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viernes, 31 de mayo de 2019

Las alas de la paloma

"Paloma de la Paz", Pablo Picasso

             “La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo” dijo Cristo en la última Cena (Jn 14, 27). 
               En ese contexto, vale aclarar, Jesús se refiere al “mundo” como esa realidad cuyo “príncipe” es el mismo Demonio (cf. Jn 14, 30), y que representa todas las fuerzas que se oponen a Dios, y que por eso “odia” a Cristo y a sus discípulos (cf. Jn 15, 18-19).
           La paz… ¿Quién no quiere la paz? ¿Quién no desea vivir en paz? Hasta los que hacen la guerra hablan de la paz… Pensemos, si no, en la sangre que costó establecer la famosa “pax” del imperio romano, o el nombre “peace keeper” que el actual imperio angloamericano le puso hace unos años a uno de sus misiles. En efecto, el mundo también propone una “paz”. Pero ésa no es la de Cristo. Ahora bien, ¿qué diferencia hay entre la paz de Dios y la paz del mundo?

            Se me ocurre una imagen que puede quizá ayudar a verlo de forma didáctica.
Inspirada sin duda en aquella que soltó Noé desde el arca y volvió trayendo en su pico una rama de verde olivo, signo de que Dios había hecho las paces con el mundo (cf. Gén 8, 10-11), la paloma blanca es hoy el símbolo universal de la paz. Podríamos decir, entonces, que así como la paloma vuela merced a sus dos alas, la paz verdadera sólo se sostiene gracias a la verdad y a la justicia.
La paz del mundo es muy seductora por su blancura y candidez, pero no puede volar pues tiene cortadas las alas de la verdad y la justicia. La paz que ofrece el mundo es una paloma de alas cortadas.

Paz sin justicia
          Los caminos falsos de la paz, siguiendo la imagen del Evangelio, diríamos que son “caminos anchos que llevan a la perdición”. Parecen atajos, y por eso atraen, pero son desvíos que nos descarrilan al precipicio.
Una de las formas de la falsa paz es la paz que nace de la injusticia. Serían ejemplos de ella las “pacificaciones” de los imperios. Es la paz del violento, del que hizo callar por la fuerza a su adversario, del que eliminó el conflicto eliminando al opositor. Es la “paz” que sobrevino, por ejemplo, después de Hiroshima y Nagasaki: una paz edificada en muerte. Los “tratados de paz” en estos casos son un triste eufemismo; no hay respeto al otro, ni siquiera hay sitio para la verdadera alteridad: sólo habla el vencedor. Con todo, su “orden” y su “tranquilidad”, malcimentados en las frágiles arenas del miedo, suelen ser atractivos.
Una forma menos “fuerte” de esta paz sin justicia -y más acorde a los tiempos que corren- es la que busca saltear los conflictos e ignorar los problemas, echando piadosos “mantos de paz” para evitar resolver de verdad las desaveniencias. Propia de una sociedad pusilánime y evasiva, que prefiere “mirar para otro lado” y no comprometerse con la realidad.
En nuestra patria hemos recorrido sucesivamente estos dos derroteros. Después de años de violencia guerrillera las Fuerzas Armadas lograron, con una violencia más fuerte, “pacificar” el país. La fragilidad de esa “solución final” no tardó en quedar de manifiesto. Años más tarde, quiso ponerse fin, con una paz por decreto, con un solemne “ya pasó”, a las heridas abiertas por esas décadas de violencia. Era otro falso atajo. Sin justicia verdadera, la paz no puede tener lugar.

Paz sin verdad
       Para el espíritu del “mundo”, la verdad es enemiga de la paz. La falsa paz de las vidas anestesiadas y de los corazones indiferentes se rompe, efectivamente, ante la percepción de la verdad. Para los cultores de esta pseudo paz no hay mayor adversario que la verdad. Su sola idea, nos dicen, engendra intolerancia y violencia. La única condición para poder convivir pacíficamente es que todos renuncien a la pretensión de la verdad. Sin esta “pluralidad” basada en el escepticismo no podría haber diálogo y respeto. O la verdad, o la paz.
Por supuesto que este pacifismo relativista, hoy tan vigente, en seguida enseña los dientes. La violencia con que busca erigirse e imponerse como “discurso hegemónico” revela su profunda contradicción interior. Pero sobre todas las cosas, deja a las claras su absoluta impotencia para servir de base a una convivencia social digna del ser humano. Por el contrario, al intentar erigir en sólido fundamento la natural liquidez del subjetivismo, abre las tranqueras a la desorientación más absoluta, al caos, y de este modo se se corta a sí misma las manos con que podría subsanar las mil injusticias que se siguen.
No es casual que el responsable de la mayor injusticia de la historia, por buscar -lavándose las manos- la falsa paz del “no te metás”, haya sido quien un poco antes dijera con displiscencia: “¿qué es la verdad?”.
Esta paz sin verdad es una paloma muy tierna y blanca. Es difícil no ceder a su arrullo encantador. De hecho, una de las peores tentaciones que tenemos como Iglesia de Cristo es la de renunciar a las verdades políticamente incorrectas (p. ej.: Jesús es Dios y el único Salvador, el aborto es un asesinato) por defender el diálogo todobienista y la sociedad plural.

La paz de Cristo
Pero el hecho es que Jesucristo es al mismo tiempo el “Justo” (Hech 3, 14) y la “Verdad” (Jn 14, 6), y por eso “Él es nuestra paz” (Ef 2, 14).
“La paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14, 27). La paz de Cristo, ante todo, es un don. Es algo que Él “da”. Ahora bien, la paz es, por excelencia, el don del Resucitado: las primeras palabras de Cristo para sus apóstoles la mañana de la resurrección fueron “la paz esté con ustedes” (Jn 20, 19). Es decir, que Cristo da la paz después de haber pasado por la pasión y la cruz. De ahí que su paz sea precisamente la fuerza y el coraje para enfrentar -hasta dar la vida incluso- la mentira y la maldad. ¿Podríamos imaginarnos a Jesús “dejando para el lunes” la sanación sabatina de uno de esos miserables leprosos, con tal de evitar el encono y la persecución de los fariseos? ¿Seguiríamos a un Cristo que, ante sus jueces del Sanedrín, a la pregunta “¿eres tú el Mesías, el hijo del Bendito?” hubiese empezado con dulces ademanes a negociar, a bajarse el precio, a transigir…?
La paz no es flor, sino fruto. Y el solo árbol que lo da es la Cruz. Por eso, más que buscar la paz, lo nuestro pasa por “buscar el Reino de Dios y su justicia”, y lo demás -la paz también- se nos dará “por añadidura” (cf. Mt 6, 33). Así no andaremos en pos de atajos ficticios para la paz, porque ella viene “de lo alto”, “de yapa”, como regalo de Dios. A nosotros nos toca comprometernos hasta el tuétano en la búsqueda de la verdad y en la práctica de la justicia, “realizando la verdad en el amor” (Ef 4, 15). Y entonces sí, "la paz de Cristo reinará en nuestros corazones" (Cf. Col 3, 15).


lunes, 19 de marzo de 2018

Dulce voz hiriente de Dios

Hace unos años tuve la oportunidad de visitar y recorrer algunos lugares de la imponderable Turquía. Estambul, la antigua Constantinopla, sin desmedro de su indisimulable y fascinante identidad, es una ciudad hoy por hoy cosmopolita y moderna, como las demás capitales europeas. Salvo que esté divisando las enormes cúpulas de Santa Sofía o la Mezquita Azul, o perdiéndose en los gritones pasillos del Gran Bazar, uno puede olvidarse de que está en la otrora capital del Oriente: Starbucks, Mc Donald's y la estética occidental han barnizado casi por completo la gran ciudad.
Una tarde, caminando por esas calles del primer mundo, llegaron hasta mis oídos, por sobre y en medio de los ruidos urbanos, unas voces que, a pesar de sentirse con claridad, parecían venir desde muy lejos, desde otro mundo, del más allá. Era un rezo musulmán, modulado en arcaicas melodías árabes, que desde los minaretes de alguna mezquita perdida entre los edificios se estaba derramando sobre la urbe apurada como una dulce bendición de eternidad. Quedé transido por ese canto sagrado, y casi instintivamente dejé de caminar. Creo que incluso me santigüé mirando al cielo, como si acabara de oír la voz de Dios. Sin decurso de tiempo ni mediación de palabras, recordé la caducidad de la historia humana, su origen divino, su destino de eternidad, el sentido de mi vida y de nuestra vida, y la vanidad de todo ese brillo mundano que hasta un instante antes me deslumbraba a mi alrededor. Todo el egoísmo de la ciudad consumista, toda la vanidosa superficialidad del mundo de la imagen, toda la ansiedad capitalista del tiempo que se compra y vende me parecieron heridas de muerte por esa filosísima cuña sagrada que hirió el aire de la tarde.
Esa experiencia dejó en mí una huella muy honda. Experimenté, en mi propia carne, la nostalgia de una cultura occidental que se extrañó a sí misma de Dios, la insaciable sed de lo sagrado de un mundo donde ya no se oyen las campanas. Y me pareció que era el Islam teocéntrico (y fanático), mucho más que una Iglesia edulcorada y humanista, quien le estaba señalando a Dios a una sociedad que lo extraña visceralmente, quizá sin saberlo.
Por eso en seguida brotaron los interrogantes: ¿Por qué nosotros, la Iglesia, no podemos hacerlo? ¿No cumplían una idéntica función las campanas de nuestros templos? ¿Por qué hemos perdido esa capacidad de herir el tiempo con el sable imantado de la eternidad? ¿Será que hemos dejado de usar el "doble filo" de la Palabra de Dios de la que somos guardianes y mensajeros? ¿Por qué ya no bendecimos con la lluvia del Cielo la reseca aridez de la tierra? ¿Acaso no tenemos nada de sagrado y de trascendente que pueda romper el profano encierro del mundo? 
En realidad, muchas de nuestras campanas no han dejado de sonar. Pero no se oyen. Quizá el aggiornamento para dialogar con el mundo no pase por callarlas o disimularlas, sino por ponerles a nuestros campanarios, como hicieron los musulmanes con los minaretes, unos buenos y sofisticados parlantes para que suenen mucho más, y así sigan siendo la dulce música de Dios en medio de los gritos de la modernidad.

"El Ángelus" de Millet

domingo, 18 de septiembre de 2016

La vida sin revocar

Dedicado a mí mismo, que amo tanto las molduras,
que envidio la sencillez de los que pueden mostrar su vida "sin revocar".

"Sencillito y de alpargatas
es mi rancho -les prevengo-,
porque no conozco prenda 
que no se parezca al dueño."

Omar Moreno Palacios, "Sencillito y alpargatas"

Ya no se trata necesariamente de ir "del otro lado de la vía" o al "bajo". Las metamorfosis urbanas y urbanísticas pueden haber cambiado el "estatus" de las viejas barriadas de casitas chatas en florecientes barrios llenos de departamentos y "pehaches"... Pero hay hoy un indicio inconfundible de que se está entrando en las "orillas": las paredes de ladrillos huecos que pintan de unánime color rojizo los arrabales y las villas de hoy. Ése el confín no tan indefinido donde alguna voz elocuentemente despersonalizada y extranjera empieza a chillar: "zona peligrosa". 
Creo que no me había dado cuenta de la potencia de este símbolo suburbano hasta que vi que algunas políticas de "pobreza cero" llevaban a colorinchear compulsivamente esas paredes. Esas paredes sin revoques, las que se empeñan en gritar la presencia de los pobres por sobre los gruesos paredones, son, para algunos, insoportables. ¿Por qué será?












**

Los pobres suelen ser como sus casas: sin revocar. 
Es mucho lo que un revoque hace: alisa las irregularidades, tapa los agujeros, por cierto embellece y realza, y permite un mejor blanqueo.
Y yo pensaba estos días que tantos pobres no generan, en su personalidad, actitudes de "revoque": no disimulan, se muestran como son. Sus virtudes están a la vista: sus vicios, tanto o más. Su vida es una vida expuesta, como sus ropas secándose al sol. Como sus ranchos, a la vista y al oído de todos. En el barrio todos saben qué noche él le pegó a su mujer, o cuándo volvió borracho; cuántas tardes ella fue al bingo o en qué esquina él vende droga, y cuánto duro su "gira"... Al alcance de todos están también su puerta abierta, su sufrida historia, su trabajadora rutina, su saludo cordial y su mano tendida. No hay revoques: se es así como se es, nomás.

***

Y así me conmueve verlos ante la Virgen, cuando peregrinan para el 8 de diciembre con su vida, su dolor, sus necesidades y sus vicios a cuestas, llevándose a sí mismos con lo que tienen y como lo que son... Y por eso en esa milagrosa procesión a la milagrosa Virgen de Luján hay risas y música fuerte, hay botellas devenidas jarras donde la gaseosa por generoso milagro se ha convertido en el vino de cartón, y hay muchas viseras, y hay olor a porro, y hay tantos cochecitos, en medio de las imágenes y de los rosarios, en medio del dolor... Los hijos más pobres están yendo a la casa de su Madre del Cielo: delante de sus ojos purísimos ellos juegan de locales, porque su mirada de misericordia no les exige maquillajes: les permite ser como son, "sin revoques".



viernes, 4 de octubre de 2013

Las manos más fuertes que las rejas

Siempre me costó rezar "de la mano". Seguramente era por falta de costumbre: en casa ni se nos cruzaba por la cabeza. Era una práctica rara, a la que nos veíamos sometidos únicamente cuando rezábamos el padrenuestro en las Misas de Tandil, en las vacaciones de la infancia. Entonces, rezar agarrados de la mano era una situación por demás incómoda, que salvábamos o resistiéndonos (si podíamos) o riéndonos por lo bajo.
Pasaron ¡tantos años! desde entonces... y nunca, hasta ayer, había entendido la hondura de rezar de la mano.


Como todos los miércoles, fui con mi amigo Cacho de visita a la comisaría IV de Virreyes.
Unos pocos metros separan el calabozo de la calle y de la plaza. Y sin embargo parece que uno se mete en otro mundo.
Ese mundo tiene su propia ley, sus propios códigos, su propio lenguaje, su propia lógica. A poco tiempo de frecuentar este sitio, uno va captando cómo funciona la sociedad de los encarcelados. Se detecta quién es el que, permaneciendo sentado, y ya sin necesidad de levantar la voz, le dice a otro que ponga el agua a calentar, o que vacíe el mate y cambie la yerba... y es obedecido sin mediar palabra. Y uno se empieza a acostumbrar a oír que a ése, tan buenito que parece, lo tuvieron que amansar porque cuando llegó "se sentía zarpado" y quería "pararse de manos" por cualquier cosa. Otras veces, preguntamos qué fue de los que ya no están más, y entre risas -bastante poco contagiosas- nos cuentan que tuvieron que mudarse a otra comisaría porque ellos mismos los habían "echado". A veces, es porque se enteraron -siempre se enteran- del motivo por el que cayeron presos, y se trataba de "violines" o de "transas", o de algún otro rubro que está condenado en sus códigos.
En ese antro, privado de la luz del sol, donde rige la ley del más fuerte y casi no se conoce otro lenguaje que el de la violencia, nosotros pasamos, sin embargo, momentos muy agradables. Ellos nos esperan, nos saludan con alegría, y nosotros los saludamos por su nombre de pila, y preguntamos por los que se fueron o los que llegaron nuevos. En seguida ponen el agua para el mate, que tomamos sentados a la par de ellos, en los improvisados banquitos "tumberos" hechos de tres botellas llenas de agua atadas entre sí. Después de una hora y pico de conversar de noticias y temas irrelevantes, de tristezas confiadas en voz bajita, y de groserías reídas a los gritos, nos preparamos para irnos hasta la siguiente semana. Pero antes de que el oficial de turno nos abra la pesadísima reja para salir del calabozo, les proponemos hacer un momento de oración. Cada uno pide lo que necesita, o da gracias a Dios, y terminamos rezando el padrenuestro y el avemaría.
El último miércoles, al introducir el rezo del padrenuestro, extendí las manos -por pura costumbre- al modo típicamente sacerdotal. Y los dos muchachos que tenía a mi lado, para mi sorpresa, me las tomaron, en un gesto que espontáneamente se contagió hasta que todos estuvimos de la mano.
Ayer, cuando fuimos de visita, no nos dejaron entrar al calabozo, y tuvimos que resignarnos a charlar y pasarnos el mate a través de las rejas. Sin embargo, cuando llegó el momento de rezar, fue César, uno de los muchachos, quien espontáneamente me alargó su mano entre los barrotes, mientras le daba la otra al compañero de al lado. Y así tomado de las manos hizo cada uno su pedido a Dios y a la Virgen... La reja, cuya fría solidez yo sentía en mis muñecas, en ese momento pareció desaparecer, vencida por la más sólida convicción de ser todos hermanos, todos pecadores, todos pobres y necesitados, en presencia de un Dios que nos quiere, y que estaba ahí mismo, tan presente, tan palpable, encadenándonos en ese gesto de humilde hermandad.
Dios no los liberó portentosamente de la prisión, como a san Pedro. Pero en ese lugar de violencia y de agresividad, de soledad y de resentimiento, de oscuridad y de dureza, Jesús hizo un milagro tanto más grande. Esas manos endurecidas por los golpes, insensibilizadas por el frío de los "fierros", acostumbradas a la velocidad del robo y al gesto amenazador del asalto, se unieron en un gesto candoroso y confiado, como prestado de la infancia (la abreviada infancia de los más pobres). Al menos por unos minutos, el más "tumbero" fue tan vulnerable como el "lavataper", nadie fue más que nadie y cada uno se supo hermano de todos los demás en el mismo dolor de la prisión, en la misma esperanza de libertad, bajo el mismo amor del Padre Dios.
Y conmigo Jesús hizo el milagro de ablandarme un poquito más el corazón.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Navidad saqueada (I)

Ayer, 21 de diciembre, corría en mi barrio de Virreyes un vientito fresco y agradable. Sin embargo, hacia el mediodía el día se puso pesado... Muy pesado.
Al principio, los comentarios en cada esquina: que estaban cerrando todas las tiendas de cerca de la estación, que iba a haber un saqueo como el de Bariloche, que estaban robando en el "Carrefour". Y las caras se ponían ansiosas, unas, de miedo; otras, de curiosidad.
La pantalla de la televisión, siempre lejana, empezó a mostrar los carteles celestes de nuestro municipio, los colectivos de nuestras calles, y la violencia de nuestro barrio. Unos pocos policías intentaban disuadir a varias decenas de jóvenes encapuchados que tiraban un diluvio de piedras para copar el supermercado Carrefour de la ruta 202.
Después, empezaban a caer al teléfono, como otros cascotes, los mensajes y las llamadas dando o pidiendo más información.
Después de una siesta imposible de dormir, decidí salir con la bicicleta a la calle. Grupos de chicas pasaban, muy orondas, con los brazos llenos de mercadería: "¡muy bien, las felicito!", se me ocurrió decirles, con indignación en los ojos. Unos vecinos me advirtieron que tuviera cuidado con los autos, que andaban como locos; un 371 lleno de ojos muy abiertos en las ventanas pasó por mi calle, escapado de la avenida Avellaneda, sumida en el caos. Estaban saqueando masivamente el supermercado chino.
 
Me aventuré unas cuadras más para el fondo. Las motos pasaban a las disparadas, llevando gente con mochilas llenas, y hacían un viaje, dos viajes, tres viajes... "¿Vio, padre, lo que está pasando?" - pregunta retóricamente una adolescente, indignada. Grupos de jóvenes pasaban a los gritos, casi corriendo, con carritos llenos de carbón y cerveza. "¿Vamo a saquear, padre?" -ensayó un chico enancado a una de las motos, como un chiste de mal gusto. Decenas de vecinos, parados en sus casas, miraban el panorama, ciertamente más entretenido que el de los programas de la media tarde. "¡Mirá lo que rescaté!" -mostraba uno su oprobioso trofeo, mientras volvía a su casa, con dos o tres compañeros.
De pronto pasó lo que temía:  reconocí a una señora, que volvía con sus dos hijos de nueve y once años, todos con las manos llenas de bolsas de supermercado, con la misma normalidad que si volvieran de hacer las compras un día cualquiera. Tenían que pararse cada tanto para reacomodar su triste mercancía. El mayor de sus hijos recibió de mis manos la primera comunión el año pasado; ella recibe permanentemente ayuda de Cáritas... Pasó y me miró, sin decirme nada. Después, la alcancé con la bicicleta, la miré a los ojos, y le dije: "¡Qué vergüenza!
Uno pasó en otra moto "recargada"  y me saludó "¡Padre!" como un día cualquiera. Me fui de ahí después de escuchar unos estruendos y de notar que mis ojos empezaban a picarme de una manera extrañísima: en Avellaneda habían tirado gases lacrimógenos. La policía había llegado, después de por lo menos tres horas de saqueo.

A la noche, recorrimos la avenida. Vidrios rotos, piedras, basura... Una tristeza densa quedaba en el aire, enrareciendo la noche, que estaba como ajena a todo, fresca y estrellada. Algunos comerciantes podían contar cómo habían logrado defenderse de los atacantes, mientras soldadores reparaban las cortinas metálicas destrozadas. Cada uno de los propietarios montaba guardia frente a su local, dispuesto a pasar la noche entera como un granadero defendiendo la fuente de su trabajo y el fruto de décadas de esfuerzo. Otros electrocutaban las rejas de sus kioskos, para amedrentar a los aprovechadores nocturnos.
Una grúa municipal se llevaba, entre los comentarios jocosos de varios chismosos, el auto destrozado del chino dueño del mercado. Muchos dicen que su dueño se suicidó, otros que lo mataron...
María, la jovencita paraguaya que atiende día a día en una carnicería que despojaron incluso de la balanza y de la góndola, tenía la mirada perdida, cansada de llorar, incapaz de digerir no sólo su seguro desempleo, sino el haber visto entrar a los vecinos de siempre, los mismos que la saludan todos los días, los que piden fiado, a aprovecharse y sacar lo que podían...

Tristeza, vergüenza ajena, vergüenza propia, bronca, indignación...
 
En medio de la corrida de la tarde, por una de esas calles, sentí un grito, una voz solitaria que se destacaba del ruido de las motos que desfilaban cargadas de desvergüenza. Interrumpí el diálogo que tenía con uno de los vecinos, y busqué con la mirada. Al rayo del sol, un señor no tan joven gritaba su ristra de ajos y su bolsita de limones, mientras seguía caminando, caminando... ¿Desde dónde vendría? ¿Cuántas horas al día pasaría tratando de sacar esos poquísimos pesos? Ese vendedor ambulante me cambió la tarde. A medida que se perdía hacia el fondo, igual que el sol, su figura me pareció agigantarse. Él era el otro Virreyes, tan o más numeroso que el del miserable saqueo. El de tantos varones y mujeres que saben en carne propia lo que es haber tenido hambre, aquí o en el medio del campo, y que no por eso han tocado jamás algo ajeno. Tras las huellas de ese señor, siguiendo su voz, me pareció que se ponían de pie tantísimas personas de nuestro mismo barrio que por pobres que sean o hayan sido, no han perdido jamás su honestidad. Y la ristra de ajos alrededor de su cuello se me antojó un silencioso galardón de honradez, una elocuente distinción de la dignidad de los pobres. Y pensé, algo aliviado, que mientras la bajeza humana rompía y robaba en la avenida, la dignidad seguía andando por las calles de mi barrio.

viernes, 3 de febrero de 2012

La privatización de lo público

De un tiempo a esta parte se ha impuesto una nueva moda en la política argentina: cuando  tiene lugar un cambio de gobernante, sobre todo cuando el funcionario electo pertenece a un partido político distinto del de su antecesor, el flamante mandatario no sólo renueva su gabinete con gente de su confianza y procura poner en práctica sus proyectos y promesas, lo cual es esperable, sino que antes que nada cambia la "estética" entera de toda la publicidad gráfica oficial y crea una suerte de "logotipo" que desde entonces será como el símbolo de su gestión.
La primera vez que registré esta costumbre fue durante el gobierno de Aníbal Ibarra en la ciudad de Buenos Ayres. Luego, la llegada de Macri supuso cambiar el logotipo de la gestión de Ibarra ("gobBsAs") por otro y pintar toda la ciudad del color de su propio partido político. 
En la zona donde vivo, en los últimos años, nos hemos acostumbrado a este fenómeno: el partido de Tigre no sólo cambió de "logo" y de color, sino que dejó de ser "municipalidad" para ser "municipio" (¿?), y lo mismo acaba ahora de ocurrir en mi partido de San Fernando.

Ahora bien, esto que a primera vista no parece ser más que una curiosidad estética, a mi humilde ver tiene, como toda estética, raíces más profundas. Esta moda del cambio de color gubernamental, de hecho, me alarma como síntoma inequívoco de una enfermedad social solapada.
En efecto, lo público, por naturaleza, se contrapone a lo privado. Consúltese si se quiere cualquier diccionario de antónimos. Desde el momento en que el candidato de un partido político obtiene un cargo público, ejerce su función y su ministerio para todos, y no sólo para sus correligionarios. Justamente porque es "público", es "de todos", más allá de que provenga de esta o aquella facción política.
Por ejemplo, cuando Cristina Fernández ganó las elecciones nacionales, pasó a ser la presidenta no del Frente para la Victoria sino la "presidenta de todos los argentinos", como a ella misma le gusta decir.
Las instituciones públicas tienen sus símbolos legítimos y reconocidos: nuestro país tiene su bandera y su escudo. También cada provincia, municipio o ciudad tiene sus propios emblemas distintivos. Ellos identifican al total de las personas que pertenecen a sus jurisdicciones, sin excepción. La bandera de la provincia de Buenos Aires -recientemente creada- o su escudo me simbolizan a mí y a todos los que viven en ella.
Por eso es llamativo que los titulares de las adminstraciones provinciales o municipales estén optando por dejar de lado los símbolos institucionales para acuñar otros alternativos... Se podrá decir en su defensa que no se intenta ciertamente reemplazar los emblemas públicos sino significar la propia gestión en tal o cual cargo público. En todo caso lo cierto es que la gestión se ve, siente y expresa como algo "privado", como algo perteneciente a la persona o al grupo político que la detenta, y no como algo que merezca ser significado con los símbolos "de todos". 
A mí esta tendencia me preocupa bastante: ¿no debería ser un orgullo del funcionario elegido por los ciudadanos poder estampar junto a cualquier obra llevada a cabo por él el escudo de la institución que representa? ¿No es acaso un privilegio para quien tiene un ministerio "oficial" poder rubricar sus actos y sus ordenanzas con los símbolos que identifican a toda su gente?
Eso debería ocurrir si lo "público" tuviera sentido. Es lamentable que los gobernantes prefieran un logotipo "personalizado" o en el mejor de los casos "partidizado" en lugar de los símbolos públicos. Esta "moda" de entender y vender las instituciones públicas como empresas privadas no es banal: está expresando que nuestro pueblo (y lamentablemente también sus representantes) ya no sabe qué es lo público. Ya no siente que lo público tenga que ver con lo que es "de todos": empezando por los baños públicos, pasando por los paseos públicos, los colegios y hospitales públicos... evidentemente alguna vez se iba a llegar hasta las más altas instituciones públicas. No son de todos: son "de nadie"... Y cuando no son de nadie, quedan libradas al más fuerte, y así acaban por "privatizarse". De este modo, podemos constatar que el sentido de lo público recorre un itinerario degenerativo que comienza por su enajenación ("no es de nadie") y finaliza en su privatización ("es del que tiene el poder").

 Será por eso que en nuestro país no hablamos de "administración" para referirnos al gobierno. Se administra lo que no es propio, sino que es de otro, y en el caso de la administración pública, "de todos". Los logotipos privatizados de nuestras gestiones "públicas" expresan cabalmente la manera que tenemos los argentinos de entender el poder político: no como un servicio honorabilísimo de servicio responsable a la sociedad, sino como un medio para alcanzar los propios intereses de quien lo ejerce.
Tal vez mi ponderación sea un tanto trágica, pero me llama la atención cuán benignamente la sociedad acepta estas "modas" tan poco inocentes, y por eso me animo a echar esta leña medio verde al fogón de la reflexión sobre nuestra patria, en el marco del Bicentenario.
Al menos, todavía la presidenta utiliza nuestra bandera y nuestro escudo nacionales... ¿Quién sabe? Si hasta ahora no nos han privatizado la mismísima república, quizá podremos tener motivos de esperanza.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Libertad de mentira

“Prefiero mil millones de mentiras antes que ser responsable de cerrar la boca de alguien. Es la verdadera forma en que entiendo la libertad, los derechos humanos y la participación democrática."
(Cristina Fernández de Kirchner, Acto de homenaje a los miembros de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos -CIDH-, en la ex ESMA, 11-09-2009).

La presidente de todos los argentinos, rodeada de militantes de organizaciones de derechos humanos, en medio de las acusaciones que se le hacían por la “ley de medios”, explicaba, con estas palabras, su decisión de eliminar el delito de injurias y calumnias. “Prefiero mil millones de mentiras a ser la responsable de haberle cerrado la boca a alguien”... ¿Fue sólo una exageración retórica o lo dijo en serio?
Como fuera, lo cierto es que cuando leí esta sentencia sentí un escalofrío. Peor me sentí más tarde, cuando noté que la frase que disparó la presidente había entrado sin provocar reacción alguna...
Intentemos comprender, con benignidad, el mensaje de la señora presidente. Ella nos dice, muy expresamente, que ésta es su “manera de entender la democracia, la libertad y los derechos humanos”... ¿Cuál es, entonces, su idea de “libertad”? ¿Qué derechos son “derechos humanos”? Intentemos pensar la respuesta.
Primera hipótesis: en su escala de valores la libertad parecería ser un valor absoluto. Si esto es así, no hay nada que justifique limitar la libertad de una persona. Ahora bien, la señora Cristina y quienes aplaudían sus palabras defienden la democracia. Podemos suponer, entonces, que ella adhiere a esta suerte de axioma básico de la cultura democrática: “todo ciudadano tiene derecho a ser libre en tanto que no lesione los derechos de los demás ciudadanos”. De aquí que se oponga con todas sus fuerzas a la impunidad de los militares que violaron gravemente derechos humanos de otros (y no sólo el derecho a la libertad, sino también el fundamental derecho a la vida). Por eso, existen leyes y prohibiciones: no hay libertad para matar, ni para torturar, ni para robar, etc. Pero por lo que se ve, para la presidente sí puede haber libertad para injuriar y libertad para calumniar.
Si perseveramos en nuestro intento de deducir alguna idea que rija todo esto, y no cedemos a la tentación de pensar que la ideología ha cegado la razón, desarmado toda coherencia y hecho estallar cualquier lógica, nos queda concluir que, evidentemente, para nuestra suprema gobernante, mentir es algo inocuo –o, por lo menos, algo “mil millones de veces” más inocuo que poner límites a la libertad-. Y eso es lo falaz, y eso es lo grave.
¿Por qué condenar el robo y la violencia y no la calumnia? ¿Será tan ingenua la señora Cristina de pensar que por ser "palabras" y no "hechos" las mentiras son menos dañinas? La verdad y la mentira nunca son sólo palabras. Aunque ahora parezca una cuestión teórica o de palabras, abrirle las canillas a la mentira puede producir ríos de sangre. Las palabras no son inofensivas: la palabra humana -sobre todo donde se desprecia y pisotea la verdad- puede sembrar el odio y desatar la guerra.
Aquí no se trata sencillamente de “libertad de expresión” o de “libertad de prensa”. El legítimo derecho a sostener y expresar las propias convicciones no tiene nada que ver con un pretendido derecho a mentir, y menos a calumniar públicamente a otra persona. ¿Es posible abrirle así las tranqueras a la mentira sin ofender gravemente los fundamentos de la sociedad? Tener derecho a injuriar y calumniar públicamente no es defender, sino pervertir la libertad de expresión.
Lo más inquietante del asunto es la falta de inquietud: nadie reaccionó. El proceso de descrédito de la verdad ha llegado a una altura notable. Está presente y operante por todas partes la idea de que el relativismo es una condición necesaria de la vida democrática. Quien habla de “la verdad” es un sujeto sospechoso. Cuantas menos convicciones firmes, más pluralismo; cuantas menos verdades, más democracia. “Verdad” es igual a uniforme, a censura, a represión. Tanto ha penetrado esta noción de “verdad” como archienemiga de la libertad que ahora la señora Cristina Fernández puede muy serenamente establecer el derecho a faltar directamente a la verdad, el derecho a mentir abiertamente, y nadie dice nada.
Pero por más anestesiadas que estén nuestras conciencias no deja de ser cierto que estamos hechos para la verdad, y que es fundamental en cualquier persona el derecho de buscar libremente la verdad y de expresar abiertamente sus convicciones sobre ella. Decía el viejo Cicerón: “Antes que todo, es propia del hombre la búsqueda y la investigación de la verdad” (De officiis, I, V). De aquí justamente emana el derecho inalienable a la libertad de pensamiento, de expresión, de prensa, etc. Es el deber y el derecho a “pensar sobre el sentido de la existencia tal como [a cada uno] le parezca justo, a dar su juicio sobre la vida y la muerte, el trabajo y la propiedad, la familia y el Estado (...); decir su propia opinión y vivir conforme a ella, dentro de las fronteras que establece el derecho análogo de los demás” (Romano Guardini, Dicurso en el Ayuntamiento de Munich, 10 de julio de 1960) . “Pero” -sigue diciendo Guardini- “para que se pueda reclamar el derecho a la propia convicción, para que se pueda fomentar la posibilidad de vivir conforme a ella, ha de existir tal convicción. La libertad no es el derecho a la despreocupación ni a la arbitrariedad en la opinión”. Mucho menos, a la mentira.
No es cuestión de determinar e imponer desde afuera el contenido de esa convicción. Se trata de que “exista en general esa actitud que se llama "convicción": que haya una conciencia de que existe la verdad, un deseo de encontrarla y un empeño en defender lo reconocido”. En este sentido, pues, la libertad “descansa en una auténtica relación con la verdad” (Ídem).
La libertad no es algo absoluto o autónomo: necesita una referencia. Supongamos que la libertad es como una “puerta abierta”... ¿Abierta a qué? ¿Abierta para qué? La puerta abierta pierde toda su razón si no lleva a ninguna parte, si no hay orientación ni sentido, si no se sabe adónde entrar o de dónde salir. La libertad está siempre al servicio de un “para qué”. La verdad, por lo tanto, no sólo no es la enemiga de la libertad sino que es su fundamento y su razón de ser. Dijo recientemente el Papa: “La libertad busca un objetivo y por eso exige una convicción. La verdadera libertad presupone la búsqueda de la verdad” (Benedicto XVI, Discurso a las autoridades civiles y al Cuerpo diplomático de la República Checa, Praga, 26 de septiembre de 2009).
Subordinar la verdad a la libertad es ya un grave desorden; sacrificarla en aras de la libertad es un tremendo despropósito. La libertad vive y se alimenta de verdad. Atentar contra la verdad es dejar desnutrida a la libertad, matarla de inanición. “Juntos debemos comprometernos en la lucha por la libertad y en la búsqueda de la verdad: ambas van juntas, mano a mano, o juntas perecen miserablemente” (Ídem, Cf. Juan Pablo II, Fides et Ratio, 90).
La confusión es tan grande que esta relación entre libertad y verdad no se ve. De hecho, asistimos perplejos a discursos como éste en que explícitamente se afirma la una en desmedro de la otra. El propósito de la presidente era demostrar, contra las acusaciones de tantos medios periodísticos, que nunca en la historia del país “la libertad de prensa había sido tan absoluta”... Para mostrarlo, Cristina Fernández eliminó los delitos de calumnia e injurias. Pero no: con el derecho a acusar falsamente a otra persona no gana nadie, y tampoco la libertad. La libertad "absoluta" se autodestruye. Sin la verdad, la libertad queda ella misma esclavizada.
Una sociedad en la que la verdad está tan desacreditada que ni sus leyes más básicas la protegen no es una sociedad de libres, sino de ignorantes. Y la ignorancia es el caldo de cultivo de las dictaduras. Un pueblo que ignora sus derechos no tiene capacidad de reclamarlos ni de luchar por ellos. Eliminar el delito de calumnia es violar directamente el derecho fundamental humano de buscar y seguir la verdad. ¿Qué clase de humanidad es la del supuesto derecho a imputarle públicamente a otro un delito, a sabiendas de que no lo cometió? ¿Qué humanidad estamos construyendo con medidas de este tipo?
¿De qué podrá servir, estos días, gritar la verdad del varón y de la mujer o la verdad del matrimonio ante el proyecto de “matrimonio” entre homosexuales, si para la ley da lo mismo seguir la verdad o mentir abiertamente? Si la presidente puede decir lo que dijo en un discurso emitido en “cadena nacional”, está abierta la puerta para sancionar por ley “mil millones de mentiras”.
Da miedo constatar que la confusión haya llegado a cuestiones tan fundamentales. Si permitimos que se viole el derecho humano a la verdad estamos dejando corroer los cimientos de la sociedad.

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"Para ser libres nos liberó Cristo" (Ga 5, 1). Quienes seguimos a Cristo, el Hombre libre, siempre tenemos algo que decir cuando se trata de la libertad. Sabemos por experiencia que la libertad nos viene de él, que es la Verdad. Él mismo nos enseñó que "la verdad los hará libres" (Jn 8, 32). En una sociedad confundida, vivir y enseñar estas palabras de Jesús es un auténtico servicio: es "amar al mundo" y ayudar a los hombres.