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martes, 10 de febrero de 2026

La lección de Jaime Torres

 A Daniel Frascoli, y a los compañeros de la Musaranga,

que, sin quererlo tal vez, me ayudan a ser cura.



La  lección de Jaime Torres

Siempre me llevé mal con los micrófonos. Tengo una honda y muy poco racional  animadversión contra esos adminículos antiestéticos que, sin embargo, me salen al paso una y otra vez, como si me persiguieran empeñados en convencerme de ya nunca podré vivir sin ellos. Cada vez que logro dar un sermón prescindiendo de su molesto auxilio, siento que he ganado una batalla en esta sorda guerra que libro con ellos. Pero pasan cosas que me convencen cada vez más...

Una vez me di el gusto de ir a un recital del cantor criollo Tata Cedrón en la sede de La Musaranga, en el barrio de Beccar. Sobre la humilde tarima de tablas, estaba él con su guitarra, y a su lado, como un ángel musiquero, el guitarrista Daniel Frascoli. Pero lo que más me llamó la atención fue que en el escenario no había un solo micrófono, ni para la voz ni para las guitarras. Y con todo, la sala se llenó -desde el primero hasta el último acorde- de un rotundo silencio, envolvente y respetuoso como un abrazo de pésame.

Fascinado por este hallazgo (que en mi mundo imaginario les merecía la cucarda mayor de la cruzada antitecnológica), lo busqué a Frascoli para felicitarlo por cómo habían cautivado al variopinto auditorio, generando un silencio tan conmovedor como su música.

Y entonces el amigo Daniel, por toda respuesta, me contó esta anécdota.

Resulta que él, además de músico, es un excelente sonidista, que durante varios años acompañó al eximio charanguista Jaime Torres (1938-2018). Cierta vez, en uno de esos grandes festivales de verano, le tocaba actuar a Don Jaime justo después del popular Chaqueño Palavecino. Tarea nada fácil. El público, después de los bises con las canciones más pegadizas, estaba eufórico. Y ahora, después de la rauda retirada de los muchos músicos que había en escena, habían quedado solos, frente a la enfervorizada multitud, el menudo artista y su menudo instrumento.

Don Jaime, con el charango como si fuera un hijito alzado contra sus mejillas, empezó a hacer unos arpegios casi imperceptibles. La gente, alborotada, parecía no darse cuenta siquiera de que había alguien en el escenario. Pero el que tampoco parecía darse cuenta de nada era Jaime Torres, que con los ojos cerrados y la luz en su sonrisa seguía punteando apenas, acariciando las cuerdas, como embebido en su mundo interior. Parecía una discusión de sordos. El sonidista Frascoli sintió en las venas de sus dedos la presión ambiental, y no pudiendo soportar ya la tensión, subió hasta el tope el volumen del micrófono del charango. Minutos más tarde, cuando la gente se había por fin sosegado y el músico comenzó a rasguear con fuerza, tuvo que corregir de golpe ese primer movimiento, bajando apresuradamente el volumen.

Esa noche, después de la actuación, Don Jaime lo reconvino con dulce severidad: “No vuelvas a hacer eso, chango. Vos dejame a mi, no más, tocando despacito… Ya vas a ver cómo la gente solita empieza a hacer silencio”.

Frascoli aprendió la lección. Y la prueba tuvo lugar poco después. 

Si hacer solos de charango después del Chaqueño Palavecino en un festival de provincia había tenido sus dificultades, el desafío máximo llegó cuando Jaime Torres se presentó, con su charango, en el festival del Bicentenario, quizá el más multitudinario de la historia. El escenario era un inmenso portal armado en la Plaza de la República, al pie mismo del Obelisco porteño. El público, un río humano que colmaba la avenida 9 de julio hasta perderse de vista, y el teatro, el cielo abierto de Buenos Aires. La historia se repitió. El auditorio era una indomable masa ruidosa, como el río en sudestada. Jaime Torres, como un nuevo David frente a Goliat, con solo su charanguito iba a salir a domar a las fieras. 

Llegó el momento, y los que transmitían en vivo el festival para la televisión pública vieron que los dedos del maestro empezaron a hormiguear sobre la boca del instrumento, pero no se oía absolutamente nada. Tan sólo el músico parecía estar oyendo alguna melodía secreta, porque, ensimismado, alzaba el rostro con los ojos cerrados y sonreía como en éxtasis. Y los segundos pasaban… Frascoli, el sonidista, no tocó un solo botón. Pronto, por los auriculares, empezaron a lloverle, como cascotazos, las imprecaciones de los otros técnicos, los de la televisión, los de los escenarios paralelos cuadras abajo, los de las muchas pantallas gigantes…, exigiéndole que subiera el volumen del charango. Frascoli miró una vez más a Don Jaime que, como si estuviera solo y su alma, seguía sonriendo y tocando para si.  Contagiado por ese magnetismo que sólo los artistas verdaderos tienen, Frascoli resisitó la presión. Pasaron algunos minutos, quizá, hasta que de pronto, desde debajo mismo del escenario, brotó, como de una secreta fuente, el característico sonido con que cientos de almas, al unísono, pedían, por fin, silencio. Y el sonidista, conmovido, sintió cómo ese suave chistido silenciante se alejaba del escenario hacia las infinitas filas de atrás, acallando el tumulto, como una ola silenciosa que iba alisando todo a su paso, como una gran bandera blanca que fue desplegándose hasta que lo cubrió todo.

Jaime Torres tenía razón.

 

**** 

“Jaime Torres tiene razón”, me dije, cuando escuché esta anécdota de Frascoli. Sí, y Jaime Torres tiene más razón que nosotros los curas y que buena parte de la Iglesia de nuestros tiempos.

Es que mientras Frascoli me iba contando la experiencia yo no podía dejar de pensar en mi experiencia como cura y en la situación de la Iglesia ante el mundo de hoy.

Porque hace años que, como Iglesia, no venimos haciendo otra cosa que “subir el volumen de los micrófonos”… Y cada vez menos gente nos escucha.

Llevamos muchos años cometiendo el mismo yerro que cometió el sonidista novel, y como él, sin duda, con la mejor de las intenciones: que la gente escuche, que al público le “llegue”, que el mensaje sea recibido. Él optó ese primer día por el camino más fácil, más obvio, el atajo de la tecnología: subir el volumen. Pero era un camino sin salida. El artista, en cambio, le enseñó un camino más largo, pero más humano, que requería paciencia y confianza.

Esta parábola de Jaime Torres y su sonidista puede aplicarse a toda la vida de la Iglesia, a su enseñanza doctrinal y moral, a su comprensión de si misma y a su entera relación con el “mundo”. Pero por las semejanzas que hoy -lamentablemente- tienen los altares con los escenarios, en seguida apliqué esta lección de Jaime Torres a la liturgia.

Porque nosotros, en la liturgia de la Iglesia, hemos subido los micrófonos.  Tal vez podríamos decir que, hace ya bastante tiempo, la Iglesia colocó un micrófono por primera vez cuando dejó de celebrar gran parte de la Misa en voz baja. Silencio en los altares, silencio en los misales, “silencio de Misa” que dejamos ir…

Subimos un poco más el volumen de los micrófonos cuando dejamos de celebrar en latín. Pero me da la sensación de que ni los curas ni la gente entendemos mejor que antes lo que pasa en el altar.

Subimos todavía más los micrófonos cuando incorporamos nuevas plegarias eucarísticas y formularios eucológicos al Misal Romano, apostando a que “el gusto está en la variedad”… Y no hay quien pueda disimular la sensación de hastío con que celebramos.

Subimos bastante más fuerte el volumen cuando empezamos los sacerdotes a mirar hacia los fieles durante la celebración de la Misa, en lugar de a Dios, que es a quien -se supone- están dirigidas las oraciones y el santo sacrificio.

Pero los niveles más preocupantes de volumen alto empezaron, por cierto, cuando nos vimos en la necesidad de cambiar, enmendar y sobre todo agregar palabras y más palabras a las rituales de siempre, queriendo saludar, despedir, explicar, suavizar, etcétera.  Y subimos desesperadamente los micrófonos, cada vez que, dejando la sobria seriedad de las rúbricas, improvisamos cualquier cosa con tal de mantener entretenidos a los fieles, rebajándonos a ser, los curas, actores de “stand-up” y la asamblea de los fieles, un mero “auditorio” cada vez más infantilizado (por nosotros).

Hemos subido y subido los micrófonos hasta la saturación. Y me da la sensación de que no hemos conseguido más que agravar la indiferencia general. 

Gracias a Dios, llegó la era de los teléfonos inteligentes como para que entendamos de una vez por todas que, por el camino de lo variado y “divertido”, es imposible llamar la atención de las nuevas generaciones y ofrecerles algo más entretenido que el celular que tienen entre manos. No hay competencia posible. Este camino no tiene salida.

Jaime Torres sabía más que bien lo valioso que era eso que tenía para ofrecer. Con su actitud, demostraba la alta estima en que tenía a su propia arte. ¿Para qué ponerse en el nivel de otro, por bueno que fuera? ¡Qué triste hubiera sido si, por caso, Don Jaime hubiera sumado guitarras eléctricas y ruidosas baterías para poder competir con un cantor de moda! Pero no: él sabía bien quién era, y tenía por consiguiente, toda la confianza en la fuerza de su arte.

Pero no sólo tenía confianza en su propio don: tenía también confianza en la gente: no los subestimaba, sino que los sabía capaces de apreciar, en silencio respetuoso, la bella profundidad de la música del altiplano.

Ahora bien, la Iglesia sí parece que ha perdido la confianza en el tesoro que la habita. Nuestra actitud deja ver un indisimulable sentimiento de inferioridad. Y entonces nos desvivimos tratando de vender al precio que sea nuestro producto en la infinita feria de este mundo consumista. ¿No nos damos cuenta de que tenemos algo que nadie sino la Iglesia de Cristo le puede ofrecer al mundo? ¿Es que no confiamos que es Él el que atrae, el que llama, el que convierte, el que sana, el que enamora? ¿Nos hemos olvidado que tenemos entre manos al Rey de los reyes, al Dios hecho hombre en el Pan de cada Misa, en cada Sagrario? ¿Puede ser que confiemos más en nuestros dotes de elocuencia, de marketing, de histrionismo, que en la fuerza de Dios que está realmente presente en el altar? ¿Será posible que nos saboteemos a nosotros mismos, eliminando de las fatigadas ciudades modernas los únicos espacios sagrados, de silencio, de presencia de Dios trascendente y de oración, para convertirlos en uno más de los “salones de usos múltiples”?

¿Qué estamos haciendo?

Rifar nuestro tesoro. Devaluar nuestra arte. Malvender nuestras joyas. Traicionar nuestra identidad. Desconocer nuestra dignidad. Faltarnos el respeto a nosotros mismos y al pueblo de Dios, porque los seres humanos son tan capaces hoy como siempre, empezando por los chiquitos, de “ponerse serios”, de rezar en silencio, de reconocer la belleza de lo sagrado, de adorar al Santo. ¿Y en dónde van a encontrarlo sino en su Iglesia?

Creo que ya es tiempo de empezar a bajar el volumen de los micrófonos. Y despojar nuestras Misas de tantas “ayudas” que le hemos ido añadiendo al rito y que no ayudan a nadie. Y de volver a confiar en esa, al principio, casi inaudible pero poderosa música de Dios, que como aquel mágico arpegio de charango, sigue y sigue, con la tozudez del amor, llamándonos, atrayéndonos, enamorándonos.





martes, 8 de mayo de 2018

Amor que no necesita palabras

Hoy es el día de la Virgen de Luján. Gracias a Dios, una vez más pude visitarla en su santuario, y concelebrar la Misa a su pies y en medio de tantos peregrinos que se alegraban de estar allí.

El Evangelio que la Iglesia ha elegido para su fiesta (Jn 19, 25-27) es el que narra la escena en que Cristo, colgado en la Cruz, le dice al discípulo amado, señalándole a María: "aquí tienes a tu Madre". Y a ella le dice a su vez: "aquí tienes a tu hijo". 
Esta tarde, al escucharlo, me quedé pensando en un detalle: ella, la Virgen, no dice nada. Ni una palabra. "María... estaba, sencillamente", como dice Pemán en su verso. Junto a la Cruz, delante y debajo de su Hijo torturado, María calla. Sólo está. De pie. Fuerte y mansa a la vez. Indefensa y consolando. Sola y acompañando.
Y así, exactamente así, está nuestra Madre en Luján.

Es sabido que en otros sitios ha habido y hay apariciones de la Virgen, y sus videntes transmiten muchas palabras y mensajes de parte de María. Pero en Luján, no. Ella está ahí, nomás. Silenciosa y receptiva, observadora y amante, comprensiva y confortante. 

En la basílica de Luján siempre hay mucho ruido: de los peregrinos que hablan, y de las familias que se sacan fotos, y de los chicos que lloran, y de los fieles que rezan o cantan, y de los perros que ladran, y de los obreros que siempre están restaurando o reconstruyendo... En medio de todas esas voces, sólo la Virgen permanece silenciosa. Hasta sus manos están siempre calladitas, con la intensa quietud de la oración. 

Porque así estaba en la Cruz. Así estaba en ese día en que entendió -con tanto dolor- cuál era su lugar en la historia del mundo, cuál había sido el sentido más hondo de su misión, al oír de labios del mismo Jesús muriente: "Mujer, aquí tienes a tu hijo".
Hoy miraba a tantos peregrinos acercarse desde la entrada del largo templo hasta el altar de la Virgencita, y me imaginaba al mismo Cristo presentándole a cada uno por su nombre, y diciéndole: "Mamá, aquí tienes a tu hijo". Y a ella recibiéndolos con ese elocuente silencio del amor.

María silenciosa junto a la cruz de su Hijo en el Calvario. 
María silenciosa junto a la cruz de sus hijos en Luján. 
No hace falta más: alcanza con que ella nos mire. Nos basta con ir y verla, y nos sobra con saber que está fiel ahí, en ese corazón querido de la patria, desde el cual hace casi cuatrocientos años sigue atrayendo y bendiciéndonos a todos...

¡Qué innecesarias son las palabras, cuando es tan cierto el amor!

jueves, 12 de agosto de 2010

La primera enseñanza de Jesús

Todos los evangelistas nos transmiten -entre otras cosas- las "enseñanzas" de Jesús, las palabras y parábolas con que él hablaba del Reino de Dios. Pero entre ellos, San Lucas pone de manifiesto una primera enseñanza escondida del Maestro, una verdadera lección oculta. Se vale, para ello, de ciertas referencias a la edad de Jesús.
Cuando el hijo de María tiene doce años (cf. Lc 2, 42), ella y José lo encuentran en medio de los maestros del Templo de Jerusalén. ¿Qué hacía allí Jesús? Lucas pone sólo dos verbos: "escuchaba" y "preguntaba" (2, 46). Sin embargo, el niño, "en medio de los doctores", está "sentado" (¡como un maestro!)... De hecho, estaba dando una lección que dejaba a los demás "admirados" (2, 47). Misteriosamente, el que sólo "escuchaba y preguntaba" estaba él mismo dando "respuestas"  y siendo escuchado (cf. 2, 47). ¿Qué estaba enseñando ese pequeño maestro?
La siguiente referencia de Lucas a la edad de Jesús la tenemos "al comenzar" su vida pública: "tenía unos treinta años" (Lc 3, 23). En la escena siguiente, el Señor, obedeciendo al Espíritu, es arrastrado al desierto. Aquí, cuando el diablo lo pone a prueba, aparecen las primeras frases de Jesús no hechas en forma de pregunta. En efecto, a sus propuestas, Jesús no hace más que responder lo que había esuchado de su Padre todos esos años: "Está escrito" (Lc 4, 4.8.10). Recién después de esto empezó Jesús a "enseñar" (4, 15).
Lucas parece querer hacernos entender que toda la vida oculta de Jesús fue un "escuchar y preguntar" (2, 46), un "estar en las cosas de su Padre" (2, 49) y a la vez un "estar sujeto" a María y a José (cf. 2, 51). En esto consistía el "crecimiento" del niño en "sabiduría" (cf. 2, 40.52).
¡Jesucristo se pasó treinta años "escuchando y preguntando"! ¡El Hijo del Dios Altísimo, la Sabiduría creadora de Dios hecha carne invirtió casi todo el tiempo de su corta vida no en enseñar, sino en aprender, en "crecer en sabiduría"...! "¡Qué misterio encierra Nazareth!" (Pablo VI). ¡Qué pedagogía la de la vida oculta! Ésta era la lección misteriosa que el niño-doctor enseñaba a los maestros del Templo, y esta es hoy y siempre la paradójica enseñanza que Jesús nos propone con su aprendizaje... Jesús es para nosotros el Maestro que nos enseña a aprender.
También para la Palabra hecha carne todo empieza con el silencio humilde de la escucha; también para él "el primer mandamiento es éste: "Escucha, Israel"..."  (Mc 12, 29). Que el Espíritu nos contagie esta verdadera sabiduría de Jesús, que es la única que nos permite salir de nosotros mismos y amar hasta dar la vida.

martes, 13 de octubre de 2009

Lo que el signo muestra (IV parte)

Amor sin ruido
"El amor ha de ponerse más en las obras que en las palabras", escribió san Ignacio de Loyola. De puro buen español, él sabía bien que "obras son amores, y no buenas razones". Pero fue sobre todo de su Maestro Jesús que Ignacio había aprendido esta verdad.

En efecto, Cristo nos enseñó -y nos enseña- el amor de Dios más con las obras que con las palabras.

Él mismo enseñó insistentemente que para entrar en el Reino de Dios no basta con "escuchar" la Palabra, sino que hay que "practicarla".

Pero esta pedagogía del "amor concreto" la descubrimos fundamentalmente en su misma manera de vivir y de enseñar. En efecto, la fascinación, el encanto, la fuerza de sus palabras no residían en su brillo o en su abundancia, "como los escribas y fariseos", sino, a diferencia de ellos, en la "autoridad" y en el "poder" que tenían. La palabra tiene autoridad cuando es capaz de tranformar la vida. En las obras brilla la verdad de las palabras. Jesús hablaba con autoridad porque vivía lo que enseñaba, porque enseñaba de lo que vivía.

Jesús enmarcó de silencio sus tres años de intensa predicación. Como preparación a su ministerio público, él vivió calladamente los treinta años de su vida oculta; como rúbrica y testimonio de sus enseñanzas, padeció calladamente sus últimos tres días. La Buena Noticia de Cristo no son sólo sus palabras -como se deduciría de algún evangelio apócrifo- sino su vida entera: el silencio de Belén y Nazaret, el callar de la cruz y de la resurrección, y también sus palabras de vida eterna, entrelazadas siempre con miradas, caricias y milagros.

Una de las últimas palabras de Jesús en su vida terrena fue "hagan esto en memoria mía". Así quedaba instituido el recuerdo obrante y permanente del acto de amor más grande de la historia: la muerte y la resurrección del Hijo de Dios hecho hombre. Pues bien, si lo "recordado" en este "memorial", si lo "contenido" en este "sacramento" fue "amor sin ruido", es lógico que también sea silencioso el signo que lo "contiene" y produce: los signos eucarísiticos hablan, incluso al callar.

Efectivamente, en el humilde Pan de cada misa no hay nada extraordinario, no hay grandes palabras, y sin embargo ahí está el "amor de los amores", sin ruido, recreando los corazones, edificando la Iglesia, reconciliando al mundo.

A veces Dios regala fuertes "experiencias" de su amor: son momentos, horas, tal vez días, de gracia y de plenitud. Vivencias interiores patentes de su cariño, de su misericordia, de su llamada, de su elección para con nosotros. Experiencias tan intensas como pasajeras, pero que dejan una huella muy difícil de borrar. Es como pastar en las cumbres del Horeb, la montaña santa de Dios, después de tanto caminar y caminar por el desierto. Estas experiencias de amor, como pasa también en las relaciones humanas, muchas veces van de la mano con palabras extraordinariamente tiernas e íntimas: vibramos y gozamos con las palabras de amor que el Espíritu sembró en los profetas, en los salmos, en el Cantar...

Pero reducir las "experiencias de Dios" a estos encuentros extraordinarios, a estas "tranfiguraciones" del camino, puede hacernos olvidar que el amor de Dios -igual que el amor humano- no es sólo el que se manifiesta en las cumbres gozosas de la comunión íntima. Si la Eucaristía es el "sacramento del amor", entonces el amor de Dios, como el de un padre o de una madre, es el que se manifiesta principalmente en el "pan de cada día". En la eucaristía, la Palabra nunca se queda en palabras, sino que se vuelve obra: Dios nos da de comer en la boca cada día, cada semana, como nuestros padres cuando éramos chiquitos. Antes, durante y después de las palabras lindas de amor, Dios nos ha dado un amor fiel, un amor que está siempre, un amor que da lo mejor sin esperar ningún tipo de retribución -ni siquiera la del recuerdo agradecido-. Es un amor que sin hacer nada extraordinario hace posible la vida misma. Es un amor que no dice casi nada y que hace todo, que edifica todo, que construye todo. Es el amor de Dios que obra "sin ruido".

Es la Eucaristía. Es el mismo Jesús, LA Palabra de Amor del Padre que, como en la Cruz, sigue diciendo todo no con los labios, sino con la vida entregada, y que nos invita, cada día, cada semana, a poner el amor más en las obras que en las palabras.

domingo, 19 de agosto de 2007

Del silencio que hace hablar

Tengo, de mis años de guitarrero, una experiencia muy mía: siempre me costó cantar en público, sobre todo estando solo. De chiquito sufría cuando ante mi resistencia me decían que "me hacía rogar"... Es muy feo tener que hacer por obligación algo tan profundo e íntimo como cantar : parece que a uno le arrancaran a la fuerza algo que no está dispuesto a entregar, algo muy suyo, para exponerlo después obscenamente.
Sin embargo esto no es excluyente: lo cierto es que también conozco el gozo indecible de cantar, tanto que comparto la opinión de Juan Carlos Saravia, que dice que si no pudiera cantar se sentiría el hombre más infeliz del mundo... Sé del placer de cantar sin más, de cantar por el cantar mismo, de cantar fuerte, claro y gratis: derecho que ejerzo principalmente cuando camino por la calle, cuando me baño, o cuando alguna vez me sucede barrer o limpiar o hacer alguna labor manual. Pero si ya en esto encuentro un gozo muy grande, éste se vuelve rigurosamente inefable cuando puedo no ya cantar, sino cantarLE a alguien, cantar para una o más personas que me escuchan. Me acuerdo de haber estado, en no pocas ocasiones, tocando y cantando sin parar por horas y horas (casi siempre, eso sí, en la irresistible comunión de la noche, el fuego y el vino).
Esta contradicción en mi interior muchas veces ocupó mis soliloquios: ¿cómo podían convivir en mí estas tendencias tan opuestas? ¿A qué respondían?
De un tiempo a esta parte empecé a vislumbrar de a poco la respuesta, como empiezan a delinearse las formas con la luz de un amanecer. La explicación a mi canto está en el silencio.
Después de esas guitarreadas de noche entera, volvía a mi casa degustando (junto con alguna retinta borra trasnochada) un intenso sentimiento de gratitud para quienes me habían escuchado. "No, gracias a ustedes... Cantar así sí que da gusto..." Me parecía que ellos, los que me escuchaban, los que me miraban, los que sonreían, los que me pedían este y otro canto, ellos eran los que educían de mí la música, la voz, la intensidad y el color de cada canto. Esa experiencia me enseñó que es rigurosamente cierto eso de que "el artista se debe a su público". De ahí tengo por verdad sabida que el canto es deudor del silencio. Yo, reticente y poco dado, sé que hay un silencio irresistible que es la llave a mi corazón. He oído ese callar expectante, en las miradas, en las manos... Ese silencio es tan indispensable para mi canto como el cielo para el mar, como el fondo para la figura, como la materia para la forma... El silencio atento es sencillamente la condición de posibilidad permanente de la música que brota del corazón. El silencio del otro alimenta ininterrumpidamente la voz del que canta, tanto que cuando ese silencio falta el canto se agosta, se separa de su raíz, se divorcia de su fuente de vida.
Pensando en estas cosas, me remonté al misterio de la palabra misma. Toda palabra, en el fondo, y no sólo la "palabra amante" que es la música, está sostenida por un silencio primordial. Sólo quien hace verdadero silencio le regala al otro el don de la palabra. Sólo callando le permito al otro decir algo y decirse, expresarse tal como es.
Sigo meditando día a día en estas cosas... Pero mi pensamiento va seguido a la Virgen María. Ella fue el Silencio que Dios esperaba para poder decirSe del todo, en su Palabra eterna de amor. Ella, la Señora del silencio, la mujer que callaba y guardaba todo en su corazón, pudo engendrar para nosotros sus hermanos la Palabra de Dios. De ella misma aprendió el niño Jesús a callar para escuchar la voz de su Padre, hasta que llegó el día en que pudo decir categóricamente: "mi alimento es hacer la voluntad del que me envió (Jn 4, 33)". Que de ella aprendamos también nosotros el silencio amante que nos permite oír a Dios y hace hablar a los demás.