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lunes, 8 de enero de 2024

Non confundar in aeternum

    

Cristo enseñando a la multitud (James Smetham)

    Hace ya bastantes años escribí, en este mismo cuaderno cibernético, tres articulillos casi seguidos, describiendo el lastimoso estado de confusión que afectaba al ambiente -incluso eclesial- con ocasión de la legalización del mal llamado "matrimonio igualitario". Aquí están:

Juirle a la confusión (junio de 2010)

Santos Discépolo, ruega por nosotros (julio 2010)

MEA CULPA (julio 2010), que tuvo en su momento considerable repercusión. 

    Releyendo esas palabras hoy, a propósito de la Declaración del Card. Víctor M. Fernández Fiducia supplicans (ratificada del propio Papa Francisco), me siento en la obligación de escribir acerca del tema una vez más. Sobre todo, si considero que cuando escribí esos textos, antes de ser ordenado, no gravaba mi conciencia la responsabilidad pastoral que hoy tengo como sacerdote.

La verdad importa

      En efecto, según el Evangelio, el primer deber del pastor es la enseñanza, el apacentar -alimentar- con la verdad: "Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre, y tuvo compasión de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato" (Mc 6, 34). Sólo después llegará el momento de darles de comer el pan material. Porque "no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4). Dar la verdad es la primera misericordia.

      Mi primera reflexión se encamina precisamente a reivindicar la enseñanza de la verdad como el supremo bien de la persona humana, frente a una incorrecta comprensión de la evangelización, hoy muy en boga, que contrapone la ortodoxia a la ortopraxis, la doctrina a la pastoral, la verdad a la misericordia, abrazando unilateralmente los últimos polos de la falsa disyuntiva y despreciando los primeros como abstracciones, ideología, elitismo intelectual y perenne fuente de condena y división. En cambio, Cristo dice: "Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado" (Jn 17, 3). La vida eterna es conocer una verdad que es Dios mismo. Verdad que, en cristiano, no es una idea abstracta, sino el encuentro real con Cristo, "camino, verdad y vida" (Jn 14, 6), como tan bien lo expresó el Papa cooperador de la verdad, Benedicto XVI, en el comienzo de su Deus Caritas est.

     En efecto, cuando el Señor dio sus últimas palabras a los Apóstoles, les pidió que fueran a todo el mundo, bautizaran, y enseñaran "a guardar todo lo que yo les he mandado" (cf. Mt 28, 20).

         El Espíritu Santo que Dios dejó a su Iglesia para que la guíe es "el Espíritu de la Verdad" (Jn 15, 26), porque es el Espíritu de Cristo, la Palabra hecha carne. Del otro lado, está el "Padre de la mentira" (Jn 8, 44), el "homicida desde el principio" (íd.), el Demonio. El evangelio de San Juan, así, asocia en la persona de Cristo la Verdad a la Vida, y en Satanás, la mentira a la muerte.

           Para los cristianos, entonces, lo que atañe a la verdad no sólo no es secundario, sino que es importantísimo. Siempre la Iglesia fue de pocas cosquillas en estos asuntos, siempre estuvo atenta a oponerse pronto y enérgicamente a las doctrinas que afectaban al dogma y a la moral. La Iglesia toleró bastante los pecados y las incoherencias de sus miembros -incluso los más encumbrados- pero fue siempre más intolerante con las herejías. La Iglesia, así, se mostró consciente de lo perniciosas que son las malas doctrinas, pues en el largo plazo generan gravísimas consecuencias, y bien pero bien tangibles. Esa fue justamente la misión que siempre han tenido los sabios: alertar contra lo que a primera vista parece inocuo. Como el centinela que, desde el mangrullo, donde los de abajo ven sólo una nube sabe reconocer un malón.

La confusión, herramienta del Enemigo

        La mentira se hace digerible sólo haciéndose pasar por verdadera. Por eso la obra maestra del Demonio es la confusión. A Cristo, en el desierto, Satanás le cita las Sagradas Escrituras. Satanás confunde. La Biblia nos alerta, además, contra una confusión que puede ser perpetua: "En ti, Señor, espero; no quede yo confundido para siempre" (Salmo 30, 2). Es decir, que la confusión eterna es otro nombre del infierno. 

            El magisterio de la Iglesia debe ser, por tanto, una fuente de claridad, de luz y de verdad y nunca de confusión. Porque la confusión nunca es inocua. "Cuando ustedes digan sí, que sea sí, cuando digan no, que sea no; cualquier cosa que digan más allá viene del Demonio" (Mt 5, 37).

       Sin embargo, en muchos documentos recientes de la Santa Sede existe una innegable ambigüedad. Ambigüedad en que caben tanto la interpretación ortodoxa como hermenéuticas heréticas. 

        Un ejemplo de particular gravedad se da en el Documento de Abu Dhabi (2019). Allí se declara solemnemente que "la libertad es un derecho de toda persona: todos disfrutan de la libertad de credo, de pensamiento, de expresión y de acción. El pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos. Esta Sabiduría Divina es la fuente de la que proviene el derecho a la libertad de credo y a la libertad de ser diferente. Por esto se condena el hecho de que se obligue a la gente a adherir a una religión o cultura determinada, como también de que se imponga un estilo de civilización que los demás no aceptan." (Francisco, Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común). 

        Aquí se afirma en voz alta algo absolutamente incompatible con la fe en Jesucristo, único Salvador del mundo: que Dios quiere que haya muchas religiones. Más tarde, el Papa, ante los cuestionamientos por estas palabras, autorizó a un grupúsculo de obispos de un ignoto país asiático a que explicaran que en el caso de las religiones, el Papa se estaba refiriendo a la "voluntad permisiva" y no "positiva" de Dios (ver aquí la entrevista a Mons. Schneider), siendo así que las demás diversidades que se enumeran en el texto son del orden natural (sexo, raza, color...) y por tanto de voluntad "positiva". Es decir, que están expresamente confundidos los bienes -que Dios hizo y quiere, como la diferencia sexual- y los males -que Dios tolera pero no quiere, como las idolatrías o las sectas-. Con todo, nunca se corrigió el Documento ni se hizo una aclaración formal. 

             Exigir la clarificación de las ambigüedades -nunca deseables- en los textos magisteriales, para evitar la confusión de los fieles, es lo que pretenden las "dubia" que se elevan al Dicasterio de la Doctrina de la Fe. El género literario de estas consultas y respuestas (responsa) siempre estuvo al servicio de la claridad de los fieles, y por eso sólo admitía la contundente respuesta de "sí" o "no", admitiendo ulteriormente alguna explicación. 

             Sin embargo, el año pasado hemos asistido, con la asunción de Mons. Fernández como Prefecto del dicasterio de marras, a una innovación grande en esta tradición, con ocasión de las responsa a las dubia que algunos cardenales venían presentando desde la aparición de la exhortación Amoris laetitia. Ahora las respuestas, abandonando el tradicional laconismo, fueron párrafos no exentos de nuevas ambigüedades y que, de hecho, suscitaron nuevas consultas que requirieron más aclaraciones...

            El resultado es que el estado de confusión persiste, y "trabaja".

¿Prohibido prohibir?

        Especialmente elocuente en este sentido es la Carta que el Papa Francisco le envió al actual Prefecto explicándole su cometido al frente del Dicasterio de la Doctrina de la Fe. Allí, el Sumo Pontífice le pide explícitamente al nombrado cardenal que no se dedique, como hizo antes esa Congregación, "incluso con métodos inmorales", a perseguir "posibles errores doctrinales", "como enemigos que señalan y condenan", sino unilateralmente en positivo a "promover el saber teológico". Aquí y allá, en esta breve pero importantísima misiva, el Papa, apoyándose en su propio aforismo de que "la realidad es superior a la idea" (Evangelii Gaudium, 233), expresa esa desconfianza de que antes hablamos hacia la "teología de escritorio", la "lógica fría y dura que busca controlarlo todo". 

            El Papa, así, limita la tarea de este importantísimo organismo pastoral de la Sede petrina a promover positivamente la teología sin condenar errores. Pero, comenzando por el mismo Cristo y recorriendo todo el Nuevo Testamento, por no referirnos a los profetas de Israel, los pastores de la Iglesia siempre, además de enseñar mansamente lo positivo, se dedicaron con mucho ahínco a combatir los errores y alertar contra los falsos pastores. ¿Hace falta que escriba páginas y páginas con las citas de todo tipo en este sentido, ciñiéndome solamente a la Sagrada Escritura? Cualquiera los puede encontrar. Particularmente ejercieron esta dimensión de vigilancia -eso quiere decir epíscopo- los Apóstoles Pedro y Pablo, Santiago y Juan. 

                Pero ¿qué problema hay con advertir y prevenir los errores? ¿Qué mal hay en señalar a los lobos del rebaño o a los malos pastores? ¿No "grita con amor" (san Agustín), incluso con celosa violencia, cualquier madre a sus hijos cuando están en peligro cierto? ¿No alerta la sufrida madre pobre a su hijo adolescente contra los peligros de "la calle" y de la "mala junta"? ¿Por qué no ha de hacerlo con nosotros la santa Madre Iglesia? 

            ¿O es que no hay enemigos? ¿O es que vivimos en un mundo ideal donde no hay malos intencionados y somos "fratelli tutti"? ¿O es que las desviaciones en el plano teórico no nos incumben, son discusiones estériles que no tocan la realidad?

            En rigor, no es que el Papa piense que no hay más doctrinas riesgosas para la vida de los cristianos, más bien parece que existe una única heterodoxia, que el Papa sí se encarga -y personalmente, en la misma Carta al prefecto- de condenar: "Necesitamos que la Teología esté atenta a un criterio fundamental: considerar “inadecuada cualquier concepción teológica que en último término ponga en duda la omnipotencia de Dios y, en especial, su misericordia”.

                Sea como fuere, no hace falta estar tan alto en el mangrullo para avizorar las negras tormentas que las grises nubes de hoy anticipan: bastan uno o dos peldaños de altura para que muchos de nosotros, que también tenemos que velar por el común rebaño de Cristo, estemos suficientemente preocupados y muy incómodos con esta magna confusión, en la que muchos otros colegas nuestros parecen aquiescerse con placidez. 

Fiducia supplicans

            Dicho esto, no es novedad que ahora el Card. Fernández salga con un documento barroso, que lejos de sacarnos del pantano nos hunde más en él. Sobre llovido, mojado. Muchos lo han analizado pormenorizadamente, y recomiendo, por su claridad, lo que de él ha escrito su antecesor, el Card. Müller, y también lo que dice el padre dominico Fray Nelson Medina, sobre todo por el respeto y amor hacia el Santo Padre que trasunta.

     Rezamos por él a la Virgen, como está dicho en este blog permanentemente, para que "confirme en la fe a sus hermanos" (Lc 22, 32), y por cada uno de nosotros, pedimos con fe (fiducia supplicans): "Non confundar in aeternum!"


Ayacucho, 8 de enero del año del Señor 2024

martes, 27 de junio de 2023

La deriva de Cáritas

  ¡Pobre barquilla mía, entre peñascos rota,
sin velas desvelada, y entre las olas sola!

                                                                       (Lope de Vega)

El hecho  

    Hace algún tiempo, en el marco de la formación que Cáritas de mi diócesis -San Isidro- ofrece a quienes trabajan en sus numerosas obras educativas y sociales, se dictó un taller que propuso, literalmente, “Des/armar la masculinidad para ensanchar la equidad”. El profesional convocado a conducirlo fue un psicólogo, el Lic. Luis María Urgoity (algunas de cuyas ideas pueden escucharse en este videíto)[1].

¿Cómo llegamos a esto?

Poco tiempo después, en una reunión laboral, me entretuve mirando un lindo cuaderno, algo así como una agenda o anotador, hecho por Cáritas para sus empleados y voluntarios. En las últimas páginas del cuadernillo encontré un artículo acerca de la “educación popular”, propuesto evidentemente como contenido orientador para todos los que trabajamos para los más pobres en las obras de nuestra diócesis.

            Ese texto, firmado por Nicolás Armando Herrera Farfán, es el mismo que fue publicado por la Universidad de San Isidro (institución que pertenece también al obispado) en el número 8 de su revista “Poliedro”, a la que me remito para leerlo completo aquí[2].

            A diferencia del -para algunos de nosotros- inquietante título del taller del Lic. Urgoity, las palabras de este artículo son mucho menos chocantes. Son palabras bonitas. Incluso tienen algo de demasiada dulzura. Y, sin embargo, entiendo que estas “reflexiones colectivas”, aparentemente inocuas y amables, son las puertas abiertas por las que pueden ingresar, campantes, los planteos explícitos de la ideología de género. Y quién sabe cuántas cosas más.

             Es preciso, por consiguiente, ir en primer lugar a las causas del problema, y discutir estos principios filosóficos que Cáritas propone como orientación, para no tener que seguir lamentando la aparición de talleres tan poco formativos como el que tuvo lugar este año.

El artículo del Sr. Herrera Farfán

I.                Las propuestas para una ética de la docencia popular

            El autor, inspirado sobre todo en Paulo Freire -en cuyo honor está escrito el artículo- propone diez “hipótesis” que son, afirma, “reflexiones-provocaciones” sobre la educación popular.

            Me detendré, antes que nada -y para valorar lo positivo- en distintas afirmaciones prácticas que, puestas aquí y allá a lo largo del artículo, van delineando con bastante nitidez una ética concreta para el educador popular.

            “Cada encuentro entre dos seres es un acontecimiento único, una epifanía, una revelación. Hay que asumir el desafío y la fiesta de la vida que se produce en los encuentros entre dos seres” (p. 11).

            “Si se desconoce la vida de los educandos, se puede incurrir en una especie de “invasión cultural” -sin importar las intenciones iniciales-, pudiendo conducir a la inautenticidad, el extractivismo cognitivo y la injusticia epistemológica: pensar que el otro no piensa” (p. 12).

            “En la evaluación son fundamentales la comprensión humana, la dialogicidad y la humildad” (p. 13).

            “Como nadie sabe todo y nadie ignora todo, el educando también educa y el educador también aprende” (p. 13).

”Condiciones planteadas por Freire: “Amar profundamente a las personas y al mundo”, “Una cuota profunda de humildad”, “Tener una fe intensa en las personas” […]” (p. 14).

“El propósito final de la educación es humanista, pues se ocupa de reconocer, promover y/o restituir la condición de humanidad de las otras personas” (p. 16).

            En este nivel de afirmaciones acerca del quehacer concreto se podrá estar más o menos de acuerdo, se querrá acentuar o matizar algo, pero no hay mayores problemas a la hora de asumirlos como norma.

            En cambio, los inconvenientes se presentan en la pretendida fundamentación filosófica de esta suerte de mandamientos pedagógico-populares.

II.             La fundamentación “filosófica”

            Sólo como botón de muestra, analizaremos su primera “hipótesis”, su primera “reflexión-provocación”, que lleva como título “El Ser está siendo”.

Ésta es, en su formulación, categórica:

“Resulta imposible asumir una ontología rígida” (p. 11).

Y en su contenido, decididamente filosófica:

 “El Ser no es una substancia, algo dado, acabado, cristalizado, rígido. El Ser es dinámico, activo, cambiante y cambiable, perfectible, inacabado, inquietante y novedoso. El Ser está siendo, asumiendo el devenir como condición de posibilidad. Pienso en el sentido de aquella máxima de Heráclito de Éfeso de que “nadie se baña dos veces en el mismo río”, pero voy más allá para situarme en la posición de un discípulo avanzado que le advirtió a Heráclito que ni siquiera es posible bañarse dos veces en la misma agua” (p. 11).

            De todo esto parece seguirse esta conclusión -con la que no podemos menos de estar en profundo acuerdo-:

            “Por ello, cada encuentro entre dos seres es un acontecimiento único, una epifanía, una revelación. Hay que asumir el desafío y la fiesta de la vida que se produce en los encuentros entre dos seres” (p. 11).  

            Esta frase es en todo cierta menos en las primeras palabras: “Por ello”.

            Es precisamente a causa de lo permanente, y no de lo cambiante, que cada encuentro entre las mismas personas es único. La auténtica novedad no viene de la mudanza, sino de la hondura. En todo caso, (y casi parafraseando al poeta Bernárdez) así como el follaje y las flores de un árbol provienen de la profundidad de las raíces, el dinamismo y la vitalidad de las personas brotan de la inagotable profundidad de su esencia. No disfruta de la “fiesta de la vida” el que necesita variar de lugar, de gusto, de acción, de amante, de moda, de lo que sea, sino el que encontró en sí mismo y en el otro una fuente permanente de fresca novedad. No experimenta una genuina “revelación” el que hace zapping, sino quien puede ver una y otra vez la misma película sin cansarse jamás. 

            Pero vamos a la argumentación del autor.

            Su primer error es no distinguir en ningún momento que la palabra “ser” no quiere decir siempre lo mismo. Pasa por alto toda la “analogía” del ser. Y por otra parte, lo más llamativo es que lo escribe con mayúsculas (como si se refiriera al Ser absoluto) al mismo tiempo que lo des-absolutiza en todas las formas posibles. Como si quisiera ser Parménides al mismo tiempo que Heráclito. “El Ser es dinámico, cambiante, etc.” Literariamente está todo bellamente dicho. Pero no tiene rigor filosófico alguno. Debería detenerse a explicar qué quiere decir con cada adjetivo que predica del ser (“inacabado”, “perfectible”, “inquietante”, etc.), ya que “filosóficos estamos”… Hay mil preguntas necesarias que pasa por alto. ¿Cómo el Ser con mayúscula va a cambiar? ¿Qué hay distinto del Ser con mayúscula, sino el no-Ser? ¿Qué quiere decir, para el Ser, cambiar, sino dejar de ser? ¿No tendría entonces que llamarse más propiamente “Devenir”, y no “Ser”? ¿No será que habrá seres con minúsculas, además del Ser? ¿Seres que no son el Ser sin más, sino que son esto o lo otro, y que éstos sí pueden cambiar? Si todo cambia en todo sentido, ¿quién es el que cambia? Y si todo cambia, tampoco permanece un sujeto del que poder predicar el cambio. Algo debe permanecer para que exista un cambio. Si todo cambia, no hay nada que cambie. ¿O habrá que admitir que esas realidades cambiantes en realidad no son en sí mismas, sino que son apenas manifestaciones -en última instancia inexistentes- de ese único Ser -ahora sí- con mayúsculas?

            Por supuesto que tiene razón Heráclito. Pero en algo sí, y en algo no. (¡Un filósofo debe tomarse el trabajo de distinguir!) Las aguas del río son siempre otras distintas. Pero hace siglos y siglos que el Paraná, así Heráclito mismo lo quisiera remontar mil veces aguas arriba y navegarlo otras mil aguas abajo, sigue siendo el Paraná.

            Detrás de estas frases del Sr. Herrera Farfán se deja ver, paradójicamente, la idea del ser preconcebido como algo necesariamente unívoco, estático, pétreo, como una especie de cauterizador ideológico que en manos de las élites opresoras estaría coagulando permanentemente toda vitalidad, todo dinamismo y toda novedad, a fin de mantener el sistema reinante. Ahora bien, ¿acaso toda concepción del ser es de por sí contraria al “estar siendo”? Y sobre todo ¿es necesario recurrir al puro devenir para evitar cualquier asomo de rigidez racionalista en el acceso a la realidad del mundo y de los otros? 

En algunos de los muchos adjetivos que hilvana el Sr. Herrera se adivina un desplazamiento de la ética al terreno de la realidad objetiva. Estaríamos de acuerdo en que somos nosotros los "inacabados", los "imperfectos", los que debemos por ello guardar una suerte de "humildad metódica" ¡pero no es el "Ser" en sí mismo el que es inquieto e "inquietante"! A la inversa, sostener la existencia de seres sustanciales -es decir, de identidades estables, cuya profundidad remite al Ser creador y por eso mismo son siempre sorprendentes- no nos convierte a quienes las conocemos en soberbios y totalitarios.

El puro devenir heraclitiano, que bellamente profesa Herrera Farfán, es, finalmente, incompatible con la visión del mundo como creación de Dios, que nos enseña la Biblia. Porque todo lo que existe proviene de un “amor” que es “eterno” (cf. Salmo 136). Porque Dios es Amor (1 Jn 4, 8). Y ese amor no es hoy sí y mañana no (cf. 2 Cor 1, 19), es amor fiel, incondicional, estable y firme. El ser de Dios es la más dinámica de las vidas: es el amor -decía Dante[3]- “que mueve el sol y las estrellas”. Es el Ser que hace ser. Es el Inmóvil que mueve. Y por ende todas las cosas participan, a su medida, de su “estabilidad”, de su “firmeza”, porque participan de su ser, que es amor eterno. Las cosas tienen consistencia. Tienen identidad. Tienen nombre. Y por eso merecen respeto.

Lo enseña rotundamente el Concilio Vaticano II: “La Iglesia afirma que bajo todas las realidades cambiantes hay muchas que no cambian, porque tienen su fundamento último en Cristo, que es ayer, hoy y el Mismo para siempre”.[4]

III.           El “senti-pensar” como método

Al cabo de unas líneas uno comprende que el autor no ha pretendido ser prolijo en sus términos ni en su argumentación. Son -lo advirtió- “reflexiones-provocaciones”, y se me antojan frases de contenido filosófico disparadas al aire como las municiones de un escopetazo, sembradas al voleo con premeditado descuido lógico. Ponerse a rebatir, como hemos intentado, cada una de las afirmaciones y a hacer ver su inexistente trabazón interna llevaría mucho tiempo y parece improcedente, e incluso irrespetuoso (¡líbrenos Dios!), sobre todo cuando esta coherencia argumentativa no parece haber sido siquiera buscada. 

Sea como sea, no se puede proponer una fundamentación pretendida -o mejor pretensiosamente- ontológica de la educación con palabras, por momentos bonitas (“esperanzar”, “sentipensar”), por otros abstrusas (“sujetidades”, “situacionalidad”) y siempre inconsistentes. No se puede decir en el primer párrafo que el “Ser no es algo dado” (p. 11) y luego hablar de una “investigación” (p. 12), de un “ethos” popular (p. 12), reconociendo así una identidad, por variable que sea-…  ¿Cómo compatibilizar ese respeto del educador, esa humildad, esa consideración a la alteridad (sí, señor: me seguiré resistiendo a decir “otredad”) del otro con un “conocer que es praxis” (cf. p. 15)? ¿No era primero lo investigativo? ¿De qué realidad se puede hablar si todo es un “decurso”? ¿Cómo hablar de “humanizar” (p. 16), si no podemos decir -seríamos tan esencialistas- qué es lo humano, pues siempre cambia? ¿Y qué es esa “naturaleza” (p. 12) que debemos respetar, y que es una “sujetidad” (p. 12)? ¿Se puede hablar sencillamente de “realidad” (p. 15) desde un puro devenir?

Acaso la respuesta a esta perplejidad la encontremos en la novena “reflexión-provocación” (p. 16) donde el autor confiesa que en realidad no piensa: él “senti-piensa”.

Por supuesto que detrás de este infausto neologismo de “senti-pensar” se puede benignamente reconocer una búsqueda de corrección al racionalismo frío, un esfuerzo de superación del espiritualismo desencarnado y del objetivismo a-histórico, etc. Sea. Pero una cosa es querer destacar la integralidad del ser humano en la acción de conocer, y otra, muy distinta, "producir" confusión.

Porque hay que decirlo de una vez: no es lo mismo sentir que pensar. Son acciones distintas, y tienen objetos distintos, por más que se den en un mismo sujeto. Y que sean distintas no quiere decir que se den separada o desintegradamente. Es el mismo animal el que huele y ve, pero no “olfa-mira”. Con un sentido, percibe los colores y las formas, y con otro sentido distinto, los olores… Y es el mismo animal, sin desintegrarse ni empobrecerse. Con mucha más razón, nosotros, animales racionales, con los sentimientos, sentimos; con las emociones, nos emocionamos; y con la razón, entendemos.

Distinto hubiera sido referirse al influjo recíproco entre el conocimiento y el afecto espiritual (el amor), que no se excluyen, porque están en el mismo orden. Y que santo Tomás llamaba “conocimiento por connaturalidad”.

Distinto hubiera sido traer a cuento las distinciones tan certeras y fecundas como las que los medievales hicieron entre “razón” (la facultad de razonar, de elucubrar, de argumentar, de “pensar”) y “entendimiento” o “intelecto” (el que entiende, el que intuye, el que ve cómo son las cosas, el que hace el juicio). Quizá habría sido suficiente con estudiar de qué se trata esta dimensión “no racionalista” del entendimiento humano para quedar a salvo de esa “invasión cultural” y de ese “extractivismo cognitivo” que -no lo dudo- maestros de mentalidad colonizadora aplican irrespetuosamente a sus alumnos.

Distinto hubiera sido conocer un mínimo del tesoro milenario del pensamiento cristiano...

En cambio, qué poco ayuda proponer la confusión deliberada de entreverar emociones y pensamientos (“Sentir-pensar-actuar”, propone Herrera Farfán en la pág. 16, reformulando aquella célebre tríada).

A fin de cuentas, si el conocer es una praxis, y el conocer es senti-pensar, y entonces el autor sobre todo ha querido producir en sus oyentes “senti-pensamientos”, pues bien, parece que lo logra. Y el lector no iniciado al pensamiento filosófico, conmovido en sus sentimientos por los párrafos retóricos y palabras bonitas de ética aparentemente cristiana, al final asentirá -aunque sea oscuramente- a los presupuestos de una filosofía ajena a la realidad e incompatible con la fe. Y que -digámoslo las veces que haga falta- no es inocua, porque desactiva todas las defensas con las que poder reconocer los errores de la ideología con los que las élites intelectuales de hoy nos colonizan, con la (¿inadvertida?) complicidad de muchos de los "propios". Una filosofía del devenir absoluto, madre e hija de esta in-sociedad de lo líquido en que estamos, no hace más que seguir habilitando la licuación y la liquidación de todas las identidades, con las terribles consecuencias psicológicas y sociales que eso conlleva.

El resultado de lo confuso no puede ser sino más confusión. El senti-pensamiento metódico, así sea en aras de un objetivo deseable, bello y agradable termina siendo un aval a lo contradictorio y a lo inconsecuente. El público senti-pensante es y será tan dócil a las propuestas (las sensatas y las no tanto) del Sr. Herrera Farfán como a las de quien lo invite a desarmar la masculinidad, o a lo que sea. En una palabra: será manipulable. 

Porque hete aquí que vivimos en una era de “pensamiento débil” y de permanente interpelación a nuestra dimensión afectiva y animal. Podríamos decir sin temor a equivocarnos que la inflación de lo emotivo es un requisito de la sociedad capitalista, que nos necesita consumidores insaciables, genuflexos ante la manipulación publicitaria. Incluso los debates de temas tan medulares como la legalización del aborto se libraron, justamente, en el terreno del sentimiento, apelando casi únicamente a las emociones, y nunca a la razón, ni siquiera en su expresión científica. Menudo favor le haremos a nuestra gente si, embarullándola con argumentos mitad emotivos, mitad retóricos, no le enseñamos a desarticular, con su inteligencia, las artimañas de quienes quieren permanentemente manipularlos desde cualquier tipo de propaganda. ¡Esto no hará más que hacerlos cada vez más vulnerables frente a las “colonizaciones” ideológicas! 

Conclusión

Como remate de su artículo, y muestra elocuentísima de las riberas en las que esta filosofía del devenir desemboca, el autor nos termina proponiendo: “Amar es enfrentar los sistemas político económicos de muerte, enajenación y deshumanización. Se trata del “amor eficaz” de Camilo Torres” (p. 17). Sí, señor: la reflexión colectiva de Cáritas se cierra con la referencia a ese sacerdote colombiano que dejó la parroquia para hacerse guerrillero, hasta literalmente morir matando, con el fusil en la mano. 

Pues, ¿qué decir? Son “senti-pensamientos”… bastante peligrosos.

                                                                                           §§§§

Al verla dolorosamente huérfana, buscando fundar su pensamiento y su acción no en nuestra propia tradición -¡que la tenemos, válgame Dios!- sino en la filosofía hegeliana, como soltando adrede sus amarras en el río del puro devenir, es lógico que nos alarmemos de las derivas que Cáritas de la diócesis de San Isidro va teniendo. Lo peor del caso es que, puesto que en el turbulento río de Heráclito y en las turbias aguas del Sr. Herrera Farfán nada permanece, esta deriva de Cáritas me hace temer que, a fin de cuentas, sea Cáritas misma la que está a la deriva.

¡Pobre barquilla mía, entre peñascos rota,
sin velas desvelada, y entre las olas sola!
                                                                       

Notas
:

[1] Esta iniciativa ya había tenido un antecedente organizado por la misma Cáritas y la Universidad de San Isidro, con una capacitación sobre “Nuevas paternidades y nuevas masculinidades” dictada por la ONG Pro Mundo. https://caritassanisidro.org.ar/nuevas-paternidades-y-nuevas-masculinidades/. La perspectiva de género aparece muy atractivamente presentada en una publicación de Cáritas nacional llamada “La otra pandemia”. https://caritas.org.ar/Documentos/LaOtraPandemia_2021.pdf

[2] HERRERA FARFÁN, Nicolás Armando. “Reflexiones sobre educación popular. A propósito del centenario de Paulo Freire”, en Poliedro 8 (2021), 10-19Se puede ver aquí: https://usi.edu.ar/publicacion-archivos/numero-8-completo/ . Allí el autor reconoce que el contenido de su artículo fue fruto del trabajo conjunto con el equipo de educación de Cáritas San Isidro en un taller efectuado el 17 de octubre de 2021. 

[3] Divina Comedia, Paradiso, XXXIII, v. 145.

[4] Conc. Ecum. Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, 10.