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martes, 7 de enero de 2025

Y la estrella de Oriente se detuvo.

 Pensamientos en torno a la verdadera y a la falsa eternidad.

  Hace bastante viene dándome vueltas a las mientes el tema de las espiritualidades (religiones, filosofías...) orientales. Y es que, cada vez más, esa cosmovisión, en muchas expresiones, nos sale al cruce de múltiples maneras y en donde menos lo esperamos: "retiros espirituales" en las empresas, mindfullness en los jardines de infantes y budas en los de las casas; reiki en varias partes y yoga en todas...

 Ahora bien, esto no es un fenómeno nuevo. En la Epifanía del Señor también se dio un auténtico cruce entre la sabiduría oriental y el Evangelio de Jesucristo: y el relato del evangelista San Mateo echa mucha luz a la problemática, más actual que nunca, de ese encuentro (o desencuentro) de concepciones.

  Sin dudas, un protagonista insoslayable del escenario navideño es la estrella de Belén. Los magos, en el Evangelio, dicen a Herodes: "Hemos visto su estrella [la del rey de los judíos] en el Oriente".

   Nadie duda de que los reyes magos representan a todo el mundo pagano: por eso su llegada al pesebre supone un misterio de "epifanía": el cumplimiento de esa revelación a los gentiles de que habían hablado los profetas. La tradición, que pintó a Baltasar como de raza negra, confirma esa intención de ver en esos tres misteriosos peregrinos a la totalidad de los hombres de buena voluntad que buscaban la verdad a tientas.

    Pues bien: los paganos llegan del Oriente siguiendo el curso de una estrella.

  El paganismo siempre tendió a divinizar los astros. Hasta el día de hoy, nosotros llamamos a los planetas con los nombres de los dioses del panteón romano (Júpiter, Saturno, Venus, etc.). También los indios americanos divinizaron al sol y a la luna. Y es lógico, porque acaso no haya nada, en este mundo, que dé más impresión de estabilidad y de orden que las estrellas, que, por lo demás, son brillantes y hermosas y están en lo alto del cielo. Sus ciclos perfectos "alrededor de la tierra" rigen los ciclos vitales de nuestro mundo inferior: de la "vuelta del sol" dependen nuestras cuatro estaciones, con su renovado milagro en cada primavera; con las cuatro fases de la luna, que mueven las mareas, medimos nuestras semanas y meses.

  De hecho, la única "eternidad" que los paganos conocen es esa infinitud de los ciclos que nunca se detienen, la del "eterno retorno".

   Pero en la Epifanía del Señor pasó lo que no podía pasar nunca: la estrella se detuvo. Y debajo de donde la luminosa estrella oriental terminó su cansado curso se hallaba, recostado en lo oculto de la tierra, el único y verdadero Eterno. El que había entrado de lleno en la historia justamente para romper con su Cruz -como quien pone un palo en la rueda- el círculo cansado de la falsa eternidad inmanente, siempre presa de sí misma.

   "Y la estrella se detuvo": el ciclo se rompió. Dios tuvo que meterse en el ruedo del mundo y en el circo de la historia para romperlos desde dentro, permitiéndoles, por fin, abrirse a la verdadera eternidad de Dios y otorgarles así un norte, una dirección, un sentido. Porque en la concepción cíclica de la historia no hay, en el fondo, antes ni después, más ni menos, mejor ni peor, no hay referencia alguna: cualquier punto es indistinto en la circunferencia.

  La falsa eternidad del paganismo es la que pretende trasladar al mundo del espíritu los repetitivos ciclos que sí -indudablemente- vigen en el mundo inferior. Pero el mundo material, en sus transformaciones cíclicas, es sólo una caricatura de lo eterno. La verdadera infinitud, en cambio, es la del mundo del espíritu, que tiene un origen determinado y tiene un final más allá de sí mismo. Y cuando se aplica a las realidades humanas y espirituales la rueda falsamente eterna de la religión oriental, esa rueda aplasta su identidad y su auténtica vocación de infinito, trocándola por el placebo de las teorías reencarnacionistas, que acaban por quitarle peso a la responsabilidad personal relativizando, en última instancia, el bien y el mal.

  Podríamos, didácticamente, plasmar estas concepciones de la infinitud en dos imágenes parejamente hídricas. La falsa eternidad pagana, típica de la sabiduría de Oriente, es como la fuente, que una y otra vez toma y escupe hacia el cielo la misma agua que luego habrá de caer en ella para reiniciar el mismo recorrido circular. Por el contrario, la genuina eternidad, propia de la concepción cristiana, está cabalmente expresada poéticamente en los versos de Manrique: "nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir".

  También hoy, cuando por los inmunodeficientes poros de nuestra fe enferma nos contagiamos de costumbres orientales, vuelve a darse -aunque no lo sepamos- este cruce entre las dos concepciones de la eternidad. Pero no hay compatibilidad entre una y otra, por más que una mirada muy superficial lo suponga posible. Hoy como ayer, el brillo exterior (la estrella), la ciencia (magos), la riqueza (regalos regios) parecen venir de Oriente, y nos deslumbran. Pero el Evangelio de la Epifanía nos enseña que la verdadera realeza, la verdadera ciencia, el verdadero tesoro están en la concretísima y opaca humildad del Dios hecho carne: Jesucristo, el Señor. 

  Y los magos orientales, dejando de lado el brillo de la estrella y la corte real de Herodes, supieron bajar la mirada y reconocer en la humildad de la tierra al Rey de los cielos, postrándose en su presencia y deponiendo ante Él lo que venían atesorando. 

  Que no nos pase hoy que los cristianos, olvidados del don de la verdad que nos habita, hagamos el camino inverso y nos postremos, des-lumbrados -es decir, apagada la lumbre de nuestra fe- por el atrayente brillo de la espiritualidad oriental, ante los astros del paganismo, que nos sumergirán una y otra vez en su rueda -quizá- sin fin, y -seguro- sin salida.


Ayacucho, 7 de enero de 2025

miércoles, 2 de octubre de 2024

Sobre la tentación de la falsa apertura

Reflexiones sobre el Evangelio del Domingo XXVI 

    El Evangelio de este Domingo (XXVI del Tiempo Ordinario, año B), tomado de San Marcos (9, 38-43.45.47-48), junto con la primera lectura (Núm 11, 25-29), nos alerta especialmente contra la tentación del sectarismo. Que podría definirse como la complacencia de pertenecer a un grupo exclusivo, y, llevada al extremo, como el regodeo en que otros muchos no pertenezcan a él. Todo lo contrario de la voluntad de Dios "que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1Tim 2, 4). 

    En la liturgia de la Palabra de este domingo, nada menos que dos grandísimos instrumentos de Dios como Josué y San Juan, siendo jóvenes, quedan expuestos al público bochorno por sus respectivos maestros, Moisés y Cristo, que los reprenden por la cerrazón de su mirada y la mezquindad de su celo. Ciñéndonos al Evangelio, vemos cómo el Señor recrimina al hijo de Zebedeo por haber intentado impedir que dos desconocidos ("no son de los nuestros") expulsaran demonios en nombre de Cristo. San Juan quería impedir una obra buena por el mero hecho de que quienes la llevaban a cabo no pertenecían a su grupo. El Maestro le hace ver cómo su estrechez de miras le había impedido reconocer el bien, y formula para siempre el antídoto contra toda forma de encierro autorreferencial: "El que no está contra nosotros, está con nosotros". Es lo que los maestros de la Iglesia más tarde repitieron con santo Tomás de Aquino: "Toda verdad, dígala quien la dijere, viene del Espíritu Santo" (Suma Teológica, I-II, 109, 1 ad 1). 

  Este espíritu de apertura es esencial a la Iglesia, que por eso es católica, es decir, universal: enviada y abierta a todos. La Iglesia siempre ha sido reacia a los movimientos centrípetos, que la encierran y deforman. Cristo mismo fue especialmente sensible ante la cerrazón religiosa de los fariseos, que se complacían en "no ser como los demás hombres" (Lc 18, 11) y por eso fueron incapaces de reconocerlo como Mesías. 

  Cierto es que en la Iglesia -por voluntad de su Fundador- hay roles de autoridad bien definidos. Pero toda jerarquía en la Iglesia está al servicio de su misión universal, que es su razón de ser: "Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos" (Mt 28, 19). Esa universalidad de pueblos que está patente en el milagro fundacional de Pentecostés, donde se ve que la Iglesia nació siendo universal, y ya desde el primer día predicó el Evangelio en todas las lenguas.

    Quizá hoy en día es bastante fácil comprender que la Iglesia no debe ser algo cerrado en sí mismo, una suerte de selección de pocos elegidos, dormidos en sus laureles. Pero, a la hora de evitar esta tentación, es mucho más difícil saber qué quiere decir que la Iglesia debe ser "abierta" y "universal". 

    De hecho, muchas veces lo que se entiende por apertura es una peligrosa caricatura de ella. 

    Una y otra vez aparece, en la historia de la Iglesia y de la cultura occidental, la tentación -no menos peligrosa- de oponerse al fanatismo sectario y a las guerras provocadas por la intolerancia religiosa con la renuncia de la verdad, con la opción por el relativismo o la indiferencia por la verdad como una condición sine qua non para establecer el diálogo y la convivencia pacífica entre los hombres. 

    Los ilustrados del siglo XVII y XVIII nos han legado buenas lecciones al respecto, propiciando una religión racionalista, que era a fin de cuentas un lavado deísmo, desprovisto de toda encarnadura y por ende incapaz de salvar. Pero las derivas de estas ideologías han continuado siendo operantes hasta hoy. 

    En efecto, en varios existe el secreto convencimiento de que no es posible la apertura y el diálogo fraterno sin dejar de lado la verdad. La verdad, como tal, está bajo sospecha. En el fondo, esto se debe a que se la concibe como el objeto de una razón fría y dominadora, siempre desencajada de la vida, de los sentimientos, de la historia concreta de los hombres y las mujeres a quienes debemos amar. "El amor, sí; la verdad, bueno, vamos viendo...". Se trata de una falsa dicotomía, asumida a partir de concepciones erróneas de lo que es la verdad y de lo que es el amor. Esta falsa disyuntiva es la que se expresa todavía hoy en día en la opción de la "ortopraxis" en desmedro de la "ortodoxia". 

    Un excelente ejemplo de la vigencia de esta concepción filosófica la tenemos en el Papa Francisco, que afirma una y otra vez: "La realidad es superior a la idea" (EG 231). Y si bien esa frase es pasible de ser bien entendida, constatamos, por la coherencia con otras enseñanzas pontificias, que no es así. 

    En el ámbito del diálogo ecuménico e interreligioso, varias veces Francisco postula como insoslayable esa disyuntiva entre la teoría (idea) y la praxis (realidad) en un pensamiento que ha expresado en varias ocasiones: "Avanzar, caminar juntos. Es cierto que el trabajo teológico es muy importante y hay que reflexionar, pero no podemos esperar a recorrer el camino de la unidad hasta que los teólogos se pongan de acuerdo" (Discurso al Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, 6 de mayo de 2022). 

    Lamentablemente, esta equivocada concepción de la verdad se traduce en afirmaciones muy graves cuando llega el momento de poner en práctica ese diálogo ecuménico o interreligioso, urgido -pensamos- por la buena voluntad de estar en comunión y paz con todos. Sin ir más lejos, en el recentísimo viaje apostólico al lejano oriente, el Pontífice enseñó enfáticamente: "Todas las religiones son un camino para llegar a Dios. Y, hago una comparación, son como diferentes lenguas, como distintos idiomas, para llegar allí. Porque Dios es Dios para todos. Y por eso, porque es Dios para todos, todos somos hijos de Dios. “¡Pero mi Dios es más importante que el tuyo!” ¿Eso es cierto? Sólo hay un Dios, y nosotros, nuestras religiones son lenguas, caminos para llegar a Dios. Uno es sijs, otro, musulmán, hindú, cristiano; aunque son caminos diferentes. Understood?" (Discurso en el Encuentro interreligioso con jóvenes en Singapur, 13 de septiembre de 2024). 

    Ahora bien, estas afirmaciones suponen poner entre paréntesis que la religión cristiana es fruto de una positiva revelación divina, y que el Verbo divino se hizo carne (cf. Jn 1, 14) y es Jesucristo, y que por consiguiente sólo Él es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6), "el único mediador entre Dios y los hombres" (1 Tim 2, 5), y que fundó una sola Iglesia para que "todos sean uno" (Jn 17, 21), enviada a todo el mundo para anunciar el Evangelio y bautizar, etcétera. 

    La ambigüedad de frases papales como "Dios no es católico" o "Dios quiere la pluralidad de las religiones" se resuelve aquí en una claridad total. Ya no hay duda de lo que Francisco está diciendo, bien que llevado por el deseo de la fraternidad universal, pero preso de malas premisas filosóficas. No hay salida: para poder vivir en paz como hermanos de todos deberemos renunciar a la fe cristiana y postular metodológicamente un deísmo desencarnado, donde las pretensiones de ese Hombre concreto, Cristo, no nos molesten. 

    ¿Cómo puede ser que, queriendo ensalzar la realidad sobre la idea hayamos desembocado en la más absoluta desencarnación de Dios? Es que los presupuestos eran racionalistas, por más antiplatónicos y revolucionarios que pintaran.

  Pienso que es Benedicto XVI nos brinda una piedra de toque para distinguir, en cristiano, la verdadera de la falsa apertura. Él afirmaba que, tratándose de la Iglesia, lo contrario de "conservador" no era "progresista", sino "misionero". Por consiguiente, cuando la apertura de la Iglesia debilita o ahoga la misión, esa apertura no es verdadera.

    ¿En qué queda la misión de la Iglesia si ya somos todos hijos del único Dios, y si todas las religiones son lenguajes igualmente válidos para acceder a Él? Y de hecho, las consecuencias prácticas del magisterio papal aludido conducen expresamente a evitar todo "proselitismo". 

    Ahora bien, la falta de fervor misionero acaba por dejar a los miembros de la Iglesia en la comodidad de su statu quo, dejando en evidencia la falsedad de la tan declamada apertura. La falsa apertura encubre así, debajo del fragor de las declaraciones, el peor de los encierros y la más ruin de las cerrazones: la del individualismo que se desinteresa de la suerte del otro, y que es la verdadera enfermedad pandémica de nuestra sociedad.

    Sólo hay genuina apertura donde no se oponen la verdad ("Dios es luz" -1 Jn 1, 5-) y el amor ("Dios es amor" -1 Jn 4, 8-), donde se "obra la verdad en el amor" (Ef 4, 15),  donde a fin de cuentas se busca cumplir la voluntad universalmente abierta de Dios "que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". 

martes, 21 de diciembre de 2021

El pesebre y la cruz

        Casi no hay una canción folklórica navideña que no mencione en alguna parte la Cruz de Cristo. Siempre me acuerdo de mi profesor de guitarra Patricio Quirno Costa, que, comentando esto, decía medio en broma algo así como: "Pero, che, será posible, si la Navidad es algo lindo, por qué tienen que meter ya la cruz, déjennos alegrarnos tranquilos...". Hoy, sin embargo, pensando en este rasgo de la fe navideña de nuestro pueblo, le encuentro un sentido cada vez más hondo. 

    Vayan, pues, dedicadas a Don Patricio esta pequeña reflexión y esta zamba como gratitud por haberme enseñado a dar, con la guitarra, algo de gloria a Dios y algo de alegría a los hombres.


EL PESEBRE Y LA CRUZ

La Navidad como misterio de reconciliación


Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, 
que alababa a Dios, diciendo:
"
¡Gloria a Dios en las alturas,
y en la tierra, paz a los hombres amados por él!
” (Lc 2, 14).

Es casi un lugar común caracterizar la Navidad como una "noche de paz". Y es la pura verdad: al nacer como hombre, Dios vino a traernos la paz. Vino a hacer las paces con nosotros, los hombres. A unir lo que estaba infinitamente separado: el cielo y la tierra. Jesús es "nuestra paz" (Ef 2, 14): es Él quien, de parte nuestra, da la gloria a Dios, a quien nosotros tanto ofendemos; y es Él mismo quien a nosotros, de parte de Dios, nos trae la paz. 

Ahora bien, la paz tiene razón de fruto: viene siempre después de algún trabajo: siembra, poda y cosecha. No hay atajos para la paz. La paz es -siempre- consecuencia, y consecuencia del amor que, solo, reconcilia. Dicho de otro modo: hay paz cuando hay pacificación. Y hay pacificación cuando hay un pacificador. Cuando, como se dice mi barrio, " 'tá todo pago"... es porque alguien pagó.

Por eso, el Ángel comenzó diciendo: "Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador" (Lc 2, 11). La gloria a Dios y la paz a los hombres son anunciados en relación con la llegada de este Salvador, el que con su "sangre" y con su "cruz" (cf. Ef 2, 13. 16) acercó a los que estaban lejos y amigó a los que estaban enemistados, pagando un altísimo precio.

Por eso, la Navidad, aunque es un misterio de gozo, tiene ya anticipos de la cruz: el rechazo de los hombres, la pobreza del pesebre, la soledad de la noche… 

"Pobre humilde nace
nuestro Redentor,
temblando de frío
por el pecador".

El niño que nace es el Salvador que vino para hacer la obra de la redención por su pasión y su muerte. 

El pueblo sencillo de Dios comprendió esta verdad profunda, y la expresó de muchas maneras. En efecto, en muchos pesebres se representa al Niño acostado con los brazos extendidos en cruz. 

"Cuando sonríe
se hace la luz,
y en su bracitos
crece una cruz" 

("Noche anunciada" de Félix Luna).

Son sobre todo los villancicos criollos los que hacen presente el misterio de la cruz en medio de la Navidad. Por ejemplo, entre las coplas de "Vamos, pastorcillos", encontramos esta estrofa: 

"San José y la Virgen
y santa Isabel
vagan por las calles
 de Jerusalén,
preguntando a todos
si han visto a Jesús:
todos les responden
que ha muerto en la cruz"

O esta que recopiló Juan Alfonso Carrizo en Jujuy:

"La Virgen fue costurera
y san José carpintero
y el Niño cargó la Cruz
que ha'i morir en un madero"

O también esta estrofa de una zamba ("Tristeza de Navidad") de Arturo Dávalos:

"Y como el zorzal, mi niño Jesús,
cantara si pudiera para velar
tu sueño feliz, porque al despertar
ya comenzarás a llevar la cruz". 

Porque Cristo nació para salvarnos, para hacer las paces con nosotros, por eso la Navidad es ya un misterio de reconciliación. Y por eso es Noche de Paz.

Por consiguiente, la Navidad tiene que ser para nosotros ocasión de reconciliarnos con Dios y de reconciliarnos entre nosotros. 

Pensemos en quién de nuestra familia necesita un gesto de cercanía de nuestra parte. A quién podemos hacerle un sitio en nuestra mesa navideña, aunque se haya portado muy mal con nosotros. A quién deberíamos pedirle perdón antes de esta Nochebuena...

Nos cabe por cierto a nosotros, que hemos sido agraciados con la "Buena Noticia" y reconciliados con Dios, ser artífices de paz. Para ello, siguiendo los pasos de nuestro "Príncipe de la Paz", hemos de cargar con la cruz del amor, para ser así, concretamente, "mensajeros de la paz": "¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama la paz, del que anuncia la felicidad, del que proclama la salvación, y dice a Sión: «¡Tu Dios reina!» (Is 52, 7). Y poder merecer un día la eterna merced de sus palabras: "Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9).

¡Feliz Navidad!




martes, 15 de enero de 2019

La epifanía escondida

"Los magos", xilografía de Pedro Hasperué

El "día de Reyes" es en realidad, para la Iglesia, la solemnidad de la "Epifanía", es decir, la brillante y alta manifestación de Dios.
Lo sorprendente es que hay alguna dificultad en encontrar luz y brillo en la noche de Belén, y en ese pobre bebito envuelto en pañales, nacido en un galpón de animales, junto a una Madre en el desamparo de estar fuera de su casa y de su gente...
Y sin embargo, así Dios se reveló a los pueblos paganos, representados por nuestros queridos Reyes Magos.
Es tan cierto lo que dice un himno del breviario: "[Dios] más se nos manifiesta cuanto más hondo se esconde" (Himno del Oficio de Lecturas de la Epifanía del Señor).
Parece que, en la Epifanía, sólo al apagar las otras luces se puede ver la Luz de Dios. 
Los sabios magos orientales, en efecto, debieron acallar las luces de su razón, de su sentido común y de sus expectativas -largamente alimentadas en ese azaroso periplo- para encontrar a un nacido "rey de los judíos" de quien ningún judío de Jerusalén había oído hablar pues, por lo demás, tenían a un rey tranquilamente reinante... Luego tuvieron que abandonar las luces de la capital y del palacio de Herodes con rumbo a una oscura aldea serrana; también fue preciso que se detuviera la luminosa estrella de su sapiencia astrológica para que pudieran reconocer a la Luz del mundo en ese Niñito junto a su Madre, ignorado de todos.
Las dos luces a la vez condujeron a los pueblos paganos hasta el umbral de la Verdad: primero la ciencia humana; después, el Antiguo Testamento, la sabiduría bíblica de los escribas judíos. Pero llegados allí, ambas tuvieron que menguar hasta ocultarse. Ahora, habiendo ingresado en esta humilde Luz nueva, ya no es posible "volver por el mismo camino": y los magos regresaron, felices, con la luz de la Fe para su corazón sediento.

sábado, 8 de octubre de 2011

Ángeles del Encarnado

 «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Jn 1, 51).
Con ocasión de la fiesta litúrgica de los arcángeles San Gabriel, Miguel y Rafael anduve pensando un poco en los ángeles, en su lugar en el plan de salvación, en su culto, y en su actualidad, que oscila casi vertiginosamente entre la obsesión y el olvido.
 
Casi siempre me da la sensación de que los ángeles están hoy como confinados a la infancia. Si se admite que existan -todos recordamos a Jesús diciendo: Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial (Mt 18, 10)-, son "ángeles de la guarda" cuya función -¿o su existencia?- se apaga con la niñez.
En nuestras celebraciones aparecen casi únicamente para las primeras comuniones, eso sí: revoloteando por todos lados ("subiendo y  bajando en todas las direcciones") y con colores vaticanos, estampados en los bancos de la iglesia y pringados en las tortas de la fiesta.
¿Cuál es la misión de los ángeles?

En todo caso, el pasaje del capítulo primero de Juan que la liturgia propone para la fiesta de los arcángeles me parece muy importante. Los ángeles suben y bajan sobre Jesús, el hijo del hombre, como subían y bajaban por la escalera que soñó Jacob (Gén 28, 11-19). La expresión del evangelio -"hijo del hombre"- no es casual: no simplemente el "Verbo" o el "Hijo", sino el hombre Jesús, Palabra hecha carne, es la única escala que une el mundo de Dios y el de los hombres.
Cuando en ámbitos más propensos al esoterismo y la espiritualidad gnóstica se tiende a buscar la mediación de los ángeles independientemente de su relación a Cristo, estos textos cristianos nos advierten que los ángeles están al servicio de Jesucristo (cf. Mc 1, 13; Heb 1, 9-2, 16; Col 1, 16). Esto quiere decir que, en el plan salvador de Dios, las creaturas más "puras", las más espirituales, sirven al Encarnado; los "espíritus puros" son -como para María y para José- mensajeros y sirvientes de la encarnación.
Por eso, creo que en este pasaje del evangelio de Juan que remite a la "escala de Jacob" se nos proporciona la "escala" con que medir la ortodoxia de nuestra espiritualidad. Como los espíritus que vienen de y llevan al Hijo del Hombre, la espiritualidad verdaderamente cristiana tiene que brotar de y conducir a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Y es que no ya los "espíritus" creados, sino el mismo Espíritu de Dios, es el gran artista que obró la Encarnación y la Pascua del Logos.
Quizá podemos invocar más la ayuda de los ángeles, para que ellos nos ayuden a no olvidarnos nunca de mirar al encarnado, crucificado y resucitado por nosotros. Y para que también nosotros podamos ser, con su ayuda, "nuncios de la encarnación", misioneros del Dios que por amor quiso ser uno de nosotros.