sábado, 4 de julio de 2026

Pecados de lesa humanidad

 



“Criolla mi alma, se asombra y sueña

frente al misterio de la ciudad,

y aunque me imponen lo diferente

yo amo la vida y lo natural

P. Julián Zini, “Soy”

 

            Una noche hace poco, hablando con un amigo al amor de la estufa a leña, se me ocurrió la (literalmente) trasnochada idea de inventar una nueva categoría de pecado: el pecado de lesa humanidad.

            Todos estamos acostumbrados a la expresión “crímenes de lesa humanidad”. En efecto, en la jerga de los jurisconsultos el adjetivo “lesa” (herida, ofendida) es usado desde antaño: se hablaba de crímenes de “lesa majestad”, de “lesa patria”, etc. según cuál fuera el objeto último del delito en cuestión.

En cuanto a la expresión “lesa humanidad”, si bien uno podría dar por sentado que todo crimen atenta contra el hombre, se acuñó la fórmula para designar aquellos actos que parecen ofender más directamente la dignidad humana: la matanza de inocentes, la tortura, los genocidios, etc.

            Análogamente, todo pecado es, por definición, un obrar que atenta contra el hombre (y en primer lugar, contra quien lo comete): todo pecado es deshumanizante. Y si bien “errare humanum est”, y el ser pecadores es un aspecto innegable de nuestra condición, es la lucha permanente contra la tentación y el crecimiento en las virtudes lo que nos va progresivamente haciendo más “gente”, más “humanos” (que no en vano son en nuestra habla sinónimos de ser sencillamente más “buenos”).

            Sin embargo, pienso que estamos hoy asistiendo a la aparición de toda una serie de nuevas acciones (o más bien, sobre todo, omisiones) que callada, pero muy certeramente, atentan contra lo más específicamente humano, contra aquello que nos hace ser lo que somos, en fin, contra nuestra naturaleza. Son, las más de las veces, acciones fútiles, que fácilmente pasan inadvertidas, y que logran muy bien, por su misma insignificancia, disimular su carácter negativo. De hecho, pienso que lo novedoso (en todo caso) de ésta mi peregrina propuesta ética estriba más en el hecho de considerarlas “pecado”, que en el calificarlas como de “lesa humanidad”.

            Los ejemplos son muchísimos. Pero pondré adrede dos, contrastándolos con dos acciones que a primera vista podrían parecer más claramente pecaminosas.

            Como primer ejemplo, supongamos a un niño de diez años que se pasa cuatro horas cada tarde encerrado en su cuarto mirando alguna pantalla.

            Otro niño del mismo barrio y de la misma edad, gasta ese mismo tiempo en asolar los árboles de la vecindad hondeando pajaritos con un amigo (y cada tanto, cuando yerra, aboyando algún coche o rompiendo alguna ventana).

            Las malas catequistas de las malas parroquias enseñan que es un pecado matar pajaritos con la gomera. Pero nada dicen de quedarse adentro y no aprovechar las tardes de sol, de perder el tiempo, de aislarse, de pasarse horas echado en un sillón o tirado en una cama, de dejarse llenar la cabeza de mil y una imágenes virtuales y no saber mirar los pájaros, los árboles o el cielo del atardecer.

            Segundo ejemplo: unos amigos de diecisiete años están pasando una noche en una casa en el campo. Después que comieron, se ha quedado cada cual atento a su teléfono celular, hasta ser vencidos por el sueño e irse yendo, uno tras otro, a dormir. Noche de paz.

            Quince años antes, el hermano mayor de uno de ellos está pasando la noche de un fin de semana de campo en la misma casa. Después de comer, se quedaron tomando vino y fumando a escondidas, hablando de la vida, hasta que después se armó una guitarreada bastante ruidosa que se prolongó hasta casi el amanecer. A la mañana siguiente, los adultos dueños de casa encontraron el tendal de botellas y el penoso estado de los jóvenes.

            Éstos últimos recibieron al día siguiente una justa reprimenda. De más está decir que los chicos de la pacífica noche de celulares no hicieron nada que les mereciera un reproche.

            Pues bien, hoy quiero, solemnemente, estamparle a estos dos casos de acciones aparentemente inocuas (y sin duda inocentes) el horrendo baldón de “pecados de lesa humanidad”, y sostener en alta voz la afirmación (a primera vista absurda) de que ellos son más graves que las reprobables acciones que les contrapuse. Es decir, que me parece ciertamente más grave el que un niño se pase la tarde jugando a la play que matando pajaritos, y que me asusta más esa calma noche de jóvenes enfrascados en conexiones virtuales e incapaces de conectarse entre sí que el grupete de imberbes desaforados que se pasó de copas.

            Sí, prefiero esas acciones, aunque sean pecados, porque incluso en su desorden, tienen más entidad, más personalidad, más humanidad que las otras, que no son pecados.

            Porque ¿puede seriamente decirse que es pecado pasarse una tarde de sol frente a una pantalla? No, la verdad que no.

¿Y qué pecaminosidad hay en que en un grupo de jóvenes amigos cada uno haya estado mandándose mensajes con una infinita lista de contactos virtuales hasta conciliar el sueño? Nada, a decir verdad, nada.

Y ése es el problema: que el problema no se ve. Los pecados de lesa humanidad tienen esta taimada característica de ser invisibles. Y en eso reside su peligrosidad... y la maestría del diablo. Actúan subrepticiamente, como los bichos que corroen por dentro las maderas, royendo el nervio sin ser sentidos y preservando la fachada.

Esta dificultad proviene de la parvedad misma de estas acciones. Cada pecado de lesa humanidad tomado en sí mismo es tan pequeño que su nocividad es imperceptible. ¿Cómo se va a indignar uno porque un chico se pase una tarde de sol frente a una pantalla? ¿Y a quién se le ocurre llamar a una cruzada contra ello? Con esto, el combate contra estos nuevos pecados se hace muy arduo: muy fácilmente se considerará como cosa de locos o de fanáticos.

Sin embargo, los pecados de lesa humanidad nunca obran aisladamente, sino en conjunto.  Son como las plagas de langostas. Nunca fue problema una tucura aislada: pero no hay nada más devastador que una manga de langostas. La cuestión es que, así como no hay tucuras aisladas, sino que, cuando hay, hay muchas, tampoco estos pecados se dan solos. Son hijos de un ambiente cultural determinado que, a modo de caldo de cultivo, ha generado las condiciones óptimas para nazcan, sin saber cómo y de dónde, de a miles de millares. De ahí que nadie cometa un pecado de lesa humanidad: si reconoce uno, es que ya ha cometido muchísimos otros, aunque no se haya dado cuenta.

La nocividad de estos nuevos pecados reside en lo anti-natural. Su daño consiste en des-naturalizarnos sin que nos demos cuenta. De a poco, omisión tras omisión, acción tras acción, nuestra vida pierde nervio, pierde carne, pierde sustancia humana, aunque en la superficie no se note ningún desorden ni se vea problema alguno. Es algo parecido a lo que ocurre con el café descafeinado: parece en tofo café, pero le falta lo esencial.

Ahora bien, la misma inanidad que caracteriza a estos pecados, de alguna manera, los vuelve a ellos mismos infra-humanos. En este sentido es tan difícil llamarlos “pecado”… porque ni a pecado llegan. Tienen, como he dicho, mucho más de omisión, y de pasiva complicidad que de acción positiva. Y así como hay acciones “del hombre” (el respirar o el dormir, p. ej.) que no llamamos “humanas” (como sí al pensar o al decidir), éstos serían, análogamente, “pecados del hombre”, porque no alcanzan a ser “humanos”. Esto explicaría por qué la conciencia no los sabe juzgar con severidad. Pero la hora ha llegado, y es ya, de tomar coraje y levantarles el blanco vestido de inocencia que los cubre para revelar ante el mundo su ínsita nocividad.

Hay otra dificultad, y es que no son todos de la misma especie, como puede pensarse de los dos ejemplos que he puesto hasta ahora. Los “pecados de lesa humanidad” tienen en común que nos deshumanizan, pero lo hacen por distintas vías. He aquí solo algunas, como muestra.

Unos “pecados de lesa humanidad” deshumanizan mediante la despersonalización, reemplazando todos los encuentros reales por relaciones “virtuales”: hablarse los amigos en vez de juntarse, escribirse en vez de hablarse, verse por pantalla en lugar de encontrarse… No hay una persona que venda: se compra “on line”; no hay un semejante que atienda el reclamo: son voces artificiales manejadas por la inteligencia artificial. No hay encuentro real ni siquiera con el médico o el psicólogo, que ofrecen consultas por camarita…

Otros “pecados de lesa humanidad” lo hacen acelerando nuestra vida, generándonos la engañosa sensación de “ahorrarnos tiempo” y dejándonos, de hecho, sin un minuto libre: pretender que los mensajes de whatsapp sean vistos y respondidos de inmediato, escuchar mensajes de audio en velocidad cada vez más rápida... Como en todos estos nuevos pecados, lo reprobable aquí radica no tanto en las acciones concretas cuanto en la omisión, en la negativa a resistirse a que todo tiene que “empezar y terminar ya”, a que todo tiene que ser rápido. El pecado está más bien en no querer esperar.

Un grupo especialmente invisible de pecados de lesa humanidad hiere nuestra humanidad por vía de satisfacción y comodidad: concediéndonos todos los gustos, evitando cualquier incomodidad. Sería algo así como la “vida burguesa” llevada a su paroxismo en una “vida anestesiada”. Si nos dejamos llevar por estos pecados, ya no sentimos ni frío (por nuestras ventanas de vidrios dobles no entra el nunca bienvenido “chiflete”, la loza radiante genera un verano perpetuo…), ni calor (pasamos del aire acondicionado de la casa al del coche) no tenemos que salir de nuestra casa ni para hacer las compras (y algunos ni para trabajar). Los más conscientes de los daños (sobre todo estéticos y fisiológicos) que este género de existencia plácida acarrea a sus cuerpos, se procuran incomodidades suplementarias como correr, ir al gimnasio, etc. Lo grave del asunto es que hay algo humano, muy humano, que sólo emerge ante las adversidades, ante las carencias, ante cualquier insatisfacción: y es la conciencia de nuestra radical vulnerabilidad, que nos saca de la posición de omnipotencia individual.

La especie quizá más incisiva de pecado de lesa humanidad la constituyen los que nos desnaturalizan mediante la superficialidad: achatando toda aspiración alta (sea a la belleza, a la verdad, a la justicia), impidiendo toda seriedad y todo esfuerzo para ahondar en la materia que sea. Aquí convergen los pecados de practicidad (para qué tejer un sweater si puedo comprarlo hecho, para qué adornar esto si sirve igual, para qué estudiar si paso lo mismo…), los de diversión (pretender que todo -hasta la escuela o el culto divino- tenga que ser “divertido”), los del activismo (el “zapping” o el “scrolling”, el evitar cualquier estabilidad, estar siempre cambiando por cambiar, el evitar a toda costa el silencio, la contemplación reposada, los momentos para reflexionar…) y tantos más.

Se trata de infinitos actos que se convierten en costumbres, y luego en cultura, hasta que de puro acostumbrados dejamos de registrarlos, como al aire que uno respira.

Y su atractivo, francamente irresistible, es uno sólo, siempre el mismo: la facilidad, la comodidad. Hay pocos pecados que sean cometidos tan voluntariamente, tan a gusto, como estos pecados de lesa humanidad. Sus encantos son tan fuertes y tan obvios que parece absurdo resistirse: incluso hay quienes piensan que pecado es, justamente, el oponerse a ellos.

Llegados a este punto, podría surgir la siguiente pregunta: ¿Por qué los llamamos pecados, o sea, por qué o en qué serían una ofensa a Dios?

Es precisamente esta innumerable plaga de minúsculos pecados de lesa humanidad la que genera, en mi opinión, lo que el filósofo Emilio Komar magistralmente llamó “la eutanasia de Dios”. Es justamente esta voluntaria reducción del hombre, este suave cercenamiento de sus capacidades lo que impide que la fe nazca o, si nació, que sobreviva.

La teología católica, en efecto, enseña que “la gracia supone la naturaleza”. La fe, que es gracia de Dios, requiere un “sustrato” natural en el que poder echar raíces: ese sustrato, esa “tierra fértil” para la semilla de la fe es la naturaleza humana. Cuando ésta queda vaciada desde adentro por esta multitud de factores deshumanizadores que caracterizan a la cultura occidental contemporánea, la fe simplemente se aborta o se muere de inanición. Por eso el doctor Komar hablaba de una “eutanasia” de Dios y no de un “asesinato”, porque estas actitudes no se oponen a la fe ni a Dios directamente, sino que, al ir sibilinamente enervando las capacidades específicamente humanas, silencian por ahogo el profundo deseo de Dios que es inherente a la naturaleza humana, tapando esa honda necesidad con el incesante consumo de mil placebos, mil distracciones, mil actividades…

Lo que se opone a lo que el hombre tiene de más propio (que es la imagen de Dios en él) se opone tanto al hombre como a Dios.

En fin, está claro que no hay que tomar esto de los “pecados de lesa humanidad” como una tesis seria de teología moral. Pero sí me gustaría que sirva como una alarma que nos despierte del cómodo letargo en que vivimos, y favorezca una resistencia más corajuda y consciente frente a esta silenciosa marea de malas costumbres que nos deshumanizan cada día más y que estoy seguro de que son la causa directa de la pérdida de la fe.

            Hecho el diagnóstico, si se comprobara cierto, el remedio será tan sencillo como esto: hacer que brille en cada detalle de nuestra vida la “magnífica humanitas” que Dios nos dio, honrando ese don, y eligiendo, por consiguiente, por arduo que sea, todo lo que sea natural, personal y humano, frente a la asombrosa e innegable comodidad de lo artificial, lo virtual y lo transhumano.