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martes, 14 de agosto de 2018

Mi lugar en el mundo

     ¡Qué lindo volver a verte
     cual si estuvieras ahí mismo...!
     Bendito sea este espejismo
     que me invita a recorrerte...
     Galopar parejo y fuerte
     rumbo al ayer de mis ansias
     y apurando las distancias
     llegar al pago querido,
     mi lugar que nunca olvido
     ¡pueblito de La Constancia!
  

martes, 4 de noviembre de 2014

La bombilla de tío Carlos

A tío Carlos , que en este regalo de Ayacucho
me enseña que mi herencia está solo en Dios.

Unos días antes de que me ordenara de cura, llegó a mis manos de parte de tío Carlos, un hermano de mi abuela, un regalazo: era una bombilla larga y recta, de las llamadas "patria" (que no se tapan nunca), de plata y oro. En seguida reconocí en ella las características inconfundibles de las bombillas de Woolands, el tradicional platero de Ayacucho. ¡Eran famosas! ¿Quién de nosotros no había querido tener alguna vez una de esas bombillas? Pero era algo como propio de los "grandes", de "los tíos"... Mis abuelos, sus hermanos y primos, los de esa generación que había llegado a heredar alguna fracción de los campos familiares en las inmediaciones de Tandil y Ayacucho, ellos casi todos tenían su bombilla de Woolands de plata y con la marca de su propia estancia hecha en oro. Es como que había que ser "patrón" para poder tener una...
Siempre admiré la que tenía Tatá, mi abuelo, con la marca de "El Rodeo" -una letra griega "pi"-, y cuando él murió qué no hubiera dado por heredarla... Pero ni siquiera sé quién se quedó con esa criolla reliquia familiar. 
¡Qué grande fue mi emoción cuando me encontré, más de diez años después, con ese inesperado regalazo...! De hecho, la bombilla que ese día me regaló tío Carlos era prácticamente igual a la de mi abuelo, pero con una diferencia: en lugar de la marca del campo, la querida "pi", tenía el signo de la Cruz.
Desde entonces, "la bombilla de tío Carlos" es mi compañera infaltable en el mate y la oración de cada día.


Y fue recién hace unos días, en un retiro espiritual, que me di cuenta del profundo mensaje que ese regalo tenía para mí. 
Ese día había estado rezando con el salmo 15, uno de mis preferidos:

"Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: "Tú eres mi bien".
Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen. [...] 
El Señor es el lote de mi herencia y mi cáliz,
mi suerte está en tu mano.
¡Me ha tocado un lote hermoso! ¡Me encanta mi heredad! [...]"

Dicen los estudiosos que el autor de este salmo fue un levita. En el Pueblo de Israel, los descendientes de Leví eran los encargados de "las cosas de Dios", del culto. Por eso, en el reparto de la Tierra Prometida, "la tribu de Leví fue la única a la que no se dio heredad: el Señor Dios de Israel fue su heredad, como se lo había dicho" (Jos 13, 14). Y por eso no vivían de hacienda ni de cosechas propias -pues carecían de tierra- sino de los diezmos que los demás israelitas destinaban para el culto al Señor (cf. Núm 18, 20). De ahí la oración de este levita, que se confía únicamente a su Dios, sabiendo que nada tiene como riqueza en este mundo sino a Él, y depende solo de Él, porque solo Dios es "el lote que le tocó como herencia".
¡Cuántas veces vibré rezando este salmo, haciendo mías las palabras de ese levita! ¡Qué lindo y qué fuerte resuenan en nosotros, consagrados a Dios en castidad, pobreza y obediencia, estas palabras que la Iglesia nos hace rezar todos los jueves antes de acostarnos! Y -será por esa cosa de familia de herencias camperas- lo que más me conmovió siempre de ese salmo es la imagen de Dios como el lote de campo que le toca a uno heredar. 
Y así, mientras leía y releía el salmo 15, entre mate y mate, me quedé con la mirada fija en la bombilla de tío Carlos que, firme y fiel, enhiesta en el matecito, enseñaba altiva la marca de la Cruz.
Entonces me acordé de que al principio, cuando la recibí, pensé en mis adentros: "lástima que tenga esa crucecita, me hubiera gustado más con la marca de "El Rodeo"... Es demasiado piadoso, eso de la cruz... ¡Si yo siempre, hasta el día de hoy, sigo identificándome con la "pi"! Pero en fin, a caballo regalado...".
Ese día, sin embargo, entendí qué hondo sentido tenía la cruz en mi bombilla. La cruz está puesta en el preciso lugar en que debería estar la marca de la estancia, la marca que identifica el campo que se heredó. ¿Y qué significaría la "pi" para mí, sino entrañables nostalgias del pasado? ¿Qué significaría, si no me va a tocar a mí heredar "El Rodeo" ni ninguna estancia? ¿Qué significaría, si yo de hecho he renunciado a las riquezas y honores de este mundo por seguir a Jesús, mi pobre y humilde Hermano y Señor? 
En cambio, ¡cuánta verdad en este regalo de tío Carlos! ¡Qué profundo signo de lo que soy -más bien, de lo que debería ser- como sacerdote! Solo la Cruz debe ser mi riqueza; sólo Cristo mi herencia, sólo Él mi potrero, mi casco y mi estancia; mi honor y mi orgullo...  ¡Qué lindo que ahora, en momentos de vacilación y de soledad, pueda mirar la bombilla mientras rezo y decirle a Jesús: "mi suerte está en tu mano", porque "solo Vos sos el campo que heredé. No quiero mirar más el maíz del vecino, ni las vacas del de al lado... ¡me encanta el lote que me tocó!".
Y así, el mismo querido tío Carlos que cuando era chiquito me regaló mi primer caballo, me dejó, en una bombilla a primera vista muy "paqueta", una perdurable lección sobre la pobreza, sobre el celibato y sobre la vida consagrada a Dios. Y siento que recién hoy se la puedo agradecer del todo.

sábado, 11 de junio de 2011

Los callados hilos del Espíritu


Muchas veces he aprovechado “la hora de la oración” para agarrar el caballo y salir al campo, a dejar que la pampa y el cielo me ensanchen el corazón. Siempre me pareció una ingratitud no aceptar esa amabilidad del sol, que a la tardecita se pone manso y se entrega, dejándose mirar.
Cuando veo que se acerca ese momento sagrado en que el sol se va a poner, casi espontáneamente me apeo y, con instintivo respeto, presencio de pie esa bellísima tristeza del ocaso.
Algunas de esas tardes en que, sentado en el pasto, degustaba los tintos del cielo atardecido, me sorprendió un detalle antes inadvertido en esa soberbia escenografía, como irrumpe de pronto un primer plano en quien está acostumbrado a mirar el fondo. El sol, como un herido de muerte, desgarraba su último grito de luz antes de ahogarse en la sierra; como un postrero chuzazo sangriento, ese rayo de luz, lanzado desde abajo, al ras de la pampa, daba de lleno en la punta de los pastos, provocando una fiesta de formas y resplandores en los más humildes habitantes de la llanura. Y en medio de aquel inerme incendio de pastos y florcitas, de esa incandescencia sigilosa de panaderos, penachos y colas de zorro, celebrada apenas por los chimangos en retirada, un detalle me dejó extasiado. Sobre la infinita hilera oscura de siluetas vegetales, mecidas por la cadencia de la brisa, cientos, miles, millones de hilitos de oro aparecieron uniendo cada hojita de pasto, cada ínfima ramita, cada mínima flor. No había una sola plantita del campo que no estuviera atrapada en esa dorada cadena, colectiva artesanía de millones de arañitas invisibles. No se trataba de esas espléndidas telas de araña simétricas y redondas, prodigio de alguna antipática araña solterona, sino de simplísimos hilos en que la benigna luz del atardecer sabía reconocer el divino hilo de oro que abrazaba a todos los pastos del campo en su comunión, como una sinfonía de amor que saludaba al astro rey de la naturaleza.


Estos días en que, con toda la Iglesia, pedimos el Don del Espíritu Santo, volví con el pensamiento a esta metáfora que aprendí en esos inolvidables atardeceres de verano.
Pienso que el Espíritu Santo se parece a esas arañitas del campo. Él, a quien muchos autores llaman “el gran Desconocido”, es así porque “ama el esconderse”. El Espíritu teje en silencio y en lo escondido la profunda trama de nuestra comunión. Es un trabajador infatigable, y sin embargo uno casi nunca nota su presencia.
Si, como enseña la teología, el Espíritu Santo es el Amor personal en Dios, es natural que sea más “Desconocido”, porque el verdadero amor “no hace alarde, no se envanece (…) no busca su propio interés” (1 Co 13, 4b-5). Y sin embargo, es el fundamento de todo lo que existe, y lo que mueve el universo. Al Espíritu Santo, como al Amor, lo extrañamos cuando falta, pero nos cuesta agradecerlo cuando está. El Espíritu ama manifestarse no tanto en sí mismo como en sus frutos: en la increíble comunión de lo diverso (paz, amor, alegría, mansedumbre...) más que en la extraordinariedad del viento y el fuego (que quedan puertas adentro).
Sólo se deja ver cuando Dios quiere, y, como las secretas telarañas del ocaso, preferentemente a la hora de la oración...

domingo, 20 de febrero de 2011

Cuando Adán estuvo en Ayacucho

Hace casi diez años que no pasaba quince días seguidos en el campo. Y, tal como lo tenía puntualmente previsto y largamente deseado, las dos semanas de estudio requeridas para el examen final de toda la teología me proporcionaron la excusa perfecta para venir.
Lo cierto es que es muy diferente venir al campo con el impune sosiego de una quincena que con los días contados, atorado por la muy cierta sensación de que las horas se van al galope, y de que el tiempo a uno lo persigue, hambriento, con el aliento en la nuca, celoso devorador de su felicidad.
En esas ocasiones, la mirada se me contagia de esa ansiedad del cronómetro, y mis sentidos se atragantan con las mil bellezas de la pampa, como si engordar con desmesura la memoria alcanzara para tirar con el recuerdo durante las flacas horas de la ausencia.
Estos días, en cambio, gocé de poder mirar las cosas mansamente, sin apuro, con la misma calma serena con que se mira el cielo en los remansos. Y la verdá que es lindo lo que pasa cuando uno no está activamente dirigiendo su mirada sino que deja que obre el asombro, y que los ojos se fijen solos en lo que más los atrae. Esta vez descubrí los pastos del campo. Cada uno me llamaba la atención, y parecía que por primera vez me daba cuenta de la apabullante variedad que mentía la verde homogeneidad de la llanura.
En mi vida, estas atracciones espontáneas fueron variando: primero, como a los diez años, fueron los grandes árboles europeos, empezando por los del monte de “El Rodeo”, cuyos nombres mamá o mi abuela me enseñaban, y que me llevaron a hacer un herbario con todas las especies del campo y del barrio; después fueron los pájaros autóctonos, que iba conociendo preguntándole a papá; hace un par de años, me agarró una locura por conocer los árboles y arbustos autóctonos de los alrededores de Buenos Ayres, ayudado esta vez ya por Google… Cada atracción nueva tiene la peculiaridad de no desplazar, sin embargo, los amores precedentes, de modo que hoy me siguen encantando los árboles de jardín, y los pájaros libres, y los talas de los baldíos.
Y ahora los pastos. Cada tarde, terminado el estudio, me voy caminando hasta un potrero del campo al lado, o a las cunetas del camino, o a los pocos bajos que no presentan el unánime color del glifosato, para encontrarme con los pastos naturales. Me sorprendo a mí mismo, que siempre andaba mirando al cielo, con los ojos clavados en el piso, sondeando cada nuevo tono de verde del camino. No es que antes no me hubiera fijado en los pastos: ya distinguía el trébol del lotus, y el pasto miel del “pelo de chancho”, y la gramilla de ese pastito de sombra de la calle de acer… Pero desde que me tomó este nuevo asombro, mi mirada, presa de una fuerte avidez botánica, ve por doquier detalles nuevos, arranca, clasifica, distingue… y sobre todo pregunta. Tengo una necesidad imperiosa de saber los nombres de cada pasto o planta nueva que descubro.
Gracias a Dios, están los amigos camperos y parientes agrónomos, que me van de a poco “desasnando”, ayudándome a clasificar y a nombrar: umbelíferas, gramíneas, ciperáceas; cicuta, biznaga y altamisa; cepacaballo, achira y cardo asnal; flechilla, cola de zorro y cebadilla… Con cada nombre nuevo, mi inteligencia descansa con solaz de panza llena; por el contrario, cada yuyo descubierto y todavía anónimo me acucia el espíritu con la impaciencia de encontrarlo en la sabihonda planicie de algún libro de botánica…
                                                                         
 ****
Esta mañana, mientras paseaba mi vista por la llanura bendecida de rocío, me quedé pensando en la fuerza que tiene el nombrar. Hasta que uno no nombra de alguna manera las cosas –aunque sea con una denominación totalmente amateur y personal: “el pastito de sombra de la calle de acer”- es como si éstas no cobraran entidad propia, como si no existieran para nosotros. Ahora bien, a medida que el ojo se afina y puede discernir una cosa de la otra, y entonces nombrar, cada especie se va despegando con luz propia de la masa genérica en que permanecía ignotamente aletargada. ¡Qué lindo ver que cada detalle del paisaje se despierta y empieza a desplegarse ante nuestros ojos!
A medida que uno puede llamar a las cosas por su nombre, éstas, de algún modo, pasan a ser parte de nosotros. Uno las conoce. Uno las “sabe”… (Porque saber es saborear, saber cómo “saben” las cosas). A cada nombre, entonces, uno se enriquece, uno “es” un poco “más”. Qué gran enseñanza nos muestra esta hermosa paradoja: es precisamente en el momento en que uno reconoce al otro en su más propia identidad –en el acto de nombrar- que uno crece, que uno “es más”. Detrás del acto auténtico de “nombrar” está el verdadero conocimiento, ese por el cual uno descubre al otro en cuanto otro (y no en referencia a uno mismo), de modo que la misma existencia del otro nos enriquece y nos “ensancha”. En el verdadero conocer –que es un conocer amante- uno deja que el otro sea tal como es, y frente a esa alteridad uno se descubre más uno mismo. De aquí la fundamental importancia -llena de consecuncias- de nombrar, de llamar por su nombre a las personas…
Sin embargo no todo “nombrar” es auténtico. Hay nombres que no reflejan un “conocer” genuino -un conocer respetuoso y transparente de la identidad del otro-, sino que delatan el conocimiento posesivo del utilitarismo, que nunca puede alcanzar la identidad y la esencia de lo que tiene delante. Por ejemplo, en el rubro que ahora me ocupa, si uno habla de “pasto” o de “pasturas” no designa a las plantas en lo que tienen de propio sino en cuanto sirven para que coma el ganado; asimismo, si uno dice “malezas” está nombrándolas no por sí mismas, sino en tanto que amenazan otra especie que se quiere cultivar; y si se llaman “césped” es en cuanto que sirven para que nuestros pies tengan “prohibido pisarlas” en un jardín…
El conocer posesivo acaba por no “poseer” nada: de hecho, al no ser sino un eco del propio yo y de sus propios proyectos e intereses, impide el encuentro con lo otro y con lo diferente, que es lo que, a fin de cuentas uno podría poseer, y poseyéndolo enriquecerse.
“Nombrar” es un acto nobilísimo: es la acción que, por decir así, corona y consagra el conocimiento. Todo conocer se cuaja en algún nombre, que desde entonces será como la llave para acceder a ese saber adquirido. Nombrar es un gesto a la vez de señorío y de respeto, por el que precisamente al reconocer la dignidad de lo nombrado se manifiesta la dignidad del nombrador. Será por eso que siempre me gustó irresistiblemente la escena de Adán en el paraíso, poniéndole a cada creatura el nombre que habría de tener: “Y el Señor Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. Y el hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo […]” (Gén 2, 19-20a).
Si nombrar es conocer, éste es el pasaje que muestra que Adán “sabía todo”, pero no porque su ciencia fuera “infusa” sino porque su mirada era tan pura, y su corazón tan sensible, que todo él era un asombro: "Antaño a este asombro lo llamaron Adán" (Juan Pablo II, Tríptico romano, I, 1).
Conocer el nombre de las cosas acrecienta la capacidad de gozo (¿No decía el viejo Aristóteles que todo hombre desea saber?). Cuando voy por la calle y veo acá plátanos, y allá un cedro, y más allá contra la vía un tala inmemorial, y al mismo tiempo me alegro de descubrir a “mi” gavilán mixto planeando en la lejura azul, o de sorprender a unas pendencieras calandrias cascoteando a un impávido carancho en la punta de algún pino… a veces me pongo a pensar cómo vería ese grupo de árboles del otro lado de la avenida si no supiera sus nombres... ¿No los vería acaso como una masa verde e indistinta? ¡Cuánto menos disfrutaría la vida, qué triste sería si no supiera distinguir los pájaros, si un ciprés o un pino dieran lo mismo, si no me sorprendiera un tala más que una morera! De igual manera pienso cuánto más gozaría si conociera los nombres de las flores –de las que sé poco y nada- y supiera admirarlas en cada cantero y en cada maceta, mientras los colectivos trasportan mi mirada somnolienta…; o cuánto más me alegraría al mirar las estrellas, si entendiera los arcanos de las constelaciones, y así podría seguir…
Poder nombrar y conocer más aumenta la sensibilidad y la capacidad de asombrarnos y de gozar más de la vida, de todas esas maravillas que Dios hace desfilar ante nuestra vista.
En fin, -y sin ingerir ni inhalar ninguno de mis hallazgos vegetales- mi afición pasturienta devino filosofía.


De todos modos, cada vez que salgo a recibir, a abrazar, a beber ese paisaje querido, y voy, como otro Adán, nombrando y agradeciendo cada flor y yuyo de la pampa, me siento tan hermano de aquel viejísimo antepasado, que se me hace que en realidad él mismo viene al trotecito “a la par mía”, asombrándose como la primera vez, descubriendo y bautizando las criaturas y bendiciendo al Creador en cada una, mientras me enseña a deletrear el nombre de la felicidad por estos caminos del Paraíso... entre Tandil y Ayacucho.

"El Rodeo", Ayacucho, 19 de febrero de 2010.



lunes, 20 de septiembre de 2010

Platón y la pampa de la verdad

"...Este gran celo por ver la llanura de la Verdad es que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es precisamente el de aquella pradera, y la naturaleza de las alas por las que el alma adquiere su ligereza se nutre precisamente de él" (Platón, Fedro, 248, b-c).

Siempre me gustó, con atracción magnética, la pampa. Hay una suerte de llamado atávico, de vocación divina en el fondo de ese magnetismo.
En la llanura, contemplando el horizonte, uno puede bajar los brazos, descansar y dejar que la vista (ya no es la fatiga de la mirada) retoce sin cuidado por esa extensión inmensa. De la misma manera, puede uno aquiescerse sólo ante el panorama diáfano y despejado que nos tiende la verdad. Pero nunca dura mucho esa visión. En esta vida, el descansado horizonte de la verdad en seguida se accidenta de nubes que mellan su nítido-que-fue perfil. Gustando esa contemplación nos vamos acercando al horizonte, pero a medida que avanzamos aparecen nuevos cerros que ocultan otra vez la llanura definitiva. La verdad, es cierto, se vislumbra después de mucho subir, pero sólo se alcanza allá en el bajo, en la llanura de la humildad, que es el lugar de la comunión donde no hay ya obstáculos para el encuentro. Porque la verdad genera encuentro: la verdad es la madre del consenso, y la mejor amiga del amor.

"¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas!" (Is 40, 4)... ¿Habrá algo de cierto, algo de eso que intuía la sabiduría antigua, detrás del nombre con que me gusta llamar al Cielo que me espera: "Ayacucho eterno"?
"Ayacucho Eterno": serán los campos tendidos para siempre, serán los pastos de la verdad, será el agua pura de la vida nueva y el "Sol de justicia" que es el Cordero.
Yo sé para mí, viejo Platón amigo, que en el Ayacucho Eterno, sin carro alado ni auriga, me voy a subir en ancas de tu pingo y, juntos, vamos a galopar en la pampa madre de la Verdad... sin tranqueras.


SED DE PAMPA
"Pampa madre, peregrina de quietudes
cielo verde que repaso en la mirada..." (José Larralde)

Hundido en las piedras que cortan los vientos
ahogado en los lagos y ciego en los montes
aunque todo canta, yo no estoy contento:
mis ojos anhelan ver el horizonte.

La luz de mis ojos se choca en las piedras
y hacia el cielo sube buscando llegar
trepando murallas, como hace la hiedra,
hasta una llanura donde descansar.

Yo soy de los llanos, y también mi alma,
y el estar tan lejos me hace sentir
que, aunque sea un sueño gozar de esta calma
tendido en mi pampa quisiera morir.

Estos versos llanos, hijos de los montes,
son ríos cumbreños que quieren bajar,
y con ellos mi alma, con sed de horizonte
va abriéndose paso camino hacia el Mar.

Bariloche, 10 de enero de 1999.


domingo, 31 de enero de 2010

La fidelidad de las cosas


"Los primeros días de esas vacaciones, pasados en la estancia,
fueron para Judith una permanente alegría.
No esperaba hallar los mismos detalles en el amado paisaje
y la enternecía la fidelidad de las cosas".
Hugo Wast, La que no perdonó.

Desde hace varios años a esta parte tengo, cada vez que vuelvo al campo, la extraña sensación de que estoy yendo por última vez. Esto se explica, por un lado, por la “libertad condicional” en que vivo desde que entré al seminario, y por otro, por el fantasma de la venta del campo, que es un sentimiento casi idéntico al miedo inmotivado que uno a veces tiene de que se le muera su padre, o un amigo, o un hermano...: el temor de perder el bien amado, que es la contracara de cualquier amor.
Entonces, cada vez que voy a “El Rodeo”, lo miro sedientamente, como si cada imagen tuviera que quedar grabada para siempre en mi retina; lo aspiro, lo siento, lo vivo con la ansiedad devoradora de la mirada postrera.
Volver al lugar donde pasé infinitas horas de toda mi vida, desde la primerísima infancia, pobre de conciencia pero rica de sensaciones, hasta esta reflexiva adultez, me genera una serie de emociones tan densas, tan arcaicas, que sólo alcancé a balbucirlas un mes atrás, al reencontrarme con esa frase tan certera del gran Hugo Wast: “Como si en los años de ausencia todo hubiera debido cambiar, no esperaba hallar los mismos detalles en el amado paisaje y la enternecía la fidelidad de las cosas”.
La “fidelidad de las cosas”. Cada detalle del camino me va dando la bienvenida: la misma ruta 74, el mismo asfalto vencido, los mismos montes a lo lejos, amados en las distintas formas que toman según de dónde se los mira; las mismas estancias vecinas, con sus mismas entradas; los mismos carteles viejos en el camino del deslinde, guardando celosamente la distancia con Cangallo, La Constancia e Iraola... y sobre todo, la misma fidelidad precámbrica de la sierra -de mi sierra-, verdadera alma de mi pago chico.
Ciertamente, es conmovedor volver a un paisaje que es el mismo, exactamente el mismo que quiero sin saber desde cuándo, desde que lo vi con los ojos asombrados y el corazón virgen de la niñez, y sin querer ni saber cómo ha quedado como estampado en el alma, de modo que casi no se puede distinguir de mi propia identidad. ¿No dijo Atahualpa Yupanqui que “el hombre es paisaje que anda”?
El amor a este paisaje querido es tan primario, tan natural, tan espontáneo como el amor a la madre o el amor a uno mismo. Con todo, en ese lugar amado, en esa “querencia”, hay algo que está ahí delante, algo objetivo, algo que es distinto de mí mismo. Con ser profundamente mío, sin embargo yo no soy el dueño de ese paisaje, ni el señor de ese horizonte.
Volver a ver lo que vi toda mi vida desde la galería -ese serpenteo verde que hacen los mimbres del arroyo Tandileofú y los eucaliptus de “Las Coloradas”, esos recortes en el horizonte que podría reconstruir con los ojos cerrados- tiene la contundencia y el gustazo de un verdadero encuentro: no es puro narcisimo. Mi paisaje querido tiene identidad propia: es mío, pero no soy yo. Por eso le puse un nombre: “Ayacucho”.
(Que no es el Ayacucho de los mapas, porque la querencia es algo mucho más chico y acotado que el partido o el cuartel. El “pago chico” es esa porción del pago que uno incorporó a la retina sin necesidad de mirarla, sino a fuerza de verla, nomás, y de tanto dejarla entrar por los ojos, sin esfuerzo, durante toda una vida, hasta que se ganó en el corazón).
Ese encuentro borrascoso, ese abrazo mitad lúcido y mitad atávico entre el paisaje y yo se da cada vez que vuelvo a “El Rodeo”. Y tiene el gusto raro del desfasaje entre su fidelidad y la mía. Él es siempre el mismo: me recibe cada verano con el mismo olor a menta en el campo y el mismo olor a jazmín en la galería, y cada invierno con la misma fiesta en el chispear de la chimenea; me sostiene cada año con las mismas baldosas coloradas, cuarteadas por el paso y el peso de la vida; me renueva cada vez con esa agua inmejorable, que ceba mejor que ninguna aunque haga lavarse la yerba al tercer mate... Yo, en cambio, no soy siempre el mismo: vuelvo cada vez más cambiado, porque mi paisaje interior se renueva cada año, incorpora nuevos aires y nuevos cielos, y, sobre todo, se puebla de nuevas personas.
Pero ¿no es eso, justamente, lo lindo de volver? ¿No es acaso lo propio de cualquier regreso este reencuentro del que se fue, del que cambió de pago, con su paisaje primero? Volver tiene mucho de encuentro con lo que uno había perdido, de restitución de un bien robado, acaso, por el olvido. Uno recibe “desde afuera” cosas que, sin embargo, no podrían ser más “de adentro”...
Si las cosas no fueran “fieles”, si el paisaje perdiera identidad, ya no tendría sentido volver, como lo dice magistralmente la zamba de Marta Mendicute:

“La casa ya es otra casa;
el árbol ya no es aquél...
Han volteado hasta el recuerdo,
entonces ¿a qué volver?

La magia ya se ha perdido
¿quién la pudiera encender?
Ni la tierra ya es de tierra,
entonces, ¿a qué volver?”

Volver, en ese caso, ya no sería volver a ninguna parte, porque uno vuelve siempre al niño que fue, a la propia identidad olvidada y que el paisaje guarda, celosamente, como un tesoro...
Muchas veces uno tiene la experiencia de volver. Puede volver a su escuela, a la casa en que vivió de chico, a la iglesia de su barrio... Pero no es fácil volver después de casi treinta años a un lugar y que esté tal cual uno lo recuerda, igual a como uno lo dejó. Siempre los lugares cambian un poco, son como uno, que sigue, sí, siendo el mismo, pero no... Hay un poco de gozo por el reencuentro y otro poco de tristeza por la ausencia, por la irrevocabilidad de lo que ya no vuelve más. La vuelta, entonces, tiene una medida de dulzura y una de amargor.

En “El Rodeo”, en cambio, todo está como siempre. Los árboles viejísimos, la casa sencilla, los muebles, los colores, hasta las fotos de la casa que siguen diciendo la novedad del primer casamiento de la familia o que se estancaron en la infancia de los primeros nietos... Eso, que quizá sea un indicio de muerte, para mí es fuente de vida. Todo es igual en el campo. Es verdad que los vientos han cambiado apenas los montes desde la galería: éste está más desdentado, aquél se desflecó un poquito; el nuestro ya deja pasar la luz del sol y se han muerto de pie las lambertianas añosas que eran nuestras guaridas de infancia. Pero cuando me siento en la vieja hamaca, respiro eucaliptus puro y miro ese mismo horizonte que sube y que baja, me dejo mecer por la borrachera del recuerdo, y ya no sé si soy yo hoy o si soy ese chiquito despreocupado jugando en el arenero, esperando que alguna voz querida me llame para almorzar.

miércoles, 3 de junio de 2009

Evocación de las siestas de mi infancia

A mi abuelo Jaime Achával

Miro el techo, tirado en la cama y evoco...
Me acuerdo de la penumbra del “cuarto del fondo”, a la hora de la siesta. La persiana, de tablas de madera oscura, está cerrada, y sólo se cuela un pequeñísimo polvo de luz amarilla, casi sin forma.
Desde la cama, se ve la ventana respirar: esa nada de luz se apaga, cuando pasa afuera una nube; y ahora recobra intensidad, cuando vuelve el sol. Y se vuelve a ocultar... Respiran las ventanas del campo.
Su ínfima claridad es trémula en las paredes blancas y en las baldosas coloradas. Y en esa claridad indecisa y temblorosa adivino la versatilidad de las hojas de eucalyptus que filtran el sol.
La casa está en penumbras. La casa respira. La casa late. Pero la casa duerme sosegada.
Desde el “cuarto de fondo” –tres camas cuchetas- lo que pasa afuera se adivina por la intensidad de la sombra... y por el viento en los eucalyptus, y por el cadencioso llanto de los pirinchos, y por algún toro lejano, o por un mugido cansado, o por las palomas somnolientas.
Hay que estar callado: la siesta se impone. A veces un susurro –un susurro furioso- manda a un nieto al potrero. Se cierra la puerta y, luego, vence nuevamente la siesta de enero.
¿Quién será el primero que con monástico paso atraviese el pasillo y rompa el silencio de la cocina aletargada? Violador brutal de la virginidad umbría, que prende la hornalla y se sienta, aún entredormido, a esperar el mate.
¡Quién me trajera hoy a los oídos el ruido musical de la puerta-mosquitero, golpeándose tres veces en la tarde prohibida! ¡O el chillido de la bomba, donde los desobedientes insisten en jugar... a la hora de la siesta!
Y ya en la galería del olor a jazmín, mate en mano, descanso la mirada en la extensión. ¡Pampa amarilla! ¡Hembra fecunda! Duerme Ayacucho, tendido bajo el sol. El viento hace dar saltos por el parque a las hojas secas. Pega un grito un chimango malhumorado. Dos tijeretas arremeten contra él por el aire, y dos horneros, desde el suelo, alternan sus risas al mirar.
Ya se oyen las puertas adentro de la casa, y la voz de mi abuelo que se acaba de despertar.
Por todo esto que escribo, las siestas son sagradas. La siesta es la hora santa en que no se puede hablar. Hora del sol tenue en los cuartos sombríos y del amado ronquido de mi abuelo Tatá.

Bariloche, 27 de enero de 2002

martes, 9 de diciembre de 2008

Ir a esperar a Dios a la tranquera

A Sandra, que me mostró qué significa "esperar contra toda esperanza"
y hoy nació a la Vida eterna.
En estas semanas, en que nos preparamos para conmemorar la primera venida de Cristo en la Navidad, la Iglesia nos propone que hagamos el ejercicio de esperar su segundo "adviento", su última venida al fin de los tiempos. El Adviento es, por antonomasia, un tiempo de espera.
Esperar, sin embargo, no es algo que nos guste mucho. Y menos a nosotros, hombres posmodernos, que no estamos acostumbrados a esperar nada. Estamos viviendo en un mundo que supo aplicar toda su técnica para eliminar las esperas de la vida, de manera que todo podamos obtenerlo "ya". Nuestra paciencia no está dispuesta a ir más allá de un "doble clik". Y, a medida que crece la velocidad, nos hacemos más intolerantes a la espera: yo, por ejemplo, ya no soporto el relojito de arena de la computadora; otros, víctimas de la pava eléctrica, no saben ya darle tiempo al agua para cebar unos mates.
De cualquier modo, aniquilar definitivamente las esperas es utópico. Siguen estando las salas de espera en las oficinas públicas y en los hospitales, sigue habiendo colectivos que no llegan y personas que se atrasan... En la vida, muchas veces, no nos queda otra que "esperar". Sin embargo, en esas ocasiones casi nunca nos "dedicamos" a esperar, sino que aprovechamos para hacer otra cosa mientras esperamos: mandamos mensajitos, hablamos por teléfono, leemos, hacemos crucigramas, vemos tele, escuchamos música, o, si estamos cansados y se da, dormimos un ratito. A eso no lo llamamos "esperar", sino más bien "hacer tiempo".
Esta expresión "hacer tiempo" es muy elocuente, porque supone que no existe algo así como un "tiempo de espera": si "hacer tiempo" es hacer cualquier cosa para llenar un tiempo vacío, quiere decir que el "tiempo de la espera" es, de por sí, un "tiempo muerto", y que dedicarse a esperar sin hacer nada importante es, en el mejor de los casos, "matar el tiempo".
Y sin embargo, la Iglesia nos abre un explícito "tiempo de espera", donde no se puede esperar de cualquier modo. De hecho, en el Evangelio "inaugural" de este Adviento (Mc 13, 33-37), Jesús nos invitaba a ser como el portero que vigila la casa mientras espera a su patrón, y nos decía: ¡velen, estén despiertos, estén prevenidos! Es decir: no "hagan tiempo", sino más bien "esperen".
La espera del Adviento de Jesús es una espera que se "dedica a esperar"; es una espera vigilante, que combate las distracciones que nos invitan a pensar en otra cosa "mientras tanto". Es una espera que "aguanta la tensión" -a veces enorme- que supone anhelar la presencia de alguien mientras "no está viniendo". Por eso sería más propio llamar a esta acción "atender" que "esperar" (como lo hace el francés attendre), porque "atender" (ad tendere) es "estar tenso hacia" aquello que esperamos: esperar consiste justamente en mantener y sostener esa tensión del deseo insatisfecho. Sin duda, no es fácil reconocer y "bancar" así nomás esta tensión. Y por eso le sacamos tanto el bulto a las esperas...
* * *
Estos días, pensando en la exhortación de Jesús a esperar atentos, sin dormirse y sin distraerse, me vino a la memoria, desde lejos, un lindo recuerdo de mi niñez.
En esa época pasábamos todos los veranos en el campo. Cuando a mi padre se le terminaban las vacaciones, él se volvía a trabajar a Buenos Aires, y mi madre y nosotros nos quedábamos allá. Pero Papá venía siempre los fines de semana, y cuando llegaba era una fiesta. Nosotros sabíamos que iba a llegar el viernes a la tardecita, en algún momento, pero nunca sabíamos la hora exacta (no había celulares...). Me acuerdo de esas veces que, ya bañados y tal vez en pijama, le pedíamos a Mamá: "¿podemos ir a esperar a Papá a la tranquera?"
La tranquera de entrada a "El Rodeo" queda a dos o tres cuadras de la casa, ya afuera del monte. Desde esa loma, subido a la tranquera, se puede ver cómo el camino se estira y se pierde, derechito, como si se hundiera en el monte de "San Martín". El sol aquerenciado del verano se iba cayendo lento atrás de las sierras, como alargando su mirada cómplice de nuestra ansiedad. Los ojos y los oídos estaban bien atentos: cualquier murmullo nos parecía el ruido de un motor, y en cualquier nubecita baja creíamos ver la polvareda del auto de Papá. Mamá venía seguramente con nosotros, y acaso, por el camino, nos enseñaba el nombre de las flores. Quizá abríamos la tranquera y jugábamos a hamacarnos arriba -diversión terminantemente prohibida por mi abuelo-, pero eso sí, sin dejar nunca de mirar el horizonte deseado, amansado por la luz apacible de la tarde.
¡Qué momentos lindos! Y sin embargo, era un momento de auténtica "espera", con toda su tensión. Nada impedía que nos quedáramos jugando en el parque o en la casa -total Papá iba a llegar igual-. Pero preferíamos "ir a esperar" a la tranquera, ese emblema del paisaje campero, símbolo del corazón humano que puede recibir o atajar.
¿Por qué era tan linda esa espera, que para muchos podría ser tensa y aburrida? Porque lo que nos hacía esperar era el amor. Las ganas locas de que llegara Papá (y con él los "programas distintos": salidas en el coche de caballos, idas a cazar, tal vez algún regalito) nos hacían gozar de esa espera ansiosa. En el fondo, lo que hacía posible la "espera vigilante y atenta" era el deseo profundísimo del amor. "El amor", dice San Pedro Crisólogo, "no descansa mientras no ve lo que ama" (Lectura del oficio del jueves II de Adviento). Solamente el amor sabe esperar bien.
No hay, entonces, otra manera de "estar preparados", de "estar vigilantes" que el amor. La "fuerza de voluntad" no nos alcanza. Viviremos bien la espera del Adviento sólo si queremos mucho a Jesús, si deseamos ardientemente que venga a nuestras vidas, si estamos con ganas de abrirle la tranquera de nuestro corazón. Por eso la liturgia nos hace rezar: "Concédenos, Señor Dios nuestro, anhelar de tal manera la llegada de tu Hijo Jesucristo, que cuando llame a la puerta nos encuentre velando en oración (...)" (Colecta del lunes I de Adviento). Sólo el deseo que nace del amor engendra la buena espera.
Si es así, este Adviento -y el gran adviento que es nuestra vida en la tierra- podrá ser un gozoso "ir a esperar a Dios a la tranquera".

miércoles, 6 de agosto de 2008

Monturero cué

El verso de abajo es un "estilo" que le hice al monturero de "El Rodeo", añorada guarida de cueros y recuerdos. ¡Cuántas veces, en las siestas de tormenta, me iba a cobijar en esa casita entrañable, y enancado en las monturas, me pasaba horas enteras mirando llover por la ventanita desvencijada, drogándome con el incienso de la lana mojada y con el delicioso golpeteo de la lluvia en el techo de chapa...! Era un pequeño edificio, muy gauchito, de la época de mi bisabuelo, de paredes blancas y molduras de color ocre, abrazado en los pies por una veredita de ladrillos. Estaba erguido en la entrada del monte, en el lugar mismo donde nacen casi todas sus avenidas y calles, de modo que quien venía por ellas lo veía siempre allá adelante, firme como un soldado apostado contra el horizonte. Lo prologaba un criollo palenque de fierro que hizo mi padre antes de que yo aprendiera a recordar, y un añoso eucalipto, a su lado, le prestaba su trémula sombra y lo regaba o de hojas largas o de florcitas tenues. Uno de esos días de viento furioso, el arbolazo amigo, cansado de pechar el Sur, dejó caer su brazo envejecido, y el monturero, quebrado el espinazo, se vino abajo. Mi amigo Santi Madero, que pasó esos días por el camino, me pintó el lúgubre escenario. Y yo me juré a mi mismo reconstruirlo. Pero cuando pude volver al campo, sólo después de algunos meses, miré al fondo de la calle y no vi más que el palenque desolado y, junto a él, una tristísima tapera de recuerdos, poblada de cardos y vacío.

Tardé bastante, pero al fin cumplí mi propósito, y reconstruí las cuatro paredes del monturero con estas cuatro décimas criollas. Y le dejé en el techo, como un bautismo, la primera lluvia de mis lágrimas.

martes, 5 de agosto de 2008

Responso de un monturero (estilo)

Fuiste el viejo monturero
de la estancia "La Victoria",
centinela de la historia
en "La Loma del Rodeo";
por eso, cuando te veo
sin remedio derrotado,
siento que se ha terminado
con vos parte de mi vida,
que arrastraste en tu caída
lo mejor de mi pasado.

Aún adivino tu estampa
recortando el horizonte
en el ojo donde el monte
se abre a la luz de la pampa...
Ya no veré el sol que estampa
besos de oro en tu costado,
como cuando, ya cansado,
me llegaba hasta tu alero
como hasta un altar campero
a ofrendarte mi recado.

Eras el templo sagrado
guardián de pilchas camperas:
riendas, matras, encimeras
y cueros amontonados;
al fondo, varios recados
en el aire galopaban,
y al entrar se destacaba,
por su criolla distinción,
el recado del patrón:
mi abuelo, Don Jaime Achával.

Ya es una imagen perdida
ver toda la caballada
en tu palenque ensillada
antes de la recorrida.
Ya tu presencia extinguida
cubrió el yuyo y la maleza,
y me gana la certeza
que a tu palenque olvidado
quisiera morir atado
con un cabresto 'e tristeza.

San Isidro, 30 de noviembre de 2005

viernes, 30 de mayo de 2008

Lejanía


Lejanía

Quiero pechar la tranquera
de mis recuerdos lejanos
y perderme por el llano
cara al viento y campo afuera;
quiero aspirar la serena
paz azul de la llanura
y montado en la tristura
de un viejo estilo campero
ir a esconderme a un potrero
para llorar mi amargura.

San Isidro, 31/X/2005

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Padre Domingo Miner. A su querida memoria.


Ayer, a la llegada de la beatificación de Ceferino Namuncurá, me encontré, de golpe, con la triste noticia de que había muerto el Padre Miner. El querido Padre Miner, a quien ninguna palabra puede describir sino esa cara sonriente que me presta Marcos Maurette. ¡El Padre Miner...! Ese amable receptor de los inconfesables pecados del verano; el mismo que en vez de darte la penitencia -con inconfundible síntoma de santo- te decía: "rezá mucho por mí". La misericordia del Padre Dios a domicilio, paseando por el parque de La Victoria. Creo que no volveré a encontrar a un cura que en sus vacaciones celebre tres misas dominicales y confiese la cantidad de gente que él confesaba.
Miner fue para mí, además, un vínculo con mis antepasados. Si hoy puedo definirme sobre todo como un "heredero" eso ha sido en gran parte gracias a él. El gris árbol genealógico cobraba vida y verdor en su memoria amante. De sus labios conocí quién había sido mi tatarabuelo -su "don Martíng"- y aprendí a quererlo como si yo mismo lo hubiera conocido. Su devoción inocultada por nuestra familia, sin embargo, nunca pretendió competir con el cariño paternal que lo unía a la multitud de sus exalumnos... Porque el Padre tenía esa fineza en el amor (reflejo del Tata) que hacía que cada uno se sintiera un poco su preferido. Como en el corazón de Dios, en el suyo cabía cada uno de nosotros por su nombre. No importaba que yo fuera ya de la quinta generación de Pereyras que conocía. Todos nos sentíamos "de primera" cuando ingresábamos en la partitura orante de su voz tanguera... ¡Con qué ansiedad (e inconfesa vanidad) esperaba el domingo de enero en que mi nombre sonaría en las blancas paredes de la capilla de Cangallo, entre los de los demás parientes que cumplían años! ¿Qué hace, Padre, que nunca haya dejado de resonar en mi corazón ese apodo que una vez pronunciaste en una misa en la casa grande: "Crístian, el nietito de Jaime"...? ¿O, años después, el que le regalaste a mi abuelo Tatá -"Jaime el bueno"- como el mejor de los halagos y el más logrado de sus epitafios...? Y es que las palabras dichas con amor se graban en el corazón. No hay vuelta que darle.

Mil recuerdos se agolpan, pero sobresalen los del oído... Esa manera enfática de pronunciar las oraciones de la Misa que desde chiquito amé imitar: "El Señor esté con vosotros"; "Reconociendo que no sólo nos liamamos, sino que verdaderaménte somos hijos de Dios..."; "el que desee comulgar y todavía no haya colocado la hostia, puede hacerlo en este momento...", y su famosa despedida, que es como un testamento espiritual impreso en el alma: "Hermanos, volvamos a nuestra vida diaria para amar y servir a Dios y al prójimo."

Dios me concedió el haber podido aprovecharlo bastante. Pude tener charlas largas con él, sobre su vida, su infancia, su vocación... Hasta me dí el lujo de hacer algo que creía ser un privilegio de los tíos viejos: llevarlo en auto desde el campo hasta La Plata, en un memorable viaje que hicimos con mi amigo Jara. Y por fin, hace cosa de un mes, cuando me enteré que ya su hora se acercaba de entregarse del todo a Dios, tuve la gracia de verlo en el sanatorio con mi hermano Pato. Y, como la mejor de las despedidas, nos dejó su última bendición en nuestras frentes.

¡Padre Miner...! Hoy que voy a los tumbos, luchando por conservar el don de Dios y peleando mi vocación cada día, pienso en vos y siento que me das desde el cielo una palmada, como después de esas confesiones en el campo... Me acuerdo de la pregunta que me disparaste en el sanatorio la última vez: "Cris, ¿cómo van tus estudios?"; de tus voz quebrada por las lágrimas cuando me llamaste porque entraba al Seminario; del reloj que Abuelo Pereyra pensó para un nieto sacerdote y que vos me regalaste como una confirmación ancestral de mi vocación... Ahora, cada vez que vuelva a mirar esa foto tuya celebrando misa en Tandileofú que tengo en mi cuarto, sabré que estás así, como siempre, rezando por nosotros en el altar del cielo, pronunciando nuestros nombres ante el Padre, que por vez primera los oye con acento de arrabal...

Rezá por mí, Padre Miner. Y, si me ayudás a ser un cura fiel y bueno como fuiste vos, ya que no he podido compartir con vos el altar acá en la tierra, podremos celebrar juntos la gloriosa liturgia celestial, o en el Ayacucho Eterno (¡que se pone lindo...!) compartir un copetín y un vinito bajo la parra de Las Overas, que es como decir lo mismo.

jueves, 11 de octubre de 2007

Composición tema libre. "Panza arriba y cara al cielo."

A Pablo.
«Cada vez que voy al "Rodeo", hay por lo menos dos horas de mi estada (por lo general, el último día) que me las reservo para salir a caballo por el campo, solo. "El Rodeo" es un campo chico, y bien puede recorrérselo, usando la huella habitual, en muy poco tiempo y al tranco, sin recurrir al "galopito". No obstante, en estas deliciosas salidas mías, me aparto del camino de siempre, y me dedico a ir al paso, costeando algún alambrado, las manos juntas sobre la cruz de mi caballo, casi dejándome llevar según los antojos del animal, preferentemente por esos potreros – ¡ay! cada vez más raros- que el arado perdona y Dios bendice de pajonales, flores y mil yuyos. Y mi espíritu, como acoplado al errar caprichoso del matungo, flota a rienda suelta por el aire como una flor de cardo a la deriva. En realidad nunca sé bien si mi ánimo se adapta al andar del caballo, o es el caballo el que obedece a la voz de mi alma.
En la vida urbana no faltan, para quien sabe encontrarlos, momentos de relativo silencio y soledad que son ocasión espléndida para la contemplación. Pero es necesario estar en la mitad de un potrero no ya para sentirse, sino para saberse solo: solo bajo el silencio del cielo y la voz del viento, mirado únicamente por la hacienda, los bichos del campo y Dios. Es extraño, sin duda, que de pronto algo tan vasto como el cielo y algo tan inmenso como la pampa se conviertan en un sagrario de la intimidad. Es ciertamente raro caer en la cuenta de que en la anchura del campo uno está más al resguardo que tras la puerta cerrada de su propio cuarto. La experiencia única de gozar la intimidad a campo abierto lo hace a uno conocer esa sutil latitud en que se juntan el universo misterioso del propio corazón y el universo insondable del mundo. Uno se detiene azorado ante el infrecuentado cruce del microcosmos y del macrocosmos: el hombre y el mundo. (Fue un día así que lo descubrí: Ayacucho ya no es Ayacucho. Ayacucho es el mundo).
Esta vivencia (de la que hoy tantos hombres están privados) desata en uno reacciones impensadas. Algunas veces me dio por galopar locamente por el potrero y gritar... Rienda suelta, cara al viento, cantando a los gritos la alegría de estar vivo: un poema a la libertad. Otras veces –las más- opté por esa morosidad errante, por esa desidia premeditada que antes describí. Entonces el caballo se frena a comerse una flor de cardo, y yo me permito "tildarme" un buen rato, con la boca abierta, pensando en nada, mirando los líquenes de una varilla rota, o jugando a ver hasta dónde se acercan las vaquillonas a curiosear... Muchas veces me subí a lo alto un molino y me quedé admirando la sedante inmensidad de la llanura, adivinando las certezas del mapa en el misterio del horizonte: acá el arroyo Las Chilcas, allá las mesetas de Balcarce, allí los campos de Napaleofú...
No existe remedio mejor para conseguir una higiene mental exhaustiva: es como una nebulización del alma.
***
Una de esas veces me fui hasta el fondo del campo, al "Monte de Nietos". En ese potrero había un pastizal tan alto, tan verde, profuso y abundante que -confieso- daba lástima no ser vaca para poder comerlo. El cielo toleraba sólo las poquísimas nubes que bastaban para apreciar justamente su azul purísimo. Corría un viento fresco del sur, que despeinaba la pastura para que en su revés verde clarito brillara más el sol y se destacara mejor el cielo. Era una tarde de diciembre inmejorable: mi sola pena era saber que el tiempo se la estaba comiendo con la inexorabilidad del segundero. Entonces, dispuesto a no dejar que esa felicidad galopante me fuera quitada, bajé de un salto del caballo, lo dejé suelto –seguro de su mansedumbre- y, abriendo los brazos, me dejé caer, cuan largo era, en ese mullido abrazo vegetal.
Echado panza arriba, me dejé estar un rato largo (¡qué relativo es el tiempo de la felicidad!) en esa cama silvestre, envidia de reyes asiáticos. Por momentos cerraba los ojos, respiraba hondo y gozaba con fruición la caricia del viento en mi frente, la frescura blanda de los pastos, el sinfónico perfume de las flores y el rotundo placer –prosaico tal vez- de estar acostado, en posición anatómica, como posando para un nuevo estudio de Leonardo. Luego, abría los ojos, y sumergido en el cenit, me perdía de buena gana en el remolino azul del cielo hondísimo. Y fue esa tarde que entendí, con los antiguos, que hay aguas en el espacio celeste. (Y me reí –me reí fuerte- de Galileo, de Newton y de las ciencias exactas). Fue una experiencia tan densamente linda que melló perennemente el metal de mi recuerdo.
***
"Panza arriba". Últimamente, de tanto insistir con ella, un amigo me ha hecho pensar mucho en esta frase. "Panza arriba". No suena bien, no. Pero un placer auténtico, una experiencia "trascendental" (si eso quiere decir "verdadera-y-buena-y-bella") puede redimir esa expresión, en apariencia tan vulgar. "Panza arriba" es otra manera de decir "cara al cielo". Aquella tarde de primavera y viento sur en Ayacucho permite que veamos resplandecer el oro oculto de esta frase injustamente ennegrecida, manoseada groseramente por la holgazanería, por el vicio, por el exceso y la resaca, por la heliolatría impúdica de los veranos, por la violencia, por el egoísmo, por la depresión.
Un hippie del Parque Lezama durmiendo al sol panza arriba no es tal: es un filósofo realista. Cualquiera que se tiende panza arriba en el pasto está diciendo –quiéralo o no- que la tierra es su hogar, que el cosmos es su casa, que el mundo es bueno, que el universo es creación, que todo está, al fin y al cabo, en las manos de Dios. Pues ¿hay, acaso, expresión más grande de confianza que la de estarse echado panza arriba? No hay postura humana en que nos mostremos más vulnerables... Ni siquiera los inermes recién nacidos saben exponerse así, guarecidos instintivamente en el inocente ensimismamiento de su posición fetal. Acostarse boca arriba es un acto de fe, es una profesión pública de que el mundo es bueno, de que la vida es bella, de que Dios está. Panza arriba es la posición del reposo, del descanso, del sueño. Y éstos, en sus mejores ejemplares, son formas de decirle que sí al mundo, de aquiescerse como el Creador en la bondad circundante: "y todo estaba muy bien". Nadie puede dis-tenderse panza arriba, nadie puede descansar cuando no tiene asegurada la confianza. Por eso duerme "cada carancho en su rancho": nadie puede abandonarse indefenso si no se siente realmente "en casa". En la casa de uno, esto es fácil.
Un amigo mío muy querido, casi siempre que viene a visitarme, tiene la pésima costumbre, apenas llega, de sacarse los zapatos y tirarse en mi cama. Después de un tiempo me di cuenta de que su hábito era el mejor de los regalos, el más fino de los halagos. Una de esas veces me dijo que no tenía ganas de hablar, que venía a descansar, nomás. No hace falta decir nada: eso solo es un himno a la amistad. Quiere decir que el amigo es otro "hogar", otro chez moi, un lugar donde uno se sabe aceptado y querido, y entonces un sitio en que uno realmente puede descansar.
Porque es el amor -solamente el amor- el que quita el miedo y da seguridad: sólo cuando uno se sabe querido puede bajar la guardia, tirarse boca arriba y dejarse estar. Así sucede también con el hombre y la mujer en la cumbre del lenguaje corporal del amor: cuando la vergüenza ha sido "absorbida" por el amor (Karol Wojtyla) la mujer puede abandonarse, tendida, a los brazos de su marido.
A la luz de estas ideas podemos también asomarnos a la verdadera gravedad de la inseguridad, tan antigua, tan actual... Si experimentar la belleza de la vida puede hacernos sentir que el mundo entero es "casa", no es menos cierto que experimentar la violación, la inseguridad y la profanación de la intimidad puede llevarnos a existir de modo que no nos sintamos "en casa" ni siquiera en las cuatro paredes de nuestro dormitorio. Así viven miles y miles de personas. Ellas no saben de la belleza de vivir "panza arriba", pero tampoco son culpables si sólo han conocido el "panza arriba" excedido y enfermo de la evasión desesperada. ¿Y con ellos –que mañana podemos ser nosotros- qué hacemos? ¿Qué hacer cuando las seguridades ya no están? ¿Qué hacer cuando ya no queda nadie en quién confiar?
En una tarde oscura de Palestina, hubo un hombre que dio una respuesta definitiva a esta pregunta acuciante, "tan vieja como la injusticia". Ese hombre se llama Jesús de Nazareth. Podemos verlo: también él está panza arriba, con los brazos abiertos, desnudo ante los verdugos y una gentuza vulgar, curiosa, ansiosa de sangre y de show. Lo acusaron y sentenciaron injustamente, por envidia. Es el colmo de la indefensión y de la vulnerabilidad. De hecho, están torturándolo, clavándolo vivo en una cruz. Mira a su alrededor y ve esos miserables rostros que contorsiona el odio y palidece la envidia: no hay miradas de amor en las que pueda descansar: sus amigos, dejándolo solo, se han escapado. Nunca estuvo tan solo. Él, sin embargo, está panza arriba, con ese abandono, con esa entrega, con esa confianza de siempre... La misma seguridad con la que se tiraba a dormir la siesta entre las multitudes, en las colinas verdes de su Galilea; la misma serenidad con la que se dejaba adormecer por las olas en la barca de Pedro... Y con esa mansedumbre inverosímil, Jesús se dejó llevar a la muerte. Sólo se oyó una oración desgarradora que quedó como colgada en el aire de esa tarde: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu." Y con esa misma docilidad, tres días después, se dejó levantar por su Padre, como un nuevo sol para un mundo nuevo. Acostándose tendido en la cruz, Jesús hizo del instrumento nefasto de la muerte el lecho nupcial de la alianza de amor entre Dios y los hombres. Jesucristo, que es la Palabra eterna de Dios, nos ha mostrado, sin palabras, un amor que llega hasta la muerte y la atraviesa: un amor más fuerte que la muerte. El Resucitado nos enseña que cuando se disipen todas las seguridades de este mundo, cuando ya nadie sea "hogar" y "descanso" para nosotros, cuando ya no tengamos ni siquiera un mísero "lugar", cuando el universo entero parezca sernos hostil, entonces habrá que animarse al último "panza arriba" de la vida, porque es el momento de descansar en los brazos de Dios -sólo en lo brazos de Dios-, del Padre de Jesús, del "Padre nuestro". Y entonces nuestra "casa", nuestro lugar de reposo - nuestro Ayacucho, por qué no- será para siempre el corazón de Dios.»
***
(Y hablando de Ayacucho, terminé hablando de Dios...)
Señor Jesús, Palabra viva de Dios, te pido que así como me concediste conocer tu presencia creadora en el descanso gozoso de una tarde campera, me concedas experimentar tu fuerza redentora en el descanso sufriente de la tarde de mi vida, para que pueda compartir tu suerte y gozar para siempre panza arriba en los pastos inefables del Ayacucho eterno. Amén.

domingo, 30 de septiembre de 2007

UN APLAUSO PARA EL ASADOR


Hace unos días, en Ayacucho, se murió Pocho Moyano. Un peón de campo jubilado. No sabemos bien cuándo fue; nadie nos lo supo decir: murió tan pobremente que a su muerte sin fecha ya no le corresponderá un aniversario. Pienso, sin embargo, que la intemporalidad oscurísima de su partida se emparenta un poco con la actualidad lucera de la eternidad.

Porque Pocho, en su particular fisonomía, pero al mismo tiempo trascendiéndola, fue además de una persona, un símbolo.

El gaucho argentino, el que quedó cristalizado en el Martín Fierro, se extinguió juntamente con su hábitat original. Con todo, el destino le dio sobrevivir a través de personas-símbolo que han ido encarnando sucesivamente muchos de sus rasgos. Lo de Segundo Sombra, en el novecientos bostezante, se trataba ya de una encarnación poderosa, y por eso tan atractiva, de ese gaucho arquetípico. Pocho, en otros tiempos y en otras proporciones, fue una de esas figuras en las que el gaucho pervivía. Hasta la semana pasada.

Pedro José Moyano -tal era su nombre- decía que había nacido en Labardén, provincia de Buenos Ayres, en los criollos pagos del Vecino, entre Ayacucho y Maipú, y se crió en el campo -decía-, en una familia de trece hermanos. Digo "decía" para que el lector racionalista pare las orejas, porque él decía muchas cosas... muchas cosas la mayor parte de las cuales nunca tenía, ni pretendía tener, un correlato verificable. Claro, eso para la gente se explica diciendo que era medio "bolacero"... Pero no, señor: los hombres que además de personas son símbolos tienen, por derecho propio, la facultad de autoinventarse un poco. Ellos saben que tienen en la vida un personaje por construir, y como realmente son ese personaje, sus bolazos -sobre todo los relativos a su propio origen- son tan reales como el registro civil. Y en rigor, mucho más.

Pocho fue siempre solo y andador. En estos paisanos nunca puede saberse si fueron solteros por ser andadores, o andadores por ser solteros. Nadie le conoció mujer, y sus cosas -decía- estaban dispersas por donde lo había llevado la vida: ese mueble lo tenía en Sevigné; aquella guitarra había quedado en Dolores; la "acordiona" la había dejado en lo de su hermano...

Yo lo conocí de chico, cuando entró a trabajar (primero de mensual, después de peón) en "El Rodeo". Pocho se dedicaba al parque del "chalé", cortaba el pasto, limpiaba la pileta, hachaba leña para sacar las astillas de las estufas y la chimenea, nos hacía los asados, y daba una mano en el campo: con el tractor, recorriendo y ayudando en los trabajos de hacienda. Conocí a Pocho cuando despertaba a mi propia personalidad, y entonces fue él el instrumento elegido por la providencia para dejar en mi ser la huella indeleble del gusto campero, el carácter sacro de la identidad criolla.

Pasé con él días enteros de eneros largos. Uno de esos veranos, cuando mi familia se volvió a Buenos Ayres, me quedé a vivir con él en su casa como dos semanas. Fueron días imposibles de olvidar. Más tarde, cuando crecí y dejé de seguirlo fascinado, y cambié los camperos madrugones por las horas de contemplación, mate y lectura en la galería, me acostumbré a oír su reproche profético: "dejá de lér cosas del Papa, Crí, que vah'a terminar entrando pa' cura..."

Después de los trabajos del día, Pocho volvía a su casita, y ahí parecía otra persona. La cocinita de su rancho era como su lugar en el mundo. Le encantaba quedarse a oscuras tomando mate dulce mientras en la cocina a leña calentaba algún exiguo pedazo de carne (de ésa que nunca comen los "ricos": lengua, cabeza, y algo, sí, de "pulpa"). He ido a visitarlo mil veces justo a esa hora. De afuera, uno creía que ahí no había un alma, hasta que se acercaba mucho y sentía el perenne murmullo de su radio. Entonces le pegaba el grito: "¡Pochito...!". Todavía puedo oír con claridad indefectible el quejido, y después el golpe, de la puerta mosquitero cuando se abría, y tras ella la acostumbrada bienvenida hostil: "¡Quién é!" (Porque a Pocho le encantaba hacerse el hosco, como un perro gruñón. -Era un rasgo esencial de su personaje-.) En la penumbra hermética de la noche, sólo percibía su voz ronca y el parpadeo lento y furioso de su cigarrillo. El pucho -el "cigarro" como él decía- fue el más estable de sus compañeros. Sus labios nunca se vieron privados del beso insaciable del tabaco. Pero yo le conocí otra compañía, que fue un cuzquito negro que un buen día apareció en su casa: "el negrito". Pocho le hablaba cambiando la voz, como las madres les hablan a sus bebitos: le decía, recordando una ranchera vieja: "¿neguito, querés café?" Y cuando en su radio, que no ignoraba un solo programa de folklore de doscientos kilómetros a la redonda, pasaban un chamamé, Pocho lo agarraba de las manos y lo sacaba a bailar, mientras zapateaba. Después el negrito se murió, y no le quedó más que la radio y el cigarro.

Sólo cuando iba a visitarlo, a las cansadas, prendía un farol de gas que había sido del "chalé" (como casi todo su mueblerío, hecho de lo que nosotros tirábamos como inservible). Y, a la magra luz de ese único farol malhumorado, pasábamos horas tomando su vino marca "Gual" (vino sólo potable con "cubitos", como decía él, que siempre sostuvo que el vino puro le "caía mal"). Pocho, con no haber aprendido jamás a tocar un instrumento, guardaba en el ropero de su "pieza" una guitarra bastante decente, con un cuero de víbora adentro "pa' que no se destemple". Con ella yo le cantaba milongas, estilos, cifras, zambas, chacareras y todo lo que me pidiera. Pero como para él cantar bien era cantar fuerte, creo que nunca le parecí buen cantor. (Su máxima ponderación era para su "finao mi hermano", que "la hacía'blar a la guitarra" y tenía una voz que tapaba las guitarras de los que lo acompañaban... ) De hecho, me interrumpía seguido, para comentarme cualquier cosa de las que se habla en el campo: que justo había salido tal número de la quiniela, y él había pensado jugarle a ése porque era el de la chapa del "coche del dotor" (papá): "qué... capaz que si le jugaba no salía nada..."; o del "asidente" que hubo en Mar del Plata (-"¿qué, no lo sentiste, Crí?"-); y por supuesto, que en Tandil "llovieron cuarenta, y acá en lo Rodrígue dice que cayeron veinte, nomás..." Y yo tenía más ganas que él de escucharme a mí mismo... -"¿Y no sentiste, Crí, la milonga que le hizo Carlito Esferra a Favarolo?... ¡Pá...! "

Pocho, el huraño solterón que amaba su cocina oscura, tenía sin embargo el arte de iluminar con su alegría la cara de los demás. Para las fiestas y los asados se empilchaba: se peinaba con un jopo (una verdadera artesanía de canas y gomina), se ponía una camisa blanquísima, bombachas negras, un tirador lleno de monedas y una rastra muy linda de iniciales "emprestadas". El lujo campero de un peón. Solía llevar una bota "pamplona" con vino, y la hacía besar por todos los comensales invitándolos a decir "gregorio" y "chajá" mientras echaban el trago. Su bondad con los chicos, para quienes siempre guardaba caramelos en los bolsillos, creció hasta el heroísmo cuando mi hermana Loli, con apenas dos años, se ahogó en el bañadero abandonado de la manga de vacas. Pocho siempre recordaba cómo aquel 25 de febrero rompió la ventana del cuartito cerrado de la manga para sacar palos y horquillas con los que poder buscarla. En adelante, Loli, que se salvó de milagro, fue para él "la nena", sin más.

Sus asados eran sencillamente únicos. Como dijo mi abuela Isabel, Pocho fue "el rey del cordero al asador". Bajo el imperio de su mano experta, los capones crucificados parecían entregarse de buena gana a la expiación de esa culpa arcana de su raza. Con la pala larga en la diestra, y en la izquierda un vaso de aluminio de contenido indudable, Pocho endomingado, al resplandor de su propio fuego sagrado, era un sacerdote del asado criollo.

Pocho se apagó como morían sus puchos en la noche tiznada de su cocina. Después que se fue de "El Rodeo", cambió las sombras de su casita de la "oriya" del monte por las tinieblas de un ranchito en el pueblo, en las barriadas "del otro lao de la vía", a la altura de la avenida Colón. Luchando con la "prosta" y a la espera de una jubilación irrisoria, compartía sus días con su recia madre, sorda y viejísima, y con una hermanita enferma, a quien los médicos nunca pudieron curar porque "le hicieron un daño, y la que se lo hizo ya se había muerto". Fui a visitarlo allí todas las veces que volví al campo. Terminó su vida en medio de la pobreza. Una de las veces que fui (siempre caía de improviso) se lamentaba de no poder ofrecerme yerba "de marca", mientras la sacaba de una anónima bolsita transparente... Como un tesoro, mostraba orgulloso una foto maltratada del coche de caballos de "El Rodeo", y una foto tamaño carnet de Loli, "la nena", que encontró una vez tirada en el "chalé"... ¿Cuántas y cuántas fotos tenemos de él, de nosotros o del coche de caballos, que habríamos podido regalarle, grandes, enmarcadas....? Pero él, como un nuevo Lázaro, no tenía sino las migas que caían al piso de la mesa de los ricos.

¡Pocho! ¡Cuántos recuerdos se aprietan en la manga del recuerdo! Verte desfilar con paso marcial en "la costa" del alambrado con la máquina de cortar pasto, al compás inconfundible del motor Villa... Mirarte con asombro ordeñar con baquía en esas madrugadas blancas de espuma y escarcha... Sentir tus gritos cuando encerrabas las lecheras, y creer que eran como un canto silvestre más de ese paisaje querido... Oírte cantar esas criollísimas décimas "verdes", redimidas por el vino y la amistad... Escuchar otra vez tu voz querida, como la de otro Adán en el paraíso, nombrando las cosas con el nombre criollo que Dios les pensó: "gorra" en vez de boina, "planta" en vez de árbol, "gajo" en vez de rama, "cerrazón" en vez de niebla... Y los ojos, Pocho, se me "enyenan", preñados de una llovizna tibia.

La última vez que estuve con él, este invierno, entendí que la brasa de su pucho se apagaba definitivamente. Parecía que esta vez la muerte se lo estaba fumando a él a pitadas hambrientas. Lo despedí con un nudo en la garganta y la promesa de volver...

Y no volví, Pocho. No te pude volver a visitar. Quise ir hace tres semanas, y como venía un amigo lo "pateé". Quise ir la semana pasada, y me enfermé. Soñé (lo soñé toda la vida) con arrimar el calor de un Sacramento a tus últimos momentos, y no llegué. Pocho, no cumplí la promesa que me hice más a mí mismo que a vos. No te pude volver a ver. Pero recibí en el corazón la herencia más rica que un hombre, por pobre que sea, puede dejar: el regalo cierto y fiel de tu amistad sincera. Y a ésa la llevo -y la llevaré- "sacramente", al decir de Güiraldes, "como la custodia lleva la hostia".

Queda en toda la familia Achával tu queridísimo recuerdo, como guardamos en el paladar memorioso el gusto sublime de tus corderos. Pocho, el Dios que conozco es un Dios que me quiere feliz: por eso mi cielo, como mi vida, va a ser "Dios y Ayacucho". Y si es cierto (¡claro que sí!) que el "Cordero de Dios" nos prepara un "banquete celestial", yo sé, Pocho, que en el Ayacucho del cielo nos volveremos a ver todos, sentados en ronda con mi abuelo Tatá (tu "Don Jaime") y con Juan, en la comunión de un asado eterno, donde ya no te "caiga mal" el vino flor de la alegría sin soda ni "cubitos". Y hoy, como trepando con el incienso -el "calmante aroma"- de tu noble vida, sé -lo oigo, lo siento- que llega hasta el cielo, y agrada a Dios, el homenaje unánime de todos los que te conocimos: "¡Muy bueno, Pocho! ¡¡Un aplauso para el asador...!!"