagen se hizo aún más patente en su rostro, como si quedara trasuntada en él la dicha y la paz de la primera visión de su encuentro con el Padre.

Carlos Velasco Suárez
Febrero de 2006

domingo, 14 de mayo de 2006

Emilio Komar. "La comunicación: el otro en cuanto otro"

EL OTRO EN CUANTO OTRO
Emilio Komar
(Apuntes de una conferencia dada en San Isidro el 4 de septiembre de 1998)

Quien comenzó a tratar el tema de la comunicación fue Jean-Paul Sartre. Parte de su famoso pesimismo es, precisamente, la incomunicación. En uno de sus escritos, están encerrados en un mismo lugar un hombre y una lesbiana, cuyo mayor tormento es la obvia incomunicación que surge de sus respectivos gustos.
La literatura post-moderna vuelve al tema de la incomunicación de esta “no-sociedad”. “La masa es anti-sociedad”.
Hoy en día nos vemos rodeados de un vertiginoso crecimiento de las comunicaciones materiales: fax (perdón, eso es ya antediluviano), Internet, etc. ... Pero sin embargo falta comunicación humana. Fijémonos en la pérdida de los vecindarios: ya no están los almacenes, los mercaditos, esos centros “chismológicos” que unen a los vecinos. Hoy vive la gente más aglomerada, pero más incomunicada: no sabemos quiénes ni qué son nuestros vecinos.
Para comenzar a hablar de este tema, es preciso partir de la base de que la realidad es creación. Tengámoslo en cuenta.
Hablando de la “no-sociedad”, la filosofía política polaca dice que la sociedad debe ser la “familia de familias”. Y es verdad. En una familia cada miembro se ayuda.
La comunicación material -hoy en apoteosis- no basta. “El corazón habla al corazón”, dice el Card. Newman. La comunicación debe ser interior, afectiva, no material.
Un artículo de una revista europea decía, no hace mucho tiempo, que la cotidianeidad es igual a la banalidad. No. Lo cotidiano no es necesariamente banal. Lo analizaremos.
Recordemos ahora lo de la creación.
“Toda cosa está situada entre dos intelectos: el uno creador, el otro que conoce, que contempla.” La relación entre dos entes (lo que es), no sólo entre personas sino entre una persona y una cosa, debe ir más allá que un trato utilitario, que un trato de persona a “objeto”. Debemos ahondar la relación hasta llegar al intelecto creador. Eso hacemos al descifrar una obra de arte: llegamos al intelecto del artista. Entonces le vemos el valor a esa cosa, le vemos su sentido, y de ahí, de ver esa cosa como “apetecible”, queremos adquirirlo. (Pues es falso que la voluntad se mueve a sí misma; la voluntad muévese siempre arrastrada por un valor o un bien.)
¿Cuándo caemos en la banalidad? Cuando no le vemos a las cosas su valor, estético o no. Caemos en la rutina: la realidad es aburrida. Es nuestro deber el no terminar en la banalidad; en todas las cosas debemos ver criaturas de Dios, que en eso tienen su valor.
Hay un salmo que dice: “Dios plasmó los corazones uno por uno.” Y es cierto. Todos tenemos una “pepita de oro”, que puede estar límpida y pulcra, o bien roñosa. Pero siempre está. Y por eso valemos.
Según Víctor Frankl, el enamoramiento consta en descubrir en el otro esa “pepita”.
Les voy a contar una anécdota interesante: en la Alemania de luego de la Gran Guerra, una ola de alcoholismo sacudió al país. Varias agrupaciones católicas tuvieron una ocurrencia de preciso y excelente tino: en vez de tratar a los borrachos (casi siempre hombres cansados tras crueles jornadas de trabajo duro en fábricas), fueron casa por casa, para hablar con las mujeres de ellos, alentándolas a que pusieran flores en la casa, a que se arreglaran para recibir bien a sus maridos, etc. . ¡Éxito rotundo! Hay que hacer de nuestras casas hogares cálidos, humanos. No hogares “lindos”, pero hechos en serie: hogares auténticos. Sólo en un ambiente de calor el corazón se abre. Sólo cuando nos sentimos amados en serio, cuando tenemos confianza en el otro; y esto se da cuando éste confía en nosotros. ¡Es tan difícil confiar hoy!
El amor no existe si estamos buscando una satisfacción sensual. Bien. Pero el amor tampoco se da cuando buscamos una satisfacción afectiva. O sea, cuando vamos hacia el otro porque junto a él, yo me siento bien: porque habla tan bien, dice cosas tan lindas, etc.. De esa manera no penetramos en el otro. Sólo la inteligencia (el espíritu) puede hacerlo.
Si vemos esa “pepita de oro”, los rasgos exteriores feos del otro, se tornan lindos.
Debemos hacernos “otros en cuanto otros”. Esta frase pertenece a un discípulo de Santo Tomás de Aquino, Juan de Santo Tomás.
No debemos reducir, traducir lo del otro a lo nuestro. así no se conoce. El conocimiento realista sale de sí mismo: trata de comprender.
Un ejemplo de lo que es erróneo: Cuando doy clases de latín para religiosos, veo que ellos anotan todo, todo. Pero cuando me pongo a filosofar en torno a alguna frase, estando en clase de gramática, dejan de anotar. Yo entonces los reto, y los amenazo con que voy a tomar todo lo que estoy diciendo en el examen. (Risas). Anotan sólo lo que les interesa, no se meten en el mensaje del profesor.
No debemos ser posesivos, debemos hacernos otro para comprender su mensaje. Por ejemplo: leer cosas ajenas a nuestra profesión: no encerrarnos.
Veamos y analicemos estas frases, que son moneda corriente: “Juan domina muy bien el inglés” “Sé que Ud. maneja muy bien este tema.”
El lenguaje posesivo es fruto de una mentalidad posesiva. A ese hombre no le interesa el idioma para meterse en él, y disfrutar de la buena prosa de un Dickens. Lo traduce, lo domina.
“Hacerse otro en cuanto otro” es la base de la comunicación. Hegel afirma lo contrario: “dominio de lo ajeno sobre lo ajeno”. Posesión, no conocimiento. Esto, a la larga, termina en la violencia.
Blais Pascal analizó la palabra “divertissement”, que quiere decir: “mirar para otro lado”. Para los cultores del divertissement, el cambio no es el progreso en lo mismo; el cambio es... otra cosa, otra cosa, otra cosa.
Lo contrario a eso es la presencia. “Si el hombre no avanza en profundidad, avanza para el costado, mira para otro lado”. Y nuestra “pepita de oro” es infinita, pues es imagen de El Infinito, Dios Creador. Nuestra profundidad es infinita.
El conocernos a nosotros mismos es un deber que lleva toda la vida, y ésta no siempre alcanza. “Conócete a ti mismo y sé lo que eres”. Esto es el progreso.
Cuando uno se conoce, se hace “otro”.
“Ponerse al día” no es ir a la moda, es estar conociéndonos. Así lograremos ser auténticos, sacándonos las escorias, eso que no es nuestro. ¿Cómo saber lo que es nuestro sin saber antes qué somos? Y, si quiero lo mejor para mi novia, debo saber qué es lo propio de ella. ¿Cómo descubrirlo sin antes saber lo mío? ¿Cómo pretendo mejorar al otro sin haberme esforzado por saber, metiéndome en el otro, qué lo hace mejorar? Queremos dominarlo.
Ser independiente -no depender de nadie- no significa que nos autoabastecemos. Significa estar seguros. ¿Y cómo queremos estar seguros, si tenemos una imagen falsa de nosotros mismos? ¿Cómo ser independientes?
La soberbia no es el amor a uno mismo. Es el amor a una imagen errónea de uno mismo. El recto amor a uno mismo es un principio evangélico. Si Dios nos amó, ¿cómo no amarnos? “Amarás a tu prójimo, como a ti mismo”. Si no nos amamos, no podemos amar.
Generalmente, los problemas matrimoniales, o de amistad, etc., no se deben a una falta de amor de una parte a la otra; sino más bien a una falta de amor de él a él, que lo traslada a ella, y/o viceversa.
Una persona es inagotable. “Sólo en la Eternidad sabremos qué tipo de imagen creamos de Dios, cuando lo contemplemos” (Santa Catalina de Siena).
Ateísmo práctico: el que vive la gente que va a Misa todos los domingos, y que vive la religión como si fuera algo para adentro del templo, los domingos, para curas y monjas. Y la religión es para la vida. La noción de criaturas es necesaria para la religión.