martes, 21 de noviembre de 2017

Resistencia cultural


Anoche fui al teatro a ver a Rodrigo de la Serna y el Yotivenco. Hacía apenas unos días que había descubierto que este gran actor tenía su grupo musical. Lo escuché de casualidad en Internet, cantando en vivo en la radio de Pergolini, y defendiendo la vigencia del tango y la milonga, y me pareció que valía la pena apoyar su propuesta. Ciertamente no me arrepiento.



Rodrigo de la Serna no tiene una gran voz. Llega con lo justo, sin técnica, apenas impostando la voz en una que otra sílaba exigente. Pero canta lindo, como quien canta entre amigos en el patio de su casa. No hay afectación de ningún tipo, ni cuando canta, ni cuando habla.
De esa manera, de la Serna le está devolviendo al tango la posibilidad de ser cantado por gente normal, sin los embelecos líricos a los que el género se aficionó casi dogmáticamente después del irrepetible Gardel.
Esta peculiaridad no es un mero detalle, pues a mi ver se inscribe coherentemente en un contexto más amplio: Rodrigo de la Serna retoma la senda que recorrieron Gardel, Corsini y sobre todo Rivero y levanta con orgullo la bandera del cantor criollo, el que, guitarra en mano, sin cambiar de postura ni de traje, pasa del tango a la milonga campera, y del gato cuyano a la chamarrita.
De la Serna no se esconde detrás del actor. Propone música pura. En el escenario, de hecho, casi nunca suelta su guitarra, punteando a la par de los altísimos guitarreros que lo apadrinan. Éstos se lucen en varias piezas instrumentales, tocando con fineza  sus guitarras, que en nada ven distorsionado el prístino sonido criollo. Un guitarrón y tres violas criollas: nada más... Al final, como pidiendo permiso, hizo su ingreso el bandoneón para acompañar unos tangos que cerraron eficazmente el recital.

Me fui con ganas de darle un abrazo, y de decirle: ¡no aflojes! ¡Yo te banco, Yotivenco! O de repetirle las palabras de Zitarrosa que él mismo cantó: "no cambiés nunca de trillo, aunque no tengas pa' fumar". Pero sé que no hacía falta. De hecho, él mismo empezó su espectáculo diciendo: "esto es resistencia cultural" y, después de un instante, mirando a la gente: "Ustedes se ríen, pero es verdad".

domingo, 11 de junio de 2017

Versos en guaraní para la Virgen de Itatí


Tupâsý, rohechasente,
upévare che ajú
ovy'ahame che gente:
Tupaó marangatú.

Co’ápe avy’á manté
ne ma’ê porâité güýpe.
Tanguahé tapiaité
aicóramo pytûvýpe.

Che mbo’é co'â hasýva
máraicha ñembo'erâ:
ñe’ê’ŷre ohayhú asýva
hetaité he’í cuahá.

Cóvante ajerureva,
Itatípe, Tupâsý:
che co ne rembiayhueteva
árajá tajú jevý.


Y traducido libremente:

Sólo porque quiero verte
he venido hoy hasta aquí
a tu iglesia de Itatí
donde se halla nuestra gente.

Soy feliz únicamente
bajo tu pura mirada;
cuando mi alma esté nublada
haz que vuelva nuevamente.

Tus pobres, Madre, me inspiran
a rezar del mejor modo:
sin palabras dicen todo
los que sufriendo te miran.

Volver de nuevo hasta Ti
es sólo lo que ha pedido
éste tu hijo querido,
Virgencita de Itatí.

jueves, 1 de junio de 2017

Un soneto de Castellani

Creo que bien podría ser el epígrafe de este entero blog, si no le quedara tan grande. ¡Inacabable Castellani, como una vertiente sin fin...! ¡Gracias a Dios!



                QUIJOTISMO

Pues todo aquel que vive sin locura
es menos cuerdo que lo que él se piensa
y pues princesa prometida inmensa-
mente es mejor que esclava bien segura.

Pues la llaga de amor nunca se cura
sino más honda haciéndose y extensa
con la renuncia de la recompensa
y el tomar por presencia la figura.

A fuer de don Ignacio y san Quijote
dejando el viejo pájaro-en-mano
escogí los cien pájaros en vuelo

y se me puede ver al estricote
pisoteando de la tierra el guano
que es mi manera de mirar el cielo.


Leonardo Castellani
8 de mayo de 1943
"El libro de las oraciones"

Extraído de:
http://padreleonardocastellani.blogspot.com.ar/2008/11/quijotismo-pues-todo-aquel-que-vive-sin.html

sábado, 25 de febrero de 2017

El álamo de la Sargento Díaz

Esa mañana Hipólito estaba, como de costumbre, sentado en la vereda de su casa, mate en mano, mirando pasar la vida. Es que Hipólito es uno de esos viejos vecinos de San Fernando que sigue teniendo la temeraria manía de desafiar, con la puerta abierta, la inseguridad que grita la televisión. 
De pronto se entremezcló al caluroso chillido de las chicharras una voz parecida, pero más fuerte. Más insistente.
Por curiosear -para eso había sacado su silla, después de todo- se levantó y fuese siguiendo el ruido. Al llegar a la esquina entendió todo, pero lo que vio no le gustó nada. Un camioncito municipal estacionado. Una escalera portátil y, sobre ella, una motosierra que vorazmente iba abatiendo, una por una, las cansadas ramas de un árbol. 
Ahora el grito de la sierra le abrió una herida en el pecho. Era el viejo árbol de su cuadra, el único digno de ese nombre en "la Sargento Díaz"... El viejo álamo de su calle, testigo solo de cuando en las calles de tierra del San Fernando pobre no crecían sino álamos o sauces. ¡Todo había cambiado tanto...! Pero el álamo venerable permanecía ahí, en su sitio. Había resistido con sinigual heroísmo las siempre extemporáneas podas municipales (ésas que les quitan a los pobres hasta el derecho a la sombra) y ahora, con el oscuro tronco todo deformado, desplegaba como en un bostezo final sus brazotes soñolientos sobre los temerosos techos de chapa.
Hipólito juntó coraje, respiró hondo y entró a su casa. La maldita chicharra parecía gritarle al oído, cada vez más fuerte. Cada vez más hiriente. Revolvió ruidosamente unos cajones, procurando acallar su dolor con el barullo, y cuando encontró la foto que buscaba, salió nuevamente a la calle y dobló la esquina.

Volvió a oírse la queja de las chicharras cuando la motosierra se apagó. El hombrón de la poda municipal, con una remera verde anudada en la cabeza, y la melena emergiendo por la espalda, se disponía a descansar un rato. Acomodó en una horqueta del tronco su máquina y se pasó el revés de la mano por la frente. Pero al mirar hacia abajo se sobresaltó. A más o menos diez metros, un hombre mayor lo miraba fijo detrás de unos vetustos anteojos semioscuros. No se movía. No decía nada. Y tenía algo así como un papel en la mano derecha.
Le hizo señas a su compañero del camioncito para que le preguntara qué quería.
-Buen día, don. ¿Pasa algo?
Sin decir nada, Hipólito le alargó la mano con una vieja fotografía de cartón.
-¿Ve? Éste soy yo, el día que cumplí los dieciocho años, y ese árbol donde estoy abajo es éste que su compañero está cortando. 
-¡Toda una vida! ¿no? Qué va ser, don, tenemo orden de sacarlo ¿vio? É una planta muy añosa ¿se da cuenta? y ta poniendo en riesgo la vivienda de los vecino...
-Y sí, así es la vida. Yo quería mirar, nomás, si no les molesta.
-Sí, no hay problema, señor, cómo no.

Algunas palomas asustadas se dieron a la fuga cuando el muchachote de la municipalidad retomó su labor. Hipólito, con los labios apretados, enhiesto, parecía querer reemplazar la solidez de su viejo álamo, mientras éste cedía, derrotado, ante los certeros embates de la motosierra. Pero al ya desgarrador sonido de la sierra se sumó ahora el estrépito de la rama más grande al desplomarse en el asfalto. Hipólito sintió que su firmeza claudicaba. Transido por el estruendo de esa rama caída, decidió abandonar la escena y volver a su casa. 
Pero antes de que pudiera dar un paso, erguido como estaba, percibió que sobre el viejo tronco la motosierra ya no se movía, y que un silencio repentino dejaba oír las voces de los dos "municipales" que, encaramados al álamo, parecían discutir entre sí.
-¡Venga, don! -le hizo señas el del camión, desde arriba de la escalera.
Hipólito salió de su letargo y caminó rápidamente al pie del álamo.
-¿Se anima a subir la escalera?
-Sí, no hay problema. Pero ¿qué pasa?
-Usté suba, don, hágame caso.
En un hueco que habían formado las ramas más grandes al estirarse, el hombrón de la remera en la cabeza le señaló algo así como una maraña de hojas y palitos.
-¿Qué? -preguntó el viejo, impaciente.
-Mire bien, amigo -lo invitó el otro.
Entonces Hipólito oyó, más que vio, los minúsculos quejidos de varios piquitos triangulares que se abrían en la penumbra del horcón. ¡Un nido lleno de pichoncitos!

Hipólito desanduvo en seguida los peldaños hasta alcanzar la vereda. Lo siguió el muchachón de pelo largo, que bajó también la motosierra. Hipólito quedó mirándolos mientras juntaban las ramas caídas en la vereda y cargaban la máquina en el acoplado.
-¿Qué, se van? -les preguntó.
-Y sí, don, que Dio me perdone pero yo no los voy a dejar a eso pichone sin techo, qué quiere que le diga.
Y sin decir más, se subieron al camioncito y se perdieron al doblar en la ruta 202.

Esa misma tarde (me contó Hipólito) unos vecinos le habían puesto un cajón de fruta y unos cartones al nido para que no quedaran tan a la intemperie...



Y así sigue pasando la vida en estos barrios de San Fernando. Y hay gente, como Hipólito, que se anima -gracias a Dios- a mirarla pasar. Por eso él pudo contarme la historia de estos pichoncitos que le salvaron la vida al viejo álamo, para que él pueda seguir salvándoles la vida a muchos pajaritos más.
Al álamo lo podrán ver en Sargento Díaz casi esquina Perdriel.
Y a esos pesados muchachones de corazón puro, incapaces de voltear un nido... ésos están por todas partes, pero son invisibles. O tal vez los puedan ver, como Hipólito, si se animan a sacar su silla a la vereda.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La vida sin revocar

Dedicado a mí mismo, que amo tanto las molduras,
que envidio la sencillez de los que pueden mostrar su vida "sin revocar".

"Sencillito y de alpargatas
es mi rancho -les prevengo-,
porque no conozco prenda 
que no se parezca al dueño."

Omar Moreno Palacios, "Sencillito y alpargatas"

Ya no se trata necesariamente de ir "del otro lado de la vía" o al "bajo". Las metamorfosis urbanas y urbanísticas pueden haber cambiado el "estatus" de las viejas barriadas de casitas chatas en florecientes barrios llenos de departamentos y "pehaches"... Pero hay hoy un indicio inconfundible de que se está entrando en las "orillas": las paredes de ladrillos huecos que pintan de unánime color rojizo los arrabales y las villas de hoy. Ése el confín no tan indefinido donde alguna voz elocuentemente despersonalizada y extranjera empieza a chillar: "zona peligrosa". 
Creo que no me había dado cuenta de la potencia de este símbolo suburbano hasta que vi que algunas políticas de "pobreza cero" llevaban a colorinchear compulsivamente esas paredes. Esas paredes sin revoques, las que se empeñan en gritar la presencia de los pobres por sobre los gruesos paredones, son, para algunos, insoportables. ¿Por qué será?












**

Los pobres suelen ser como sus casas: sin revocar. 
Es mucho lo que un revoque hace: alisa las irregularidades, tapa los agujeros, por cierto embellece y realza, y permite un mejor blanqueo.
Y yo pensaba estos días que tantos pobres no generan, en su personalidad, actitudes de "revoque": no disimulan, se muestran como son. Sus virtudes están a la vista: sus vicios, tanto o más. Su vida es una vida expuesta, como sus ropas secándose al sol. Como sus ranchos, a la vista y al oído de todos. En el barrio todos saben qué noche él le pegó a su mujer, o cuándo volvió borracho; cuántas tardes ella fue al bingo o en qué esquina él vende droga, y cuánto duro su "gira"... Al alcance de todos están también su puerta abierta, su sufrida historia, su trabajadora rutina, su saludo cordial y su mano tendida. No hay revoques: se es así como se es, nomás.

***

Y así me conmueve verlos ante la Virgen, cuando peregrinan para el 8 de diciembre con su vida, su dolor, sus necesidades y sus vicios a cuestas, llevándose a sí mismos con lo que tienen y como lo que son... Y por eso en esa milagrosa procesión a la milagrosa Virgen de Luján hay risas y música fuerte, hay botellas devenidas jarras donde la gaseosa por generoso milagro se ha convertido en el vino de cartón, y hay muchas viseras, y hay olor a porro, y hay tantos cochecitos, en medio de las imágenes y de los rosarios, en medio del dolor... Los hijos más pobres están yendo a la casa de su Madre del Cielo: delante de sus ojos purísimos ellos juegan de locales, porque su mirada de misericordia no les exige maquillajes: les permite ser como son, "sin revoques".



martes, 28 de junio de 2016

Sobre el Papa Francisco

El Día del Pontífice en el Año de la Misericordia

Escribo estas líneas para compartirlas con mis hermanos de la Diócesis, preocupado por los comentarios sobre la persona del Santo Padre que reflejan distintos medios, sobretodo porque pueden oscurecer su mensaje evangélico y profético, su visión de este momento histórico y el lugar de la Iglesia en él. Mi intención es la de un pastor que lejos de buscar generar divisiones internas, ve la necesidad de poner de relieve todo el servicio y la vida del Papa, por encima de opiniones sesgadas, y de suposiciones e informaciones no debidamente chequeadas. 

El miércoles 29 de junio celebramos el día de San Pedro y San Pablo en el que rezamos especialmente por el sucesor de Pedro, que hoy es el Papa Francisco. Recuerdo su sorpresiva elección hace más de tres años, la alegría desbordante de muchísima gente y el desencanto de unos pocos que trasmitieron a los medios que en el pasado, el nuevo Papa estaba vinculado con la dictadura militar. 

Poco tiempo después, con motivo de su viaje a Brasil por la jornada mundial de la juventud, los medios comunicaron un gran entusiasmo por la repercusión mundial de sus gestos y de su mensaje. Su invitación a “hacer lío”, fue entendida como una inyección vital para las nuevas generaciones. 

Sin embargo, cuando el Magisterio del Papa se encaminó decididamente a predicar sobre el drama de la pobreza y de los excluidos, manifestando en forma clara la Doctrina Social de la Iglesia, cuando comenzó a dar una gran visibilidad a los rostros de los refugiados que interpelan al mismo corazón de Europa, entonces, en muchos medios comenzó a aparecer la desconfianza hacia su persona, buscando sistemáticamente una interpretación política de sus acciones, y excluyendo el móvil pastoral. Una cosa es que su iluminación de la vida social desde el Evangelio pueda tener una repercusión política y otra muy distinta es que su accionar se interprete a partir de un código político. Si no nos permitimos una lectura en clave pastoral de sus palabras y gestos, nos perdemos lo esencial de su mensaje. El Santo Padre es y ha sido siempre un Pastor. Las interpretaciones políticas de sus actos nos llevan a perdernos en un laberinto que diluye su sentido y lo hace incomprensible. 

Seguramente, para Francisco, recibir en el Año de la Misericordia a personas que lo han insultado públicamente significa manifestar algo tan esencial al Evangelio como el perdón. Pero al mismo tiempo existen en nosotros dificultades culturales y psicológicas muy profundas para entender el perdón y la misericordia. Nos cuesta entender a un Dios cuya omnipotencia resida justamente en la misericordia. Unimos la misericordia a una debilidad del corazón, a una blandura incapaz de impartir justicia, a una “flojera” del espíritu que capitula frente a la fragilidad. Creemos que la misericordia no es justa cuando en realidad, supera tanto a la justicia que provoca en el que la recibe la posibilidad de transformarse en justo. La misericordia tiende a cambiar el corazón del que es alcanzado por ella. 

Tal vez, esta suerte de “compulsión” a perdonar propia del Papa (su persona y sus gestos trasmiten como un derroche de compasión) haya dejado de señalar aquello que no estaba bien en la conducta del otro. Sin embargo, fijémonos que el Padre en la parábola del Hijo Pródigo, no se detiene en los límites del hijo sino que los sobrepasa abrazándolo y preparando una fiesta para celebrar su vuelta. Es muy humano pensar que el padre es injusto ya que no actúa igual con el hijo mayor que le ha sido siempre fiel. Estamos educados en una cultura del “toma y daca” y del “te doy para que me des”. Y justamente Jesús no enseña esto. Más bien hay que compadecer al pecador porque se aleja de Dios, y el que se porta bien no merece ningún premio porque todo el premio es permanecer en la casa, en intimidad con el Padre. 

Esta impermeabilidad al mensaje evangélico del perdón termina justificando la venganza, habilitando la violencia y lleva en forma ineludible a la guerra. 

A muchas personas les ha parecido ciertas actitudes del Papa injustas y han sentido bronca y enojo. Confío que una reflexión madura sobre lo que implica la misericordia pueda ayudarlos a sintonizar el lenguaje de los gestos. Pero de cualquier modo, decir que el Papa “empodera a los violentos” es no entender en absoluto el fondo de su mensaje que es sumamente escuchado y respetado en un mundo que va intuyendo que sin misericordia es imposible la paz. 

Hay que decir también que hoy nos encontramos con un Papa que pone límites. Que le dice a los suyos que no se dejen llevar por el terreno resbaladizo de la corrupción. Y también se lo critica por esto. De modo que cuando perdona porque perdona, cuando es exigente porque es exigente. 

Este “manoseo” de su persona, unido a tantísimas críticas en los medios y en las redes sociales con total falta de respeto, puede desdibujar el mensaje del evangelio que con tanta nitidez nos trasmite día a día en su Magisterio. 

A pesar de todo esto el Pueblo argentino en general y en particular nuestro pueblo más sencillo, entiende el lenguaje de su pastor casi por con-naturalidad y desea con todo su corazón recibirlo en la Patria. 

Creo que esta coyuntura nos plantea un doble desafío en el Año de la Misericordia 

Por una parte, nos invita a profundizar en la naturaleza misericordiosa de Dios, revelado por Jesús. Este no es sólo el Padre Perdonador de la parábola del hijo perdido (Lc 15, 11-329), sino que es también el dueño de la viña que a todos paga lo mismo (Mt 20, 1-16), sea que trabajen todo el día o sólo algunas horas. Los de la primera mañana se enojan, pero él les había prometido un denario y se los dio. Ellos no se enojan por eso sino porque a los de la última hora también les dio un denario. O sea que se enojan porque el dueño de la viña es generoso. En vez de alegrarse pensando: “¡Qué bien! Di con un patrón generoso que hoy lo es con mis compañeros, en el futuro, en otra circunstancia, podrá serlo conmigo”. El razonamiento y el sentimiento en cambio son de desencanto por la bondad ajena. Esto le hace preguntar al Padre: “¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno? 

Dios es tan misericordioso que tenemos que pensarlo dos veces para no dar la razón al hijo mayor o a los obreros de la primera hora. Meditemos sobre estos textos y pidamos en la oración la gracia de comprender y gozar “la entrañable misericordia de nuestro Dios” (Lc 1,78). 

Por otra parte, y este es el segundo desafío, es oportuno renovar nuestra fe en el sucesor de Pedro que el Espíritu ha señalado para este momento de la vida de la Iglesia. Tal vez cuando el Papa era italiano, polaco o alemán, nos costaba menos mirarlo como al sucesor de Pedro, pero a Francisco lo conocemos, habla castellano con acento argentino, y tal vez algún día lo hemos cruzado en el subte. “Nadie es profeta en su tierra” recordaba Jesús (Lc 4,24). Quizás nos esté pasando algo de eso. Pero la fe nos despierta y nos invita a ver la verdad: El Señor ha llamado a uno de los de nuestra tierra y es a Francisco a quien le dice Jesús: “apacienta mis ovejas”. 

En nombre de la Diócesis y junto a ella, en este día de San Pedro y San Pablo deseo expresar al Santo Padre nuestro agradecimiento sincero a su magisterio, de un modo especial por su última encíclica sobre la alegría del amor, renovando nuestro compromiso de responder a su pedido insistente de “recen por mí”, para que el Señor lo siga sosteniendo en su misión. 

Mons. Oscar V. Ojea, obispo de San Isidro

jueves, 11 de junio de 2015

Ricardo Dodds (1928-2015). La verdadera grandeza de un grande

"Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. 
-Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. 
Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia 
que dejaron los sembradores impuros del odio. 
—Y enciende todos los caminos de la tierra 
con el fuego de Cristo que llevas en el corazón."
(San Josemaría, Camino, 1)

Hace unos días, en su casa de Punta Chica, rodeado del cariño de su familia, murió mi abuelo Ricardo.
Médico de raza y de alma, apasionado por su nobilísimo oficio y entregado en cuerpo y alma a su vocación, era para todos el Dr. Ricardo A. Dodds, oculista eminente y famoso.
Pero para mí fue simplemente "Papapa".
Y aunque en la voz de sus parientes y amigos de infancia él era siempre "Ricardito" -y a pesar de su estatura más bien menuda-, la grandeza era la más notoria de sus características personales. Por eso se me hace tan difícil hablar de él. Como es difícil reflejar el cielo, o como es difícil abrazar el mar. ¿Cómo se hace para describir la grandeza sin empequeñecerla en el intento?

Papapa era de veras un grande. Una gran persona, un gran médico, un gran padre de familia. Y lo fue no porque todo le saliera bien, sin querer, sino porque se lo proponía y se esforzaba. "No tenía pereza para nada", dijo mi abuela por todo panegírico... Tenía una capacidad de sacrificio, una disciplina y una abnegación verdaderamente heroicas.
Me sale definirlo como un hombre que se tomó la vida en serio: todo lo que hacía lo hacía así, con seriedad, "con todo el corazón y con toda el alma, con todo el espíritu y con todas las fuerzas" (Mc 12, 30). Argentino de ley y porteño cabal, nadie estuvo más alejado que él de nuestros penosos prototipos del "vivo" y del "chanta", del "chamuyero" y del "fanfarrón". Por eso le costaba muchísimo tolerar la mediocridad: a él, sencillamente, no le entraba en la cabeza.
Me acuerdo que una vez yo estaba escuchando un disco de José Larralde en su casa, y él, que estaba por ahí aparentemente abstraído, me llamó la atención sobre una frase: "la tierra es grande o es chica de acuerdo con los anhelos" (José Larralde, Cimbreando). Y es que él era en ese sentido como Martín Fierro, cuando dice: "para mí la tierra es chica y pudiera ser mayor", porque sus anhelos eran grandes, bien grandes. Siempre tuvo horizontes altos. Como lo dijo su hijo Cristián el día del entierro: "veía en lo invisible, y por eso se animó a lo imposible".


Ahí estaba el verdadero secreto de su vida. Veía en lo invisible. O más bien, vivía "como si estuviera viendo al Invisible" (Heb 11, 27). No se puede entender a Papapa sin su fe en Dios. Un Dios a quien él, como todo, se tomó en serio, acaso desde que descubrió existencialmente que era precisamente Dios quien primero se había tomado en serio -muy en serio- su vida y la vida de cada uno de nosotros, hasta en sus más pequeños detalles de cada día. Para este descubrimiento encontró ayuda en las fervorosas enseñanzas del sacerdote Josemaría Escrivá, que en Buenos Aires apenas comenzaban a conocerse. Desde entonces entendió familia y trabajo como su camino de santidad, y sirvió a la Iglesia en el Opus Dei con una fidelidad inconmovible, a pesar de todos los pesares, hasta el día de su muerte.
Él deseaba que los demás conociéramos a Dios como él lo conocía, que lo quisiéramos como él lo quería, que lo tuviéramos en el centro de la vida como él lo tenía. Y aunque en esto tampoco mi abuelo nunca escatimó esfuerzos, heroicos incluso, me animo a decir que esta dimensión misionera sí le salía casi sin querer, como el calor y la luz de un fuego amable, que siempre estaba ahí. Que lo digan si no tantísimos hombres y mujeres que encontraron en él a la vez al apóstol de la formación integral, de la rectitud, del trabajo serio, de la primacía de la persona humana y de la familia... y al apóstol de Cristo, probablemente sin poder reconocer en qué momento un apostolado daba paso al otro.

En la intimidad de la familia, sin embargo, a Papapa lo queríamos no por ser un señor, ni por ser heroico en su religiosidad, ni por ser intachable en su trabajo o eminente en su profesión... Lo queríamos por ser Papapa, el abuelo que nos recibía siempre sonriente, el que nos "sacaba las tripas", o el que accedía a nuestros desesperados pedidos cuando en las tardes de pileta escuchábamos que un delicioso pregón de "¡helado-ooo!" rompía desde lejos el monótono quejido de las chicharras...
Y lo conocimos y quisimos con sus defectos y debilidades. Éstos eran, a mi ver, derivaciones casi necesarias de su misma grandeza. 
Tenía, por ejemplo, un fuerte amor propio: no era fácil disentir o discutir con él, como no fue fácil ayudarlo a la hora de la vejez y la debilidad. Por otro lado, somos varios en la familia los que heredamos de él ese carácter flemático, que nos hace tan remisos a mostrar y expresar las necesidades y los sentimientos y la propia intimidad... 
Creo que el riesgo más grande de Papapa era el de tomarse la vida demasiado en serio, de no darse ni dar concesiones, de no permitirse un recreo, de medir con la temible medida que usaba para sí mismo... Pero Dios lo salvó de este riesgo, una y otra vez, sobre todo, a través de las mujeres.

La primera, su madre Elsa. Hija del escocés "Jimbo" Croll (de quien Papapa heredó esa capacidad de hacer reír a los demás sin cambiar de cara) y de una potente criolla, Sarita Fragueiro, "Elsita" combinaba genialmente su papel de mujer culta, elegante -hasta el último día de su vida no salió a la calle sin guantes blancos, aunque se cayeran los pájaros- y de activísima "vida social", con una personalidad muy divertida, pícara, peligrosamente espontánea. ¡Tan diferente de su hijo, incapaz de decir una palabra fuera de lugar...!
"No hay un día en que no me acuerde de ella", solía decir Papapa. Siempre me pareció algo especial escucharlo pronunciar "mamá". Nunca lo oí llamarla de otra manera. Lo decía de un modo tal que uno intuía que de pronto el gran Dr. Ricardo se había permitido volver a ser "niño", y por un fugaz instante uno se asomaba a otra dimensión, muy íntima y misteriosa, de él. De hecho, "Ricardito" -ya siendo abuelo- fue un ejemplo de hijo. Pendiente permanentemente de Elsita, se ocupó de que nunca le faltara nada. La llevaba y la traía de Buenos Aires a Punta Chica cada domingo de su vida para los infaltables asados, como una liturgia filial... Y cuando ella ya no pudo seguir viviendo sola, la recibió en su casa hasta que murió, después de más de dos años de internación domiciliaria.
Tuve la gracia de conocerla y quererla mucho. Ella me hizo su bisnieto preferido, objeto de mil malacrianzas. Conversábamos horas enteras de los temas más variados, porque me hacía sentir su amigo y su "par"... Ella, con noventa años cumplidos; yo, con menos de diez.
Y este amor por Elsita me unió muy especialmente a Papapa. Bastaba que al saludarme me dijera "Críst" -como ella me llamaba- para establecer una profunda complicidad afectiva entre nosotros, en que holgaban todas las palabras.

Pero el mejor regalo que Dios le dio a Papapa fue su mujer Margot O'Farrell, mi abuela "O". No podía ser más diferente, y por eso fue su complemento perfecto. Y decir Margot es decir los once hijos que tuvo con él. No hay estructura que no se caiga, como murallas de Jericó, frente a ese inmanejable estruendo vital que es una familia tan numerosa. Y por eso creo que entre mi abuela y sus hijos siempre lo salvaron a Papapa de ese tomarse las cosas demasiado en serio... Diría que ella fue como la soda indispensable para que tanta grandeza concentrada en Papapa se hiciera potable.
Bastaba que mi abuela pusiera un tonito burlón en su voz para relativizar instantáneamente todos sus absolutos... Una comida formal con un médico importante, un congreso en Europa, una distinción académica, una conversación sobre historia o música clásica, la exclusiva pertenencia a un club, o inclusive un retiro espiritual... todo se desinflaba ante las pequeñas ironías de "O", que desde afuera nos hacían matar de risa. Con su arrollador sentido común y práctico, y tal vez sin proponérselo, mi abuela le hizo cariñosamente entender a Papapa que su casa y su familia no eran un lugar para ser admirado, sino para ser amado. Aunque además todos lo admiráramos tanto, y ella más que todos.
¡Qué lindo era cuando ella o alguno de sus hijos más opuestos a él lograban desarmarlo y hacer que se riera de sí mismo! Se ponía colorado como un tomate, hundía la pera en el pecho y se ahogaba en esas carcajadas entre dientes que tanto vamos a recordar...

Hay una tercera mujer que Dios puso a su lado como constante ayuda. La Virgen María. Sin esa delicada devoción que Papapa le tuvo siempre, su religiosidad hubiera sido dura y fría. Y fue sin duda el amor a la Virgen de Luján el infalible punto de encuentro entre su espiritualidad y la de mi abuela, habitualmente tan paralelas. De hecho, dos semanas antes de su muerte, me pidió si podía llevarlo con "O" a Luján, pero ya no era posible. Y murió así, con ese anhelo de ver a la Virgen. Por eso no me sorprende que haya sido ella, su Madre, quien lo vino a buscar para el Cielo, justamente en el momento en que su nuera Isabel rezaba en voz alta el Rosario con él.


¡Papapa querido! Siempre supe que eras un regalo que Dios me había dado, y que tenía que aprovechar. No me cansé nunca de visitarte, de gozar ese arte de conversar que tenías como nadie (y que me hacía disfrutar de la misma anécdota contada cien veces como si fuera la primera vez);  de quedarnos charlando horas -siempre con el tinto y algún quesito, amables como vos- de la historia de la familia, de los cuentos de tu infancia y del viejo Buenos Ayres, de las andanzas camperas en lo de tu tío Esteban Bouquet, de tus tiempos de rugbier en CUBA, de la audaz resistencia al peronismo, de tu admiración por el "viejo Malbrán" y de mil anécdotas de tu vida de médico... ¡Todo era interesante cuando lo contabas vos!

¡Qué grande te hiciste en tu ocaso! ¡Qué heroico fue tu sufrimiento sin una queja y sin descanso! Nunca fui tan consciente de lo grande que eras como al final, cuando te miraba doblado sobre vos mismo, tiritando en la silla de ruedas, apretando la cruz y la medalla de la Virgen, o haciendo un esfuerzo enorme por leer, mientras celebraba la Misa en tu casa. ¡Me inspirabas más reverencia vos que el Dios que tenía en mis manos!
Poco a poco, al tenaz ritmo de tus dolores, tuviste que entregar tus obras, tu equipo médico, la fundación que soñó tu generosidad, tu inmensa familia... Y finalmente te entregaste vos.

¡Cuánto te vamos a extrañar! Eras el anfitrión perfecto, la garantía de la casa abierta, del asado listo, del cotidiano milagro de la multiplicación de los chorizos y los helados, del esfuerzo sea cual sea para que la familia se reuniera... 
¿Cómo entonces no iba a quererte Nuestro Señor allá en Cielo, recibiendo a la gente, preparándole incansablemente el copetín, haciendo más casa la casa de Dios? ¡Dormí, Sanpedro, que ahí llegó Ricardo! 
Y si algún día llego a llegar yo también, sé que vas a estar así, como te he visto acá: la copita del "vino nuevo" en la diestra, la sonrisa en los ojos y mi abuelo Jaime -tu amigo- al lado. Y diciéndome: "¡Críst! ¡Pero qué sorpresa! ¿Un vinito...? ¡Pasá!"

domingo, 21 de diciembre de 2014

El infinito respeto de Dios

"Diré, ante todo, que Dios es todo verdad, y siendo todo verdad, 
muestra un infinito respeto por su creatura humana. Digo: infinito respeto" 
(René Voillaume, Hermano de todos)

La escena de la anunciación del ángel a María (Lc 1, 26 y ss.) es una de las más entrañables del Evangelio, y quizá la que mejor merece el título de "Buena Noticia". Toda la historia de la humanidad se condensaba en esos breves instantes en que se encontraron el cielo y la tierra, en las periferias de Palestina.
Dios por fin iba a cumplir su plan de salvación "trazado desde antiguo" de "recapitular todas las cosas en Cristo", su Hijo por quien las había creado. Era el momento crucial en que las aguas de la historia, perdidas como las de un río desmadrado, se encontrarían con su cauce para poder llegar al mar de su destino, cuando "Dios sería todo en todos". Era el "ya basta" de Dios al mundo dejado al arbitrio de su maldad; era el tiempo y la hora de poner un freno al pecado y de hacer justicia. Era Dios que había escuchado nuevamente el grito ahogado de los oprimidos, el clamor derramado de la sangre inocente y las lágrimas de los dolientes, el quebranto de los pobres y la perseverancia de los buenos, y ahora se disponía a decir su Palabra definitiva, su sentencia. Esta vez y para siempre, Dios mismo tomaría las riendas para establecer su Reino entre los hombres.
Y para dar un anuncio tan alto, Dios envía a su mensajero de más jerarquía, al que estaba siempre en su presencia, al arcángel Gabriel. ¡Qué solemne grandeza: el embajador del Rey del cielo que lleva en la palma de su mano el secreto último de la historia, el sentido de la humanidad! Es el Cielo el que se inclina cuando él sale; es Dios el que desciende cuando él baja a la tierra, y se pierde en las callecitas polvorientas de Nazareth.
Hasta aquí todo sucede como era de esperar.


Pero en la anunciación del ángel a María algo rompió el protocolo. Porque Gabriel hubiera podido ir a dar su majestuoso anuncio a los trompetazos y marcharse triunfante. Pero no: el arcángel, que ya había bajado hasta la tierra, no se detuvo y siguió descendiendo más, hasta quedar inclinado incluso delante de esa muchachita galilea. Así lo representa por lo general la tradición iconográfica occidental, y en particular esta genial "Anunciación" de Botticelli.
Dios no irrumpe: Dios pide permiso. El ángel Gabriel de Botticelli diciendo "No temas, María" parece más temeroso él que ella: temeroso de invadirla con su presencia, de encandilarla con su majestad, de intimidarla con su anuncio. Hay una frontera tan sagrada que ni el más fuerte de los ángeles del Cielo puede traspasar, y que el artista sugiere en las firmes líneas de la ventana y en ese elocuente espacio que queda entre la mano del ángel y la mano de María. Esa frontera es la libertad, don que Dios mismo otorgó al hombre. Y Él siempre respeta la libertad. De hecho, el árbol que se ve por la ventana nos recuerda el alto precio que Dios supo pagar por ese respeto a la libertad, cuando otra mujer la usó justamente para no-respetar: para desobedecer y traspasar los límites, extendiendo la mano hacia el árbol prohibido.
Y hoy, que llegó el momento de enmendar el tremendo desarreglo que aquella transgresión provocó, Dios, "que no puede desmentirse a sí mismo", vuelve a elegir el camino de la libertad. El Creador vuelve a apostar a su creatura. El Omnipotente, que puede cambiar de un plumazo el curso de las cosas, mira desde abajo a la humanidad, pidiendo su consentimiento para poderla bendecir, para poderla salvar.
Y así se manifiesta dónde está el verdadero poder de Dios. Gabriel, es decir, la "fuerza de Dios" está de rodillas ante María. Gabriel es la fuerza del amor de Dios, que se manifiesta en una de sus formas más altas: el respeto. Gabriel es el respeto de Dios, que humillándose nos dignifica y nos "inmacula". Y María es la humanidad respetada que se decide y se juega, vencida por esa delicadeza del amor.
Y así, amándonos hasta el respeto, aconteció el "Dios con nosotros", nuestro Camino, nuestra Salvación.
¡Feliz Navidad!

martes, 4 de noviembre de 2014

La bombilla de tío Carlos

A tío Carlos , que en este regalo de Ayacucho
me enseña que mi herencia está solo en Dios.

Unos días antes de que me ordenara de cura, llegó a mis manos de parte de tío Carlos, un hermano de mi abuela, un regalazo: era una bombilla larga y recta, de las llamadas "patria" (que no se tapan nunca), de plata y oro. En seguida reconocí en ella las características inconfundibles de las bombillas de Woolands, el tradicional platero de Ayacucho. ¡Eran famosas! ¿Quién de nosotros no había querido tener alguna vez una de esas bombillas? Pero era algo como propio de los "grandes", de "los tíos"... Mis abuelos, sus hermanos y primos, los de esa generación que había llegado a heredar alguna fracción de los campos familiares en las inmediaciones de Tandil y Ayacucho, ellos casi todos tenían su bombilla de Woolands de plata y con la marca de su propia estancia hecha en oro. Es como que había que ser "patrón" para poder tener una...
Siempre admiré la que tenía Tatá, mi abuelo, con la marca de "El Rodeo" -una letra griega "pi"-, y cuando él murió qué no hubiera dado por heredarla... Pero ni siquiera sé quién se quedó con esa criolla reliquia familiar. 
¡Qué grande fue mi emoción cuando me encontré, más de diez años después, con ese inesperado regalazo...! De hecho, la bombilla que ese día me regaló tío Carlos era prácticamente igual a la de mi abuelo, pero con una diferencia: en lugar de la marca del campo, la querida "pi", tenía el signo de la Cruz.
Desde entonces, "la bombilla de tío Carlos" es mi compañera infaltable en el mate y la oración de cada día.


Y fue recién hace unos días, en un retiro espiritual, que me di cuenta del profundo mensaje que ese regalo tenía para mí. 
Ese día había estado rezando con el salmo 15, uno de mis preferidos:

"Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: "Tú eres mi bien".
Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen. [...] 
El Señor es el lote de mi herencia y mi cáliz,
mi suerte está en tu mano.
¡Me ha tocado un lote hermoso! ¡Me encanta mi heredad! [...]"

Dicen los estudiosos que el autor de este salmo fue un levita. En el Pueblo de Israel, los descendientes de Leví eran los encargados de "las cosas de Dios", del culto. Por eso, en el reparto de la Tierra Prometida, "la tribu de Leví fue la única a la que no se dio heredad: el Señor Dios de Israel fue su heredad, como se lo había dicho" (Jos 13, 14). Y por eso no vivían de hacienda ni de cosechas propias -pues carecían de tierra- sino de los diezmos que los demás israelitas destinaban para el culto al Señor (cf. Núm 18, 20). De ahí la oración de este levita, que se confía únicamente a su Dios, sabiendo que nada tiene como riqueza en este mundo sino a Él, y depende solo de Él, porque solo Dios es "el lote que le tocó como herencia".
¡Cuántas veces vibré rezando este salmo, haciendo mías las palabras de ese levita! ¡Qué lindo y qué fuerte resuenan en nosotros, consagrados a Dios en castidad, pobreza y obediencia, estas palabras que la Iglesia nos hace rezar todos los jueves antes de acostarnos! Y -será por esa cosa de familia de herencias camperas- lo que más me conmovió siempre de ese salmo es la imagen de Dios como el lote de campo que le toca a uno heredar. 
Y así, mientras leía y releía el salmo 15, entre mate y mate, me quedé con la mirada fija en la bombilla de tío Carlos que, firme y fiel, enhiesta en el matecito, enseñaba altiva la marca de la Cruz.
Entonces me acordé de que al principio, cuando la recibí, pensé en mis adentros: "lástima que tenga esa crucecita, me hubiera gustado más con la marca de "El Rodeo"... Es demasiado piadoso, eso de la cruz... ¡Si yo siempre, hasta el día de hoy, sigo identificándome con la "pi"! Pero en fin, a caballo regalado...".
Ese día, sin embargo, entendí qué hondo sentido tenía la cruz en mi bombilla. La cruz está puesta en el preciso lugar en que debería estar la marca de la estancia, la marca que identifica el campo que se heredó. ¿Y qué significaría la "pi" para mí, sino entrañables nostalgias del pasado? ¿Qué significaría, si no me va a tocar a mí heredar "El Rodeo" ni ninguna estancia? ¿Qué significaría, si yo de hecho he renunciado a las riquezas y honores de este mundo por seguir a Jesús, mi pobre y humilde Hermano y Señor? 
En cambio, ¡cuánta verdad en este regalo de tío Carlos! ¡Qué profundo signo de lo que soy -más bien, de lo que debería ser- como sacerdote! Solo la Cruz debe ser mi riqueza; sólo Cristo mi herencia, sólo Él mi potrero, mi casco y mi estancia; mi honor y mi orgullo...  ¡Qué lindo que ahora, en momentos de vacilación y de soledad, pueda mirar la bombilla mientras rezo y decirle a Jesús: "mi suerte está en tu mano", porque "solo Vos sos el campo que heredé. No quiero mirar más el maíz del vecino, ni las vacas del de al lado... ¡me encanta el lote que me tocó!".
Y así, el mismo querido tío Carlos que cuando era chiquito me regaló mi primer caballo, me dejó, en una bombilla a primera vista muy "paqueta", una perdurable lección sobre la pobreza, sobre el celibato y sobre la vida consagrada a Dios. Y siento que recién hoy se la puedo agradecer del todo.

sábado, 20 de septiembre de 2014

"Pueblo pobre, ¡qué grande es tu fe!"

La curación de la hija de la mujer cananea, narrada los evangelios de San Mateo (15, 21-28) y de San Marcos (7, 24-30), siempre me pareció  un episodio fascinante de la vida de Cristo, lleno de dramatismo y tensión y por eso también muy denso en enseñanzas.
Pero cuando leo estos textos hoy entiendo que me hablan casi exclusivamente de la fe sencilla de los pobres.
Pobre es esa mujer, por cierto, en su desesperación de madre que tiene la hija endemoniada, y que como toda madre, siente el dolor del hijo como si fuera suyo propio: "¡Señor, socórreme!" (Mt 15, 25). Doblemente pobre es esa mujer, además, en su condición de pagana y extranjera frente al "Hijo de David".


Repasemos la escena: Jesús y sus discípulos estaban probablemente descansando un poco de sus agotadores días de ministerio en Galilea. Y, puesto que la misión era entendida por Jesús como destinada "a las ovejas perdidas del pueblo de Israel" (Mt 15, 24) -de hecho, a los discípulos directamente les había prohibido "entrar a regiones paganas"  (Mt 10, 5)-, qué mejor para descansar que irse a la "región de Tiro" (Mc 7, 24), antigua Fenicia. En efecto, Marcos añade que al entrar en una casa "no quería que nadie lo supiera": su deseo era "permanecer oculto" (cf. Mc 7, 24). El Maestro no estaba "predispuesto" a hacer milagros. No había ido ahí para eso. Por eso el solo hecho de que una mujer de la región le pidiera una curación era imprevisto y desconcertante. Y Jesús ni le contestó. Dice el P. Castellani: "¿Por qué lo hizo Cristo? Supongo que porque andaba de incógnito y de malhumor: los hombres lo habían cansado. [...] Cristo era hombre; y tenía motivos de sobra entonces para estar cansado de los hombres" (Las parábolas de Cristo, Buenos Aires: Itinerarium, 1959, p. 191).
Entonces comienza la mujer a desplegar una indomable insistencia, bien reflejada por el relato de San Mateo. Al no hallar respuesta en Jesús, comenzó a atosigar con sus gritos a los discípulos que, hartos, interceden ante Jesús para que la atienda. Éste le explica a la cananea el motivo teológico de su negativa: "he sido enviado a las ovejas perdidas del pueblo de Israel", pero ella, que poco o nada sabe de esas cosas, se arroja a sus pies y le suplica ya sin vueltas: "¡Señor, socórreme!" (Mt 15, 25). Pero Jesús tampoco accede, y le repite su motivo, esta vez con la imagen más casera de que el pan de los hijos no debe ser tirado a los perros. Y entonces la mujer, hablando ahora de lo que sí sabe, por experiencia, le canta la "contraflor al resto": también los cuzquitos, aunque no reciban el pan por derecho propio, saben rescatar sus miguitas que caen de la mesa de los patrones.
Cristo se rinde: la cananea ganó la cinchada. Pero su reacción no es de fastidio, como la de los apóstoles, ni como la del juez ante la viuda insistente (Lc 18, 1-5) o como la del hombre frente a su amigo inoportuno (Lc 11, 5-8). En la respuesta de Jesús hay los indicios de una bien pensada decisión: "A causa de lo que has dicho, vete, el demonio ha sido expulsado de tu hija" (Mc 7, 29). Mateo va un poco más allá y nos hace ver que detrás de esas palabras de "retruco" audaz y persistente, Jesús vio la fe de esa pobre madre: "¡Oh, mujer, qué grande es tu fe!" (Mt 15, 28).

Ahora bien, ¿en qué sentido se puede hablar de fe en una mujer que "era pagana, de raza sirofenicia" (Mc 7, 26)?
El evangelista Marcos, de hecho, no disimula en nada el paganismo de esta mujer. El conocimiento que ella tenía de Jesús se reduce a que "oyó hablar de él" (7, 25). Por lo demás, y según un serio estudioso de los Evangelios, "no significa mucho que la mujer sirofenicia se dirija a él llamándolo "Señor"" (R. Schnackenburg, La persona de Jesucristo. Reflejada en los cuatro Evangelios, Barcelona: Herder, 1998, p.102); es decir que "Señor" no está usado por ella aquí (7, 28) en el sentido fuerte que usaban los judíos para referirse sólo a Dios. Pero el que más pone de manifiesto esa distancia que había entre ellos es el mismo Jesús, haciéndole saber que no pertenecía al rebaño de Israel, ni siquiera como oveja perdida (título a que quizá hubiera podido aspirar un samaritano, pero nunca un cananeo), y sobre todo aplicándole la tan poco simpática comparación en que ella venía a ocupar el lugar de los "cuzcos", fuera de la mesa de los "hijos".
Es innegable que san Mateo se preocupó de pulir en las palabras y gestos de la mujer toda heterodoxia, inclusive cualquier incorrección litúrgica: en efecto, lo invoca como "Señor, Hijo de David" (15, 22) y no se "echa delante de sus pies" sin más (cf. Mc 7, 25) sino que se le "prosterna" con toda la propiedad adoratriz de la "proskynesis" (cf. Mt 15, 25). Pero tan cierto como eso es que el halago de Cristo no lo gana con la ortodoxia de su estilo sino con la audacia casi insolente de su perseverancia. 

Pero entonces, ¿qué vio Jesús en esta pagana cananea, que apenas "había oído hablar de él"? ¿Qué, en el centurión romano, otro gentil, de quien dijo que nadie en Israel tenía una fe tan grande (cf. Mt 8, 10)? ¿En qué consiste esa fe de la que Jesús dice: "tu fe te ha salvado" (cf. Mt 9, 22), y sin la cual no puede hacer milagros (cf. Mc 6, 5)?
Evidentemente no se trata de que "supieran bien el Credo", el contenido de la fe: ¿qué podían saber dos paganos acerca de la fe de Israel? Además, con saber el Credo no alcanza: los demonios mismos se lo saben bien, y antes que nadie: "sé quién eres: ¡el santo de Dios!" (Mc 1, 24, cf. 5, 7) y no por eso creen en Jesús.
La fe que Jesús pide, y la fe que encuentra con sorpresa en estos paganos es una fuerza (virtud) que los mueve a lanzarse hacia él, a encomendarse a él con toda su energía vital, con todo lo que tienen y son, depositando en él toda su confianza (y de ahí la perseverancia de la sirofenicia). Es lo que san Agustín y muchos otros doctores de la Iglesia llaman "credere in Deum" (como si dijéramos "creer hacia Dios") donde se destaca más el asentimiento, la firmeza con que se cree, que el enunciado que explicita lo creído ("credere Deum", que sería "creer que Dios... existe, creó el mundo, etc."). La fe que Jesús exige es la que "toca" la voluntad, la que nos pone en movimiento. "¿Qué es, entonces, creer "hacia" (in) Él? Creyendo amar, [...] creyendo ir hacia Él [...]. No se trata de una fe cualquiera, sino de la fe que actúa por el amor" (San Agustín, In Ioannis Evangelium Tractatus, tr. 29, 6; Obras completas, XIII, Madrid: BAC 1968, p. 627).
La fe que Jesús necesita se reduce simplemente a la pregunta que Él mismo les hace a los dos ciegos que le piden ver: "¿Ustedes creen que puedo hacer eso? Y le responden: "sí, señor" (Mt 9, 28). No les "tomó examen" del Catecismo. Pero sí les pidió que confiaran en Él, o mejor, que se confiaran a Él.

Muchos Padres de la Iglesia han visto en la mujer cananea una figura de la Iglesia. Lo es, sin duda, en cuanto que ella, viniendo del paganismo, recibió de Dios las promesas (el pan) que al principio estaban destinadas a solo Israel (los hijos); pero pienso que también lo es por su fe.
El Papa Francisco muchas veces ha hablado de la "fe del Pueblo de Dios", común a todos los bautizados (y no prerrogativa de los que tienen en la Iglesia la función de enseñar o de los que han sido mejor instruidos). Dice que "el Pueblo de Dios es santo por esa unción que lo hace infalible "in credendo"" (Evangelii Gaudium -en adelante EG- 119). Y en los más pobres e ignorantes, que "no encuentran palabras para explicar su fe" o "no tienen el instrumental adecuado para expresar con precisión las realidades divinas" (cf. íd.), se puede descubrir cómo esa fe "no se equivoca" (íd.), porque "no está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental" (EG 121). En efecto, es una fe al modo de "instinto [...] -el sensus fidei-" a través de la cual el Espíritu Santo "les da una cierta connaturalidad con las realidades divinas y una sabiduría que les permite captarlas intuitivamente" (EG 119). De ahí que en la fe de los sencillos, como en la cananea del evangelio, "se acentúa más el credere in Deum que el credere Deum" (EG 124). En consecuencia, "un hombre de cultura popular puede, por la Fe, buscar o tender más hacia Dios que otro muy "formado"", y por eso tener "más perseverancia", como dice el P. Rafael Tello (Pueblo y cultura popular, Buenos Aires: Ágape - Fundación Saracho - Patria Grande 2014, p. 256). Y ésa es la humildad, la "pobreza de espíritu" (Mt 5, 3), que lleva a "encomendar a Dios su camino, sabiendo que él actuará" (cf. Sal 36), pidiendo "sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice" (Mc 11, 23), como pide Cristo.

Por eso pienso en la gente que hace esa larguísima cola para san Cayetano en la helada noche del 7 de agosto; en tantos que caminan y caminan y caminan para llegar a Itatí, a Luján, a tantos santuarios; o pienso en esas madres dolorosas de chicos enfermos, o víctimas de las drogas, o presos, "que se aferran a un rosario aunque no sepan hilvanar las proposiciones del Credo" (EG 125), o en tantos varones que como nuevos publicanos, no se atreven siquiera a entrar en la iglesia de su barrio, pero que no dejan de prender cada día esa vela en el santo de su altarcito casero o de santiguarse en el Gauchito Gil del camino a su changa... y creo que Jesús, en el Cielo, rodeado de la Virgen y de todos los santos, se sigue revolviendo de compasión, y rendido de amor una vez más, exclama, como ese día en la región de Tiro: "¡Pueblo pobre y sufrido, qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla lo que tanto deseas!"

viernes, 4 de octubre de 2013

Las manos más fuertes que las rejas

Siempre me costó rezar "de la mano". Seguramente era por falta de costumbre: en casa ni se nos cruzaba por la cabeza. Era una práctica rara, a la que nos veíamos sometidos únicamente cuando rezábamos el padrenuestro en las Misas de Tandil, en las vacaciones de la infancia. Entonces, rezar agarrados de la mano era una situación por demás incómoda, que salvábamos o resistiéndonos (si podíamos) o riéndonos por lo bajo.
Pasaron ¡tantos años! desde entonces... y nunca, hasta ayer, había entendido la hondura de rezar de la mano.


Como todos los miércoles, fui con mi amigo Cacho de visita a la comisaría IV de Virreyes.
Unos pocos metros separan el calabozo de la calle y de la plaza. Y sin embargo parece que uno se mete en otro mundo.
Ese mundo tiene su propia ley, sus propios códigos, su propio lenguaje, su propia lógica. A poco tiempo de frecuentar este sitio, uno va captando cómo funciona la sociedad de los encarcelados. Se detecta quién es el que, permaneciendo sentado, y ya sin necesidad de levantar la voz, le dice a otro que ponga el agua a calentar, o que vacíe el mate y cambie la yerba... y es obedecido sin mediar palabra. Y uno se empieza a acostumbrar a oír que a ése, tan buenito que parece, lo tuvieron que amansar porque cuando llegó "se sentía zarpado" y quería "pararse de manos" por cualquier cosa. Otras veces, preguntamos qué fue de los que ya no están más, y entre risas -bastante poco contagiosas- nos cuentan que tuvieron que mudarse a otra comisaría porque ellos mismos los habían "echado". A veces, es porque se enteraron -siempre se enteran- del motivo por el que cayeron presos, y se trataba de "violines" o de "transas", o de algún otro rubro que está condenado en sus códigos.
En ese antro, privado de la luz del sol, donde rige la ley del más fuerte y casi no se conoce otro lenguaje que el de la violencia, nosotros pasamos, sin embargo, momentos muy agradables. Ellos nos esperan, nos saludan con alegría, y nosotros los saludamos por su nombre de pila, y preguntamos por los que se fueron o los que llegaron nuevos. En seguida ponen el agua para el mate, que tomamos sentados a la par de ellos, en los improvisados banquitos "tumberos" hechos de tres botellas llenas de agua atadas entre sí. Después de una hora y pico de conversar de noticias y temas irrelevantes, de tristezas confiadas en voz bajita, y de groserías reídas a los gritos, nos preparamos para irnos hasta la siguiente semana. Pero antes de que el oficial de turno nos abra la pesadísima reja para salir del calabozo, les proponemos hacer un momento de oración. Cada uno pide lo que necesita, o da gracias a Dios, y terminamos rezando el padrenuestro y el avemaría.
El último miércoles, al introducir el rezo del padrenuestro, extendí las manos -por pura costumbre- al modo típicamente sacerdotal. Y los dos muchachos que tenía a mi lado, para mi sorpresa, me las tomaron, en un gesto que espontáneamente se contagió hasta que todos estuvimos de la mano.
Ayer, cuando fuimos de visita, no nos dejaron entrar al calabozo, y tuvimos que resignarnos a charlar y pasarnos el mate a través de las rejas. Sin embargo, cuando llegó el momento de rezar, fue César, uno de los muchachos, quien espontáneamente me alargó su mano entre los barrotes, mientras le daba la otra al compañero de al lado. Y así tomado de las manos hizo cada uno su pedido a Dios y a la Virgen... La reja, cuya fría solidez yo sentía en mis muñecas, en ese momento pareció desaparecer, vencida por la más sólida convicción de ser todos hermanos, todos pecadores, todos pobres y necesitados, en presencia de un Dios que nos quiere, y que estaba ahí mismo, tan presente, tan palpable, encadenándonos en ese gesto de humilde hermandad.
Dios no los liberó portentosamente de la prisión, como a san Pedro. Pero en ese lugar de violencia y de agresividad, de soledad y de resentimiento, de oscuridad y de dureza, Jesús hizo un milagro tanto más grande. Esas manos endurecidas por los golpes, insensibilizadas por el frío de los "fierros", acostumbradas a la velocidad del robo y al gesto amenazador del asalto, se unieron en un gesto candoroso y confiado, como prestado de la infancia (la abreviada infancia de los más pobres). Al menos por unos minutos, el más "tumbero" fue tan vulnerable como el "lavataper", nadie fue más que nadie y cada uno se supo hermano de todos los demás en el mismo dolor de la prisión, en la misma esperanza de libertad, bajo el mismo amor del Padre Dios.
Y conmigo Jesús hizo el milagro de ablandarme un poquito más el corazón.

martes, 16 de abril de 2013

"Ida y vuelta a Emaús, por favor". Un viaje de cuatro estaciones para encontrarse con Jesús.

El relato de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35), que en este tiempo de Pascua volvemos una y otra vez a meditar, nos ofrece algunas claves del encuentro con el Resucitado que podemos aplicar no sólo a la Eucaristía, sino también a los demás sacramentos y a toda forma de oración. Lo planteamos con la imagen de un viaje en tren con boleto de ida y vuelta, y que tiene cuatro estaciones bien definidas.


 
Primera estación: “¿De qué hablaban por el camino?” (Lc 24, 17)
 
Los discípulos están dejando la comunidad grande de Jerusalén, y se vuelven a su aldea, a su pequeño mundo, o “lo de siempre”. Es un camino de desilusión: desandar esa aventura de salida de sí mismos hacia el Reino que habían hecho tras los pasos de Jesús, y volver a su rutina, al “más vale malo conocido que bueno por conocer”…
Y Jesús se interesa por su corazón, por qué los preocupa, por cómo están: "¿De qué vienen hablando por el camino?"
El encuentro con Jesús resucitado empieza con una iniciativa de Él. Poder encontrarse con Cristo es un regalo: es gracia. 
Pero la experiencia de Jesús resucitado supone necesariamente abrirle el corazón tal como está. Encontrarse con Dios en cualquier forma de oración, también en la Misa, implica “poner toda la carne en el asador”, entrar a la iglesia, o a la oración, sin dejar nada de nuestra realidad afuera, sino poniendo todo lo que hay en nosotros en manos de Jesús que se interesa por cada detalle de nuestra existencia y que no desecha nada de lo humano.
 
 
Segunda estación: "Les explicó las Escrituras" (cf. Lc 24, 27.32)
 
Después de recibir lo que ellos podían ofrecer –en este caso, su desilusión, su tristeza- Jesús ilumina la realidad con las Escrituras, que en su boca se hacen Palabra viva, capaz de hacer “arder el corazón” (Cf. Lc 24, 32) y de tener ganas de seguir escuchándolo, de invitarlo a quedarse, de no dejar que “siga adelante” (Cf. Lc 24, 28) sin quedarse con ellos, sin entrar en su casa, sin ingresar en lo más íntimo de su corazón.

 
Tercera estación: "Lo reconocieron al partir el pan" (cf. Lc 24, 30-31; Lc 24, 35)
 
Los discípulos sólo reconocen a Cristo Señor al “partir el pan”. “Fracción del Pan” es el primer nombre que recibió la “Misa”, la Eucaristía celebrada en comunidad (cf. Hech 2, 46). Y cuando lo reconocen, Él, que había aceptado su invitación para "quedarse con ellos" (cf. Lc 24, 28) desaparece de “enfrente” para quedarse “adentro”, porque se había hecho alimento justamente para eso: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 56). Por eso no lo “extrañan”, no se lamentan de que haya desparecido de su vista, sino que comparten los frutos que su presencia dejó en el corazón: “¿No ardía, acaso…?” (Lc 24, 32). Es el momento del encuentro y de la intimidad en lo concreto y objetivo de su presencia sacramental.
Sólo reconociendo a Jesús en la Iglesia (la liturgia, la Eucaristía, los sacramentos, la Palabra...) se abren los ojos para que podamos caer en la cuenta de que él venía con nosotros desde antes, desde siempre, acompañándonos en el camino, en lo cotidiano de la vida.
 
“Cuando el sol se vaya y la tarde caiga,
se abrirán los ojos al partir el pan,
y entonces sabremos que por el camino
nos venía arreando el Dios de la Paz”
                                    (Mamerto Menapace, "Los yuyos de mi tierra").
 
Sin ese reconocerlo en la Iglesia, donde Él quiso quedarse, se hace muy difícil reconocerlo en nuestro vivir cotidiano.
 
 
Cuarta estación: “En ese mismo momento, se pusieron en camino” (Lc 24, 33)
 
El encuentro con Jesús los devuelve rápidamente a la esperanza y a la comunidad grande de la Iglesia, a quien ellos escuchan (Lc 24, 34) antes de hablar (Lc 24, 35). La Comunidad de los Apóstoles les confirma su experiencia, los fortalece en la fe común: “El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón”.
El encuentro de Jesús nunca nos deja iguales: no nos deja aislados, sino que nos abre a los hermanos; no nos deja cómodos y estáticos, sino que nos devuelve al camino del anuncio alegre, de la vida misionera.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Navidad saqueada (I)

Ayer, 21 de diciembre, corría en mi barrio de Virreyes un vientito fresco y agradable. Sin embargo, hacia el mediodía el día se puso pesado... Muy pesado.
Al principio, los comentarios en cada esquina: que estaban cerrando todas las tiendas de cerca de la estación, que iba a haber un saqueo como el de Bariloche, que estaban robando en el "Carrefour". Y las caras se ponían ansiosas, unas, de miedo; otras, de curiosidad.
La pantalla de la televisión, siempre lejana, empezó a mostrar los carteles celestes de nuestro municipio, los colectivos de nuestras calles, y la violencia de nuestro barrio. Unos pocos policías intentaban disuadir a varias decenas de jóvenes encapuchados que tiraban un diluvio de piedras para copar el supermercado Carrefour de la ruta 202.
Después, empezaban a caer al teléfono, como otros cascotes, los mensajes y las llamadas dando o pidiendo más información.
Después de una siesta imposible de dormir, decidí salir con la bicicleta a la calle. Grupos de chicas pasaban, muy orondas, con los brazos llenos de mercadería: "¡muy bien, las felicito!", se me ocurrió decirles, con indignación en los ojos. Unos vecinos me advirtieron que tuviera cuidado con los autos, que andaban como locos; un 371 lleno de ojos muy abiertos en las ventanas pasó por mi calle, escapado de la avenida Avellaneda, sumida en el caos. Estaban saqueando masivamente el supermercado chino.
 
Me aventuré unas cuadras más para el fondo. Las motos pasaban a las disparadas, llevando gente con mochilas llenas, y hacían un viaje, dos viajes, tres viajes... "¿Vio, padre, lo que está pasando?" - pregunta retóricamente una adolescente, indignada. Grupos de jóvenes pasaban a los gritos, casi corriendo, con carritos llenos de carbón y cerveza. "¿Vamo a saquear, padre?" -ensayó un chico enancado a una de las motos, como un chiste de mal gusto. Decenas de vecinos, parados en sus casas, miraban el panorama, ciertamente más entretenido que el de los programas de la media tarde. "¡Mirá lo que rescaté!" -mostraba uno su oprobioso trofeo, mientras volvía a su casa, con dos o tres compañeros.
De pronto pasó lo que temía:  reconocí a una señora, que volvía con sus dos hijos de nueve y once años, todos con las manos llenas de bolsas de supermercado, con la misma normalidad que si volvieran de hacer las compras un día cualquiera. Tenían que pararse cada tanto para reacomodar su triste mercancía. El mayor de sus hijos recibió de mis manos la primera comunión el año pasado; ella recibe permanentemente ayuda de Cáritas... Pasó y me miró, sin decirme nada. Después, la alcancé con la bicicleta, la miré a los ojos, y le dije: "¡Qué vergüenza!
Uno pasó en otra moto "recargada"  y me saludó "¡Padre!" como un día cualquiera. Me fui de ahí después de escuchar unos estruendos y de notar que mis ojos empezaban a picarme de una manera extrañísima: en Avellaneda habían tirado gases lacrimógenos. La policía había llegado, después de por lo menos tres horas de saqueo.

A la noche, recorrimos la avenida. Vidrios rotos, piedras, basura... Una tristeza densa quedaba en el aire, enrareciendo la noche, que estaba como ajena a todo, fresca y estrellada. Algunos comerciantes podían contar cómo habían logrado defenderse de los atacantes, mientras soldadores reparaban las cortinas metálicas destrozadas. Cada uno de los propietarios montaba guardia frente a su local, dispuesto a pasar la noche entera como un granadero defendiendo la fuente de su trabajo y el fruto de décadas de esfuerzo. Otros electrocutaban las rejas de sus kioskos, para amedrentar a los aprovechadores nocturnos.
Una grúa municipal se llevaba, entre los comentarios jocosos de varios chismosos, el auto destrozado del chino dueño del mercado. Muchos dicen que su dueño se suicidó, otros que lo mataron...
María, la jovencita paraguaya que atiende día a día en una carnicería que despojaron incluso de la balanza y de la góndola, tenía la mirada perdida, cansada de llorar, incapaz de digerir no sólo su seguro desempleo, sino el haber visto entrar a los vecinos de siempre, los mismos que la saludan todos los días, los que piden fiado, a aprovecharse y sacar lo que podían...

Tristeza, vergüenza ajena, vergüenza propia, bronca, indignación...
 
En medio de la corrida de la tarde, por una de esas calles, sentí un grito, una voz solitaria que se destacaba del ruido de las motos que desfilaban cargadas de desvergüenza. Interrumpí el diálogo que tenía con uno de los vecinos, y busqué con la mirada. Al rayo del sol, un señor no tan joven gritaba su ristra de ajos y su bolsita de limones, mientras seguía caminando, caminando... ¿Desde dónde vendría? ¿Cuántas horas al día pasaría tratando de sacar esos poquísimos pesos? Ese vendedor ambulante me cambió la tarde. A medida que se perdía hacia el fondo, igual que el sol, su figura me pareció agigantarse. Él era el otro Virreyes, tan o más numeroso que el del miserable saqueo. El de tantos varones y mujeres que saben en carne propia lo que es haber tenido hambre, aquí o en el medio del campo, y que no por eso han tocado jamás algo ajeno. Tras las huellas de ese señor, siguiendo su voz, me pareció que se ponían de pie tantísimas personas de nuestro mismo barrio que por pobres que sean o hayan sido, no han perdido jamás su honestidad. Y la ristra de ajos alrededor de su cuello se me antojó un silencioso galardón de honradez, una elocuente distinción de la dignidad de los pobres. Y pensé, algo aliviado, que mientras la bajeza humana rompía y robaba en la avenida, la dignidad seguía andando por las calles de mi barrio.