viernes, 1 de octubre de 2021

Un Dios a imagen y semejanza del hombre

Reflexiones a raíz del Evangelio del Domingo XXVI (B) 

Hoy es el día de san Gerónimo y en el Oficio de Lectura se lee su famosa y contundente frase: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo” (Prólogo a los Comentarios al Profeta Isaías, 1).

Caravaggio. San Jerónimo escribiendo

Y es cierto, nomás. Pareciera que una y otra vez tenemos que volver a los Evangelios para seguir buscando el rostro de Cristo, que nunca acaba de develársenos en este siglo. Esto, de hecho, puso como epígrafe de su libro “Jesús de Nazareth” el Papa Benedicto: “Oigo en mi corazón: busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal 26, 8-9).

Somos todavía como los primeros apóstoles que caminan detrás del señalado Cordero de Dios, viéndole las espaldas (cf. Jn 1, 37) o como la Magdalena ciega de llanto que habla con el Jardinero sin reconocer a su Señor (cf. Jn 20, 15)… hasta que Él quiera, cuando Él quiera, mostrarnos su faz, dejarse reconocer.

Pero el gran problema es nuestra ansiedad, morbo contemporáneo si los hay. ¿Qué pasa hasta tanto Cristo se digne mirarnos a la cara? ¿Cómo aguantar mientras no vemos otra cosa que las “espaldas de Dios” (cf. Éx 33, 23)? La ansiedad y la impaciencia (que hoy se nos antojan apenas defectos) engendran entonces uno de los pecados más graves: la idolatría.

“Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar de la montaña…” (Éx 32, 1). La incapacidad de esperar los tiempos de Dios para saber a qué atenerse los llevó a fabricarse el ternero de oro. No era que habían reemplazado a su Dios por otro. Aarón inauguró el culto al ídolo a la voz de: “Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto” (Éx 32, 4). El pecado consistió en inventarse una imagen disponible, manejable, asequible, de ese Dios soberano que tardaba en aparecer…

“Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. Al escuchar esta sentencia del gran doctor de la Iglesia teniendo aún fresco en la memoria el Evangelio del domingo pasado (Mc 9, 38-48) no puedo dejar de pensar en el patente riesgo que los cristianos seguimos corriendo hoy por hoy de caer en una velada pero potente idolatría.

En efecto, hoy tenemos la tentación no tanto de renunciar a Jesucristo, como de hacernos un Jesús “a imagen y semejanza nuestra” … un Jesús “humano, demasiado humano”. Reducirlo a nuestras proporciones. Domesticarlo. Vestirlo a nuestra moda. Que es una manera de no nosotros seguirlo a Él, sino de pretender que Él nos acompañe a nosotros a donde nosotros queremos. Es, a fin de cuentas, mejor maquillado, el pecado original: querer “ser como dioses” (cf. Gén 3, 5).

Cuando a los curas nos toca predicar sobre el Evangelio en que el Señor recomienda a esos que escandalizan a los “pequeños que tienen fe” que se tiren derecho al mar con una piedra gigante atada al cuello, o en que sentencia que es preferible entrar mutilados en la Vida eterna que ir enteritos al infierno “donde el gusano no muere y el fuego no se extingue” (cf. Mc 9, 38-48), o que el que abandona a su mujer y se casa con otra comete adulterio, diga lo que haya dicho el mismísimo Moisés (cf. Mc 10, 2-16), acusamos recibo de que este Jesús tajante de las diatribas y de las exigencias no es el mismo Jesús ¡ay! que solemos presentarles “a los pequeños que” -todavía, gracias a Dios- “tienen fe” (Mc 9, 42).

“El que ignora las Escrituras ignora a Cristo”. ¿Qué hacemos, entonces? No tenemos más opción: o nos dejamos cortar, o cortamos nosotros. O nos abrirnos al Señor de la Palabra y dejamos que su facón doble filo (cf. Heb 4, 12) nos traspase, o nos hacemos los sordos y pasamos por alto (y a veces, con la venia del leccionario, directamente no leemos) los pasajes que desdicen nuestra imagen “eclesialmente correcta” de Jesús. Lamentablemente, muchas veces hoy elegimos quitarnos de encima, como una pesada molestia, las palabras inspiradas que vienen a hacer añicos nuestro ídolo, como hizo Moisés con el dorado becerro. 

Hace ya muchos años, el profético Padre Castellani denunciaba: “Se han dejado caer grandes trozos del Evangelio, que eran incómodos de predicar y más aún de practicar […] Se ha suprimido la personalidad de Cristo”. “[El Catolicismo] -sigue diciendo- se vuelve de veras una religión de mujeres: cuyo único objeto es el "Dulce Nazareno" de Constancio Vigil, simbolizado en la actual abominable estatuaria religiosa por los Cristos buenos mozos de melena rubia con el dedo en la boca del corazón abierto. La verdad es que el Cristo de la predicación actual no es ni hombre ni mujer: es un concepto” (L. Castellani, Cristo y los fariseos, Vórtice-Jauja, pp. 55-56).

¿Qué nos diría Castellani hoy a nosotros, a quienes esas imágenes del Sagrado Corazón -si es que todavía las vemos por ahí- por poco nos asustan, de puro hieráticas, por más melenas rubias y túnicas rosas que tengan?

Como entonces, también hoy nuestro pobre concepto reductivo de Cristo se refleja en las imágenes religiosas. Al respecto, quisiera señalar dos indicadores muy elocuentes: uno, por defecto; otro, por exceso.

    Están en franca disminución, por un lado, las imágenes del Crucificado y, en general, de Jesús sufriente o muerto. Contra la tradición y las normas litúrgicas, falta muchas veces incluso en los altares de las iglesias, donde cada vez más se ven cruces sin Cristos, o con Cristos resucitados, gloriosos, etc. Por lo demás, ya casi no se los coloca en las cabeceras de las camas de los matrimonios cristianos, donde en el mejor de los casos es reemplazado por otras imágenes religiosas (la Virgen, la Sagrada Familia, etc.). Cuando el Crucifijo sigue estando, casi todas las veces lo está de modo que se disimula lo más posible el realismo de su Pasión y Muerte. A los cristianos de hoy, ver un Cristo como el Señor de los Milagros de Salta, o el Santo Cristo de Buenos Ayres, o cualquiera de las imágenes barrocas de nuestra tradición hispanoamericana, nos está empezando a escandalizar.  Incluso encontramos justificaciones teóricas: que dan la imagen de un Dios Padre sanguinario, que Cristo no nos salvó por el sufrimiento sino por el amor, que creemos en un Jesús vivo y resucitado, etc. Claro que sí, pero en contra está siempre lo que dice San Pablo: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado” (1 Cor 1, 23); y “yo no quise saber nada fuera de Cristo, y Cristo crucificado” (cf. 1 Cor 2, 2).

Santo Cristo de Buenos Ayres

Por otro lado, abundan y sobreabundan las imágenes “naïves”, los dibujitos pueriles de Jesús como los de “las Mellis” (de la hojita El Domingo), o, sobre todo, los de Fano. El problema no es su uso en las aulas de los jardines de infantes, sino su abuso en todos los ámbitos de la pastoral eclesial. ¿Cómo conciliar ese Cristo infantilizado con el viril Pastor que pelea contra los lobos que quieren escandalizar a su pequeño rebaño,  con el Padre lleno de celo amoroso que amonesta y corrige a sus hijos para evitar que pierdan la vida, con el Profeta que patea mesas y echa a latigazos a los mercaderes del templo, o con el fortísimo Mártir capaz de entregar la vida por amor al Padre Dios y a los hombres?

¿No será que ese inofensivo y aguachento Jesús de salita de tres expresa más un Dios “a imagen nuestra”, que no queremos ser adultos responsables, que queremos ser “amigos sí, pero padres no”, que evitamos cualquier corrección y castigo como si fueran faltas de amor? ¿No tendrá que ver este dejar de mirar al Crucificado con la ilusión de que nuestras obras no tienen consecuencias, y que no tenemos nada de que hacernos cargo; con nuestra sensación de que no tenemos nada de que arrepentirnos ni de que ser perdonados; con nuestra fútil pretensión de poder amar sin sufrir; con nuestro afán de vivir superficialmente para evitar, cueste lo que cueste, el dolor y la mención misma de la enfermedad o la muerte?

Por supuesto que, tomando aisladamente cada imagen de Jesús, antigua o actual, puede verse como una aproximación aceptable, como una de tantas perspectivas posibles, como una de tantas “hermenéuticas” que legítimamente destacan uno u otro aspecto del inagotable misterio de Cristo. Pero no podemos dejar de advertir que, cuando unas representaciones se multiplican en desmedro de las que acentúan los aspectos contrarios, se está operando un recorte, una reducción unilateral de la persona de Jesucristo que nos hace descubrir, justamente, una velada herejía, una verdadera criptoidolatría.

“Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. Que San Gerónimo interceda por nosotros para que la espada de la boca de Cristo (cf. Apoc 19, 15) nos rompa, una y mil veces, las falsas imágenes que nos hacemos de Él, que es a su vez la imagen del Padre, y nos chucee para buscar y seguir buscándolo, hasta que al fin “viendo su rostro revelado seamos totalmente felices en su gloria” (Santo Tomás de Aquino, Adoro te devote). Amén.

martes, 7 de septiembre de 2021

Oda a la humedad de Buenos Ayres











Verbo de Dios, Poesía verdadera,

que compones endechas cristalinas

en la turbia agua de nuestra ribera;

tú que inspiraste con unción divina

a Don Martín del Barco Centenera,

que fue el primer cantor de la Argentina,

ayúdame a escribir hoy con donaire

mi “oda a la humedad de Buenos Ayres”.


No tienen estos versos otro empeño

que ser un acto de reparación

hacia la reina del clima porteño

aborrecida por su población,

que le suele achacar frunciendo el ceño

todas las culpas de su situación;

y por contrarrestar tantos desaires

le canto a la humedad de Buenos Ayres.


Cantarle a la humedá es cantarle al río

que antaño bautizaron de la Plata,

que en sudestadas muéstrase bravío

y en los pamperos sus aguas recata;

y a la insufrible pesadez de estío

que tantos ríos de sudor desata,

(y si es culpable de nuestros sudores

más lo será de nuestros malhumores).

 

Pero cantarle a la humedá es cantar

a todo lo que engendra poesía:

al pastito que logra despuntar

entre adoquines de una calle umbría,

a las selvas que quieren asomar

como espectros al lado de la vía,

y al charquito que en su breve laguna

traduce los mensajes de la luna.

 

Al musguito que unge los tejados

con el barniz sagrado de lo añejo,

y al temible verdín del empedrado,

y a las paredes con olor a viejo;

y a esos mil yuyos imponderados

que habitan los baldíos, desparejos,

donde feraz la pampa se da aires

de enseñorearse sobre Buenos Ayres.


A las plantas que crecen, naturales,

contra los fondos y las medianeras:

a la hiedra que oculta los tapiales,

al níspero, al ligustro, a la morera,

que, al develar los rasgos tropicales 

que en el principio la ciudad tuviera,

tapar quisieran, con piadoso beso,

los orgullosos logros del progreso.


A las guirnaldas de la enredadera

en el cableado de los arrabales,

como un arco esperando que viniera

algún santo en sus fiestas patronales...

Por estas cosas mi verso se esmera

para cantarle en octavas reales

a esta poética humedad, salud

de la malsana Capital del Sud.



Las Tunas, 8 de septiembre del año del Señor 2021

lunes, 10 de mayo de 2021

“¡Soy de la Virgen, nomás!”

Un itinerario espiritual mariano de la mano del Negro Manuel

Domingo Gatti. Milagro de las vírgenes de la carreta


    Cada vez que se celebra la Misa de Nuestra Señora de Luján, Patrona de la República Argentina, escuchamos de boca del Señor Jesús esta indicación: “Aquí tienes a tu Madre” (Jn 19, 27).

Es Cristo mismo quien nos señala a María por Madre, quien nos impulsa hacia Ella. Como en los tiempos de Isaías, es por orden divina que debemos mirar a esa Mujer: “El Señor mismo les dará un signo: Miren, la Virgen está embarazada y dará a luz a un hijo a quien llamarán con el nombre de Emanuel -Dios con nosotros-” (Is 7, 14).

En efecto, la voluntad de Dios es que recibamos a esa Virgen en nuestra casa, como san José: “Al despertar, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa” (Mt 1, 24). Así se cumplió la profecía de Isaías y nació Cristo. También hoy ésta es la manera de cumplir la voluntad de Dios para que Él se haga presente “en medio de nosotros”.

El discípulo “a quien él amaba” (Jn 19, 26), modelo de todo cristiano, hizo lo mismo que había hecho san José: “desde aquella Hora, la recibió en su casa” (Jn 19, 27). En efecto, dice la tradición que san Juan se ocupó de la Madre de Cristo, y cuando le tocó salir a evangelizar, la llevó consigo a Éfeso.

Sin embargo, este evangelista no escribió literalmente “en su casa” (en to oikía autoú), sino “en ta ídia”, expresión más amplia y profunda, que tiene que ver con lo más propio de uno, que por supuesto incluye una propiedad inmueble -la casa-, pero que alcanza la hondura de eso que es sólo de uno, lo más íntimo. De ahí que muchas traducciones autorizadas lo digan así: “el discípulo la recibió como suya”.

      Ahora bien, cuando uno escucha esta Palabra del Señor el día de la Virgen de Luján, es difícil no pensar en ese querido protagonista del milagro lujanero que es el Negro Manuel. Él, de hecho, fue el discípulo amado que recibió de labios de un patrón humano la orden del Amo divino: “Y dicho Rosendo dedicó un negro, llamado Manuel, al culto de dicha Imagen”. Y, como casa él no tenía, la recibió “como suya”.

            Pienso, pues, que en la vida del negrito Manuel podemos aprender cómo es el camino señalado por Cristo en la cruz para vivir y morir como verdaderos discípulos suyos. El punto de partida, la iniciativa, es de Dios. Y esto se lo ve en dos aspectos: primero, en que el discípulo tiene el título de “amado” por el Señor: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes” (Jn 15, 16). ¡Con qué claridad brilla esta sabia arbitrariedad de los amorosos caminos de Dios en la oscuridad del esclavo Manuel! Dan ganas de gritar como Jesús en Galilea: “¡Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido!” (Lc 10, 21).

Segundo, en que todo comienza con una indicación divina, en este caso, de Cristo en la Cruz: “Aquí tienes a tu Madre” (Jn 19, 27). La acción del discípulo amado es obedecer: escuchar y poner en práctica las palabras de Jesús, que como él decía, no eran suyas, “sino de Aquel que me envió” (Jn 7, 16).

            Y Jesús manda mirar y recibir a su Madre. Por eso, como enseñaba el Padre Tello, no se trata de “A Cristo por María” sino, más bien, de “A María por Cristo”.

            La segunda estación en este itinerario espiritual es aceptar a María como Madre propia. Apropiarse de la Madre del Señor de manera que se le pueda decir “Madre mía”. Esto ha tenido lugar “desde aquella Hora” (Jn 19, 27). Palabra clave en el cuarto evangelio que Cristo usaba para referirse a la redención que realizó en su pasión, muerte y resurrección. Por eso, en ese contexto, bien podríamos decir que este pasar de María -de Madre de Jesús a Madre del discípulo amado- es un anticipo y espejo de lo que Cristo le dirá a la Magdalena en la mañana de la resurrección: “mi Padre y Padre de ustedes, mi Dios y Dios de ustedes” (Jn 20, 17). Cristo nos entrega todo lo que es suyo para que lo hagamos nuestro.

    Ahora bien, al mirar la vida de nuestro Negro Manuel, podemos percibir que ese recibir a la Virgen “como suya” marcó el inicio de una relación de amor que, como una cascada en la roca, fue labrando un hondo surco en corazón. Nos dicen las antiguas crónicas, y lo corroboran documentos jurídicos, que treinta años después del milagro de la carreta los descendientes de Rosendo reclamaron ser los dueños de ese negro esclavo, quien siguiendo a la Virgen había abandonado su antigua estancia, mudándose a la de Doña Ana de Matos. Y que en el juicio, el negro Manuel se defendió diciendo: “Soy de la Virgen, nomás”.

            En esa frase, que constituye todo su proceso de canonización, el negro Manuel demuestra haber pasado del inicial “recibir a la Madre como suya” a ser él mismo “de Ella”. Parece un sutil juego de palabras, pero expresa una transformación de fondo en su persona. Tan radical es el cambio, que la acción cambia totalmente de sujeto. Antes, la Virgen era de él; ahora, él es de la Virgen. El poseía la imagen de la Virgen; ahora, es la Virgen quien por su imagen lo posee a él. Primero, encontró en la Madre a su madre que había perdido; ahora, se confiesa su hijo. Al comienzo, aprendió por necesidad el amor posesivo; al final, se brinda con generosidad con amor desinteresado. Antes era por fuerza esclavo de los hombres; ahora se sabe libremente esclavo de la Virgen Santísima.

    Pero el Negrito Manuel nos viene a recordar, además, que ser esclavo de la Virgen (y en Ella, de Dios) coincide con la máxima libertad humana. Manuel, en ese acto de audaz autonomía frente a jueces y señores, impensable en alguien de su condición, no dijo sólo que era “de la Virgen” sino que era “de la Virgen, nomás”. Así declaraba solemnemente su absoluta libertad ante los hombres, que no había leído en ningún panfleto libertario, sino aprendido interiormente mirando los amorosos ojos de su única Ama, la Esclava del Señor.

Muchos años más acá, otro hijo insigne de la Virgen, el Papa Juan Pablo II, confirmó con el lema mariano “Totus tuus” (Soy todo tuyo), este camino de santidad que partiendo de la tercera palabra de Cristo en la cruz deriva naturalmente en la consagración a María.

Así, la vida escondida y callada de Manuel, el fiel esclavo de la Virgen de Luján, nos enseña cómo es el camino de todo cristiano, de todo “discípulo amado”. Llegar a ser, en María (en la Iglesia), y como Ella, esclavos del Señor. Y así, en Ella, y como Ella, “estremecernos de gozo en Dios”, ser para siempre “felices por haber creído.”

            Creo que el Negro Manuel es germen y símbolo del pueblo argentino. En primer lugar, del pueblo humilde. ¿No es significativo el hecho de que tantos pobres empiezan comprando una virgencita en Luján para llevarla a su casa y terminan con la Virgen tatuada en su pecho? ¿No estarán así muchos de ellos expresando, sin palabras que decir, que han pasado de "tener la Virgen" a "ser de Ella", como el Negrito Manuel?. Pero no sólo de los pobres, pues también el pueblo organizado como nación ha nombrado oficialmente a la Virgen de Luján como patrona suya. Por eso pidámosle a Nuestra Señora de Luján, Madre de todos los argentinos, que, como al negro Manuel, nos tome cada vez más el corazón, para que pasemos de tenerla por nuestra a hacernos suyos, y así justamente seamos libres y soberanos, no sólo de palabra sino de verdad.

El Negrito Manuel entra al Cielo. Detalle del mural frente a la estación terminal de colectivos, Luján.


lunes, 15 de marzo de 2021

A cuarenta años de la muerte del Padre Castellani

    


    En homenaje al gran maestro, transcribo este inigualable poema, escrito -como él mismo lo explica en la introducción- inspirado en su admirado Kierkegaard, pero que (al igual que el verso "Quijotismo" que hemos otra vez publicado aquí) refleja para mí ese fuego del corazón del autor y que por eso me parece para el mejor a la hora de entender y celebrar su vida.

    Asimismo, dejo una linda semblanza de su vida en este enlace: https://www.infobae.com/cultura/2021/03/15/leonardo-castellani-el-gran-escritor-y-profeta-argentino-ausente-en-el-canon-de-nuestras-letras/

El poema Jauja

El año cincuenta – y, antes del 60 (no recuerdo la fecha) – acabé de leer meditadamente el gran tratado de Kirkegord “Posdata definitiva no científica a las Nonadas Filosóficas”, después de haber leído otras obras menores para alcanzar su comprensión. El libro me fascinó (o más elegante me impactó) de tal modo que ese mismo día escribí el poema kierkegordiano Jauja, el mejor de los míos (esto quizá no sea decir mucho) con una facilidad no ordinaria, como si alguien me lo dictase.

Uso allí la alegoría de un viaje arriscado por mar a una de las Islas Afortunadas para corporizar el “Itinerarium Mentis” del místico danés; como Fray Juan de Yepes usó la de una subida a la montaña, Santa Teresa el ingreso a la cámara más íntima de un palacio, el Inglés Bunyan el de un viaje a pie plagado de obstáculos y peripecias alegóricas; y así otros poetas místicos.

La escrición del poema, que va aquí en apéndice, me dejó la impresión de que el danés me había ayudado, como se lo pedí, lo cual significaba que se había salvado y estaba con Dios, lo cual se puede tener por superstición (y Uds. caros lectores pueden tenerlo) pero en mí es convicción soberana.
El poema comienza:



JAUJA

*
Yo salí de mis puertos tres esquifes a vela
Y a remo a la procura de la Isla Afortunada
Que son trescientas islas, mas la flor de canela
De todas es la incógnita que denominan Jauja
Hirsuta, impervia al paso de toda carabela
La cedió el Rey de Rodas a su primo el de León
Solo se aborda al precio de naufragio y procela
Y no la hallaron Vasco de Gama ni Colón.
*
Rompí todas mis cosas implacable exterminio
Mi jardín con sus ramos de cedrón y de arauja
Mis libros de Estrabonio de Plutarco y de Plinio
Y dije que iba a América, no dije que iba a Jauja.
Pinté verdes los cascos y los remos de minio
Y las velas como alas de halcón y de ilusión
Quedé sin rey ni patria, refugio ni dominio
Mi madre y su pañuelo llorando en el balcón.
*
Muchas veces la he visto, diferentes facciones,
Diferentes lugares, siempre la misma Jauja
Sus árboles, sus frondas floridas, sus peñones
Sus casas, maderamen del más perito atauja.
Su señuelo hechicero de aromas y canciones
Enfervecía el celo de mi tripulación,
Mas desaparecían sus mágicas visiones
Apenas la ardua proa tocaba el malecón.
*
La he visto entre las brumas, la he visto en lontananza
A la luz de la luna y al sol de mediodía
Con sus ropas de novia de ensueño y esperanza
Y su cuerpo de engaño decepción y folia.
Esfuerzo de mil años de huracán y bonanza
Empresa irrevocable pues no hay volver atrás
La isla prometida que hechiza y que descansa
Cederá a mis conatos cuando no pueda más.
*
Surqué rabiosas aguas de mares ignorados
Cabalgué sobre olas de violencia inaudita
Sobre mil brazas de agua con cascos escorados
Recorrí la traidora pampa que el sol limita.
Desde el cabo de Hatteras al golfo de Mogados
Dejando atrás la isla que habitó Robinson
Con buena cara al tiempo malo y trucos osados
Al hambre y los motines de la tripulación.
*
Me decían los hombres serios de mi aldehuela
“Si eso fuera seguro con su prueba segura
También me arriesgaría, yo me hiciera a la vela
Pero arriesgarlo todo sin saber es locura...”
Pero arriesgarlo todo justamente es el modo
Pues Jauja significa la decisión total
Y es el riesgo absoluto, y el arriesgarlo todo,
Es la fórmula única para hacerla real.
*
Si estuviera en el mapa y estuviera a la vista
Con correos y viajes de idea y vuelta y recreo
Eso sería negocio, ya no fuera conquista
Y no sería Jauja sino Montevideo.
Dar dos recibir cuatro, cosa es de petardista,
Jauja no es una playa-Hawaii o Miramar.
No la hizo un matemático sino el Gran Novelista
Ni es hecha sino para marineros de mar.
*
Las gentes de los puertos donde iba a bastimento
Risueñas me miraban pasar como a un tilingo
Yo entendía en sus ojos su irónico contento
Aunque nada dijeran o aunque hablaran en gringo.
Doncellas que querían sacarme a salvamento
Me hacían ojos dulces o charlas de pasión
La sangre se me alzaba de sed o sentimiento
Mas yo era como un Sísifo volcando su peñón.
*
Busco la isla de Jauja, sé lo que busco y quiero
Que buscaron los grandes y han encontrado pocos
El naufragio es seguro y es la ley del crucero
Pues los que quieren verla sin naufragar, son locos
Quieren llegar a ella sano y limpio el esquife
Seca la ropa y todos los bagajes en paz
Cuando sólo se arriba lanzando al arrecife
El bote y atacando desnudo a nado el caz.
*
Busco la isla de Jauja de mis puertos orzando
Y echando a un solo dado mi vida y mi fortuna;
La he visto muchas veces de mi puente de mando
Al sol de mediodía o a la luz de la luna.
Mis galeotes de balde me lloran ¿cuándo, cuándo?
Ni les perdono el remo, ni les cedo el timón.
Este es el viaje eterno que es siempre comenzando
Pero el término incierto canta en mi corazón.
*
Oración
*
Gracias te doy Dios mío que me diste un hermano
Que aunque sea invisible me acompaña y espera
Claro que no lo he visto, pretenderlo era vano
Pues murió varios siglos antes que yo naciera
Mas me dejó su libro que, diccionario en mano,
De la lengua danesa voy traduciendo yo
Y se ve por la pinta del fraseo baquiano
que él llegó, que él llegó.

Leonardo Castellani
(del apéndice de la obra “De Kirkegord a Tomás de Aquino”.
Extraído del blog: padreleonardocastellani.blogspot.com)


lunes, 2 de noviembre de 2020

¿El prójimo contra Dios?

Una de las más persistentes malas costumbres litúrgicas (en realidad, paralitúrgicas) de nuestras misas vernáculas la constituyen los “guiones”, sobre todo cuando se dedican no a dar oportunas moniciones (“nos ponemos de rodillas”, p. ej.) sino a traducir a los fieles, en confusos circunloquios, lo que la Palabra de Dios dirá claramente segundos después.

Pero bueno, a veces sirven. Como me sirvió el que escuché en la misa del sábado pasado, cuando me disponía a proclamar el Evangelio. En efecto, la mentada introducción terminaba sentenciando: “el amor a Dios no es otra cosa que el amor al prójimo”. Frase rotunda y chocante que me dio pie para improvisar un sermón bastante diferente al que me traía pensado.

¿Se puede decir que el amor a Dios es, sin más, el amor al prójimo? Y parece que no.

          En primer lugar, porque lo contradice el mismo Señor en el Evangelio: “Los fariseos, cuando oyeron que había hecho callar a los saduceos, se juntaron a consejo; y le preguntó uno de ellos, que era doctor de la Ley, para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todo tu espíritu. Éste es el mayor y el principal mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 34-40, Domingo XXX durante el año, ciclo A).

          Jesús, a la pregunta por “el” mandamiento más grande, responde con dos, a los que enlaza sin dudas para siempre (porque “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”). Sin embargo, en su respuesta no los unifica propiamente, sino que afirma que son dos (“de estos dos mandamientos…”), llamando a uno “primero” y a otro “segundo”. Todavía más: para que no queden dudas de que el orden entre ellos le importa, después de enunciar el primero agrega: “Este es el más grande y el principal mandamiento”.

          Así, Cristo sintetiza el Decálogo promulgado por Moisés con un mandamiento que comprende los tres primeros mandatos referidos al amor a Dios (primera tabla) y otro que resume los siete restantes del amor al prójimo (segunda tabla). Por eso, dice que “toda la Ley y los Profetas”, es decir, toda la Escritura, depende de estos dos mandamientos.

          Al unir así el primer mandamiento, tomado del “Escucha, Israel…” (Dt 6, 5), con el que él llama segundo, citado del Levítico (19, 8), Jesús da a entender que no se pueden separar -hablando en cristiano- el amor a Dios del amor al prójimo. Es decir, no se puede dar el amor a Dios sin el amor al prójimo. Como no se puede dar una fe viva sin obras: “de la misma manera que sin su espíritu, el cuerpo está muerto, así también, sin obras, está muerta la fe” (Sant 2, 26). La formulación más clara y contundente de esta enseñanza cristiana la hizo San Juan en su primera Carta: “el que dice: yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso, pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (cf. 1 Jn 4, 20).

            Como ésta de San Juan, todas las enseñanzas del Nuevo Testamento que insisten un poco unilateralmente en el amor al prójimo son enseñanzas dirigidas a comunidades de fieles cristianos, es decir, que dan por supuesta y resabida la primacía del amor a Dios, para advertirles del riesgo de cerrarse en si mismos o de desentenderse del amor concreto a los pobres. En esta línea se inscriben la parábola del buen samaritano, la parábola del juicio final de Mt 25, el mandamiento nuevo, o la lapidaria frase de San Pablo: "Toda la Ley alcanza su plenitud en un solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Ga 5, 14). 

          Ahora bien, no se pueden leer estas enseñanzas desde el pretendido "nuevo paradigma" de "Dios ha muerto"... Leer la Biblia sin fe es siempre sacarla de contexto, pues todo lo que allí está ha sido escrito desde la fe y para la fe. No es legítimo ni honesto interpretar estas enseñanzas evangélicas desde una perspectiva meramente filantrópica o de fraternidad naturalista o intramundana. 

        Digámoslo una vez más: no puede deducirse de aquí que el amor de Dios sencillamente se identifique con el amor a los hermanos. Si es cierto que no puede haber amor a Dios sin amor al prójimo, también lo es que no cualquier amor al prójimo expresa o supone el amor a Dios.

            A mi ver, esta confusión no es sino una manifestación más de la tragedia mayor de nuestro tiempo: se ha reemplazado la primacía de Dios por la primacía del hombre.

 Pero aun suponiendo que sea inocente, no es inocuo decir que el amor a los hermanos es, sin más, el amor a Dios.     

La fe, el culto, el martirio

           Si así fuera, ¿para qué siguen estando en las enseñanzas de Cristo la fe, el culto, la religión misma? Bastaría con amar al otro para honrar a Dios. La única liturgia sería la caridad.

Pero no: Dios pide ser amado directamente, por sí mismo. Él es un Dios personal y quiere ser conocido y amado personalmente. Quiere el homenaje de nuestra fe, de nuestra confianza y sumisión a él.

A Cristo no le es indiferente que creamos o no en él. La fe lo conmueve: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” (Mt 15, 28), “Les aseguro que en ninguna persona de Israel he encontrado una fe semejante” (Mt 8, 10), “Al ver la fe de esos hombres” (Mc 2, 5), como lo conmueve su ausencia: “Hombres de poca fe” (Mt 15, 8) “, ¿Cómo puede ser que no tengan fe?” (Mc 4, 40) “Y se asombraba de su falta de fe” (Mc 6, 6), “Les reprochó su incredulidad” (Mc 16, 14). La fe es determinante para la salvación: “Tu fe te ha salvado” (Lc 19, 42). Tan es así que al dar la misión a los Once antes de ser elevado al Cielo, Jesús los manda a predicar el Evangelio a todos, de modo que “el que crea y se bautice, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mc 16, 16). Y la fe, finalmente, es el fruto que volverá a cosechar en su Segunda Venida: “Pero cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará la fe sobre la tierra?” (Lc 18, 8). Lo dice cabalmente la Carta a los Hebreos: “Sin la fe es imposible agradar a Dios” (Heb 11, 6).

Los evangelios, además, nos enseñan a demostrar esa fe y amor a Cristo con actos de culto cuando nos dice, por ejemplo, que los discípulos “se prosternaron delante de él diciéndole: Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios” (Mt 14, 33) o que lo aclamaron junto con la multitud al entrar en Jerusalén (cf. Lc 19, 28-40), o que se postraron ante él al momento de la Ascensión (cf. Lc 24, 51). La complacencia expresa del Señor ante estos actos de adoración a su persona está en la respuesta tajante que da a Judas, quien reprochaba a santa María Magdalena el derroche de su unción con la excusa de la beneficencia a los pobres (cf. Jn 12, 3-8), lo mismo que cuando refiriéndose a ella declaró: “María eligió la mejor parte, que no le será quitada” (Mt 10, 42).

Es más. Dios quiere que lo amemos más que a nuestra propia vida (por eso no dice: “ama al Señor tu Dios como a ti mismo” pues pide que lo amemos más que a nosotros mismos). Jesús estaba enseñando que él era Dios cuando pedía lo mismo: “el que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí […] el que pierda a su vida a causa de mí, la asegurará” (Mt 11, 37. 39).

Por eso Jesús, que es el modelo del “hombre nuevo”, ofrece su vida hasta la muerte en obediencia amorosa a Dios su Padre. “Padre, si quieres apartar de mí esta copa…, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42). “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Amó a Dios más que a su vida. Y “siguiendo sus huellas” (1 Pe 2, 21) los Apóstoles murieron mártires: derramaron su sangre por amor a Jesucristo, su Dios y su Señor. Todos los gloriosos mártires de la Iglesia nos enseñan, existencialmente, la importancia del primer mandamiento.

Dicho esto, nunca debemos olvidar que la primacía de Dios consiste en primer lugar, en que “Él nos amó primero” (1 Jn 4, 19). El mandamiento nuevo que el Señor da en la Última Cena después del lavatorio de los pies: “ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13, 34) es nuevo porque brota, como de su fuente, de su propia entrega en la Cruz, que es “el amor más grande”, el de quien “da la vida por los amigos” (Jn 15, 13). “Esto es el amor: no que nosotros hayamos amado a Dios, sino Dios que nos ha amado a nosotros, y nos ha enviado a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). Por eso, la caridad -como la fe y como el culto- es una gracia, un don sobrenatural. No se puede amar sino permaneciendo en el amor de Cristo, como los racimos a la parra, porque nos dice: “Sin mí, no pueden hacer nada” (Jn 15, 6). Por eso, como dice Benedicto XVI: “el amor puede ser mandado, porque antes es dado” (Deus Caritas est, 14).


viernes, 30 de octubre de 2020

La parábola de la bandera robada

Praefatium praeparabolicum

            Cuando era chico, a los partidos de fútbol acudían “hinchas” no solamente del equipo local, sino también del visitante. Ir a la cancha era una fiesta. Y no sólo por poder ver en vivo y en directo un partido, sino por el espectáculo de cinco sentidos que la rivalidad entre las dos hinchadas desplegaba antes y durante el encuentro. Los colores, la profusión de papelitos y cintas, los bombos y trompetas, las bengalas luminosas, el olor de los petardos humeantes y el ingenio de los estribillos hirientes que las opuestas tribunas alternaban constituía -sobre todo en los “clásicos”- un programa tanto o más cautivante que el deporte mismo que se disputaba allá abajo. Parece mentira tener que contarlo, pero así ha de ser.

Una de las hazañas más altas de la que una hinchada podía ufanarse ante la barra rival era la de haberle robado la bandera. “¡Le afanamo’ la bandeeeeera, que la vengan a buscar!” -cantaban en un delirio de pasión, ostentando, entre todos los “trapos” propios, algunos del color contrario.


Bandera capturada a los ingleses en la Reconquista de Buenos Ayres. Iglesia de Santo Domingo, Buenos Ayres.
Bandera de los invasores ingleses capturada en la Reconquista (12 de agosto de 1806).
Iglesia de Santo Domingo, Buenos Ayres.


La bandera robada

-Escuche entonces, m' hijo, lo que pasó una vez entre los dos equipos de Villa Nosei, en el profundo conurbano porteño.

Dos veces al año, Villa Nosei se revolucionaba con ocasión del clásico vernáculo. Deportivo Nosei, viejo club del barrio cercano a la estación que los inmigrantes “gallegos” habían fundado en los albores del siglo XX, se enfrentaba al Club Fonavi, cuya cancha quedaba en medio del barrio de “monoblocks” allende las vías. Los del “Depo” tenían en su camiseta los colores de España; la casaca de Fonavi, en cambio, era verdirroja, dizque en honor a San Jorge, patrono de la capilla del barrio. Con los años, y a medida que se fueron integrando los habitantes de uno y otro sector de Villa Nosei, la conciencia del origen de ambos clubes fuese desdibujando, de modo que se podía decir que la mitad de los noseienses era simpatizante del Depo y la otra mitad del Fonavi, fueran o no de los “monoblocks”. Huelga aclarar que antes que nada todos eran de Boca o de River…

Un día, después de una noche de sudestada furiosa, las puertas de la sede social de Deportivo Nosei amanecieron violadas. Sin embargo, las vitrinas de vidrios biselados con los viejos trofeos estaban intactas. Las arcas -perennemente exiguas- del clubcito, indemnes. No faltaba nada. Sólo supieron lo que había pasado meses después, a pocos días del consabido clásico. Al ingresar al cuartito del fondo de la cancha los muchachones de la barra descubrieron que les habían robado todas las banderas del club. No habían dejado ni una. Y para colmo, en las paredes y suelo de la mentada piecita habían tenido el malgusto de pintar frases soeces con alguna viscosa pintura marrón... La ofensa estaba consumada. No había tiempo de mandarlas a hacer nuevas antes del encuentro.

Ese domingo fue memorable para unos y otros. El partido se jugaba, para peor, en el modesto estadio del “Depo” Nosei. Los “fonaveros” esperaron el momento justo para desplegar las banderas ajenas y provocaron una explosión de euforia en las tribunas. En los “trapos” más grandes habían escrito ingeniosas afrentas, las más de ellas irreproducibles. Para la fausta ocasión habían creado decenas de canciones alusivas al robo más feliz de la historia del barrio. La única repetible que recuerdo, compuesta con la música de “Mi hermanito toca el piano...”, decía algo así:

¿Por qué, amigo “depo”-tudo,

vas a la comisaría?

-Para que a nuestras banderas

las cuide la Policía.

          Fue tal la fiesta de ese domingo que los “fonaveros” ni se fijaron en el resultado del partido, que fue goleada cuatro a cero del Deportivo Nosei. El botín era demasiado grande para que su usufructo se agotara el día del clásico. De modo que el domingo siguiente, y el subsiguiente, y el otro, de local o visitante, fuera quien fuese el contrincante, la barra del club monobloquero comenzó a llevar religiosamente sus trofeos de guerra.

Era tan contundente el efecto que producía en los estadios el ensayado ritual de desplegar los hispánicos colores del archirrival en las tribunas de “Fonavi” que los propios hinchas no sólo se fueron acostumbrando a desplegar toda esa cantidad de insignias malhabidas, sino que insensiblemente empezaron a amar esos colores. Los pibes más chicos creían que esas banderas también eran de su cuadro. Como si existiera también en el mundo de las banderas algo así como una “camiseta suplente”.

Al cumplirse diez años del glorioso hurto, la comisión directiva les compró a los jugadores una casaca conmemorativa con los colores usurpados, y en adelante empezaron a utilizarla también en el clásico, considerando doble la victoria si en el sorteo le tocaba al Deportivo Nosei la humillación de usar la suplente.

Así, lo que empezó siendo una afrenta dirigida al equipo contrario devino en signo de orgullo, y sin saber bien cómo ni cuándo los gorros y banderas españoles fueron ganando lugar en los corazones y en los tablones… 

Unos años más tarde, en el Fonavi nadie se acordaba de sus colores originarios.

Y colorado, colorín, esta parábola llegó a su fin.

-¿Ya está? 

-Sí, pue, m' hijo.

-Malísima. ¿Y entonces?

-Cuidado, m’ hijo, con aficionarse a levantar banderas ajenas. Y más si tienen palabras grandes y bonitas, como “libertad”, “igualdad”, o “fraternidad”.

- ...

-Hay que bancar los trapos, pibe.

martes, 13 de octubre de 2020

Una lectura recomendada

Se trata de una obrita de fácil lectura y severo rigor teológico, en la que el entonces joven teólogo Josef Ratzinger, actual Papa emérito Benedicto XVI. compara el concepto cristiano de fraternidad, tal como surge de los textos bíblicos y de la Tradición, y lo compara con y distingue de los ideales de fraternidad no cristianos, tal como el surgido de la Ilustración y hecho bandera por la Revolución Francesa.


La editorial presenta una mínima recensión aquí.


lunes, 17 de agosto de 2020

Padre Julián Zini, la palabra del pueblo chamamecero


Ayer, justo después de haber compartido la Misa y unos mates amargos y pastelitos caseros en su casa, un amigo mercedeño me llamó para darme la triste noticia de la muerte del Padre Julián Zini. Enfermo de cáncer, venía preparándose para su viaje al Cielo desde hace unos años. 

El Pa'í Julián era un genio. Sacerdote de la diócesis de Goya y discípulo de su obispo Alberto Devoto, le regaló a la Iglesia de la Argentina todo su arte en el empeño de que la liturgia se nutriera de las raíces culturales de esta tierra. Asociándose con excelentes compositores, creó cientos de canciones con ritmo de chamamé, rasguido doble o valseado expresando los anhelos de su generación por estar más cerca de los pobres, ser más sencillos y humanos y mostrar así más fielmente el rostro de Dios hecho hombre. Esas canciones todavía hoy son comunes incluso en ámbitos urbanos y no litoraleños: "Qué lindo llegar cantando", "Dios Familia", "Queremos, ser, Señor" son algunos ejemplos de su enorme obra al servicio del Pueblo de Dios.

Pero sin abandonar nunca del todo esa veta, y siguiendo seguramente las enseñanzas del P. Tello -a quien tenía por maestro-, el Padre Zini comenzó a ahondar en el sepultado cauce de la cultura popular criolla de sus correntinos, descubriendo y valorando en ella la fe profundísima sembrada antaño por franciscanos y jesuítas, que había fecundado, sin eclipsar sus riquezas, el modo de ser guaraní: una cultura siempre combatida y que asombraba por su inagotable capacidad de resistir y reinventarse. Entonces se entregó con toda la seriedad de su sacerdocio al estudio de esas raíces, tanto en los libros como en el campo... Y, de acercarse tantos años a su pueblo con mirada atenta y corazón amante, nació esa capacidad única del Padre Julián para ponerle palabras a esos criollos a quienes, por haberles cortado la lengua, por haberles "podado el idioma -porque hablar el guaraní fue y es pecado, porque es cosa de menchos, guarangada-" (cf. J. Zini, "Patria chica amada") sólo sabían expresarse en el baile y el zapucai. Para musicalizar sus versos se asoció con talentosísimos jóvenes de entonces, hoy clásicos del género, que abrieron nuevos horizontes en la música correntina: fundamentalente el gringo Sheridan y Tito Gómez de Los de Imaguaré, y Mario Bofill.  Desde hace décadas, el nombre del Padre Zini es sencillamente insoslayable en la cultura chamamecera, como lo es en el culto a la Virgen de Itatí (ningún devoto ignora "Peregrino de la Esperanza" o "María Itatí") o del Gaucho Antonio Gil. 

Yo he visto, con mis propios ojos, a uno de esos tantos menchos desterrados en el conurbano porteño derramar lágrimas silenciosas al escuchar, desde el fondo de una plaza suburbana, los versos de "Avío del alma" en un festival. Ese día supe que Julián Zini, sacerdote de Dios para su pueblo, había logrado, cabalmente, su más querido propósito.

¡Gracias, padre Julián! ¡Que la Virgen de Itatí te reciba en su fiesta sin fin!


Dejo uno de los últimos versos del P. Julián, y una larga entrevista, con chamamé incluido, de hace apenas unos meses, en la que no falta nada.

            Cháke

¿Quién iba a decir, ch'amigo

que algo así podría pasar?

¿Quién inventó la pandemia 

y su triste mortandad?

¿La madre naturaleza 

o la misma humanidad?

Pensalo, y no tengas miedo 

que es la peor enfermedad.

Sí, señor, me quedo en casa,

para cuidarme y cuidar 

a los míos y al que pase 

la misma necesidad. 

No hay mal que por bien no venga 

dice un antiguo refrán,

necesito reaprender 

un poco de humanidad.

Se dice y todos sabemos 

en el campo y la ciudad,

que hay dos vacunas que el pueblo 

tendrá que ponerse ya:

la prevención que nos mandan

y la solidaridad:

que nadie se salva solo,

te salvás con los demás.

Pero, 

disculpen si desconfío 

como el gallo sacuapé:

siento que me están robando 

mi propio modo de ser.

Me prohibieron el abrazo, 

la reunión y el ñemboé.

La fiesta y el bailar juntos, 

que es prohibir el chamamé... 

Por favor no se acobarden 

por tanta necesidad:

salud, comida, trabajo,

familia, inseguridad...

Si el cuero es nuestro maestro 

ya sabremos reinventar

un modo que nos convenga 

de justicia y de igualdad.

Se dice y todos sabemos 

en el campo y la ciudad,

que hay dos vacunas que el pueblo 

tendrá que ponerse ya:

la prevención que nos mandan 

y la solidaridad:

que nadie se salva solo,

te salvás con los demás.

                                     Julián Zini, 2020.

GLOSARIO GUARANÍ:

¡Chake!  ¡Cuidado!

Ch'amigo  Mi amigo

sacuapé    tuerto

ñembo'é    rezo