domingo 31 de enero de 2010

La fidelidad de las cosas


"Los primeros días de esas vacaciones, pasados en la estancia,
fueron para Judith una permanente alegría.
No esperaba hallar los mismos detalles en el amado paisaje
y la enternecía la fidelidad de las cosas".
Hugo Wast, La que no perdonó.

Desde hace varios años a esta parte tengo, cada vez que vuelvo al campo, la extraña sensación de que estoy yendo por última vez. Esto se explica, por un lado, por la “libertad condicional” en que vivo desde que entré al seminario, y por otro, por el fantasma de la venta del campo, que es un sentimiento casi idéntico al miedo inmotivado que uno a veces tiene de que se le muera su padre, o un amigo, o un hermano...: el temor de perder el bien amado, que es la contracara de cualquier amor.
Entonces, cada vez que voy a “El Rodeo”, lo miro sedientamente, como si cada imagen tuviera que quedar grabada para siempre en mi retina; lo aspiro, lo siento, lo vivo con la ansiedad devoradora de la mirada postrera.
Volver al lugar donde pasé infinitas horas de toda mi vida, desde la primerísima infancia, pobre de conciencia pero rica de sensaciones, hasta esta reflexiva adultez, me genera una serie de emociones tan densas, tan arcaicas, que sólo alcancé a balbucirlas un mes atrás, al reencontrarme con esa frase tan certera del gran Hugo Wast: “Como si en los años de ausencia todo hubiera debido cambiar, no esperaba hallar los mismos detalles en el amado paisaje y la enternecía la fidelidad de las cosas”.
La “fidelidad de las cosas”. Cada detalle del camino me va dando la bienvenida: la misma ruta 74, el mismo asfalto vencido, los mismos montes a lo lejos, amados en las distintas formas que toman según de dónde se los mira; las mismas estancias vecinas, con sus mismas entradas; los mismos carteles viejos en el camino del deslinde, guardando celosamente la distancia con Cangallo, La Constancia e Iraola... y sobre todo, la misma fidelidad precámbrica de la sierra -de mi sierra-, verdadera alma de mi pago chico.
Ciertamente, es conmovedor volver a un paisaje que es el mismo, exactamente el mismo que quiero sin saber desde cuándo, desde que lo vi con los ojos asombrados y el corazón virgen de la niñez, y sin querer ni saber cómo ha quedado como estampado en el alma, de modo que casi no se puede distinguir de mi propia identidad. ¿No dijo Atahualpa Yupanqui que “el hombre es paisaje que anda”?
El amor a este paisaje querido es tan primario, tan natural, tan espontáneo como el amor a la madre o el amor a uno mismo. Con todo, en ese lugar amado, en esa “querencia”, hay algo que está ahí delante, algo objetivo, algo que es distinto de mí mismo. Con ser profundamente mío, sin embargo yo no soy el dueño de ese paisaje, ni el señor de ese horizonte.
Volver a ver lo que vi toda mi vida desde la galería -ese serpenteo verde que hacen los mimbres del arroyo Tandileofú y los eucaliptus de “Las Coloradas”, esos recortes en el horizonte que podría reconstruir con los ojos cerrados- tiene la contundencia y el gustazo de un verdadero encuentro: no es puro narcisimo. Mi paisaje querido tiene identidad propia: es mío, pero no soy yo. Por eso le puse un nombre: “Ayacucho”.
(Que no es el Ayacucho de los mapas, porque la querencia es algo mucho más chico y acotado que el partido o el cuartel. El “pago chico” es esa porción del pago que uno incorporó a la retina sin necesidad de mirarla, sino a fuerza de verla, nomás, y de tanto dejarla entrar por los ojos, sin esfuerzo, durante toda una vida, hasta que se ganó en el corazón).
Ese encuentro borrascoso, ese abrazo mitad lúcido y mitad atávico entre el paisaje y yo se da cada vez que vuelvo a “El Rodeo”. Y tiene el gusto raro del desfasaje entre su fidelidad y la mía. Él es siempre el mismo: me recibe cada verano con el mismo olor a menta en el campo y el mismo olor a jazmín en la galería, y cada invierno con la misma fiesta en el chispear de la chimenea; me sostiene cada año con las mismas baldosas coloradas, cuarteadas por el paso y el peso de la vida; me renueva cada vez con esa agua inmejorable, que ceba mejor que ninguna aunque haga lavarse la yerba al tercer mate... Yo, en cambio, no soy siempre el mismo: vuelvo cada vez más cambiado, porque mi paisaje interior se renueva cada año, incorpora nuevos aires y nuevos cielos, y, sobre todo, se puebla de nuevas personas.
Pero ¿no es eso, justamente, lo lindo de volver? ¿No es acaso lo propio de cualquier regreso este reencuentro del que se fue, del que cambió de pago, con su paisaje primero? Volver tiene mucho de encuentro con lo que uno había perdido, de restitución de un bien robado, acaso, por el olvido. Uno recibe “desde afuera” cosas que, sin embargo, no podrían ser más “de adentro”...
Si las cosas no fueran “fieles”, si el paisaje perdiera identidad, ya no tendría sentido volver, como lo dice magistralmente la zamba de Marta Mendicute:

“La casa ya es otra casa;
el árbol ya no es aquél...
Han volteado hasta el recuerdo,
entonces ¿a qué volver?

La magia ya se ha perdido
¿quién la pudiera encender?
Ni la tierra ya es de tierra,
entonces, ¿a qué volver?”

Volver, en ese caso, ya no sería volver a ninguna parte, porque uno vuelve siempre al niño que fue, a la propia identidad olvidada y que el paisaje guarda, celosamente, como un tesoro...
Muchas veces uno tiene la experiencia de volver. Puede volver a su escuela, a la casa en que vivió de chico, a la iglesia de su barrio... Pero no es fácil volver después de casi treinta años a un lugar y que esté tal cual uno lo recuerda, igual a como uno lo dejó. Siempre los lugares cambian un poco, son como uno, que sigue, sí, siendo el mismo, pero no... Hay un poco de gozo por el reencuentro y otro poco de tristeza por la ausencia, por la irrevocabilidad de lo que ya no vuelve más. La vuelta, entonces, tiene una medida de dulzura y una de amargor.

En “El Rodeo”, en cambio, todo está como siempre. Los árboles viejísimos, la casa sencilla, los muebles, los colores, hasta las fotos de la casa que siguen diciendo la novedad del primer casamiento de la familia o que se estancaron en la infancia de los primeros nietos... Eso, que quizá sea un indicio de muerte, para mí es fuente de vida. Todo es igual en el campo. Es verdad que los vientos han cambiado apenas los montes desde la galería: éste está más desdentado, aquél se desflecó un poquito; el nuestro ya deja pasar la luz del sol y se han muerto de pie las lambertianas añosas que eran nuestras guaridas de infancia. Pero cuando me siento en la vieja hamaca, respiro eucaliptus puro y miro ese mismo horizonte que sube y que baja, me dejo mecer por la borrachera del recuerdo, y ya no sé si soy yo hoy o si soy ese chiquito despreocupado jugando en el arenero, esperando que alguna voz querida me llame para almorzar.

jueves 24 de diciembre de 2009

Llega Dios... como una lluvia

Hoy me despertó una lluvia gozosa cayendo en la ventana que tengo sobre mi cabeza y que, empotrada en el techo, mira directamente al cielo.
Tal vez a algunos el "mal tiempo" les fastidie el día frenético de compras y de quehaceres. Pero a mí se me hace que no hay nada más expresivo del misterio que celebramos en la Navidad que esta lluvia mansa que nos regala el cielo.
Durante todo el Adviento la Iglesia nos hizo pedir con misteriosas palabras de Isaías: "Cielos, destilen el rocío; nubes, lluevan al Justo; que la tierra se abra y germine al Salvador y que con él brote juntamente la justicia...". Jesús, el Justo anhelado, es la lluvia de las nubes y el rocío del cielo. Jesús quiere venir hoy como lluvia sobre el polvaredal sediento de nuestros corazones.
El obrar de Dios en la historia se puede expresar con mil imágenes. Se podría hacer un riquísimo elenco de los símbolos presentes en las teofanías de la Biblia: fuego, viento, temblor, luz, tempestad... Pero no es tan fácil describir lo propio de la Navidad, que es la paradoja increíble del amor de un Dios "que siendo grande se hace pequeño; que siendo rico, se hace pobre; que siendo fuerte, se hace débil"... La Navidad, siendo el culmen de la Revelación -Dios diciéndoSe del todo y definitivamente a los hombres- es a la vez tan escondida, tan recóndita, tan oscura... Dios naciendo en un establo perdido entre las montañas de Judá, en lo más denso de la noche, prácticamente solo... La luz de la Navidad (la"gran luz" que ha visto "el pueblo que caminaba en tinieblas") es cualquier cosa menos encandilante. Dios ya no eligió manifestarse en los grandes signos sino en la sencillez más rotunda y en la pobreza más absoluta.
La Palabra que Dios pronuncia en la Navidad no es el diluvio del salmo 28: es la llovizna serena que llega silenciosa y que uno encuentra al despertarse, como hoy, sin saber bien cuándo empezó. Tiene la humildad del rocío que riega cuando nadie lo ve, pero también su generosidad que siempre nos precede, que siempre nos gana de mano. En efecto, cuando los únicos testigos del milagro, los humildes pastores, llegan al pesebre, ya el Cielo "había llovido al Salvador".

Mirar la Navidad como un misterio de lluvia me da una inmensa esperanza, porque el mismo Isaías dice: "Como la lluvia y la nieve bajan del cielo y no vuelven sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, dando semilla al que siembra y pan al que come, así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo". La lluvia de hoy ha venido para quedarse, va a regar eficazmente nuestro corazón y va a dar el fruto que Dios quiere.
Por eso, cuando también nosotros, como los pastores, nos acerquemos esta noche a Belén para encontrarnos por fin con el agua tan ansiada, con la luz tan prometida, y reconozcamos en ese chiquito "envuento en pañales" a nuestro Rey y a nuestro Dios, tal vez nos demos cuenta de que esa Lluvia divina, ese Rocío celestial que hoy agradecemos con el gozo del final de la sequía ya estaba desde antes, desde siempre, regando nuestra vida, sin que nos diésemos cuenta. La Luz hecha llamita en la noche oscura, el Señor de la tormenta hecho mansa llovizna temprana, el Dios hecho Niño nos va a decir que él ya estaba con nosotros en cada lucecita, en cada gota de agua de nuestro camino cansado. Y, tal vez, -ablandada nuestra tierra dura por esta lluvia de humildad- conmovidos ante Jesús, se abran nuestros ojos y empecemos a reconocerlo presente "en cada hombre y en cada acontecimiento" de nuestra vida, y con el corazón agradecido, aprendamos a ser también nosotros lluvia que alivia, que riega, que alegra y que amansa, para quienes nos rodean.
¡Feliz Navidad!

sábado 21 de noviembre de 2009

Un rey que hace reinar

Una "impotencia" cultural
Celebrar hoy a Cristo Rey es más difícil que en 1925, cuando Pío XI instituyó esta fiesta. Salvando a la minoría que, apretando los dientes (y refunfuñando contra Pablo VI y Juan Pablo II), ha sabido seguir siendo monárquica, los católicos del siglo XXI somos tan culturalmente “democráticos” que nos es difícil encontrar en la figura del “rey” alguna connotación positiva. Esto se acentúa en un país como el nuestro, que consideramos que nació cuando “rompió las cadenas” de la corona española. En nuestra historia oficial, “realista” se contradice con “patriota, independiente, libre”. La libertad es lo que se consigue eliminando al “rey”. No solemos distinguir entre monarquía y tiranía: para nosotros no hay una que no termine en la otra. Sintomático de esta cultura es que los sistemas más dictatoriales y menos democráticos se embanderan también ellos en la “democracia” (piénsese, p. ej, en la República “Democrática” Alemana, en las elecciones “democráticas” de nuestro país fraudulentas o en las realizadas con el peronismo proscrito, y todavía hoy en las “democracias populares” comunistas).

Definitivamente, no nos hace gracia ver el poder concentrado en pocas personas, y menos en una sola. En la base de este sentimiento de anti-monarquía y anti-oligarquía hay una determinada concepción de qué es el “poder”. En el fondo me parece que todos adolecemos en mayor o menor medida de una suerte de “anti-arquía”: el poder es siempre algo negativo. No somos “an-arquistas”, sin más, por el hecho de que consideramos el poder algo indispensable para poder convivir los hombres. Pero entonces el poder es algo así como un “mal necesario”: cuanto menos concentrado, cuanto más diluido, tanto más soportable.

Esta concepción negativa del poder se deja ver en el generalizado miedo "posmoderno" a ejercer la autoridad: los padres no quieren ser padres sino “pares”; los maestros y directores no quieren ser maestros ni directores sino compañeros y amiguitos.

Pero también en la Iglesia se nos ha infiltrado esta noción: de ahí que encontremos muchas veces una verdadera “alergia al poder”, un rechazo visceral a la verticalidad, a los títulos, a los cargos, a las responsabilidades... Uno conoce, a veces, a sacerdotes que no quieren ser párrocos, curas que prefieren no ser llamados “padre” ni distinguirse por su hábito, pastores que se refugian en formas de conducción deliberativas, participativas, comunitarias, etc. para no tener que ejercer la autoridad. La concepción negativa del poder se nota incluso en cómo se concibe, no sólo el poder de la Iglesia, sino el mismo poder de Dios. Para algunos, también éste parece una amenaza... Más de una vez he oído cómo en la oración litúrgica se evita la fórmula "Dios todopoderoso" y se la reemplaza por "Dios todobondadoso", "Padre bueno", etc. Detrás de estas adaptaciones -sin duda motivadas por criterios pastorales- se esconde, me temo, una noción falaz del poder de Dios como algo amenazante y temible, como algo radicalmente opuesto a su bondad y a su cercanía.

Esta alergia a la autoridad es entendible como reacción a tantos abusos de poder, sea en el mundo, sea en la misma Iglesia. Pero que sea entendible no la hace ni buena ni conveniente. Se cumple aquí la vieja “ley de la reacción” que nos enseñaba el maestro Emilio Komar: “demasiada oposición es subordinación”. Con la demonización del poder y de la autoridad no arreglamos los abusos autoritarios del mundo ni de la Iglesia. Por el contrario: generamos confusión y anarquía, que no son sino el umbral del autoritarismo y la tiranía. Porque el poder está ahí, inevitable: tarde o temprano, las personas adultas se encuentran de hecho revestidas de alguna potestad, y si están enfermas de esta “alergia al poder”, no saben qué hacer: entonces, o bien se niegan a ejercerlo (generando un desgobierno que muy pronto se cristaliza en la tiranía del más fuerte), o bien lo ejercen tal como lo conciben: autoritariamente.

Cristo Rey como poder redentor y redención del poder
Gracias a Dios, la Palabra de Dios en la liturgia de Cristo Rey viene a liberarnos de este maniqueísmo del poder. A la destructividad infernal del poder humano (que se había mostrado como nunca antes en la “Gran Guerra” de 1914-1918), Pío XI no opuso una paz romántica, utópica y “anti-arquista”. El Papa, con los pies en la tierra, no condenó el poder, sino que señaló a Jesucristo Rey del Universo como paradigma del verdadero poder, que es el que viene de Dios.

La liturgia de Cristo Rey nos presenta, en dos textos apocalípticos (Dn 7, 13-14 y Ap 1, 4-8), a Jesús, el glorioso “Hijo del hombre”, como “Rey de los reyes”, como el “Todopoderoso”, Señor de todos los reinos de la tierra. Hasta aquí, podríamos pensar que el Señorío de Cristo y el Poder de Dios no son sino la proyección ultraterrena de esta concepción más humana y negativa del poder. Desesperados bajo la opresión de los poderosos de turno, nos consolamos pensando que Dios es más poderoso que ellos, y que al final se invertirán las cosas y Él les aplastará la cabeza a los que ahora se dedican a aplastársela a otros... Algo de esto, es verdad, está presente en toda literatura apocalíptica.

Pero el Apocalipsis glorifica a este "Príncipe de los reyes” no porque aniquiló a sus enemigos sino porque “nos amó, nos liberó de los pecados y nos hizo Reino, sacerdotes de su Dios y Padre”. Los reyes de la tierra necesitan aplastar y oprimir para “hacernos sentir su autoridad” (cf. Mc 10, 43) ... Jesús también tiene autoridad (cf. Mc 1, 22): tanta, que no necesita "hacérnosla sentir". Su autoridad cumple el sentido etimológico de la palabra "auctoritas", que viene del verbo augere, que significa "hacer crecer". El Hijo del hombre del Apocalipsis es Rey haciéndonos "reino", haciéndonos reyes. Es Rey haciéndonos no víctimas, sino sacerdotes. Es la lógica de Dios, la verdadera lógica del Amor, que “infunde respeto” no por la condena sino “por el perdón” (cf. Sal 129).

La realeza de Cristo revela el “estilo” de siempre de Dios, su Padre, que en su Amor le dio todo lo que era y tenía. La generosidad de este Rey muestra el corazón de Dios, que es la Vida dándonos la vida, que es el Ser dándonos el ser, que, a fin de cuentas, “es dándose”. Todo el Poder de Dios es Amor. No hay contradicción alguna entre su poder y su amor.

¿Qué hacemos nosotros, entonces, con el poder, con esta realeza que él mismo nos da? Dios nos mostró el Camino en su Hijo Jesús, que vivió el poder como hombre entre los hombres. Tomaremos aquí sólo dos aspectos de su enseñanza: por un lado, el poder como renuncia a las riquezas y a la propia voluntad; por otro, el poder como servicio. Ambos se pueden resumir en su obediencia de Hijo.

En el Monte de las tentaciones (Mt 4, 8y ss.) el Diablo le ofreció todos los reinos de la tierra: pero a las tentaciones de poder y ambición él antepuso siempre la obediencia al Padre. Sin embargo, la "renuncia" de Jesús no consistió en "abdicar" del poder, en la irresponsabilidad de desentenderse de él, sino en ejercerlo conforme la voluntad de su Padre. De hecho, usó de su poder sirviendo a los demás, como veremos a continuación. El extremo de la obediencia y el extremo de la renuncia se encuentran en el Monte de los Olivos y en el Monte Calvario: allí Jesús por obediencia al Padre renuncia incluso a su propia vida. Sólo entonces, después de haber purificado toda posesividad y renunciado a toda ambición, Jesús resucitado recibe del Padre “todo poder en el cielo y en la tierra”, como dice en el Monte de la misión (Mt 28, 16 y ss). Jesús parece enseñarnos que sólo tiene el poder quien sabe renunciar a usarlo para sí mismo, y lo usa para los demás. Es lo que los autores espirituales explicarán diciendo que "sólo poseemos aquello a lo que renunciamos". Es la ley fundamental de la vida de Jesús: "el que quiera guardar su vida, la perderá..." (Mc 8, 34).

El “Príncipe de los reyes de la tierra” (Ap 1, 5) que contemplamos glorioso en Daniel y el Apocalipsis es también el Rey del Evangelio de Juan, cuyo “reino no es de este mundo” (19, 36), el Rey de los judíos coronado de espinas. El es el "Príncipe", el primero de los reyes... ¿Qué significa eso "en cristiano"? "El que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos" (Mc 10, 44). Por eso agrega el Apocalipsis que es un "Rey que nos hace Reino": en la tierra, Jesús estuvo en medio de nosotros "como el que sirve" (cf. Lc 22, 23): es decir, vivió tratándonos a todos “como a reyes”. Así ejerció su realeza: haciendo reyes a los demás mediante el servicio.

Él, hoy, quiere cumplir con nosotros la promesa hecha al Pueblo de la antigua Alianza (Ex 19, 6) y hacernos también a nosotros reyes, pero reyes a su estilo, reyes del “reino de la verdad y de la vida, reino de la santidad y de la gracia, reino de la justicia, del amor y de la paz” (Prefacio de Cristo Rey). El Apocalipsis, antes de mencionar que nos hace "reino", dice que "nos amó y nos liberó de los pecados". Para que podamos ser "reyes", Jesús nos desata de las cadenas del egoísmo y de la ambición, esas cadenas que nos ciegan porque nos hacen mirar a Dios y a los hombres como amenazas para el propio poder y para la propia libertad. Esta liberación la va consagrando en nosotros “el óleo de la alegría”, el Espíritu Santo, que nos empuja interiormente a "no vivir ya para nosotros mismos" (Plegaria eucarística IV), sino dando vida a los hermanos, sirviéndolos y tratándolos “como a reyes”, y de esa manera hacer crecer el Reino como lo hizo Jesús, nuestro Hermano y nuestro Rey, a quien sean la gloria, el honor y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles 28 de octubre de 2009

Libertad de mentira

“Prefiero mil millones de mentiras antes que ser responsable de cerrar la boca de alguien. Es la verdadera forma en que entiendo la libertad, los derechos humanos y la participación democrática."
(Cristina Fernández de Kirchner, Acto de homenaje a los miembros de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos -CIDH-, en la ex ESMA, 11-09-2009).

La presidente de todos los argentinos, rodeada de militantes de organizaciones de derechos humanos, en medio de las acusaciones que se le hacían por la “ley de medios”, explicaba, con estas palabras, su decisión de eliminar el delito de injurias y calumnias. “Prefiero mil millones de mentiras a ser la responsable de haberle cerrado la boca a alguien”... ¿Fue sólo una exageración retórica o lo dijo en serio?
Como fuera, lo cierto es que cuando leí esta sentencia sentí un escalofrío. Peor me sentí más tarde, cuando noté que la frase que disparó la presidente había entrado sin provocar reacción alguna...
Intentemos comprender, con benignidad, el mensaje de la señora presidente. Ella nos dice, muy expresamente, que ésta es su “manera de entender la democracia, la libertad y los derechos humanos”... ¿Cuál es, entonces, su idea de “libertad”? ¿Qué derechos son “derechos humanos”? Intentemos pensar la respuesta.
Primera hipótesis: en su escala de valores la libertad parecería ser un valor absoluto. Si esto es así, no hay nada que justifique limitar la libertad de una persona. Ahora bien, la señora Cristina y quienes aplaudían sus palabras defienden la democracia. Podemos suponer, entonces, que ella adhiere a esta suerte de axioma básico de la cultura democrática: “todo ciudadano tiene derecho a ser libre en tanto que no lesione los derechos de los demás ciudadanos”. De aquí que se oponga con todas sus fuerzas a la impunidad de los militares que violaron gravemente derechos humanos de otros (y no sólo el derecho a la libertad, sino también el fundamental derecho a la vida). Por eso, existen leyes y prohibiciones: no hay libertad para matar, ni para torturar, ni para robar, etc. Pero por lo que se ve, para la presidente sí puede haber libertad para injuriar y libertad para calumniar.
Si perseveramos en nuestro intento de deducir alguna idea que rija todo esto, y no cedemos a la tentación de pensar que la ideología ha cegado la razón, desarmado toda coherencia y hecho estallar cualquier lógica, nos queda concluir que, evidentemente, para nuestra suprema gobernante, mentir es algo inocuo –o, por lo menos, algo “mil millones de veces” más inocuo que poner límites a la libertad-. Y eso es lo falaz, y eso es lo grave.
¿Por qué condenar el robo y la violencia y no la calumnia? ¿Será tan ingenua la señora Cristina de pensar que por ser "palabras" y no "hechos" las mentiras son menos dañinas? La verdad y la mentira nunca son sólo palabras. Aunque ahora parezca una cuestión teórica o de palabras, abrirle las canillas a la mentira puede producir ríos de sangre. Las palabras no son inofensivas: la palabra humana -sobre todo donde se desprecia y pisotea la verdad- puede sembrar el odio y desatar la guerra.
Aquí no se trata sencillamente de “libertad de expresión” o de “libertad de prensa”. El legítimo derecho a sostener y expresar las propias convicciones no tiene nada que ver con un pretendido derecho a mentir, y menos a calumniar públicamente a otra persona. ¿Es posible abrirle así las tranqueras a la mentira sin ofender gravemente los fundamentos de la sociedad? Tener derecho a injuriar y calumniar públicamente no es defender, sino pervertir la libertad de expresión.
Lo más inquietante del asunto es la falta de inquietud: nadie reaccionó. El proceso de descrédito de la verdad ha llegado a una altura notable. Está presente y operante por todas partes la idea de que el relativismo es una condición necesaria de la vida democrática. Quien habla de “la verdad” es un sujeto sospechoso. Cuantas menos convicciones firmes, más pluralismo; cuantas menos verdades, más democracia. “Verdad” es igual a uniforme, a censura, a represión. Tanto ha penetrado esta noción de “verdad” como archienemiga de la libertad que ahora la señora Cristina Fernández puede muy serenamente establecer el derecho a faltar directamente a la verdad, el derecho a mentir abiertamente, y nadie dice nada.
Pero por más anestesiadas que estén nuestras conciencias no deja de ser cierto que estamos hechos para la verdad, y que es fundamental en cualquier persona el derecho de buscar libremente la verdad y de expresar abiertamente sus convicciones sobre ella. Decía el viejo Cicerón: “Antes que todo, es propia del hombre la búsqueda y la investigación de la verdad” (De officiis, I, V). De aquí justamente emana el derecho inalienable a la libertad de pensamiento, de expresión, de prensa, etc. Es el deber y el derecho a “pensar sobre el sentido de la existencia tal como [a cada uno] le parezca justo, a dar su juicio sobre la vida y la muerte, el trabajo y la propiedad, la familia y el Estado (...); decir su propia opinión y vivir conforme a ella, dentro de las fronteras que establece el derecho análogo de los demás” (Romano Guardini, Dicurso en el Ayuntamiento de Munich, 10 de julio de 1960) . “Pero” -sigue diciendo Guardini- “para que se pueda reclamar el derecho a la propia convicción, para que se pueda fomentar la posibilidad de vivir conforme a ella, ha de existir tal convicción. La libertad no es el derecho a la despreocupación ni a la arbitrariedad en la opinión”. Mucho menos, a la mentira.
No es cuestión de determinar e imponer desde afuera el contenido de esa convicción. Se trata de que “exista en general esa actitud que se llama "convicción": que haya una conciencia de que existe la verdad, un deseo de encontrarla y un empeño en defender lo reconocido”. En este sentido, pues, la libertad “descansa en una auténtica relación con la verdad” (Ídem).
La libertad no es algo absoluto o autónomo: necesita una referencia. Supongamos que la libertad es como una “puerta abierta”... ¿Abierta a qué? ¿Abierta para qué? La puerta abierta pierde toda su razón si no lleva a ninguna parte, si no hay orientación ni sentido, si no se sabe adónde entrar o de dónde salir. La libertad está siempre al servicio de un “para qué”. La verdad, por lo tanto, no sólo no es la enemiga de la libertad sino que es su fundamento y su razón de ser. Dijo recientemente el Papa: “La libertad busca un objetivo y por eso exige una convicción. La verdadera libertad presupone la búsqueda de la verdad” (Benedicto XVI, Discurso a las autoridades civiles y al Cuerpo diplomático de la República Checa, Praga, 26 de septiembre de 2009).
Subordinar la verdad a la libertad es ya un grave desorden; sacrificarla en aras de la libertad es un tremendo despropósito. La libertad vive y se alimenta de verdad. Atentar contra la verdad es dejar desnutrida a la libertad, matarla de inanición. “Juntos debemos comprometernos en la lucha por la libertad y en la búsqueda de la verdad: ambas van juntas, mano a mano, o juntas perecen miserablemente” (Ídem, Cf. Juan Pablo II, Fides et Ratio, 90).
La confusión es tan grande que esta relación entre libertad y verdad no se ve. De hecho, asistimos perplejos a discursos como éste en que explícitamente se afirma la una en desmedro de la otra. El propósito de la presidente era demostrar, contra las acusaciones de tantos medios periodísticos, que nunca en la historia del país “la libertad de prensa había sido tan absoluta”... Para mostrarlo, Cristina Fernández eliminó los delitos de calumnia e injurias. Pero no: con el derecho a acusar falsamente a otra persona no gana nadie, y tampoco la libertad. La libertad "absoluta" se autodestruye. Sin la verdad, la libertad queda ella misma esclavizada.
Una sociedad en la que la verdad está tan desacreditada que ni sus leyes más básicas la protegen no es una sociedad de libres, sino de ignorantes. Y la ignorancia es el caldo de cultivo de las dictaduras. Un pueblo que ignora sus derechos no tiene capacidad de reclamarlos ni de luchar por ellos. Eliminar el delito de calumnia es violar directamente el derecho fundamental humano de buscar y seguir la verdad. ¿Qué clase de humanidad es la del supuesto derecho a imputarle públicamente a otro un delito, a sabiendas de que no lo cometió? ¿Qué humanidad estamos construyendo con medidas de este tipo?
¿De qué podrá servir, estos días, gritar la verdad del varón y de la mujer o la verdad del matrimonio ante el proyecto de “matrimonio” entre homosexuales, si para la ley da lo mismo seguir la verdad o mentir abiertamente? Si la presidente puede decir lo que dijo en un discurso emitido en “cadena nacional”, está abierta la puerta para sancionar por ley “mil millones de mentiras”.
Da miedo constatar que la confusión haya llegado a cuestiones tan fundamentales. Si permitimos que se viole el derecho humano a la verdad estamos dejando corroer los cimientos de la sociedad.

* * *
"Para ser libres nos liberó Cristo" (Ga 5, 1). Quienes seguimos a Cristo, el Hombre libre, siempre tenemos algo que decir cuando se trata de la libertad. Sabemos por experiencia que la libertad nos viene de él, que es la Verdad. Él mismo nos enseñó que "la verdad los hará libres" (Jn 8, 32). En una sociedad confundida, vivir y enseñar estas palabras de Jesús es un auténtico servicio: es "amar al mundo" y ayudar a los hombres.

martes 13 de octubre de 2009

Lo que el signo muestra (IV parte)

Amor sin ruido
"El amor ha de ponerse más en las obras que en las palabras", escribió san Ignacio de Loyola. De puro buen español, él sabía bien que "obras son amores, y no buenas razones". Pero fue sobre todo de su Maestro Jesús que Ignacio había aprendido esta verdad.

En efecto, Cristo nos enseñó -y nos enseña- el amor de Dios más con las obras que con las palabras.

Él mismo enseñó insistentemente que para entrar en el Reino de Dios no basta con "escuchar" la Palabra, sino que hay que "practicarla".

Pero esta pedagogía del "amor concreto" la descubrimos fundamentalmente en su misma manera de vivir y de enseñar. En efecto, la fascinación, el encanto, la fuerza de sus palabras no residían en su brillo o en su abundancia, "como los escribas y fariseos", sino, a diferencia de ellos, en la "autoridad" y en el "poder" que tenían. La palabra tiene autoridad cuando es capaz de tranformar la vida. En las obras brilla la verdad de las palabras. Jesús hablaba con autoridad porque vivía lo que enseñaba, porque enseñaba de lo que vivía.

Jesús enmarcó de silencio sus tres años de intensa predicación. Como preparación a su ministerio público, él vivió calladamente los treinta años de su vida oculta; como rúbrica y testimonio de sus enseñanzas, padeció calladamente sus últimos tres días. La Buena Noticia de Cristo no son sólo sus palabras -como se deduciría de algún evangelio apócrifo- sino su vida entera: el silencio de Belén y Nazaret, el callar de la cruz y de la resurrección, y también sus palabras de vida eterna, entrelazadas siempre con miradas, caricias y milagros.

Una de las últimas palabras de Jesús en su vida terrena fue "hagan esto en memoria mía". Así quedaba instituido el recuerdo obrante y permanente del acto de amor más grande de la historia: la muerte y la resurrección del Hijo de Dios hecho hombre. Pues bien, si lo "recordado" en este "memorial", si lo "contenido" en este "sacramento" fue "amor sin ruido", es lógico que también sea silencioso el signo que lo "contiene" y produce: los signos eucarísiticos hablan, incluso al callar.

Efectivamente, en el humilde Pan de cada misa no hay nada extraordinario, no hay grandes palabras, y sin embargo ahí está el "amor de los amores", sin ruido, recreando los corazones, edificando la Iglesia, reconciliando al mundo.

A veces Dios regala fuertes "experiencias" de su amor: son momentos, horas, tal vez días, de gracia y de plenitud. Vivencias interiores patentes de su cariño, de su misericordia, de su llamada, de su elección para con nosotros. Experiencias tan intensas como pasajeras, pero que dejan una huella muy difícil de borrar. Es como pastar en las cumbres del Horeb, la montaña santa de Dios, después de tanto caminar y caminar por el desierto. Estas experiencias de amor, como pasa también en las relaciones humanas, muchas veces van de la mano con palabras extraordinariamente tiernas e íntimas: vibramos y gozamos con las palabras de amor que el Espíritu sembró en los profetas, en los salmos, en el Cantar...

Pero reducir las "experiencias de Dios" a estos encuentros extraordinarios, a estas "tranfiguraciones" del camino, puede hacernos olvidar que el amor de Dios -igual que el amor humano- no es sólo el que se manifiesta en las cumbres gozosas de la comunión íntima. Si la Eucaristía es el "sacramento del amor", entonces el amor de Dios, como el de un padre o de una madre, es el que se manifiesta principalmente en el "pan de cada día". En la eucaristía, la Palabra nunca se queda en palabras, sino que se vuelve obra: Dios nos da de comer en la boca cada día, cada semana, como nuestros padres cuando éramos chiquitos. Antes, durante y después de las palabras lindas de amor, Dios nos ha dado un amor fiel, un amor que está siempre, un amor que da lo mejor sin esperar ningún tipo de retribución -ni siquiera la del recuerdo agradecido-. Es un amor que sin hacer nada extraordinario hace posible la vida misma. Es un amor que no dice casi nada y que hace todo, que edifica todo, que construye todo. Es el amor de Dios que obra "sin ruido".

Es la Eucaristía. Es el mismo Jesús, LA Palabra de Amor del Padre que, como en la Cruz, sigue diciendo todo no con los labios, sino con la vida entregada, y que nos invita, cada día, cada semana, a poner el amor más en las obras que en las palabras.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Pasos de ayer en una noche linda

A Florencia de las Carreras, sanisidrense de ley
Hacía una noche de esas lindas... Tal vez la primera noche bien de primavera. Estas noches -cuña de octubre en la herida del invierno- tienen la emoción de un reencuentro antes de lo previsto. Y a eso le agregan un gozo de primicias, ese pregusto de que lo bueno acaba de empezar, de que lo mejor está por venir.
La noche estaba tranquila, bien azul, tan fresquita que tenía ganas de tomármela a tragos. Entonces decidí darme el gusto de salir a caminar un rato.
Las calles que rodean el Seminario son un mundo aparte. De día llenas de movimiento por los colegios, a la noche es como si el ángel de la espada de fuego cerrara el paso a los ruidos urbanos e impidiera cualquier perturbación. Cuando cae la noche, sin que nadie lo sepa, las cuatro o cinco manzanas de Libertador hasta la barranca y de Alem hasta la Catedral se transforman, y parecen despertarse en ella los antiguos moradores del Pago de la Costa. San Isidro vuelve a ser, por unas horas, ese pueblo apartado en la paz de la campaña.
Salí furtivamente a la calle Becar Varela -que es como el prefacio de ese tomo edilicio de historia colonial- y tomé la dirección de Los Ombúes, dejando atrás los últimos reclamos vocingleros de la ciudad, que corría aún su apuro por la avenida.
Casi al llegar al fondo, metros antes de la barranca, los paredones de dos quintas viejísimas se alzan de pronto flanqueando la calle, como si quisieran marcar la entrada a ese confín de lo pretérito. La calle se angosta y la vereda desaparece, comida por una ventana enrejada.
Los invisibles grillos, ensayando sus primeros acordes después del invierno, parecían modular un viejo minué del tiempo de Mariquita.
Cuando estuve en el balcón de la barranca, me paré a mirar esa larga sombra tendida a lo lejos, sólo interrumpida por las enigmáticas luces náuticas. Ladridos sin dueño llegaban desde el bajo, como reminiscencias inciertas. Mirando para el lado del río, la noche se muestra como es, desnuda de la impúdica luz urbana. El Río de la Plata le devuelve la noche a la ciudad. Pude detenerme a sondear el azul hondísimo del cielo sin nubes y vi que se habían abierto sin vergüenza las cuatro flores blancas de la Cruz del Sur.
Después seguí el camino por la calle Belgrano. Frente a las paredes de Los Naranjos, hileras de bastos “paraisos” se yerguen como oscuras columnas vegetales. En las heridas de sus troncos viejos se madrigan las comadrejas, y de sus brazos cansados cuelgan helechos y enredaderas.
Doblé a la izquierda por la calle Vernet. La prosa del asfalto se volvió poema en los adoquines. Empecé a caminar más lento, mientras leía esa poesía a la luz de los faroles. La noche le contagiaba encanto a cada elemento. Cada detalle recobraba su vocación metafórica: las veredas derrotadas por las raíces, los charcos olvidados contra el cordón, los pastos audaces entre los adoquines, el eco de mis pasos en la calle desolada, el murmullo compañero en las radios de las garitas…
Cuando estaba por pegar la vuelta, me envolvieron los naranjos con un pañuelo de azahares. Fue como un baldazo de primavera que me obligó a parar. ¡Qué densidad en el perfume de los naranjos de la calle en flor! ¡Qué gravidez de recuerdos en esa leve constelación de los azahares! Hay voces de mi infancia, horas lejanas de mi Punta Chica tan lindas que resisten el tiempo... y perviven en el olor siempre nuevo de los azahares. Lástima que esa felicidad a la vez arcaica e inmortal sólo perdure en la fugacidad de una breve florcita blanca. O tal vez ése sea su secreto. Quién sabe.

lunes 31 de agosto de 2009

Lo que el signo muestra (III parte)

El insulso pan de cada día

Hemos visto algunas de las cosas que nos sugería el gesto de “compartir el pan”. Siguiendo con este empeño de descubrir lo que los signos muestran y dicen, me gustaría reflexionar esta vez acerca del pan en sí mismo.
Es oportuno aclarar, me parece, que el signo principal de la Eucaristía está constituido por el pan y el vino en su conjunto, y que no podemos aislar uno del otro sin reducir peligrosamente esa sabia pluralidad que garantiza la apertura del misterio. Con todo, dado que no sólo la tradición medieval y moderna (“Corpus Christi”) sino ya la apostólica (“fracción del pan”) muchas veces ha puesto el acento en solo el pan, nos sentimos autorizados, hecha la aclaración, a insistir una vez más en los significados que éste, de por sí, conlleva.
El pan –lo sabemos- es el alimento por antonomasia. En las expresiones “ganarse el pan”, “los hijos vienen con el pan bajo el brazo”, “llevar el pan a la mesa”, etc., “pan” es tanto como “el alimento”: lo necesario para subsistir. En el mismo sentido lo emplea Jesús cuando dice “el pan de cada día”, o “no sólo de pan vive el hombre”. El pan es lo necesario para seguir viviendo. Se trata, entonces, del alimento como lo pura y estrictamente necesario para la subsistencia. “Vivir a pan y agua”, de hecho, es vivir con lo mínimo, como los presos. Y aun cuando se trate de “tener pan en abundancia”, se hace referencia a un comer cotidiano, desprovisto de todo lo que suponga el placer refinado de las exquisiteces, el goce superfluo y sibarítico de los manjares opulentos.
El signo del pan, por consiguiente, nos remite a la comida sencilla y básica de cada día. El pan y el vino constituyeron, durante siglos, el sustento diario de los pobres. La variedad y el sabor los proporcionaba en todo caso la sopa o la salsa en que el pan se empapaba. Pues bien, en la Eucaristía no hay sopa ni salsa; el de Jesús no es un pan “saborizado”. Y a su pobreza esencial le agrega todavía que ni siquiera lleva levadura. Dios no quiere dejarse ganar en pobreza: a la hora de elegir la manera de darse a conocer, planeó la humillación de su Hijo, y plasmó esa humillación, esa kénosis, en la humilde pobreza de un pan sin levadura.
Hasta aquí, el simbolismo llamémosle “profano” del pan. Ahora bien, en la Biblia hay otra fuente hermenéutica desde la que deben ser leídas las imágenes, las figuras y los símbolos que nos propone. Y esa fuente es la misma Escritura: se da una suerte de “hermenéutica interna”: interpretamos la Escritura desde la Escritura misma. Por ejemplo, la principal carga simbólica del pan en tanto que ácimo hay que buscarla, más que en lo que hemos dicho recién, en el relato de la pascua del libro del Éxodo. En cuanto al pan en sí mismo, cuando Jesús dice: “Sus padres en el desierto comieron el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo que bajó del cielo” (Jn 6, 49-51a), nos está remitiendo explícitamente a una figura bíblica muy concreta: el maná que acompañó la marcha del pueblo en el desierto.
Pues bien, creo que también desde esta interpretación intrabíblica se llega a un significado del pan muy similar a su sentido "profano".
La historia del “pan que los israelitas comieron en el desierto” aparece en la Biblia en dos narraciones diferentes: Ex 16 y Núm 11 -ambas dentro de la “Torá”-, que suponen también dos interpretaciones diferentes. De alguna manera, hay dos “manás” en la Biblia: son dos aspectos, dos resonancias distintas de un mismo acontecimiento. El maná del libro del Éxodo es “pan en abundancia” (16, 8), es “pan del cielo” que Dios “hace llover” (16, 4) y que sacia a todos los que lo comen sin provocarles hastío. Este es el que más ecos deja en la Escritura (cf. Sal 78, 24-25; 105, 40; Sab 16, 20.21; Ne 9, 15; Jn 6, 31...). Por el contrario, el maná del libro de los Números aparece, de entrada, como un alimento del que están cansados, y que no impide que puedan quejarse diciendo “estamos privados de todo” (11, 6). El mismo maná (la descripción es casi idéntica: Núm 11, 7; Ex 16, 31) no viene como respuesta de Dios a las quejas del pueblo (como las codornices, o como también el maná en Ex 16), sino que integra el elenco de los reclamos. El mismo fenómeno matinal que ambos relatos describen (Núm 11, 9; Éx 16, 13-14), en Éxodo es interpretado como un don del cielo, y en Números como algo "natural".
Pues bien, creo que no tenemos por qué excluir el maná del libro de los Números como figura de la Eucaristía.
Me parece que al elegir, para perpetuar el memorial de su misterio pascual, el signo tan humilde del pan, Jesús asumió también las pobrezas que el pan supone como alimento. Jesús se caracteriza por tolerar y asumir los rechazos que suscita, aunque le duelan hasta las lágrimas. El mismo "discurso del pan de vida" termina con un verdadero éxodo de discípulos; su vida entera está signada por la incomprensión: es un “signo de contradicción”.
No es ilógico, entonces, que el Dios que quiso exponer y expresar su corazón manso y humilde en algo tan “bueno como el pan”, asuma la incomprensión de quienes, también hoy, teniéndo a la Eucaristía cada día en la mesa de nuestra vida, nos hastiamos de este nuevo maná y nos olvidamos de celebrarlo -como los Salmos, como la Sabiduría- como “trigo del cielo” y “pan de los ángeles”.
En cuanto prefigurado por el maná del desierto, el Pan de la Eucaristía no pretende ser la comida extraordinaria y festejada de las fiestas, sino la nutrición necesaria de cada día en el peregrinar de la vida (cf. Éx 16, 16). Jesús podría haber elegido otro alimento, o podría haber sugerido algún tipo de variedad, de "sabor", de "aderezo"... Y no. ¿No será que hay algo del Reino que se juega en saber hallar la grandeza en lo pequeño, la riqueza en lo pobrecito, la divinidad en "éste, el hijo del carpintero"...?
El valor del maná, el agradecido asombro por ese "pan del cielo" que durante cuarenta años fue la más insulsa de las rutinas, es fruto de la memoria creyente de quienes seguramente ya habían hecho alguna experiencia de la "tierra que mana leche y miel". El pobre alimento del camino se agranda cuando uno, como Elías, lo mira desde la cumbre gozosa de la Montaña de Dios. El pan de cada día cobra todo su sentido cuando uno, como Moisés, divisa y pregusta desde el monte la Tierra prometida. Entonces puede mirar hacia atrás y darse cuenta de cuán necesario, de cuán indispensable fue cada bocado de ese alimento aburrido. Sólo entonces uno puede sopesar la eficacia que esa "comida miserable" tuvo en el camino. Recién aquí brota el asombro ("¡era pan de los ángeles!") por todas las veces que comimos un "maná" cansador...
Por eso tal vez no sea tan terrible (cuando no es por propia desidia o ingratitud) que perdamos “asombro eucarístico” ante lo menos asombroso del mundo: el pan cotidiano. Quizá deberíamos aceptar con más naturalidad muchas de nuestras “insensibilidades” eucarísticas, y antes que imponernos “ayunos de la comunión” para poder valorar el don, aceptar la pedagogía de la liturgia, que nos enseña cada día a decir: "Señor, no soy digno de que entyres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme" y acudir con la certeza de la fe a la mesa Dios nos prepara, sabiendo que aunque no veamos más que "el mismo pan de siempre", en él está la Vida para caminar cada día, y que no podemos, y que no queremos, vivir sin él.

martes 18 de agosto de 2009

Lo que el signo muestra (II parte)

Los panes de la vida oculta
Si alguien me pregunta: “¿qué ves cuando mirás el pan y el vino elevados en la consagración?”, yo contesto muy seguro: “a Jesús dando su vida a Dios por nosotros”. Muy bien, tá claro.
Pero hace un tiempito creí darme cuenta de una de las razones por la cual este gran “misterio de la fe” (el misterio pascual) se da –se nos da- “sub specie panis”, bajo la apariencia del pan; me pareció entender al menos uno de los significados de que Jesús haya querido el pan como símbolo de la Eucaristía. Encontré una de esas cosas que el signo muestra.
Por un lado, lo del pan es arquetípico: siendo el pan la comida por antonomasia, “partir con otro el pan” constituye la manera más cabal y primigenia de expresar la esencia del compartir (la palabra “compañero” –cum, panis- no conoce otro origen).
Pero sobre todo, el pan quiere ser una paradoja, eso tan de Dios. La grandeza, el heroísmo, la majestad del sacrificio de la Cruz se nos comunica en la parvedad, en la insignificancia, en la pequeñez de un pedazo de pan compartido. Aquí se deja ver la “fidelidad en lo poco” que Jesús vivió, y que por haberla vivido pudo proponer.
Cuando Jesús, en la última Cena, dijo: “este es mi cuerpo que se entrega por ustedes”, estaba diciendo: “esta es mi vida”. En ese pan iba todo su ser. (Por eso la Iglesia pronto entendió, en los encuentros del Domingo, que la Mesa del Jueves y el Altar del Viernes iban juntos, que formaban parte de un mismo misterio de amor).
Ahora bien, la del Jueves santo fue la última cena de Jesús; esto quiere decir que estuvo precedida por muchas otras comidas y por muchos otros panes. Aquél último Pan “agradecido, partido y compartido” en que Jesús estaba poniendo efectiva y definitivamente su vida no “cayó del cielo”: detrás del Pan grandioso de la Pascua están los pequeños panes de la vida oculta. El Maestro fue aprendiendo a darse en cada pan que “agradecía, partía y compartía”. El solemne Pan de “la hora de Jesús” fue amasado durante todas las horas de su vida. Como dice el P. Eduardo Meana, Jesús fue “haciéndose pan” ya desde Belén. Esta es la razón de que cada minuto de su vida -y no sólo sus últimos tres años, ni sus últimos tres días- sea salvífico para nosotros. Su vida entera fue pascual: Jesús preparó esa última Pascua durante toda su existencia (cf. Lc 22, 15). Él fue poniendo el corazón en cada obra de amor, en cada acto de entrega, en cada detalle de generosidad, hasta que un buen día el Padre por el Espíritu le “sopló” que ya “era la hora”, y entonces supo que en ese último gesto, que en esa última comida, que en ese último pan y en esa última copa esta vez iba todo, en serio. Y por eso dijo: “coman, este es mi cuerpo”: tomen, que acá va toda mi vida.

Pues bien, la cosa cobra todo su sentido cuando la pensamos no ya en Jesús, nuestro “hermano mayor”, sino en nosotros, peregrinos de hoy, que “vivimos de la Eucaristía”. Si la Pascua fue camino para Jesús ¡cuánto más lo es para nosotros!
“Haced esto en conmemoración mía”. Cada vez que escuchaba estas palabras, yo traducía para mí, muy correctamente, “da también vos la vida por los hermanos en memoria mía”. Además, ponía mucha fuerza en desear, en cada Misa, “que él me transforme en ofrenda permanente” o en “víctima viva para alabanza de su gloria”... Y así, eucaristía tras eucaristía, comunión tras comunión, se me fueron yendo años de la vida conviviendo siempre con el sacro deseo de “amar, amar, morir por los demás”, y de ser “ofrenda permanente”... sin ser capaz de “ofrecer un vaso de agua a uno de estos pequeños”. ¡Ay!
Por eso Dios tuvo que mostrarme lo que el pan de por sí mostraba y yo no veía. En vez de soñar con las grandes palabras (“dar la vida”, “ser ofrenda permanente”), me di cuenta de que el “hagan esto en memoria mía”, sin dejar de ser majestuoso y sublime como la Cruz, era a la vez pobre y poquito como un pedazo de pan compartido. Por eso ahora traduzco para mí: “compartí también vos el pedacito de pan de cada día con los hermanos”. Jesús no me pide que mire la hazaña de “beber su cáliz” -porque ese “lo beberé” (cf. Mc 10, 39) cuando llegue el momento- sino en compartir el pan de cada día. Tan claro como lo grita el Evangelio: él me pide los “cinco panes y dos peces” de hoy... la multiplicación queda a cuenta del Patrón.
¡Qué realismo el de Jesús! ¡Que genialidad la suya, que no permite que “puenteemos” jamás lo concreto so pretexto de lo universal! Nunca “la entrega” va a poder ir separada de las entregas; nunca “la opción” va a poder hacerse sin las opciones; nunca “el amor” va a poder vivirse fuera de los amores... El Pan de la Cena no se salteó los panes de la vida oculta. De ahí la insistencia bíblica –tan de nuestro Dios- en el “hoy”. Porque nunca el Evangelio pide sacrificar el hoy en aras de un mañana: la eternidad se juega en el ahora: “este es el tiempo favorable, hoy el día de la salvación”.
Hay una fecunda identidad entre el “pan de cada día” que pedimos en el Padrenuestro y “la cruz de cada día” –la propia negación- en la que consiste el discipulado (“hagan esto...”). El pan que Dios nos da y que nosotros agradecemos cada día es el mismo que debemos entregar. “Dame lo que pides y pide lo que quieras”, decía San Agustín. “El amor puede ser mandado porque antes es dado”, confirma el Papa Benedicto.
Cada día tenemos la oportunidad de ofrecer nuestro pequeño pan; va a llegar un día en que ese “pan cotidiano” será entregar la vida, y entregándola, la habremos ganado para siempre.

jueves 30 de julio de 2009

Lo que el signo muestra

"Te adoro con devoción, Divinidad oculta bajo estas figuras... Al juzgar de ti se engañan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer... En la cruz se escondía sólo la divinidad; aquí también se esconde también la humanidad... Jesús velado..."
Toda mi vida he rezado -y rezo- con estas lindísimas palabras del santo de Aquino. Y me acostumbré a acceder al misterio de la Presencia eucarística desde esta perspectiva. Sin embargo, de unos años a esta parte me doy cuenta de que "las apariencias de pan y vino" no sólo ocultan, que esas "figuras" no sólo esconden, que las "especies" -aspectos- no sólo velan. Me terminó de convencer el Papa Benedicto en la homilía (la homilía para mí es por lejos su mejor género literario) de Corpus Christi del 2007: "Cada uno de los signos representa, a su modo, un aspecto particular de su misterio y, con su manera típica de manifestarse, nos quieren hablar para que aprendamos a comprender algo más del misterio de Jesucristo". Los signos de Dios no sólo "velan": también "develan". Y en ese paradójico juego, en esa "media luz" resultante (salú, Athonita), "revelan" el Misterio de su Amor.
Dios lo que quiere es manifestarse. Es Luz y es Amor, y se muere de ganas de revelarse. La dimensión críptica, el carácter escondedor de los signos no obedece a una voluntad de enigma o de secreto, sino a la insorteable limitación de quien está llamado a recibirlo, a entrar en él. La cristología nos lo asegura: en Jesucristo está la plenitud de la "revelación". ¿Tendríamos que considerar la humanidad del Verbo y su vaciamiento sólo como un permanente y molesto velo de su divinidad? No: en el colmo del abajamiento, en la cruz de Jesús, se manifiesta en realidad "la gloria", el corazón del Dios Trino, la entraña del Dios Amor. ¿La cruz esconde la divinidad? Sí, en cierto modo: el Gólgota no es el Tabor. Pero también la muestra.
También en la kénosis, en el abajamiento del pan y del vino no sólo hay velos y tapujos, sino mucha verdad condensada.

lunes 29 de junio de 2009

Ser perfectos hijos para ser hijos perfectos

Perfección y filiación
a partir de Mt 5, 43-48

«Toda la educación y toda la ética es esto:
sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48).
No ser dioses, pero sí “dioses segundos, milagros de primero”
como decía Tommasso Campanella»

Emilio Komar


“Perfección” es hoy en día una palabra difícil. La posmodernidad es por esencia una “cultura de las minúsculas”, una cultura que rechaza los grandes discursos, las grandes palabras (las que empiezan con mayúsculas...) y por ende, una cultura que renuncia a los sueños grandes y a los ideales altos. La perfección está afuera del horizonte posmoderno.
Pero también en la Iglesia posmoderna existe una especie de alergia a la idea de perfección, como nos lo venía advirtiendo Emilio Komar en sus últimos años.
Esto se explica como fuerte reacción a una fe vivida, en épocas no lejanas, bajo el preponderante signo del perfeccionismo voluntarista. Índices de esta fe más moralista son el fuerte hincapié en la búsqueda de la santidad, y la recurrente presencia de ciertas palabras (hoy casi siempre proscritas): abnegación, ascética, sacrificio, heroísmo, etc. El psiquiatra Viktor Frankl nos alerta, como al pasar, de los intrínsecos peligros de esta moral: “Creo que hasta los mismos santos no se preocupan de otra cosa que no sea servir a su Dios y dudo siquiera de que piensen en ser santos. Si así fuera serían perfeccionistas, pero no santos” (El hombre en busca de sentido, Herder, 1999, 20ª. ed., p. 142).
Como consecuencia, en la Iglesia escuchamos muy fácilmente “perfeccionismo” cada vez que se habla de “perfección”. De ahí que también esta palabra esté sufriendo un descrédito que raya la proscripción.
Ahora bien, dado que “el abuso no quita el uso”, me pregunto: ¿hasta qué punto es legítimo dejar que la idea de perfección sea eliminada sin más de nuestro vocabulario espiritual?
En esto me puse a pensar las últimas semanas, cuando la Iglesia nos hizo recorrer, en la liturgia de la Palabra, el Sermón de la Montaña (Mt 5-7), y un día me encontré con esta exhortación: “Por lo tanto, sean perfectos como su Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt 5, 48).
Mi formación clásica amortiguó el efecto, pero mi carne posmoderna acusó de lleno el golpe. La transparencia de Jesús es más fuerte que cualquier turbiedad; su claridad, más que cualquier confusión. No, después de escuchar esta Palabra no puedo resignarme a que en virtud de un nuevo “paradigma” me propongan la morigerada esperanza de no ser “ni santo ni mediocre”. No se le puede echar soda al “vino nuevo” de Jesús.
Es verdad que esta palabra “perfecto” es propia de San Mateo (que la usa aquí y en 19, 21) y que ni Marcos ni Lucas la emplean en los pasajes paralelos. De cualquier modo, el contexto en que Mateo la propone dice mucho acerca del significado último de esta perfección.
La frase en cuestión es la conclusión de la enseñanza de Jesús que le “da cumplimiento” (cf. 5, 17) al mandato del amor al prójimo (cf. 5, 43-48). Pero podría considerarse también la conclusión a toda la serie de enseñanzas acerca de la Ley (“Han oído que se dijo..., pero yo les digo...”: cf. 5, 21. 27. 31. 33. 38. 43): el “por lo tanto” con que está introducida puede apoyar esta interpretación.
Centrémonos, sin embargo, en su contexto inmediato, que es la perícopa sobre el amor a los enemigos (vv. 43-48). Nos damos cuenta de que esta exhortación de “sean perfectos como es perfecto su Padre...” está construida en paralelo con la otra frase que propone a Dios como modelo: “así ustedes serán hijos de su Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (v. 45). No podemos entender rectamente esta exhortación, entonces, si no la leemos en paralelo con la precedente. La versión de Lucas, de hecho, es coherente con una interpretación del “sean perfectos” a partir del actuar del Padre del cielo “que hace el bien a buenos y a malos”: “sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” (Lc 6, 36; cf. Lc 6, 27-36), frase que nos revela el sentido último de la perfección evangélica (cf. Juan Pablo II, Veritatis splendor, 18).
Ahora bien, la lectura paralela de estas dos frases (v. 45 y v. 48) no sólo nos devela el sentido de la perfección que hay que alcanzar (el amor a los enemigos), sino también el medio y el modo en que esa perfección de Dios puede ser alcanzada por nosotros. En efecto, si leemos “sean perfectos como su Padre...” (v. 48) desde la perspectiva que nos da el “serán hijos de su Padre...”, nos damos cuenta de que Mateo quiere establecer una estrecha vinculación entre la perfección y la filiación.
Esta perspectiva es muy rica en consecuencias. En efecto, para un hijo, no hay nada más natural que admirar a su padre (“el Padre es perfecto”); nada más natural que imitarlo (“sean perfectos como el Padre”). ¿Qué hijo no crece copiando a su papá?
Entendida filialmente, la búsqueda de la perfección -aunque ésta sea siempre “ardua”- es cualquier cosa menos forzada. Komar insistía mucho en la naturalidad de la búsqueda de perfección: “Todos buscan perfección”. Decía que el “impulso a la perfección”, por ser lo más “natural” (voluntas ut natura) es tan fuerte que cuando no se lo dirige a la perfección auténtica (“como el Padre del cielo...”), no desaparece en cuanto tendencia, y se vuelve propulsor de toda clase de desvíos y de frustraciones.
Entendida filialmente, la búsqueda de perfección -aunque ésta esté siempre más allá de nosotros- es cualquier cosa menos extrínseca. Cuando el chiquito “copia” a su padre, no está incorporando conductas extrañas sino creciendo como persona. “La perfección es siempre perfección de lo propio. Si no es de lo propio, no es perfección”, repetía Komar. Nada más lejos de un voluntarismo alienante que esta fundamental autenticidad, que esta fidelidad a lo propio. Nada más natural que esta verdad básica de la filialidad: "de tal palo, tal astilla".
Ahora bien, lo “propio” es algo “dado”: “soy para mi lo absolutamente dado” (R. Guardini, La aceptación de sí mismo). Crecer en lo propio es crecer en lo recibido. Si hay algo que caracteriza al “hijo” en cuanto hijo (el hijo-niño) es justamente el “recibirse” de sus padres.
Y aquí llegamos al núcleo que nos permite liberarnos de la "perfección perfeccionista". Cuando Jesús nos plantea, en Mt 5, 43-48, ser perfectos como hijos del Padre perfecto, está exhortándonos a la perfección como recepción. Como si dijera: “para ser hijos perfectos hay que ser antes perfectos hijos”. No hay perfección que podamos presentarle a Dios que no la hayamos recibido de él. A mayor filiación, mayor perfección (es decir: a mayor recepción, mayor perfección; a mayor confianza, mayor perfección; a mayor abandono -y sólo aquí "a mayor obediencia"-, mayor perfección...).
La perfección no consiste en cumplir "a la perfección" todos los mandamientos sino en soltarnos "a la perfección" de nosotros mismos para que Dios pueda darnos más amor, darnos todo, dársenos (cf. Mt 19, 16-22). El hijo mayor de la parábola de Lc 15, 11-32 no es el hijo perfecto, porque aun viviendo con su Padre y siéndole en todo servicial y obediente, no sabía recibir el amor, no sabía ser hijo, no sabía darse cuenta de que todo lo del Padre era suyo. Es más perfecto el “hijo pródigo”, porque nunca dejó de ser hijo, siempre estuvo abierto a recibir (la herencia, primero, como merecida; la misericordia, después, como regalada).
Esta verdad de la perfección como filiación es llevada por el evangelio de Juan a la profundidad eminente de la cristología. En Juan, Jesús mismo es el Perfecto, que puede decir “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6) porque es el Perfecto Hijo, que sabe que “el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino lo que ve hacer al Padre, lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo” (Jn 5, 19). Jesús es el hombre más perfecto porque es el Hijo, porque es hombre siendo el Hijo de Dios.
Perfección cristiana y filiación van de la mano. El corazón del Sermón de la Montaña es Jesús enseñándonos a rezar: "Padre nuestro...": toda la enseñanza de Jesús es enseñarnos a ser hijos de Dios. Toda la acción del Espíritu (y por ende, toda la misión de la Iglesia) consiste en hacernos hijos de Dios (cf. Gál 4, 4), hasta que seamos plenamente "Cristo". Ser cristianos es haber recibido el amor del Padre manifestado en Cristo Jesús. Ser cristianos es ser "hijos en el Hijo", Jesucristo.
No sorprende, entonces, que el "reino de los cielos" al que le es "tan difícil" entrar al rico, aunque fuera muy "perfectito" (cf. Mt 19, 21 ss.) esté abierto para quienes encarnan las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1 ss.), es decir, para los "se hacen niños" (Mt 18, 1-4), para los hijos. Sólo los que son como niños saben recibir bien el amor. En nuestros días, Sta. Teresita demostró rotundamente que la más alta perfección de la santidad y la infancia espiritual van de la mano.
La perfección cristiana, entonces, la que propone Jesús en el Sermón de la Montaña, no tiene nada de nocivo ni tiene por qué ser dejada de lado. El mismo Dios en que creemos es el que nos invita a creer en nosotros mismos, aun cuando no esté de moda. No renunciemos a nuestras aspiraciones altas: que nadie nos apague la magnanimidad de aspirar a la perfección evangélica, esperándola siempre como un regalo de nuestro Padre Dios.

lunes 15 de junio de 2009

Pan agradecido, partido y compartido

Es cierto que "la Palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos" (Heb 4, 12)... Pero ¡cuánto cuesta a veces deponer los escudos...! Ayer a la tarde me puse a rezar un rato con el Evangelio del domingo de Corpus [¡Sanguisque!] Christi, y confieso que, una vez más, la tentación fue de decir: "ah, otra vez la última Cena"... Gracias a Dios, el Espíritu Santo me tenía reservada una fina estocada.
Me detuve en los participios que preceden a los verbos "partió" y "dió", correspondientes al pan y al cáliz respectivamente. Antes de partir el pan, Jesús lo bendijo (cf. Mc 14, 22); antes de dar el cáliz, lo agradeció (cf. Mc 14, 23). Después siguen sus palabras, benditas palabras, por las que sabemos que Él se estaba identificando con ese Pan y con esa Copa de vino: "este es mi Cuerpo" (Mc 14, 22), "esta es mi sangre de la Alianza que es derramada por muchos" (Mc 14, 24).

Ayer celebramos justamente esta milagrosa identidad: "ni el Pan es pan ni el Vino es vino: el Pan, Dios, y el Vino, Dios" al poético decir de Bernárdez. Es cierto que de una Presencia Real contemplada algo estáticamente hemos pasado, felizmente, a una comprensión de ella más pascual, más ligada al Sacrificio eucarístico del que es prolongación. Pero incluso bajo esta redecubierta perspectiva, sin embargo, casi siempre se hace referencia al "Pan partido" y a la "Sangre derramada": Jesús "es el Pan que se parte y se comparte", oímos con frecuencia, casi como un lugar común. Pero ¿cuándo se nos habla del "Pan bendecido y partido", o de la "Sangre agradecida y derramada"? Y sin embargo, no hay ningún texto eucarístico de la Escritura (ni ninguna de nuestras plegarias eucarísticas -el gratias agens-) que no dé cuenta de esta primera acción "eucarística" de Jesús. Siempre, antes de partir el Pan y de repartir el Cáliz, Jesús "bendice y agradece" al Padre.

Apoyándonos en el gran exégeta Albert Vanhoye, podemos afirmar que el sentido de este "bendecir" es el mismo que el de "agradecer". Si sirviera de prueba, podríamos recurrir al texto eucarístico más primitivo -1 Co 11, 23-26- donde Pablo sólo usa el participio "eujaristésas" -dando gracias, habiendo dado gracias-(24). ¿No deberíamos preguntarnos más en serio por qué llamamos "eucaristía" -es decir "acción de gracias"- a este Misterio?

El mismo Vanhoye, al exponer, desde la Escritura, las dimensiones del sacrificio de Cristo, comienza hablando del "sacrificio como acción de gracias". En efecto, si Cristo se identificó con ese Pan de la Última Cena, no lo hizo solamente con el Pan partido, sino en primer lugar con el "Pan bendecido-agradecido". Si tenemos en cuenta que su "Cuerpo" y su "Sangre" son símbolos de su vida entera, deducimos que la eucaristía es el Misterio de su Vida agradecida al Padre, y por eso capaz de ser entregada "por los hombres".

Jesús nos enseña mucho con esta previa "acción de gracias". No se puede ser "Pan para la vida del mundo" sin una fundamental y previa actitud de acción de gracias a Dios. Antropológicamente, eso es tanto como decir que nadie puede dar -y menos darse- sin recibir. Ni siquiera Jesús, "hombre él también", que como hombre en la historia no hace más que mostrarnos lo que él es como Dios desde siempre: él no sabe ser Dios de otra manera que siendo Hijo, es decir, recibiéndose del Padre. Él es, pues, el primero en mostrarnos el Camino. Si es cierto que el Señor nos pide "hagan esto en memoria mía", si está claro que nuestra vida cristiana y nuestra felicidad están en ser, como él, "ofrenda permanente" a Dios en favor de los hermanos, la Palabra nos advierte que para poder "actuar" como nuestro Maestro, antes tenemos que poder "recibir" como él, y por eso, "bendecir y agradecer". Si eliminamos estos "verbos" de nuestra vida cristiana, esta ya no es más cristiana: se vuelve moralista y pelagiana (y, sobre todo, frustrante).

La Carta a los Hebreos que ayer escuchamos nos dice que "Cristo, por el Espíritu eterno, se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios" (9, 14). Ese Espíritu es el Espíritu de gratitud y de bendición porque es el "Espíritu de hijo" (cf. Gál 4, 4 y ss.), por el que el Padre hace Hijo al Hijo, y por el que el Hijo se agradece al Padre. Si pedimos siempre este Don de Dios -Don que el Padre no niega jamás a quienes se lo piden (cf. Lc 11, 13)-, Él mismo engendrará en nuestros corazones la inefable gratitud filial al Padre, traducida en una vida hecha ofrenda con Cristo a nuestros hermanos.

miércoles 3 de junio de 2009

Evocación de las siestas de mi infancia

A mi abuelo Jaime Achával

Miro el techo, tirado en la cama y evoco...
Me acuerdo de la penumbra del “cuarto del fondo”, a la hora de la siesta. La persiana, de tablas de madera oscura, está cerrada, y sólo se cuela un pequeñísimo polvo de luz amarilla, casi sin forma.
Desde la cama, se ve la ventana respirar: esa nada de luz se apaga, cuando pasa afuera una nube; y ahora recobra intensidad, cuando vuelve el sol. Y se vuelve a ocultar... Respiran las ventanas del campo.
Su ínfima claridad es trémula en las paredes blancas y en las baldosas coloradas. Y en esa claridad indecisa y temblorosa adivino la versatilidad de las hojas de eucalyptus que filtran el sol.
La casa está en penumbras. La casa respira. La casa late. Pero la casa duerme sosegada.
Desde el “cuarto de fondo” –tres camas cuchetas- lo que pasa afuera se adivina por la intensidad de la sombra... y por el viento en los eucalyptus, y por el cadencioso llanto de los pirinchos, y por algún toro lejano, o por un mugido cansado, o por las palomas somnolientas.
Hay que estar callado: la siesta se impone. A veces un susurro –un susurro furioso- manda a un nieto al potrero. Se cierra la puerta y, luego, vence nuevamente la siesta de enero.
¿Quién será el primero que con monástico paso atraviese el pasillo y rompa el silencio de la cocina aletargada? Violador brutal de la virginidad umbría, que prende la hornalla y se sienta, aún entredormido, a esperar el mate.
¡Quién me trajera hoy a los oídos el ruido musical de la puerta-mosquitero, golpeándose tres veces en la tarde prohibida! ¡O el chillido de la bomba, donde los desobedientes insisten en jugar... a la hora de la siesta!
Y ya en la galería del olor a jazmín, mate en mano, descanso la mirada en la extensión. ¡Pampa amarilla! ¡Hembra fecunda! Duerme Ayacucho, tendido bajo el sol. El viento hace dar saltos por el parque a las hojas secas. Pega un grito un chimango malhumorado. Dos tijeretas arremeten contra él por el aire, y dos horneros, desde el suelo, alternan sus risas al mirar.
Ya se oyen las puertas adentro de la casa, y la voz de mi abuelo que se acaba de despertar.
Por todo esto que escribo, las siestas son sagradas. La siesta es la hora santa en que no se puede hablar. Hora del sol tenue en los cuartos sombríos y del amado ronquido de mi abuelo Tatá.

Bariloche, 27 de enero de 2002

jueves 21 de mayo de 2009

El milagro "antiestoico"

“La atención es la principal virtud realista”, decía Emilio Komar. En efecto, la atención -el oído abierto, el ojo aguzado, los cinco sentidos alertas- es la única respuesta adecuada del hombre a la realidad. Las cosas, en efecto, tienen algo que decirnos: en ellas se esconden verdades que todavía no sabemos. Y ante alguien que sabe más -un maestro- la conducta que corresponde es una sola: el silencio y la atención. Por eso, por ejemplo, lo primero que exige Dios de su pueblo es la atención, porque Él sabe y quiere enseñar: “Escucha, Israel…” (Dt 6, 4). El mundo, por ser creación –mensaje- de Dios, está preñado de sentido, de luz y de fuego y se muestra ansioso de manifestar ese tesoro: logos para nuestro entendimiento y valor para nuestra afectividad. La actitud que conviene, entonces, es la atención.
Sólo a la luz de esto se puede ponderar la gravedad que tienen la desatención y la insensibilidad: actitudes o estados con los que a menudo somos demasiado indulgentes. De hecho, no todos los insensibles -esos que perdieron la profundidad de la mirada- llegan a tales por mera dejadez. Hay quienes adhieren a una insensibilidad programática: el caso paradigmático es el de los estoicos (soportar “estoicamente”, decimos), pero este ideal está también muy presente en las espiritualidades orientales, hoy tan de moda también entre nosotros. Los estoicos, una escuela filosófica griega de la última antigüedad, fomentaban la “a-taraxia”, la imperturbabilidad ante las circunstancias de la vida, como la del peñón que resiste impertérrito los violentos embates con que el mar lo castiga. (Vale la pena aclarar, no obstante, que estos pensadores enseñaron muhas otras cosas y muy valiosas: aquí permítasenos el simplismo de llamar, en adelante, "estoicismo" a la búsqueda de independencia afectiva de la realidad, a la actitud que prefiere no prestarle mucha atención a la realidad -personas y cosas- para no dejsarse afectar por ella).
Explícito o no, el estoicismo como actitud ante lo real es muy común en el hombre y se hace presente de muchas maneras en la historia del pensamiento. ¿Por qué? Se trata, en el fondo, de un mecanismo de defensa muy entendible. La realidad, una vez conocida, “gustada” realmente en su profundidad y riqueza, compromete también afectivamente, como dice otra vez Komar: “Donde se descubrió el sentido, aparece la fuerza atractiva del valor”[1]
La ruptura de nuestra indiferencia y el compromiso afectivo son, de hecho, la contraprueba del conocimiento: si la cosa no llegó al corazón, no “tocó el nervio”, quiere decir que no la conocimos profundamente.
Ahora bien, todo amor hace vulnerable. El amor conlleva siempre, como negativo, el temor de perder lo amado. De ahí la expresión de San Agustín “el temor es amor que huye”[2]. Y de hecho, muchas veces el temor se ve confirmado porque algo nos separa del objeto amado. Entonces, el desgarro afectivo es tremendo: nuestro corazón padece la tristeza con la misma intensidad con que había amado lo ahora perdido. Y el corazón, como ofendido, nos pide con voces lastimeras: “no me hagan sufrir más”, y se cierra con doble llave y candado. ¿Para qué enamorarse si agazapado tras el fuego vacuo del amor nos espera este terrible desgarro de la tristeza? Esta actitud -que es entendible tras un desengaño amoroso o tras la muerte del amado- si persiste en el tiempo y se vuelve un plan de vida se torna, a fin de cuentas, una patología.
Y eso es precisamente lo que propone el estoico: mejor vivir de tal manera que nada nos afecte: ni lo bueno, ni lo malo.
El amor es el "afecto primordial": sin él no hay ni tristezas ni alegrías.[3] Efectivamente, si no amáramos nada tampoco temeríamos nada, aunque eso se pague sacrificando también alegrías intensas. No importa: sin alegría ni tristeza, viviremos imperturbables, sin sobresaltos.
Esta actitud es profundamente inhumana. Buscar así la impasibilidad es ejercer una violenta represión del corazón, del espíritu.
La actitud más conforme a nuestra naturaleza es la que señala, en una conocida oración, la Madre Teresa de Calcuta: “Ser honesto y franco te hace vulnerable. ¡Sé honesto y franco de todos modos!” Parafraseándola podríamos decir: “El amor te hace vulnerable. ¡Ama de todos modos!”
Por eso creo que lo más categórico contra la actitud estoica ante la vida está dicho en esta frase de Oscar Wilde: “Lo más terrible [de haber estado preso] no es que nos rompa el corazón –los corazones están hechos para romperse- sino que convierta nuestro corazón en una piedra.” [4]
Es mucho más terrible –por más deshumanizante- el endurecimiento del corazón provocado por un dolor intenso que el dolor en sí mismo considerado: “los corazones están hechos para romperse”.
El estoicismo, en última instancia, intenta apagar en el hombre lo que el hombre es: un ser espiritual con vocación al amor. Esto no es inocuo: no es posible ir de frente contra la naturaleza del hombre sin mucha violencia y mucho daño.
Lo que dice Wilde es, a fin de cuentas, lo mismo que nos enseña la fe cristiana. Aunque parezca que no, nuestro corazón está hecho para "romperse", para "partirse" en el amor. Dios nos promete, en el libro de Ezequiel, que "tranformará nuestros corazones de piedra en corazones de carne". ¡A veces pienso que esta profecía debería meternos miedo! Convertirá nuestro corazón "estoico" e imperturbable en un corazón "cristiano" y vulnerable... Es el Espíritu Santo quien realiza este milagro "antiestoico". Y lo hizo de manera perfecta en el corazón de un hombre que es por eso el Hombre perfecto: Jesús. Él con su "sagrado corazón" nos muestra otro ideal: no se puede vivir sin dar la vida.
En cada Misa, y sobre todo en estos días previos a Pentecostés, le pedimos a Dios que nos dé ese mismo Espíritu con que llenó a Jesús, para que "por Cristo, con él, y en él" aprendamos la alegría de tener un corazón como el Pan: partido para dar vida.

[1] Emilio Komar. Orden y Misterio, Emecé Editores-Fundación Fraternitas, Buenos Aires, 1996. p. 130.
[2] Citado por Josef PIEPER. Las virtudes fundamentales, Rialp (Madrid), p. 23
[3] “El amor es el principio de todas las operaciones apetitivas. Quitado éste, en efecto, no habría ni gozo –en el caso de que alguien consiguiera algo que no ama- ni tristeza –si se le impidiera tener algo que no ama-. Si se eliminara el amor, también se eliminarían todas las operaciones apetitivas, pues todas se alguna manera están referidas a la tristeza y al gozo”. SANTO TOMÁS DE AQUINO, De Rationibus Fidei, Gladius (Buenos Aires), 2005, p. 24.
[4] Oscar WILDE. “Vita nuova”, en Selected Prose, Methuen, Londres, 1914, p.143.

jueves 30 de abril de 2009

Nuestro verdadero nombre

"María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: "Mujer, ¿por qué lloras?". María respondió: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto". Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?". Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: "Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo". Jesús le dijo: "¡Mariam!". Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: "¡Raboní!", es decir "¡Maestro!". Jesús le dijo: "No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: 'Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'". Mariam Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras." (Jn 20, 11-18)

En las apariciones de Jesús resucitado, nunca los discípulos pueden reconocer de entrada a su Maestro. Es Él mismo el que de alguna manera tiene que revelarse ante ellos y decirles "soy yo" o provocar con algún gesto el grito lleno de alegría: "¡es el Señor!". Y es siempre muy interesante detenerse a ver la manera en que Jesús se deja reconocer cada vez.
En este relato, la Magdalena sólo reconoce a Jesús cuando Él la llama por su nombre. Es Jesús el que inicia la conversación cuando le pregunta: "Mujer, ¿por qué lloras?", pero ella no se da cuenta de quién es y cree estar con el jardinero. Sólo cuando oye pronunciar su nombre se le abren los ojos, y reconoce a su Señor. ¡Cómo habrá sido el tono, cuál habrá sido la dulzura con que Jesús la llamó...!
El evangelista, a este respecto, nos regala un detalle precioso, del que lamentablemente nuestras traducciones no dan cuenta. Jesús no le dice simplemente "María" o "María Magdalena" (como la nombra el narrador en los versículos 1 y 11): Jesús dice "Mariám" y eso basta para todo lo demás. El Resucitado la nombra en su lengua materna, que es, por ser materna, la única lengua con que se puede expresar el amor más grande. Eso es lo que conmueve a la Magdalena, ese amor hecho nombre es el que la despierta de su angustia y de su dolor y le permite ver a su Señor. Y, como al amor sólo puede responderse con más amor, María le contesta en la misma lengua: "Rabbuní", que es una forma cariñosa de decir "Rabbí", Maestro.
Eso no es todo: Juan nos reserva otra alhajita. Al final del relato, nos dice que la que se va a dar el anuncio a los discípulos -la apostola apostolorum- no es ya "María la Magdalena" como en el versículo 1, sino "Mariám la Magdalena" (v. 18). La Magdalena ya no es la misma después de su encuentro con el Resucitado: su ser quedó marcado por el amor con que Jesús la nombró. Al nombre de "Mariám", al mismo tiempo se le revelaron Jesús y su verdadero yo, el rostro de su Señor y su verdadero rostro. En adelante, ella será para siempre Mariám, aquella "mujer" a quien Jesús nombró y convirtió en su discípula.


No hay encuentro con Jesús que no nos "cambie": Jesús nunca nos deja iguales. Este encuentro, sin embargo, no nos "transforma", no nos cambia en otra cosa: no es destrucción de lo previo (María - Mariám), sino una profundización, una confirmación de la identidad más honda.
Esto me lleva a pensar en cómo nombramos y en cómo somos nombrados. El nombre es la primera tranquera de nuestra intimidad: nosotros mismos empezamos a conocernos mediante el nombre que nos vino dado, y que aprendimos a balbucear escuchando a nuestros padres pronunciarlo, llamándonos con amor. Ese nombre primero, el que pronuncian nuestros padres, de alguna manera nos constituye como personas.
En efecto, lo que nos constituye, lo que nos confirma, lo que nos asegura y permite caminar es precisamente el amor que recibimos (y esto es patente en los chiquitos). De ahí que sólo quienes nos aman con este amor casi creador (diríamos estrictamente: "procreador") tienen el derecho de "llamarnos", de ponernos un nombre. Y puesto que quien en realidad nos quiere con un amor tan total que nos crea de la nada es Dios, en rigor a Él solo corresponde nombrarnos (por eso el nombre en el Bautismo).
En mis años de profesor tuve una experiencia que me quedó grabada: una vez uno de mis alumnitos, un chico de quince años, buen alumno pero que en la clase pasaba bastante inadvertido, se acercó a agradecerme... ¡porque lo llamaba por su nombre! No pude nunca olvidarme de eso. ¡Qué fuerza tiene la palabra! Pero ese poder es tanto para el bien como para el mal. Todos, alguna vez, experimentamos el agudo dolor de ser "malnombrados", de ser descalificados con sobrenombres hirientes, de ser insultados, de ser burlados... A veces uno se asombra de cómo pueden caer la autoestima y el ánimo heridos de muerte por un sólo dardo verbal, por una única palabra envenenada, pero así es. Las palabras saben ganarse bien adentro del corazón y, por consiguiente, las heridas que provocan son muy profundas.
Esto que vale para la palabra en general, vale sobre todo para el nombre, porque el nombre, por ser la palabra que expresa a la persona, es de alguna manera el "culmen" de la palabra (de hecho, la Palabra más perfecta, la que es a un tiempo la primera y la última, es un Nombre). Por eso es tan grande la diferencia entre un nombre "impuesto" de afuera, manoseado por quienes nos tratan -o maltratan- y un nombre dicho con amor -como nombran las madres-, un nombre dirigido a los ojos, un nombre que es "decir bien", un nombre que es una auténtica "bendición".
En última instancia, sólo Jesucristo, en quien fuimos pensados y amados, puede "decir nuestro nombre" de esa manera; sólo Él puede querernos con ese amor eterno y entrañable de Dios. Por eso, sólo Jesucristo puede revelarnos nuestra verdadera identidad (como dice el Concilio Vaticano II -Gaudium et spes, 22- "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado"): sólo Él puede revelarnos nuestro nombre.
Y nosotros, amando con este amor con que somos amados, podemos hacer que muchos puedan ir descubriendo a la vez su verdadero nombre y el Nombre de Jesús.

sábado 11 de abril de 2009

El sepulcro nuevo

"Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato dio orden de que se le entregase. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca; luego, hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se fue. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro." (Mt 27, 57-61)

“Todo se ha cumplido” (Jn 19, 30). Jesús entregó todo: sus vestiduras, su sangre, su Espíritu… hasta dio a su propia Madre. Aquel que, “siendo rico, se hizo pobre”, fue pobre “hasta el extremo”; aquel que en la vida “no tuvo lugar donde reclinar su cabeza” (cf. Lc 9, 58), tampoco en la muerte se procuró una tumba, sino que es puesto en un sepulcro ajeno.
Pero la providencia de Dios le preparó a Jesús "una tumba nueva" (cf. Jn 19, 41). ¿Por qué es nueva la tumba? No sólo porque “nadie había sido sepultado todavía en ella”, como dicen Juan y Lucas. Es nueva también porque nunca antes la muerte había recibido a la Vida misma en su seno; nunca antes Dios había descendido hasta este abismo de compasión. En efecto, ningún hombre antes había muerto como murió el Hijo de Dios, asumiendo, en el infinito regazo de su confianza (cf. Lc 23, 46), toda la negrura y la soledad y la angustia de la muerte de un pecador (cf. Mc 15, 34).
Creemos que, con Jesús, también nuestros sepulcros se vuelven "sepulcros nuevos". Ya no son el oprobioso lugar de la condena, el confín tenebroso de la muerte, el fin absurdo de una vida sin sentido… Con Jesús, nuestros sepulcros son el lugar donde, por no poder nosotros hacer nada, Dios puede hacerlo todo. Son el nuevo tabernáculo donde el Dios de los vivos quiere manifestar su gloria.
El Sábado Santo tiene carácter propio: es un día de espera, de expectativa. Sabemos que es muy fácil caer en la tentación de evitar esta tensión de la espera, sea desquitándonos del ayuno en una suerte de Pascua anticipada, sea recayendo en el activismo, o simplemente distrayéndonos... Hoy la Iglesia nos regala un tiempo para, sencillamente, "estar sentados frente al sepulcro", como las santas mujeres. Sentados en silencio, como ellas, delante de la enorme piedra de nuestras impotencias. Ellas supieron esperar porque realmente querían a su Maestro. Si permanecemos en oración (es decir, amando a Jesús), el silencio acongojado de la cruz se irá mudando, poco a poco, en silencio de esperanza ante la tumba.
* * *

Jesús, Señor y hermano nuestro,
que podamos ofrecerte tantos sepulcros
que hay en nuestras vidas
–tantos rincones oscuros de pecado,
de tristeza, de dolor y de muerte-
para que hagas de ellos sepulcros nuevos,
lugares de entrega y descanso
donde el Padre pueda engendrar
la resurrección y la vida. Amén.

jueves 26 de marzo de 2009

La libertad según Moustaki

Ma liberté

Ma liberté, longtemps je t’ai gardé
comme une perle rare;
ma liberté, c’est toi qui m’as aidé
à larguer les amarres
pour aller n’importe où
pour aller jusqu’au bout
des chemins de Fortune,
pour cueillir en rêvant
une rose des vents
sur un rayon de lune.

Ma liberté, devant tes volontés
mon âme était soumise,
ma liberté, je t’avais tout donné,
ma dernière chemise.
Et combien j’ai souffert
pour pouvoir satisfaire
tes moindres exigences!
J’ai changé de pays
j’ai perdu mes amis
pour gagner ta confiance.

Ma liberté, tu as su désarmer
toutes mes habitudes;
ma liberté, toi qui m’as fait aimer
même la solitude;
toi, qui m’as fait sourire
quand je voyais finir
une belle aventure...
toi, qui m’as protégé
quand j’allais me cacher
pour soigner mes blessures.

Ma liberté, pourtant je t’ai quitté
une nuit de décembre:
j’ai déserté les chemins écartés
que nous suivions ensemble
lorsque, sans me méfier,
mes pieds et poignes liés,
je me suis laissé faire
et je t’ai trahi pour
une prison d’amour
et sa belle geôlière.

Libertad mía (traducción libre)

Mi libertad, mucho tiempo te he guardado
como una perla rara.
Tu fuiste, libertad, quien me ha ayudado
a soltar las amarras
para irme sin noción
hasta el último rincón
del gran mar de la fortuna...
para cortar en un sueño
una rosa de los vientos
sobre un rayo de la luna.

Mi libertad, cumpliendo tus mandados
mi alma vivió sumisa:
mi libertad, todo te había entregado,
hasta mi última camisa.
¡Y cuánto tuve que padecer
por poder satisfacer
tu menor extravagancia:
mi país, lo abandoné;
mis amigos, los dejé
por ganarme tu confianza!

Mi libertad, supiste desarmar
mis costumbres, mis modos,
mi libertad, que me enseñaste a amar
hasta el hecho de estar solo.
Tú me hacías alegrar
si podía consumar
una buena aventura...
Y eras siempre la guarida
en que mostrar mis heridas
para que les dieras cura.

Y con todo, libertad, te he abandonado
una noche de junio:
y dejé los caminos desviados
que habíamos seguido juntos.
Cuando, sin sospechar nada,
piernas y manos atadas,
me dejé que me hicieran...
y te traicioné por
una prisión de amor
y su bella carcelera.

La libertad tras las rejas del amor

Georges Moustaki (1934-)
Hoy quiero hablar de la libertad. Esa realidad tan buscada y querida por nuestra cultura occidental; esa palabra tan linda, tan alta, tan preciada; pero también ¡ay! tan gastada, abusada y manoseada. La libertad es, a la vez, el derecho que se busca, exige y reivindica y el deber que se adultera, se viola, se prostituye y corrompe. Los más grandes y los más abyectos hombres hicieron suya esta palabra: se hizo exigente en labios de Jesús y seductora en boca de Hitler; fue dolorosa para Gandhi y expeditiva para Bush; víctima en Martin Luther King y victimaria en Robespierre; regalo en el Mar Rojo y usurpación en la Franja de Gaza.
En medio de tantas voces opuestas que tironean a gritos la libertad, esta vez quisiera darle la palabra no a un caudillo que la grite y exclame sino a un poeta que la canta y declama: a Georges Moustaki
[1], uno de esos jóvenes de la Francia del sesenta que hicieron volantear al siglo XX.
Comparta o no la filosofía de Moustaki, gozo siempre con sus letras, como si se tratara de un Larralde en francés. En particular, su canción “Ma liberté” me parece contener hondos manaderos de verdad que, como un buen vino, quisiera degustar de a poco.


La libertad tras las rejas del amor
Sobran poetas que le hayan cantado a “la Libertad”. Moustaki, en cambio, fiel a su estilo personal y autobiográfico (ése que hace que uno sienta, al cabo de unas canciones, que lo conoce y quiere como si fuera un amigo), le escribe unos sentidos versos a “su” libertad.
La circunstancia de tiempo pasado con que empieza la letra (“mucho tiempo te guardé”) nos dispone de entrada a escuchar una narración. Como si se tratara de una persona, o mejor aún, de “una novia muy hermosa” (como aquella a quien cantó Atahualpa Yupanqui), Moustaki tiene con su libertad una historia compartida, una historia de amor. Ahora bien: hablar de la relación de alguien con su libertad es hablar de su liberación. Podríamos decir, entonces, que estamos aquí ante una suerte de “historia salutis”, de historia de la liberación, de historia de la salvación de Georges Moustaki. Lo interesante es que quizá, si cantamos esta canción, si la hacemos nuestra, esta historia de liberación también nos enseñe los caminos de nuestra propia libertad.
Lo primero que aparece es la valoración de la libertad, que para el autor era como una “perla rara”, en el sentido de “escasa”, “difícil”, "única”. ¿Qué hacer con la alhaja de la libertad en un mundo (décadas del 30 y 40) signado por las guerras y los totalitarismos? El primer movimiento fue de temor: esconder el tesoro, “guardar la perla”. Guardarse la libertad es estar uno mismo guardado, enterrado: “guardar la perla de la libertad” es una manera de decir que el que está resguardado es el sujeto que la tiene. Pero eso no pudo durar mucho, y la curiosidad y la potencia intrínseca de esa “perla” hicieron que el cofre un buen día se abriera, desatando a partir de entonces un proceso irreversible de liberación.
La dinámica de la libertad comienza por “ayudar a largar las amarras”. En efecto, el primer acto de liberación consistirá justamente en lo contrario de “estar guardado”: en salir, irse, volar, navegar... “Soltar las amarras”, por lo tanto, constituye la condición sine qua non de la libertad. No puede uno irse a ninguna parte sin antes deshacer las ataduras que le impiden caminar, que lo hacen dependiente y esclavo. Esto quiere decir que no puede haber libertad sin una fundamental independencia.
Una vez soltadas las amarras, y levada el ancla... ¡Libertad! ¡No más cadenas que nos condenen a un puerto! Los cuatro vientos de la libertad nos embriagan y marean. Puedo ir a donde quiera... Dice Moustaki: “Solté las amarras para irme ¡qué importa dónde!... hasta el último rincón de los mares de la fortuna; para cortar en un sueño una rosa de los vientos sobre un rayo de luna”... El desboque metafórico de esta última oración –que no volverá a darse en el resto de la canción- pretende indicar el indecible entusiasmo, la irrefrenable borrachera de la independencia recién estrenada, la locura por los 360 ° de horizonte...
Sin embargo, pasada esta luna de miel inicial, el autor parece introducirnos en una nueva etapa: la del compromiso y la fidelidad con su libertad. La relación con su libertad comienza a tomar matices de adoración, de culto, incluso de obediencia. Si es cierto que el protagonista había cortado toda atadura con tal de ir no importa a donde pero en libertad, esta libertad absoluta se revela, aunque sin un carácter negativo, como un nuevo tipo de dependencia, de sumisión. Uno no tiene jefe, ni amo, ni señor... pero su dueña y reina es justamente la propia libertad. La segunda estrofa nos describe esta nueva dimensión: “Mi libertad, cumpliendo tus mandados / mi alma vivió sumisa: /mi libertad, todo te había entregado, / hasta mi última camisa”. El compromiso, la entrega total al ideal de la libertad, el haberle dado “la última camisa”, es de hecho una auténtica “sumisión”, una abnegada obediencia a su voluntad... e incluso, como lo dice el verso siguiente, a sus mínimos caprichos: “¡Cuánto tuve que padecer / por poder satisfacer / tu menor extravagancia: / mi país, lo abandoné; / mis amigos, los dejé / por ganarme tu confianza!” Aquí el compromiso revela su costado más difícil: la renuncia. La fidelidad a la libertad supuso para el autor dejar patria y amigos... La diosa libertad, en la conciencia de Moustaki, pareciera haber hecho suyas las palabras de Jesús: “les aseguro que el que no me ama más que a su padre y a su madre no es digno de mí”.
"Mi libertad, supiste desarmar / mis costumbres, mis modos, / mi libertad, que me enseñaste a amar / hasta el hecho de estar solo. / Tú me hacías alegrar / si podía consumar / una buena aventura... / Y eras siempre la guarida / en que mostrar mis heridas / para que les dieras cura".
Las renuncias y las arideces de esta vida en libertad no sólo no desanimaron al personaje, sino que le provocaban una secreta alegría. Toda la tercera estrofa nos cuenta que, por debajo de la soledad y de las heridas y de los errores, había en nuestro protagonista como un gozo secreto sólo compartido con ella, su libertad, porque todos esos dolores tenían sentido por la fidelidad a ella. La incomprensión de los suyos, los fracasos de las aventuras, la soledad de la vida errante... todo puede volverse dulce si está encarado como exigencia de un amor, que en este caso es el amor a la libertad. Por eso el autor experimenta su libertad como una madre satisfecha y orgullosa, que lo contiene y le cura esas heridas que sólo ella podía comprender.
“Y con todo, libertad, te he abandonado / una noche de junio: / y dejé los caminos desviados / que habíamos seguido juntos. / Cuando, sin sospechar nada, / piernas y manos atadas, / me dejé que me hicieran... / y te traicioné por / una prisión de amor / y su bella carcelera”.
El final reviste un aspecto dramático: la bella historia de amor, esa historia de fidelidad cueste lo que cueste, esa alianza irrevocable con la libertad de pronto se rompe con una trágica traición. El sol y el mar del Mediterráneo que uno podía imaginar en la primera estrofa son reemplazados aquí por el lóbrego escenario de una noche de invierno. Y aquel mismo hombre que, un día de independencia, cortó sus ataduras en nombre de la libertad, una buena noche bajó, confiado, las defensas de su militancia libertaria, y se dejó atar nuevamente de pies y manos... Y “bueno, la cosa pasó”: la canción está escrita, de hecho, desde adentro de la cárcel. Pero lo curioso es que, a pesar de su tono algo nostálgico, este canto no es un lamento presidiario. No en vano nos recalca que él mismo “se dejó hacer”... Nadie lo encarceló, sino que solito se dejó llevar a la prisión. En efecto, toda la última estrofa es como un pedido de perdón a su novia traicionada, una genuina “confesión de parte” de la culpa de la traición.
De este modo, la canción termina casi como comenzó, con alguien que está “guardado”. ¿Cómo es posible que un romance así de idílico termine tan mal? La clave la dan los último dos versos. La cárcel es una “prisión de amor”, custodiada por una “bella carcelera”... Y este último adjetivo “bella” termina de convencernos de la complacencia del preso con su nueva situación. El fervoroso cultor de la libertad parece decirnos: “no me arrepiento de este amor, aunque me haya hecho perder la libertad que supe conseguir”.
Ésta es la genialidad de Moustaki, la honda verdad humana que describe en esta poesía. El mismo músico del 68 francés que le canta, todavía hoy, a esa “flor de mayo” que es la “revolución permanente” (Sans la nommer), el mismo que, fiel a aquel principio de “prohibido prohibir”, en Le temps de vivre dice: “todo es posible, todo esta permitido”, ese mismo Moustaki nos enseña en esta canción que la libertad no es la diosa más alta del panteón. Hay algo más grande, más fuerte, más sublime y más hermoso aún que la libertad. Y es el amor. Sólo el amor es capaz de mover a los hombres libres, a esos hombres que han sacudido todos los yugos y se saben dueños absolutos de sí mismos... El amor es tan fuerte que nos hace comprarlo entregando esa propia libertad por la que tanto luchamos. Y también, desde la sabiduría de la experiencia, el autor nos asegura otra cosa: una vez comprado el amor con la propia vida, una vez tras las rejas, uno se da cuenta de que no estuvo mal renunciar a la libertad, que no fue un error dejarse meter en esta cárcel del amor. En el fondo, el preso del amor se da cuenta de que su libertad, esa libertad por la que se afanó, esa libertad que buscó y siguió con pasión, sólo tuvo sentido en que sirvió para “pagar la entrada” al amor. La libertad no es un fin en sí misma, sino un medio para poder amar y dejarse amar. La libertad es más libertad todavía tras las rejas del amor.
Pero a la vez que esta certera descripción de la libertad, Moustaki nos revela el auténtico rostro del amor: no hay amor verdadero que no tenga algo de prisión. Si el amor no compromete la libertad, no es amor. No hay verdadero amor sin renuncias, sin dolor, sin abnegación y sacrificio (aunque existan por cierto dolores, renuncias y sacrificios que no tienen nada que ver con el amor). El amor auténtico "usa" la libertad entera; exige toda la vida.
Todo esto me parece como una explicitación del misterio del amor humano condensado en ese breve versículo del Génesis (2, 24): “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre [es decir, “suelta las amarras” y se independiza, condición indispensable de libertad], y se une a su mujer [es decir, con la soberanía de la independencia obtenida, elige ahora libremente volver a ser dependiente, pero por amor] y se hacen una sola carne”.
Y, como no puede ser de otra manera, también vemos esta misma verdad en Jesucristo, que supo independizarse, en el Templo, de sus padres (“¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?” -Lc 2, 49-); pero que, siendo libre, el absolutamente más libre de los nacidos de mujer, elige por amor dejarse clavar a la cruz y atarse definitivamente, hasta el extremo, al destino de los hombres: “nadie me quita la vida: yo la doy libremente; tengo poder para darla y para recobrarla” (Jn 10, 18).
Por eso me alegra pensar que, aunque bajo el cielo del Norte está enaltecida la Libertad en una famosa estatua, más arriba, más exaltada (cf. Jn 3, 14) y más brillante tenemos en el cielo del Sur el signo luminoso de la verdadera libertad, la libertad hecha Amor que es la Cruz de Cristo.

[1] Joseph Moustaki nació en 1934 en Alejandría de Egipto, de una familia judía de origen griego, y todavía joven se fue a París buscando nuevos aires. Allí compuso en francés, y de a poco fue haciéndose conocido en el ambiente musical. El aliento de Georges Brassens –de quien adoptó el nombre- y un romance con Edith Piaf, para quien creó varias canciones, lo lanzaron a la fama. Desde 1969 se consagró como solista hasta el día de hoy. Dueño de un estilo único, poeta, músico e intérprete de varios instrumentos, sus canciones le han sabido poner música y palabras al amor a la mujer, al cariño a la familia, a la nostalgia de la niñez, al dolor de la injusticia, al fervor de la revolución, a la alegría de la “buena vida”, a la intimidad de la confesión cordial.

domingo 22 de febrero de 2009

DÉCIMAS PLUVIALES

En todos estos años de inocultada pluviolatría nunca había logrado componer la "Oda a la lluvia" que tantas veces me prometí a mí mismo. Anteayer, inspirado por una frase -un poco descontextuada- de San Agustín, y por las condiciones atmosféricas justas, champurrié estas cuatro décimas -con segura vocación de cifra o de estilo-, que son una reincidencia en ese subgénero literario criollo que utilicé para las "Letanías criollas". Aunque fueron hechas pensando en Jesucristo, releyéndolas ahora pienso que le cuadran mejor al Espíritu Santo, que, después de todo, es siempre el Espíritu de Jesús.



"Sos gramilla engalanada con su más lujoso apero".



DÉCIMAS PLUVIALES

"Solus Christus suavitas pluviae"
San Agustín, Enarr. in ps. 137, 9.

A mi hermana querida sor Lucía,
amiga de Jesús, de la lluvia, y mía.

Sos agua que cae del cielo
sobre la tierra sedienta;
sos la garúa que asienta
el polvo de ciego vuelo;
de la pampa en el pañuelo
sos un llanto de alegría;
sos la verde algarabía
que puebla el monte de cantos;
sos en horas de quebranto
la más dulce compañía.

Sos esa luz argentina
que hace más verde el verdor,
que muestra el mejor color
de todo lo que ilumina;
nube de incienso divina
de olor a tierra mojada;
sos gramilla endomingada
con su más lujoso apero,
y en las fatigas de enero
la pausa más esperada.

Sos susurro silencioso
entre el pasto del potrero
y en las voces del alero
sos el canto más gozoso;
la que invitando al reposo
y al mate meditabundo
congregás a todo el mundo;
sos caricia que Dios manda
que hasta lo más duro ablanda
por tocar lo más profundo.

Sos la llovizna serena
que sabe entrar sin herir,
y adivinar el sentir
de quien esconde una pena.
¡Lluvia generosa y buena,
lamento de los sin voz!
Como el rocío precoz
que riega trigo y maleza,
sos la rotunda certeza
de la ternura de Dios.

"Sos susurro silencioso entre el pasto del potrero,
y en las voces del alero sos el canto más gozoso..."

jueves 12 de febrero de 2009

Sacha sonco (corazón del monte)

"Mi corazón, como ulúa..."
(Felipe Corpos- Sixto Palavecino, Como el sacha mishi)

Hace unas semanas estuve misionando en Brea Pozo Viejo, Santiago del Estero. Fueron días lindísimos en que, además de encontrar gente buenísima y compartir con ellos la vida y la fe, pude conocer algunos de los secretos del monte santiagueño.
Después de visitar, cada mañana, a alguna familia, me gustaba volver a la escuelita donde vivíamos no por el camino sino por el medio del monte, con uno de los changuitos amigos, Emanuel, que me hacía de baquiano.
El monte santiagueño es una rara conjunción de aridez y vida: es lo que en la jerga difícil de los libros de biología se llama "bosque xerófilo", o sea: "bosque amante de la sequedad". Sin embargo, la aridez del monte no es como, por ejemplo, la de las estepas patagónicas, esas soledades donde los vientos helados amedrentan al arbusto más corajudo y la infinidad sobrecoge el corazón. No. En los montes de Santiago crecen muchísimas especies de plantas, arbustos y árboles (y algunos de gran tamaño, como los algarrobos y los quebrachos colorados). Pero cuando uno, entusiasmado, se interna, la tierra ignorante de gramilla, los salitrales sólo habitados por el jume y las plantas de cactus le echan a uno en cara la seca verdad: en esos lugares en que el agua escasea, el sol requema y la tierra cubre todo con su infatigable polvareda la vida no es cosa fácil.
En una de mis salidas me detuve ante un cactus. Era una especie de cardoncito rastrero, enroscado como víbora en la tierra pelada, que me levantaba dos o tres bracitos espinudos como amenazante bienvenida. ¿Y éste cómo se llama?, le pregunté, una vez más, con incorregible avidez botánica, a mi paciente guía. -"Ulúa", me dijo. "U-lúa", repetí en voz alta para cerciorarme.
La ulúa es un cactus petisón, nada llamativo frente al gran cardón o a las tunas y quimiles de vistosas pencas, sus parientes mayores del monte. De hecho, habría seguido de largo si no hubiera entrevisto, bajo las espinas, una suerte de pelotita roja, como una frutillota escondida en lo más enmarañado de esa silvestre corona de espinas. Colorada y redondita, esa fruta era como el corazón de ese cactus, defendido por las espinas. Emanuel, notando mi perplejidad, antes de que le pregunte nada me dijo: "se come". Y sin esperar, con montaraz destreza, hizo viborear su bracito entre las espinas y con sólo dos dedos, para evitar las "janas" -minúsculas espinas como filososos pelos invisibles que crecen en la misma cáscara- la despegó del tronco. Después, haciendo un tajo con un palito en la gomosa cáscara colorada, abrió la ulúa y dejó ver una pulpa blanca con puntitos negros, igual a una bochita de helado de crema granizada. Lo probé, tímidamente: era inverosímilmente fresca y tenía, en la boca, la consistencia de la nieve y un dulzor manso en el final, como para dejar pensando. ¡Increíble! Que en medio del monte polvoriento, bajo el sol aplastante del enero santiagueño, entre las espinas hostiles de un cactusito cualunque, hubiera ese fruto dulce y tan fresco, me pareció un milagro. Los días siguientes, me dediqué a convidarles a mis amigos de la misión ese rico hallazgo del monte, ese sabroso corazón de las espinas.

* * *

Uno de los últimos días de la misión, en otro paseo "botánico", encontré que las ulúas, ya maduras, habían como reventado: que había un tajo en su poncho rojo, y que los pajaritos del monte habían ido a endulzarse los picos en sus entrañas blancas.

* * * * * *

Pienso que el corazón del hombre es, muchas veces, como la ulúa de los montes de Brea Pozo. Muchas veces somos, a primera vista, duros y espinosos. Los rigores y las arideces de la vida nos han sacado espinas, espinas fieras y antipáticas: hemos cercado, quizá, con ramas y púas la indefensa ternura de nuestro corazón, y al corazón mismo, incluso, lo hemos provisto de agudas janas defensivas.
Sin embargo, a medida que crecemos en madurez, vamos de a poco perdiendo el miedo y animándonos a abrir lo que en nosotros hay de dulzura escondida. Me gusta pensar que, como la ulúa madura que revienta y, desde su herida, da vida y alegría a los pajaritos del monte, el corazón del hombre no sabe madurar sin abrirse. Como la ulúa, también nosotros sólo maduramos si abrimos el corazón y damos vida -nuestra vida- a los demás.
Pero, como a la ulúa, hay que saber darnos tiempo, también.

sábado 3 de enero de 2009

Navidad o el elogio de la vulnerabilidad

A los chicos de Pacheco
Siempre me gustan estos "tiempos" que la Iglesia nos da para que los grandes misterios de la fe puedan "decantarse" en nuestro corazón. En particular se me hace siempre "necesario" este tiempo de Navidad, porque el misterio de la Encarnación es por lejos el que más me exige un esfuerzo de adaptación, y -si tomamos "conversión" en el sentido evangélico de "metá-noia", de "cambio de mentalidad"- es el que más me pide "conversión". En efecto, convertirse al Dios Niño de la Navidad es dejar de pensar como el "mundo" y aprender a "sentir-pensar" con la "mentalidad de Jesucristo, que siendo Dios se vació de sí mismo tomando la condición de esclavo, y pasó por uno de tantos" (Fil 2).
En concreto me gusta quedarme en esa sencilla imagen del Evangelio: el niño estaba "envuelto en pañales". En esa expresión cabe todo el misterio de un Dios que ama y que por amor elige, siendo de por sí omnipotente, impasible y fuerte, hacerse frágil, vulnerable e impotente. Tanto que necesita que lo envuelvan en pañales, que lo protejan, que lo cobijen.
Ese niño Dios envuelto en pañales es la manifestación de cómo es Dios, es la prueba definitiva de que Dios es amor. Ahora bien, si el amor de Dios se mostró al mundo de esta manera inaudita, esto me hace pensar, una vez más, en una de las características más difíciles del amor, que es precisamente la vulnerabilidad.
Vulnerabilidad es otra manera de decir: "capacidad de ser herido". Amar supone confiar y exponerse: el mismo movimiento por el que uno se da al otro implica el riesgo de ser rechazado y herido. La tranquera que uno abre para invitar queda abierta para el que lo quiere a uno rechazar o atacar. Enamorarse de alguien ya conlleva la dolorosa posibilidad de perderlo.
En el capítulo veintiuno de "El Prinicipito" de Saint-Éxupéry, hay un profundo diálogo del protagonista con un zorro.
"Fue entonces que apareció el zorro:
- Buen día - dijo el zorro.
[...]
¿Quién eres ? – dijo el principito. – Eres muy bonito...
- Soy un zorro – dijo el zorro.
- Ven a jugar conmigo – le propuso el principito. – Estoy tan triste...
- No puedo jugar contigo – dijo el zorro. – No estoy domesticado.
- Ah! perdón – dijo el principito.
Pero, después de
reflexionar, agregó:
¿Qué significa "domesticar" ?
- Es algo demasiado olvidado – dijo el zorro. – Significa "crear lazos..."
- ¿Crear lazos ?
- Claro – dijo el zorro. – Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo...
[...]
Mi vida es monótona. Yo cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen, y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida resultará como iluminada. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los demás. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira ! ¿Ves, allá lejos, los campos de trigo ? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Y eso es triste ! Pero tú tienes cabellos color de oro. ¡Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado ! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y me agradará el ruido del viento en el trigo...
El zorro se calló y miró largamente al principito:
- Por favor... ¡domestícame ! – dijo.
- Me parece bien – respondió el principito -, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.
- Sólo se conoce lo que uno domestica – dijo el zorro. – Los hombres ya no tienen más tiempo de conocer nada. Compran cosas ya hechas a los comerciantes. Pero como no existen comerciantes de amigos, los hombres no tienen más amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame !
- ¿Qué hay que hacer ? – dijo el principito.
- Hay que ser muy paciente – respondió el zorro. – Te sentarás al principio más bien lejos de mí, así, en la hierba. Yo te miraré de reojo y no dirás nada. El lenguaje es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
[...]
Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se aproximó la hora de la partida:
- Ah! - dijo el zorro... - Voy a llorar.
- Es tu culpa – dijo el principito -, yo no te deseaba ningún mal pero tú quisiste que te domesticara.
- Claro – dijo el zorro.
- ¡Pero vas a llorar! – dijo el principito.
- Claro – dijo el zorro.
- ¡Entonces no ganas nada !
- Sí gano –dijo el zorro
por el color del trigo.
[...]
Los hombres han olvidado esta verdad – dijo el zorro. – Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. [...]."
En nuestra cultura, tenemos, hoy en día, horror al sufrimiento. La "sociedad del bienestar" que -algunos- vivimos en Occidente, supone la huida del dolor, al precio que sea. La "sociedad del bienestar" es también la "sociedad de la anestesia". Si en lo fìsico se prefiere no sentir con tal de no sufrir, espiritualmente muchas veces se elige no amar, no comprometerse, no "crear lazos" para no tener que "llorar".
Me gusta pensar que la Navidad nos muestra a un Dios que eligió depender de nosotros, porque quiso "atarse", "vincularse", "enlazarse" a los hombres. Es el Dios de la Alianza, que en el pesebre desnuda toda la dimensión de vulnerabilidad que esa Alianza suponía. Es un Dios que no teme "llorar", y que por eso puede "amar hasta el extremo".
"Domestícame", pedía el zorro al Principito.
Estoy de vacaciones y no tengo mis mataburros a tiro, pero supongo que tanto el verbo "dominar" (de "dominus": dueño, señor) como "domesticar" se remontan en última instancia a la misma realidad que es "domus", casa. Y sin embargo, estos verbos representan los polos opuestos de una opción fundamental en la relación con otro. De ambas maneras se consigue "meter" al otro en la esfera de lo "mío", en mi "casa". Pero "dominando", "domando" o "domeñando" el movimiento está centrado en uno mismo: es algo que se hace a la fuerza, más allá de la voluntad del otro. Por el contrario, "domesticando", lo que se hace es más bien extender la casa, agrandar la familia, "poner un lugar más en la mesa". (De aquí que para muchas personas, sobre todo las más solas, sus animales "domésticos" tengan casi las mismas prerrogativas que un hijo... un nombre, un lugar en el sillón, y muchos -tristes- etcéteras). El movimiento es más descentrado, menos posesivo. Es amor, no posesividad.
Qué lindo saber que Quien es el único "Dominus", el único Señor y Dueño, el único que de verdad es todopoderoso y "domina" todas las cosas, no domina "dominando" sino "domesticando". Él hasta tal punto "estiró el alero" de su casa, hasta tal punto nos hizo de su "casa" que nos hizo "hijos", como su Único Hijo amado Jesús. ¡Qué grande es nuestro Dios! Sólo los más grandes pueden hacerse tan pequeños. Si así domina nuestro Señor Jesucristo, así debe ser para nosotros cristianos la noción de "dominio"... Nuestra tarea es "dejarnos domesticar" por él.
Ojalá que en este tiempo de Navidad el Niño Dios nos ayude a "cambiar de mentalidad", y que este "elogio de la vulnerabilidad", esta "exaltación de la impotencia" que es su amor hecho niño nos enseñe, cada día, "con mucha paciencia", el camino del verdadero amor. Aunque tengamos que llorar un poco.

martes 9 de diciembre de 2008

Ir a esperar a Dios a la tranquera

A Sandra, que me mostró qué significa "esperar contra toda esperanza"
y hoy nació a la Vida eterna.
En estas semanas, en que nos preparamos para conmemorar la primera venida de Cristo en la Navidad, la Iglesia nos propone que hagamos el ejercicio de esperar su segundo "adviento", su última venida al fin de los tiempos. El Adviento es, por antonomasia, un tiempo de espera.
Esperar, sin embargo, no es algo que nos guste mucho. Y menos a nosotros, hombres posmodernos, que no estamos acostumbrados a esperar nada. Estamos viviendo en un mundo que supo aplicar toda su técnica para eliminar las esperas de la vida, de manera que todo podamos obtenerlo "ya". Nuestra paciencia no está dispuesta a ir más allá de un "doble clik". Y, a medida que crece la velocidad, nos hacemos más intolerantes a la espera: yo, por ejemplo, ya no soporto el relojito de arena de la computadora; otros, víctimas de la pava eléctrica, no saben ya darle tiempo al agua para cebar unos mates.
De cualquier modo, aniquilar definitivamente las esperas es utópico. Siguen estando las salas de espera en las oficinas públicas y en los hospitales, sigue habiendo colectivos que no llegan y personas que se atrasan... En la vida, muchas veces, no nos queda otra que "esperar". Sin embargo, en esas ocasiones casi nunca nos "dedicamos" a esperar, sino que aprovechamos para hacer otra cosa mientras esperamos: mandamos mensajitos, hablamos por teléfono, leemos, hacemos crucigramas, vemos tele, escuchamos música, o, si estamos cansados y se da, dormimos un ratito. A eso no lo llamamos "esperar", sino más bien "hacer tiempo".
Esta expresión "hacer tiempo" es muy elocuente, porque supone que no existe algo así como un "tiempo de espera": si "hacer tiempo" es hacer cualquier cosa para llenar un tiempo vacío, quiere decir que el "tiempo de la espera" es, de por sí, un "tiempo muerto", y que dedicarse a esperar sin hacer nada importante es, en el mejor de los casos, "matar el tiempo".
Y sin embargo, la Iglesia nos abre un explícito "tiempo de espera", donde no se puede esperar de cualquier modo. De hecho, en el Evangelio "inaugural" de este Adviento (Mc 13, 33-37), Jesús nos invitaba a ser como el portero que vigila la casa mientras espera a su patrón, y nos decía: ¡velen, estén despiertos, estén prevenidos! Es decir: no "hagan tiempo", sino más bien "esperen".
La espera del Adviento de Jesús es una espera que se "dedica a esperar"; es una espera vigilante, que combate las distracciones que nos invitan a pensar en otra cosa "mientras tanto". Es una espera que "aguanta la tensión" -a veces enorme- que supone anhelar la presencia de alguien mientras "no está viniendo". Por eso sería más propio llamar a esta acción "atender" que "esperar" (como lo hace el francés attendre), porque "atender" (ad tendere) es "estar tenso hacia" aquello que esperamos: esperar consiste justamente en mantener y sostener esa tensión del deseo insatisfecho. Sin duda, no es fácil reconocer y "bancar" así nomás esta tensión. Y por eso le sacamos tanto el bulto a las esperas...
* * *
Estos días, pensando en la exhortación de Jesús a esperar atentos, sin dormirse y sin distraerse, me vino a la memoria, desde lejos, un lindo recuerdo de mi niñez.
En esa época pasábamos todos los veranos en el campo. Cuando a mi padre se le terminaban las vacaciones, él se volvía a trabajar a Buenos Aires, y mi madre y nosotros nos quedábamos allá. Pero Papá venía siempre los fines de semana, y cuando llegaba era una fiesta. Nosotros sabíamos que iba a llegar el viernes a la tardecita, en algún momento, pero nunca sabíamos la hora exacta (no había celulares...). Me acuerdo de esas veces que, ya bañados y tal vez en pijama, le pedíamos a Mamá: "¿podemos ir a esperar a Papá a la tranquera?"
La tranquera de entrada a "El Rodeo" queda a dos o tres cuadras de la casa, ya afuera del monte. Desde esa loma, subido a la tranquera, se puede ver cómo el camino se estira y se pierde, derechito, como si se hundiera en el monte de "San Martín". El sol aquerenciado del verano se iba cayendo lento atrás de las sierras, como alargando su mirada cómplice de nuestra ansiedad. Los ojos y los oídos estaban bien atentos: cualquier murmullo nos parecía el ruido de un motor, y en cualquier nubecita baja creíamos ver la polvareda del auto de Papá. Mamá venía seguramente con nosotros, y acaso, por el camino, nos enseñaba el nombre de las flores. Quizá abríamos la tranquera y jugábamos a hamacarnos arriba -diversión terminantemente prohibida por mi abuelo-, pero eso sí, sin dejar nunca de mirar el horizonte deseado, amansado por la luz apacible de la tarde.
¡Qué momentos lindos! Y sin embargo, era un momento de auténtica "espera", con toda su tensión. Nada impedía que nos quedáramos jugando en el parque o en la casa -total Papá iba a llegar igual-. Pero preferíamos "ir a esperar" a la tranquera, ese emblema del paisaje campero, símbolo del corazón humano que puede recibir o atajar.
¿Por qué era tan linda esa espera, que para muchos podría ser tensa y aburrida? Porque lo que nos hacía esperar era el amor. Las ganas locas de que llegara Papá (y con él los "programas distintos": salidas en el coche de caballos, idas a cazar, tal vez algún regalito) nos hacían gozar de esa espera ansiosa. En el fondo, lo que hacía posible la "espera vigilante y atenta" era el deseo profundísimo del amor. "El amor", dice San Pedro Crisólogo, "no descansa mientras no ve lo que ama" (Lectura del oficio del jueves II de Adviento). Solamente el amor sabe esperar bien.
No hay, entonces, otra manera de "estar preparados", de "estar vigilantes" que el amor. La "fuerza de voluntad" no nos alcanza. Viviremos bien la espera del Adviento sólo si queremos mucho a Jesús, si deseamos ardientemente que venga a nuestras vidas, si estamos con ganas de abrirle la tranquera de nuestro corazón. Por eso la liturgia nos hace rezar: "Concédenos, Señor Dios nuestro, anhelar de tal manera la llegada de tu Hijo Jesucristo, que cuando llame a la puerta nos encuentre velando en oración (...)" (Colecta del lunes I de Adviento). Sólo el deseo que nace del amor engendra la buena espera.
Si es así, este Adviento -y el gran adviento que es nuestra vida en la tierra- podrá ser un gozoso "ir a esperar a Dios a la tranquera".

lunes 1 de diciembre de 2008

¿Qué cielo esperamos?


Los últimos días del año litúrgico que acabamos de terminar nos invitaron a mirar al cielo, a pensar en la vida eterna. Ya hemos hablado de la secularización y de cómo ella influye en que no nos preocupemos mucho de estas realidades "menos reales" del más allá... Hoy, en cambio, podríamos hacer un pequeño esfuerzo en tratar de entender por qué nuestra cultura eligió "secularizarse": por qué primero dejó de mirar para arriba y buscó el cielo en la tierra (época de las grandes utopías) y por qué finalmente dejó de buscar el cielo y se contentó con vivir sólo en la tierra (muerte de las utopías o, dicho menos académicamente, cultura del "es lo que hay"). Es muy probable que el cielo haya dejado de ser importante y significativo en nuestra vida porque tenemos, quizá, una idea muy desfigurada y empobrecida de él.
Cuando pensamos en el cielo, lo primero que suele venírsenos a la imaginación es una persona vestida de blanco tocando el arpa, sola, en una nube. De hecho, cuando alguien está muy viejito o muy enfermo, solemos decir que "está más cerca del arpa que de la guitarra". Esto parece una pavada, pero sin embargo estas imágenes de nuestra cultura nos influyen mucho inconscientemente. ¿Qué tiene de fascinante un cielo así?
Quienes aprendimos algo de catequesis o de teología fuimos enterándonos de que el cielo en realidad no era así, sino que era "gozar eternamente de la visión de Dios": el cielo es la "visión beatífica"… ¡Ah! Pero ¿cómo? ¿Vamos a estar mirándole la cara a Dios por los siglos de los siglos, sin poder hacer nada más? Al final, estamos peor que antes: la catequesis no hace más que confirmar nuestra sospecha de que más vale que nos divirtamos acá abajo, porque en el cielo se acaba la fiesta… ¡Con razón oímos muchas veces la idea de que el infierno es mucho más atractivo que el cielo, porque está lleno de gente divertida!
En la Primera Carta de Juan encontramos la ayuda necesaria para enriquecer un poco esta imagen del cielo: "sabemos que cuando se manifieste [lo que seremos], seremos semejantes a [Dios], porque lo veremos tal cual es" (1 Jn 3, 2).
Es cierto que el cielo consiste en ver a Dios. Pero esa visión no se queda en visión, nomás… Cuando veamos a Dios, nos dice Juan, vamos a ser semejantes a Él. Y aquí ya cambia el panorama: el cielo no consiste tanto en ver a Dios sino en "ser semejantes a Dios": la visión es el medio, no el fin. "Seremos semejantes a Dios". Pues bien: ¿cómo es Dios? El mismo autor de esta carta nos lo responde unos versículos después: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16). Nosotros creemos, gracias al Evangelio de Jesucristo, que Dios no es un solterón, sino que es un Padre que se da por entero a su Hijo, y ese Hijo, de tan agradecido y feliz, se entrega todo al Padre, y que entre los dos gozan tanto de este amor que comparten, que estallan en la alegría y el don que es el Espíritu Santo. En el cielo vamos a ser semejantes a este Dios, que es una comunidad de personas que se aman. Por lo tanto, en el cielo también nosotros vamos a ser una comunidad: la comunidad de los Hijos de Dios.
Por eso Juan no dice: "seré semejante a él", sino "seremos semejantes a él"… Durante mucho tiempo, la Iglesia hizo hincapié en la dimensión individual de la salvación. Se insistió en que cada uno se esforzara por "salvar su alma". Todavía hoy, los títulos de algunas obras de espiritualidad (hay un libro, p. ej., que se llama "Para salvarte") siguen reflejando esta mentalidad. Sin embargo, nuestra esperanza no es individualista. Nadie se salva a sí mismo y nadie se salva solo. La santidad no es ante todo un premio particular, sino un don de Jesucristo para la Iglesia; es un don para cada uno pero en cuanto miembro del Cuerpo, es un don "eclesial". De hecho, el Papa, en su última encíclica, nos recuerda que "la salvación es una realidad comunitaria" (Spe salvi, 14). La vida eterna es la comunión con todos, y así lo rezamos también en la Misa: "que podamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria" (Plegaria eucarística III).
La vida eterna es una realidad "social". Por eso en muchos lugares de la Escritura se habla del cielo como de una "ciudad", como de una "asamblea" o "congregación". Por ejemplo, en el Apocalipsis se describe "una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua..." (Ap 7, 9). El cielo es la alegría de la asamblea de todos los santos, la unión de todos los hijos de Dios junto a Jesucristo.
No obstante, la comunidad del cielo no supone que nosotros, por así decir, nos perdamos en la muchedumbre "social" de los santos. Los santos tienen nombre y apellido. En la asamblea celestial que el Apocalisis nos muestra no están todos igualitos y uniformes, como en las liturgias totalitarias de los dictadores, sino que se mantiene y radicaliza la diversidad de cada uno: "una muchedumbre inmensa (...) de toda nación, raza, pueblo y lengua". Y en esto también "seremos semejantes a Dios", porque ¡en Dios hay diversidad! Dios es la comunión de tres personas distintas, cada cual con su nombre propio. ¡Dios es pluralidad unida en el amor!
Así, el cielo será la conjunción perfecta de nuestras experiencias más plenas de la vida, que a mi juicio se inscriben siempre en dos grandes vertientes: la identidad y la comunión. Cuando tengo que expresar mi sensación interior de esos momentos (o instantes) en que me he sentido absolutamente a gusto, libre, desplegado y pleno suelo decir que "fui yo mismo". Con eso indico que estuve libre de miedos, de trabas, lleno de una confianza radical: es la experiencia de la plenitud de la identidad, de estar siendo lo que uno debe ser. La otra gran fuente de alegrías en la vida es la experiencia de la comunión con otros, que tiene distinto color según de quién se trate (el amor es siempre irrepetible: es lo más personal y lo más personalizador). Una conversación profunda con un amigo, el gozo de la presencia del enamorado, un momento de unión inefable con Dios en la oración, una fiesta en que uno celebra y agradece de corazón la vida... Son esos instantes de plenitud increíble en que a uno le sale decir: "¡quisiera que esto dure para siempre!", o, como Pedro, "hagamos tres carpas..." Es el momento, dolorosamente pasajero, en que el amor nos "hace tocar el cielo con las manos". Si es auténtica, en esta experiencia las dos vertientes saben confluir: en ese instante de unión impresionante con el otro sentimos, al mismo tiempo, que somos más que nunca libres, que estamos siendo lo que debíamos ser, que para eso existimos, que somos "nosotros mismos". Éxtasis y personalización coinciden. La mirada de amor del otro es la que nos hace crecer, la que nos hace henchirnos y desplegarnos, la que nos permite vivir libres y con la frente en alto.
Eso va a ser el cielo: la mirada de Dios amándonos va a ser tan grande que nuestra libertad no va a tener freno alguno: se dará una cadena de amor tan contagiosa y fuerte entre todos nosotros que esos instantes que acá son fugaces allá no terminarán nunca. Por eso, todo lo bueno de esta vida no se acaba, sino que sigue. Serán los "cielos nuevos", sí, pero también la "tierra nueva". Será la ciudad eterna de todos los que queremos: en la Biblia a esta "ciudad nueva" se la llama "Jerusalén del cielo". Pero como la identidad nuestra allá no se pierde sino que se acentúa, esa ciudad puede ser campo: el cielo va a ser también "Ayacucho para siempre", "Ayacucho eterno". ¿Cómo no mirar al cielo? ¿Cómo no esperar en la vida eterna?

miércoles 12 de noviembre de 2008

La memoria al servicio de la esperanza

"¡No se acuerden de las cosas pasadas! ¡No piensen en las cosas antiguas! Yo estoy por hacer algo nuevo. Ya está germinando ¿no se dan cuenta?" (Is 43, 18-19 a).

La promesa que Dios hace aquí es muy sugerente: "Yo estoy por hacer algo nuevo." De alguna manera, estamos ante la esencia de toda promesa. Lo que alguien nos promete es siempre algo que no tenemos, algo, en este sentido, nuevo, que cuando llegue renovará nuestra vida en algún aspecto. "Yo estoy por hacer algo nuevo"… Es una invitación a que abramos la tranquera de nuestra esperanza y dejemos que los deseos más hondos salgan galopando campo afuera. Si nos permitiéramos a nosotros mismos soñar sin tranqueras: ¿quién de nosotros no querría "algo nuevo" en su vida?

Sin embargo, no es fácil abrir esta tranquera de los deseos más hondos. Tal vez lleva muchos años cerrada, y la tenemos vencida y desvencijada; tal vez nos hemos cansado de tanto mantenerla abierta a la espera de algo o de alguien, y ahora preferimos dejarla atada a la seguridad de un candado. El candado de la tranquera de nuestros deseos es la desesperanza, el desánimo. Y el desánimo excluye por naturaleza cualquier posibilidad de renovación.

"Yo estoy por hacer algo nuevo. Ya está germinando ¿no se dan cuenta?". Isaías transmitía estas palabras en una época en que el pueblo de Israel estaba hundido en la más negra desesperanza. Era el peor momento para hacer promesas: ya no tenían tierra, ni rey, ni templo… Justamente, todo lo que Dios les había prometido se había terminado, como un sueño al despertar. Estaban deportados en una tierra lejana, soportando la opresión de Babilonia, que era entonces algo así como la "máxima potencia mundial". En esa situación sólo había lugar para "llorar con nostalgia de Sión". Sólo cabía refugiarse en el recuerdo de los buenos tiempos, cuando se vivía en paz y tranquilidad, cuando todo era alegría… ¿Qué perspectiva de futuro podían tener?

También nosotros, cuando estamos atravesando por un momento así de malo, sentimos que nada bueno hay en el hoy y nada bueno en el mañana: lo bueno "ya fue", lo único que vale es lo de ayer… ¿Quién no hizo suyo alguna vez el conocido lamento manriqueño: "todo tiempo pasado fue mejor"? Hay circunstancias en que es realmente impensable soñar con "algo nuevo"… Y todavía más difícil es darse cuenta de que lo nuevo "ya está germinando"… : tenemos los ojos vueltos hacia el pasado.

De aquí que, para poder abrir la tranquera de los deseos profundos, para ser capaces de levantar la cabeza hacia el horizonte de los sueños, lo primero que hay que hacer es dejar de mirar hacia atrás. Por eso, a los desanimados de ayer y de hoy Dios nos grita: "¡No se acuerden de las cosas pasadas! ¡No piensen en las cosas antiguas! Yo estoy por hacer algo nuevo". ¿Qué quiere decir esto? ¿Está mal acaso recordar el pasado? Ciertamente no. Pero esta exhortación de Isaías nos abre los ojos y nos invita a discernir.

La memoria es un regalo que Dios nos da, y como tal es buena, pero no siempre es bueno el uso que de ella hacemos. Hoy, sin embargo, pareciera que la memoria fuera siempre buena: hacemos monumentos y plazas y días de la "Memoria", y hasta la escribimos con mayúscula. Sin embargo, no es lo mismo tener buena memoria que tener memoria buena. Cuando la memoria nos estanca en el pasado, nos impide descubrir lo nuevo que Dios está haciendo en nuestra vida y no nos deja proyectarnos con esperanza hacia el futuro, entonces no es buena. Un ejemplo bien concreto de esto lo tenemos los argentinos en la manera de encarar nuestra historia reciente. Desde hace un par de años, tenemos un nuevo feriado que se llama, si no me equivoco, "Día de la Memoria". Esta "memoria" se empeña en recordar un acontecimiento que considera funesto y traumático: el golpe militar de 1976. La moraleja de esta pedagogía "memoriosa" la oímos con fecuencia: "¡ni olvido ni perdón!". ¿Por qué este empeño de gastar la memoria regodeándose en lo que es nefasto, recordando lo que es "para el olvido", en lugar de usarla para celebrar lo "inolvidable", para aplaudir lo "memorable"? La memoria buena habría llevado a actuar de otra manera: ¿no hubiera sido más positivo poner un feriado el día del aniversario del retorno de la democracia? La memoria buena es la que nos hace volver atrás, al pasado, pero como lo hacen esos autitos de juguete que andan a "retropropulsión": retroceden, pero para poder salir llenos de fuerza hacia adelante. Sólo es buena la memoria cuando es aliada de la esperanza.

Para poder abrirnos con esperanza a las promesas de Dios, necesitamos discernir y purificar nuestra memoria. Sólo cuando nos liberemos de la memoria melancólica y de la memoria rencorosa, sólo cuando descubramos el pasado como fuente de esperanza, podremos "darnos cuenta" de "lo nuevo" de Dios que "ya está germinando" en la diaria alegría de nuestra vida oculta.

jueves 30 de octubre de 2008

De la admiración

A mi hermano Pato.
A mis amigos.
El asombro, se dice con razón, es el origen de la filosofía. De la filosofía en el más genuino de sus sentidos, en cuanto "sabiduría de vida". Parafraseando a la Biblia, me atrevería a decir: "Principio de la sabiduría es el asombro de las cosas". Muchas veces se ha hablado de las bondades del asombro, y también lo hemos hecho aquí.
Hoy, sin embargo, quisiera referirme a la admiración, que es el más alto de los asombros.
En nuestra lengua madre hay un parentesco muy estrecho entre los verbos "asombrarse" (mirari) y "admirar" (admirari), tanto que a veces son sinónimos. Sin embargo, se hacía en el uso una interesante distinción, como atestigua Beda el Venerable: "Miramur opera, admiramur virtutes" -"Nos asombramos de las obras, admiramos las virtudes"- (De ortographia). La admiración está referida, en primer lugar, a las personas. El prefijo "ad" (a, hacia) sugiere, por un lado, un asombro "dirigido", que mira a los ojos; un asombro con nombre, "personalizado". (Distinta es la mirada -más vaga y panorámica- de quien pasea y repasea los ojos embelesados por un paisaje imponente). Por otro lado, esta "dirección", este "blanco" implica una intención y una actividad en el sujeto. De ahí que en castellano el verbo "admirar" se use casi siempre como activo y transitivo: "yo admiro a alguien", en tanto que los verbos "asombrarse" y "maravillarse" revisten una forma más bien pasiva y no pueden volverse transitivos sin alterar su sentido. A diferencia del mero asombro, donde prevalece la pasividad fugaz de la sorpresa, en la admiración el asombro de un momento se convierte en una actitud permanente. La admiración es un asombro decidido. Admirar es elegir asombrarse.
La admiración, habíamos dicho, es el más alto de los asombros. Y lo es en razón de su objeto, que es la persona humana. Ahora bien, si las razones lingüísticas -siempre un poco pedantescas- no bastaron para probarlo, me gustaría hacerlo con un precioso texto de la liturgia, tomado del Prefacio común IX: "...Tú eres el Dios vivo y verdadero; el universo está lleno de tu presencia, pero sobre todo has dejado la huella de tu gloria en el hombre, creado a tu imagen."
Resulta muy normal y lógico que nos maravillemos contemplando la naturaleza: que nos asombremos unas veces de su imponente grandeza y otras nos extasiemos de su milagrosa pequeñez. Pero con más razón deberíamos asombrarnos del hombre, que es la obra más gloriosa de Dios, como dijo Ireneo: "la gloria de Dios es el hombre viviente". Esto es, precisamente, la admiración. Pero admirar muchas veces nos cuesta.
Las cataratas del Iguazú o el glaciar Perito Moreno no ofrecen ningún tipo de "resistencia" a nuestro asombro. Distinto es cuando tenemos delante a una persona, a alguien como nosotros. Ahí se hace más grande y arduo el salto entre el "mirar" y el "admirar"... El problema, pues, parece ser el hecho de que en la admiración se trata de nuestros semejantes. En esto, precisamente, radica la dificultad de la admiración, pero también su grandeza.
De hecho, la admiración es tanto menos costosa cuanto más "desemejanza" existe entre el que admira y el admirado.
La más fácil de las admiraciones -pero también la más infecunda, por extrínseca (y a veces incluso alienante)- es la tributada a esas personas que consideramos como "extraordinarias", como "fuera de serie", a quienes experimentamos tan lejanas que ya casi no las sentimos como "semejantes" sino como "sobrehumanas": de hecho, las llamamos "ídolos"...
Hay otra admiración que no por común es menos importante. Es una admiración natural y hasta constitutiva de la persona, y que "sale sola": el hijito que admira a su padre, la hermanita a la hermana mayor, el discípulo al maestro, etc. En efecto, no se puede crecer como persona sin alguien "más grande", sin estas figuras de autoridad que son a la vez objeto de admiración.
No obstante, la admiración empieza a ser más rara cuando el hijo o el discípulo crecen y se acorta sensiblemente esa distancia que los separaba de sus mayores. Con la cercanía y la paridad aparecen la emulación, la competencia, los celos y la envidia.
Por eso, la admiración más difícil es la que se da entre auténticos "pares" (hermanos con poca diferencia de edad, compañeros de trabajo o de estudio, etc.).
La "paridad" es de por sí muy ardua: requiere un fatigoso equilibrio, siempre pronto a quebrarse. Ver "parejamente" a nuestros "pares" exige el empeño constante de sostener y soportar esa tensión. Las más de las veces, cedemos al simplismo: a algunos, tendemos a "sobrevalorarlos", a otros a "infravalorarlos". En este último caso, el ejercicio de la admiración es el más eficaz de los remedios para dejar de mirar al hermano por sobre el hombro, para permitirle recobrar sus dimensiones, para permitirnos aprender de él y alegrarnos con lo que nos da.
A pesar de su intrínseca dificultad, pocos sentimientos hay tan altos y humanizantes como la admiración por un "par". ¡Qué alegría, qué gozo, qué milagro de paz cuando, en el lugar mismo donde brotaron las malezas -acaso inevitables- de la competencia y los celos, nace la buena semilla de la admiración!
Si de suyo el simple asombro expande el corazón, eleva el espíritu y por un momento nos libera del enredo de nuestras propias preocupaciones y autocuidados y nos hace perdernos en la belleza y estallar en canto agradecido, ¡qué caudal de gozo, qué fuerza liberadora tiene la admiración!
* * *
Quienes tendemos peligrosamente al narcisismo y la soberbia, la admiración no es un gusto que nos demos demasiado frecuentemente. Con todo, he tenido -gracias a Dios- algunas intensas conversaciones "admiradas" entre amigos, que guardé como "perlas" en el corazón, y cuya frecuente rumia me ha conducido a estas reflexiones.
Porque -hay que decirlo-, las bondades que tiene el admirar se multiplican cuando la admiración florece en la "confesión" abierta. Una admiración inconfesa es como una buena planta que todavía está muy cerca de esas malezas que mañana mismo pueden ahogarla o secarla.
Poder charlar entre amigos y dedicarse un buen rato a ponderar, admirados, al amigo en común; poder, entre hermanos, admirar al hermano es un acto que enaltece, libera y humaniza. Es como un lavaje de corazón, como una purificación psíquica que deja al alma agradecida y contenta. Por esto mismo, la admiración recíproca es acaso uno de los ingredientes más excelentes y saludables de toda amistad.
* * *
Ésta me parece una de las grandes enseñanzas contenidas en las densas palabras de San Pablo en la Carta a los Romanos. Describiendo la nueva vida en Cristo y los carismas de la comunidad, Pablo quiere asegurarse, por un lado, de que los cristianos se vean entre sí como "pares", como "miembros los unos de los otros" (12, 5) "en Cristo". De aquí que comience su exhortación pidiéndoles: "no se estimen más de lo que conviene; tengan entre ustedes una estima razonable". Esto supuesto, Pablo, el padre, el amigo, el experto en humanidad, quiere regalarle a su comunidad de Roma la preciosa experiencia de la admiración mutua. Y por eso les dice unos versículos más adelante: "Ámense cordialmente los unos a otros, estimando cada uno a los otros como más dignos" (12, 10).
Que Jesús nos enseñe su humildad de corazón, para poder admirarnos cada vez más entre nosotros. Así tendremos cada día la alegría de los agradecidos, porque, si vivimos admirados, vamos a estar realmente amando a nuestros hermanos, pues estaremos diciéndoles sin necesidad de palabras: ¡Qué maravilla que existas! (Cf. Josef Pieper, "Amor", Las virtudes fundamentales).

sábado 18 de octubre de 2008

La verdad en las latitudes del amor

Hace poco más de una semana, en su monasterio de Punta Chica, murió la Madre María Leticia Riquelme OSB, abadesa de Santa Escolástica. Sólo Dios sabe cuánto de lo que hay en mí de bueno se debe a sus oraciones y a las de sus monjas, las "benes" tan queridas. Tuve el priviegio de conocerla y de que me honrara desde chico con su amistad, que me manifestó siempre con muchos pequeños gestos de cariño. Su lema abacial -una suerte de programa de vida-, estaba tomado de la carta a los Efesios 4, 15: "Veritatem facientes in caritate". Hoy, agradecido, quisiera dedicarle a ella esta pequeña reflexión, que podría tener como título, su lema, y como ícono, su vida.

Madre M. Leticia Riquelme OSB (1943-2008)

La verdad en las latitudes del amor

En nuestro idioma, y en muchos otros, hay una diferencia antigua entre los verbos "conocer" y "saber". La raíz originaria del primero (* gno-), refiere a una actividad fundamentalmente intelectual, gnoseológica. En cambio, tanto en griego como en latín, la raíz de "saber" (*Soph-, *Sap-) es la misma que la de "sabor". "Saber", en castellano, es tanto del intelecto como del gusto. Fulano "sabe" mucho; una salsa "sabe" bien. La arcaica verdad latente en el esqueleto de las palabras nos enseña que existe una íntima y misteriosa relación entre el "saber" y el "sabor".
Nos damos cuenta, entonces, de que mucho de lo que llamamos "sabiduría" no es tal. No tiene "sabor". Es, ciertamente, ciencia ("scientia") pero sabiduría ("sapientia") no. Lo mismo pasa con los "sabios": nos vemos obligados, como los franceses, a usar distintas palabras para el sabio "sabelotodo" o "sabihondo" ("savant") y otra para el sabio "sabroso" ("sage").
Es un hecho que no cualquier pensador es "sabio": no es lo mismo estudiar que adquirir sabiduría. En efecto, las más de las veces (comenzando por la literatura sapiencial de la Biblia), se reserva esta palabra no para el "intelectual" sino más bien para el anciano, para el que sabe no por haber estudiado sino por haber vivido bien, por haber experimentado (o sea, por ser un "experto" o "perito", en sentido etimológico). Bien lo dice nuestro refrán: "el diablo sabe por diablo, pero sabe más por viejo". También en la literatura cristiana encontramos frecuentemente escritos que nos presentan la auténtica sabiduría como algo distinto de la sabiduría del "mundo". Me gusta ver la cifra de este pensamiento en una vieja copla castellana:

"La ciencia calificada
es que el hombre en gracia acabe,
porque, al fin de la jornada,
aquel que se salva, sabe,
y el que no, no sabe nada".

Es decir: la sabiduría es algo práctico, en cuanto que tiene todo que ver con la vida concreta. Si no muerde la existencia, si no incide en las opciones, si no se traduce en lo cotidiano, aquello será un conocimiento, una ciencia, una doctrina, un teorema, pero jamás sabiduría. Será una "palabra muerta", al decir del de Aquino: "Así como cuando un hombre cree y no practica se dice que su fe está muerta (cf. Sant 2), a veces el hombre tiene una palabra muerta: piensa en lo que debe hacer pero no tiene la voluntad de hacerlo" (In Symbolum Apostolorum expositio, 112). Es un conocimiento muerto, porque no atrae hacia sí la afectividad, el amor.
Refiriéndose a la Eucaristía, en una frase genial, el Papa resume -a mi juicio- toda esta cuestión: "Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre -aquello por lo que el hombre vive- era el Logos, la sabiduría eterna, ahora esta logos se ha hecho para nosotros verdadera comida, como amor" (Benedicto XVI, Deus caritas est, 13).
La lógica del Evangelio y la dinámica de la Eucaristía vienen, en efecto, a echar mucha luz sobre nuestro asunto. Dios nunca se reveló en solas palabras: nuestro Dios es Yahvé, el Dios liberador, el Padre de "mano poderosa y brazo extendido"... En Jesucristo, Dios es Palabra que se identifica con el acontecimiento: el Logos que se hace carne. Es todo lo contrario a la "palabra muerta": es "verdad y Vida" (cf. Jn 14, 6). En él, que es la Palabra eterna de Dios, la Sabiduría de que hablaban Salomón y Ben Sirá vuelve a ser -más que nunca- sabrosa, porque se hace literalmente alimento.
¿Cómo? Dice el Papa: "como amor". La Eucaristía es Verbum almum, Palabra nutritiva, la Sabiduría que nos prepara el vino y la mesa (cf. Prov 9, 2), porque es Amor.
Vemos, por consiguiente, cómo Jesucristo nos devuelve (con nueva y altísima profundidad) esa inmemorial verdad de "los antiguos que pusieron nombres a las cosas" (Platón): que "saber" era algo que daba gusto y hacía crecer.
Pero ahora nos devela el secreto de ese vínculo antiguo. ¿Cómo el conocimiento llega a ser sabroso? Como amor. ¿Cómo el saber se hace alimento? Como amor. ¿Cómo la verdad puede ser digerible? Como amor.
De esto que nos enseña la pedagogía de Dios en Cristo podemos extraer la siguiente conclusión: si queremos que una verdad "llegue", si pretendemos que una palabra "edifique" y enriquezca, esa verdad debe reunir dos condiciones: por un lado, debe estar "encarnada"; por otro, debe darse "como amor". Es decir, debe ser una verdad "martirial", que se expone no sólo en nuestros labios sino ante todo en nuestro testimonio de vida; y debe ser una verdad que se transmite en la firme suavidad del amor. Ésta es la verdad de los santos, que son los verdaderos "sabios".
El famoso "relativismo" actual, ese descrédito que, desde hace años, pesa sobre cualquier pretensión de una verdad que trascienda al individuo y llega a descalificar no sólo la idea de verdad sino incluso su misma palabra, hace necesario que quienes creemos en Jesucristo (el que dijo "Yo soy el camino, la verdad y la Vida" -Jn 14, 6-) aprendamos a reformular la verdad del Evangelio con el mismo lenguaje con que nuestro Maestro anunció el Reino de Dios: con el estilo humilde del amor fiel hasta la muerte. Las circunstancias de nuestra hora exigen de nosotros la valentía de proponer -de vivir- una "verdad crucificada", como dice el teólogo italiano Adolfo Russo.
Ciertamente, no es fácil "practicar la verdad en la caridad" (cf. Ef 4, 15). Día a día padecemos las tensiones y las incoherencias que tantas veces nos llevan a radicalizar todavía más el divorcio existente entre verdad y amor... Ya nos rendimos a amores fáciles y amorfos, ya nos anestesiamos con verdades rígidas e impermeables. El desafío es poder achicar cada día un poco más esa distancia, aprendiendo a conjugar la verdad en la "sinfonía" de la comunión.
A fin de cuentas, es en la Vida eterna donde se consumará la reconciliación entre palabra y obra, entre verdad y amor. Y por eso es tan lindo lo que dice San Agustín hablando -con ansias- del Cielo: "Que en ti, Señor, me encuentre con todos aquellos que se alimentan de tu verdad en las latitudes de la caridad" (Confesiones, XII, 24, 33).

martes 23 de septiembre de 2008

El grano de trigo y el miedo posmoderno

Contra lo que a alguno le gustaría pensar, no faltan sitios del Evangelio en que Jesús habla del infierno. Hoy en día, sin embargo, se oye rarísima vez hablar de la "condenación eterna". En la práctica, muchos curas rodean o evitan abiertamente esos pasajes de la Escritura.
En todo caso, creo que si a un joven o adolescente posmoderno le habláramos de la gehenna con su "llanto y rechinar de dientes" eternos, no se le movería un pelo. Ni siquiera -se me ocurre- protestaría contra el discurso "oscurantista" de la Iglesia, como seguramente harían sus padres. Le sería lisa y llanamente indiferente; a lo sumo, le resultaría un poco antipático, nada más.
En última instancia, no me parece que el problema sea tanto el conflicto de los predicadores con la idea del infierno y con su compatibilidad con el Dios amoroso de Jesucristo: de hecho, pasa exactamente lo mismo con el Cielo, de quien ya casi nadie nos habla -a veces, ni siquiera en los entierros-. Más bien, creo que el tema de fondo es que la última generación -no sólo de "feligreses" sino también ¡ay! de predicadores- ya viene totalmente "secularizada". Y los que no vienen secularizados de fábrica, se han -nos hemos- secularizado después. Ahora bien, si hay algo que define la tan mentada secularización es precisamente el no concebir más realidad que hoc saeculum: esta tierra y esta hora, este mundo y este tiempo. Fuera de esto no existe nada.
Reflexionábamos hace poco sobre cómo la persistencia de las utopías hablaba, en el fondo, de esa tendencia ingénita en el hombre a la infinitud, a lo eterno. Pues bien, el fenómeno contrario -la "muerte de las utopías"- que hoy nos toca ver, es igualmente elocuente: el hombre posmoderno ha anestesiado su deseo más hondo, ha renunciado a la plenitud, ha desertado de la magnanimidad y de esa manera ha desistido de una felicidad última, total, universal. Con el pragmatismo del refrán: "más vale pájaro en mano que cien volando", se afana por comprar ya su bienestar aquí, y todo lo demás... ¿qué importa?
Cuando, por todo esto, la eternidad está sencillamente fuera del horizonte mental, "Cielo" e "infierno" no dicen absolutamente nada.
(Esto no quiere decir que en cada posmoderno y en cada posmodernito no esté la capacidad de eternidad y la sed de infinitud y trascendencia: la cuestión es precisamente cómo hacer para desempolvarlas, despertarlas y hacerlas crecer. Hay en esto todo un camino por pensar y hacer, de lo que no me ocupo aquí. Es, por lo demás, muy interesante que en su última encíclica Spe salvi Benedicto XVI haya querido hablarnos justamente de estas cosas...).
El hombre de hoy, entonces, no parece temerle a las llamas del infierno ni desvelarse por ese "lugar del consuelo, de la luz y de la paz", en quien "nadie estará triste, nadie tendrá que llorar". En cambio, tiene un horror congénito, un espanto visceral y atávico: el miedo a estar solo. Pero no -en primer término- a ese estar solo introspectivo y amable de Pascal y Agustín, ni a esa soledad entibiada por el Espíritu, la soledad habitada de los hombres de Dios. El hombre posmoderno tiene un miedo muy real y fundado: le tiene terror a una soledad terrible, horror a una soledad horrenda. Tiene pánico de la más desolada de las soledades: la de no tener a nadie en el mundo que lo quiera. Nadie está libre del vértigo de ese vacío. ¿Quién puede decir que no tiemble con este temor? ¿Quién está salvado del riesgo de esta soledad?
Hace poco, leyendo un interesante artículo que describía el fenómeno de las tribus urbanas, me quedé impactado con la profunda confesión de uno de esos adolescentes: "Antes era emo. Me había hecho por problemas personales. En la primaria nadie me hablaba, hasta que me hice emo y encontré amigos" (La Nación, 15-09-2008, p. 16). Con tal de no quedarse solos, muchos chicos son capaces de identificarse con alguna de estas tribus, lo cual supone, sí, conseguir amigos, pero también auténticos enemigos (están los floggers y los antifloggers, los emos y los antiemos, etc.). Queda de manifiesto que les es preferible padecer corporativamente burlas, e incluso golpes, a estar solos. Y esto no es más que un botón de muestra, como la punta del iceberg de nuestra situación cultural.
Jesús, acaso pensando en sus oyentes "secularistas" (que entonces los había -tampoco nos creamos originales...-) no sólo habló de las consecuencias eternas -buenas o malas- de la opción vital de creer en él y de seguirlo o no; también se refirió a las consecuencias "seculares", al "ahora, en este tiempo" (Mc 10, 30): "En verdad, en verdad les digo que si el grano de trigo que cae en tierra no muere, se queda solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24).
"Se queda solo". Será que se me ganó la posmodernidad por la ventana, porque a mí estas solas palabras, que no son ni siquiera una exhortación, me hacen estremecer más que las amenazas del infierno. "Se queda solo"... Es, rigurosamente, la explicitación del miedo más hondo y primitivo del hombre -también del hombre de hoy-, dado que es la contracara del deseo de los deseos, que es amar y ser amado ("quid autem volebat nisi amare et amari?", confiesa San Agustín).
Pienso, por eso, que con esta enseñanza, de la entraña del Evangelio, Jesús alcanza la entraña misma de la posmodernidad secularista, hiriéndola y sanándola a la vez.
Fiel a sí misma, la Palabra de Dios que se hizo carne nos habla en un lenguaje que podemos entender. Les habla a nuestros miedos y a nuestros deseos más vivos y concretos. Nos toca y nos hace "arder el corazón". De este modo, con pedagogía de buen Maestro, antes de darnos recetas, nos inquieta y suscita en nuestros corazones la pregunta: "¿Qué debemos hacer?" (Hech 2, 37). "Señor, tenemos mucho miedo. ¿Qué hacemos para no quedarnos solos?"
La respuesta de Jesús no es una frase más de alguno de sus discursos. Está en el meollo dramático del Evangelio de Juan, en el momento justo en que él, finalmente, descubre que "ha llegado la hora" (Jn 12, 23), esa hora "para la que ha venido" (cf. Jn 12, 27). La imagen del grano de trigo es la manera como Jesús entendió esa "hora" suya; el modo como concibió su "glorificación" (cf. Jn 12, 23). En el fondo, es el testimonio de cómo asumió y encaró su misión en el mundo. La imagen del grano de trigo es como la autobiografía de Jesús.
Si admitimos, entonces, que, tocando el tema de la soledad, Jesús alcanza y conmueve el corazón del secularismo posmoderno, no es menos cierto que con su paradójico proyecto ("morir para dar fruto") "mete el dedo en la llaga": hiere la fibra acaso más íntima de la cultura actual.
Un lúcido analista de nuestra sociedad "posmoral", Gilles Lipovetski, dice: "Ya no es verdaderamente inmoral pensar sólo en uno mismo. (...) La nueva era individualista (...) ha desculpabilizado el egocentrismo y ha legitimado el derecho de vivir para uno mismo. (...) El individualismo contemporáneo no es antinómico con la preocupación de beneficencia, sino con el ideal de la entrega personal: se quiere ayudar a los otros pero (...) sin dar demasiado de sí mismo" (El crespúsculo del deber, Anagrama, pp. 131-133).
La propuesta de Jesús, enunciada con la imagen del grano que muere y reforzada a continuación, es la oposición más cabal que cabe a esta "posmoralidad": "El que ama su vida la perderá, y el que odia su vida en este mundo la conservará para la Vida eterna" (Jn 12, 25). La ecuación que Cristo nos ofrece hace estallar nuestra lógica: el que ya en este mundo no quiera quedarse solo, que "odie" su vida de este mundo. Sólo perdiéndola conservará su vida en una Vida más plena, eterna. El "yo" no es conservado con el "egocentrismo" sino solamente con la audacia de vivir como Jesús: de hacer de la existencia "pro-existencia", de "renunciar a sí mismo" y ser todo para Dios y todo para los demás.
De este modo, con admirable pedagogía, el Maestro nos lleva, desde nuestro temor actual de "quedarnos solos" en este mundo, a la perspectiva de una vida fecunda ya aquí pero que va abriéndose a la eternidad.
A fin de cuentas, Jesús nos invita, dándonos su Espíritu, a que hagamos propio su camino. Él nos propone la única verdadera solución al terror del vacío y la soledad: una vida llena de sentido. Sin embargo, se levanta aquí una objeción preocupante: la "muerte" que él nos muestra como camino conlleva también una gran soledad. ¿Quién nos asegura que por huir de una soledad no vayamos a dar a otra peor? Pero justamente Jesucristo, el Crucificado, tiene la autoridad moral para señalarnos la senda. Pues ¿quién como él compartió hasta el extremo nuestra angustia? Él, que fue traicionado hasta por sus mejores amigos y se sintió abandonado incluso de Dios (cf. Mc 14, 34), vivió de tal manera que, incluso en medio de la soledad más dura, la de la muerte, sabía en todo momento que no estaba solo, porque el Padre estaba con él (cf. Jn 16, 32).
Y hoy, resucitado y lleno de fruto, nos repite una y otra vez al oído, al corazón un poco asustado: "No estás solo. No te quedes solo... Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

jueves 4 de septiembre de 2008

¿Hay lugar para la utopía?


Parece -me cuenta mi amiga g.a.d.- que a Saramago no le hacen gracia las utopías. Dice el escritor que han traído muchos más daños que beneficios, y que si pudiera borraría la misma palabra "utopía" de los diccionarios. Lo cierto es que Saramago no está solo, y que desde hace años se habla del "fin de las utopías".
No se trata de negar ingenuamente todo el potencial nocivo que de hecho tuvo en nuestra historia el empeño por llevar las utopías a la práctica. Pero eso no es culpa de las utopías sino de quienes no supieron entender que justamente las utopías son y deben ser siempre "utópicas": es decir, que siempre han de conservar su carácter de "in-ubicabilidad", de no poder ocurrir, de no poder "tener lugar" aquí y ahora.
Sir Thomas More, el brillante humanista inglés que acuñó el término al publicar su famosa obra "Utopia", conocía más que bien la ingente distancia que separaba la isla del rey Utopo de su propia isla brumosa...
De cualquier modo, me parece que la recurrencia de las utopías en la historia de los hombres es por demás elocuente. El pertinaz recurso a lo utópico manifiesta algo inherente a nuestro ser, un deseo medular y potente. En cambio, la tendencia materialista y divanesca -todavía tan frecuente- de cajonear desde el vamos cualquier deseo de plenitud con el injusto rótulo de "proyección" se me antoja cada vez más intelectualmente insulsa.
En el cristianismo -esto tan irremediablemente paradójico- hay "topos" (lugar) para la "ou-topía". Por poner unos botones de muestra, miremos Isaías 2, 1 y ss.: "Sucederá al final de los días (...) pueblos numerosos con sus espadas forjarán arados, con sus lanzas, podaderas. No levantará la espada una nación contra la otra, no se adiestrarán para la guerra." O Isaías 11, 8 y ss.: "El lobo habitará con el cordero, y el leopardo se recostará junto al cabrito (...) el niño de pecho jugará sobre el agujero de la cobra, y en la cueva de la víbora meterá la mano el bebito recién destetado." O el final del Apocalipsis: "Ya no habrá ninguna maldición (...) Tampoco existirá la noche, ni les harán falta las lámparas ni la luz del sol porque el Señor Dios los iluminará(...)"(22, 3.5). O, mucho más cercanos, los célebres pasajes de los Hechos de los Apóstoles como éste: "Todos los creyentes vivían unidos y ponían todo lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes y distribuían el dinero degún las necesidades de cada uno (...) comían juntos con alegría y sencillez de corazón, ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo" (2, 42 y ss.). (Quienes vivimos todos los días en una comunidad eclesial sabemos lo importantes y necesarios que son estos pasajes, y a la vez ¡ay! lo utópicos que son... ).
Es cierto que, al menos desde Feuerbach y Marx, una de las más persistentes críticas al cristianismo ha sido precisamente esa: la de regodearse en la promesa de un utópico "cielo" y de descuidar la tierra y la vida que de hecho tenemos hic et nunc. Después del Concilio Vaticano II (p. ej. Gaudium et Spes, 39) creo que la Iglesia se ha hecho cargo de la objeción: incluso en nuestros días, Benito XVI nos da una linda respuesta a ella en la encíclica Spe Salvi.
La concepción cristiana de la escatología (la plenitud está ya, pero todavía no consumada) puede redimir el género utopía, que sin esta segunda cláusula ("todavía no") puede, por cierto, causar mucho daño. La resurrección de Jesús inauguró ya un "cielo nuevo" y una "nueva tierra": en él, la muerte ya ha sido vencida... Y ¿acaso hay algo más utópico? "La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria?" (1 Co 15, 54-55). ¡Este es el carozo de las utopías! Por otra parte, ¿no vivió Jesús mismo -y enseñó- un tipo de vida bastante utópico ("presenta la otra mejilla", "amen a sus enemigos", las bienaventuranzas, etc.)? Claro: se puede responder que nuestro mundo real y concreto aniquila las utopías, como aniquiló en una cruz a Jesús de Nazareth y en los circos romanos a sus primeros seguidores.
Pero la genialidad de Dios está en que, a diferencia de las "utopías" que Saramago deplora, la "utopía" de la salvación y de la nueva creación en Jesucristo no se saltea el sufrimiento, el pecado y la muerte, sino que los asume y atraviesa. La gran novedad es que, en Cristo, el fracaso es la victoria, la muerte es la vida, la cruz es la exaltación y la gloria. Él ya ha vencido. El "todavía no" es nuestro tiempo de vivir, el "tiempo favorable" y oportuno para que nosotros, libremente, dejemos que el mismo Espíritu de ese Jesús nos lleve por aquel camino que, atravesando la muerte, desemboca en la vida plena.
La verdadera utopía no es, por lo tanto, la que lleva a sacrificar a miles personas con tal de establecer el ideal de la nueva humanidad, sino la que es parida en lo secreto de cada día por aquellos que saben entregar la propia vida por sus hermanos.
En este sentido, no es casual que el inventor de "Utopia", Thomas More, ese fiel canciller de Enrique VIII, pero antes fiel súbdito de Dios, haya identificado su vida con Cristo al punto de morir como él: dando testimonio de la Verdad. Sin duda, sabía muy bien de qué se trataba la verdadera utopía.

lunes 25 de agosto de 2008

Tardecita de agosto

Ya hace unos días que empecé nuevamente a rezar en el parque de la parroquia. Las tardes están lindas, ya no hace tanto frío, los días son más largos...
Cada vez que viene un amigo a visitarme, hago unos mates y nos vamos a charlar a algún rincón del parque que tenga, en verano, la intimidad de la sombra, y, en invierno, la acogedora calidez del sol. Me encanta poder hacer lo mismo con Dios, que es "el campo que me tocó como herencia": salir al parque y tomar unos mates con Jesús.

A lá hora de la oración
-sí, señor, todos los días-
cuando acalla sus porfías
el día, con su canción,
otra vez prendo el fogón
y, abajo de unos acacios,
me pongo a matear despacio
y a charlar con el Patrón.

El parque de la parroquia es grande. Es el marco, el amortiguador vegetal necesario para que nuestra capilla decimonónica no se estrelle contra la policroma modernidad suburbana. Sus árboles y plantas son como un resumen de nuestra identidad: conviven en él eucaliptos, acacios y criollísimos talas y ombúes -recuerdos de su no tan lejano pasado, cuando era estancia de los Pacheco- con finas casuarinas, altas palmeras y elegantes pinos, todos en la irreprimible comunión de un vehemente sotobosque de cañas, hiedras y ñangapiríes. Sus sectores más europeizantes tienen el pasto cortado, pero a mí me gusta instalarme en la hojarasca umbría del bosque nativo, donde juegan los zorzales y resuena más solemnemente la noble labor del pájaro carpintero.
Después de la siesta, a eso de las cuatro y pico, ensillé el mate y salí, con una mantita al hombro, la Biblia y una silla de jardín. Al principio me quedé quieto un ratito, como quien junta migas de silencio en una parva. (Desde el fondo del parque, los apurados gritos de la ruta cercana quedan como difuminados en un lejano murmullo vago y constante: al rato, con un poco de buena volutad y un mucho de empeño lírico, uno se convence del silencio...). El sol convalesciente de agosto estaba todavía bastante alto y sus dedos, entre los árboles, se estiraron audaces hasta mi cara como queriendo convencerme de que no habían olvidado el tibio arte de sus caricias.
Como siempre, antes de abrir la Biblia, traté de leer esa otra Biblia de los iletrados y los sencillos, ese hermoso prefacio a la Revelación que es la naturaleza. Y me quedé ahí.
El sol cayente resaltaba, con sus rubias miradas, distintos sectores del parque, destacando acá el invisible empeño de una tela de araña perfecta, más allá una concentrada danza de mosquitos precoces, y al fondo una alegre colonia de florcitas amarillas.... Y allá a lo lejos, en medio del profundo verdor de los pastos altos, un machetazo de luz de entre las hojas parecía estar degollando a un canoso "panadero". Como enaltecidos por este lateral juego de luz en retirada, los pastitos en medio de la tierra seca desplegaban una vitalidad nueva, ensayando frágiles bracitos que bostezaban frescura.
Pero este mundillo verde y vívido que el sol iba desnudando ante mis ojos estaba rodeado de los esqueletos grises del invierno. Confinadas en la sombra, como en vegetales fosas comunes, se acolchonaban las hojas muertas, víctimas del último otoño. Las acacias negras estiraban sus tensas manos estériles contra el mórbido cielo del este, esgrimiendo el agostado pretexto de unas pocas chauchas solteronas. Levantando la mirada, nada desdecía al invierno imperante. El verde neutral de los eucaliptos y pinos no hacía sino reforzar el marrón despojado de las ramas secas. Ni las calandrias ni los zorzales quebraban el silencio tristón del atardecer, despedido solamente por el responso lloroso de las palomas. Era agosto.
Y sin embargo, si mis ojos se detenían en la punta de una ramita cercana, descubrían la audacia indecente de los ínfimos retoños desafiando, como otros Davides, al inmenso Invierno filisteo.
* * *
Entonces pensé que la tardecita de este agosto es como yo. Más aún: que la vida del hombre es como estos días del invierno terminal. Porque no es cierto que nuestros días sean siempre la aridez y el frío triste del invierno. Y ¿quién diría que su vida es como una eterna primavera? En cambio, creo que el tiempo de vivir es una urdimbre incoherente pero fascinante de luz y de sombra, de gozo y de dolor, de vida y de muerte.
Por momentos cantamos bajo la tibieza del sol de la vida, y florece nuestra alegría y se despliega nuestro vigor. Los signos de la caducidad y de la muerte, sin embargo, nos envuelven por todos lados. Y a veces ese abrazo frío se estrecha y nos invade: toda nuestra frescura y nuestra vitalidad se queman con la cruel cachetada de las heladas tardías. Pero basta que brille el sol un domingo para que un pimpollo nuevo se asome, incorregible, en la herida todavía abierta del retoño que murió. En nuestra vida, como en esta tardecita de agosto, saben vivir juntos el victorioso canto del primer zorzal y el silencio fúnebre de los grillos dormidos; la osadía blanca de los ciruelos y azahares y la tenacidad cadavérica de los árboles pelados.
Sin embargo, no es cierto que la vida del hombre sea una guerra eterna entre la vida y la muerte. En nuestra historia, como en este agosto, el invierno está irreversiblemente vencido, aunque en algunos sectores siga enseñoreándose de sombra y de frío. La vida, inexorable, está creciendo en lo oculto, y aunque pierde los primeros combates y yerra sus primeros tiros, su victoria flamea ya en el estandarte triunfal del prunus en pura flor.

* * *

Cuando el invierno de la historia parecía más duro que nunca, brotó el renuevo primero, cantó el primer zorzal, "floreció el almendro": resucitó Jesús. Desde entonces, la muerte está herida de muerte, y el Reino de la Vida crece misteriosa pero inexorablemente, como la semilla bajo la tierra helada, como el retoño nuevo de esta tarde gris.

"En medio del invierno, floreció el almendro..."

jueves 21 de agosto de 2008

Amor, matrimonio y celibato: pensamientos en voz alta

Día por medio, el tema del celibato o algunas cuestiones de moral vuelven a aparecer en los diarios y en las sobremesas de algunas familias argentinas (aunque no sea más que para confirmar el pragmático axioma de que "de religión y de política no se habla"). Están en una cabecera quienes se rebelan contra la Iglesia (son los "desobedientes", aunque estén, muchos de ellos, obedeciendo de hecho a los "vaticanistas" y opinólogos de La Nación o de Clarín...), y, en la otra, aquellos para quienes ya discutir y cuestionar el tema les parece un pecado. Entre medio tenemos opinadores como un "salad bar": de todos los colores.

Como si estuviéramos en familia, en una sobremesa amablemente tensa, permítaseme pensar en voz alta algunas ideas con respecto al celibato y al matrimonio.


_ A mí me parece que está bien que podamos discutir estos temas, aunque la disciplina eclesiástica no vaya a cambiarse y aunque el Papa y los Obispos ya se hayan expedido al respecto: pensar y repensar los temas no nos convierte en rebeldes ni en herejes, sino en cristianos obedientes pero que quieren obedecer "con todo el corazón", entendiendo y encarnando lo más posible las normas, y no "porque es la ley"... que sería más propio de un kantiano que de un católico. La inteligencia también es un don de Dios, y -como dice Larralde: "por rispeto al regalo"- tenemos que aplicarla y "obedecer" no significa renunciar a ella.
Si hoy el celibato o la fidelidad matrimonial hasta las últimas exigencias no se entienden, está bien que lo podamos decir y que lo podamos discutir: ¿vamos a ocultarlo y fingir que está "todo bien"?
Tanto en el tema del celibato como en el de la fidelidad matrimonial el tema de fondo es el amor. Pero una dificultá está en que no hablamos de la dimensión puramente humana del amor o de la fidelidad sino de sacramentos cristianos, signos del Amor de Jesucristo. Para poder vivir bien tanto uno como la otra hace falta una profunda espiritualidad. Aunque no faltan argumentos humanos o filosóficos para explicar la fidelidad matrimonial para toda la vida, los cuestionamientos que hoy muchas veces se hacen a ella me parecen muy atendibles y entendibles. Poder vivir la fidelidad hasta el punto de no volver a "casarse" si fracasó el matrimonio (y aguantar una suerte de "celibato" no buscado), requiere mucha ayuda de Dios (que Él siempre da) y entender y vivir muy bien la espiritualidad del sacramento del matrimonio, que está llamado a ser signo del "amor de alianza de Cristo y la Iglesia". Es decir, se trata de vivir la fidelidad con mayúscula que sólo Dios, con su fidelidad hasta la muerte, puede engendrar en nosotros como respuesta. Sin esta experiencia espiritual, es lógico que no se entienda el "condenarse a una continencia no querida". (Por supuesto que puede haber gente que la viva externamente bien, pero hipócritamente. Esos tendrán que afrontar el problema sin cobardías disfrazadas de obediencia religiosa.) Pero eso no quita que haya muchos que la viven bien, desde lo más hondo de sus decisiones vitales. Esta fidelidad vivida hasta las últimas consecuencias es un testimonio ante el "mundo" -que no lo puede entender- de la presencia (en nosotros -la Iglesia- por el Espíritu Santo) de un amor fiel hasta la muerte, de un amor que perdona a los enemigos, de un amor que nos supera: el amor de Jesús.
El celibato es también una cuestión de amor, y es otra manera de vivir respondiendo y reflejando el amor de Jesús. Sin comprender la espiritualidad que lleva consigo, el celibato no se entiende, y está bien que no se entienda, que sea "signo de contradicción". Más allá de las conveniencias prácticas, que son mucho más discutibles, está el celibato como una manera de vivir como Jesús vivió. Es una puerta abierta a que el amor de Dios lo tome a uno por completo. Un "hacerse capacidad" no para "quedarse con las ganas" sino para poder consagrarse por entero a Dios y a su Reino. Si la sexualidad humana está para expresar el amor dado y recibido entre dos personas, en este caso es igual: los célibes expresamos con nuestra sexualidad "silenciosa" un amor que quiere ser a todos pero sin exclusividad con nadie... como fue el de Jesús. El celibato está al servicio del amor, está para poder querer "con todo" a Dios, y "desde" este amor, querer mucho a muchas personas a las que nunca hubiéramos querido si nos hubiéramos entregado a un amor exclusivo en la vida familiar. Ejemplo paradigmático de celibato ideal: la Madre Teresa, una "máquina de amar" sin más límites que la limitación de ser un ser humano... Un cura "solterón", es decir, un cura que no quiere a casi nadie, y nunca está disponible, y vive cómodo e instalado y no se gasta por los demás, por más que viva perfectamente bien la continencia, no es un verdadero célibe. Un cura que esté viviendo bien su celibato está amando mucho y siendo muy amado, y por eso está feliz como persona. Yo he conocido y conozco curas así, y su testimonio me invita a seguir caminando. Por ahora soy un proyecto de cura célibe, y aunque la Iglesia me permitiera casarme, eligiría el celibato, porque siendo consciente de sus muchas dificultades estoy, sin embargo, convencido de su bondad.
Muchas veces, es cierto, tengo miedo de convertirme en un solterón y de no vivirlo bien. Y para eso confío en la gracia de Dios y en la oración de ustedes...

miércoles 6 de agosto de 2008

Monturero cué

El verso de abajo es un "estilo" que le hice al monturero de "El Rodeo", añorada guarida de cueros y recuerdos. ¡Cuántas veces, en las siestas de tormenta, me iba a cobijar en esa casita entrañable, y enancado en las monturas, me pasaba horas enteras mirando llover por la ventanita desvencijada, drogándome con el incienso de la lana mojada y con el delicioso golpeteo de la lluvia en el techo de chapa...! Era un pequeño edificio, muy gauchito, de la época de mi bisabuelo, de paredes blancas y molduras de color ocre, abrazado en los pies por una veredita de ladrillos. Estaba erguido en la entrada del monte, en el lugar mismo donde nacen casi todas sus avenidas y calles, de modo que quien venía por ellas lo veía siempre allá adelante, firme como un soldado apostado contra el horizonte. Lo prologaba un criollo palenque de fierro que hizo mi padre antes de que yo aprendiera a recordar, y un añoso eucalipto, a su lado, le prestaba su trémula sombra y lo regaba o de hojas largas o de florcitas tenues. Uno de esos días de viento furioso, el arbolazo amigo, cansado de pechar el Sur, dejó caer su brazo envejecido, y el monturero, quebrado el espinazo, se vino abajo. Mi amigo Santi Madero, que pasó esos días por el camino, me pintó el lúgubre escenario. Y yo me juré a mi mismo reconstruirlo. Pero cuando pude volver al campo, sólo después de algunos meses, miré al fondo de la calle y no vi más que el palenque desolado y, junto a él, una tristísima tapera de recuerdos, poblada de cardos y vacío.

Tardé bastante, pero al fin cumplí mi propósito, y reconstruí las cuatro paredes del monturero con estas cuatro décimas criollas. Y le dejé en el techo, como un bautismo, la primera lluvia de mis lágrimas.

martes 5 de agosto de 2008

Responso de un monturero (estilo)

Fuiste el viejo monturero
de la estancia "La Victoria",
centinela de la historia
en "La Loma del Rodeo";
por eso, cuando te veo
sin remedio derrotado,
siento que se ha terminado
con vos parte de mi vida,
que arrastraste en tu caída
lo mejor de mi pasado.

Aún adivino tu estampa
recortando el horizonte
en el ojo donde el monte
se abre a la luz de la pampa...
Ya no veré el sol que estampa
besos de oro en tu costado,
como cuando, ya cansado,
me llegaba hasta tu alero
como hasta un altar campero
a ofrendarte mi recado.

Eras el templo sagrado
guardián de pilchas camperas:
riendas, matras, encimeras
y cueros amontonados;
al fondo, varios recados
en el aire galopaban,
y al entrar se destacaba,
por su criolla distinción,
el recado del patrón:
mi abuelo, Don Jaime Achával.

Ya es una imagen perdida
ver toda la caballada
en tu palenque ensillada
antes de la recorrida.
Ya tu presencia extinguida
cubrió el yuyo y la maleza,
y me gana la certeza
que a tu palenque olvidado
quisiera morir atado
con un cabresto 'e tristeza.

San Isidro, 30 de noviembre de 2005

miércoles 9 de julio de 2008

Oración por la Patria a María de Itatí

Hoy, 9 de julio, como todos los años, hay entreverados en el corral de mi corazón dos sentimientos pidiendo campo. Son el cariño devoto a la Virgen de Itatí, cuya memoria litúrgica celebramos este día, y el amor a la Patria que cumple un nuevo aniversario de la declaración de su independencia. Hay años en que los dos sentimientos cabrestean a la par por un camino de alegría y se me desbocan en un solo galope de gratitud. Pero este año, más que otros, el amor al país tironea y me hace doler. Y no se me ocurre otra manera de "abrir la tranquera" que pedirle por nuestra Patria a la Virgen.

"Tierna Madre de Itatí", vos resumís en tu "carita de nogal" los rasgos más delicados de la belleza criolla; sos una imagen pura de esa sociedad colonial que nos enseñó a creer en tu Hijo Jesús. Mirando a través de tu femenina "mantilla de ñandutí", redescubrimos, transfigurados, los colores de las "Provincias Unidas" que deberíamos ser. Vos fuiste y seguís siendo un signo de que Dios no está lejos de nosotros, de que Él quiere ser "Ñande Yara" -Nuestro Dueño-, de que los vericuetos del río de nuestra historia no le son ajenos. Virgencita de Itatí, blanca piedra fiel en medio del río corriente, bendecí hoy, una vez más, el agua limpia y profunda de nuestra identidad, para que riegue y empape el corazón de todos los argentinos. Y no dejes, Madre nuestra, que las represas del orgullo, la división y el odio puedan con ella. Amén.

lunes 30 de junio de 2008

Rezar: seguir al Caminante

"Al verse rodeado de la multitud, Jesús mandó ir hacia la otra orilla. Entonces, se aproximó un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré a donde vayas. Jesús le respondió: Los zorros tienen sus cuevas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza" (Mt 8, 18-20).

El escriba que nos relata Mateo tiene un espontáneo y lindísimo deseo: seguir a Jesús. Muchas veces, nuestras mejores intenciones son como la de él. Queremos, en efecto, seguir a Jesús. Creemos ciertamente que él es nuestro Maestro. Y quisiéramos decirle, nosotros también: "te seguiré a donde te vayas". ¿Qué es ese "dónde"? No parece, por el final de la historia, que el escriba pensara en un "adondequiera"… sino más bien en un lugar concreto. El contexto y la repetición, en griego, del mismo verbo (apérjomai), ayudan a entenderlo así. Un versículo antes, de hecho, Jesús había ordenado irse del sitio donde estaba, hacia la orilla.
La respuesta de Jesús es sencillamente negar todo "donde". "El Hijo del hombre no tiene dónde…". El seguimiento de Jesús, por lo tanto, es un seguir continuo, sin descanso, sin "reclinar la cabeza". "Caminar, caminar, caminar…", como los reseros de Don Segundo Sombra. Seguir a Jesús supone la des-instalación permanente.
Quien tiene por identidad seguir a Jesús, necesita saber, cada día, a dónde va. Rezar es, justamente, el silencio que hacemos en nuestra vida para escuchar la voz de este Maestro, Jesús, que nos dice la voluntad, las "palabras" del Padre (cf. Jn 3, 34; 14, 10). Y la búsqueda de la voluntad de Dios es un elemento esencial de la oración cristiana ("Hágase tu voluntad"). Por eso la oración pide el pan cotidiano: ese alimento de cada día es hacer la voluntad de Dios (cf. Jn 4, 34).
La oración, entonces, es mirarnos en el espejo de la Palabra de Dios –donde quien nos habla es Jesús- y renunciar, cada día, a esos "dondes" en que hemos terminado, una vez más, reclinando nuestras cabezas. El único sitio donde el discípulo apoya la cabeza es Jesús mismo (cf. Jn 13, 23). ¡Pero el caso es que Jesús mismo está siempre en camino y "no tiene dónde reclinar la cabeza"! Por eso, el descanso del discípulo nunca pasa por decir: "¡Hasta acá llegué! ¡No sigo más!", porque en la medida en que se detiene y deja que el Maestro se aleje, se queda sin ese "seno" donde recostarse, sin ese "yugo liviano" que lo alivia de la fatiga.
La vivencia del profeta Elías nos enseña que para experimentar la presencia de Dios hay que estar dispuestos a dejar la cueva de nuestras seguridades y atreverse a "salir y exponerse ante el Señor" (cf. 1 Re 19, 9 ss.). Lo mismo se aplica a la oración. Para que la oración sea de veras el espacio en que escuchar la voz del Maestro, se necesita, como condición previa, la disponibilidad de querer seguir caminando y de dejar la comodidad en que uno está instalado. "¡Sígueme!". Sin esta actitud premisa, la oración es estéril. Si Jesús -que es el Maestro- está siempre andando, nadie puede oír y entender sus palabras si se queda quieto al costado del camino. Para poder entender la Palabra es necesario haberse puesto en camino como el Señor… Sólo entonces, yendo siempre al tranco a la par de Jesús, podemos oír la explicación del Maestro que toca nuestra vida y hace "arder el corazón" (cf. Lc 24, 13 ss.).
Caminar, caminar, caminar...

viernes 27 de junio de 2008

El rostro de Jesús (II)



El "anonimato facial" de Jesús

"Oigo en mi corazón "busquen mi rostro";
tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro." (Sal 26, 8-9)


Todos nos habremos preguntado más de una vez cómo es el rostro de Jesús. Tal vez yo me lo planteo seguido porque casi no hay imágenes de Jesús que me convenzan. El rostro de Jesús es un aspecto esencial de esa genialidad inaudita que es la encarnación, y acaso una de sus consecuencias más sugerentes... En efecto, la cara de Jesús de Nazareth es "el rostro humano de Dios". "Todo un Dios" reside en y se expresa con una mirada, con una sonrisa, con unos gestos humanos únicos, concretos, singulares... ¿Qué discípulo del Resucitado no quiere ver la cara de Jesús?
Y sin embargo si hay algo que el Nuevo Testamento justamente no hace es dejarnos una descripción física de Jesús. ¡Qué misterio! Ningún evangelista recogió tradiciones que nos hablen de cómo era el rostro de Jesús, de cómo era su sonrisa, del color de su mirada. Esa mirada fulminante de amor hondo que encontramos en Mt 9, 9: la que solita hizo que un publicano dejara todo y lo siguiera como hipnotizado...
¡Qué ganas de haber sido uno de los contemporáneos de Jesús, de haberlo visto así, en primera fila...! Pero siempre me consuelo de esta insatisfacción congénita pensando que, a fin de cuentas, al Resucitado no puede nadie reconocerlo de entrada o por su propia cuenta, y que si estuviera allá me pasaría como a la Magdalena, que creyó que era el jardinero, o como a los discípulos, que lo creyeron un fantasma o un caminante mal informado...
Creo que si le preguntáramos a quienes vieron a Jesús el porqué de este silencio nos hablarían de inefabilidad. Si Santo Tomás de Aquino, después de una experiencia mística, quiso en un arranque quemar todas sus quaestiones y quaestiúnculas porque eran como paja comparadas a lo que había visto, pienso que lo mismo les pasaría a los discípulos ensayando una descripción de Jesús... Al final, deben de haber dicho: ¡Es imposible! ¡Es inútil! ¿Cómo atrapar en palabras su mirada? ¿Cómo fosilizar su sonrisa en adjetivos? ¿Cómo congelar la frescura de sus gestos?
Pero también pienso en por qué Dios en su plan revelador no habrá querido dejarnos en su Palabra los rasgos físicos de su Hijo. Y entonces me acuerdo de Mateo 25... Tata Dios hizo que, por la encarnación, el rostro de cada hombre necesitado (y ¿qué hombre no lo es?) fuera también el "rostro divino" de Cristo. La identificación es estricta: "¿pero cuándo te vimos (...)?" preguntan los hombres en el juicio. Y Jesús les asegura que él estaba en cada hermano pequeño: "a mí me lo hicieron".
Por eso para quienes se toman en serio el Evangelio esta pregunta por el rostro de Jesús no tiene sentido. Ellos (pienso, una vez más, en la Madre Teresa) son los "puros de corazón" que "verán a Dios" (Mt 5, 8). Los mismos que pueden de verdad "reconocerlo en la fracción del pan" (Lc 24, 35), y por eso, viviendo en su mismo Espíritu, se parten ellos mismos y se entregan cada día haciéndose prójimos del Jesús pequeño en los hermanos.
No hay tal "anonimato facial" de Jesús. En el rostro de Jesús, Hombre perfecto, Hijo e Imagen del Padre, cabe el rostro de cada hombre, creado a imagen de la Imagen y llamado a ser hijo en el Hijo.

viernes 13 de junio de 2008

El rostro de Jesús

A la heredera de Tío Pico, bendiciendo a Dios por cada una de sus arrugas.
El rostro de Jesús y nuestro propio rostro
“Muchos quedaron horrorizados a causa de él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano.” “Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada. Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado.” (Is 52,14, 53,3-4)

Aquel mediodía de Jerusalén, una mujer, sin pensarlo demasiado tal vez, se abrió paso audazmente entre la multitud y secó el rostro ensangrentado de Jesús, sin hacer caso de las reacciones de la gente. La osadía de compasión de la Verónica la impele a acercarse a la cara de Jesús desfigurada por el dolor y las afrentas, ante la cual todos apartan los ojos. Es el rostro del que nos habla Isaías, "tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre". ¿Qué vió ella en ese condenado, para hacer lo que hizo?

Ese mismo hombre desfigurado por los azotes, la corona de espinas y los golpes, había sido poco antes presentado al pueblo por el procurador romano. Según el evangelio de Juan, Pilato presentó entonces a ese Jesús con estas solemnes palabras: "Ecce homo", "He aquí al hombre". Pilato no sabía la gran verdad que pronunciaba, pero el evangelista (y nosotros), sí. Y es que, en efecto, ese Jesús es "el hombre" sin más, el hombre nuevo presentado a los hombres, el verdadero hombre que viene a restaurar y a mostrarnos, con su vida entregada, nuestro auténtico rostro, nuestra verdadera identidad.

Esa mujer valiente entendió que ahí había un hombre, que "ése era el hombre". La corajuda compasión de la Verónica supo ver adentro lo que no vio afuera la exquisita pusilanimidad de Pilato. Su sensibilidad desempañó el espejo frío de la hermosura meramente externa. Verónica descubrió en esa cara desfigurada al "más bello de los hombres" -como dice el salmo 44, que la liturgia del Lunes Santo le aplica al Cristo "sin aspecto atrayente, sin gracia ni belleza"-.

Sería difícil que salieran mujeres así de nuestras multitudes de hoy. De hecho, muchas veces el culto a la superficialidad en que vivimos nos impide esta hondura. Aquella Verónica, podríamos decir, trascendió la "cultura de la imagen". En cambio, pareciera que esta imagolatría de la belleza de nuestra sociedad termina deshumanizándonos: hace que no respetemos nuestra propia identidad ni la de muchos hermanos nuestros, a quienes finalmente dejamos de lado.

Es el caso de las cirugías estéticas (no, claro está, las más "terapéuticas"), contra las cuales esto puede considerarse una especie de manifiesto. Quienes se someten a ellas hacen gala, la mayoría de las veces, de una gran pobreza: han perdido la sensibilidad que les permitiría ver la belleza surcando sus rostros añejados. No han aprendido a leer su propia vida en las arrugas, en los frunces y en las heridas de su propio semblante. Por el contrario, persiguiendo fútilmente una juventud que literalmente ya fue, tensionan y endurecen sus rostros, quedándose con una caricatura de piel joven -que habrá que seguir recauchutando cada vez más-, a cambio de la renuncia de la frescura irrecuperable de sus gestos, de su sonrisa, de sus guiños, en fin, de lo más propio que Dios les ha dado. Gracias a Dios, hemos podido contemplar hermosos ejemplos de gente que lleva altiva su cara avejentada, que nos enseñan una belleza desacostumbrada. Pienso concretamente en la Madre Teresa de Calcuta y en el último Juan Pablo II.

Si no somos capaces de trascender nuestra propia exterioridad, difícilmente podremos hacerlo con los demás. Habría que estudiar la relación que sin duda existe entre una exaltación de la imagen según un determinado y exclusivo tipo de belleza exterior y las tendencias discriminatorias, que viven y colean incluso en medio del mendaz universo de lo políticamente correcto.

La Verónica (esa mujer que el Evangelio ignora y que nos fue regalada por una anciana tradición) puede enseñarnos a encontrar la hermosura del rostro de Cristo ("Ecce homo"). Pero Jesús, que asumió en sí mismo todas nuestras fealdades y todas nuestras impurezas, nos hace a su vez descubrir la imagen de Dios en el rostro de los enfermos, de los discapacitados, de los excluidos y discriminados por su raza o por su aspecto diferente. Contemplando el rostro de Cristo aprendemos de manera nueva la dignidad de toda persona, sea cual sea su situación o su estado, y comprendemos definitivamente que la belleza auténtica no es la de un cuerpo perfecto o siempre joven sino la que nace del amor, de la vida entregada a los hermanos.

viernes 30 de mayo de 2008

Lejanía


Lejanía

Quiero pechar la tranquera
de mis recuerdos lejanos
y perderme por el llano
cara al viento y campo afuera;
quiero aspirar la serena
paz azul de la llanura
y montado en la tristura
de un viejo estilo campero
ir a esconderme a un potrero
para llorar mi amargura.

San Isidro, 31/X/2005

sábado 10 de mayo de 2008

Una Iglesia unida en la diversidad: el regalo de Pentecostés.

La diversidad ha acompañado a la Iglesia "desde el vientre materno", y si bien fue, también desde el "vientre materno" causa de conflictos y tensiones (basta leer con un poco de atención los Hechos de los Apóstoles), no por ello parece haber sido menos querida por Dios en su plan salvífico.
Si creemos, entonces, que la Antigua Alianza con Israel preparó los caminos para la acogida de la Nueva y definitiva Alianza, ofrecida en Jesucristo, el Logos de Dios encarnado, es cierto que parte no pequeña de esa preparación se obró mediante la diversidad presente en el judaísmo. Retrospectivamente, se puede apreciar cómo la pluralidad de formas de vivir la única alianza con Yahveh que tenían los fariseos, los saduceos, los esenios, los de la diáspora, etcétera, aseguró que la Iglesia naciente (incluso la judeocristiana, de tendencia más impermeable a los paganos) conjugara distintos estilos y tradiciones que le dieron ese equilibrio que (va de suyo, nunca estuvo exento de tensiones y vaivenes, a veces terribles y literalmente cruentos) es una de las características más bellas de la Iglesia católica.
Hace poco, leyendo a Voltaire (Tratado de la tolerancia), molino del que no tenía previsto sacar agua para este potrero, encontré una frase que expresaba bastante cabalmente mi sentir: "Diferían [los saduceos] mucho más de los demás judíos, que los protestantes difieren de los católicos; no por eso dejaron de permanecer en la comunión de sus hermanos, y aun se vieron grandes sacerdotes de su secta." Efectivamente, es lindo ver cómo sucedió en Israel y en las primeras comunidades cristianas que grandes diferencias no lograron romper la unidad. Concretamente, llama la atención de Voltaire (y la mía) que las fuertes divergencias en la Iglesia primitiva con respecto a la necesidad de la Ley de Moisés se hayan podido asumir sin necesidad de mayores rupturas, siendo así que en otros tiempos por cosas de menor monta hubo cismas tremendos. Sin ser tan simplista que pretenda dejar de lado que la unidad no se logra sino es en la verdad, sin embargo es edificante asomarse a los conflictos de los primeros seguidores de Jesús y ver que supieron tolerar grandes diferencias con tal de no atentar contra la unidad de la Iglesia. Se dio entonces lo que más tarde propusieron los Padres: "en lo esencial, unidad; en lo accidental, libertad; en todo, caridad."
En una época en que la Iglesia se abre decididamente al diálogo, y pone todos sus esfuerzos en promover la unidad de los cristianos, duele sobremanera constatar en nuestras propias comunidades cuánta cerrazón se da entre los que se llaman a sí mismos "abiertos" y desprecian a los que consideran "cerrados", así como entre quienes se consideran "ortodoxos" y miran, en el mejor de los casos con pena, a los que juzgan "relativistas" y "heterodoxos". Si bien es casi un lugar común, al menos en ciertos contextos eclesiales, oír hablar del "don de la diversidad", cuesta que esta verdad se haga carne en el día a día. Por eso nos anima y reconforta encontrar que esta característica de la Iglesia de Cristo esté tan claramente presente en los albores de su misión en la tierra.
En ninguna otra parte acaso se aprecia más rotundamente este misterio de unidad y diversidad de la Iglesia como en Pentecostés. Tenemos antes que nada los elementos que destacan la unidad: "Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar" (Hch 2, 1) En este "todos" está cifrada toda la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios: en efecto, acaba de completarse el colegio apostólico de los "doce", figura del nuevo Israel, con la elección de Matías (cf. Hch 1, 26), y está presente "María, la madre de Jesús" (cf. Hch 1, 14). Para hacer más patente la unidad se dice que están en "un mismo lugar", en una misma "casa" (Hch 2, 2). "De repente vino del cielo un ruido como de viento impetuoso, que llenó toda la casa en que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo (…)" (Hch 2, 2-4a) Irrumpe el viento, que es una ráfaga –no muchas-, y todos quedan llenos de un mismo Espíritu, el Espíritu Santo. Incluso, si analizamos el relato pormenorizadamente, dice que primero se les aparecen las lenguas como de fuego, y en un segundo momento éstas van a repartirse y posarse sobre cada uno, como si quisiera acentuar la unidad del Espíritu previa a su entrega a cada uno. Está clara la unidad, pues.
Sin embargo, el mismo versículo cuarto nos dice que "se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse" (Hch 2, 4b). Y sigue el relato del milagro por el cual unas personas venidas a Jerusalén (la ciudad santa como madre que congrega a los "hombres piadosos"… ¡qué gran signo de unidad!) "de todas las naciones que hay bajo el cielo"(Hch 2, 5) y los oían hablar "cada uno en su propia lengua" (Hch 2, 6). Aquí tenemos, explícita, a la Iglesia universal, a la Iglesia orientada "hacia el universo", "kat' holón": católica. ¿Por qué Dios no hizo el milagro a la inversa? ¿No habría sido igualmente maravilloso el que esa gente "de todas las naciones" hubiera podido entender de pronto el arameo, que habría quedado como signo de unidad? Pero no. Hablar todos arameo habría sido "uniformidad" y Dios no la quiso. "La Iglesia en este momento de su nacimiento habla ya todas las lenguas" (Ratzinger). Se dice que en la escena de Pentecostés se da una inversión del relato de Babel (que significa "confusión"). Con todo, es notable que lo que Pentecostés remedia es precisamente la "confusión", la incomunicación, el desencuentro entre los hombres, producido por su desprecio de Dios, reuniéndolos en el seno de la Iglesia; pero aquello mediante lo cual se produjo esta confusión, es decir, la multiplicidad de lenguas, se mantuvo. De esta manera, el milagro es aún mayor: el amor de Dios, que une entre sí a los hombres, es capaz de hacer que éstos se entiendan sin necesidad de uniformarlos. Así se manifiesta la voluntad divina de preservar la diversidad entre los hombres, y en concreto, dentro de su Iglesia.
Y con esto se nos da también la clave última del asunto, con la que quisiera terminar: la difícil tarea de la unidad -no "a pesar de", ni "por sobre de", ni "más allá de", sino "en" la diversidad- no es un logro humano: es un don de Dios que "viene del cielo" (Hch 2, 2). Es el Espíritu Santo el que edifica la Iglesia y es él quien hace posible el milagro de la "unidad católica". Y esa unidad la puede hacer sólo Él por ser el Amor personal del Padre y del Hijo. Siendo el fruto de ambos, es él quien hace que el Padre sea el Padre y el Hijo sea el Hijo. El amor, en efecto, es el único factor que une sin confundir, que une haciendo a la vez que cada cosa sea lo que es. Y por eso, con la esperanza que nos da recibir en cada Pentecostés la "prenda del Espíritu" (2 Cor 5, 5), pedimos incansablemente, ahora y siempre, para la Iglesia, cada día, que Dios la "lleve a su perfección en la caridad".
(San Isidro, 8 / XII / 2005)

jueves 8 de mayo de 2008

En el día de nuestra Virgen de Luján

Este año tenemos el regalo de celebrar a nuestra Patrona apenas tres días antes de Pentecostés. Estas nunca son meras casualidades: los misterios de que hacemos memoria en la liturgia se hacen eficaces, actuales... suceden "hoy". Este año la que se encarga de que los argentinos reciban bien al Espíritu Santo es la Virgen de Luján.
María es la experta en preparar, en disponer, en hacer lugar... Antes de Pentecostés, si la comunidad estaba reunida, era únicamente gracias a ella, atraída por su presencia mansa y sencilla, por su ternura y su amor maternal, que prolongaban de alguna manera la presencia del querido Jesús, el que tan misteriosamente los había dejado, haciéndoles promesas más misteriosas todavía. Los discípulos, todavía medio obnubilados, acaso más perplejos que tristes, se acercarían a ella todos los días, la cuidarían, se sentarían a su alrededor y le preguntarían por Jesús: "¿cómo era de chico? ¿A qué le gustaba jugar? ¿Hablabas mucho con él? ¿Qué es lo que más te sorprendía de Jesús...?" María, de solo estar, los atraía como por ley de gravedad. Sus silencios densos, sus manos de callosa delicadeza calladas en la falda, su mirada ardiente y pacificante, sus breves palabras tan llenas de sentido, su voz dulce que enamoraba el corazón...
Y así fue que un día irrumpió el fogoso viento del Espíritu.

María está siempre ayudándonos a recibir los regalos de Dios. Eso es lo que en difícil se dice: "medianera de todas las gracias". Y es así porque ella estuvo activamente presente cuando Dios nos hizo sus dos regalos más grandes: cuando nos dio a su Hijo (cf. Jn 3, 16) y cuando en nombre de Jesús nos dio al Espíritu, que es el Don, el Regalo con mayúscula.

Hoy nosotros, María, queremos juntarnos como hermanos alrededor de vos, y que nos enseñes a rezar, que es "hacerle lugar" al Espíritu en nuestra vida. Hoy sos la que quiere ayudarnos a los argentinos a recibir, con el Don, todos los dones que Dios nos da. Que empieza por reconocer todos los regalos que ya tenemos y que él nos sigue dando mañana a mañana... la tierra fértil, la tierra vasta, el aire limpio, el agua abundante, el pan de cada día y el mate de cada mañana.

María de Luján, enseñanos a darnos cuenta de que el don que Dios nos da somos nosotros mismos en nuestra linda diversidad... Mostrános hoy a los criollos, como les mostraste a los de Jerusalén, cómo podemos ser hermanos sin ser todos iguales, cómo puede haber "unión verdadera en cualquier tiempo que sea" aunque no hablemos el mismo idioma... Que podamos admirarnos unos a otros, sorprendernos de la diversidad unida en la común embriaguez del Amor que regala Dios.

Madre de todos los argentinos que en tu casa -abierta como la pampa que amás- sabés reunir desde el comienzo a esclavos y estancieros, a gauchos y puebleros, a porteños y provincianos, a criollos y extranjeros, zurcí nuestras heridas, y enseñanos a retejer los hilos deshilachados de nuestra bandera, rasgada por la franja enlutada de la desigualdad y la injusticia.

Patrona de nuestra tierra, que galopaste con nosotros nuestra historia, contagianos tu mirada hacia adelante, tu esperanza en el porvenir.

Virgencita criolla, luz chiquita en la inmensidad de tu santuario que nos enseñás la humildad con sólo mirarte, preparanos hoy el mate que nos siente a todos juntos a conversar al calor de tu corazón de madre, y hablanos de Jesús, que es el Señor de la historia y nuestra única esperanza. Amén.

sábado 22 de marzo de 2008

El paisano de Cirene

"Como pasaba por allí un tal Simón, de Cirene, que regresaba del campo, padre de Alejandro y de Rufo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús." (Mc 15, 21)

El dolor nos toma casi siempre por sorpresa. Muy pocas veces elegimos meternos por nuestra propia cuenta en caminos que suponen renuncias, sacrificios o dolores. En una vuelta de esquina de la vida nos encontramos, de pronto, sumergidos en una situación de dolor, de enfermedad, de muerte. El dolor, propio y ajeno, nos provoca rebeldía y bronca. ¿Por qué a mí? -nos preguntamos. Igual que Simón, el paisano de Cirene, que no tenía nada que ver con Jesús y de repente fue obligado a soportar el peso de la cruz.
Pero de a poco este Simón, en el camino, fue acompasando sus pasos malhumorados al andar manso de Jesús. Es que a Él -a Jesús- nadie le quitaba la vida, sino que la entregaba libremente, por amor. Simón aprendió de Jesús a dejar de ser sólo víctima y a hacerse protagonista de su propio dolor: aprendió a transformar su dolor en Cruz. Sólo entonces, cuando nos decidimos, como el Cireneo, a caminar tras las huellas de Jesús y ponemos nuestros sufrimientos en sus manos, el dolor deja de ser un peso inhumano y se pone al servicio de nuestra vida plena.

miércoles 27 de febrero de 2008

¿De qué sirve ser bueno?

¿De qué, para qué sirve ser bueno? Una amiga me hizo ayer esta pregunta, pidiéndome una respuesta por escrito. Es interesante... Sin embargo, no me parece que la pregunta por la ultilidad ("de qué sirve") sea una manera correcta de plantear el tema de la bondad. Se me ocurre que la forma más alta de ser bueno es justamente la de quien vive fuera de sí mismo, todo para los demás, en un habitual (y "sano", porque se puede malinterpretar) "olvido de sí mismo". Quien es bueno de esta manera no anda persiguiendo provecho ni utilidad para sí: le basta saber que su amor da vida y alegra a quienes lo rodean.
Y a nosotros creo que para decidirnos por la bondad nos alcanza con la fe en Jesucristo -de la que necesitamos, claro, decir siempre: "Creo, Señor, pero aumenta mi fe"...- En efecto, si él, muerto y resucitado, nos asegura para siempre el amor de Dios -del que nada nos podrá apartar, ni siquiera la muerte- "tenemos las espaldas cubiertas": no hace falta buscar nuestra utilidad o seguridad, porque ya estamos en manos del Padre Dios... ¿qué malo puede pasarnos? Nos queda seguir los pasos de nuestro Maestro, dejar que él nos habite y acompañe con su Espíritu, para poder, como él, "pasar haciendo el bien".

domingo 13 de enero de 2008

Vivir en recepción con Jesús

Hoy, con la fiesta del Bautismo de Jesús, concluye el tiempo de Navidad, esa gozosa demora en que la Iglesia nos detiene porque aprendamos o incorporemos algo, aunque sea, de ese misterio tan grande del que la costumbre nos impide asombrarnos: la encarnación del Verbo: que Dios ("todo un Dios") se haga hombre.
El Bautismo es un capital punto de inflexión en la vida de Jesús, un "antes y un después". Según el testimonio de los evangelios, el Bautismo fue el punto de partida de su ministerio público, del camino hacia su "hora" definitiva cumplida en el misterio de su Pascua. La liturgia de esta fiesta nos invita, en este sentido, a descubrir a Jesús como el "ungido" por el Espíritu del Señor, preanunicado por los profetas, que es confirmado en su identidad por el Padre y enviado a evangelizar, a "pasar haciendo el bien".
Me gustaría empero mirar esta vez el Bautismo del Señor no tanto como el inicio de la vida pública del Señor sino como la conclusión de su vida oculta, cuyo misterio ha estado por decir así comprendido en este tiempo litúrgico de la Navidad.
En efecto, pensando en el denominador común de esos años "ocultos" desde el Nacimiento hasta el Bautismo, me detengo hoy, una vez más, en la "existencia en recepción" de Jesús. Es una linda manera de meditar en el enorme "evangelio" de la encarnación. Dios, el altísimo, el omnipotente, el eterno, decide hacerse un hombre entre los hombres, asumiendo sus límites: el tiempo, la pequeñez, la debilidad, la dependencia más absoluta... "pasando por uno de tantos". Esto significó para Jesús aprender a recibir, aprender a depender. Desde la naturaleza humana, que recibe de María, todo para el Jesús de la Navidad es recibido: el cariño de sus padres y de los pastores, el calor de los animales, los regalos de los magos del oriente... De alguna manera, todos sus años de Nazaret fueron "recepción": vivir sujeto a la voluntad de sus padres, de sus maestros, asumir día a día, año a año, la vida humana con sus fatigas, con sus pesares, con sus angustias, con sus alegrías y tristezas. El Bautismo corona de alguna manera este camino receptivo de Jesús antes de comenzar su "entrega", su ministerio al servicio del Reino. Jesús hoy se acerca, anónimo entre anónimos, como uno más entre los que "hacen cola" para recibir el bautismo de Juan. Así Jesús quiere recibir la purificación de los pecados, como miembro del pueblo pecador, infiel a las palabras de Dios. ¡Qué humildad! ¡Qué enseñanza para nosotros!
Pareciera que el Padre Dios hubiera estado esperando la plenitud de este largo período de dependencia y recepción para manifestársele plenamente, confirmándole su identidad de Hijo único, de Amado, de Ungido de Dios. Da la impresión de que en esos años de recepción y dependencia humanas Jesús se hizo capaz de comprender plenamente su vital, su ontológica y radical identidad recibida de Dios como Hijo eterno. Ningún hombre puede de un día para otro ser consciente de qué significa ser hijo de Dios. Jesús, verdadero hombre, tampoco. Hacía falta toda esa humildad de treinta años para ser humanamente capaz de recibir la voz del Padre que dice: "Tú eres mi Hijo el amado".
Su vida oculta nos devela el secreto para aprender a asumir nuestra identidad divina, recibida en nuestro Bautismo cuando hemos sido incorporados a Cristo. Humildad, recepción, dependencia... Toda la gran lección de la Navidad, la lógica y la dinámica de la encarnación: ese ser de Jesús que "siendo grande, se hizo pequeño; siendo rico, se hizo pobre; siendo fuerte, se hizo débil..."
Jesús nos enseña hoy que nadie puede recibir de Dios si no sabe recibir de sus hermanos. Nadie puede dejarse amar por Dios si no se deja a amar por los hombres. A partir del Bautismo, la vida de Cristo es recibir todo del Padre (como siempre) pero sólo del Padre: María deja, por así decir, su lugar de Madre y se convierte de discípula de Dios en la discípula de su hijo, el Hijo de Dios.
Sólo hoy, tras una vida en recepción, Jesús sabe asumir la unción y la misión que el Padre le da en plenitud: evangelizar a los pobres, anunciar la liberación a los cautivos, el consuelo a los afligidos"...: "pasar haciendo el bien" sobre la tierra.
Ojalá nosotros, bautizados, que junto con la filiación de Cristo compartimos también su misión, habiendo contemplado con orante emoción a Jesús en el pesebre, hoy, viéndolo hacer cola para una purificación que no necesita, hagamos carne alguito de esta aplastante humildad, aprendamos al menos alguna razón de esta lógica de la encarnación, podamos aunque sea balbucear alguna sílaba de esta Palabra -¡que vive en nosotros!- y que por amor no temió perder su dignidad, y asumió el silencio de la debilidad haciéndose carne.

lunes 17 de diciembre de 2007

"Vivir en recepción": caminar en Adviento con María

La Virgen María es, sin lugar a dudas, una de las grandes figuras del Adviento. Ella es modelo e imagen inmejorable de la Iglesia-que-espera. Contemplar el ícono de la Virgen embarazada es para nosotros, Iglesia que peregrina en la historia, la mejor escuela en que aprender a recibir al Señor Jesús que está llegando.
Hans Urs von Balthasar describió la vida de Jesús como una "existencia en recepción". Desde toda la eternidad, la vida del Hijo es estar recibiéndose del Amor gratuito del Padre, y estar entregándose al Padre en Amor agradecido. "Cuando llegó la plenitud de los tiempos" y el Hijo eterno, "la Palabra de Dios, se hizo carne", Jesús de Nazaret manifestó su ser Hijo, su filiación, viviendo "en recepción". Esto puede verse fácilmente en la infinidad de frases de Jesús que parecen querer gritar: "¡Yo no: el Padre!": "Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre" (Jn 5, 19). "No hago nada por mí mismo, sino que digo lo que el Padre me enseñó" (Jn 8, 27). La existencia de Jesús es recibir la voluntad del Padre buscada en la oración (cf. Lc 6, 12) y manifestada por el Espíritu (cf. Mc 1, 12) y obedecerla por amor. Y si su vida entera es un recibir la voluntad de Dios, ello alcanza su máxima expresión cuando llega su "hora": "Que no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Mc 14, 36). Y su existencia "en devolución", o su vida eucarística, también conoce su cumbre en el instante de su muerte: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46). El ser de Jesús, el Hijo de Dios, es por eso una "pro-existencia": es un "subistente vivir en relación", un permanente existir referido al Padre, y por voluntad del Padre, para los hermanos.
Ahora bien, Jesús no nació sabiendo vivir así. Como todo, lo fue aprendiendo de a poco, en la escuela de María y de José. Fue especialmente de María de quien Jesús "mamó" el arte de vivir pidiendo, esperando y recibiendo la voluntad de Dios. María, la rezadora, la silenciosa, la diligente, fue la que le enseñó a Jesús a buscar, a reconocer y a obedecer la voz del Espíritu de Dios. Podemos constatar cómo el Señor fue madurando en su camino de recepción, desde su temprano "¿no sabían que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?" (Lc 2, 49) hasta la convicción adulta: "mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34).
Si el designio salvífico del Padre Dios es justamente que nosotros lleguemos a ser, gracias al Espíritu de Jesús, hijos en el Hijo, nuestra vida también está llamada a ser pro-existencia, vida en recepción y en devolución agradecida. Esa es la razón por la que Jesús llama "hermano" no a sus parientes de sangre sino a "quien hace la voluntad de Dios" (cf. Mc 3, 35). Quienes escuchan la voluntad del Padre, dejándose conducir por el Espíritu, son hijos de Dios, y por ende, "hermanos" de su único Hijo Jesucristo. Ahora bien, esa frase de Jesús es la respuesta a quienes le avisaban que "su madre y sus hermanos" lo estaban buscando. Indirectamente, Jesús reconoce y admira la condición filial de su Madre, la "servidora del Señor". Jesús sabe bien que si él aprendió a reconocerse en el "siervo de Yahvé" (cf. Lc 4, 18 ss.) ha sido gracias a que fue el "siervo hijo de tu esclava" del Salmo 116.
Pero ahora meditemos en el otro título que Jesús le da a su madre y con ella a los hacedores de la voluntad de su Padre. "El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mc 3, 35). No solemos aplicarnos el título de "madre de Jesús". No nos proponemos ser "madre de Jesús", según este logion del Señor. Y sin embargo me parece que es ésa la manera más adecuada de describir la misión de la Iglesia. Por el Bautismo, estamos incorporados a Cristo: somos su Cuerpo, Él vive en nosotros. La Iglesia es como un Cuerpo preñado de Cristo. Nuestro modelo, Jesús, no está fuera, para ser admirado e imitado. Jesús nos habita con su Espíritu filial. ¿Qué otra tarea nos queda, entonces, sino aprender de María embarazada, la Virgen de la espera, la Señora del Adviento? Nuestra misión comienza -siguiendo el año litúrgico- aprendiendo "vivir en recepción" de la mano de la Virgen.
Por un lado, buscando la voluntad del Padre, en la oración insistente, golpeando la puerta de la Palabra de Dios, aguzando el oído para reconocer, como la Virgen, la voz del ángel del Señor. Luego, con el silencio creyente, con el coraje confiado de la pregunta sostenida en medio de las incertidumbres: "meditando y guardando" cada acontecimiento de la vida "en el corazón". Y por último, abriéndonos a los hermanos con la presteza y la solicitud de la caridad, como María que, cargada de mil preguntas humanas pero embarazada de la Promesa de Dios, salió al encuentro de Isabel.

miércoles 28 de noviembre de 2007

El oculto destino divino del amor

Para José y Vero,
y para mis padres y abuelos
que han sabido querer a muchos hijos.
Un soneto de Juan Carlos Dávalos
Ya no tenemos la costumbre de leer sonetos. Y de escribirlos, menos. Sentimos compasión de ver a esos pobres versos injustamente encorsetados en forzada pleitesía a Petrarca, un ilustre nombre inerte de memorias eruditas. La rigidez formal, la pretendida exactitud, la presumida exhaustividad del soneto no condicen con los inasibles acentos de la poesía, ese inevitable ardid del hombre por expresar lo inefable. Un soneto nos remite (al menos a los seminaristas) al amargado "frío pensar exacto a la verdad sujeto", y no a los apasionantes grandes temas de la vida, que el corazón no sabe encerrar.
Y con todo vengo con un soneto. Pues los sonetos, más allá de su congénita esclerosis, conservan siempre el mérito de ser el difícil arte de decir mucho en pocas palabras. Y en el que traigo hoy, del gran poeta salteño Juan Carlos Dávalos (1887-1959), se cifra, en catorce versos, una de las verdades más fundamentales de la vida.



HOGAR

¿Te acuerdas? Al unirnos ni soñamos que había
un oculto destino divino en el amor.
Éramos egoístas. Nuestra filosofía
nos hubiera colmado los años de dolor.

Llenóse con el tiempo de bulla y alegría
la casa que era inmensa para nosotros dos.
Ni tú ni yo tenemos sosiego en todo el día
con los cinco demonios que nos ha dado Dios.

Me siento derrotado por la pandilla loca
que no sólo me quita los besos de tu boca
si no que hasta me vuelve celoso de tu amor.

Pero tú, madrecita, qué sabes de estas cosas?
tú das estos chiquillos como un rosal da rosas
y me alegras la vida como un rosal en flor.

(Juan Carlos Dávalos, Otoño, Buenos Aires, Tor, 1935)

Comentario a un soneto sapiencial

Quizá fue gracias a que su nieta Julia Elena le puso música y lo cantó que me detuve en estos versos. Lo cierto es que descubro, en su impecable estructura de soneto de alejandrinos (14 de 14), la hondura gozosa de las cosas esenciales. En efecto, ¿hay algo más importante que aquello de lo cual depende la "alegría de la vida" (cf. v.14) o "los años colmados de dolor" (v. 4)? El tema está enunciado con suma claridad desde los primeros versos: es el insospechado, el "ni soñado", el oculto destino divino que hay en el amor. Se trata del amor -del amor humano- y de que este amor parece no ser sólo humano.

¿Te acuerdas? Al unirnos, ni soñamos que había un oculto destino divino en el amor. La obra se presenta como diálogo entre el yo del poeta y el tú de su compañera. Si atendemos al título del soneto, y a su etimología, bien podemos imaginárnoslos charlando en la paz de la noche, cuando los chicos duermen, al calor del fuego, del "hogar". Por otra parte, el verbo nos indica que el poeta está evocando recuerdos que se remontan al inicio de su vida en común ("al unirnos"). En aquel entonces, ni él ni ella podían imaginar lo que hoy sí saben: que había "en el amor", en el amor de ellos dos, "un oculto destino divino". Ahora bien, ¿qué hizo que descubrieran esa verdad que antes ignoraban y ni siquiera "soñaban"?

El autor nos remonta, en primer término, a la situación inicial: Éramos egoístas. Nuestra filosofía nos hubiera colmado los años de dolor. Esta confesión ya nos da un elemento importante de la respuesta: el cambio no habría sido posible si hubiera sido por ellos solos. Y ahora reconoce que el egoísmo -esa "filosofía" tan llena de doctores- les "hubiera colmado los años de dolor". Es muy interesante constatar cómo se puede dar, y se da, un amor que no es incompatible con el egoísmo. Pero no podemos saber bien de qué se trataba esa "filosofía" de vida en común si no seguimos leyendo la estrofa que sigue.

Llenóse con el tiempo de bulla y alegría / la casa que era inmensa para nosotros dos. / Ni tú ni yo tenemos sosiego en todo el día / con los cinco demonios que nos ha dado Dios. Estamos evidentemente ante el acontecimiento central del cambio: del "dolor" del último verso que leímos pasamos ahora al la "alegría" bulliciosa con que se inaugura la segunda estrofa. Y este suceso se presenta precisamente así, como un "acaecer", como una acción velada por el impersonal devenir del tiempo: "llenóse con el tiempo…". Pero al seguir leyendo nos damos cuenta de que ese "acontecimiento" que llenó la casa de "bulla y alegría" se trata nada menos que de cinco hijos… Y entonces empezamos a notar el cambio, la conversión.

En primer lugar, ven algo que antes no veían: "la casa que era inmensa para nosotros dos". Hizo falta que llegaran los hijos para que esa pareja egoísta se diera cuenta de lo grande, de lo cabedora que había sido su casa… El amor crece con su ejercicio, en la medida en que es puesto en práctica: el amor crece amando. Y el corazón humano se va ensanchando y profundizando a medida que ama, de modo que a la vuelta de varios años de amor dado y recibido uno se sorprende, como nuestro poeta, de la gran capacidad de amar que tenía oculta. Y esa casa, esa "casa inmensa para dos" solos, ahora la experimentan "llena": llena de bulla y alegría, llena de vida. El poeta escribe desde una experiencia de felicidad, de plenitud: tiene la sensación de que su corazón está colmado, está "lleno", como su casa.

Por contraste, estamos ahora en condiciones de entender el "dolor" a que les hubiera llevado la "filosofía" egoísta de sus primeros años. El amor crece amando. Pero además el amor está por naturaleza llamado a crecer permanentemente: es dinámico, no se detiene. No sabe poner "pausa". Y cuando no avanza, retrocede. Cuando deja de crecer, está decreciendo. Ése es el "egoísmo del amor" de ese primer tiempo que el poeta nos describe: un amor -ciertamente un amor- entre un hombre y una mujer, pero que pretendió quedarse encerrado en sí mismo, gozando de lo que ya poseía. Un amor al que no se le permitía seguir abriendo caminos nuevos. Un amor que se dejó herir por la fría cuña del egoísmo.

Ahora bien, según el soneto, no fueron ellos dos quienes en virtud de un plan o de su esfuerzo se liberaron de esa vida egoísta. La fuerza que los arrancó de aquel estado fue algo que vino como "de afuera", y de ahí esa impersonalidad: "se llenó…", "con el tiempo…". La prueba de la liberación está patente en el final de la estrofa: "ni tú ni yo tenemos sosiego en todo el día con los cinco demonios que nos ha dado Dios". Es decir, están ocupados y preocupados por sus cinco hijos, de modo que ahora viven "todo el día" fuera de sí mismos, descentrados, sin tiempo ("sin sosiego") para su egoísmo personal o conyugal… Ése fue el remedio a su egoísmo. Y no fue algo que obtuvieran por sí mismos, ni siquiera que buscaran conseguir, sino que les fue dado "con el tiempo", con sus cinco hijos… Y es aquí, en el corazón del soneto, que se nos sugiere la clave última de su interpretación: ese acontecimiento que les cambió la vida y la llenó de alegría no fue el éxito de un plan propio: fue algo dado, y dado por Dios: "los cinco demonios que nos ha dado Dios". Recién ahora entendemos, con el poeta, que esa sensación de ajenidad y extrañeza ante el advenimiento de sus hijos no se debía a la im-personalidad de un sino fatídico sino a la supra-personalidad de Dios providente.

No podemos dejar de celebrar la bien lograda antítesis de los "demonios" que da "Dios". Y con ella la profundidad antropológica que contiene. En efecto, a los ojos del poeta que es arrancado a la fuerza de su vida egoísta (y cuya "filosofía" no puede cambiar de la noche a la mañana), esas creaturas que le impiden el sosiego no pueden ser sino "demonios". De hecho, la estrofa siguiente se detiene un poco más a describir los nocivos efectos que esa "pandilla loca" produce en el abatido padre, que se siente "derrotado" por ella: Me siento derrotado por la pandilla loca / que no sólo me quita los besos de tu boca / sino que hasta me vuelve celoso de tu amor.

Asimismo, adivinamos aquí por dónde pasa parte del desasosiego del poeta: sus "demonios" le han quitado uno de los lugares que era para sosiego de él solo: los "besos de tu boca". Por consiguiente, surge un sentimiento que hasta ahora le era desconocido: los celos de su propia esposa. Pero estos desequilibrios, lejos de ser un factor que oscurezca la "alegría de la vida" del poeta, son parte insoslayable de los nuevos caminos que el amor va abriendo, y que hay que ir aprendiendo, porque ahora es un "amor que quiere seguir amando", y no ya un amor arremolinado en el estrecho corral de lo conocido, de lo resguardado, de lo poseído.

Pero tú, madrecita, qué sabes de estas cosas? / tú das estos chiquillos como un rosal da rosas / y me alegras la vida como un rosal en flor. Aquí se nos brinda el dato fundamental que acompañó nuestro recorrido: "me alegras la vida"… El poeta está contento, y sus descripciones son hechas desde una mirada alegre. Con la alegría desprolija y bullente de la vida sin sosiego, derrotado de cansancio e incluso con celos… Pero alegre, y sin egoísmo.

El soneto se cierra con "flores" para su interlocutora, quien, aun habiendo pasado por las mismas situaciones que él, parece no haberlas vivido con la misma sintonía: ¿"qué sabes de estas cosas?". Deduzco que ella iba un paso adelante en este camino "divino" de descentramiento, de generosidad, de amor… Y por eso podemos aprender de ella el estadio superior en este "camino santo" del amor, en el que se "pasa haciendo el bien" virtuosamente: con gozo, sin esfuerzo, sin error… Santo Tomás decía que la virtud adquirida obra como una "segunda naturaleza" de modo que los actos virtuosos salen "naturalmente", "como un rosal da rosas".

El último verso se me antoja de una hondura enorme. En efecto, es ella quien sigue siendo el objeto principal del amor y de la alegría del poeta. Los cinco hijos no le han quitado ese lugar único. Siguen siendo ellos dos, como al principio, como cuando se unieron para compartir la vida. No se han diluido en las nuevas relaciones. El amor crece y abre caminos, pero antes que nada es fiel hasta la muerte: por eso, a la vuelta de todo este proceso, el amor, habiendo crecido, se revela a la vez nuevo y el mismo: el amor revela su fidelidad siempre novedosa. Pues también ella, el objeto de su amor de siempre, siendo la misma es nueva. Ahora es la cariñosamente llamada "madrecita". La mujer amada de siempre está ahora enaltecida y engalanada con su amor de madre. Y si siempre le alegró la vida al poeta, ahora lo hace como "un rosal en flor", donde (según el verso anterior) las flores son los hijos. Ahora bien, esta imagen supone la plenitud también de su mujer: en efecto, ver un rosal en flor es ver un rosal siendo lo que está llamado a ser, en el punto máximo de su despliegue y su esplendor, lo que supone además admitir que haberse quedado estancado en algún momento previo del camino habría implicado truncar esa plenitud, incluso "colmar los años de dolor". Esta imagen final que Dávalos nos regala guarda otra perla más: el poeta, en su experiencia, ve reunidos sus amores en su amor originario: es en ella donde, por así decir, ama a sus hijos. Por amor a ella, su amor se abrió a esos cinco amores nuevos, y así esos hijos son testigos al tiempo que garantes de su amor por ella. Y al amarla hoy no puede dejar de amarla con el amor enriquecido de los cinco hijos que ella le dio por amor. Se asoma, entonces, otra verdad esencial: el amor es unitivo; sólo lo que el amor une está de veras unido. Se da así una suerte de "mutua inmanencia" de los amores en la enriquecida, en la plural simplicidad de un único amor. Y de este modo vemos colmarse un maravilloso itinerario en que el amor algo "egoísta" de dos crece hasta hacerse amor de comunión en la familia, que por eso es imagen del amor del Padre y el Hijo en el Espíritu.

Un autor medieval, Ricardo de San Víctor, al exponer el misterio de la Trinidad, decía que el amor no es perfecto (ni por tanto digno de Dios) hasta que no aparece un tercero en la relación de dos amantes. Sin un co-amado (un "con-dilecto"), los dos amantes no tienen cómo expresar ni con quién compartir la alegría de tener cada uno el amor del otro. Análogamente, el amor del hombre no crece si pretende cegar el camino de entrega, de servicio y de generosidad que lo abre a la fecundidad del "con-dilecto". El amor quiere seguir amando.

¿Qué es, entonces, ese "oculto destino divino del amor"? Es una genialidad, una "maestría de Dios" que busca la manera de hacernos felices a pesar de nosotros. Puesto que nuestra felicidad, a imagen de la Palabra hecha carne, el verdadero hombre Jesucristo, está no en "guardar la vida" sino en darla por amor (¡somos semillas de esa Palabra!), el Creador puso en lo más íntimo de nuestro corazón la llamada del amor, esa pasión irrefrenable, ese deseo insaciable, esa fuerza incontenible. No hay quien se le resista. Cuando nos enamoramos, como si una gran ola nos arrastrase, entramos en su poderoso dinamismo. Y si bien en nuestro corazón no estamos buscando sino nuestra felicidad, en el camino del amor "acontece" la familia (los hijos, los nietos…), obra maestra del amor de Dios para que al final vivamos cumpliendo aquello de "no vivir para nosotros mismos" y estemos de continuo velando por los demás, y dando la vida con generosidad, que es la manera de alcanzar la felicidad, de vivir eternamente.

Era cierto, pues. El amor humano nunca es sólo humano. Si no reprimimos su dinamismo natural, el amor acaba revelando sus rasgos divinos. Oculto en todo amor humano, hay un designio secreto a través del cual Dios enseña a los hombres el amor verdadero y conduce a todos hacia la comunión eterna de sí mismo. Es verdad: "el amor viene de Dios" (1 Jn 4, 7). Y Juan Carlos Dávalos lo entendió.

miércoles 14 de noviembre de 2007

Padre Domingo Miner. A su querida memoria.


Ayer, a la llegada de la beatificación de Ceferino Namuncurá, me encontré, de golpe, con la triste noticia de que había muerto el Padre Miner. El querido Padre Miner, a quien ninguna palabra puede describir sino esa cara sonriente que me presta Marcos Maurette. ¡El Padre Miner...! Ese amable receptor de los inconfesables pecados del verano; el mismo que en vez de darte la penitencia -con inconfundible síntoma de santo- te decía: "rezá mucho por mí". La misericordia del Padre Dios a domicilio, paseando por el parque de La Victoria. Creo que no volveré a encontrar a un cura que en sus vacaciones celebre tres misas dominicales y confiese la cantidad de gente que él confesaba.
Miner fue para mí, además, un vínculo con mis antepasados. Si hoy puedo definirme sobre todo como un "heredero" eso ha sido en gran parte gracias a él. El gris árbol genealógico cobraba vida y verdor en su memoria amante. De sus labios conocí quién había sido mi tatarabuelo -su "don Martíng"- y aprendí a quererlo como si yo mismo lo hubiera conocido. Su devoción inocultada por nuestra familia, sin embargo, nunca pretendió competir con el cariño paternal que lo unía a la multitud de sus exalumnos... Porque el Padre tenía esa fineza en el amor (reflejo del Tata) que hacía que cada uno se sintiera un poco su preferido. Como en el corazón de Dios, en el suyo cabía cada uno de nosotros por su nombre. No importaba que yo fuera ya de la quinta generación de Pereyras que conocía. Todos nos sentíamos "de primera" cuando ingresábamos en la partitura orante de su voz tanguera... ¡Con qué ansiedad (e inconfesa vanidad) esperaba el domingo de enero en que mi nombre sonaría en las blancas paredes de la capilla de Cangallo, entre los de los demás parientes que cumplían años! ¿Qué hace, Padre, que nunca haya dejado de resonar en mi corazón ese apodo que una vez pronunciaste en una misa en la casa grande: "Crístian, el nietito de Jaime"...? ¿O, años después, el que le regalaste a mi abuelo Tatá -"Jaime el bueno"- como el mejor de los halagos y el más logrado de sus epitafios...? Y es que las palabras dichas con amor se graban en el corazón. No hay vuelta que darle.

Mil recuerdos se agolpan, pero sobresalen los del oído... Esa manera enfática de pronunciar las oraciones de la Misa que desde chiquito amé imitar: "El Señor esté con vosotros"; "Reconociendo que no sólo nos liamamos, sino que verdaderaménte somos hijos de Dios..."; "el que desee comulgar y todavía no haya colocado la hostia, puede hacerlo en este momento...", y su famosa despedida, que es como un testamento espiritual impreso en el alma: "Hermanos, volvamos a nuestra vida diaria para amar y servir a Dios y al prójimo."

Dios me concedió el haber podido aprovecharlo bastante. Pude tener charlas largas con él, sobre su vida, su infancia, su vocación... Hasta me dí el lujo de hacer algo que creía ser un privilegio de los tíos viejos: llevarlo en auto desde el campo hasta La Plata, en un memorable viaje que hicimos con mi amigo Jara. Y por fin, hace cosa de un mes, cuando me enteré que ya su hora se acercaba de entregarse del todo a Dios, tuve la gracia de verlo en el sanatorio con mi hermano Pato. Y, como la mejor de las despedidas, nos dejó su última bendición en nuestras frentes.

¡Padre Miner...! Hoy que voy a los tumbos, luchando por conservar el don de Dios y peleando mi vocación cada día, pienso en vos y siento que me das desde el cielo una palmada, como después de esas confesiones en el campo... Me acuerdo de la pregunta que me disparaste en el sanatorio la última vez: "Cris, ¿cómo van tus estudios?"; de tus voz quebrada por las lágrimas cuando me llamaste porque entraba al Seminario; del reloj que Abuelo Pereyra pensó para un nieto sacerdote y que vos me regalaste como una confirmación ancestral de mi vocación... Ahora, cada vez que vuelva a mirar esa foto tuya celebrando misa en Tandileofú que tengo en mi cuarto, sabré que estás así, como siempre, rezando por nosotros en el altar del cielo, pronunciando nuestros nombres ante el Padre, que por vez primera los oye con acento de arrabal...

Rezá por mí, Padre Miner. Y, si me ayudás a ser un cura fiel y bueno como fuiste vos, ya que no he podido compartir con vos el altar acá en la tierra, podremos celebrar juntos la gloriosa liturgia celestial, o en el Ayacucho Eterno (¡que se pone lindo...!) compartir un copetín y un vinito bajo la parra de Las Overas, que es como decir lo mismo.

jueves 25 de octubre de 2007

Décima de Completas (estilo "ad completorium")

Ya la luz del día ha muerto;
crece oscuro el horizonte,
y, como un sepulcro, el monte
se quedó mudo y desierto.
Yo, Señor, que vuelvo experto
de cansancios y tristeza,
yo, que bajo esta corteza
traigo el corazón deshecho,
vengo buscando tu pecho
para apoyar mi cabeza.

jueves 11 de octubre de 2007

Composición tema libre. "Panza arriba y cara al cielo."

A Pablo.
«Cada vez que voy al "Rodeo", hay por lo menos dos horas de mi estada (por lo general, el último día) que me las reservo para salir a caballo por el campo, solo. "El Rodeo" es un campo chico, y bien puede recorrérselo, usando la huella habitual, en muy poco tiempo y al tranco, sin recurrir al "galopito". No obstante, en estas deliciosas salidas mías, me aparto del camino de siempre, y me dedico a ir al paso, costeando algún alambrado, las manos juntas sobre la cruz de mi caballo, casi dejándome llevar según los antojos del animal, preferentemente por esos potreros – ¡ay! cada vez más raros- que el arado perdona y Dios bendice de pajonales, flores y mil yuyos. Y mi espíritu, como acoplado al errar caprichoso del matungo, flota a rienda suelta por el aire como una flor de cardo a la deriva. En realidad nunca sé bien si mi ánimo se adapta al andar del caballo, o es el caballo el que obedece a la voz de mi alma.
En la vida urbana no faltan, para quien sabe encontrarlos, momentos de relativo silencio y soledad que son ocasión espléndida para la contemplación. Pero es necesario estar en la mitad de un potrero no ya para sentirse, sino para saberse solo: solo bajo el silencio del cielo y la voz del viento, mirado únicamente por la hacienda, los bichos del campo y Dios. Es extraño, sin duda, que de pronto algo tan vasto como el cielo y algo tan inmenso como la pampa se conviertan en un sagrario de la intimidad. Es ciertamente raro caer en la cuenta de que en la anchura del campo uno está más al resguardo que tras la puerta cerrada de su propio cuarto. La experiencia única de gozar la intimidad a campo abierto lo hace a uno conocer esa sutil latitud en que se juntan el universo misterioso del propio corazón y el universo insondable del mundo. Uno se detiene azorado ante el infrecuentado cruce del microcosmos y del macrocosmos: el hombre y el mundo. (Fue un día así que lo descubrí: Ayacucho ya no es Ayacucho. Ayacucho es el mundo).
Esta vivencia (de la que hoy tantos hombres están privados) desata en uno reacciones impensadas. Algunas veces me dio por galopar locamente por el potrero y gritar... Rienda suelta, cara al viento, cantando a los gritos la alegría de estar vivo: un poema a la libertad. Otras veces –las más- opté por esa morosidad errante, por esa desidia premeditada que antes describí. Entonces el caballo se frena a comerse una flor de cardo, y yo me permito "tildarme" un buen rato, con la boca abierta, pensando en nada, mirando los líquenes de una varilla rota, o jugando a ver hasta dónde se acercan las vaquillonas a curiosear... Muchas veces me subí a lo alto un molino y me quedé admirando la sedante inmensidad de la llanura, adivinando las certezas del mapa en el misterio del horizonte: acá el arroyo Las Chilcas, allá las mesetas de Balcarce, allí los campos de Napaleofú...
No existe remedio mejor para conseguir una higiene mental exhaustiva: es como una nebulización del alma.
***
Una de esas veces me fui hasta el fondo del campo, al "Monte de Nietos". En ese potrero había un pastizal tan alto, tan verde, profuso y abundante que -confieso- daba lástima no ser vaca para poder comerlo. El cielo toleraba sólo las poquísimas nubes que bastaban para apreciar justamente su azul purísimo. Corría un viento fresco del sur, que despeinaba la pastura para que en su revés verde clarito brillara más el sol y se destacara mejor el cielo. Era una tarde de diciembre inmejorable: mi sola pena era saber que el tiempo se la estaba comiendo con la inexorabilidad del segundero. Entonces, dispuesto a no dejar que esa felicidad galopante me fuera quitada, bajé de un salto del caballo, lo dejé suelto –seguro de su mansedumbre- y, abriendo los brazos, me dejé caer, cuan largo era, en ese mullido abrazo vegetal.
Echado panza arriba, me dejé estar un rato largo (¡qué relativo es el tiempo de la felicidad!) en esa cama silvestre, envidia de reyes asiáticos. Por momentos cerraba los ojos, respiraba hondo y gozaba con fruición la caricia del viento en mi frente, la frescura blanda de los pastos, el sinfónico perfume de las flores y el rotundo placer –prosaico tal vez- de estar acostado, en posición anatómica, como posando para un nuevo estudio de Leonardo. Luego, abría los ojos, y sumergido en el cenit, me perdía de buena gana en el remolino azul del cielo hondísimo. Y fue esa tarde que entendí, con los antiguos, que hay aguas en el espacio celeste. (Y me reí –me reí fuerte- de Galileo, de Newton y de las ciencias exactas). Fue una experiencia tan densamente linda que melló perennemente el metal de mi recuerdo.
***
"Panza arriba". Últimamente, de tanto insistir con ella, un amigo me ha hecho pensar mucho en esta frase. "Panza arriba". No suena bien, no. Pero un placer auténtico, una experiencia "trascendental" (si eso quiere decir "verdadera-y-buena-y-bella") puede redimir esa expresión, en apariencia tan vulgar. "Panza arriba" es otra manera de decir "cara al cielo". Aquella tarde de primavera y viento sur en Ayacucho permite que veamos resplandecer el oro oculto de esta frase injustamente ennegrecida, manoseada groseramente por la holgazanería, por el vicio, por el exceso y la resaca, por la heliolatría impúdica de los veranos, por la violencia, por el egoísmo, por la depresión.
Un hippie del Parque Lezama durmiendo al sol panza arriba no es tal: es un filósofo realista. Cualquiera que se tiende panza arriba en el pasto está diciendo –quiéralo o no- que la tierra es su hogar, que el cosmos es su casa, que el mundo es bueno, que el universo es creación, que todo está, al fin y al cabo, en las manos de Dios. Pues ¿hay, acaso, expresión más grande de confianza que la de estarse echado panza arriba? No hay postura humana en que nos mostremos más vulnerables... Ni siquiera los inermes recién nacidos saben exponerse así, guarecidos instintivamente en el inocente ensimismamiento de su posición fetal. Acostarse boca arriba es un acto de fe, es una profesión pública de que el mundo es bueno, de que la vida es bella, de que Dios está. Panza arriba es la posición del reposo, del descanso, del sueño. Y éstos, en sus mejores ejemplares, son formas de decirle que sí al mundo, de aquiescerse como el Creador en la bondad circundante: "y todo estaba muy bien". Nadie puede dis-tenderse panza arriba, nadie puede descansar cuando no tiene asegurada la confianza. Por eso duerme "cada carancho en su rancho": nadie puede abandonarse indefenso si no se siente realmente "en casa". En la casa de uno, esto es fácil.
Un amigo mío muy querido, casi siempre que viene a visitarme, tiene la pésima costumbre, apenas llega, de sacarse los zapatos y tirarse en mi cama. Después de un tiempo me di cuenta de que su hábito era el mejor de los regalos, el más fino de los halagos. Una de esas veces me dijo que no tenía ganas de hablar, que venía a descansar, nomás. No hace falta decir nada: eso solo es un himno a la amistad. Quiere decir que el amigo es otro "hogar", otro chez moi, un lugar donde uno se sabe aceptado y querido, y entonces un sitio en que uno realmente puede descansar.
Porque es el amor -solamente el amor- el que quita el miedo y da seguridad: sólo cuando uno se sabe querido puede bajar la guardia, tirarse boca arriba y dejarse estar. Así sucede también con el hombre y la mujer en la cumbre del lenguaje corporal del amor: cuando la vergüenza ha sido "absorbida" por el amor (Karol Wojtyla) la mujer puede abandonarse, tendida, a los brazos de su marido.
A la luz de estas ideas podemos también asomarnos a la verdadera gravedad de la inseguridad, tan antigua, tan actual... Si experimentar la belleza de la vida puede hacernos sentir que el mundo entero es "casa", no es menos cierto que experimentar la violación, la inseguridad y la profanación de la intimidad puede llevarnos a existir de modo que no nos sintamos "en casa" ni siquiera en las cuatro paredes de nuestro dormitorio. Así viven miles y miles de personas. Ellas no saben de la belleza de vivir "panza arriba", pero tampoco son culpables si sólo han conocido el "panza arriba" excedido y enfermo de la evasión desesperada. ¿Y con ellos –que mañana podemos ser nosotros- qué hacemos? ¿Qué hacer cuando las seguridades ya no están? ¿Qué hacer cuando ya no queda nadie en quién confiar?
En una tarde oscura de Palestina, hubo un hombre que dio una respuesta definitiva a esta pregunta acuciante, "tan vieja como la injusticia". Ese hombre se llama Jesús de Nazareth. Podemos verlo: también él está panza arriba, con los brazos abiertos, desnudo ante los verdugos y una gentuza vulgar, curiosa, ansiosa de sangre y de show. Lo acusaron y sentenciaron injustamente, por envidia. Es el colmo de la indefensión y de la vulnerabilidad. De hecho, están torturándolo, clavándolo vivo en una cruz. Mira a su alrededor y ve esos miserables rostros que contorsiona el odio y palidece la envidia: no hay miradas de amor en las que pueda descansar: sus amigos, dejándolo solo, se han escapado. Nunca estuvo tan solo. Él, sin embargo, está panza arriba, con ese abandono, con esa entrega, con esa confianza de siempre... La misma seguridad con la que se tiraba a dormir la siesta entre las multitudes, en las colinas verdes de su Galilea; la misma serenidad con la que se dejaba adormecer por las olas en la barca de Pedro... Y con esa mansedumbre inverosímil, Jesús se dejó llevar a la muerte. Sólo se oyó una oración desgarradora que quedó como colgada en el aire de esa tarde: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu." Y con esa misma docilidad, tres días después, se dejó levantar por su Padre, como un nuevo sol para un mundo nuevo. Acostándose tendido en la cruz, Jesús hizo del instrumento nefasto de la muerte el lecho nupcial de la alianza de amor entre Dios y los hombres. Jesucristo, que es la Palabra eterna de Dios, nos ha mostrado, sin palabras, un amor que llega hasta la muerte y la atraviesa: un amor más fuerte que la muerte. El Resucitado nos enseña que cuando se disipen todas las seguridades de este mundo, cuando ya nadie sea "hogar" y "descanso" para nosotros, cuando ya no tengamos ni siquiera un mísero "lugar", cuando el universo entero parezca sernos hostil, entonces habrá que animarse al último "panza arriba" de la vida, porque es el momento de descansar en los brazos de Dios -sólo en lo brazos de Dios-, del Padre de Jesús, del "Padre nuestro". Y entonces nuestra "casa", nuestro lugar de reposo - nuestro Ayacucho, por qué no- será para siempre el corazón de Dios.»
***
(Y hablando de Ayacucho, terminé hablando de Dios...)
Señor Jesús, Palabra viva de Dios, te pido que así como me concediste conocer tu presencia creadora en el descanso gozoso de una tarde campera, me concedas experimentar tu fuerza redentora en el descanso sufriente de la tarde de mi vida, para que pueda compartir tu suerte y gozar para siempre panza arriba en los pastos inefables del Ayacucho eterno. Amén.

domingo 30 de septiembre de 2007

UN APLAUSO PARA EL ASADOR


Hace unos días, en Ayacucho, se murió Pocho Moyano. Un peón de campo jubilado. No sabemos bien cuándo fue; nadie nos lo supo decir: murió tan pobremente que a su muerte sin fecha ya no le corresponderá un aniversario. Pienso, sin embargo, que la intemporalidad oscurísima de su partida se emparenta un poco con la actualidad lucera de la eternidad.

Porque Pocho, en su particular fisonomía, pero al mismo tiempo trascendiéndola, fue además de una persona, un símbolo.

El gaucho argentino, el que quedó cristalizado en el Martín Fierro, se extinguió juntamente con su hábitat original. Con todo, el destino le dio sobrevivir a través de personas-símbolo que han ido encarnando sucesivamente muchos de sus rasgos. Lo de Segundo Sombra, en el novecientos bostezante, se trataba ya de una encarnación poderosa, y por eso tan atractiva, de ese gaucho arquetípico. Pocho, en otros tiempos y en otras proporciones, fue una de esas figuras en las que el gaucho pervivía. Hasta la semana pasada.

Pedro José Moyano -tal era su nombre- decía que había nacido en Labardén, provincia de Buenos Ayres, en los criollos pagos del Vecino, entre Ayacucho y Maipú, y se crió en el campo -decía-, en una familia de trece hermanos. Digo "decía" para que el lector racionalista pare las orejas, porque él decía muchas cosas... muchas cosas la mayor parte de las cuales nunca tenía, ni pretendía tener, un correlato verificable. Claro, eso para la gente se explica diciendo que era medio "bolacero"... Pero no, señor: los hombres que además de personas son símbolos tienen, por derecho propio, la facultad de autoinventarse un poco. Ellos saben que tienen en la vida un personaje por construir, y como realmente son ese personaje, sus bolazos -sobre todo los relativos a su propio origen- son tan reales como el registro civil. Y en rigor, mucho más.

Pocho fue siempre solo y andador. En estos paisanos nunca puede saberse si fueron solteros por ser andadores, o andadores por ser solteros. Nadie le conoció mujer, y sus cosas -decía- estaban dispersas por donde lo había llevado la vida: ese mueble lo tenía en Sevigné; aquella guitarra había quedado en Dolores; la "acordiona" la había dejado en lo de su hermano...

Yo lo conocí de chico, cuando entró a trabajar (primero de mensual, después de peón) en "El Rodeo". Pocho se dedicaba al parque del "chalé", cortaba el pasto, limpiaba la pileta, hachaba leña para sacar las astillas de las estufas y la chimenea, nos hacía los asados, y daba una mano en el campo: con el tractor, recorriendo y ayudando en los trabajos de hacienda. Conocí a Pocho cuando despertaba a mi propia personalidad, y entonces fue él el instrumento elegido por la providencia para dejar en mi ser la huella indeleble del gusto campero, el carácter sacro de la identidad criolla.

Pasé con él días enteros de eneros largos. Uno de esos veranos, cuando mi familia se volvió a Buenos Ayres, me quedé a vivir con él en su casa como dos semanas. Fueron días imposibles de olvidar. Más tarde, cuando crecí y dejé de seguirlo fascinado, y cambié los camperos madrugones por las horas de contemplación, mate y lectura en la galería, me acostumbré a oír su reproche profético: "dejá de lér cosas del Papa, Crí, que vah'a terminar entrando pa' cura..."

Después de los trabajos del día, Pocho volvía a su casita, y ahí parecía otra persona. La cocinita de su rancho era como su lugar en el mundo. Le encantaba quedarse a oscuras tomando mate dulce mientras en la cocina a leña calentaba algún exiguo pedazo de carne (de ésa que nunca comen los "ricos": lengua, cabeza, y algo, sí, de "pulpa"). He ido a visitarlo mil veces justo a esa hora. De afuera, uno creía que ahí no había un alma, hasta que se acercaba mucho y sentía el perenne murmullo de su radio. Entonces le pegaba el grito: "¡Pochito...!". Todavía puedo oír con claridad indefectible el quejido, y después el golpe, de la puerta mosquitero cuando se abría, y tras ella la acostumbrada bienvenida hostil: "¡Quién é!" (Porque a Pocho le encantaba hacerse el hosco, como un perro gruñón. -Era un rasgo esencial de su personaje-.) En la penumbra hermética de la noche, sólo percibía su voz ronca y el parpadeo lento y furioso de su cigarrillo. El pucho -el "cigarro" como él decía- fue el más estable de sus compañeros. Sus labios nunca se vieron privados del beso insaciable del tabaco. Pero yo le conocí otra compañía, que fue un cuzquito negro que un buen día apareció en su casa: "el negrito". Pocho le hablaba cambiando la voz, como las madres les hablan a sus bebitos: le decía, recordando una ranchera vieja: "¿neguito, querés café?" Y cuando en su radio, que no ignoraba un solo programa de folklore de doscientos kilómetros a la redonda, pasaban un chamamé, Pocho lo agarraba de las manos y lo sacaba a bailar, mientras zapateaba. Después el negrito se murió, y no le quedó más que la radio y el cigarro.

Sólo cuando iba a visitarlo, a las cansadas, prendía un farol de gas que había sido del "chalé" (como casi todo su mueblerío, hecho de lo que nosotros tirábamos como inservible). Y, a la magra luz de ese único farol malhumorado, pasábamos horas tomando su vino marca "Gual" (vino sólo potable con "cubitos", como decía él, que siempre sostuvo que el vino puro le "caía mal"). Pocho, con no haber aprendido jamás a tocar un instrumento, guardaba en el ropero de su "pieza" una guitarra bastante decente, con un cuero de víbora adentro "pa' que no se destemple". Con ella yo le cantaba milongas, estilos, cifras, zambas, chacareras y todo lo que me pidiera. Pero como para él cantar bien era cantar fuerte, creo que nunca le parecí buen cantor. (Su máxima ponderación era para su "finao mi hermano", que "la hacía'blar a la guitarra" y tenía una voz que tapaba las guitarras de los que lo acompañaban... ) De hecho, me interrumpía seguido, para comentarme cualquier cosa de las que se habla en el campo: que justo había salido tal número de la quiniela, y él había pensado jugarle a ése porque era el de la chapa del "coche del dotor" (papá): "qué... capaz que si le jugaba no salía nada..."; o del "asidente" que hubo en Mar del Plata (-"¿qué, no lo sentiste, Crí?"-); y por supuesto, que en Tandil "llovieron cuarenta, y acá en lo Rodrígue dice que cayeron veinte, nomás..." Y yo tenía más ganas que él de escucharme a mí mismo... -"¿Y no sentiste, Crí, la milonga que le hizo Carlito Esferra a Favarolo?... ¡Pá...! "

Pocho, el huraño solterón que amaba su cocina oscura, tenía sin embargo el arte de iluminar con su alegría la cara de los demás. Para las fiestas y los asados se empilchaba: se peinaba con un jopo (una verdadera artesanía de canas y gomina), se ponía una camisa blanquísima, bombachas negras, un tirador lleno de monedas y una rastra muy linda de iniciales "emprestadas". El lujo campero de un peón. Solía llevar una bota "pamplona" con vino, y la hacía besar por todos los comensales invitándolos a decir "gregorio" y "chajá" mientras echaban el trago. Su bondad con los chicos, para quienes siempre guardaba caramelos en los bolsillos, creció hasta el heroísmo cuando mi hermana Loli, con apenas dos años, se ahogó en el bañadero abandonado de la manga de vacas. Pocho siempre recordaba cómo aquel 25 de febrero rompió la ventana del cuartito cerrado de la manga para sacar palos y orquillas con los que poder buscarla. En adelante, Loli, que se salvó de milagro, fue para él "la nena", sin más.

Sus asados eran sencillamente únicos. Como dijo mi abuela Mamama, Pocho fue "el rey del cordero al asador". Bajo el imperio de su mano experta, los capones crucificados parecían entregarse de buena gana a la expiación de esa culpa arcana de su raza. Con la pala larga en la diestra, y en la izquierda un vaso de aluminio de contenido indudable, Pocho endomingado, al resplandor de su propio fuego sagrado, era un sacerdote del asado criollo.

Pocho se apagó como morían sus puchos en la noche tiznada de su cocina. Después que se fue de "El Rodeo", cambió las sombras de su casita de la "oriya" del monte por las tinieblas de un ranchito en el pueblo, en las barriadas "del otro lao de la vía", a la altura de la avenida Colón. Luchando con la "prosta" y a la espera de una jubilación irrisoria, compartía sus días con su recia madre, sorda y viejísima, y con una hermanita enferma, a quien los médicos nunca pudieron curar porque "le hicieron un daño, y la que se lo hizo ya se había muerto". Fui a visitarlo allí todas las veces que volví al campo. Terminó su vida en medio de la pobreza. Una de las veces que fui (siempre caía de improviso) se lamentaba de no poder ofrecerme yerba "de marca", mientras la sacaba de una anónima bolsita transparente... Como un tesoro, mostraba orgulloso una foto maltratada del coche de caballos de "El Rodeo", y una foto tamaño carnet de Loli, "la nena", que encontró una vez tirada en el "chalé"... ¿Cuántas y cuántas fotos tenemos de él, de nosotros o del coche de caballos, que habríamos podido regalarle, grandes, enmarcadas....? Pero él, como un nuevo Lázaro, no tenía sino las migas que caían al piso de la mesa de los ricos.

¡Pocho! ¡Cuántos recuerdos se aprietan en la manga del recuerdo! Verte desfilar con paso marcial en la costa del alambrado con la máquina de cortar pasto, al compás inconfundible del motor Villa... Mirarte con asombro ordeñar con baquía en esas madrugadas blancas de espuma y escarcha... Sentir tus gritos cuando encerrabas las lecheras, y creer que eran como un canto silvestre más de ese paisaje querido... Oírte cantar esas criollísimas décimas "verdes", redimidas por el vino y la amistad... Escuchar otra vez tu voz querida, como la de otro Adán en el paraíso, nombrando las cosas con el nombre criollo que Dios les pensó: "gorra" en vez de boina, "planta" en vez de árbol, "gajo" en vez de rama, "cerrazón" en vez de niebla... Y los ojos, Pocho, se me "enyenan", preñados de una llovizna tibia.

La última vez que estuve con él, este invierno, entendí que la brasa de su pucho se apagaba definitivamente. Parecía que esta vez la muerte se lo estaba fumando a él a pitadas hambrientas. Lo despedí con un nudo en la garganta y la promesa de volver...

Y no volví, Pocho. No te pude volver a visitar. Quise ir hace tres semanas, y como venía un amigo lo "pateé". Quise ir la semana pasada, y me enfermé. Soñé (lo soñé toda la vida) con arrimar el calor de un Sacramento a tus últimos momentos, y no llegué. Pocho, no cumplí la promesa que me hice más a mí mismo que a vos. No te pude volver a ver. Pero recibí en el corazón la herencia más rica que un hombre, por pobre que sea, puede dejar: el regalo cierto y fiel de tu amistad sincera. Y a ésa la llevo -y la llevaré- "sacramente", al decir de Güiraldes, "como la custodia lleva la hostia".

Queda en toda la familia Achával tu queridísimo recuerdo, como guardamos en el paladar memorioso el gusto sublime de tus corderos. Pocho, el Dios que conozco es un Dios que me quiere feliz: por eso mi cielo, como mi vida, va a ser "Dios y Ayacucho". Y si es cierto (¡claro que sí!) que el "Cordero de Dios" nos prepara un "banquete celestial", yo sé, Pocho, que en el Ayacucho del cielo nos volveremos a ver todos, sentados en ronda con mi abuelo Tatá (tu "Don Jaime") y con Juan, en la comunión de un asado eterno, donde ya no te "caiga mal" el vino flor de la alegría sin soda ni "cubitos". Y hoy, como trepando con el incienso -el "calmante aroma"- de tu noble vida, sé -lo oigo, lo siento- que llega hasta el cielo, y agrada a Dios, el homenaje unánime de todos los que te conocimos: "¡Muy bueno, Pocho! ¡¡Un aplauso para el asador...!!"

domingo 16 de septiembre de 2007

"Si no es Dios, no te salva. Si no te salva, no es Dios"

Durante las controversias teológicas del s. IV,
los que defendían, contra los arrianos, la divinidad de Jesús, el Hijo de Dios,
tenían como lema: "si no es Dios, no puede salvar".
Creo que también es bueno pensar la contracara de esa verdad: "si no te salva, no es Dios".
Puede no haberlo sido -ni serlo- para otras culturas y religiones,
pero, "en cristiano", ambas realidades son inseparables.


Hace unos días volví a ver a uno de mis exalumnitos. Se le había muerto un amigo, un compañero de colegio. En su cara había casi más de azoramiento que de tristeza. A los veinte años uno apenas si sabe conjugar el verbo "morir". Lo ví a la salida de una misa, la tarde misma del hecho. Después de un abrazo y de las palabras ansiosas del rencuentro, me contó que desde que había terminado el colegio prácticamente se había alejado de la Iglesia. Pero que esa tarde, durante la misa y el espontáneo encuentro de oración que la siguió había sentido como nunca que su dolor era acogido, que sus lágrimas no caían en el vacío. Y que movido por esa renacida convicción había vuelto a confesarse después de años.
"Qué lindo", pensé al principio, "un reencuentro con Jesús". Pero más tarde pensé que no, que en el fondo la palabra "reencuentro" no servía. Este amigo mío se estaba encontrando por primera vez con este Jesús. Este joven amigo mío, desde el fondo de su tristeza, encontró el verdadero rostro de Jesús, el rostro del Dios que salva, del Dios que por haber sabido amar hasta el extremo sabe por experiencia propia qué es sufrir. Y por eso este joven amigo mío sabe mucho más que yo, que no puedo sino aprender de su testimonio. Si es cierto que Jesús es el Salvador -el nombre "Jesús" quiere decir "Yahveh salva"- uno en el fondo sólo conoce al verdadero Jesús cuando experimenta la necesidad de ser salvado. De hecho, cuando los primeros cristianos tuvieron que resumir el Evangelio al mínimo, uno de los dos títulos que le aplicaron a Jesucristo fue el de "Soter", Salvador: "Iesous CHristos THeou Yios Soter" -ichthýs-.
Como dice un salmo: "El Señor es benigno y justo, estando yo sin fuerzas me salvó" (Sal 114), la salvación no puede vivirse sino cuando somos conscientes de nuestra debilidad, de nuestra impotencia. Esta necesidad, esta dependencia es en todos nosotros algo radical, algo congénito... Está ahí. Lo difícil es aguantársela sin taparla, sin vestirla, sin disfrazarla... Pero si nos decidimos a vivir en la verdad de nosotros mismos, seremos tanto más conocedores de nuestra debilidad fundamental, y entonces, ya más cerca de nuestro verdadero rostro humano, encontraremos más fácilmente a Jesús, "rostro divino del hombre, rostro humano de Dios".

domingo 19 de agosto de 2007

Del silencio que hace hablar

Tengo, de mis años de guitarrero, una experiencia muy mía: siempre me costó cantar en público, sobre todo estando solo. De chiquito sufría cuando ante mi resistencia me decían que "me hacía rogar"... Es muy feo tener que hacer por obligación algo tan profundo e íntimo como cantar : parece que a uno le arrancaran a la fuerza algo que no está dispuesto a entregar, algo muy suyo, para exponerlo después obscenamente.
Sin embargo esto no es excluyente: lo cierto es que también conozco el gozo indecible de cantar, tanto que comparto la opinión de Juan Carlos Saravia, que dice que si no pudiera cantar se sentiría el hombre más infeliz del mundo... Sé del placer de cantar sin más, de cantar por el cantar mismo, de cantar fuerte, claro y gratis: derecho que ejerzo principalmente cuando camino por la calle, cuando me baño, o cuando alguna vez me sucede barrer o limpiar o hacer alguna labor manual. Pero si ya en esto encuentro un gozo muy grande, éste se vuelve rigurosamente inefable cuando puedo no ya cantar, sino cantarLE a alguien, cantar para una o más personas que me escuchan. Me acuerdo de haber estado, en no pocas ocasiones, tocando y cantando sin parar por horas y horas (casi siempre, eso sí, en la irresistible comunión de la noche, el fuego y el vino).
Esta contradicción en mi interior muchas veces ocupó mis soliloquios: ¿cómo podían convivir en mí estas tendencias tan opuestas? ¿A qué respondían?
De un tiempo a esta parte empecé a vislumbrar de a poco la respuesta, como empiezan a delinearse las formas con la luz de un amanecer. La explicación a mi canto está en el silencio.
Después de esas guitarreadas de noche entera, volvía a mi casa degustando (junto con alguna retinta borra trasnochada) un intenso sentimiento de gratitud para quienes me habían escuchado. "No, gracias a ustedes... Cantar así sí que da gusto..." Me parecía que ellos, los que me escuchaban, los que me miraban, los que sonreían, los que me pedían este y otro canto, ellos eran los que educían de mí la música, la voz, la intensidad y el color de cada canto. Esa experiencia me enseñó que es rigurosamente cierto eso de que "el artista se debe a su público". De ahí tengo por verdad sabida que el canto es deudor del silencio. Yo, reticente y poco dado, sé que hay un silencio irresistible que es la llave a mi corazón. He oído ese callar expectante, en las miradas, en las manos... Ese silencio es tan indispensable para mi canto como el cielo para el mar, como el fondo para la figura, como la materia para la forma... El silencio atento es sencillamente la condición de posibilidad permanente de la música que brota del corazón. El silencio del otro alimenta ininterrumpidamente la voz del que canta, tanto que cuando ese silencio falta el canto se agosta, se separa de su raíz, se divorcia de su fuente de vida.
Pensando en estas cosas, me remonté al misterio de la palabra misma. Toda palabra, en el fondo, y no sólo la "palabra amante" que es la música, está sostenida por un silencio primordial. Sólo quien hace verdadero silencio le regala al otro el don de la palabra. Sólo callando le permito al otro decir algo y decirse, expresarse tal como es.
Sigo meditando día a día en estas cosas... Pero mi pensamiento va seguido a la Virgen María. Ella fue el Silencio que Dios esperaba para poder decirSe del todo, en su Palabra eterna de amor. Ella, la Señora del silencio, la mujer que callaba y guardaba todo en su corazón, pudo engendrar para nosotros sus hermanos la Palabra de Dios. De ella misma aprendió el niño Jesús a callar para escuchar la voz de su Padre, hasta que llegó el día en que pudo decir categóricamente: "mi alimento es hacer la voluntad del que me envió (Jn 4, 33)". Que de ella aprendamos también nosotros el silencio amante que nos permite oír a Dios y hace hablar a los demás.

sábado 21 de julio de 2007

El Papa visto por un amigo

Emilio Komar decía que para que nuestros juicios fueran verdaderamente críticos se necesitaba una mirada benévola. Si lo que nos ha creado, si lo que nos constituye, explica y sostiene es la mirada amorosa de Dios, no hay mejor manera de conocer a alguien que amándola. "El amor es la retina más perfecta que existe", escribió una vez Adela Sáenz Valiente de Grondona.
A raíz del motu proprio Summorum Pontificum, y de una declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en todos los medios han resucitado los remanidos eslóganes contra el "malvado Ratzinger"...
Me parece bueno ofrecer otro punto de vista: la mirada de un crítico benévolo, que juzga con la hondura única que da el amor... ¿Quién mejor que un amigo? Es la palabra del cardenal Tarcisio Bertone, actual Secretario de Estado.

La amistad aprendida en la escuela de san Agustín
por el cardenal Tarcisio Bertone


Está escrito en la Biblia que los años de la vida del hombre «son setenta, ochenta para los más robustos» (Salmo 89, 10). Sí, el santo padre Benedicto XVI no solo no aparenta sus ochenta años sino que además entra en la categoría de los “más robustos” por otros motivos. El Señor le ha dotado de una “robustez” realmente excepcional en sentido intelectual y espiritual: no solo por su vasta y profunda cultura teológica, que todos le reconocen, sino también por su exquisita amabilidad que no tiene nada de formal, sino que expresa una extraordinaria atención por cada una de las personas. Es impresionante ver cómo con todas las personas que encuentra, incluso en las audiencias más apretadas, el papa Benedicto XVI intercambia alguna palabra no de circunstancia, sino personalizada. Aún más: el sentimiento de la amistad, que él considera sinceramente sagrada. La amistad con Dios, ante todo, y luego también la amistad humana y fraternal aprendida en la escuela de san Agustín, para quien la amistad ha de ser regada «por la caridad que ha derramado en nuestros corazones el Espíritu Santo, que nos fue enviado y dado» (Confesiones IV, 4, 7). Poseo recuerdos hermosísimos de mi trabajo junto al cardenal Ratzinger ya desde que yo era consultor de la Congregación para la doctrina de la fe, es decir, desde los años ochenta, aún antes de ser secretario de aquel dicasterio. Ante todo quisiera subrayar la claridad de su doctrina, en la siempre elevada nobleza del lenguaje, pero al mismo tiempo su eficaz capacidad de persuasión. Y además su indefectible amistad, una verdadera fuerza, más allá de la volubilidad de los hombres. Como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, el cardenal Ratzinger solía decir que su tarea era defender la fe de los sencillos de las doctrinas ambiguas y erróneas de los llamados sabios de este mundo. El 15 de septiembre de 2006, Benedicto XVI me llamó a colaborar con él como su Secretario de Estado. Había dos certezas que me daban valor a la hora de emprender esta ardua tarea: me iba a guiar la Divina Providencia, y podría contar con la comunión profunda con el Santo Padre y con su sincera confianza. Una comunión que corrobora el compromiso al servicio de la Iglesia y de la comunidad internacional –y por consiguiente de la dignidad humana y la pacífica convivencia entre los pueblos– y que se traduce en leal y fiel colaboración, reforzada por el espíritu sacerdotal y por la caridad pastoral que siempre ha de animar todas nuestras actividades. Así que acepté de muy buen grado la invitación a ofrecer mi aportación para este número de 30Días, dedicado a los ochenta años del Santo Padre Benedicto XVI. Se me da así la posibilidad de expresar en estas líneas los profundos sentimientos de gratitud que siento hacia él. Benedicto XVI conjuga en sí de manera admirable el papel de Maestro y de Pastor. Las raíces de esto están en la singular armonía con que, a mi modo de ver, se conjugan en su espíritu la Verdad y el Amor, dos inseparables “nombres” de Dios que se entrecruzan entre sí y se iluminan recíprocamente. Si este connubio entre doctrina y caridad pastoral es propio de todos los ministros ordenados de la Iglesia, brilla con mayor esplendor en los hombres de Dios que, por especial don del Espíritu Santo, consiguen realizar una síntesis robusta a nivel de pensamiento, que se irradia por consiguiente en el plano existencial.
Verdad y Amor: en cada época la humanidad vive de estas dos realidades y las necesita más que el pan. Pero los hombres y las mujeres de este tiempo nuestro advierten que son una necesidad aún más aguda. A simple vista parecen estar –y lo están superficialmente– distraídos y dispersos en tantas “cosas”, en tanto “hacer”, en tanto “aparentar”. Pero si se mira en lo profundo se ve que el mundo de este comienzo del tercer milenio no sólo sigue teniendo necesidad de Verdad y de Amor, sino que necesita especialmente su unidad. Este es, creo yo, uno de los motivos por los que la Providencia ha elegido como sucesor de Pedro al cardenal Joseph Ratzinger: porque este enseña, y antes aún, da testimonio con su vida que no hay amor sin verdad y que no hay verdad sin amor. No es casualidad que la primera encíclica salida de su pluma arranque precisamente de estas dos palabras que representan la síntesis de toda la Sagrada Escritura: «Deus caritas est –Dios es amor» (1Jn, 4, 8.16). Además existe otra clave de lectura complementaria de la personalidad del Santo Padre que no puede ser dejada a un lado: el nombre que eligió, Benedicto. ¿Quién sino san Benito de Nursia encarna esa síntesis entre contemplación y acción que ofreció una válida respuesta a la gran crisis del tránsito entre el Imperio romano y lo que iba a convertirse en Europa? Hoy estamos atravesando otra larga transición histórica, culminada de manera trágica en Europa en el siglo XX y que tendrá un final aún no definido, pero que será sin duda global, no eurocéntrico. El Señor se vale de muchos de sus humildes y fieles servidores para guiar el destino de los hombres según su designio de salvación; entre estos hay gigantes como los pontífices Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II, pero también santos que vivieron con gran sencillez como la beata madre Teresa de Calcuta, santa Faustina Kowalska, san Pío de Pietrelcina. A ellos se unen innumerables “piedras vivas”, desconocidas para los hombres pero bien conocidas por Dios, que firmemente fundadas en Cristo edifican la humanidad nueva. En este contexto, al frente del timón de la barca de Pedro, después de que el papa Wojtyla la introdujera en el “vasto océano” del tercer milenio, Dios llamó el 19 de abril de 2005 a Joseph Ratzinger, humilde y valiente «servidor de la viña del Señor», como dijo recién elegido, dulce y fuerte «cooperador de la verdad», como reza su lema episcopal. Deseamos de corazón y rezamos para que los frutos de su pontificado sean realmente abundantes, pero ya ahora saboreamos sus primicias y por ello alabamos al Señor.
(Publicado en la revista 30 días)

miércoles 11 de julio de 2007

Letanías criollas a la Virgen de Luján

Sos laguna donde cabe
todo el cielo en un reflejo,
cruz del sur que desde lejos
señala el rumbo a la nave;
arrullo de brisa suave
en lo alto de la sierra,
sos sin malezas la tierra
que prefirió el sembrador
y sos como el campo en flor
que un alma de miel encierra.

Humilde flor de llanura
que una mañana el patrón
te llevó hasta su balcón
para admirar tu hermosura;
sos remanso de agua pura
donde el sol juega y se baña,
espejo que no se empaña
donde Dios se sabe ver,
tierra que hasta amanecer
tuviste al sol en tu entraña.

Sos la luna que el sol llena
para dejarse mirar,
orilla que al bravo mar
ofreces mansa tu arena;
flor de cardo que en tu pena
al viento ofreces tu herida,
sos la llanura tendida
como un abrazo que espera,
y sos la abierta tranquera
de la tierra prometida.

Sos la música de amor
que el Creador se reservaba
para expresarse sin trabas
en su palabra mejor;
sos del trébol blanca flor
y la estrella matutina,
sos la madre peregrina
que, por brindarnos consuelo,
aunque eres reina del cielo,
quisiste hacerte argentina.

¿Por qué "Ayacucho"?