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jueves, 6 de abril de 2023

Poncio Pilato y los riesgos de la sinodalidad

"Ecce homo" de Antonio Ciseri

 Pilatos entre Cristo y la muchedumbre

             Escuchar el relato de la Pasión, el Domingo en que se inaugura la Semana Santa, siempre nos conmueve y deja pensativos. En el evangelio según san Mateo, que este año hemos leído, me llamaron la atención algunos detalles que me parecieron reflejar, como en un límpido espejo, nuestra realidad actual. Particularmente me detendré en la figura de Poncio Pilato, en la escena en que interroga a Cristo.

            El juez Pilato está, por decir, entre Jesús - el acusado- por un lado, y los sumos sacerdotes y el sanedrín -los acusadores-, por otro. El interrogatorio va al meollo de la cuestión: “¿Eres tú el rey de los judíos?” (Mt 27, 11), a lo que el Señor responde sencilla, casi amablemente: “Tú lo has dicho” (ibid.). Inmediatamente, el gobernador romano da lugar a que el Señor oiga las acusaciones de las autoridades judías, que vociferaban desde afuera. Pero Jesús no abre la boca: no responde nada.

            Actitudes tan diferentes muestran, a las claras, lo diferente de unas y otras acusaciones y de unos y otros acusadores. Ante una verdad (“Tú eres el Rey de los judíos”), Cristo responde con llaneza. En cambio, ante la falsedad de las otras acusaciones y la mala voluntad de los acusadores, Jesús calla. Pareciera estar enseñándonos que no hay que entrar en la tramposa lógica de los mentirosos, que no hay que hablar siquiera con el tentador. En efecto, frente a la mentira basta y sobra su sola y desnuda presencia: porque Él mismo es la verdad.

            Pilato, nos dice san Mateo apenas unas líneas después, quedó “muy admirado” (Mt 27, 14) de la actitud de Cristo, y convencido de la mala voluntad de quienes lo acusaban, “que lo habían entregado por envidia” (Mt 27, 18). Pero sin embargo no lo declaró inocente. No hizo justicia. No cumplió con su deber.

            Lo que sigue después ya supone esta injusticia primera: Jesús queda como culpable, y tan preso como el otro “preso famoso” (Mt 27, 16), Barrabás. Ahora Pilato, que tenía la costumbre, para cada pascua, de liberar al preso que el pueblo eligiera, encara a la muchedumbre y le da a elegir entre Jesús y Barrabás. Y así comete una segunda injusticia, igualando al inocente con el culpable.

            Aquí hay que detenerse en el nombre que san Mateo nos da del otro preso: él también se llama Jesús, Jesús Barrabás. Entonces, la pregunta del gobernador establece una forzosa comparación: “¿A quién quieren que les ponga en libertad: a Jesús Barrabás o a Jesús llamado el Mesías?” (Mt 27, 17). Ahora bien, Barrabás quiere decir “Hijo del Padre” (Bar-Abbás). Mesías, o en griego Cristo, quiere decir el “ungido”, y era, de hecho, como decir: “el rey”.

La confusión que estableció el que debía impartir justicia, equiparando al inocente con el culpable, se refleja en la confusión de sendos apodos. El violento sedicioso, sin dudas un celoso nacionalista judío, ansioso por derrocar a los romanos y restaurar el reino terrenal de Israel, tiene el título “bar abbás”, “Hijo del Padre”, el mismo, precisamente, que Dios pronuncia al ungir al Jesús de Nazaret: “Este es mi Hijo” (Mt 3, 17) y que por eso es más propio de Él. En cambio, nuestro Señor, rey pacífico y humilde, es presentado por Pilato como “Mesías”, título que, a secas, alentaba las esperanzas de un rey político, y que Cristo, por eso, al principio de su misión, mandaba silenciar.

Lo demás es sabido: la multitud, instigada por los sumos sacerdotes, elige la libertad de Barrabás y al mismo tiempo pide la crucifixión de Cristo. Y ante las insistencias de Pilato, que muestran, acaso, los últimos reclamos de su conciencia (reavivada por las palabras de su esposa) para evitar derramar esa sangre inocente, el pueblo grita cada vez más fuerte, tanto, que Pilato comprende que, de no complacer al pueblo, se producirá una tremenda revuelta. El gobernador se lava las manos, buscando ostentosamente conservar aquello que en ese mismo acto pierde: su inocencia. Y, refugiándose en la voluntad popular - “es asunto de ustedes” (Mt 27, 24)-, se lo entrega para que lo crucifiquen.


§§§§


El pecado de "los buenos" o los riesgos de la sinodalidad 

Cuando uno lee los evangelios de la Pasión, da la impresión de que se nos presenta a Poncio Pilato bajo una luz amable, y lo vemos, casi, con benignidad: pareciera que quiso liberar al Señor, y que alguito intentó para conseguirlo. Da la sensación de que el pecado de Pilato, como el de los miembros del pueblo presentes en esa muchedumbre, comparado con el de quienes fría y premeditadamente buscaron asesinar a Jesús, es ciertamente leve. Y, sin embargo, no deja de ser gravísimo. En las cadenas que apresaron al Señor para conducirlo a la muerte, hay eslabones más grandes y más chicos, pero todos fueron necesarios para cometer la injusticia de las injusticias y matar al “autor de la Vida” (Hech 3, 15).

Pero justamente por ello me quedé pensando en los que llamaré “los pecados de los buenos”, porque reflejan, sin duda, muchos de nuestros propios pecados, los de quienes somos cristianos y decimos seguir a Jesús.

Poncio Pilato es, para los evangelios, el gobernante, legítimo de hecho (cuya autoridad “viene de lo alto” -Jn 19, 11-), el responsable último de establecer la justicia, tan encomiada por el derecho romano. Su pecado primero y fundamental es haber decidido no decidirse, haber juzgado mejor no juzgar.

Este es el pecado de omisión de toda persona revestida con autoridad (incluida la jerarquía eclesiástica, entre cuyos miembros - ¡ay de mí! - me cuento…) cuando se corre de ese lugar en que Dios la ha establecido, y so capa de humildad, se baja del estrado para confundirse con el pueblo, y demagógicamente, promete dar fuerza de ley sólo a lo que la mayoría quiera.

Para toda autoridad existe, por cierto, un “balcón” que es legítimo. Hay una escucha del pueblo que es vital y necesaria para todo buen gobernante, como para cualquier padre o maestro es indispensable la mirada y escucha atentas a sus hijos o alumnos. Y todo lo que en ello se insista es poco. Sin embargo, el deber primero de la autoridad, por el bien de las personas a quienes sirve, es para con la verdad y la justicia, así resulten impopulares, como cuando los padres tienen que hacer correcciones que duelen.

Pilato debía hacer justicia y evitar la injusticia, y tenía personalmente el poder para hacerlo, pero eligió delegar ese poder en el pueblo. Por eso mismo, antes de que el “pueblo” -que casi nunca en la práctica es el pueblo, sino una masa influenciable, útil a una élite de interesados- elija mal, y aunque hubiera elegido bien, ya el más grave pecado de Pilato estaba consumado: había renegado de su misión y de su responsabilidad, abriendo así la posibilidad de que se cometiera, democráticamente, una terrible injusticia, y deponiendo la única arma que se disponía para evitarla: su autoridad.

La actualidad de esta tentación para cualquier persona que esté encargada de otras (desde el Papa hasta los padres primerizos, pasando por los gobernadores, los curas de barrio o los maestros de grado) es patente. Y más si consideramos que San Juan pone en boca de Pilato el fundamento último de su actitud, hoy más vigente que nunca: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 38). ¡Con qué facilidad, como padres y educadores, diciéndonos que hoy “cambiaron los tiempos”, nos quitamos a nosotros mismos la carga de educar en los valores de siempre!  ¡Qué fácilmente, en la Iglesia, miramos positivamente, como si se tratara de humildad intelectual, de respeto y de tolerancia, la actitud de disimular, esconder o desconocer la verdad de Jesucristo, “el mismo hoy, ayer y para siempre” (Heb 13, 8) y la identidad de su única Iglesia “fundamento y columna de la verdad” (1 Tim 3, 15)! ¡Qué cerca estamos de entender la tan mentada “sinodalidad” como un abdicar de nuestros insoslayables deberes (contraídos solemnemente ante Dios) de ser heraldos del Evangelio y pastores que alimentan a su pueblo con la verdad, entregando la propia vida! ¡Qué peligrosamente real es la tentación de eliminar, como si fuera nocivo, todo lo que expresa nuestra diferencia esencial con los laicos (no sólo las mitras, sino hasta el mismo hábito eclesiástico), para refugiarnos en el anonimato del pueblo, escabulléndonos de nuestro deber de ser ejemplos de santidad, de sabiduría, de caridad, de oración… y dejando al pueblo huérfano y a la deriva, literalmente “como ovejas sin pastor” (Mt 9, 36)!

Pilato no era tan malo: sólo era pragmático. Él buscaba la paz. Como tantos y tantas. Pero la quería ahora (en la historia). Y la quería acá (en este mundo). Y prefirió la paz temporal de no tener que pelearse otra vez con los judíos a la justicia y la verdad, que son eternas… pero menos prácticas.

Cuidémonos nosotros, en la Iglesia, de proponer una paz y una fraternidad, si son en desmedro de la verdad y de la justicia. Porque sólo Cristo es nuestra paz: y su paz viene de la cruz.

La multitud no era tan mala: sólo era impaciente. Pedía la libertad. Como tantos y tantas. Pero querían la libertad aquí (en este mundo) y ahora (en la historia). Y por eso prefirieron a un liberador “famoso”, a un “ídolo”, a un líder violento que, de hecho, se había jugado la vida luchando contra la opresión romana, en lugar de aquel maestro amoroso y pacífico, que hablaba de poner la otra mejilla y de perdonar siempre, que pagaba los impuestos al César y no reclutaba soldados, y prometía que la verdad los haría libres… Sí, 'tá bien, pero ¿cuándo?

Cuidémonos nosotros, en la Iglesia, de confiar optimistamente en las elecciones de las mayorías: que la ingenuidad no nos impida ver a las élites que manipulan a la gente conforme a sus intereses, y que el entusiasmo epocal por lo democrático no nos lleve a dar fuerza de ley a todo lo que el “pueblo” elija, renunciando a nuestro deber magisterial y de gobierno.

Ellos -y ellas- quizá creerán que están eligiendo a Jesús. Y sólo por no conocerlo bien, y sólo por soñar en construir la igualdad, la fraternidad y la libertad en este mundo, habremos elegido a Jesús… Bar Abbás. Y a Nuestro Señor, otra vez, lo habremos mandado a crucificar.

lunes, 15 de marzo de 2021

A cuarenta años de la muerte del Padre Castellani

    


    En homenaje al gran maestro, transcribo este inigualable poema, escrito -como él mismo lo explica en la introducción- inspirado en su admirado Kierkegaard, pero que (al igual que el verso "Quijotismo" que hemos otra vez publicado aquí) refleja para mí ese fuego del corazón del autor y que por eso me parece para el mejor a la hora de entender y celebrar su vida.

    Asimismo, dejo una linda semblanza de su vida en este enlace: https://www.infobae.com/cultura/2021/03/15/leonardo-castellani-el-gran-escritor-y-profeta-argentino-ausente-en-el-canon-de-nuestras-letras/

El poema Jauja

El año cincuenta – y, antes del 60 (no recuerdo la fecha) – acabé de leer meditadamente el gran tratado de Kirkegord “Posdata definitiva no científica a las Nonadas Filosóficas”, después de haber leído otras obras menores para alcanzar su comprensión. El libro me fascinó (o más elegante me impactó) de tal modo que ese mismo día escribí el poema kierkegordiano Jauja, el mejor de los míos (esto quizá no sea decir mucho) con una facilidad no ordinaria, como si alguien me lo dictase.

Uso allí la alegoría de un viaje arriscado por mar a una de las Islas Afortunadas para corporizar el “Itinerarium Mentis” del místico danés; como Fray Juan de Yepes usó la de una subida a la montaña, Santa Teresa el ingreso a la cámara más íntima de un palacio, el Inglés Bunyan el de un viaje a pie plagado de obstáculos y peripecias alegóricas; y así otros poetas místicos.

La escrición del poema, que va aquí en apéndice, me dejó la impresión de que el danés me había ayudado, como se lo pedí, lo cual significaba que se había salvado y estaba con Dios, lo cual se puede tener por superstición (y Uds. caros lectores pueden tenerlo) pero en mí es convicción soberana.
El poema comienza:



JAUJA

*
Yo salí de mis puertos tres esquifes a vela
Y a remo a la procura de la Isla Afortunada
Que son trescientas islas, mas la flor de canela
De todas es la incógnita que denominan Jauja
Hirsuta, impervia al paso de toda carabela
La cedió el Rey de Rodas a su primo el de León
Solo se aborda al precio de naufragio y procela
Y no la hallaron Vasco de Gama ni Colón.
*
Rompí todas mis cosas implacable exterminio
Mi jardín con sus ramos de cedrón y de arauja
Mis libros de Estrabonio de Plutarco y de Plinio
Y dije que iba a América, no dije que iba a Jauja.
Pinté verdes los cascos y los remos de minio
Y las velas como alas de halcón y de ilusión
Quedé sin rey ni patria, refugio ni dominio
Mi madre y su pañuelo llorando en el balcón.
*
Muchas veces la he visto, diferentes facciones,
Diferentes lugares, siempre la misma Jauja
Sus árboles, sus frondas floridas, sus peñones
Sus casas, maderamen del más perito atauja.
Su señuelo hechicero de aromas y canciones
Enfervecía el celo de mi tripulación,
Mas desaparecían sus mágicas visiones
Apenas la ardua proa tocaba el malecón.
*
La he visto entre las brumas, la he visto en lontananza
A la luz de la luna y al sol de mediodía
Con sus ropas de novia de ensueño y esperanza
Y su cuerpo de engaño decepción y folia.
Esfuerzo de mil años de huracán y bonanza
Empresa irrevocable pues no hay volver atrás
La isla prometida que hechiza y que descansa
Cederá a mis conatos cuando no pueda más.
*
Surqué rabiosas aguas de mares ignorados
Cabalgué sobre olas de violencia inaudita
Sobre mil brazas de agua con cascos escorados
Recorrí la traidora pampa que el sol limita.
Desde el cabo de Hatteras al golfo de Mogados
Dejando atrás la isla que habitó Robinson
Con buena cara al tiempo malo y trucos osados
Al hambre y los motines de la tripulación.
*
Me decían los hombres serios de mi aldehuela
“Si eso fuera seguro con su prueba segura
También me arriesgaría, yo me hiciera a la vela
Pero arriesgarlo todo sin saber es locura...”
Pero arriesgarlo todo justamente es el modo
Pues Jauja significa la decisión total
Y es el riesgo absoluto, y el arriesgarlo todo,
Es la fórmula única para hacerla real.
*
Si estuviera en el mapa y estuviera a la vista
Con correos y viajes de idea y vuelta y recreo
Eso sería negocio, ya no fuera conquista
Y no sería Jauja sino Montevideo.
Dar dos recibir cuatro, cosa es de petardista,
Jauja no es una playa-Hawaii o Miramar.
No la hizo un matemático sino el Gran Novelista
Ni es hecha sino para marineros de mar.
*
Las gentes de los puertos donde iba a bastimento
Risueñas me miraban pasar como a un tilingo
Yo entendía en sus ojos su irónico contento
Aunque nada dijeran o aunque hablaran en gringo.
Doncellas que querían sacarme a salvamento
Me hacían ojos dulces o charlas de pasión
La sangre se me alzaba de sed o sentimiento
Mas yo era como un Sísifo volcando su peñón.
*
Busco la isla de Jauja, sé lo que busco y quiero
Que buscaron los grandes y han encontrado pocos
El naufragio es seguro y es la ley del crucero
Pues los que quieren verla sin naufragar, son locos
Quieren llegar a ella sano y limpio el esquife
Seca la ropa y todos los bagajes en paz
Cuando sólo se arriba lanzando al arrecife
El bote y atacando desnudo a nado el caz.
*
Busco la isla de Jauja de mis puertos orzando
Y echando a un solo dado mi vida y mi fortuna;
La he visto muchas veces de mi puente de mando
Al sol de mediodía o a la luz de la luna.
Mis galeotes de balde me lloran ¿cuándo, cuándo?
Ni les perdono el remo, ni les cedo el timón.
Este es el viaje eterno que es siempre comenzando
Pero el término incierto canta en mi corazón.
*
Oración
*
Gracias te doy Dios mío que me diste un hermano
Que aunque sea invisible me acompaña y espera
Claro que no lo he visto, pretenderlo era vano
Pues murió varios siglos antes que yo naciera
Mas me dejó su libro que, diccionario en mano,
De la lengua danesa voy traduciendo yo
Y se ve por la pinta del fraseo baquiano
que él llegó, que él llegó.

Leonardo Castellani
(del apéndice de la obra “De Kirkegord a Tomás de Aquino”.
Extraído del blog: padreleonardocastellani.blogspot.com)


martes, 30 de julio de 2019

Una santa inconciencia


Pensamientos vocacionales en el día del Apóstol Santiago

El pasaje en que Nuestro Señor se encara con los hijos de Zebedeo (Mt 20, 20-23; Mc 10, 35-40) porque le habían pedido sentarse a su derecha e izquierda en el Reino encierra, a mi ver, una profunda enseñanza acerca del camino de la felicidad humana. O del seguimiento de Cristo, que es lo mismo.
“Jesús les dijo: Ustedes no saben lo que están pidiendo” (Mc 10, 38).
Pues de eso se trata esta reflexión. Quiero hacer una apología de esa ignorancia santa, de esa inconciencia corajuda que lleva a tantas almas generosas a entregarse para siempre. Y no estoy sólo pensando en quienes se consagran a Dios en la vida religiosa o el sacerdocio, sino también en quienes emprenden la aventura del matrimonio. Y también, por qué no, en quienes se comprometen con idéntico empeño y fidelidad en otras altas causas, quemando, como Cortés, las naves que permitirían volverse atrás.
“¿Podrán ustedes beber la copa que yo voy a beber o recibir el bautismo que yo recibiré?” (10, 38). Y ellos, Santiago y Juan, sin saber ni preguntar de qué copa o de qué bautismo hablaba el Señor, se apresuraron a responderle: “¡sí, podemos!” (10, 39).
¿Y no fue San Pedro quien también le gritó un día lleno de fervor: “¡Yo daré mi vida por ti!” (Jn 13, 37).
¿No será justamente por esta impetuosa audacia, por esta noble temeridad que Cristo los amaba especialmente a ellos tres, tanto que los hizo privilegiados testigos de la resurrección de la hija de Jairo y del Tabor y sus compañeros del Getsemaní?
Nuestro Señor sabía demasiado bien que ninguno de ellos sabía lo que implicaban sus solemnes palabras y, sin embargo, las recibió como expresiones sinceras de su ambicioso y osado amor. Los hijos de Zebedeo tuvieron que ver cómo se deshacía su vana ambición de gloria mundana; Pedro negó tres veces a su Señor y atravesó el drama de su pecado. Sin embargo, al cabo cumplieron sus “primeros votos”: Juan compartió la copa de la Pasión del Señor al pie de su Cruz y fue rociado con el bautismo de su Sangre y Agua allí derramadas; Santiago fue el primero de los doce en derramar la sangre por Cristo; Pedro siguió a Cristo literalmente hasta la muerte en cruz.
Claro que en la aceptación de Jesús -en la voluntad de Dios, y solo en ella- está el motivo de la perseverancia final: “Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca” (Lc 22, 32) le dice a Pedro; y a los Zebedeos: “La copa que yo he de beber la beberán y también recibirán el bautismo con que yo seré bautizado” (Mc 10, 39). Y por eso la única "pastoral vocacional" que propuso el Señor es la oración: "Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha" (Lc 10, 2).

                                                                   ⃰⃰⃰   ⃰⃰⃰   ⃰⃰⃰
       Dicho esto, pienso que cabe preguntarse si nuestras actuales prácticas pastorales respecto a las vocaciones sacerdotales o religiosas, e incluso respecto a los matrimonios, dan cuenta de la legitimidad de este santo arrojo a la hora de elegir el estado de vida.  Por supuesto que los fracasos matrimoniales, y sobre todo la crisis escandalosa del clero pervertido empujan a una entendida reacción que lleva a extremar las precauciones en el discernimiento eclesial de los candidatos. Lejos de mí propiciar ni de lejos un fanatismo irracional e irresponsable que atraiga la rapacidad de los manipuladores de conciencias y que sofoque las legítimas preguntas (“¿Cómo puede ser esto si no conozco varón?” [Lc 1, 34]) que el discernimiento espiritual requiere para saber -ante todo- si es Dios el que está llamando (cf. 1 Sam 3, 4-10). Pero sí busco que se haga siempre lugar a la magnanimidad  generosa dispuesta a tener que “guardar y meditar en el corazón” (Lc 2, 19) todo lo impensado -e impensable- que sobrevendrá después de dado el “hágase” (Lc 1, 38). 
     Sería sencillamente imposible que uno tomara una sola decisión que comprometiera su propio futuro si le fuera dado conocer todas las consecuencias que ella traerá aparejadas… ¿Es conducente, pues, que a la vuelta de muchos años, se evalúe la validez de esos "primeros votos" con "el diario del lunes" ante los ojos, exigiendo extemporáneamente al "sí" inicial una madurez que sólo la experiencia puede dar...? 
Creo que hay algo profundamente humano que se pone en juego cuando un hombre o una mujer, trascendiendo las prevenciones y los cálculos que su pobre razón le opone, se entrega “con todo su ser” -también con su futuro- a una santa causa, dispuesto a no mirar para atrás. Las cargas se irán - o no- acomodando al andar, a medida que el horizonte se va haciendo más lejano y uno, caída tras caída, es a pesar de todo fiel al amado camino que a un mismo tiempo nos marca el destino y nos lo aleja. Por el contrario, una vida sin entrega, sin arrojo, sin confianza en una palabra, encerrada en la asepsia de la temerosa mentalidad “aseguradora contra todo riesgo” deja de ser vida para ser apenas, como dice la canción, “permanecer y transcurrir”.
En tiempos de frío racionalismo y de egoísta pusilanimidad, más que nunca es fácil ahogar los ideales, y con ellos a los quijotes que alucinados se disponen a seguirlos. Las modernas ciencias humanas… “demasiado humanas”, deudoras las más de las veces de una estrecha antropología iluminista, que cercena la humanísima “capacidad de Dios” en que fuimos constituidos, no hace muchas veces más que alentar o justificar las fáciles opciones de vida burguesa y hedonista en que se evanece, aburrida y estéril, la civilización posmoderna, como engullida por un gigantesco bostezo existencial.
Pero muy distinto es dejar que sus limitados criterios nos corten las alas  a “nosotros” que hemos decidido, “teniendo en torno tan grande nube de testigos, sacudiendo todo lastre y el pecado que nos asedia, correr con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, caudillo y consumador de la fe, quien en lugar del gozo que se le proponía soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la derecha de Dios” (cf. Heb 12, 1-2), a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Aparición de Santiago matamoros durante el cerco de Cuzco, anónimo peruano.

jueves, 1 de junio de 2017

Un soneto de Castellani

Creo que bien podría ser el epígrafe de este entero blog, si no le quedara tan grande. ¡Inacabable Castellani, como una vertiente sin fin...! ¡Gracias a Dios!



                QUIJOTISMO

Pues todo aquel que vive sin locura
es menos cuerdo que lo que él se piensa
y pues princesa prometida inmensa-
mente es mejor que esclava bien segura.

Pues la llaga de amor nunca se cura
sino más honda haciéndose y extensa
con la renuncia de la recompensa
y el tomar por presencia la figura.

A fuer de don Ignacio y san Quijote
dejando el viejo pájaro-en-mano
escogí los cien pájaros en vuelo

y se me puede ver al estricote
pisoteando de la tierra el guano
que es mi manera de mirar el cielo.


Leonardo Castellani
8 de mayo de 1943
"El libro de las oraciones"

Extraído de:
http://padreleonardocastellani.blogspot.com.ar/2008/11/quijotismo-pues-todo-aquel-que-vive-sin.html

jueves, 4 de septiembre de 2008

¿Hay lugar para la utopía?


Parece -me cuenta mi amiga g.a.d.- que a Saramago no le hacen gracia las utopías. Dice el escritor que han traído muchos más daños que beneficios, y que si pudiera borraría la misma palabra "utopía" de los diccionarios. Lo cierto es que Saramago no está solo, y que desde hace años se habla del "fin de las utopías".
No se trata de negar ingenuamente todo el potencial nocivo que de hecho tuvo en nuestra historia el empeño por llevar las utopías a la práctica. Pero eso no es culpa de las utopías sino de quienes no supieron entender que justamente las utopías son y deben ser siempre "utópicas": es decir, que siempre han de conservar su carácter de "in-ubicabilidad", de no poder ocurrir, de no poder "tener lugar" aquí y ahora.
Sir Thomas More, el brillante humanista inglés que acuñó el término al publicar su famosa obra "Utopia", conocía más que bien la ingente distancia que separaba la isla del rey Utopo de su propia isla brumosa...
De cualquier modo, me parece que la recurrencia de las utopías en la historia de los hombres es por demás elocuente. El pertinaz recurso a lo utópico manifiesta algo inherente a nuestro ser, un deseo medular y potente. En cambio, la tendencia materialista y divanesca -todavía tan frecuente- de cajonear desde el vamos cualquier deseo de plenitud con el injusto rótulo de "proyección" se me antoja cada vez más intelectualmente insulsa.
En el cristianismo -esto tan irremediablemente paradójico- hay "topos" (lugar) para la "ou-topía". Por poner unos botones de muestra, miremos Isaías 2, 1 y ss.: "Sucederá al final de los días (...) pueblos numerosos con sus espadas forjarán arados, con sus lanzas, podaderas. No levantará la espada una nación contra la otra, no se adiestrarán para la guerra." O Isaías 11, 8 y ss.: "El lobo habitará con el cordero, y el leopardo se recostará junto al cabrito (...) el niño de pecho jugará sobre el agujero de la cobra, y en la cueva de la víbora meterá la mano el bebito recién destetado." O el final del Apocalipsis: "Ya no habrá ninguna maldición (...) Tampoco existirá la noche, ni les harán falta las lámparas ni la luz del sol porque el Señor Dios los iluminará(...)"(22, 3.5). O, mucho más cercanos, los célebres pasajes de los Hechos de los Apóstoles como éste: "Todos los creyentes vivían unidos y ponían todo lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes y distribuían el dinero degún las necesidades de cada uno (...) comían juntos con alegría y sencillez de corazón, ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo" (2, 42 y ss.). (Quienes vivimos todos los días en una comunidad eclesial sabemos lo importantes y necesarios que son estos pasajes, y a la vez ¡ay! lo utópicos que son... ).
Es cierto que, al menos desde Feuerbach y Marx, una de las más persistentes críticas al cristianismo ha sido precisamente esa: la de regodearse en la promesa de un utópico "cielo" y de descuidar la tierra y la vida que de hecho tenemos hic et nunc. Después del Concilio Vaticano II (p. ej. Gaudium et Spes, 39) creo que la Iglesia se ha hecho cargo de la objeción: incluso en nuestros días, Benito XVI nos da una linda respuesta a ella en la encíclica Spe Salvi.
La concepción cristiana de la escatología (la plenitud está ya, pero todavía no consumada) puede redimir el género utopía, que sin esta segunda cláusula ("todavía no") puede, por cierto, causar mucho daño. La resurrección de Jesús inauguró ya un "cielo nuevo" y una "nueva tierra": en él, la muerte ya ha sido vencida... Y ¿acaso hay algo más utópico? "La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria?" (1 Co 15, 54-55). ¡Este es el carozo de las utopías! Por otra parte, ¿no vivió Jesús mismo -y enseñó- un tipo de vida bastante utópico ("presenta la otra mejilla", "amen a sus enemigos", las bienaventuranzas, etc.)? Claro: se puede responder que nuestro mundo real y concreto aniquila las utopías, como aniquiló en una cruz a Jesús de Nazareth y en los circos romanos a sus primeros seguidores.
Pero la genialidad de Dios está en que, a diferencia de las "utopías" que Saramago deplora, la "utopía" de la salvación y de la nueva creación en Jesucristo no se saltea el sufrimiento, el pecado y la muerte, sino que los asume y atraviesa. La gran novedad es que, en Cristo, el fracaso es la victoria, la muerte es la vida, la cruz es la exaltación y la gloria. Él ya ha vencido. El "todavía no" es nuestro tiempo de vivir, el "tiempo favorable" y oportuno para que nosotros, libremente, dejemos que el mismo Espíritu de ese Jesús nos lleve por aquel camino que, atravesando la muerte, desemboca en la vida plena.
La verdadera utopía no es, por lo tanto, la que lleva a sacrificar a miles personas con tal de establecer el ideal de la nueva humanidad, sino la que es parida en lo secreto de cada día por aquellos que saben entregar la propia vida por sus hermanos.
En este sentido, no es casual que el inventor de "Utopia", Thomas More, ese fiel canciller de Enrique VIII, pero antes fiel súbdito de Dios, haya identificado su vida con Cristo al punto de morir como él: dando testimonio de la Verdad. Sin duda, sabía muy bien de qué se trataba la verdadera utopía.