frente
al misterio de la ciudad,
y aunque
me imponen lo diferente
yo amo
la vida y lo natural”
P.
Julián Zini, “Soy”
Una noche hace poco, hablando con un amigo al amor de
la estufa a leña, se me ocurrió la (literalmente) trasnochada idea
de inventar una nueva categoría de pecado: el pecado de lesa humanidad.
Todos estamos acostumbrados a la
expresión “crímenes de lesa humanidad”. En efecto, en la jerga de los jurisconsultos
el adjetivo “lesa” (herida, ofendida) es usado desde antaño: se hablaba de
crímenes de “lesa majestad”, de “lesa patria”, etc. según cuál fuera el objeto
último del delito en cuestión.
En cuanto a la expresión “lesa humanidad”, si bien uno
podría dar por sentado que todo crimen atenta contra el hombre, se acuñó la fórmula
para designar aquellos actos que parecen ofender más directamente la dignidad
humana: la matanza de inocentes, la tortura, los genocidios, etc.
Análogamente, todo pecado es, por
definición, un obrar que atenta contra el hombre (y en primer lugar, contra
quien lo comete): todo pecado es deshumanizante. Y si bien “errare humanum
est”, y el ser pecadores es un aspecto innegable de nuestra condición, es la
lucha permanente contra la tentación y el crecimiento en las virtudes lo que
nos va progresivamente haciendo más “gente”, más “humanos” (que no en vano son
en nuestra habla sinónimos de ser sencillamente más “buenos”).
Sin embargo, pienso que estamos hoy
asistiendo a la aparición de toda una serie de nuevas acciones (o más bien,
sobre todo, omisiones) que callada, pero muy certeramente, atentan contra lo
más específicamente humano, contra aquello que nos hace ser lo que somos, en
fin, contra nuestra naturaleza. Son, las más de las veces, acciones fútiles,
que fácilmente pasan inadvertidas, y que logran muy bien, por su misma insignificancia,
disimular su carácter negativo. De hecho, pienso que lo novedoso (en todo caso)
de ésta mi peregrina propuesta ética estriba más en el hecho de considerarlas
“pecado”, que en el calificarlas como de “lesa humanidad”.
Los ejemplos son muchísimos. Pero
pondré adrede dos, contrastándolos con dos acciones que a primera vista podrían
parecer más claramente pecaminosas.
Como primer ejemplo, supongamos a un
niño de diez años que se pasa cuatro horas cada tarde encerrado en su cuarto
mirando alguna pantalla.
Otro niño del mismo barrio y de la
misma edad, gasta ese mismo tiempo en asolar los árboles de la vecindad
hondeando pajaritos con un amigo (y cada tanto, cuando yerra, aboyando algún
coche o rompiendo alguna ventana).
Las malas catequistas de las malas
parroquias enseñan que es un pecado matar pajaritos con la gomera. Pero nada
dicen de quedarse adentro y no aprovechar las tardes de sol, de perder el
tiempo, de aislarse, de pasarse horas echado en un sillón o tirado en una cama,
de dejarse llenar la cabeza de mil y una imágenes virtuales y no saber mirar
los pájaros, los árboles o el cielo del atardecer.
Segundo ejemplo: unos amigos de
diecisiete años están pasando una noche en una casa en el campo. Después que
comieron, se ha quedado cada cual atento a su teléfono celular, hasta ser
vencidos por el sueño e irse yendo, uno tras otro, a dormir. Noche de paz.
Quince años antes, el hermano mayor
de uno de ellos está pasando la noche de un fin de semana de campo en la misma
casa. Después de comer, se quedaron tomando vino y fumando a escondidas,
hablando de la vida, hasta que después se armó una guitarreada bastante ruidosa
que se prolongó hasta casi el amanecer. A la mañana siguiente, los adultos
dueños de casa encontraron el tendal de botellas y el penoso estado de los
jóvenes.
Éstos últimos recibieron al día
siguiente una justa reprimenda. De más está decir que los chicos de la pacífica
noche de celulares no hicieron nada que les mereciera un reproche.
Pues bien, hoy quiero, solemnemente,
estamparle a estos dos casos de acciones aparentemente inocuas (y sin duda
inocentes) el horrendo baldón de “pecados de lesa humanidad”, y sostener en
alta voz la afirmación (a primera vista absurda) de que ellos son más graves
que las reprobables acciones que les contrapuse. Es decir, que me parece ciertamente
más grave el que un niño se pase la tarde jugando a la play que matando
pajaritos, y que me asusta más esa calma noche de jóvenes enfrascados en
conexiones virtuales e incapaces de conectarse entre sí que el grupete de
imberbes desaforados que se pasó de copas.
Sí, prefiero esas acciones, aunque
sean pecados, porque incluso en su desorden, tienen más entidad, más
personalidad, más humanidad que las otras, que no son pecados.
Porque ¿puede seriamente decirse que
es pecado pasarse una tarde de sol frente a una pantalla? No, la verdad que no.
¿Y qué pecaminosidad hay en que en un grupo de jóvenes
amigos cada uno haya estado mandándose mensajes con una infinita lista de
contactos virtuales hasta conciliar el sueño? Nada, a decir verdad, nada.
Y ése es el problema: que el problema no se ve. Los
pecados de lesa humanidad tienen esta taimada característica de ser invisibles.
Y en eso reside su peligrosidad... y la maestría del diablo. Actúan
subrepticiamente, como los bichos que corroen por dentro las maderas, royendo
el nervio sin ser sentidos y preservando la fachada.
Esta dificultad proviene de la parvedad misma de estas
acciones. Cada pecado de lesa humanidad tomado en sí mismo es tan pequeño que
su nocividad es imperceptible. ¿Cómo se va a indignar uno porque un chico se
pase una tarde de sol frente a una pantalla? ¿Y a quién se le ocurre llamar a
una cruzada contra ello? Con esto, el combate contra estos nuevos pecados se
hace muy arduo: muy fácilmente se considerará como cosa de locos o de
fanáticos.
Sin embargo, los pecados de lesa humanidad nunca obran
aisladamente, sino en conjunto. Son como las plagas de langostas. Nunca fue
problema una tucura aislada: pero no hay nada más devastador que una
manga de langostas. La cuestión es que, así como no hay tucuras aisladas, sino
que, cuando hay, hay muchas, tampoco estos pecados se dan solos. Son hijos de
un ambiente cultural determinado que, a modo de caldo de cultivo, ha generado
las condiciones óptimas para nazcan, sin saber cómo y de dónde, de a miles de
millares. De ahí que nadie cometa un pecado de lesa humanidad: si reconoce uno,
es que ya ha cometido muchísimos otros, aunque no se haya dado cuenta.
La nocividad de estos nuevos pecados reside en lo anti-natural.
Su daño consiste en des-naturalizarnos sin que nos demos cuenta. De a poco,
omisión tras omisión, acción tras acción, nuestra vida pierde nervio, pierde
carne, pierde sustancia humana, aunque en la superficie no se note ningún
desorden ni se vea problema alguno. Es algo parecido a lo que ocurre con el
café descafeinado: parece en tofo café, pero le falta lo esencial.
Ahora bien, la misma inanidad que caracteriza a estos
pecados, de alguna manera, los vuelve a ellos mismos infra-humanos. En este
sentido es tan difícil llamarlos “pecado”… porque ni a pecado llegan. Tienen,
como he dicho, mucho más de omisión, y de pasiva complicidad que de acción
positiva. Y así como hay acciones “del hombre” (el respirar o el dormir, p.
ej.) que no llamamos “humanas” (como sí al pensar o al decidir), éstos serían,
análogamente, “pecados del hombre”, porque no alcanzan a ser “humanos”. Esto
explicaría por qué la conciencia no los sabe juzgar con severidad. Pero la hora
ha llegado, y es ya, de tomar coraje y levantarles el blanco vestido de
inocencia que los cubre para revelar ante el mundo su ínsita nocividad.
Hay otra dificultad, y es que no son todos de la misma
especie, como puede pensarse de los dos ejemplos que he puesto hasta ahora. Los
“pecados de lesa humanidad” tienen en común que nos deshumanizan, pero lo hacen
por distintas vías. He aquí solo algunas, como muestra.
Unos “pecados de lesa humanidad” deshumanizan mediante
la despersonalización, reemplazando todos los encuentros reales por relaciones
“virtuales”: hablarse los amigos en vez de juntarse, escribirse en vez de
hablarse, verse por pantalla en lugar de encontrarse… No hay una persona que
venda: se compra “on line”; no hay un semejante que atienda el reclamo:
son voces artificiales manejadas por la inteligencia artificial. No hay
encuentro real ni siquiera con el médico o el psicólogo, que ofrecen consultas
por camarita…
Otros “pecados de lesa humanidad” lo hacen acelerando
nuestra vida, generándonos la engañosa sensación de “ahorrarnos tiempo” y
dejándonos, de hecho, sin un minuto libre: pretender que los mensajes de whatsapp
sean vistos y respondidos de inmediato, escuchar mensajes de audio en velocidad
cada vez más rápida... Como en todos estos nuevos pecados, lo reprobable aquí radica
no tanto en las acciones concretas cuanto en la omisión, en la negativa a
resistirse a que todo tiene que “empezar y terminar ya”, a que todo tiene que
ser rápido. El pecado está más bien en no querer esperar.
Un grupo especialmente invisible de pecados de lesa
humanidad hiere nuestra humanidad por vía de satisfacción y comodidad:
concediéndonos todos los gustos, evitando cualquier incomodidad. Sería algo así
como la “vida burguesa” llevada a su paroxismo en una “vida anestesiada”. Si
nos dejamos llevar por estos pecados, ya no sentimos ni frío (por nuestras
ventanas de vidrios dobles no entra el nunca bienvenido “chiflete”, la loza
radiante genera un verano perpetuo…), ni calor (pasamos del aire acondicionado
de la casa al del coche) no tenemos que salir de nuestra casa ni para hacer las
compras (y algunos ni para trabajar). Los más conscientes de los daños (sobre
todo estéticos y fisiológicos) que este género de existencia plácida acarrea a
sus cuerpos, se procuran incomodidades suplementarias como correr, ir al
gimnasio, etc. Lo grave del asunto es que hay algo humano, muy humano, que sólo
emerge ante las adversidades, ante las carencias, ante cualquier
insatisfacción: y es la conciencia de nuestra radical vulnerabilidad, que nos
saca de la posición de omnipotencia individual.
La especie quizá más incisiva de pecado de lesa
humanidad la constituyen los que nos desnaturalizan mediante la
superficialidad: achatando toda aspiración alta (sea a la belleza, a la verdad,
a la justicia), impidiendo toda seriedad y todo esfuerzo para ahondar en la
materia que sea. Aquí convergen los pecados de practicidad (para qué tejer un
sweater si puedo comprarlo hecho, para qué adornar esto si sirve igual, para
qué estudiar si paso lo mismo…), los de diversión (pretender que todo -hasta la
escuela o el culto divino- tenga que ser “divertido”), los del activismo (el “zapping”
o el “scrolling”, el evitar cualquier estabilidad, estar siempre
cambiando por cambiar, el evitar a toda costa el silencio, la contemplación
reposada, los momentos para reflexionar…) y tantos más.
Se trata de infinitos actos que se convierten en
costumbres, y luego en cultura, hasta que de puro acostumbrados dejamos de
registrarlos, como al aire que uno respira.
Y su atractivo, francamente irresistible, es uno sólo,
siempre el mismo: la facilidad, la comodidad. Hay pocos pecados que sean
cometidos tan voluntariamente, tan a gusto, como estos pecados de lesa
humanidad. Sus encantos son tan fuertes y tan obvios que parece absurdo
resistirse: incluso hay quienes piensan que pecado es, justamente, el oponerse
a ellos.
Llegados a este punto, podría surgir la siguiente
pregunta: ¿Por qué los llamamos pecados, o sea, por qué o en qué serían una
ofensa a Dios?
Es precisamente esta innumerable plaga de minúsculos
pecados de lesa humanidad la que genera, en mi opinión, lo que el filósofo
Emilio Komar magistralmente llamó “la eutanasia de Dios”. Es justamente esta
voluntaria reducción del hombre, este suave cercenamiento de sus capacidades lo
que impide que la fe nazca o, si nació, que sobreviva.
La teología católica, en efecto, enseña que “la gracia
supone la naturaleza”. La fe, que es gracia de Dios, requiere un “sustrato”
natural en el que poder echar raíces: ese sustrato, esa “tierra fértil” para la
semilla de la fe es la naturaleza humana. Cuando ésta queda vaciada desde
adentro por esta multitud de factores deshumanizadores que caracterizan a la
cultura occidental contemporánea, la fe simplemente se aborta o se muere de
inanición. Por eso el doctor Komar hablaba de una “eutanasia” de Dios y no de
un “asesinato”, porque estas actitudes no se oponen a la fe ni a Dios
directamente, sino que, al ir sibilinamente enervando las capacidades
específicamente humanas, silencian por ahogo el profundo deseo de Dios que es
inherente a la naturaleza humana, tapando esa honda necesidad con el incesante
consumo de mil placebos, mil distracciones, mil actividades…
Lo que se opone a lo que el hombre tiene de más propio
(que es la imagen de Dios en él) se opone tanto al hombre como a Dios.
En fin, está claro que no hay que tomar esto de los “pecados
de lesa humanidad” como una tesis seria de teología moral. Pero sí me gustaría
que sirva como una alarma que nos despierte del cómodo letargo en que vivimos,
y favorezca una resistencia más corajuda y consciente frente a esta silenciosa
marea de malas costumbres que nos deshumanizan cada día más y que estoy seguro
de que son la causa directa de la pérdida de la fe.
Hecho el diagnóstico, si se
comprobara cierto, el remedio será tan sencillo como esto: hacer que brille en
cada detalle de nuestra vida la “magnífica humanitas” que Dios nos dio,
honrando ese don, y eligiendo, por consiguiente, por arduo que sea, todo lo que
sea natural, personal y humano, frente a la asombrosa e innegable comodidad de
lo artificial, lo virtual y lo transhumano.

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