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jueves, 1 de junio de 2017

Un soneto de Castellani

Creo que bien podría ser el epígrafe de este entero blog, si no le quedara tan grande. ¡Inacabable Castellani, como una vertiente sin fin...! ¡Gracias a Dios!



                QUIJOTISMO

Pues todo aquel que vive sin locura
es menos cuerdo que lo que él se piensa
y pues princesa prometida inmensa-
mente es mejor que esclava bien segura.

Pues la llaga de amor nunca se cura
sino más honda haciéndose y extensa
con la renuncia de la recompensa
y el tomar por presencia la figura.

A fuer de don Ignacio y san Quijote
dejando el viejo pájaro-en-mano
escogí los cien pájaros en vuelo

y se me puede ver al estricote
pisoteando de la tierra el guano
que es mi manera de mirar el cielo.


Leonardo Castellani
8 de mayo de 1943
"El libro de las oraciones"

Extraído de:
http://padreleonardocastellani.blogspot.com.ar/2008/11/quijotismo-pues-todo-aquel-que-vive-sin.html

miércoles, 1 de diciembre de 2010

A desear también se aprende

Cuando el domingo a la mañana empecé a rezar la Liturgia de las Horas, sentí una alegría especial, como un ensanchamiento del corazón. Después de todo el año litúrgico, me estaba reencontrando con esas antífonas conjugadas en futuro: "Aquel día, los montes destilarán dulzura...", "Los árboles del bosque aplaudirán..., vendrá el Señor...". Había empezado el Adviento, este tiempo litúrgico dedicado a cultivar la esperanza. 
"Aquel día"... Estas dos palabras fueron para mí como una ventana que se abría mirando al horizonte, y que invitaba a galopar impunemente, rienda suelta y campo afuera. La liturgia del Adviento es como si nos invitara a desbocar nuestros sueños y deseos. En efecto, en estas primeras semanas, la liturgia nos llama a mirar lo que vendrá en el futuro: "Miren: el Señor viene...". Es una mirada que a quienes venimos enredados en la fatigada madeja del año nos saca de nosotros mismos con la tensión de lo que deseamos. El Adviento es todo él una gran "expectativa", un deseo hecho liturgia.
Sin embargo, también la época en que vivimos se caracteriza por una gran "exacerbación de los deseos", a tal punto que podría ser calificada como una "cultura del deseo". ¿Por qué entonces el Adviento me supo tanto a novedad, por qué me tomó por sorpresa? ¿Qué tiene de distinto este deseo?
Creo que la clave la da la etimología de la palabra "expectativa", que es otra manera de decir "deseo" o "esperanza". Efectivamente, "ex specto" significa mirar (specto), pero mirar fuera de sí (ex), tenso hacia afuera, hacia aquello que se espera ver. Es un mirar que desea, y que porque desea espera.
Ahora bien, creo que aquí está la gran diferencia: la expectativa del Señor que viene es un deseo que sabe esperar, y que por eso nos tiene como "lanzados hacia lo que está adelante" (Flp 3, 13), fuera de nosotros mismos. En cambio, si bien es cierto que nuestra cultura es una cultura del deseo, es mucho más todavía una cultura del consumo, y del consumo inmediato -"ya"-, al alcance de un clic. De ahí que nuestra sociedad, en el fondo, no nos fomenta tanto desear cuanto consumir, y el deseo está al servicio del consumo. Nuestros deseos no llegan a ser "ex-spectativas", porque no tienen la fuerza suficiente para sacarnos de nosotros mismos. Al contrario, la manía de tener siempre, y ya, y todo lo que deseamos no nos vuelca hacia afuera, sino que transforma nuestro "Yo" en una especie de aspiradora omnipotente e insatisfecha. Deseamos, pero como no esperamos, consumimos mucho y no consumamos nada.
Por eso, con el Adviento la Madre Iglesia nos educa el deseo, podría decirse que nos enseña a desear. Esto lo hace de dos maneras: primero, mostrándonos qué debemos desear, y luego enseñándonos a esperar ese deseo.
En el primer domingo de Adviento, la Iglesia nos señala qué debemos desear. "Sucederá al fin de los tiempos... Todas las naciones afluirán hacia la Casa del Señor... Él será el juez de las naciones... Con sus espadas forjarán arados, con sus lanzas, podaderas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán para la guerra" (Cf. Isaías 2, 2-5). En esto, la Iglesia es muy exigente: nos invita a "levantar la mirada", a anhelar con todo, a desear a lo grande. "De esto tenemos mucha necesidad en estos tiempos, en que muchas cosas en las que se confía para construir la propia vida [...] se demuestran efímeras" (Benedicto XVI, Verbum Domini, 10). Todos "tenemos esperanzas -más grandes o más pequeñas- que día a día nos mantienen en camino" (Benedicto XVI, Spe salvi, 31); pero como "antes o después, el tener, el placer y el poder se manifiestan incapaces de colmar las aspiraciones más profundas del corazón humano" (Verbum Domini, 10), en el Adviento se nos invita a una expectativa mayor, a la más grande de las esperanzas: "esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar [...], pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo" (Spe salvi, 31). El Adviento nos pide soñar con la paz universal, con un mundo de hermanos, con los cielos nuevos y la tierra nueva... Desatar los deseos utópicos, a lo "Imagine" de Lennon o "A wonderful world" de Armstrong, tiene mucho más que ver con la esperanza cristiana que resignarnos pusilánimemente a las pedestres esperanzas que tenemos "a tiro". Dice Larralde por ahí que "la tierra es grande o es chica de acuerdo con los anhelos": pues bien, la Iglesia nos enseña a anhelar la felicidad sin alambrados del Cielo, de modo que podamos decir como Martín Fierro: "para mí la tierra es chica, y pudiera ser mayor".
Lo segundo que hace la Iglesia para educarnos el deseo es ayudarnos a esperar: hay que "aguantar" mientras ese deseo no se cumple... Esta "escuela del deseo" fue explicada genialmente por San Agustín (In 1 Joannis 4, 6) y retomada por el Papa: "El hombre ha sido creado [...] para Dios mismo [...] Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado. "Dios, retardando su don, ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma, y ensanchándola, la hace capaz de su don"." (Spe salvi, 33). Por eso Jesús nos exhorta con fuerza: "estén despiertos", "estén preparados" (Mt 24, 42.44): aguanten el hueco, soporten el vacío, dilaten la capacidad de desear mientras se dilata el cumplimiento... No "coman y beban" (cf. Mt 24, 38) -"basta de excesos en la comida y en la bebida" (Rom 13, 13)- para distraer la ansiedad, que eso no los va a saciar; por el contrario, ansíen "los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios" (Col 3, 1). El programa de la "pedagogía del deseo" podría resumirse así: "desear sin consumir para poder consumar".
Desear y esperar el Reino de Dios (¡venga a nosotros tu reino!) nos hace vivir de otra manera, porque sabemos que la historia está en manos de Dios, y que pase lo que pase, "el Señor viene", y aquél día... todo terminará bien. Y, siguiendo a Jesús, que "pasó haciendo el bien" (Hech 10, 38), los hombres que creemos y esperamos en el "Dios de la esperanza" (Rom 15, 13), llenos de alegría, vamos entregando nuestras vidas como semillas y primicias de ese Reino que está y que viene. "¡Ven, Señor Jesús!"

"Ven, y caminemos a la luz del Señor"
 Isaías 2, 5


martes, 5 de octubre de 2010

La incierta certidumbre de Dios

"Conozcamos, corramos al conocimiento del Señor,
cierta como la aurora es su salida;
vendrá a nosotros como la lluvia temprana,
como la lluvia tardía que riega la tierra" (Oseas 6, 3)

¡Corramos, esforcémonos por conocer a Dios! Vale la pena todo el aguante agotador de la noche, todo ese gemir sobrecargado, vale la pena pedir ayuda sin parar y no cansarse de querer salir, querer salir...
Dios cumple los deseos del corazón siempre (porque él desea más que nosotros); Dios cumple sus promesas siempre. Por larga que sea la noche, la aparición de Dios es "cierta como la aurora".
"Cierta como la aurora"... La venida de Dios es segura con esa "necesidad física" del sol que vuelve a salir... Esto es estrictamente así: la necesidad física es expresión y efecto de la libertad amorosa de Dios, y no al revés. La inexorabilidad de los cielos -de las leyes naturales- está creada por la inexorabilidad del amor eterno de Dios: "Él hizo sabiamente los cielos porque es eterna su misericordia" (Sal 135, 5). La certeza de la aurora no es más cierta que la certeza del amor de Dios, sino su fruto y su espejo.
Ahora bien, él vendrá "como la lluvia que riega la tierra"... Estotra imagen habla más bien de la "inmanejabilidad" de la aparición de Dios, y muy pertinentemente está colocada justo después de la imagen del amanecer: de lo contrario, parecería que uno, reloj en mano, podría saber cuándo exactamente va a visitarnos el Señor: faltan diez, nueve ocho... Para corregir esta ilusión, Oseas nos propone la comparación con la lluvia, que no sabemos cuándo va a venir, "porque en muchas ocasiones truena y no sabe llover".
De la primera comparación, aprendemos la certeza irreversible de que Dios llegará; de la segunda, la incertidumbre de que no sabemos cuándo. Todo lleva a que no confiemos en nuestras especulaciones, sino que pongamos toda la esperanza en él.
Esta es la esperanza cristiana, certeza divina que nos permite andar entre las incertidumbres humanas (tan cierta aquélla como éstas). Así vivió también Jesús, que vivió como Hijo la "hora": ya está viniendo, ya viene... pero recibiéndola siempre de la voluntad de Dios, el único que sabe "el día y la hora". Nosotros, hijos como él -y en él-, renunciamos a manejar la historia, y le dejamos el asunto al Padre, mientras vivimos, con todo, la propia necesidad de cada día.

viernes, 27 de agosto de 2010

Un canto nuevo


Algunos días atrás, bien entrada la noche, me disponía ya a irme a dormir cuando por entre las ventanas siempre abiertas de mi cuarto oí algo que me hizo deternerme de golpe, interrumpiendo los semiconscientes quehacerces de la rutina final. Me expuse en seguida a la voz de la ventana, y, en una fresca bocanada, la noche negra me dijo un canto nuevo: era un silbido casi olvidado, tan lleno de reminiscencias, tan familiar... Abrí del todo, respiré hondo y le regalé al cielo una sonrisa nueva, tan nueva como ese canto primero del primer zorzal.
¡Qué linda sensación, y qué extraña! Ese silbo prematuro, surgido en el seno mismo del invierno, llevaba en sí mismo toda la primavera... El silencio frío, dueño y señor de las noches invernales, acababa de ser herido de muerte por ese flechazo musical. Y aquel zorzal francotirador era el mismo que con trinos triunfantes me estaba anunciando el pregón de la victoria.
¡Qué certeza misteriosa! ¿Cómo puede uno alegrarse hasta henchirse el corazón por la primavera, estando en pleno invierno? Y sin embargo, el que escucha ese anuncio entiende la irrevocabilidad de la noticia: "¡Cantemos! El invierno "ya fue". No le hagan caso a lo que ven ni a lo que sienten: eso es apariencia. Es el estertor de un muerto. En lo oscuro de la noche ya se está gestando el día nuevo. ¡Cantemos!"
Ese canto aparentemente aislado del primer zorzal no está solo: está preñado de todos los que vendrán. Es "las primicias" de la primavera... ¡Qué poco entendió de esto el que piensa que "una golondrina no hace el verano"...! Las primicias son la exigua realidad que asegura la promesa de mucho más. De aquí brota una gran alegría, por el regalo de una doble novedad: la llegada del primer fruto, y la certeza de todos los demás. ¡Eso es el gozo de las primicias!

"¡Canten al Señor un canto nuevo!" (Is 42, 10).
Así gritaba el profeta Don Segundo Isaías, en lo más negro del destierro en Babilonia, en la oscuridad más densa de la desgracia de Israel. Cuando no había nada de qué alegrarse, Isaías pregonaba la victoria de Dios: "El Señor irrumpe como un héroe [...]" (Is 42, 13): en lo más negro de la desesperación, Dios había dicho: "cambiaré las tinieblas en luz" (42, 16). Isaías invitaba a la esperanza en medio de la desesperación más absoluta... "¡Canten al Señor un canto nuevo!" ¿Le habrán hecho caso? ¿O habrá ganado la tentación de la nostalgia de las "cosas pasadas" (Is 43, 18): "¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! (Sal 136, 4)?. Por las dudas, el Antiguo Testamento nos insiste varias veces con esta invitación: "¡Canten al Señor un canto nuevo!" (Sal 33, 3; 96, 1; 98, 1; 149, 1)... Pero ¡qué difícil es cantarlo! ¡Qué difícil es a adherirse a entonar la victoria en medio de los horrores de la batalla! ¡Qué difícil, en el fondo, creerle al que anuncia la esperanza! Queda claro, en todo caso, que poder cantar "el canto nuevo" es siempre un don del mismo Dios (cf. Sal 40, 4).
En el Nuevo Testamento nos encontramos, por fin, con algunos que "cantan un canto nuevo" (Ap 5, 9; 14, 3). ¿Quiénes son? En 5, 9-10, son los que están en el ámbito divino ("alrededor del trono"), en presencia de Dios y del Cordero degollado y victorioso. Pero ellos están en el cielo, contemplando al Cristo vencedor que tiene en su mano, abiertos, los designios de la historia. Ahora bien, los hombres, aquí abajo, en este "desierto" (Ap 12, 15), tratando de huir en la "gran tribulación", ¿podrán cantar el canto nuevo? ¿Podrán creer que "ha vencido el león de la tribu de Judá" los que sólo sienten que crecen y crecen las fuerzas del mal, cada día más revestidas de poder y de propaganda, mientras que los justos sufren y lloran su derrota? ¿Cómo puede una persona cantar el canto nuevo de la victoria, cuando se siente igual de indefenso y desesperado que una mujer que trata de dar a luz y que ante sus ojos no sólo no tiene a nadie que la ayude, sino a un monstruo gigantesco que le va a devorar a su creatura (cf. Ap 12, 1 y ss)?
La respuesta la da el cap. 14 del Apocalipsis. Allí, ese "canto nuevo" que viene del cielo "y nadie lo puede aprender" (14, 3) es aprendido únicamente por un grupo de hombres que esta vez sí está en la tierra y en la tribulación... Esos hombres son "las primicias de los rescatados" (14, 3), de los rescatados "en la sangre" del Cordero, como decía el canto nuevo en Ap 5, 9. Son los "ciento cuarenta y cuatro mil", ese misterioso resto fiel de los seguidores del Cordero, que lo siguen "adondequiera que vaya"... Ellos se animan a cantar ya, en medio de la tribulación, el canto nuevo de la victoria. Ellos son aquí, en la tierra, las "primicias" de una "multitud incontable de toda nación, tribu, pueblo y lengua" (Ap 7, 9) "en el cielo".

"Dios mío, yo quiero cantarte un canto nuevo" (Sal 144, 9).
Desde que me puse a escribir, ya "se entró la noche", y de nuevo empecé a escuchar a mi zorzal que pregona a un tiempo el amanecer y la primavera. Y pienso en nosotros, los cristianos: somos nosotros los que "seguimos al Cordero" y vivimos en un mundo que a veces nos aplasta con su maldad. Todo el Nuevo Testamento -no sólo el Apocalipsis-  nos advierte que estamos viviendo en unos "tiempos que son los últimos" (Heb 1, 2), porque "el Reino de Dios ha llegado" (Lc 11, 20). El misterio de la historia (y de nuestra vida) ya ha sido revelado en Cristo Jesús, que venció de una vez para siempre al pecado, al mal y a la muerte. Por oscura que sea la noche en que vivimos, ella ya está inexorablemente habitada por la luz de la mañana en el Lucero del alba, que nos anticipa y promete la Luz total.
    Un poco estudiando el Apocalipsis y otro poco a los pájaros, he llegado a una conclusión. Nuestra misión en este mundo desesperanzado es la de "cantar un canto nuevo", alegrando y levantando los corazones, como zorzales en la noche que celebran ya al "Sol que nace de lo alto" (Lc 1, 78).

sábado, 11 de abril de 2009

El sepulcro nuevo

"Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato dio orden de que se le entregase. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca; luego, hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se fue. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro." (Mt 27, 57-61)

“Todo se ha cumplido” (Jn 19, 30). Jesús entregó todo: sus vestiduras, su sangre, su Espíritu… hasta dio a su propia Madre. Aquel que, “siendo rico, se hizo pobre”, fue pobre “hasta el extremo”; aquel que en la vida “no tuvo lugar donde reclinar su cabeza” (cf. Lc 9, 58), tampoco en la muerte se procuró una tumba, sino que es puesto en un sepulcro ajeno.
Pero la providencia de Dios le preparó a Jesús "una tumba nueva" (cf. Jn 19, 41). ¿Por qué es nueva la tumba? No sólo porque “nadie había sido sepultado todavía en ella”, como dicen Juan y Lucas. Es nueva también porque nunca antes la muerte había recibido a la Vida misma en su seno; nunca antes Dios había descendido hasta este abismo de compasión. En efecto, ningún hombre antes había muerto como murió el Hijo de Dios, asumiendo, en el infinito regazo de su confianza (cf. Lc 23, 46), toda la negrura y la soledad y la angustia de la muerte de un pecador (cf. Mc 15, 34).
Creemos que, con Jesús, también nuestros sepulcros se vuelven "sepulcros nuevos". Ya no son el oprobioso lugar de la condena, el confín tenebroso de la muerte, el fin absurdo de una vida sin sentido… Con Jesús, nuestros sepulcros son el lugar donde, por no poder nosotros hacer nada, Dios puede hacerlo todo. Son el nuevo tabernáculo donde el Dios de los vivos quiere manifestar su gloria.
El Sábado Santo tiene carácter propio: es un día de espera, de expectativa. Sabemos que es muy fácil caer en la tentación de evitar esta tensión de la espera, sea desquitándonos del ayuno en una suerte de Pascua anticipada, sea recayendo en el activismo, o simplemente distrayéndonos... Hoy la Iglesia nos regala un tiempo para, sencillamente, "estar sentados frente al sepulcro", como las santas mujeres. Sentados en silencio, como ellas, delante de la enorme piedra de nuestras impotencias. Ellas supieron esperar porque realmente querían a su Maestro. Si permanecemos en oración (es decir, amando a Jesús), el silencio acongojado de la cruz se irá mudando, poco a poco, en silencio de esperanza ante la tumba.
* * *

Jesús, Señor y hermano nuestro,
que podamos ofrecerte tantos sepulcros
que hay en nuestras vidas
–tantos rincones oscuros de pecado,
de tristeza, de dolor y de muerte-
para que hagas de ellos sepulcros nuevos,
lugares de entrega y descanso
donde el Padre pueda engendrar
la resurrección y la vida. Amén.

martes, 9 de diciembre de 2008

Ir a esperar a Dios a la tranquera

A Sandra, que me mostró qué significa "esperar contra toda esperanza"
y hoy nació a la Vida eterna.
En estas semanas, en que nos preparamos para conmemorar la primera venida de Cristo en la Navidad, la Iglesia nos propone que hagamos el ejercicio de esperar su segundo "adviento", su última venida al fin de los tiempos. El Adviento es, por antonomasia, un tiempo de espera.
Esperar, sin embargo, no es algo que nos guste mucho. Y menos a nosotros, hombres posmodernos, que no estamos acostumbrados a esperar nada. Estamos viviendo en un mundo que supo aplicar toda su técnica para eliminar las esperas de la vida, de manera que todo podamos obtenerlo "ya". Nuestra paciencia no está dispuesta a ir más allá de un "doble clik". Y, a medida que crece la velocidad, nos hacemos más intolerantes a la espera: yo, por ejemplo, ya no soporto el relojito de arena de la computadora; otros, víctimas de la pava eléctrica, no saben ya darle tiempo al agua para cebar unos mates.
De cualquier modo, aniquilar definitivamente las esperas es utópico. Siguen estando las salas de espera en las oficinas públicas y en los hospitales, sigue habiendo colectivos que no llegan y personas que se atrasan... En la vida, muchas veces, no nos queda otra que "esperar". Sin embargo, en esas ocasiones casi nunca nos "dedicamos" a esperar, sino que aprovechamos para hacer otra cosa mientras esperamos: mandamos mensajitos, hablamos por teléfono, leemos, hacemos crucigramas, vemos tele, escuchamos música, o, si estamos cansados y se da, dormimos un ratito. A eso no lo llamamos "esperar", sino más bien "hacer tiempo".
Esta expresión "hacer tiempo" es muy elocuente, porque supone que no existe algo así como un "tiempo de espera": si "hacer tiempo" es hacer cualquier cosa para llenar un tiempo vacío, quiere decir que el "tiempo de la espera" es, de por sí, un "tiempo muerto", y que dedicarse a esperar sin hacer nada importante es, en el mejor de los casos, "matar el tiempo".
Y sin embargo, la Iglesia nos abre un explícito "tiempo de espera", donde no se puede esperar de cualquier modo. De hecho, en el Evangelio "inaugural" de este Adviento (Mc 13, 33-37), Jesús nos invitaba a ser como el portero que vigila la casa mientras espera a su patrón, y nos decía: ¡velen, estén despiertos, estén prevenidos! Es decir: no "hagan tiempo", sino más bien "esperen".
La espera del Adviento de Jesús es una espera que se "dedica a esperar"; es una espera vigilante, que combate las distracciones que nos invitan a pensar en otra cosa "mientras tanto". Es una espera que "aguanta la tensión" -a veces enorme- que supone anhelar la presencia de alguien mientras "no está viniendo". Por eso sería más propio llamar a esta acción "atender" que "esperar" (como lo hace el francés attendre), porque "atender" (ad tendere) es "estar tenso hacia" aquello que esperamos: esperar consiste justamente en mantener y sostener esa tensión del deseo insatisfecho. Sin duda, no es fácil reconocer y "bancar" así nomás esta tensión. Y por eso le sacamos tanto el bulto a las esperas...
* * *
Estos días, pensando en la exhortación de Jesús a esperar atentos, sin dormirse y sin distraerse, me vino a la memoria, desde lejos, un lindo recuerdo de mi niñez.
En esa época pasábamos todos los veranos en el campo. Cuando a mi padre se le terminaban las vacaciones, él se volvía a trabajar a Buenos Aires, y mi madre y nosotros nos quedábamos allá. Pero Papá venía siempre los fines de semana, y cuando llegaba era una fiesta. Nosotros sabíamos que iba a llegar el viernes a la tardecita, en algún momento, pero nunca sabíamos la hora exacta (no había celulares...). Me acuerdo de esas veces que, ya bañados y tal vez en pijama, le pedíamos a Mamá: "¿podemos ir a esperar a Papá a la tranquera?"
La tranquera de entrada a "El Rodeo" queda a dos o tres cuadras de la casa, ya afuera del monte. Desde esa loma, subido a la tranquera, se puede ver cómo el camino se estira y se pierde, derechito, como si se hundiera en el monte de "San Martín". El sol aquerenciado del verano se iba cayendo lento atrás de las sierras, como alargando su mirada cómplice de nuestra ansiedad. Los ojos y los oídos estaban bien atentos: cualquier murmullo nos parecía el ruido de un motor, y en cualquier nubecita baja creíamos ver la polvareda del auto de Papá. Mamá venía seguramente con nosotros, y acaso, por el camino, nos enseñaba el nombre de las flores. Quizá abríamos la tranquera y jugábamos a hamacarnos arriba -diversión terminantemente prohibida por mi abuelo-, pero eso sí, sin dejar nunca de mirar el horizonte deseado, amansado por la luz apacible de la tarde.
¡Qué momentos lindos! Y sin embargo, era un momento de auténtica "espera", con toda su tensión. Nada impedía que nos quedáramos jugando en el parque o en la casa -total Papá iba a llegar igual-. Pero preferíamos "ir a esperar" a la tranquera, ese emblema del paisaje campero, símbolo del corazón humano que puede recibir o atajar.
¿Por qué era tan linda esa espera, que para muchos podría ser tensa y aburrida? Porque lo que nos hacía esperar era el amor. Las ganas locas de que llegara Papá (y con él los "programas distintos": salidas en el coche de caballos, idas a cazar, tal vez algún regalito) nos hacían gozar de esa espera ansiosa. En el fondo, lo que hacía posible la "espera vigilante y atenta" era el deseo profundísimo del amor. "El amor", dice San Pedro Crisólogo, "no descansa mientras no ve lo que ama" (Lectura del oficio del jueves II de Adviento). Solamente el amor sabe esperar bien.
No hay, entonces, otra manera de "estar preparados", de "estar vigilantes" que el amor. La "fuerza de voluntad" no nos alcanza. Viviremos bien la espera del Adviento sólo si queremos mucho a Jesús, si deseamos ardientemente que venga a nuestras vidas, si estamos con ganas de abrirle la tranquera de nuestro corazón. Por eso la liturgia nos hace rezar: "Concédenos, Señor Dios nuestro, anhelar de tal manera la llegada de tu Hijo Jesucristo, que cuando llame a la puerta nos encuentre velando en oración (...)" (Colecta del lunes I de Adviento). Sólo el deseo que nace del amor engendra la buena espera.
Si es así, este Adviento -y el gran adviento que es nuestra vida en la tierra- podrá ser un gozoso "ir a esperar a Dios a la tranquera".

lunes, 1 de diciembre de 2008

¿Qué cielo esperamos?


Los últimos días del año litúrgico que acabamos de terminar nos invitaron a mirar al cielo, a pensar en la vida eterna. Ya hemos hablado de la secularización y de cómo ella influye en que no nos preocupemos mucho de estas realidades "menos reales" del más allá... Hoy, en cambio, podríamos hacer un pequeño esfuerzo en tratar de entender por qué nuestra cultura eligió "secularizarse": por qué primero dejó de mirar para arriba y buscó el cielo en la tierra (época de las grandes utopías) y por qué finalmente dejó de buscar el cielo y se contentó con vivir sólo en la tierra (muerte de las utopías o, dicho menos académicamente, cultura del "es lo que hay"). Es muy probable que el cielo haya dejado de ser importante y significativo en nuestra vida porque tenemos, quizá, una idea muy desfigurada y empobrecida de él.
Cuando pensamos en el cielo, lo primero que suele venírsenos a la imaginación es una persona vestida de blanco tocando el arpa, sola, en una nube. De hecho, cuando alguien está muy viejito o muy enfermo, solemos decir que "está más cerca del arpa que de la guitarra". Esto parece una pavada, pero sin embargo estas imágenes de nuestra cultura nos influyen mucho inconscientemente. ¿Qué tiene de fascinante un cielo así?
Quienes aprendimos algo de catequesis o de teología fuimos enterándonos de que el cielo en realidad no era así, sino que era "gozar eternamente de la visión de Dios": el cielo es la "visión beatífica"… ¡Ah! Pero ¿cómo? ¿Vamos a estar mirándole la cara a Dios por los siglos de los siglos, sin poder hacer nada más? Al final, estamos peor que antes: la catequesis no hace más que confirmar nuestra sospecha de que más vale que nos divirtamos acá abajo, porque en el cielo se acaba la fiesta… ¡Con razón oímos muchas veces la idea de que el infierno es mucho más atractivo que el cielo, porque está lleno de gente divertida!
En la Primera Carta de Juan encontramos la ayuda necesaria para enriquecer un poco esta imagen del cielo: "sabemos que cuando se manifieste [lo que seremos], seremos semejantes a [Dios], porque lo veremos tal cual es" (1 Jn 3, 2).
Es cierto que el cielo consiste en ver a Dios. Pero esa visión no se queda en visión, nomás… Cuando veamos a Dios, nos dice Juan, vamos a ser semejantes a Él. Y aquí ya cambia el panorama: el cielo no consiste tanto en ver a Dios sino en "ser semejantes a Dios": la visión es el medio, no el fin. "Seremos semejantes a Dios". Pues bien: ¿cómo es Dios? El mismo autor de esta carta nos lo responde unos versículos después: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16). Nosotros creemos, gracias al Evangelio de Jesucristo, que Dios no es un solterón, sino que es un Padre que se da por entero a su Hijo, y ese Hijo, de tan agradecido y feliz, se entrega todo al Padre, y que entre los dos gozan tanto de este amor que comparten, que estallan en la alegría y el don que es el Espíritu Santo. En el cielo vamos a ser semejantes a este Dios, que es una comunidad de personas que se aman. Por lo tanto, en el cielo también nosotros vamos a ser una comunidad: la comunidad de los Hijos de Dios.
Por eso Juan no dice: "seré semejante a él", sino "seremos semejantes a él"… Durante mucho tiempo, la Iglesia hizo hincapié en la dimensión individual de la salvación. Se insistió en que cada uno se esforzara por "salvar su alma". Todavía hoy, los títulos de algunas obras de espiritualidad (hay un libro, p. ej., que se llama "Para salvarte") siguen reflejando esta mentalidad. Sin embargo, nuestra esperanza no es individualista. Nadie se salva a sí mismo y nadie se salva solo. La santidad no es ante todo un premio particular, sino un don de Jesucristo para la Iglesia; es un don para cada uno pero en cuanto miembro del Cuerpo, es un don "eclesial". De hecho, el Papa, en su última encíclica, nos recuerda que "la salvación es una realidad comunitaria" (Spe salvi, 14). La vida eterna es la comunión con todos, y así lo rezamos también en la Misa: "que podamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria" (Plegaria eucarística III).
La vida eterna es una realidad "social". Por eso en muchos lugares de la Escritura se habla del cielo como de una "ciudad", como de una "asamblea" o "congregación". Por ejemplo, en el Apocalipsis se describe "una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua..." (Ap 7, 9). El cielo es la alegría de la asamblea de todos los santos, la unión de todos los hijos de Dios junto a Jesucristo.
No obstante, la comunidad del cielo no supone que nosotros, por así decir, nos perdamos en la muchedumbre "social" de los santos. Los santos tienen nombre y apellido. En la asamblea celestial que el Apocalisis nos muestra no están todos igualitos y uniformes, como en las liturgias totalitarias de los dictadores, sino que se mantiene y radicaliza la diversidad de cada uno: "una muchedumbre inmensa (...) de toda nación, raza, pueblo y lengua". Y en esto también "seremos semejantes a Dios", porque ¡en Dios hay diversidad! Dios es la comunión de tres personas distintas, cada cual con su nombre propio. ¡Dios es pluralidad unida en el amor!
Así, el cielo será la conjunción perfecta de nuestras experiencias más plenas de la vida, que a mi juicio se inscriben siempre en dos grandes vertientes: la identidad y la comunión. Cuando tengo que expresar mi sensación interior de esos momentos (o instantes) en que me he sentido absolutamente a gusto, libre, desplegado y pleno suelo decir que "fui yo mismo". Con eso indico que estuve libre de miedos, de trabas, lleno de una confianza radical: es la experiencia de la plenitud de la identidad, de estar siendo lo que uno debe ser. La otra gran fuente de alegrías en la vida es la experiencia de la comunión con otros, que tiene distinto color según de quién se trate (el amor es siempre irrepetible: es lo más personal y lo más personalizador). Una conversación profunda con un amigo, el gozo de la presencia del enamorado, un momento de unión inefable con Dios en la oración, una fiesta en que uno celebra y agradece de corazón la vida... Son esos instantes de plenitud increíble en que a uno le sale decir: "¡quisiera que esto dure para siempre!", o, como Pedro, "hagamos tres carpas..." Es el momento, dolorosamente pasajero, en que el amor nos "hace tocar el cielo con las manos". Si es auténtica, en esta experiencia las dos vertientes saben confluir: en ese instante de unión impresionante con el otro sentimos, al mismo tiempo, que somos más que nunca libres, que estamos siendo lo que debíamos ser, que para eso existimos, que somos "nosotros mismos". Éxtasis y personalización coinciden. La mirada de amor del otro es la que nos hace crecer, la que nos hace henchirnos y desplegarnos, la que nos permite vivir libres y con la frente en alto.
Eso va a ser el cielo: la mirada de Dios amándonos va a ser tan grande que nuestra libertad no va a tener freno alguno: se dará una cadena de amor tan contagiosa y fuerte entre todos nosotros que esos instantes que acá son fugaces allá no terminarán nunca. Por eso, todo lo bueno de esta vida no se acaba, sino que sigue. Serán los "cielos nuevos", sí, pero también la "tierra nueva". Será la ciudad eterna de todos los que queremos: en la Biblia a esta "ciudad nueva" se la llama "Jerusalén del cielo". Pero como la identidad nuestra allá no se pierde sino que se acentúa, esa ciudad puede ser campo: el cielo va a ser también "Ayacucho para siempre", "Ayacucho eterno". ¿Cómo no mirar al cielo? ¿Cómo no esperar en la vida eterna?

miércoles, 12 de noviembre de 2008

La memoria al servicio de la esperanza

"¡No se acuerden de las cosas pasadas! ¡No piensen en las cosas antiguas! Yo estoy por hacer algo nuevo. Ya está germinando ¿no se dan cuenta?" (Is 43, 18-19 a).

La promesa que Dios hace aquí es muy sugerente: "Yo estoy por hacer algo nuevo." De alguna manera, estamos ante la esencia de toda promesa. Lo que alguien nos promete es siempre algo que no tenemos, algo, en este sentido, nuevo, que cuando llegue renovará nuestra vida en algún aspecto. "Yo estoy por hacer algo nuevo"… Es una invitación a que abramos la tranquera de nuestra esperanza y dejemos que los deseos más hondos salgan galopando campo afuera. Si nos permitiéramos a nosotros mismos soñar sin tranqueras: ¿quién de nosotros no querría "algo nuevo" en su vida?

Sin embargo, no es fácil abrir esta tranquera de los deseos más hondos. Tal vez lleva muchos años cerrada, y la tenemos vencida y desvencijada; tal vez nos hemos cansado de tanto mantenerla abierta a la espera de algo o de alguien, y ahora preferimos dejarla atada a la seguridad de un candado. El candado de la tranquera de nuestros deseos es la desesperanza, el desánimo. Y el desánimo excluye por naturaleza cualquier posibilidad de renovación.

"Yo estoy por hacer algo nuevo. Ya está germinando ¿no se dan cuenta?". Isaías transmitía estas palabras en una época en que el pueblo de Israel estaba hundido en la más negra desesperanza. Era el peor momento para hacer promesas: ya no tenían tierra, ni rey, ni templo… Justamente, todo lo que Dios les había prometido se había terminado, como un sueño al despertar. Estaban deportados en una tierra lejana, soportando la opresión de Babilonia, que era entonces algo así como la "máxima potencia mundial". En esa situación sólo había lugar para "llorar con nostalgia de Sión". Sólo cabía refugiarse en el recuerdo de los buenos tiempos, cuando se vivía en paz y tranquilidad, cuando todo era alegría… ¿Qué perspectiva de futuro podían tener?

También nosotros, cuando estamos atravesando por un momento así de malo, sentimos que nada bueno hay en el hoy y nada bueno en el mañana: lo bueno "ya fue", lo único que vale es lo de ayer… ¿Quién no hizo suyo alguna vez el conocido lamento manriqueño: "todo tiempo pasado fue mejor"? Hay circunstancias en que es realmente impensable soñar con "algo nuevo"… Y todavía más difícil es darse cuenta de que lo nuevo "ya está germinando"… : tenemos los ojos vueltos hacia el pasado.

De aquí que, para poder abrir la tranquera de los deseos profundos, para ser capaces de levantar la cabeza hacia el horizonte de los sueños, lo primero que hay que hacer es dejar de mirar hacia atrás. Por eso, a los desanimados de ayer y de hoy Dios nos grita: "¡No se acuerden de las cosas pasadas! ¡No piensen en las cosas antiguas! Yo estoy por hacer algo nuevo". ¿Qué quiere decir esto? ¿Está mal acaso recordar el pasado? Ciertamente no. Pero esta exhortación de Isaías nos abre los ojos y nos invita a discernir.

La memoria es un regalo que Dios nos da, y como tal es buena, pero no siempre es bueno el uso que de ella hacemos. Hoy, sin embargo, pareciera que la memoria fuera siempre buena: hacemos monumentos y plazas y días de la "Memoria", y hasta la escribimos con mayúscula. Sin embargo, no es lo mismo tener buena memoria que tener memoria buena. Cuando la memoria nos estanca en el pasado, nos impide descubrir lo nuevo que Dios está haciendo en nuestra vida y no nos deja proyectarnos con esperanza hacia el futuro, entonces no es buena. Un ejemplo bien concreto de esto lo tenemos los argentinos en la manera de encarar nuestra historia reciente. Desde hace un par de años, tenemos un nuevo feriado que se llama, si no me equivoco, "Día de la Memoria". Esta "memoria" se empeña en recordar un acontecimiento que considera funesto y traumático: el golpe militar de 1976. La moraleja de esta pedagogía "memoriosa" la oímos con fecuencia: "¡ni olvido ni perdón!". ¿Por qué este empeño de gastar la memoria regodeándose en lo que es nefasto, recordando lo que es "para el olvido", en lugar de usarla para celebrar lo "inolvidable", para aplaudir lo "memorable"? La memoria buena habría llevado a actuar de otra manera: ¿no hubiera sido más positivo poner un feriado el día del aniversario del retorno de la democracia? La memoria buena es la que nos hace volver atrás, al pasado, pero como lo hacen esos autitos de juguete que andan a "retropropulsión": retroceden, pero para poder salir llenos de fuerza hacia adelante. Sólo es buena la memoria cuando es aliada de la esperanza.

Para poder abrirnos con esperanza a las promesas de Dios, necesitamos discernir y purificar nuestra memoria. Sólo cuando nos liberemos de la memoria melancólica y de la memoria rencorosa, sólo cuando descubramos el pasado como fuente de esperanza, podremos "darnos cuenta" de "lo nuevo" de Dios que "ya está germinando" en la diaria alegría de nuestra vida oculta.