martes, 22 de septiembre de 2026

Luis E. Poenitz (1956-2026). In memoriam.


 ¿Es posible que la belleza dañe? ¿Cabe pensar que la pureza pueda enfermar? ¿Se puede morir de idealismo?

  Y cómo me gustaría decir que no, que no es posible, alejando a manotones la molesta verdad, que zumba  persistentemente queriendo metérseme en los oídos y en la cabeza.

  Pero ayer murió Luis Poenitz, y entonces debo confesar que es cierto: la belleza puede hacer mal. 

  Y claro, no es que la belleza, de suyo, sea nociva. No es ella, en realidad, la que enferma. Y sin embargo, lo que es innegable es que la belleza hiere. Como el amor. El dardo de la belleza hiende la carne del corazón, como una filosísima cuña de eternidad que se mete en las frágiles fibras de nuestra finitud. Y el vacío que deja esa estocada en el alma -un vacío insaciable-  la pone en un perpetuo estado de intemperie, en una situación de absoluta indefensión. Como la de un enamorado. 

   Ésta es la enfermedad de los poetas. Y Luis era uno de ellos. Yo lo he visto llorar delante de sus alumnos adolescentes tan sólo con oír leer un verso de Antonio Machado. Teresa Parodi, a quien Luis tanto admiraba, describió este mal de los sensibles como un "andar con el alma en vilo". 

   ¿Cómo hace lo mortal para albergar lo eterno sin estallar? ¿Cómo hace la carne para cobijar el espíritu sin sucumbir? ¿Cómo no enloquecer en medio de las presentes impurezas habiendo experimentado el llamado de la pureza siempre ausente?

      Ni don Platón ni don Quijote, nuestros santos patronos, han podido salir airosos de esta desigual batalla. Sólo el poeta de los poetas, el Verbo de Dios, pudo conjurar este mal -viejo como Adán (que es el arcaico poeta, el primer nombrador)-, con el misterio de su encarnación. Pero nadie, sin una especial gracia del cielo, puede acceder a esa verdad, "escándalo para los judíos y locura para los griegos", y no de un modo sólo nocional, sino de un modo capaz de modelar la vida concreta, aquí y ahora.

      El problema es cómo hacer para vivir, o mejor dicho, para convivir con esa lastimadura llamada a nunca cicatrizar. Y tenerla siempre limpia, siendo que está siempre abierta. ¿Cómo evitar que se infecte la llaga del corazón?

    Será por eso que tantos poetas, tantos verdaderos artistas, terminan enfermándose como terminó enfermo Luis: no pudiendo soportar en la débil carne el ideal, no sabiendo caminar juntos el quijote que los constituye con el sancho que los caracteriza, y disputándose uno y otro, por turnos, el gobierno o desgobierno de la ínsula interior...

   Por eso, para protegerse siquiera un poco, el profesor Luis Poenitz se refugiaba, a veces, en una formalidad rayana en el anacronismo, en una circunspección de tono y maneras prestados de Salamanca, donde obtuvo el más rotundo de sus muchos títulos: "Doctor en filología bíblica trilingüe". Pero bastaba un "rayo de sol" en el bosque oscuro, como en el verso de Pemán que él me hizo conocer, para que toda esa dureza se fundiera en ríos de afecto desbordado.

    Lo conocí a Luis en el colegio, a mis quince años, cuando llegó como profesor de Lengua y literatura de 3° año. Fue entonces que nos presentó a Marechal y a Muijica Láinez, dos almas de su misma exquisita raza espiritual. En ese año de 1996 murió su padre, el prestigiosísimo historiador académico Erich Poenitz. Me acuerdo que alguien del colegio golpeó la puerta del aula, cuando él nos estaba dando clase, y le dio, en secreto, la noticia: él sólo dijo "perdón", visiblemente turbado, alzó su portafolio y se fue en seguida. Fue la primera vez que entreví su sensibilidad. Lo tuve también medio año más, como profesor de literatura, en 4° año. En ese último año nos hizo conocer a Antonio Machado, Miguel de Unamuno, Pérez Galdós... Y a mediados de 1997 se fue del colegio, sin haber revelado al hombre detrás del profesor.

    Fue solo después, gracias la amistad que me brindó su hermano Gustavo -quien fue profesor de Historia los últimos dos años de la secundaria- que me reencontré con Luis (o, me atrevería a decir, que lo conocí por primera vez). Y eso se dio guitarra y canto de por medio, entre milongas de Larralde y chamamés de la Parodi.

    Desde entonces, compartimos muchas charlas y anduvimos muchos caminos. La amistad quedó sellada cuando empezó a visitarme durante la convalecencia del grave accidente que tuve a los dieciocho años. Yo había empezado a estudiar Letras y con cuánto gusto nos demorábamos en interminables disquisiciones lingüísticas. 

    Cuando, un par de años después, decidí anotarme en la carrera de Filosofía, fue él quien me aconsejó estudiar en la universidad de los padres dominicos, donde enseñaba Latín. Y así, se convirtió de profesor en amigo, y luego, otra vez, de amigo en profesor. Pero estas clases apasionantes (que duraron tres intensos años) ya incluían muchas horas extracurriculares, repartidas entre óperas en el Colón y el Avenida, tardes de sol en Punta Chica, noches de guitarra en Liniers, y mate y vino en todas partes. Cualquier tema daba para un día y medio, y de tanto gastar horas conmigo llegó casi a hacerse (con ser de la edad mi padre) amigo de mis amigos y hermano de mis hermanos.

   Dejamos de vernos cuando, entrado yo al seminario, él se volvió a su Concordia.

  Hoy pienso que fue necesario ese distanciamiento, pero nunca dejamos de acompañarnos en los momentos importantes (su nombramiento como académico de Letras por Entre Ríos, mi ordenación sacerdotal), y estos últimos años cinco años nos vimos puntualmente cada febrero, cuando reeditábamos, en apretadas horas de guitarra, mate, libros y fe, el historial entero de nuestra amistad.

    No podré dejar de agradecerle cada vez que esté entre mis latines, rezando, leyendo o traduciendo con tanto gusto. Nunca será suficiente la gratitud por haberme iniciado en la ópera, en Pemán... y en el coñac.

   Querido Luis, estoy seguro de que nuestro buen Dios guarda un lugar para los perpetuos heridos de la belleza, para los eternos enamorados del ideal, para los que, incluso si pecaron, fue justamente por no poder soportar el martirio cotidiano de sentirse siempre fuera de lugar y de vivir en esta tierra creyendo pertenecer a otro mundo y a otro eón... 

    Y ahí, amice mi, en una esquina sin ochava y copa de por medio, como en nuestros bares porteños, nos sentaremos, sin tiempo, a seguir con la charla que ayer, 21 de septiembre de 2026, se interrumpió.


**** 

DIEZ DÉCIMAS A DON LUIS


Desde la pampa de mi alma

-y es pampa también el río-

estoy trepando a las palmas

de mi querido Entre Ríos.

Río arriba el canto mío

remontando el Uruguay,

llevando el cariño que hay

en el llano por el agua:

en gratitud se  desagua

mi guitarra  a Villaguay.


  Del seibo el amor sangrante

manchó mi nórdica flema

y por eso en este instante

siento que el pecho me quema.

Y en un surero poema

hecho en décimas rimadas

te iré dando entreveradas

en el barro algunas flores,

que aunque no sean las mejores

son mías y no robadas.


Vientos del Sud perfumados

y mil mates mañaneros

son los que le han enseñado 

a hacer trinos a este tero.

Para hacer un canto entero

es preciso saber mucho

pero tantos santos duchos

lo han de ayudar en la empresa

a un paisano de Ayacucho

que con fe viva les reza.


  Y ya con la bendición 

busco templar mi garganta

para empezar la canción 

que en mi pecho se agiganta.

Cuando es surero el que canta

y de sentires se trata

un bordonear se desata

y aunque el rockero rezonga

brota sola la milonga

de la cabeza a las patas.


   En las vueltas de la vida

que son caminos de Dios

la vocación compartida

nos fue juntando a los dos.

Y si se quiebra mi voz

por todo esto que te digo,

no quiero saber, si sigo

ponderando tu amistad,

porque has sido en realidad

más que maestro un amigo.


  Como los gauchos reseros

fuiste cambiando de pago

pero a Entre Ríos primero

le debemos el halago.

Y aquí de emoción me embriago

al notar tu semejanza,

por los consejos y andanzas

en la Argentina y el mundo,

con el viejo Don Segundo

(perdoná la comparancia).


  Pero el destino que a veces

nos lleva ande no queremos

a vos te pagó con creces

-todos los días lo vemos-

Tus amigos lo sabemos:

renunciaste sin consuelo

al país de tus abuelos,

y con la Patria en las ancas

te nos fuiste a Salamanca

a aquerenciarte a ese suelo.


  Borracho de casticismo

y con las alforjas llenas

volviste a este suelo, el mismo

que te había llorao con pena.

Y la figura serena

de mi río, pampa y aire,

cautivó con su donaire

tu corazón castellano,

y te trajo de la mano

a la noble Buenos Ayres.


Y así como el Plata es hijo

del gran río Urugua-í,

vos como yo somos hijos 

de la tierra guaraní.

Somos como el colibrí

picafloreando la vida;

cada segundo convida

a disfrutarlo mateando

pa’ terminarlos cantando

en coplas anochecidas.


  Por eso es que así te canto

esta milonga campera

pa’ que sepas cómo y cuánto

te agradece mi alma entera.

Y que sepan los de afuera,

que quedarán de testigos,

que lo que hiciste conmigo

no he de olvidarlo jamás:

QUE SE ENSEÑA MUCHO MÁS

SIENDO, MÁS QUE MAESTRO, AMIGO.

 

Cristián Dodds (h.)

Punta Chica, 22-23 de noviembre de 1999.

   

sábado, 4 de julio de 2026

Pecados de lesa humanidad

 



“Criolla mi alma, se asombra y sueña

frente al misterio de la ciudad,

y aunque me imponen lo diferente

yo amo la vida y lo natural”

P. Julián Zini, “Soy”

 

            Una noche hace poco, hablando con un amigo al amor de la estufa a leña, se me ocurrió la (literalmente) trasnochada idea de inventar una nueva categoría de pecado: el pecado de lesa humanidad.

            Todos estamos acostumbrados a la expresión “crímenes de lesa humanidad”. En efecto, en la jerga de los jurisconsultos el adjetivo “lesa” (herida, ofendida) es usado desde antaño: se hablaba de crímenes de “lesa majestad”, de “lesa patria”, etc. según cuál fuera el objeto último del delito en cuestión.

En cuanto a la expresión “lesa humanidad”, si bien uno podría dar por sentado que todo crimen atenta contra el hombre, se acuñó la fórmula para designar aquellos actos que parecen ofender más directamente la dignidad humana: la matanza de inocentes, la tortura, los genocidios, etc.

            Análogamente, todo pecado es, por definición, un obrar que atenta contra el hombre (y en primer lugar, contra quien lo comete): todo pecado es deshumanizante. Y si bien “errare humanum est”, y el ser pecadores es un aspecto innegable de nuestra condición, es la lucha permanente contra la tentación y el crecimiento en las virtudes lo que nos va progresivamente haciendo más “gente”, más “humanos” (que no en vano son en nuestra habla sinónimos de ser sencillamente más “buenos”).

            Sin embargo, pienso que estamos hoy asistiendo a la aparición de toda una serie de nuevas acciones (o más bien, sobre todo, omisiones) que callada, pero muy certeramente, atentan contra lo más específicamente humano, contra aquello que nos hace ser lo que somos, en fin, contra nuestra naturaleza. Son, las más de las veces, acciones fútiles, que fácilmente pasan inadvertidas, y que logran muy bien, por su misma insignificancia, disimular su carácter negativo. De hecho, pienso que lo novedoso (en todo caso) de ésta mi peregrina propuesta ética estriba más en el hecho de considerarlas “pecado”, que en el calificarlas como de “lesa humanidad”.

            Los ejemplos son muchísimos. Pero pondré adrede dos, contrastándolos con dos acciones que a primera vista podrían parecer más claramente pecaminosas.

            Como primer ejemplo, supongamos a un niño de diez años que se pasa cuatro horas cada tarde encerrado en su cuarto mirando alguna pantalla.

            Otro niño del mismo barrio y de la misma edad, gasta ese mismo tiempo en asolar los árboles de la vecindad hondeando pajaritos con un amigo (y cada tanto, cuando yerra, abollando algún coche o rompiendo alguna ventana).

            Las malas catequistas de las malas parroquias enseñan que es un pecado matar pajaritos con la gomera. Pero nada dicen de quedarse adentro y no aprovechar las tardes de sol, de perder el tiempo, de aislarse, de pasarse horas echado en un sillón o tirado en una cama, de dejarse llenar la cabeza de mil y una imágenes virtuales y no saber mirar los pájaros, los árboles o el cielo del atardecer.

            Segundo ejemplo: unos amigos de diecisiete años están pasando una noche en una casa en el campo. Después que comieron, se ha quedado cada cual atento a su teléfono celular, hasta ser vencidos por el sueño e irse yendo, uno tras otro, a dormir. Noche de paz.

            Quince años antes, el hermano mayor de uno de ellos está pasando la noche de un fin de semana de campo en la misma casa. Después de comer, se quedaron tomando vino y fumando a escondidas, hablando de la vida, hasta que después se armó una guitarreada bastante ruidosa que se prolongó hasta casi el amanecer. A la mañana siguiente, los adultos dueños de casa encontraron el tendal de botellas y el penoso estado de los jóvenes.

            Éstos últimos recibieron al día siguiente una justa reprimenda. De más está decir que los chicos de la pacífica noche de celulares no hicieron nada que les mereciera un reproche.

            Pues bien, hoy quiero, solemnemente, estamparle a estos dos casos de acciones aparentemente inocuas (y sin duda inocentes) el horrendo baldón de “pecados de lesa humanidad”, y sostener en alta voz la afirmación (a primera vista absurda) de que ellos son más graves que las reprobables acciones que les contrapuse. Es decir, que me parece ciertamente más grave el que un niño se pase la tarde jugando a la play que matando pajaritos, y que me asusta más esa calma noche de jóvenes enfrascados en conexiones virtuales e incapaces de conectarse entre sí que el grupete de imberbes desaforados que se pasó de copas.

            Sí, prefiero esas acciones, aunque sean pecados, porque incluso en su desorden, tienen más entidad, más personalidad, más humanidad que las otras, que no son pecados.

            Porque ¿puede seriamente decirse que es pecado pasarse una tarde de sol frente a una pantalla? No, la verdad que no.

¿Y qué pecaminosidad hay en que en un grupo de jóvenes amigos cada uno haya estado mandándose mensajes con una infinita lista de contactos virtuales hasta conciliar el sueño? Nada, a decir verdad, nada.

Y ése es el problema: que el problema no se ve. Los pecados de lesa humanidad tienen esta taimada característica de ser invisibles. Y en eso reside su peligrosidad... y la maestría del diablo. Actúan subrepticiamente, como los bichos que corroen por dentro las maderas, royendo el nervio sin ser sentidos y preservando indemne la fachada.

Esta dificultad proviene de la parvedad misma de estas acciones. Cada pecado de lesa humanidad tomado en sí mismo es tan pequeño que su nocividad es imperceptible. ¿Cómo se va a indignar uno porque un chico se pase una tarde de sol frente a una pantalla? ¿Y a quién se le ocurre llamar a una cruzada contra ello? Con esto, el combate contra estos nuevos pecados se hace muy arduo: muy fácilmente se considerará como cosa de locos o de fanáticos.

Sin embargo, los pecados de lesa humanidad nunca obran aisladamente, sino en conjunto.  Son como las plagas de insectos... Nunca fue problema una tucura sola: pero no hay nada más devastador que una manga de langostas. La cuestión es que, así como no hay tucuras aisladas, sino que, cuando hay, hay muchas, tampoco estos pecados se dan solos. Son hijos de un ambiente cultural determinado que, a modo de caldo de cultivo, ha generado las condiciones óptimas para que nazcan, sin saber cómo y de dónde, de a miles de millares. De ahí que nadie cometa solamente un pecado de lesa humanidad: si reconoce uno, es que ya ha cometido muchísimos otros, aunque no se haya dado cuenta.

La nocividad de estos nuevos pecados reside en lo anti-natural. Su daño consiste en des-naturalizarnos sin que nos demos cuenta. De a poco, omisión tras omisión, acción tras acción, nuestra vida pierde nervio, pierde carne, pierde sustancia humana, aunque en la superficie no se note ningún desorden ni se vea problema alguno. Es algo parecido a lo que ocurre con el café descafeinado: parece, en todo, café, pero le falta lo esencial.

Ahora bien, la misma inanidad que caracteriza a estos pecados, de alguna manera, los vuelve a ellos mismos infra-humanos. En este sentido es tan difícil llamarlos “pecado”… porque ni a pecado llegan. Tienen, como he dicho, mucho más de omisión, y de pasiva complicidad que de acción positiva. Y así como hay acciones “del hombre” (el respirar o el dormir, p. ej.) que no llamamos “humanas” (como sí al pensar o al decidir), éstos serían, análogamente, “pecados del hombre”, porque no alcanzan a ser “humanos”. Esto explicaría por qué la conciencia no los sabe juzgar con severidad. Pero la hora ha llegado, y es ya, de tomar coraje y levantarles el vestido blanco para exponer ante el mundo su ínsita maldad.

Hay otra dificultad, y es que no son todos de la misma especie, como puede pensarse de los dos ejemplos que he puesto hasta ahora. Los “pecados de lesa humanidad” tienen en común que nos deshumanizan, pero lo hacen por distintas vías. He aquí solo algunas, como muestra.

Unos “pecados de lesa humanidad” deshumanizan mediante la despersonalización, reemplazando todos los encuentros reales por relaciones “virtuales”: hablarse los amigos en vez de juntarse, escribirse en vez de hablarse, verse por pantalla en lugar de encontrarse… No hay una persona que venda: se compra “on line”; no hay un semejante que atienda el reclamo: son voces artificiales manejadas por la inteligencia artificial. No hay encuentro real ni siquiera con el médico o el psicólogo, que ofrecen consultas por camarita…

Otros “pecados de lesa humanidad” lo hacen acelerando nuestra vida, generándonos la engañosa sensación de “ahorrarnos tiempo” y dejándonos, de hecho, sin un minuto libre: pretender que los mensajes de whatsapp sean vistos y respondidos de inmediato, escuchar mensajes de audio en velocidad cada vez más rápida... Como en todos estos nuevos pecados, lo reprobable aquí radica no tanto en las acciones concretas cuanto en la omisión, en la negativa a resistirse a que todo tiene que “empezar y terminar ya”, a que todo tiene que ser rápido. El pecado está más bien en no querer esperar.

Un grupo especialmente invisible de pecados de lesa humanidad hiere nuestra humanidad por vía de satisfacción y comodidad: concediéndonos todos los gustos, evitando cualquier incomodidad. Sería algo así como la “vida burguesa” llevada a su paroxismo en una “vida anestesiada”. Si nos dejamos llevar por estos pecados, ya no sentimos ni frío (por nuestras ventanas de vidrios dobles no entra el nunca bienvenido “chiflete”, la loza radiante genera un verano perpetuo…), ni calor (pasamos del aire acondicionado de la casa al del coche) no tenemos que salir de nuestra casa ni para hacer las compras (y algunos ni para trabajar). Los más conscientes de los daños (sobre todo estéticos y fisiológicos) que este género de existencia plácida acarrea, se procuran incomodidades suplementarias como correr, ir al gimnasio, etc. Lo grave del asunto es que hay algo humano, muy humano, que sólo emerge ante las adversidades, ante las carencias, ante cualquier insatisfacción: y es la conciencia de nuestra radical vulnerabilidad, que nos saca de la posición de omnipotencia individual.

La especie quizá más incisiva de pecado de lesa humanidad la constituyen los que nos desnaturalizan mediante la superficialidad: achatando toda aspiración alta (sea a la belleza, a la verdad, a la justicia), impidiendo toda seriedad y todo esfuerzo para ahondar en la materia que sea. Aquí convergen los pecados de practicidad (para qué tejer un sweater si puedo comprarlo hecho, para qué adornar esto si sirve igual, para qué estudiar si paso lo mismo…), los de diversión (pretender que todo -hasta la escuela o el culto divino- tenga que ser “divertido”), los del activismo (el “zapping” o el “scrolling”, el evitar cualquier estabilidad, estar siempre cambiando por cambiar, el evitar a toda costa el silencio, la contemplación reposada, los momentos para reflexionar…) y tantos más.

Se trata de infinitos actos que se convierten en costumbres, y luego en cultura, hasta que de puro acostumbrados dejamos de registrarlos, como al aire que uno respira.

Y su atractivo, francamente irresistible, es uno sólo, siempre el mismo: la facilidad, la comodidad. Hay pocos pecados que sean cometidos tan voluntariamente, tan a gusto, como estos pecados de lesa humanidad. Sus encantos son tan fuertes y tan obvios que parece absurdo resistirse: incluso hay quienes piensan que pecado es, justamente, el oponerse a ellos.

Llegados a este punto, podría surgir la siguiente pregunta: ¿Por qué los llamo pecados, o sea, por qué o en qué serían una ofensa a Dios?

Es que es precisamente esta innumerable plaga de minúsculos pecados de lesa humanidad la que genera, en mi opinión, lo que el filósofo Emilio Komar magistralmente llamó “la eutanasia de Dios”. Es justamente esta voluntaria auto-reducción del hombre, este indoloro cercenamiento de sus facultades lo que impide que la fe nazca o, si nació, que sobreviva.

La teología católica, en efecto, enseña que “la gracia supone la naturaleza”. La fe, que es gracia de Dios, requiere un “sustrato” natural en el que poder echar raíces: ese sustrato, esa “tierra fértil” para la semilla de la fe es la naturaleza humana. Cuando ésta queda vaciada desde adentro por esta multitud de factores deshumanizadores que caracterizan a la cultura occidental contemporánea, la fe simplemente se aborta o se muere de inanición. Por eso el doctor Komar hablaba de una “eutanasia” de Dios y no de un “asesinato”, porque estas actitudes no se oponen a la fe ni a Dios directamente, sino que, al ir sibilinamente enervando las capacidades específicamente humanas, silencian por ahogo el profundo deseo de Dios que es inherente a la naturaleza humana, tapando esa honda necesidad con el incesante consumo de mil placebos, mil distracciones, mil actividades…

Lo que se opone a lo que el hombre tiene de más propio (que es la imagen de Dios en él) se opone tanto al hombre como a Dios.

En fin, está claro que no hay que tomar esto de los “pecados de lesa humanidad” como una tesis seria de teología moral. Pero sí me gustaría que sirviera como una alarma que nos despierte del cómodo letargo en que vivimos, y favorezca una resistencia más corajuda y consciente frente a esta silenciosa marea de malas costumbres que nos deshumanizan cada día más y que estoy seguro de que son la causa directa de la pérdida de la fe.

            Hecho el diagnóstico, si se comprobara cierto, el remedio será tan sencillo como esto: hacer que brille en cada detalle de nuestra vida la “magnífica humanitas” que Dios nos dio, honrando ese don, y eligiendo, por consiguiente, por arduo que sea, todo lo que sea natural, personal y humano, frente a la asombrosa e innegable comodidad de lo artificial, lo virtual y lo transhumano.

martes, 10 de febrero de 2026

La lección de Jaime Torres

 A Daniel Frascoli, y a los compañeros de la Musaranga,

que, sin quererlo tal vez, me ayudan a ser cura.



La  lección de Jaime Torres

Siempre me llevé mal con los micrófonos. Tengo una honda y muy poco racional  animadversión contra esos adminículos antiestéticos que, sin embargo, me salen al paso una y otra vez, como si me persiguieran empeñados en convencerme de ya nunca podré vivir sin ellos. Cada vez que logro dar un sermón prescindiendo de su molesto auxilio, siento que he ganado una batalla en esta sorda guerra que libro con ellos. Pero pasan cosas que me convencen cada vez más...

Una vez me di el gusto de ir a un recital del cantor criollo Tata Cedrón en la sede de La Musaranga, en el barrio de Beccar. Sobre la humilde tarima de tablas, estaba él con su guitarra, y a su lado, como un ángel musiquero, el guitarrista Daniel Frascoli. Pero lo que más me llamó la atención fue que en el escenario no había un solo micrófono, ni para la voz ni para las guitarras. Y con todo, la sala se llenó -desde el primero hasta el último acorde- de un rotundo silencio, envolvente y respetuoso como un abrazo de pésame.

Fascinado por este hallazgo (que en mi mundo imaginario les merecía la cucarda mayor de la cruzada antitecnológica), lo busqué a Frascoli para felicitarlo por cómo habían cautivado al variopinto auditorio, generando un silencio tan conmovedor como su música.

Y entonces el amigo Daniel, por toda respuesta, me contó esta anécdota.

Resulta que él, además de músico, es un excelente sonidista, que durante varios años acompañó al eximio charanguista Jaime Torres (1938-2018). Cierta vez, en uno de esos grandes festivales de verano, le tocaba actuar a Don Jaime justo después del popular Chaqueño Palavecino. Tarea nada fácil. El público, después de los bises con las canciones más pegadizas, estaba eufórico. Y ahora, después de la rauda retirada de los muchos músicos que había en escena, habían quedado solos, frente a la enfervorizada multitud, el menudo artista y su menudo instrumento.

Don Jaime, con el charango como si fuera un hijito alzado contra sus mejillas, empezó a hacer unos arpegios casi imperceptibles. La gente, alborotada, parecía no darse cuenta siquiera de que había alguien en el escenario. Pero el que tampoco parecía darse cuenta de nada era Jaime Torres, que con los ojos cerrados y la luz en su sonrisa seguía punteando apenas, acariciando las cuerdas, como embebido en su mundo interior. Parecía una discusión de sordos. El sonidista Frascoli sintió en las venas de sus dedos la presión ambiental, y no pudiendo soportar ya la tensión, subió hasta el tope el volumen del micrófono del charango. Minutos más tarde, cuando la gente se había por fin sosegado y el músico comenzó a rasguear con fuerza, tuvo que corregir de golpe ese primer movimiento, bajando apresuradamente el volumen.

Esa noche, después de la actuación, Don Jaime lo reconvino con dulce severidad: “No vuelvas a hacer eso, chango. Vos dejame a mi, no más, tocando despacito… Ya vas a ver cómo la gente solita empieza a hacer silencio”.

Frascoli aprendió la lección. Y la prueba tuvo lugar poco después. 

Si hacer solos de charango después del Chaqueño Palavecino en un festival de provincia había tenido sus dificultades, el desafío máximo llegó cuando Jaime Torres se presentó, con su charango, en el festival del Bicentenario, quizá el más multitudinario de la historia. El escenario era un inmenso portal armado en la Plaza de la República, al pie mismo del Obelisco porteño. El público, un río humano que colmaba la avenida 9 de julio hasta perderse de vista, y el teatro, el cielo abierto de Buenos Aires. La historia se repitió. El auditorio era una indomable masa ruidosa, como el río en sudestada. Jaime Torres, como un nuevo David frente a Goliat, con solo su charanguito iba a salir a domar a las fieras. 

Llegó el momento, y los que transmitían en vivo el festival para la televisión pública vieron que los dedos del maestro empezaron a hormiguear sobre la boca del instrumento, pero no se oía absolutamente nada. Tan sólo el músico parecía estar oyendo alguna melodía secreta, porque, ensimismado, alzaba el rostro con los ojos cerrados y sonreía como en éxtasis. Y los segundos pasaban… Frascoli, el sonidista, no tocó un solo botón. Pronto, por los auriculares, empezaron a lloverle, como cascotazos, las imprecaciones de los otros técnicos, los de la televisión, los de los escenarios paralelos cuadras abajo, los de las muchas pantallas gigantes…, exigiéndole que subiera el volumen del charango. Frascoli miró una vez más a Don Jaime que, como si estuviera solo y su alma, seguía sonriendo y tocando para si.  Contagiado por ese magnetismo que sólo los artistas verdaderos tienen, Frascoli resisitó la presión. Pasaron algunos minutos, quizá, hasta que de pronto, desde debajo mismo del escenario, brotó, como de una secreta fuente, el característico sonido con que cientos de almas, al unísono, pedían, por fin, silencio. Y el sonidista, conmovido, sintió cómo ese suave chistido silenciante se alejaba del escenario hacia las infinitas filas de atrás, acallando el tumulto, como una ola silenciosa que iba alisando todo a su paso, como una gran bandera blanca que fue desplegándose hasta que lo cubrió todo.

Jaime Torres tenía razón.

 

**** 

“Jaime Torres tiene razón”, me dije, cuando escuché esta anécdota de Frascoli. Sí, y Jaime Torres tiene más razón que nosotros los curas y que buena parte de la Iglesia de nuestros tiempos.

Es que mientras Frascoli me iba contando la experiencia yo no podía dejar de pensar en mi experiencia como cura y en la situación de la Iglesia ante el mundo de hoy.

Porque hace años que, como Iglesia, no venimos haciendo otra cosa que “subir el volumen de los micrófonos”… Y cada vez menos gente nos escucha.

Llevamos muchos años cometiendo el mismo yerro que cometió el sonidista novel, y como él, sin duda, con la mejor de las intenciones: que la gente escuche, que al público le “llegue”, que el mensaje sea recibido. Él optó ese primer día por el camino más fácil, más obvio, el atajo de la tecnología: subir el volumen. Pero era un camino sin salida. El artista, en cambio, le enseñó un camino más largo, pero más humano, que requería paciencia y confianza.

Esta parábola de Jaime Torres y su sonidista puede aplicarse a toda la vida de la Iglesia, a su enseñanza doctrinal y moral, a su comprensión de si misma y a su entera relación con el “mundo”. Pero por las semejanzas que hoy -lamentablemente- tienen los altares con los escenarios, en seguida apliqué esta lección de Jaime Torres a la liturgia.

Porque nosotros, en la liturgia de la Iglesia, hemos subido los micrófonos.  Tal vez podríamos decir que, hace ya bastante tiempo, la Iglesia colocó un micrófono por primera vez cuando dejó de celebrar gran parte de la Misa en voz baja. Silencio en los altares, silencio en los misales, “silencio de Misa” que dejamos ir…

Subimos un poco más el volumen de los micrófonos cuando dejamos de celebrar en latín. Pero me da la sensación de que ni los curas ni la gente entendemos mejor que antes lo que pasa en el altar.

Subimos todavía más los micrófonos cuando incorporamos nuevas plegarias eucarísticas y formularios eucológicos al Misal Romano, apostando a que “el gusto está en la variedad”… Y no hay quien pueda disimular la sensación de hastío con que celebramos.

Subimos bastante más fuerte el volumen cuando empezamos los sacerdotes a mirar hacia los fieles durante la celebración de la Misa, en lugar de a Dios, que es a quien -se supone- están dirigidas las oraciones y el santo sacrificio.

Pero los niveles más preocupantes de volumen alto empezaron, por cierto, cuando nos vimos en la necesidad de cambiar, enmendar y sobre todo agregar palabras y más palabras a las rituales de siempre, queriendo saludar, despedir, explicar, suavizar, etcétera.  Y subimos desesperadamente los micrófonos, cada vez que, dejando la sobria seriedad de las rúbricas, improvisamos cualquier cosa con tal de mantener entretenidos a los fieles, rebajándonos a ser, los curas, actores de “stand-up” y la asamblea de los fieles, un mero “auditorio” cada vez más infantilizado (por nosotros).

Hemos subido y subido los micrófonos hasta la saturación. Y me da la sensación de que no hemos conseguido más que agravar la indiferencia general. 

Gracias a Dios, llegó la era de los teléfonos inteligentes como para que entendamos de una vez por todas que, por el camino de lo variado y “divertido”, es imposible llamar la atención de las nuevas generaciones y ofrecerles algo más entretenido que el celular que tienen entre manos. No hay competencia posible. Este camino no tiene salida.

Jaime Torres sabía más que bien lo valioso que era eso que tenía para ofrecer. Con su actitud, demostraba la alta estima en que tenía a su propia arte. ¿Para qué ponerse en el nivel de otro, por bueno que fuera? ¡Qué triste hubiera sido si, por caso, Don Jaime hubiera sumado guitarras eléctricas y ruidosas baterías para poder competir con un cantor de moda! Pero no: él sabía bien quién era, y tenía por consiguiente, toda la confianza en la fuerza de su arte.

Pero no sólo tenía confianza en su propio don: tenía también confianza en la gente: no los subestimaba, sino que los sabía capaces de apreciar, en silencio respetuoso, la bella profundidad de la música del altiplano.

Ahora bien, la Iglesia sí parece que ha perdido la confianza en el tesoro que la habita. Nuestra actitud deja ver un indisimulable sentimiento de inferioridad. Y entonces nos desvivimos tratando de vender al precio que sea nuestro producto en la infinita feria de este mundo consumista. ¿No nos damos cuenta de que tenemos algo que nadie sino la Iglesia de Cristo le puede ofrecer al mundo? ¿Es que no confiamos que es Él el que atrae, el que llama, el que convierte, el que sana, el que enamora? ¿Nos hemos olvidado que tenemos entre manos al Rey de los reyes, al Dios hecho hombre en el Pan de cada Misa, en cada Sagrario? ¿Puede ser que confiemos más en nuestros dotes de elocuencia, de marketing, de histrionismo, que en la fuerza de Dios que está realmente presente en el altar? ¿Será posible que nos saboteemos a nosotros mismos, eliminando de las fatigadas ciudades modernas los únicos espacios sagrados, de silencio, de presencia de Dios trascendente y de oración, para convertirlos en uno más de los “salones de usos múltiples”?

¿Qué estamos haciendo?

Rifar nuestro tesoro. Devaluar nuestra arte. Malvender nuestras joyas. Traicionar nuestra identidad. Desconocer nuestra dignidad. Faltarnos el respeto a nosotros mismos y al pueblo de Dios, porque los seres humanos son tan capaces hoy como siempre, empezando por los chiquitos, de “ponerse serios”, de rezar en silencio, de reconocer la belleza de lo sagrado, de adorar al Santo. ¿Y en dónde van a encontrarlo sino en su Iglesia?

Creo que ya es tiempo de empezar a bajar el volumen de los micrófonos. Y despojar nuestras Misas de tantas “ayudas” que le hemos ido añadiendo al rito y que no ayudan a nadie. Y de volver a confiar en esa, al principio, casi inaudible pero poderosa música de Dios, que como aquel mágico arpegio de charango, sigue y sigue, con la tozudez del amor, llamándonos, atrayéndonos, enamorándonos.