martes, 29 de septiembre de 2026

Librito: La Misa explicada por Santo Tomás de Aquino

 

Santo Tomás de Aquino



Los ritos y las oraciones

de la

Misa

 


 

 

Traducción del original francés:

Saint Thomas d’Aquin, Rites et prières de la Messe, Éditions de l’Arbre, coll. “Textes spirituels”, Montréal,1944.

 

EDICIONES “DIOS Y AYACUCHO”

Las Tunas, Gral. Pacheco

MMXXVI




LOS RITOS Y LAS ORACIONES DE LA MISA

 

INTRODUCCIÓN

            Guillermo de Tocco, discípulo de santo Tomás en Nápoles, cuenta que nuestro doctor, cierta vez, fue consultado por los maestros de la universidad de París acerca de una cuestión doctrinal referida a la Eucaristía. Después de haber redactado su respuesta, Tomás de Aquino puso el texto sobre el altar mientras rezaba intensamente pidiéndole a Cristo que le inspirara las correcciones necesarias. La respuesta no se hizo esperar. Mientras que estaba en oración, fray Tomás oyó la palabra de Cristo: “Has escrito bien cerca de este sacramento de mi cuerpo; has encontrado la verdadera solución a la cuestión que te han presentado, en la medida en que es posible al hombre aquí abajo captar estas realidades y expresarlas en lenguaje humano”. [1]

            Este mismo biógrafo escribe de santo Tomás que “sobre todo, era devoto del santísimo Sacramento del Altar. Si le fue dado escribir sobre él con mucha profundidad, más todavía le fue dado celebrarlo con devoción. Cada día decía misa, salvo que estuviera impedido por enfermedad, y escuchaba una segunda de su compañero o de algún otro, en las que casi siempre ayudaba. Frecuentemente, en la misa, lo embargaba un sentimiento de devoción tal que se deshacía en lágrimas: tan absorbido estaba en los sagrados misterios y tan lleno de las gracias que recibía en este augusto sacramento”.[2]

            La doctrina que recibió aprobación tan alta y que alimentó piedad tan grande merece ser más conocida. Por eso se publica la traducción de tres artículos de santo Tomás sobre la Misa: están extraídos de la tercera parte de la Suma Teológica, cuestión 83, dedicada a la celebración de la Eucaristía o Misa. El primero trata de la inmolación de Cristo en la misa; los otros dos exponen el significado de las oraciones y los ritos de la misa. Nos pareció útil agregar un breve comentario al primer artículo e insertar allí otros textos especialmente aptos para explicar la doctrina tomista de la misa.

            Sabemos que santo Tomás, conforme al procedimiento clásico del siglo XIII, antes de la conclusión que pretende sostener, pone una serie de argumentos en favor de la conclusión contraria: es lo que llamamos comúnmente las objeciones. Al final del artículo, él mismo se ocupa de responder a estos argumentos o de resolver estas objeciones. No hemos traducido literalmente estos argumentos: hemos resumido lo que era necesario conocer de ellas para entender mejor las respuestas, y para facilitar la lectura, hemos reunido en un mismo párrafo el argumento y su respuesta.

 

Joseph-Marie PARENT, O. P.

 

    

Prólogo a la presente traducción

            He traducido desde el original latino los textos de Santo Tomás, y por lo general he transcripto por entero las objeciones de las cuestiones, que el editor, como explica en la Introducción, abrevió bastante. Para ello me basé en la Summa Theologica de la editorial Marietti (Turín, 1932), de la que extraje en algunos casos las notas hechas por De Rubeis, Billuart y otros. Para facilitar el acceso a la fuente, indiqué con más detalle las proveniencias de cada párrafo, y también consideré oportuno agregar notas, sobre todo las concernientes a las diferencias entre el rito de la Misa que explica santo Tomás y nuestro Misal romano actual. Todas ellas aparecen indicadas con la fórmula “N. del T.”, es decir, “nota del traductor”. Las que no indican nada son de la edición francesa original.

 

Cristián Dodds

Luján, 28 de septiembre del año del Señor 2026.

 

 

PRIMERA PARTE

La inmolación de Cristo en la Misa


Nos dice San Agustín en el libro de las Sentencias de Próspero[3]: “Cristo ha sido inmolado una sola vez para siempre en sí mismo, y sin embargo es inmolado cada día en el sacramento”.[4]

Es por una doble razón que la celebración de este sacramento es llamada “inmolación de Cristo”.

En primer lugar, porque, según lo que dice San Agustín a Simpliciano “las imágenes suelen ser llamadas con el nombre de lo que representan: como cuando al ver un cuadro o una pared pintados, decimos: “Éste es Cicerón, y éste Salustio”. Ahora bien, la celebración de este sacramento, como quedó dicho antes (III, 79, 1), es una imagen representativa de la pasión de Cristo, que es su verdadera inmolación. Y por eso la celebración de este sacramento se llama “inmolación de Cristo”. De aquí que Ambrosio diga en Sobre la Epístola a los Hebreos[5]: “En Cristo la víctima ha sido inmolada una sola vez, con poder de salvar para siempre. ¿Y nosotros, entonces, qué? ¿No la ofrecemos cada día? Sí, pero en memoria de su muerte”[6].

La celebración de este sacramento es llamada “inmolación de Cristo” de otro modo, en cuanto al efecto de la pasión de Cristo, a saber, porque por medio de este sacramento nos hacemos partícipes del fruto de la pasión del Señor. Por eso en una oración secreta dominical[7] se dice que “cada vez que se celebra la conmemoración de esta víctima, se realiza la obra de nuestra redención”.

Por lo tanto, en cuanto al primer aspecto, se podría decir que Cristo fue inmolado en las figuras del Antiguo Testamento. De aquí que incluso en Apocalipsis 13, 8 se diga: “cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, que fue muerto desde el origen del mundo”.

Pero en cuanto al segundo modo, es propio únicamente de este sacramento el que Cristo sea inmolado en su celebración[8].

Se dice en la Carta a los Hebreos 10, 4 que “Cristo, con una única oblación, perfeccionó para siempre a los que santificó”. Pero, dado que aquella oblación fue su inmolación, ¿no deberíamos concluir que Cristo no es inmolado en la celebración de este sacramento?[9]

Hay que responder que, como dice san Ambrosio, “una sola es la víctima” que Cristo ofreció y nosotros ofrecemos “y no muchas, pues Cristo fue ofrecido una sola vez”. Y este sacrificio es a ejemplo de aquél[10]. En efecto, así como lo que se ofrece en todas partes es un único cuerpo y no muchos cuerpos, del mismo modo lo que se ofrece es un único sacrificio.[11]

Otra dificultad: la inmolación de Cristo fue realizada en la cruz, en la cual “se ofreció a sí mismo como oblación y víctima a Dios de agradable aroma”, como dice Efesios 5, 2. Ahora bien, en la celebración de este misterio Cristo no es crucificado, y entonces deberíamos concluir que tampoco hay inmolación de Cristo.[12]

Pero hay que responder lo siguiente: así como la celebración de este sacramento es la imagen que representa la pasión de Cristo, del mismo modo, el altar es lo que representa su cruz, en la que Cristo fue inmolado en su propia especie[13].

Finalmente, como dice Agustín[14], “en la inmolación de Cristo el sacerdote y la víctima son el mismo”. Pero en la celebración de este sacramento no son el mismo el sacerdote y la víctima, y por lo tanto la celebración de este sacramento no es la inmolación de Cristo.[15]

Pero por la razón ya señalada, de que la celebración de este sacramento es la representación de la pasión de Cristo, hay que responder que también el sacerdote lleva la imagen de Cristo, en cuya persona y por cuya virtud pronuncia las palabras de consagración, como quedó claro por lo ya dicho[16]. Y por eso el sacerdote y la víctima son en cierto sentido el mismo[17].

 

Comentario del artículo

        El lector que emprende la lectura de este artículo sin haber estudiado el tratado de la Eucaristía, y por ende sin conocer su lugar exacto dentro de ese tratado, corre el riesgo de equivocarse respecto a su significado profundo. ¿Qué quiere decir santo Tomás al hablar de la celebración de la Eucaristía o de la misa como una imagen representativa, de una figura, de una copia de la pasión del Señor? ¿Esas expresiones designan, acaso, una representación de la pasión semejante a los sacrificios de la antigua Alianza y, como ellos, baldía de la realidad figurada? Ciertamente no. Pero entonces ¿cómo entender la comparación establecida aquí mismo entre la inmolación de Cristo en la misa y la inmolación de Cristo en las víctimas figurativas del Antiguo Testamento?  Pues recordando la diferencia esencial que santo Tomás había señalado previamente entre los sacrificios de la Ley antigua y los de la nueva. Aquí su texto[18]: “La presencia del verdadero cuerpo de Cristo y de su sangre en este sacramento conviene ante todo a la perfección de la Ley nueva. Los sacrificios de la antigua Ley contenían sólo en figura este sacrificio que fue la pasión de Cristo, según esta palabra de la Carta a los Hebreos 10, 1: “La Ley, al no tener más que la sombra de los bienes futuros y no la verdadera imagen de las realidades”. Por consiguiente, fue necesario que el sacrificio de la nueva Ley, instituido por Cristo, tuviera algo más, a saber, que contuviera al mismo Cristo inmolado, no solamente en representación y figura, sino en la verdad de la realidad. Por eso este sacramento, que contiene realmente a Cristo mismo, es, como dice Dionisnio en la Jerarquía eclesiástica[19], perfectivo de todos los demás sacramentos, en los que la virtud de Cristo es participada”.

            Esta importante aclaración ya había sido formulada lapidariamente unas páginas antes: “La Eucaristía es el sacramento perfecto de la pasión del Señor, en cuanto que contiene al mismo Cristo sufriente, y por ello no pudo haber sido instituida antes de la encarnación: en ese entonces tenían lugar los sacramentos que eran tan sólo prefigurativos de la pasión del Señor” [20].

            La diferencia esencial entre la misa-representación de la pasión y el sacrificio antiguo es que la primera contiene de verdad a Cristo, en tanto que el segundo no hacía más que anunciarlo. Por lo demás, esta diferencia está expresada en el artículo que hemos traducido, en aquello que santo Tomás dice sobre la eficacia de la misa, a saber,  que nos hace partícipes del fruto de la pasión, mientras que los sacrificios antiguos eran totalmente incapaces de producir este efecto. En este aspecto, concluye, es propio de este sacramento que Cristo sea inmolado en su celebración. Eficacia de la misa por una parte, ineficacia de los antiguos sacrificios por otra: sólo en el primer caso Cristo está realmente contenido, y su pasión verdaderamente representada. “Podemos considerar” -sigue escribiendo santo Tomás- “en este sacramento aquello de donde proviene su efecto, a saber, el Cristo mismo contenido, y su pasión representada” [21].

 

La Misa, sacrificio perfecto

            Las expresiones “representación y figura de la pasión” e “inmolación de Cristo” no tienen el mismo sentido conforme se apliquen al sacrificio sacramental de la misa y a los sacrificios antiguos; de la misma manera que la palabra “sacramento” tiene un significado diferente según que designe los ritos de la Ley nueva o los de la antigua Ley. La razón de esta diversidad de significados es, en los dos casos, la misma: así como los sacramentos de la Ley nueva son los únicos que confieren la gracia porque son sacramentos en todo el sentido de la palabra, es decir, signos sensibles que producen efectivamente lo que significan, así también la eucaristía o misa, a diferencia de los sacrificios antiguos -que no eran sino prefigurativos-, es el sacramento perfecto de la pasión, es su signo sacramental y eficaz: ella no sólo significa esta pasión que fue una inmolación, un verdadero sacrificio, sino que ella incluso la hace presente, la re-presenta, pero no de modo tal que Cristo vuelva a ser inmolado en su ser natural (in propria specie), sino que lo es en su ser sacramental (in specie sacramentis). “Este sacramento se llama “sacrificio” en cuanto que representa la misma pasión de Cristo”.[22]

 

La Misa, sacrificio sacramental

            En la Misa, a la que él llama constantemente “celebración de este sacramento”, santo Tomás tiene siempre en mente al sacramento, al contrario de los modernos, quienes han tomado la costumbre de contraponer sacrificio a sacramento y de reservar la palabra “sacramento” para la comunión, corriendo el riesgo, así, de considerar al sacrificio eucarístico como menos sacramental que la comunión, o de relegar a un segundo plano el carácter sacramental de la Misa, que es esencial a ella. Para santo Tomás, la Misa misma es sacramento, y no sólo la comunión: ésta, incluso, es sacramento sólo secundariamente: “Este sacramento”, dice santo Tomás[23], “se realiza en la consagración de la materia; el uso de los fieles no es necesario al sacramento [de necessitate sacramenti], sino que es algo consecuente al sacramento [consequens ad sacramentum]”[24].

            Dicho de otro modo, y siguiendo la aclaración expresa de santo Tomás, “este sacramento es al mismo tiempo sacrificio y sacramento: tiene razón de sacrificio en cuanto que es ofrecido, y razón de sacramento en cuanto que es consumido”[25]. Sin embargo, es justamente el sacramento mismo el que es primero ofrecido para ser luego alimento y -consecuencia importantísima- tenemos en la Misa un sacrificio sacramental cuya realidad interior la conoceremos del mismo modo que conocemos la de cualquier otro sacramento: a saber, tomando los signos -elementos materiales y palabras- y examinando lo que significan.

Ahora bien, un tal examen nos lleva a reconocer en la Misa un verdadero sacrificio, puesto que el rito eucarístico o la celebración de este sacramento significa un verdadero sacrificio. Consideremos este rito en la Cena, en el momento de su insititución (dado que, conforme al mandato de Cristo, la Misa reproduce lo que aconteció el jueves santo). Al consagrar el pan como su cuerpo que va a ser entregado y el vino como su sangre que va a a ser derramada, Cristo pronuncia palabras y ritos que significan el sacrificio de su cuerpo y de su sangre; él lleva a cabo ya -bajo una forma sacramental- el sacrificio del día siguiente. Del mismo modo, en la Misa, por el ministerio del sacerdote, la doble consagración de una doble materia está representando de una manera sacaramental el Sacrificio de la cruz y está haciendo presente el cuerpo y la sangre de Cristo en tanto ofrecidos en el Calvario. Son separados sacramentalmente como antes fueron separados naturalmente. Nosotros tenemos, sobre el altar, un modo de ser especial de Cristo que significa y reproduce su modo de ser sobre la cruz: se trata de un mismo Sacrificio presentado de dos modos distintos.


Consagración y Sacrificio

          Santo Tomás destacó expresamente que la representación o memorial de la Pasión se encuentra en la Consagración, que es, por ende, el acto sacrificial por excelencia: “La representación de la pasión del Señor tiene lugar en la misma consagración de este sacramento, en la que no debe ser consagrado el cuerpo sin la sangre”.[26]

            La razón de ser de la doble materia consagrada se encuentra, en efecto, en el carácter sacrificial de la consagración o en su referencia a la Pasión. Santo Tomás lo muestra una primera vez al responder a la pregunta: ¿son el pan y el vino la materia propia de este sacramento?: “El pan y el vino son la materia conveniente de este sacramento, y esto es conveniente […] según la pasión de Cristo, en la que la sangre es separada del cuerpo, y de ahí que en este sacramento, que es el memorial de la pasión del Señor, se consuma separadamente el pan como sacramento del cuerpo, y el vino como sacramento de la sangre”[27]. Vuelve al tema a propósito de la presencia de Cristo en cada una de las especies: “Aunque Cristo está presente todo entero bajo cada especie, la doble consagración no es, sin embargo, innecesaria. Y en primer lugar porque sirve para representar la pasión de Cristo, en la cual la sangre fue separada del cuerpo, y por eso en la forma de la consagración de la sangre se hace mención de su derramamiento”.[28] Por último, este texto no menos explícito: “La sangre, consagrada separadamente del cuerpo, representa más expresamente la pasión de Cristo, y por eso es en la consagración de la sangre, más que en la consagración del cuerpo, que se hace mención de la pasión de Cristo y de su fruto”[29].

            La separación real y cruenta del calvario es representada en la Misa de una manera sacramental e incruenta por la doble consagración. Por eso mismo, es en la consagración cuando se ofrece a Dios el sacrificio. “Este sacramento se realiza en la consagración de la Eucaristía, en la cual se ofrece a Dios el sacrificio […]”.[30]

            De este modo, la representación de la pasión y el ofrecimiento del sacrificio quedan ligados a la consagración, como lo dice santo Tomás tantas veces. Pero, en torno a este acto central, la Iglesia, instruida por el Espíritu Santo, ha establecido (como también lo ha hecho para los demás sacramentos) un conjunto de oraciones y de ritos que ayudan a hacer de toda la Misa una representación de la pasión y a hacernos a nosotros partícipes de sus frutos. Es precisamente el significado de estas oraciones y ritos lo que santo Tomás ha expuesto con particular acierto en los artículos siguientes.

 

 


SEGUNDA PARTE

Conveniencia de las oraciones de la Misa[31]

En este sacramento se contiene el entero misterio de nuestra salvación, y por eso, se celebra con mayor solemnidad que los demás sacramentos. Y puesto que está escrito en Eclesiastés 3, 17: “guarda tu pie cuando entres en la casa del Señor”, y en Eclesiástico 18, 23: “antes de rezar, prepara tu alma”, por eso, antes de celebrar este misterio, primero se introduce cierta preparación a fin de realizar dignamente lo que va a seguir.

Preparación

          La primera parte de esta preparación es la alabanza divina que se hace en el Introito, según el Salmo 49, 23: “El sacrificio de alabanza me honrará, y ahí está el camino por el que le mostraré al hombre la salvación de Dios”, y ésta se toma casi siempre de los salmos, o al menos se canta con un salmo, pues, como dice Dionisio[32]: “Los salmos contienen, en forma de alabanza, todo lo que hay en la sagrada Escritura”.

            La segunda parte contiene la consideración de la miseria presente, al implorar misericordia diciendo “Kyrie eleison” tres veces por la persona del Padre; y tres veces por la persona del Hijo al decir “Christe eleison”, y tres veces por la persona del Espíritu Santo, cuando vuelve a decirse “Kirie eleison”. Esto es contra la triple miseria de la ignorancia, de la culpa y de la pena, o bien para significar que todas las personas divinas están siempre presentes las unas en las otras [sunt in se invicem].

            La tercera parte hace memoria de la gloria celestial a la que aspiramos después de la vida y la miseria presentes, diciendo: “Gloria in exclesis Deo”; lo que se canta en las fiestas en que se conmemora la gloria celestial, pero se omite en los oficios dolorosos, que pertenecen a la consideración de nuestra miseria.

            La cuarta parte contiene la oración que el sacerdote hace por el pueblo, para que sea hallado digno de tan grandes misterios.[33]

 

Instrucción

            En segundo lugar, viene la instrucción del pueblo fiel, puesto que este sacramento es el misterio de la fe, como quedó dicho (q. 78, a. 3). Esta instrucción se despliega a través de la enseñanza de los profetas y los apóstoles, que en la Iglesia leen los lectores y subdiáconos; después de esta lectura se canta a coro el Gradual, que significa el progreso de la vida, y el Alleluia, que significa la exultación espiritual, o el Tracto (en los oficios dolorosos), que significa el gemido espiritual. Esta enseñanza debe conseguir en el pueblo estos efectos.

            Pero el pueblo es instruido de modo perfecto por la enseñanza de Cristo contenida en el Evangelio, que leen los ministros superiores, o sea, los diáconos. Y puesto que a Cristo le creemos por ser la Verdad divina (según lo que dice Jn 8, 46: “Si yo les digo la verdad ¿por qué no me creen?”), una vez leído el Evangelio, se canta el Símbolo de la fe, en el que el pueblo demuestra que está asintiendo, mediante la fe, a la enseñanza de Cristo. Ahora bien, el Símbolo se canta en las fiestas de Cristo, de la Santísima Virgen, y de los apóstoles, que han fundado esta fe, y de otros así.

            La instrucción de la que hablamos recién es diferente de la que reciben los catecúmenos para el bautismo. Ésta se dirige principalmente al pueblo fiel que participa en este misterio de la Eucaristía. Sin embargo, ni los catecúmenos ni siquiera los infieles son impedidos de participar en esta instrucción. Incluso leemos en el Decreto de Graciano (De consecrat., Dist. 1):  “Que el Obispo no impida a nadie, ni siquiera a un gentil, un hereje o un judío, entrar a la iglesia y escuchar la palabra de Dios hasta el final de la misa de los catecúmenos[34]”, de la que esta instrucción a que nos hemos referido forma parte.[35]

 

Celebración del misterio

            Por lo tanto, una vez que el pueblo está así dispuesto e instruido, seguidamente se accede a la celebración del misterio, que es ofrecido como sacrificio y consagrado y consumido como sacramento. De aquí que, primero, se efectúe la ofrenda; segundo, la consagración de la materia ofrecida, y tercero, su recepción.

Ofrenda

            La ofrenda consiste en dos cosas: a saber, la alabanza del pueblo en el canto del Ofertorio (mediante el cual se significa la alegría de los oferentes) y la oración del sacerdote, que pide que la ofrenda del pueblo sea aceptada por Dios. Por eso dice David en 1 Cro 29, 17: “Yo, con humildad de corazón, he ofrecido con alegría todo esto, y he visto a tu pueblo, aquí reunido, ofrecerte sus dones con enorme gozo” y luego ora: “Señor Dios (…) custodia esta voluntad (…)”.

 


Preparación de la Consagración

            Después, con respecto a la consagración, que se realiza por poder sobrenatural, primero se mueve al pueblo a devoción con el Prefacio y de ahí que se invite a “levantar el corazón hacia el Señor”[36]. [En este sacramento, en efecto, se requiere mayor devoción que en los otros sacramentos, por el hecho de que en este sacramento está contenido Cristo entero. Además, en este sacramento se requiere la devoción de todo el pueblo cristiano, en favor del cual se ofrece el sacrificio, y no sólo del que recibe el sacramento, como en los demás sacramentos. De aquí que, como dice Cipriano[37]: “El sacerdote, al empezar el Prefacio, prepara el alma de los hermanos, diciendo: ‘Levantemos el corazón’ y, cuando el pueblo responde ‘Lo tenemos levantado hacia el Señor’ queda advertido de que no debe pensar en nada que no sea Dios”].[38] Terminado el Prefacio, el pueblo con devoción alaba la divinidad de Cristo, diciendo con los ángeles: “Santo, Santo, Santo”, y su humanidad diciendo con los niños: “Bendito el que viene…”, etc.

            Luego, el sacerdote, en secreto, hace la conmemoración, primero, de aquellos por quienes se ofrece este sacrificio, o sea, por la Iglesia universal y “por aquellos que han sido puestos en posiciones de dignidad”[39], y especialmente de los que ofrecen, o de aquellos en favor de quienes se ofrece. En segundo lugar, hace la conmemoración de los santos, cuyo patrocinio implora en favor de los ya nombrados, cuando dice: “Reunidos en comunión con toda la Iglesia, veneramos”, etc[40]. [La Eucaristía es el sacramento de la unidad de toda la Iglesia. Por eso, en este sacramento especialmente, más que en los otros, debe hacerse mención de todas aquellas cosas que hacen a la salvación de toda la Iglesia].[41] En tercer lugar, concluye la petición, cuando dice: “Ut haec oblatio sit illis pro quibus offertur salutaris”.[42]

[Consagración]

            Luego, se llega a la consagración propiamente dicha, en la que, primero, pide el efecto de la consagración, al decir: “Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda”, etc. [Ahora bien, ¿no es superfluo que el sacerdote pida que se realice este sacramento […], que -fuera de toda duda- es realizado por el poder divino?[43] A esto hay que responder que la eficacia de las palabras sacramentales podría ser impedida por la intención del sacerdote. Por lo demás, no hay inconveniente alguno en que pidamos a Dios aquello que sabemos, con toda certeza, será realizado por él, como Cristo pidió su propia glorificación[44]. De todos modos, no parece que aquí el sacerdote pida que la consagración se realice, sino que nos sea de provecho, y por eso dice expresamente: “de manera que se convierta para nosotros el Cuerpo y la Sangre”, y esto significan las palabras que antes dice: “Bendice y santifica esta ofrenda, Padre, haciéndola benedictam” [bendecida], es decir, según Agustín[45], “mediante la cual seamos benditos”  por la gracia; “adscriptam” [adscrita], esto es, “mediante la cual seamos inscritos en el cielo; ratam [ratificada], o sea, “mediante la cual seamos derramados desde las entrañas de Cristo,  o también que seamos contados entre las entrañas de Cristo, por haber sido a Él incorporados; rationabilis [espiritual], o sea, “mediante la cual somos despojados del sentido animal; aceptabilis [aceptable], es decir, para que nosotros, que hasta para nosotros mismos somos desagradables, seamos, mediante ella, aceptables a su único Hijo”][46].

En segundo lugar, lleva a cabo la consagración mediante las palabras del Salvador, al decir: “Él mismo, la víspera de su pasión”, etc. [Las solas palabras de Cristo realizan la consagración; las demás, fue necesario agregarlas para que el pueblo que va a comulgar se prepare bien][47]. [San Juan (21, 25) nos dice que hay muchos dichos y hechos del Señor que no fueron escritos por los evangelistas: entre ellos está el que el Señor, durante la Cena, elevó los ojos al cielo, pero la Iglesia lo recibió de la tradición de los apóstoles. Parece lógico, en efecto, que quien alzó los ojos hacia el Padre en la resurrección de Lázaro -como aparece en Jn 11, 41- y en la oración que hizo por sus discípulos[48] , con mucho más razón lo hiciera en la institución de este sacramento, por ser algo más importante][49].

[Ahora bien, el hecho de que el sacerdote use el verbo manducate en vez de comedite -como dice en el Evangelio- no cambia el sentido. Además, no importa mucho lo que diga, no perteneciendo esas palabras a la forma[50] del sacramento. Y en cuanto a que agregue “omnes”[51] se desprende de las palabras del Evangelio, aunque no aparezca expresamente, puesto que Él mismo había dicho en Jn 6, 54: “Si ustedes no comieren la carne del Hijo del Hombre, no tendrán vida en ustedes”][52].

 

[Después de la Consagración]

En tercer lugar, justo después de la consagración, el sacerdote se excusa de su temeridad aduciendo su obediencia al mandato de Cristo, cuando dice: “Unde et memores”[53].

En cuarto lugar, pide que el sacrificio ya realizado sea aceptado por Dios, al decir: “Supra quae propitio”[54] etc. [Ahora bien, si el sacrificio de la nueva Ley es mucho más excelente que el de los antiguos padres, ¿es conveniente que el sacerdote pida que el sacrificio de la Misa sea aceptado como los sacrificios de Abel, de Abraham, de Melquisedec? Y hay que admitir que sí, porque, aunque el sacrificio de la Misa sea de suyo preferido a todos los sacrificios antiguos, sin embargo, los sacrificios antiguos fueron muy aceptables por Dios a causa de su devoción, y eso es lo que el sacerdote pide: que este sacrificio sea aceptado por Dios, como aquellos, a causa de la devoción de los oferentes][55].

En quinto lugar, pide el efecto de este sacrificio y sacramento. En primer lugar, en cuanto a quienes han de consumirlo, y esto es cuando dice: “Supplices te rogamus”[56]; en segundo lugar, en cuanto a los muertos, que ya no pueden consumirlo, al decir: “Memento etiam, Domine…”[57]; en tercer lugar, especialmente, en cuanto a los mismos sacerdotes oferentes, cuando dice: “nobis quoque peccatoribus”[58], etc. [Ahora bien ¿cómo puede decir el sacerdote “Te pedimos que esta ofrenda sea llevada hasta el altar del cielo por manos de tu ángel”? Es que el sacerdote no está pidiendo que las especies sacramentales sean transportadas al cielo, ni tampoco el verdadero cuerpo de Cristo, que nunca dejó de estar allá, sino que lo pide refiriéndose al cuerpo místico, que está significado en este sacramento, a fin de que el Ángel que asiste a los divinos misterios presente a Dios las oraciones tanto del sacerdote como del pueblo, según aquello de Apoc 8, 4: “Subió el incienso de las oraciones de los santos por manos del Ángel”. El “sublime altare Dei”[59] se dice de la misma Iglesia triunfante, a la que quisiéramos ser trasladados, o de Dios mismo, de quien pedimos ser partícipes. En efecto, de este altar se dice en Éxodo 20, 26: “No subirás a mi altar mediante gradas”, o sea -añade la Glosa “no establecerás grados en la Trinidad”. O bien, puede entenderse que el Ángel es el mismo Cristo, que es el “Ángel del gran consejo”[60], que unió su propio cuerpo místico a Dios Padre y a la Iglesia triunfante. Y también por eso es llamada “Missa”[61]: porque, por medio del Ángel el sacerdote envía las plegarias a Dios, así como el pueblo lo hace por medio del sacerdote. O también porque Cristo es la Víctima (Hostia) enviada a nosotros. Y de ahí también que, al final de la Misa, en los días de fiesta, el diácono despida al pueblo diciendo: “Ite, Missa est”[62], o sea, la Víctima fue enviada por medio del Ángel a Dios, para que sea aceptada por Él][63].

 

Recepción del sacramento

            Luego, se realiza la recepción del sacramento. Y lo primero es la preparación del pueblo para esa recepción. Y ello, en primer lugar, por la oración común de todo el pueblo, que es la oración del Señor, en la que pedimos que se nos dé el pan de cada día; y también por la privada, que es la que el sacerdote ofrece especialmente en favor de todo el pueblo, cuando dice: “Libranos, Señor, de todos los males etc.”. En segundo lugar, el pueblo se prepara mediante la paz, que es dada cuando se dice: “Cordero de Dios etc.”: éste, en efecto, es el sacramento de la unidad y de la paz, como quedó dicho. Sin embargo, en las Misas de difuntos, en las que este sacrificio se ofrece no por la paz de los presentes, sino por el descanso de los muertos, la paz se omite[64].

            Después, sigue la recepción de este sacramento, primero hecha por el sacerdote, y luego dada por él a los demás, pues, como dice Dionisio, en el capítulo III de la Jerarquía eclesiástica[65]: quien distribuye las realidades divinas a los otros, debe primero participar él mismo de ellas.

            Por último, toda la celebración de la Misa concluye con la acción de gracias, el pueblo lleno de alegría por la recepción del misterio (lo que significa el canto después de la Comunión), y el sacerdote dando gracias mediante las oraciones, como el mismo Cristo, una vez que celebró la Cena con sus discípulos, cantó un himno, como dice Mateo 26, 30.[66]

 

Partes correspondientes al sacerdote y a los fieles en las oraciones de la Misa.[67]

            El ministro de este sacramento es únicamente el sacerdote. Entonces ¿no debería ser dicho por sólo el sacerdote todo lo que debe decirse en este sacramento, y no que ciertas palabras sean pronunciadas también por los ministros y otras por el coro?

            Como se dijo a propósito de la conmemoración de los difuntos, en este sacramento se trata de aquello que interesa a toda la Iglesia, y por eso ciertas cosas, las que pertenecen al pueblo, son dichas por el coro. Y entre ellas, algunas, las que inspiran a todo el pueblo, las pronuncia íntegramente el coro; en otras, en cambio, el pueblo prosigue lo que comenzó el sacerdote, que representa a Dios, porque así se significa que tales cosas llegaron al pueblo por revelación divina, como la fe y la gloria celestial: de aquí que el sacerdote comience el Símbolo de la fe y el Gloria in excelsis Deo[68].

            Otras palabras son pronunciadas por los ministros, como la enseñanza del antiguo y del nuevo Testamento, para significar que esta enseñanza fue enunciada a los pueblos mediante ministros enviados por Dios. Y otras, en cambio, son dichas por solo el sacerdote, por ser las que pertenecen a su oficio propio, que es “ofrecer dones y plegarias en favor del pueblo”, como dice Hebreos 5, 1. Entre éstas, sin embargo, algunas pertenecen al sacerdote y al pueblo (como las oraciones de interés común), y se dicen en voz alta; otras, en cambio, pertenecen sólo al sacerdote, como la ofrenda y la consagración, y por eso las palabras que tienen que ver con esto son pronunciadas secretamente por el sacerdote[69]. No obstante, tanto en unas como en otras se apela a la atención del pueblo diciendo: “El Señor esté con ustedes”, y se espera su asentimiento (que es cuando dicen: “Amén”). Por eso, incluso en las oraciones que se pronuncian en secreto, se dice antes en voz alta: “El Señor esté con ustedes” y también se concluye en voz alta: “Por los siglos de los siglos”. Algunas cosas el sacerdote las dice en secreto como signo de que, en la pasión de Cristo, fue en secreto que lo confesaron a Cristo.


 

TERCERA PARTE

Conveniencia de los ritos de la Misa[70]

Principio general[71]

            La conveniencia de estos ritos tiene por garantía la costumbre de la Iglesia, que no puede errar en cuanto que está instruida por el Espíritu Santo[72].

            En los sacramentos, como ya quedó dicho[73], a fin de que la significación sea más perfecta, las cosas son representadas de un doble modo, a saber, a través de palabras y de acciones.

            En la celebración de este sacramento se significan,  través de palabras, por un lado, cosas que tienen que ver con la pasión de Cristo, que está representada en este sacramento; otras, con el cuerpo místico, que está significado en este sacramento, y otras, relacionadas al uso de este sacramento, que debe ser hecho con devoción y respeto.

            Y de la misma manera, en la celebración de este sacramento también se realizan ciertas acciones: unas, para representar la pasión de Cristo o la disposición del cuerpo místico; y otras, relativas a la devoción y respeto de este sacramento.

 

El agua mezclada con vino [74]

            El vino que se ofrece en este sacramento debe ser mezclado con agua. En primer lugar, a causa de la institución: en efecto, se cree que probablemente el Señor instituyó este sacramento con vino mezclado con agua, según la costumbre de su tierra: de aquí que se diga en Prov 9, 5: “Beban el vino que he mezclado para ustedes”.

            En segundo lugar, porque esto conviene a la representación de la pasión del Señor. En efecto, dice el papa Alejandro I: “No debe ofrecerse en el cáliz ni solo vino ni sola agua, sino los dos mezclados, pues se lee en su pasión que de su costado brotaron los dos”.[75]

            En tercer lugar, porque es conveniente para significar el efecto de este sacramento, que es la unión del pueblo cristiano con Cristo pues, como dice el papa Julio I: “Vemos que el agua se interpreta como el pueblo, y que, en cambio, en el vino se muestra la sangre de Cristo. Por lo tanto, cuando se mezcla en el cáliz el agua al vino, se une el pueblo a Cristo”.[76]

            En cuarto lugar, porque esto corresponde al efecto último de este sacramento, que es la entrada en la vida eterna, de donde Ambrosio dice: “Caiga el agua al vino, y brote hasta la vida eterna”.[77]

 

La ablución de las manos[78]

El lavarse con agua el sacerdote y los ministros antes de hacer la ofrenda pertenece a la antigua Alianza, como se lee en Éxodo 30, 19: “Aarón y sus hijos se lavarán sus manos y sus pies, cuando vayan a entrar en el Tabernáculo del Testimonio  y cuando suban al altar”. Ahora bien, este sacramento pertenece a la nueva Alianza, como consta por su misma forma[79]. Entonces, puesto que en la nueva Alianza no deben practicarse las ceremonias de la antigua Alianza, ¿no es, acaso, incorrecto que el sacerdote se lave las manos durante la santa Misa?[80]

Hay que responder a esto que la ablución de las manos en la celebración de la Misa se hace por respeto hacia este sacramento, y ello por dos razones: primero, porque nunca solemos manipular cosas preciosas sin tener limpias las manos; por eso sería indecente que accediésemos a un sacramento tan grande con las manos sucias.  Y segundo, a causa de su significado, pues Dionisio[81] dice que el lavado de las extremidades significa la limpieza de los pecados más leves, conforme a aquello de Jn 13, 10: “El que está limpio, no debe lavarse más que los pies”. Y esta limpieza es la que necesita el que se acerca a este sacramento, y la que queda expresada también por la confesión que se hace antes del Introito[82] de la Misa. Y lo mismo significaba la ablución de los sacerdotes en la antigua Alianza, como dice Dionisio.

Sin embargo, la Iglesia no conserva este rito como un precepto ceremonial de la antigua Ley, sino como instituido por la Iglesia, como algo conveniente según ella misma, y por eso no lo realiza del mismo modo que antes: por ejemplo, se quitó el lavado de los pies y se conservó el de las manos, que puede hacerse más fácilmente y que basta para significar la limpieza total, pues siendo la mano, como se dice, el “órgano de los órganos”[83], a ellas se atribuyen todas las obras (y de aquí que el Salmo 25, 6 diga: “Lavaré mis manos entre los inocentes”).

 

La incensación[84]

También en Éxodo 30, 34 y ss. el Señor mandó que Aarón quemara incienso de agradable perfume sobre el altar que estaba delante del propiciatorio. Siendo este rito parte de las ceremonias de la antigua Alianza, ¿no está mal que el sacerdote utilice el incienso en la Misa?

No, porque tampoco la incensación la observamos en cuanto precepto ceremonial de la Ley, sino en cuanto establecida por la Iglesia. Por eso no la empleamos como en la ley antigua, sino que entre nosotros el incienso sirve para dos cosas: primero, para guardar el debido respeto a este sacramento (pues, en el caso de que hubiera en el lugar un mal olor que pudiera causar rechazo, el aroma agradable lo taparía); y en segundo lugar, sirve para representar el efecto de la gracia de la que Cristo estuvo lleno como de un agradable aroma, como dice Génesis 27, 27: “Este es el perfume de mi hijo, como perfume de campo en flor”, y que desde Cristo llega hasta los fieles por el oficio de los ministros, según 2 Cor 2, 14: “A través de nosotros, Él esparce el aroma de su conocimiento por todas partes”. Por eso, después de haber incensado completamente el altar, que designa a Cristo, se inciensa, por orden, a todos.

 

Las señales de la cruz[85]

            Tampoco parece conveniente que el sacerdote trace tantas veces las señales de la cruz sobre este sacramento[86], pues los ritos que se hacen en los sacramentos de la Iglesia no deben ser repetidos.

            Sin embargo, hay que decir que el sacerdote en la celebración de la Misa traza las señales de la cruz para expresar la pasión de Cristo, que culminó en la cruz. Ahora bien, la pasión de Cristo se llevó a cabo según ciertas como etapas. En efecto, primero fue la entrega de Cristo, que fue realizada por Dios, por Judas y por los judíos[87]. Y eso significa la triple señal de la cruz en estas palabras: “haec dona, haec munera, haec sancta sacrificia illibata”[88].

Segundo, fue la venta de Cristo, que fue vendido a los sacerdotes, a los escribas y a los fariseos, y para simbolizarlo se hace otra vez una triple señal de la cruz sobre estas palabras: “Benedictam, adscriptam, ratam”[89], o también para mostrar el precio de la venta, a saber, treinta denarios. Pero también se añade una doble cruz en estas palabras: “Ut nobis corpus et sanguis”[90]a fin de señalar las personas de Judas, el vendedor, y de Cristo, el vendido.

En tercer lugar fue la prefiguración real (praesignatio) de la pasión de Cristo hecha en la Cena, para señalar la cual se hacen, en tercer lugar, dos cruces: una en la consagración del cuerpo, otra en la consagración de la sangre, donde en cada lugar se dice: “benedixit”[91].

En cuarto lugar, estuvo la pasión misma de Cristo, y para representar sus cinco llagas se realizan, en cuarto lugar, cinco señales de la cruz en las palabras: “Hostiam puram, hostiam sanctam, hostiam immculatam, panem sanctum vitae aeternae et calicem salutis perpetuae”[92].

En quinto lugar, se representa la extensión del cuerpo en la cruz, la efusión de la sangre y el fruto de la pasión mediante tres señales de la cruz en las palabras: “corpus et sanguinem sumpserimus, omni benedictione etc.”.[93]

En sexto lugar, se representa la triple oración que hizo Cristo en la cruz (una por los que lo perseguían, cuando dijo: “Padre, perdónalos”; otra, por la liberación de la muerte, cuando dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, y la tercera, que se refiere a la consecución de la gloria, cuando dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”), y para significar esto se hace una triple señal de la cruz en las palabras: “sanctificas, vivificas, benedicis, etc.”[94]

En séptimo lugar, se representan las tres horas que Cristo estuvo colgado en la cruz, desde la hora sexta hasta la hora nona, y para significar esto se hacen nuevamente tres señales de la cruz a las palabras: “Per ipsum, et cum ipso, et in ipso”[95].

 En octavo lugar se representa la separación del alma y del cuerpo mediante las dos cruces siguientes que se hacen fuera del cáliz.

Y en noveno lugar se representa la resurrección al tercer día con las tres cruces que se hacen a las palabras: “Pax Domini sit semper vobiscum”[96].

Sin embargo, podría decirse más brevemente que, como la consagración de este sacramento, la aceptación de este sacrificio y el fruto del mismo proceden de la virtud de la cruz de Cristo, cada vez que se hace mención de alguno de éstos[97]el sacerdote traza la señal de la cruz[98].

Ahora bien, cabe preguntar si no es improcedente que el sacerdote bendiga este sacramento trazando la señal de la cruz después de la consagración, siendo que después de ella Cristo, que es mucho mayor que el sacerdote, está presente en este sacramento, y, como enseña el Apóstol “el menor es el que es bendecido por el mayor” (Heb 7, 7).  Pero el sacerdote, después de la consagración, no traza la señal de la cruz para bendecir y consagrar, sino sólo para recordar la virtud de la cruz y el modo en que se realizó la pasión de Cristo.[99]

 

Posturas del celebrante

En el sacramento de la Iglesia no está bien hacer cosas ridículas. Pero ¿acaso no es ridículo que el sacerdote esté haciendo gesticulaciones como extender los brazos, juntar las manos, plegar los dedos o hacer inclinaciones?[100] ¿Y no parece igualmente ridículo que el sacerdote esté varias veces dándose vuelta hacia el pueblo y varias veces saludándolo?[101]

            Sin embargo, lo que hace el sacerdote durante la Misa no son gestos ridículos, pues se hacen para representar algo. Por ejemplo, que el sacerdote extienda los brazos después de la consagración significa la extensión de brazos de Cristo en la cruz. Y eleva los brazos al orar para mostrar que su oración está siendo dirigida a Dios en favor del pueblo, conforme a Lamentaciones 3, 41: “Elevemos nuestros corazones con nuestras manos hacia el Señor en el cielo”; y en Éxodo 17, 11 dice que “cuando Moisés levantaba las manos, Israel vencía”. Por otro lado, juntar las manos e inclinarse es propio del que reza humilde y suplicantemente, y expresa la humildad y la obediencia de Cristo, por las que sufrió la pasión. También, después de la consagración, junta los dedos, el pulgar y el índice (con los que tocó el cuerpo de Cristo), de modo que si alguna partícula se hubiera adherido al dedo no se caiga. Y esto hace al respeto del sacramento.[102]

            Por otra parte, las cinco veces que el sacerdote se vuelve hacia el pueblo son para significar que el Señor, el día de su resurrección, se apareció cinco veces, como quedó dicho en el tratado de la resurrección (III, 55, 3, obj. 3). Pero saluda al pueblo siete veces, a saber: las cinco veces que se vuelve al pueblo y otras dos en que no se vuelve (cuando dice antes del Prefacio: “Dominus vobiscum”[103] y cuando dice: “Pax Domini sit semper vobiscum”[104]). Y esto es para expresar la septiforme gracia del Espíritu Santo. El obispo, sin embargo, al celebrar las fiestas dice en el primer saludo: “Pax vobis”[105], lo que el Señor les dijo a los discípulos después de su resurrección, porque es él quien principalmente representa a la persona de Cristo[106].


Fracción de la Hostia

            El Apóstol considera malo que Cristo esté dividido (cf. 1 Cor 1, 13). Pero entonces, si Cristo, después de la consagración, está en este sacramento, ¿no está mal que el sacerdote fraccione la Hostia?[107] Además, en todo caso, ya que los ritos representan la pasión de Cristo, el cuerpo de Cristo debería fraccionarse en cinco partes y no en tres, porque, en la pasión de Cristo, su cuerpo fue partido en el lugar de las cinco llagas.[108]

            Pues bien, la fracción de la Hostia significa tres cosas: en primer lugar, la división del cuerpo de Cristo, realizada en la Pasión[109]; en segundo lugar, la distinción del Cuerpo místico según diversos estados, y en tercer lugar, la distribución de las gracias que proceden de la pasión de Cristo, como dice Dionisio[110]; por lo tanto, esta fracción no provoca la división de Cristo que denuncia san Pablo.[111]

            Por otra parte, como dice el papa Sergio[112]: “el cuerpo del Señor tiene una forma triple: una parte -la ofrenda puesta en el cáliz- representa al cuerpo de Cristo que ya resucitó”, o sea, al mismo Cristo, y a la santísima Virgen, o algunos de los demás santos si es que ya están con sus cuerpos en la gloria[113]; “otra parte -la que es comida- representa a los que todavía peregrinan en la tierra”, porque los que viven en la tierra usan este sacramento, y son golpeados por los padecimientos como el pan comido es triturado por los dientes; “y otra parte -la que permanece en el altar hasta el final de la Misa- es el cuerpo yacente en el sepulcro, porque hasta el fin del mundo los cuerpos de los santos estarán en los sepulcros”, cuyas almas, sin embargo, están o en el purgatorio o en el cielo. Ese rito de que una parte se guarde hasta el final de la Misa ya no se observa[114], a causa del peligro; sin embargo, se mantiene el mismo significado de las partes, que algunos expresaron en versos diciendo:

“Hostia dividitur in partes, tincta beatos

Plene, sicca motat vivos, servata sepultos”.[115]

            Otros[116] dicen, en cambio, que la parte que se pone en el cáliz representa a los que viven en este mundo, la parte que se reserva fuera del cáliz representa a los plenamente bienaventurados (o sea, que lo son en alma y en cuerpo), y la parte comida, a los demás bienaventurados.

 

La inmixtión[117]

            Cabe preguntarse, asimismo, por qué el sacerdote mezcla una parte del cuerpo de Cristo en el cáliz, dado que el cuerpo de Cristo se consagra por separado de la sangre.

            Y es que el cáliz puede significar dos cosas: por una parte, la misma pasión de Cristo, que se representa en este sacramento[118], y entonces la parte mezclada en el cáliz significa a los que todavía participan de la pasión de Cristo; y por otra parte, puede significar el gozo de la bienaventuranza, que es prefigurado en este sacramento, y así la parte echada en el cáliz significa a aquellos cuyos cuerpos ya están en la plena bienaventuranza.

            Y hay que advertir que la parte puesta en el cáliz no debe ser dada al pueblo como alimento de comunión, pues fue a Judas a quien Cristo le dio el pan embebido.

 

Las abluciones[119]

            En este sacramento, el cuerpo de Cristo se presenta como comida y la sangre como bebida. Ahora bien, en la celebración se come el cuerpo de Cristo y no se añade a esta comida ningún otro alimento corporal. ¿Por qué, entonces, el sacerdote, después de haber bebido la sangre de Cristo, consume vino no consagrado[120]?

El vino, por su humedad, tiene virtud lavadora, y entonces se lo bebe con el fin de purificarse la boca después de la recepción del sacramento, para que no queden en ella partículas, lo que hace al respeto debido a este sacramento. Por eso se dice las Decretales de Gregorio IX[121]: “El sacerdote siempre debe enjuagarse la boca con vino después que consumió todo el sacramento, a no ser que ese mismo día deba celebrar otra Misa, a fin de que el haber recibido el vino de la ablución no le impida la otra celebración”. Y por la misma razón se enjuaga con vino los dedos con los que tocó el cuerpo de Cristo.

 

La santa reserva[122]

Si la verdad debe corresponderse con la figura, ¿por qué se reservan las hostias consagradas y no se comen todas de una vez, cuando del cordero pascual, que es figura de este sacramento, se mandaba que no quedara nada para el día siguiente?

La verdad debe corresponderse con la figura en cuanto a algo. En este caso, en cuanto a que no debe reservarse para el día siguiente la parte de la hostia consagrada de que comulgan el sacerdote y el ministro, o incluso el pueblo. Pues, como consta en el Decreto de Graciano, el papa Clemente[123] estableció que “se ofrezcan en el altar tantas ofrendas como deban alcanzar para el pueblo, y si sobraren, no se las reserve para el día siguiente, sino que los clérigos, con temor y temblor, las consuman diligentemente”[124].

Sin embargo, puesto que este sacramento debe comerse cotidianamente -a diferencia del cordero pascual-, corresponde conservar para los enfermos otras hostias consagradas. De ahí que en la misma distinción se lea: “Tenga el presbítero siempre preparada la Eucaristía, de tal modo que cuando alguien caiga enfermo, inmediatamente le dé la Comunión, no sea que muera sin comulgar”.

 

Los asistentes[125]

            El sacerdote se dirige en plural a los oyentes, cuando dice: “Dominus vobiscum”[126] y “Gratias agamus…”[127], pero esto parece incorrecto cuando el sacerdote celebra Misa a la que asiste sólo un ministro, más aún si éste es un menor.

            En la celebración solemne de la Misa debe haber muchas personas presentes. Por eso dice el papa Sotero[128], como se dice en el De consecratione, dist. 1: “También está mandado que ninguno de los presbíteros se atreva a celebrar la Misa solemne (missarum sollemnia) si no hay presentes al menos dos personas que le respondan, siendo él el tercero; pues cuando él dice en plural “Dominus vobiscum” y aquello en las secretas “Orate pro me”[129], es muy conveniente que puedan responderle el saludo”. Por eso, también se lee allí la orden de que el Obispo, para darle mayor solemnidad, celebre la misa solemne con muchos. Sin embargo, en las misas privadas alcanza con tener un solo ministro, pues él está representando a todo el pueblo católico, en cuya persona le responde en plural al sacerdote[130].

 

NOTAS

[1] Fontes Vitae S. Thomae Aquinatis notis historicis et criticis illustrati curis et labore D. Prummer O.P., Tolosae, apud Ed. Privat, pp. 125-126.

[2] Op. cit., p. 103.

[3] La documentación de este artículo está tomada del Decretum de Graciano, P. III De Cons., dist. II, can. 52-53 que reproduce los cc. 143-144 del primer libro de la Panormia de Yvo de Chartres, PL 161, col. 177.  El texto citado aquí como extraído del libro de las Sentencias publicado por Próspero es un resumen del siguiente pasaje de la carta 98 de San Agustín a Bonifacio (PL 33, col. 363): “¿Acaso Cristo no ha sido inmolado una sola vez para siempre en sí mismo, y sin embargo, no es acaso inmolado todos los días por los pueblos en el sacramento, de tal modo que de ninguna manera estamos mintiendo cuando respondemos que es inmolado? Porque si los sacramentos no tuvieran algún vínculo con las cosas de las que son sacramentos, entonces no serían ya sacramentos”.

[4] III, 83, 1, sed contra. (N. del T.).

[5] Este pasaje y el que aparecerá un poco después fueron atribuidos por la Panormia y el Decretum a san Ambrosio. Pero en realidad pertenecen a una homilía de san Juan Crisóstomo sobre la Carta a los Hebreos, PG 63, col. 131.

[6] Me parece oportuno transcribir la cita: In Christo semel oblata est hostia, ad salutem sempiternam potens; quid ergo nos? Nonne per singulos dies offerimus? Sed ad recordationem mortis ejus. (N. del T.)

[7]  En la última edición típica del Misal Romano esta oración es la “super oblata” (antes llamada “secreta”) de la “Missa vespertina in Cena Domini”, de la “Dominica II per annum” y la de la Misa “de Domino Nostro Iesu Christo summo et eterno sacerdote”. El mismo Misal, en su documento preliminar, la Ordenación General del Misal Romano, proemio, 3, cita esta misma oración, afirmando que ya está presente en el Sacramentario Leoniano, y remite al Sacramentarium Veronense, ed. L.C. Mohlberg, n. 93. (N. del T.).

[8] III, 83, 1, respondeo. (N. del T.).

[9] III, 83, 1, primera objeción. (N. del T.).

[10] El traductor francés lo pone al revés, pero es más claro: “su sacrificio es el original del nuestro”. (N. del T.)

[11] III, 83, 1, ad 1. (N. del T.).

[12] III, 83, 1, segunda objeción (N. del T.).

[13] III, 83, 1 ad 2. La traducción francesa propone “en sí mismo, en su ser natural” para “in propria specie”. Pienso que en el vocabulario tomista que ya es tradicional en la doctrina de la Iglesia, “en la propia especie” (aspecto, apariencia, imagen) se contrapone al modo sacramental de ofrecerse, que es “bajo las especies de pan y vino”. (N. del T.).

[14] De Trinitate, libro IV, c. 14 (PL 42, col. 901).

[15] III, 83, 1, tercera objeción (N. del T.).

[16] III, 82, 1 y 3.

[17] III, 83, 1 ad 3 (N. del T.).

[18] III, 75, 1.

[19] C. III, PG 3, col. 423.

[20] III, 73, 5 ad 2.

[21] III, 79, 2.

[22] III, 75, 4 ad 3.

[23] III, 74, 7, c. [Allí Tomás remite a III, 73, 1 ad 3.]

[24] Igualmente, en la oración de Corpus Christi, santo Tomás llama a la Misa un “sacramento admirable”.

[25] III, 79, 5.

[26] III, 80, 12 ad 3.

[27] III, 74, 1.

[28] III, 76, 2, ad 1.

[29] III, 78, 3, ad 7.

[30] III, 82, 10, ad 1.

[31] Los párrafos que siguen corresponden al corpus del artículo 4 de la cuestión 83. Cuando algún párrafo corresponda a otras partes del artículo, lo aclararemos con la nota al pie correspondiente (N. del T.).

[32] Ecclesiastica hierarchia, cap. 3 (PG, col. 429).

[33] Cf. II-II, q. 83, a. 17: “En la mayoría de las oraciones de la Iglesia podemos reconocer cuatro elementos: p. ej., en la de la Trinidad, las palabras “Dios todopoderoso y eterno” representan la elevación de la oración hacia Dios; las palabras “que has dado a tus siervos” constituyen la acción de gracias; “concédenos, te pedimos…” expresa la postulación, y la fórmula final “por Jesucristo, nuestro Señor” contiene la obsecración, es decir, la razón de obtener aquello que se pide”.

[34] Sería lo que hoy conocemos como Liturgia de la Palabra (N. del T.).

[35] Este párrafo corresponde a la respuesta a la cuarta objeción (III, 83, 4 ad 4).

[36] Esta última oración “y de ahí que…” fue omitida por el P. Parent. (N. del T.)

[37] En el libro De oratione dominicale [cap. XXXI, PL 4, col. 557].

[38] Lo que está entre corchetes corresponde a III, 83, 4 ad 5.

[39] 1 Tim 2, 2.

[40] “En comunión con toda la Iglesia, veneramos…” (Plegaria eucarística I o Canon romano).

[41] Las oraciones entre corchetes pertenecen a III, 83, 4 ad 3 (N. del T.).

[42] “Que esta ofrenda sea de salvación para aquellos por quienes se ofrece”.

[43] Cf. III, 83, 4, objeción 7 (N. del T.).

[44] Jn 17, 1.

[45] Esta interpretación es, en realidad, de Pascasio Radberto en su tratado De Corpore et Sanguine Domini, cap. XII, PL 120, col. 1312.

[46] El párrafo entre corchetes se encuentra en III, 83, 4 ad 7. La traducción castellana del “Hanc oblationem” del Canon Romano es tan libre que fue necesario poner las palabras latinas para poder trasladar este párrafo (N. del T.).

[47] Esta oración es la respuesta a la primera objeción: III, 83, 4 ad 1 (N. del T.).

[48] Jn 17, 1.

[49] Este párrafo entre corchetes se halla contenido en III, 83, 4 ad 2 (N. del T.).

[50] Es decir, a las palabras esenciales, que hacen a la validez del mismo. En este caso “Hoc est corpus meum” y “Hic este calix sangunis mei” (N. del T.).

[51] El “todos” que el Misal añade al “coman” y no aparece en el texto de la Escritura (N. del T.).

[52] III, 83, 4, ad 2, segunda parte (N. del T.).

[53] “Por eso, Padre, nosotros, tus siervos, y todo tu pueblo santo, al celebrar este memorial…” (N. del T.)

[54] “Mira con ojos de bondad esta ofrenda, y acéptala como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abraham, nuestro padre en el fe, y la oblación pura de nuestro sacerdote Melquisedec…” (N. del T.).

[55] III, 83, 4, octava objeción y su respuesta (N. del T.).

[56] “Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a tu presencia hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición”.

[57] “Acuérdate, también, de nuestros hermanos N. y N. que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz…” (N. del T.).

[58] “Y a nosotros, pecadores servidores tuyos, que confiamos en tu infinita misericordia, admítenos en la asamblea de tus santos apóstoles y mártires…” (N. del T.).

[59] Literalmente: “el sublime o altísimo altar de Dios”. En nuestra traducción del Canon romano es el “altar del cielo” (N. del T.).

[60] [Cf. Isaías 9, 6].

[61] Es decir “enviada”, “remitida” (N. del T.).

[62] Literalmente: “Vayan, ha sido enviada”. En nuestros misales vernáculos esta expresión fue reeplazada por “Pueden ir en paz” (N. del T.).

[63] El párrafo entre corchetes obra en III, 83, 4 ad 9 (N. del T.).

[64] Hasta la reforma litúrgica posterior al concilio Vaticano II, en las misas de difuntos no se decía “miserere nobis” (ten peidad de nosotros) después de cada “Agnus Dei qui tollis peccata mundi” (Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo) sino “dona eis réquiem” (dales el descanso), y en la última invocación, en lugar de “dona nobis pacem” (danos la paz) se decía “dona eis requiem sempiternam” (dles el descanso eterno) (N. del T.).

[65] PG 3, col. 445.

[66] Aquí termina el corpus del artículo 4 de la cuestión 83 (N. del T.).

[67] III, 83, 4, objeción 6 y su respuesta (N. del T.).

[68] “Gloria a Dios en el cielo” (N. del T.).

[69] En el Misal romano hasta su edición de 1963 gran parte del Canon era pronunciado en silencio por el sacerdote (N. del T.).

[70] Los párrafos que siguen corresponden al artículo 5 de la cuestión 83 (N. del T.).

[71] III, 83, 5, corpus (N. del T.).

[72] III, 83, 5, sed contra (N. del T.).

[73] III, 60, 5 y 6 (N. del T.).

[74] Este apartado está tomado de III, 74, 6.

[75] Cf. Gratianum, Decretum, p. III De cons., dist. II, can. I.

[76] Esta explicación puede leerse en una carta de san Cipriano a Cecilio (PL 4, col. 795).

[77] Lib. V, cap. I (PL 16, col. 465).

[78] III, 83, 5, ad 1 (N. del T.).

[79] Es decir, por las palabras de la consagración: “sangre de la Alianza nueva…” (N. del T.).

[80] Este párrafo corresponde a la primera objeción de la q. 85 (N. del T.).

[81] De hierarchia ecclesiastica, cap. III (PG 3, col. 440).

[82] Antes de la reforma del Misal Romano en 1970, el “Confíteor” (Yo confieso) era rezado por el sacerdote al pie del altar, antes de la antífona de entrada (introito) (N. del T.).

[83] Aristóteles, De anima, lib. III, text. 38.

[84] III, 83, 5, objeción 2 y ad 2 (N. del T.).

[85] III, 83, 5, obj. 3 y ad 3 (N. del T.).

[86] Antes de la reforma de 1970, el sacerdote trazaba la señal de la cruz veinticinco veces durante el Canon de la Misa, a las que aquí se refiere santo Tomás, sin contar las del ofertorio y la comunión. El Misal actual siguió un criterio como el expresado en esta objeción, y dejó una sola (N. del T.).

[87] El juego con la palabra “entrega”, aplicada tanto al Padre (que entrega a su Hijo para salvarnos) como a Judas y a los judíos que lo entregan, sucesivamente, al Sanedrín, a Anás, a Caifás y a Pilatos, viene ya del evangelio de San Juan (N. del T.).

[88] La traducción castellana del Misal de la Conferencia Episcopal Argentina quitó la repetición incluso como recurso literario en la traducción de esta oracióm, poniendo: “estos dones, este sacrificio santo y puro que te ofrecemos…” (N. del T.).

[89] Esta enumeración de adjetivos se rompió en la traducción castellana, que reza así: “Bendice y santifica esta ofrenda, Padre, haciéndola perfecta, espiritual y digna de ti”. Cf. nota 45 (N. del T.).

[90] “De manera que [se conviertan para nosotros] en el Cuerpo y Sangre…” (N. del T.).

[91] La traducción castellana del Canon romano agrega un “te” a los dos verbos “bendijo”, cambiando así el objeto de la bendición, que el gesto de la signación, además de la sintaxis, indicaba ser el pan y la copa -bendición descendente-, y no el Padre Dios -bedición ascendente-, quien sí es el objeto de la acción de gracias en ambas consagraciones (N. del T.).

[92] Nuevamente, el Misal en castellano quita la repetición, y pone: “el sacrificio puro, inmaculado y santo, pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación” (N. del T.).

[93] “…para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre del Señor, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición” (N. del T.).

[94] Conclusión del Canon romano: “los santificas, los llenas de vida, los bendices…” (N. del T.).

[95] Doxología final de las plegarias eucarísticas: “Por Cristo, con Él y en Él” (N. del T.).

[96] “La paz del Señor esté siempre con ustedes”. Es interesante notar que según esta secuencia de “grados” que integran de la “Pasión de Cristo”, está incluida su resurrección. Es decir que cuando santo Tomás habla de la passio Christi se refiere a su pasión, muerte y resurrección (N. del T.).

[97] O sea, de la consagración (en las palabras benedixit y semejantes), de la aceptación (en las palabras ut accepta habeas, etc.), o del fruto (en las palabras ut quotquot ex hac altaris particpatione etc., como también en éstas: per quem haecomnia creas etc. y por fin en éstas: Paz Domini sit semper etc., pues por la sngre de su cruz pacificó todo, lo que está en la tierra y lo que está en el cielo, como dice el Apóstol en Col. 1, 19). (Nota de la edición de la Summa theologica hecha por De Rubeis, Billuart y otros, Turín, Ed. Marietti, 1932).

[98] Es posible pensar que esta última explicación fuera la preferida de santo Tomás, mucho más sencilla y que señala más que suficientemente la relación profunda entre la Misa y el Calvario. Las demás están tomadas de la tradición alegorista representada en el siglo XIII por el De Sacro Altaris Mysterio de Inocencio III, que expone largamente este simbolismo de las signaciones.

[99] Este último párrafo corresponde a III, 83, 5, objeción 4 y ad 4 (N. del T.).

[100] III, 83, 5, objeción 5 (N. del T.).

[101] III, 83, 5, objeción 6 (N. del T.)

[102] III, 83, 5, ad 5 (N. del T.).

[103] “El Señor esté con ustedes” (N. del T.)

[104] “La paz del Señor esté con ustedes” (N. del T.).

[105] “La paz esté con ustedes” (N. del T.).

[106] III, 83, 5, ad 6 (N. del T.).

[107] III, 83, 5, objeción 7 (N. del T.).

[108] III, 83, 5 objeción 8 (N. del T.).

[109] Cf. III, 77, 7: “Así como las especies sacramentales son el sacramento del verdadero cuerpo de Cristo, de la misma manera, esta fracción es el sacramento de la pasión del Señor, que tuvo lugar en el cuerpo verdadero de Cristo”.

[110] De hierarchia ecclesiastica, cap. III, PG 3, col. 444.

[111] III, 83, 5, ad 7 (N. del T.).

[112] El original francés agrega: “y como podemos leer en el Decreto de Graciano” y allí remite a esta nota: “El autor de esta explicación, que el Decreto atribuye al papa Sergio, es Amalario en su De ecclesiasticis Officis, lib. III, cap. 35, (PL 105, col. 1154)”.

[113] Vale recordar que la Asunción de la Virgen María sólo fue declarada dogma de fe en 1950 (N. del T.).

[114] Nota de la edición de 1932 de Marietti de la Summa Theologica: “Esa parte se guardaba para los ministros o enfermos que debían comulgar; ahora, en cambio, las hostias con ese fin se guardan en el sagrario. Esta costumbre, dice el concilio de Trento, es tan antigua que ya era conocida en la época del concilio niceno (sesión XIII, cap. 6)”.

[115] “La Hostia se divide en partes: la mojada, designa  a los totalmente bienaventurados; la seca, a los vivos, y la que se reserva, a los sepultados” (N. del T.).

[116] Cf. Innocentium III, De Sacro Altari Mysterio, Lib. VI, cap. III (PL 217, col. 907).

[117] Este apartado corresponde a III, 83, 5, objeción 9 y ad 9 (N. del T.).

[118] En su Comentario al pasaje de San Juan 18, 11: “¿Acaso no beberé el cáliz que el Padre me ha dado?” escribe santo Tomás: “La pasión es llamada “cáliz” porque por naturaleza es amarga, incluso si la caridad del que la sufre la endulza, igual que un remedio de gusto amargo que es endulzado por la esperanza de la salud”.

[119] III, 83, 5, objeción 10 y ad 10 [N. del T.].

[120] En las rúbricas que establecían el modo de purificar los vasos sagrados después de la Comunión, hasta el Misal romano de 1962 inclusive, se indicaba que el sacerdote debía poner en el cáliz primero vino, tomarlo, y sólo después echarle agua (N. del T.).

[121] Libro III, tit. XLI, cap. 5. Según la edición de Marietti, en la obra “De celebr. Miss.” Cap. Ex parte. [N. del T.].

[122] III, 84, 5 objeción 11 y ad 11 [N. del T.].

[123] Según las notas de la edición de Marietti antes mencionada, la cita de san Clemente Romano proviene del comienzo de su Epístola 2 [N. del T.].

[124] P. III. De consecr., dist. 2, can. 23. San Clemente de Roma no es, evidentemente, el autor de esta carta decretal que varias colecciones canónicas medievales le atribuyen.

[125] III, 83, 5, objeción 12 y ad 12 (N. del T.)

[126] “El Señor esté con ustedes” (N. del T.).

[127] “Demos gracias al Señor, nuestro Dios” (N. del T.).

[128] En el Decreto de Graciano, P. III, dist. I, can. 61.

[129] “Recen por mí” (N. del T.).

[130] “Pero esto es mandado bajo pena grave: pues, como dice San Alfonso en Theología moralis, lib. VI, n. 390, todos saben que celebrar sin ministro es [pecado] mortal” (Nota de la edición de Marietti 1932 de la Summa Theologica).

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