sábado, 20 de septiembre de 2014

"Pueblo pobre, ¡qué grande es tu fe!"

La curación de la hija de la mujer cananea, narrada los evangelios de San Mateo (15, 21-28) y de San Marcos (7, 24-30), siempre me pareció  un episodio fascinante de la vida de Cristo, lleno de dramatismo y tensión y por eso también muy denso en enseñanzas.
Pero cuando leo estos textos hoy entiendo que me hablan casi exclusivamente de la fe sencilla de los pobres.
Pobre es esa mujer, por cierto, en su desesperación de madre que tiene la hija endemoniada, y que como toda madre, siente el dolor del hijo como si fuera suyo propio: "¡Señor, socórreme!" (Mt 15, 25). Doblemente pobre es esa mujer, además, en su condición de pagana y extranjera frente al "Hijo de David".


Repasemos la escena: Jesús y sus discípulos estaban probablemente descansando un poco de sus agotadores días de ministerio en Galilea. Y, puesto que la misión era entendida por Jesús como destinada "a las ovejas perdidas del pueblo de Israel" (Mt 15, 24) -de hecho, a los discípulos directamente les había prohibido "entrar a regiones paganas"  (Mt 10, 5)-, qué mejor para descansar que irse a la "región de Tiro" (Mc 7, 24), antigua Fenicia. En efecto, Marcos añade que al entrar en una casa "no quería que nadie lo supiera": su deseo era "permanecer oculto" (cf. Mc 7, 24). El Maestro no estaba "predispuesto" a hacer milagros. No había ido ahí para eso. Por eso el solo hecho de que una mujer de la región le pidiera una curación era imprevisto y desconcertante. Y Jesús ni le contestó. Dice el P. Castellani: "¿Por qué lo hizo Cristo? Supongo que porque andaba de incógnito y de malhumor: los hombres lo habían cansado. [...] Cristo era hombre; y tenía motivos de sobra entonces para estar cansado de los hombres" (Las parábolas de Cristo, Buenos Aires: Itinerarium, 1959, p. 191).
Entonces comienza la mujer a desplegar una indomable insistencia, bien reflejada por el relato de San Mateo. Al no hallar respuesta en Jesús, comenzó a atosigar con sus gritos a los discípulos que, hartos, interceden ante Jesús para que la atienda. Éste le explica a la cananea el motivo teológico de su negativa: "he sido enviado a las ovejas perdidas del pueblo de Israel", pero ella, que poco o nada sabe de esas cosas, se arroja a sus pies y le suplica ya sin vueltas: "¡Señor, socórreme!" (Mt 15, 25). Pero Jesús tampoco accede, y le repite su motivo, esta vez con la imagen más casera de que el pan de los hijos no debe ser tirado a los perros. Y entonces la mujer, hablando ahora de lo que sí sabe, por experiencia, le canta la "contraflor al resto": también los cuzquitos, aunque no reciban el pan por derecho propio, saben rescatar sus miguitas que caen de la mesa de los patrones.
Cristo se rinde: la cananea ganó la cinchada. Pero su reacción no es de fastidio, como la de los apóstoles, ni como la del juez ante la viuda insistente (Lc 18, 1-5) o como la del hombre frente a su amigo inoportuno (Lc 11, 5-8). En la respuesta de Jesús hay los indicios de una bien pensada decisión: "A causa de lo que has dicho, vete, el demonio ha sido expulsado de tu hija" (Mc 7, 29). Mateo va un poco más allá y nos hace ver que detrás de esas palabras de "retruco" audaz y persistente, Jesús vio la fe de esa pobre madre: "¡Oh, mujer, qué grande es tu fe!" (Mt 15, 28).

Ahora bien, ¿en qué sentido se puede hablar de fe en una mujer que "era pagana, de raza sirofenicia" (Mc 7, 26)?
El evangelista Marcos, de hecho, no disimula en nada el paganismo de esta mujer. El conocimiento que ella tenía de Jesús se reduce a que "oyó hablar de él" (7, 25). Por lo demás, y según un serio estudioso de los Evangelios, "no significa mucho que la mujer sirofenicia se dirija a él llamándolo "Señor"" (R. Schnackenburg, La persona de Jesucristo. Reflejada en los cuatro Evangelios, Barcelona: Herder, 1998, p.102); es decir que "Señor" no está usado por ella aquí (7, 28) en el sentido fuerte que usaban los judíos para referirse sólo a Dios. Pero el que más pone de manifiesto esa distancia que había entre ellos es el mismo Jesús, haciéndole saber que no pertenecía al rebaño de Israel, ni siquiera como oveja perdida (título a que quizá hubiera podido aspirar un samaritano, pero nunca un cananeo), y sobre todo aplicándole la tan poco simpática comparación en que ella venía a ocupar el lugar de los "cuzcos", fuera de la mesa de los "hijos".
Es innegable que san Mateo se preocupó de pulir en las palabras y gestos de la mujer toda heterodoxia, inclusive cualquier incorrección litúrgica: en efecto, lo invoca como "Señor, Hijo de David" (15, 22) y no se "echa delante de sus pies" sin más (cf. Mc 7, 25) sino que se le "prosterna" con toda la propiedad adoratriz de la "proskynesis" (cf. Mt 15, 25). Pero tan cierto como eso es que el halago de Cristo no lo gana con la ortodoxia de su estilo sino con la audacia casi insolente de su perseverancia. 

Pero entonces, ¿qué vio Jesús en esta pagana cananea, que apenas "había oído hablar de él"? ¿Qué, en el centurión romano, otro gentil, de quien dijo que nadie en Israel tenía una fe tan grande (cf. Mt 8, 10)? ¿En qué consiste esa fe de la que Jesús dice: "tu fe te ha salvado" (cf. Mt 9, 22), y sin la cual no puede hacer milagros (cf. Mc 6, 5)?
Evidentemente no se trata de que "supieran bien el Credo", el contenido de la fe: ¿qué podían saber dos paganos acerca de la fe de Israel? Además, con saber el Credo no alcanza: los demonios mismos se lo saben bien, y antes que nadie: "sé quién eres: ¡el santo de Dios!" (Mc 1, 24, cf. 5, 7) y no por eso creen en Jesús.
La fe que Jesús pide, y la fe que encuentra con sorpresa en estos paganos es una fuerza (virtud) que los mueve a lanzarse hacia él, a encomendarse a él con toda su energía vital, con todo lo que tienen y son, depositando en él toda su confianza (y de ahí la perseverancia de la sirofenicia). Es lo que san Agustín y muchos otros doctores de la Iglesia llaman "credere in Deum" (como si dijéramos "creer hacia Dios") donde se destaca más el asentimiento, la firmeza con que se cree, que el enunciado que explicita lo creído ("credere Deum", que sería "creer que Dios... existe, creó el mundo, etc."). La fe que Jesús exige es la que "toca" la voluntad, la que nos pone en movimiento. "¿Qué es, entonces, creer "hacia" (in) Él? Creyendo amar, [...] creyendo ir hacia Él [...]. No se trata de una fe cualquiera, sino de la fe que actúa por el amor" (San Agustín, In Ioannis Evangelium Tractatus, tr. 29, 6; Obras completas, XIII, Madrid: BAC 1968, p. 627).
La fe que Jesús necesita se reduce simplemente a la pregunta que Él mismo les hace a los dos ciegos que le piden ver: "¿Ustedes creen que puedo hacer eso? Y le responden: "sí, señor" (Mt 9, 28). No les "tomó examen" del Catecismo. Pero sí les pidió que confiaran en Él, o mejor, que se confiaran a Él.

Muchos Padres de la Iglesia han visto en la mujer cananea una figura de la Iglesia. Lo es, sin duda, en cuanto que ella, viniendo del paganismo, recibió de Dios las promesas (el pan) que al principio estaban destinadas a solo Israel (los hijos); pero pienso que también lo es por su fe.
El Papa Francisco muchas veces ha hablado de la "fe del Pueblo de Dios", común a todos los bautizados (y no prerrogativa de los que tienen en la Iglesia la función de enseñar o de los que han sido mejor instruidos). Dice que "el Pueblo de Dios es santo por esa unción que lo hace infalible "in credendo"" (Evangelii Gaudium -en adelante EG- 119). Y en los más pobres e ignorantes, que "no encuentran palabras para explicar su fe" o "no tienen el instrumental adecuado para expresar con precisión las realidades divinas" (cf. íd.), se puede descubrir cómo esa fe "no se equivoca" (íd.), porque "no está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental" (EG 121). En efecto, es una fe al modo de "instinto [...] -el sensus fidei-" a través de la cual el Espíritu Santo "les da una cierta connaturalidad con las realidades divinas y una sabiduría que les permite captarlas intuitivamente" (EG 119). De ahí que en la fe de los sencillos, como en la cananea del evangelio, "se acentúa más el credere in Deum que el credere Deum" (EG 124). En consecuencia, "un hombre de cultura popular puede, por la Fe, buscar o tender más hacia Dios que otro muy "formado"", y por eso tener "más perseverancia", como dice el P. Rafael Tello (Pueblo y cultura popular, Buenos Aires: Ágape - Fundación Saracho - Patria Grande 2014, p. 256). Y ésa es la humildad, la "pobreza de espíritu" (Mt 5, 3), que lleva a "encomendar a Dios su camino, sabiendo que él actuará" (cf. Sal 36), pidiendo "sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice" (Mc 11, 23), como pide Cristo.

Por eso pienso en la gente que hace esa larguísima cola para san Cayetano en la helada noche del 7 de agosto; en tantos que caminan y caminan y caminan para llegar a Itatí, a Luján, a tantos santuarios; o pienso en esas madres dolorosas de chicos enfermos, o víctimas de las drogas, o presos, "que se aferran a un rosario aunque no sepan hilvanar las proposiciones del Credo" (EG 125), o en tantos varones que como nuevos publicanos, no se atreven siquiera a entrar en la iglesia de su barrio, pero que no dejan de prender cada día esa vela en el santo de su altarcito casero o de santiguarse en el Gauchito Gil del camino a su changa... y creo que Jesús, en el Cielo, rodeado de la Virgen y de todos los santos, se sigue revolviendo de compasión, y rendido de amor una vez más, exclama, como ese día en la región de Tiro: "¡Pueblo pobre y sufrido, qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla lo que tanto deseas!"

viernes, 4 de octubre de 2013

Las manos más fuertes que las rejas

Siempre me costó rezar "de la mano". Seguramente era por falta de costumbre: en casa ni se nos cruzaba por la cabeza. Era una práctica rara, a la que nos veíamos sometidos únicamente cuando rezábamos el padrenuestro en las Misas de Tandil, en las vacaciones de la infancia. Entonces, rezar agarrados de la mano era una situación por demás incómoda, que salvábamos o resistiéndonos (si podíamos) o riéndonos por lo bajo.
Pasaron ¡tantos años! desde entonces... y nunca, hasta ayer, había entendido la hondura de rezar de la mano.


Como todos los miércoles, fui con mi amigo Cacho de visita a la comisaría IV de Virreyes.
Unos pocos metros separan el calabozo de la calle y de la plaza. Y sin embargo parece que uno se mete en otro mundo.
Ese mundo tiene su propia ley, sus propios códigos, su propio lenguaje, su propia lógica. A poco tiempo de frecuentar este sitio, uno va captando cómo funciona la sociedad de los encarcelados. Se detecta quién es el que, permaneciendo sentado, y ya sin necesidad de levantar la voz, le dice a otro que ponga el agua a calentar, o que vacíe el mate y cambie la yerba... y es obedecido sin mediar palabra. Y uno se empieza a acostumbrar a oír que a ése, tan buenito que parece, lo tuvieron que amansar porque cuando llegó "se sentía zarpado" y quería "pararse de manos" por cualquier cosa. Otras veces, preguntamos qué fue de los que ya no están más, y entre risas -bastante poco contagiosas- nos cuentan que tuvieron que mudarse a otra comisaría porque ellos mismos los habían "echado". A veces, es porque se enteraron -siempre se enteran- del motivo por el que cayeron presos, y se trataba de "violines" o de "transas", o de algún otro rubro que está condenado en sus códigos.
En ese antro, privado de la luz del sol, donde rige la ley del más fuerte y casi no se conoce otro lenguaje que el de la violencia, nosotros pasamos, sin embargo, momentos muy agradables. Ellos nos esperan, nos saludan con alegría, y nosotros los saludamos por su nombre de pila, y preguntamos por los que se fueron o los que llegaron nuevos. En seguida ponen el agua para el mate, que tomamos sentados a la par de ellos, en los improvisados banquitos "tumberos" hechos de tres botellas llenas de agua atadas entre sí. Después de una hora y pico de conversar de noticias y temas irrelevantes, de tristezas confiadas en voz bajita, y de groserías reídas a los gritos, nos preparamos para irnos hasta la siguiente semana. Pero antes de que el oficial de turno nos abra la pesadísima reja para salir del calabozo, les proponemos hacer un momento de oración. Cada uno pide lo que necesita, o da gracias a Dios, y terminamos rezando el padrenuestro y el avemaría.
El último miércoles, al introducir el rezo del padrenuestro, extendí las manos -por pura costumbre- al modo típicamente sacerdotal. Y los dos muchachos que tenía a mi lado, para mi sorpresa, me las tomaron, en un gesto que espontáneamente se contagió hasta que todos estuvimos de la mano.
Ayer, cuando fuimos de visita, no nos dejaron entrar al calabozo, y tuvimos que resignarnos a charlar y pasarnos el mate a través de las rejas. Sin embargo, cuando llegó el momento de rezar, fue César, uno de los muchachos, quien espontáneamente me alargó su mano entre los barrotes, mientras le daba la otra al compañero de al lado. Y así tomado de las manos hizo cada uno su pedido a Dios y a la Virgen... La reja, cuya fría solidez yo sentía en mis muñecas, en ese momento pareció desaparecer, vencida por la más sólida convicción de ser todos hermanos, todos pecadores, todos pobres y necesitados, en presencia de un Dios que nos quiere, y que estaba ahí mismo, tan presente, tan palpable, encadenándonos en ese gesto de humilde hermandad.
Dios no los liberó portentosamente de la prisión, como a san Pedro. Pero en ese lugar de violencia y de agresividad, de soledad y de resentimiento, de oscuridad y de dureza, Jesús hizo un milagro tanto más grande. Esas manos endurecidas por los golpes, insensibilizadas por el frío de los "fierros", acostumbradas a la velocidad del robo y al gesto amenazador del asalto, se unieron en un gesto candoroso y confiado, como prestado de la infancia (la abreviada infancia de los más pobres). Al menos por unos minutos, el más "tumbero" fue tan vulnerable como el "lavataper", nadie fue más que nadie y cada uno se supo hermano de todos los demás en el mismo dolor de la prisión, en la misma esperanza de libertad, bajo el mismo amor del Padre Dios.
Y conmigo Jesús hizo el milagro de ablandarme un poquito más el corazón.

martes, 16 de abril de 2013

"Ida y vuelta a Emaús, por favor". Un viaje de cuatro estaciones para encontrarse con Jesús.

El relato de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35), que en este tiempo de Pascua volvemos una y otra vez a meditar, nos ofrece algunas claves del encuentro con el Resucitado que podemos aplicar no sólo a la Eucaristía, sino también a los demás sacramentos y a toda forma de oración. Lo planteamos con la imagen de un viaje en tren con boleto de ida y vuelta, y que tiene cuatro estaciones bien definidas.


 
Primera estación: “¿De qué hablaban por el camino?” (Lc 24, 17)
 
Los discípulos están dejando la comunidad grande de Jerusalén, y se vuelven a su aldea, a su pequeño mundo, o “lo de siempre”. Es un camino de desilusión: desandar esa aventura de salida de sí mismos hacia el Reino que habían hecho tras los pasos de Jesús, y volver a su rutina, al “más vale malo conocido que bueno por conocer”…
Y Jesús se interesa por su corazón, por qué los preocupa, por cómo están: "¿De qué vienen hablando por el camino?"
El encuentro con Jesús resucitado empieza con una iniciativa de Él. Poder encontrarse con Cristo es un regalo: es gracia. 
Pero la experiencia de Jesús resucitado supone necesariamente abrirle el corazón tal como está. Encontrarse con Dios en cualquier forma de oración, también en la Misa, implica “poner toda la carne en el asador”, entrar a la iglesia, o a la oración, sin dejar nada de nuestra realidad afuera, sino poniendo todo lo que hay en nosotros en manos de Jesús que se interesa por cada detalle de nuestra existencia y que no desecha nada de lo humano.
 
 
Segunda estación: "Les explicó las Escrituras" (cf. Lc 24, 27.32)
 
Después de recibir lo que ellos podían ofrecer –en este caso, su desilusión, su tristeza- Jesús ilumina la realidad con las Escrituras, que en su boca se hacen Palabra viva, capaz de hacer “arder el corazón” (Cf. Lc 24, 32) y de tener ganas de seguir escuchándolo, de invitarlo a quedarse, de no dejar que “siga adelante” (Cf. Lc 24, 28) sin quedarse con ellos, sin entrar en su casa, sin ingresar en lo más íntimo de su corazón.

 
Tercera estación: "Lo reconocieron al partir el pan" (cf. Lc 24, 30-31; Lc 24, 35)
 
Los discípulos sólo reconocen a Cristo Señor al “partir el pan”. “Fracción del Pan” es el primer nombre que recibió la “Misa”, la Eucaristía celebrada en comunidad (cf. Hech 2, 46). Y cuando lo reconocen, Él, que había aceptado su invitación para "quedarse con ellos" (cf. Lc 24, 28) desaparece de “enfrente” para quedarse “adentro”, porque se había hecho alimento justamente para eso: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 56). Por eso no lo “extrañan”, no se lamentan de que haya desparecido de su vista, sino que comparten los frutos que su presencia dejó en el corazón: “¿No ardía, acaso…?” (Lc 24, 32). Es el momento del encuentro y de la intimidad en lo concreto y objetivo de su presencia sacramental.
Sólo reconociendo a Jesús en la Iglesia (la liturgia, la Eucaristía, los sacramentos, la Palabra...) se abren los ojos para que podamos caer en la cuenta de que él venía con nosotros desde antes, desde siempre, acompañándonos en el camino, en lo cotidiano de la vida.
 
“Cuando el sol se vaya y la tarde caiga,
se abrirán los ojos al partir el pan,
y entonces sabremos que por el camino
nos venía arreando el Dios de la Paz”
                                    (Mamerto Menapace, "Los yuyos de mi tierra").
 
Sin ese reconocerlo en la Iglesia, donde Él quiso quedarse, se hace muy difícil reconocerlo en nuestro vivir cotidiano.
 
 
Cuarta estación: “En ese mismo momento, se pusieron en camino” (Lc 24, 33)
 
El encuentro con Jesús los devuelve rápidamente a la esperanza y a la comunidad grande de la Iglesia, a quien ellos escuchan (Lc 24, 34) antes de hablar (Lc 24, 35). La Comunidad de los Apóstoles les confirma su experiencia, los fortalece en la fe común: “El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón”.
El encuentro de Jesús nunca nos deja iguales: no nos deja aislados, sino que nos abre a los hermanos; no nos deja cómodos y estáticos, sino que nos devuelve al camino del anuncio alegre, de la vida misionera.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Navidad saqueada (I)

Ayer, 21 de diciembre, corría en mi barrio de Virreyes un vientito fresco y agradable. Sin embargo, hacia el mediodía el día se puso pesado... Muy pesado.
Al principio, los comentarios en cada esquina: que estaban cerrando todas las tiendas de cerca de la estación, que iba a haber un saqueo como el de Bariloche, que estaban robando en el "Carrefour". Y las caras se ponían ansiosas, unas, de miedo; otras, de curiosidad.
La pantalla de la televisión, siempre lejana, empezó a mostrar los carteles celestes de nuestro municipio, los colectivos de nuestras calles, y la violencia de nuestro barrio. Unos pocos policías intentaban disuadir a varias decenas de jóvenes encapuchados que tiraban un diluvio de piedras para copar el supermercado Carrefour de la ruta 202.
Después, empezaban a caer al teléfono, como otros cascotes, los mensajes y las llamadas dando o pidiendo más información.
Después de una siesta imposible de dormir, decidí salir con la bicicleta a la calle. Grupos de chicas pasaban, muy orondas, con los brazos llenos de mercadería: "¡muy bien, las felicito!", se me ocurrió decirles, con indignación en los ojos. Unos vecinos me advirtieron que tuviera cuidado con los autos, que andaban como locos; un 371 lleno de ojos muy abiertos en las ventanas pasó por mi calle, escapado de la avenida Avellaneda, sumida en el caos. Estaban saqueando masivamente el supermercado chino.
 
Me aventuré unas cuadras más para el fondo. Las motos pasaban a las disparadas, llevando gente con mochilas llenas, y hacían un viaje, dos viajes, tres viajes... "¿Vio, padre, lo que está pasando?" - pregunta retóricamente una adolescente, indignada. Grupos de jóvenes pasaban a los gritos, casi corriendo, con carritos llenos de carbón y cerveza. "¿Vamo a saquear, padre?" -ensayó un chico enancado a una de las motos, como un chiste de mal gusto. Decenas de vecinos, parados en sus casas, miraban el panorama, ciertamente más entretenido que el de los programas de la media tarde. "¡Mirá lo que rescaté!" -mostraba uno su oprobioso trofeo, mientras volvía a su casa, con dos o tres compañeros.
De pronto pasó lo que temía:  reconocí a una señora, que volvía con sus dos hijos de nueve y once años, todos con las manos llenas de bolsas de supermercado, con la misma normalidad que si volvieran de hacer las compras un día cualquiera. Tenían que pararse cada tanto para reacomodar su triste mercancía. El mayor de sus hijos recibió de mis manos la primera comunión el año pasado; ella recibe permanentemente ayuda de Cáritas... Pasó y me miró, sin decirme nada. Después, la alcancé con la bicicleta, la miré a los ojos, y le dije: "¡Qué vergüenza!
Uno pasó en otra moto "recargada"  y me saludó "¡Padre!" como un día cualquiera. Me fui de ahí después de escuchar unos estruendos y de notar que mis ojos empezaban a picarme de una manera extrañísima: en Avellaneda habían tirado gases lacrimógenos. La policía había llegado, después de por lo menos tres horas de saqueo.

A la noche, recorrimos la avenida. Vidrios rotos, piedras, basura... Una tristeza densa quedaba en el aire, enrareciendo la noche, que estaba como ajena a todo, fresca y estrellada. Algunos comerciantes podían contar cómo habían logrado defenderse de los atacantes, mientras soldadores reparaban las cortinas metálicas destrozadas. Cada uno de los propietarios montaba guardia frente a su local, dispuesto a pasar la noche entera como un granadero defendiendo la fuente de su trabajo y el fruto de décadas de esfuerzo. Otros electrocutaban las rejas de sus kioskos, para amedrentar a los aprovechadores nocturnos.
Una grúa municipal se llevaba, entre los comentarios jocosos de varios chismosos, el auto destrozado del chino dueño del mercado. Muchos dicen que su dueño se suicidó, otros que lo mataron...
María, la jovencita paraguaya que atiende día a día en una carnicería que despojaron incluso de la balanza y de la góndola, tenía la mirada perdida, cansada de llorar, incapaz de digerir no sólo su seguro desempleo, sino el haber visto entrar a los vecinos de siempre, los mismos que la saludan todos los días, los que piden fiado, a aprovecharse y sacar lo que podían...

Tristeza, vergüenza ajena, vergüenza propia, bronca, indignación...
 
En medio de la corrida de la tarde, por una de esas calles, sentí un grito, una voz solitaria que se destacaba del ruido de las motos que desfilaban cargadas de desvergüenza. Interrumpí el diálogo que tenía con uno de los vecinos, y busqué con la mirada. Al rayo del sol, un señor no tan joven gritaba su ristra de ajos y su bolsita de limones, mientras seguía caminando, caminando... ¿Desde dónde vendría? ¿Cuántas horas al día pasaría tratando de sacar esos poquísimos pesos? Ese vendedor ambulante me cambió la tarde. A medida que se perdía hacia el fondo, igual que el sol, su figura me pareció agigantarse. Él era el otro Virreyes, tan o más numeroso que el del miserable saqueo. El de tantos varones y mujeres que saben en carne propia lo que es haber tenido hambre, aquí o en el medio del campo, y que no por eso han tocado jamás algo ajeno. Tras las huellas de ese señor, siguiendo su voz, me pareció que se ponían de pie tantísimas personas de nuestro mismo barrio que por pobres que sean o hayan sido, no han perdido jamás su honestidad. Y la ristra de ajos alrededor de su cuello se me antojó un silencioso galardón de honradez, una elocuente distinción de la dignidad de los pobres. Y pensé, algo aliviado, que mientras la bajeza humana rompía y robaba en la avenida, la dignidad seguía andando por las calles de mi barrio.

domingo, 30 de septiembre de 2012

La comunión de la torta

No es cierto que lo ritual sea algo exclusivo de las religiones. Nuestra vida está llena de ritos que podríamos perfectamente llamar "profanos", y que jalonan y embellecen nuestro transcurrir cotidiano.
Desde que vine a vivir a Virreyes en más de una ocasión me descubrí inermemente malhumorado ante la insistencia de personas de la comunidad que se empecinan en hacerme traer a casa un pedazo de torta para el otro cura, que no pudo quedarse al festejo (del bautismo, de la primera comunión, del cumpleaños...). Mis excusas nunca los convencen: "prácticamente no comemos cosas dulces", "Somos solamente dos y comemos casi siempre fuera de la parroquia", "el otro padre nunca come postre".... Inútil. Ellos seguramente no piensan, como yo, en las acrobacias ciclísticas para transportar durante unas cuantas cuadras un frágil pedazo de torta apenas protegido por una bolsita, sin que llegue convertido en un irreconocible engendro de migas y dulce de leche. Tampoco se imaginan que ese platito, o ese táper, o la bandejita donde viene el regalo probablemente jamás volverá a sus hogares (mea culpa), entreverado en el masculino descuido de una cocina de curas. No sospechan que, confinado en la heladera, ese generosísimo trozo de dulzura, bajo la voluptuosa espesura del merengue, es menos tentador que un pan viejo, y que su inexorable destino basurero se verá dilatado tan sólo por el valor afectivo de su carácter de "souvenir", hasta que el moho le gane la pulseada a la lástima...
Más de una vez, cuando llamo a alguien del barrio para felicitarlo y al mismo tiempo le cuento que no podré ir al festejo de ocasión, me consuelan diciendo: "no importa, mañana te llevo un pedazo de torta". (Y vuelta a empezar con mis argumentos, que por teléfono son todavía más impotentes).
El otro día, cuando llegó el momento de comunicarle educadamente al dueño de casa que había decidido irme, su señora me franqueó el paso decididamente y me espetó: "¿cómo te vas a ir antes de la torta?". Y entonces, cuando vio que yo seguía firme en mi resolución de partir, corrió hacia adentro de la casa y volvió al minuto con el consabido platito de torta... que comí de parado y "con un pie en el estribo".
Me llamó la atención: aunque hubiera estado dos horas en ese festejo, irme sin haber comido la torta era un desaire, casi como el de rechazar la invitación. Entonces entendí que la torta no era una torta, sino mucho más. Comer la torta no es lo que indica la materialidad de ese acto... Compartir la torta es un rito. Un rito cabal, aunque no sea religioso, y que viene circundado por una verdadera liturgia: quién la corta, cómo, quién la reparte, a quiénes, en qué orden...
Me sorprendió mi insensibilidad para captar ese rito. Yo conocía y tenía asumido el de prender y soplar las velitas, cantar, etc., pero para mí ahí se acababa la ceremonia. Después de eso, me daba lo mismo irme o quedarme, comer o no la torta, o preferir cualquier otro postre de la mesa.

Esta liturgia hogareña de tantas familias argentinas está muy emparentada con la "comunión" como rito religioso. Ya en la antigüedad, se llamaba "sacrificios de comunión" a aquellos en los cuales las personas que lo ofrecían podían comer parte de la víctima ellos mismos (y no sólo los sacerdotes, encargados de la inmolación). Comer de esa víctima, de esa "hostia", quiere decir implicarse personalmente en la ofrenda, comprometerse con lo que se hizo en el altar.
También la comunión con Jesús en la Eucaristía tiene este sentido. Después de haber vivido el "misterio central" de esta fiesta de la fe (como si hubiéramos sacramentalmente "soplado las velitas" de la muerte y resurrección de Jesús), viene el momento de participar de esa fiesta, de "hacerla nuestra", de incorporarla, de asumirla como propia. Y eso se expresa compartiendo esa comida sacrificial, comiendo todos de un mismo pan que el mismo Señor Jesús corta y reparte en la persona de quien preside la Misa. Rechazar voluntariamente y porque sí esa comunión sería no querer compartir lo que Dios nos ofrece en la Eucaristía: una Alianza de Amor eterna expresada en su Hijo Jesús, muerto y resucitado por nosotros. Aceptar sentarse en esa mesa pascual, por el contrario, quiere decir creer en ese amor de Dios y comprometernos a permanecer en él, viviendo nosotros mismos -los que compartimos esa Comida- en el amor fraterno. Tal vez por eso antes de "probar el bocado" la Iglesia nos pide que digamos "Amén", a ver si estamos seguros de lo que implica comulgar: comprometerse a vivir en Cristo, o sea, amando y sirviendo hasta dar la vida.
Y como la torta, también a la Comunión la llevamos a quienes no pudieron estar en la fiesta de la Eucaristía (los enfermos) para que al recibirla, sepan que el Dueño de la fiesta no sólo no se ofende, sino que les hace llegar de esa manera su abrazo y su alegría, y la certeza de que "son parte" de la fiesta de su Amor.

viernes, 22 de junio de 2012

Un verso de Pemán

Muchas veces quise publicar este verso del grandísimo poeta español José María Pemán, que me parece una enseñanza de hondísima sabiduría, tan sabia que no teme vestirse de la sencillez e inocencia que sabía componer como nadie el autor de "Las flores del bien".

Para Juan Ignacio Ortiz Greco

ROMANCE DEL RAYO DE SOL


Era, al caer de la tarde,
todo el pinar un rumor...
Entre el dosel de las hojas
un rayo de sol se entró.
Y el pinar negro fue todo
un sonrisa: el rumor
de las hojas, parecía
de más dulce y claro son,
se abrieron las florecillas,
el aire se embalsamó,
y entre las ramas, los pájaros
cantaron más y mejor.

¡Todo el milagro se ha hecho
con sólo un rayo de sol!
Al pinar bueno y humilde
¡con qué poco le bastó!
¡Qué clara fue su sonrisa
para tan corto favor!

Señor: yo que tengo el alma
llena de loca ambición,
yo que busqué tantas cosas
vanas e inútiles, yo
que vi al pinar sonreírse,
no he perdido la lección...

He aprendido a agradecer
en mi camino, Señor,
el agua de cada fuente,
el pan de cada mesón,
el cantar de cada pájaro
y el olor de cada flor...

Esta es vida de limosnas,
vida de abundancias, no;
y cualquier poco es un mucho
para quien nada ganó.

Entre sus dedos de rosa,
enjoyados por el sol,
trae cada aurora guardada
su alegría o su dolor...
Y hay que tomar lo que traiga
con mansa resignación,
bendiciendo cada aurora,
y con cada aurora, a Dios.
No he de olvidar la enseñanza
que el manso pinar me dio...
Todo el arte de vivir
con paz y resignación
está en saber alegrarse
con cada rayo de sol...

lunes, 4 de junio de 2012

El abrazo anónimo de Buenos Ayres

Muchas veces sentí unas ganas fuertes, como una atracción poderosa, de escaparme de la cotidianidad, de huir del mundo... Pero no como quien "huye del mundanal ruido" hacia la paz del campo... Ése es un sentimiento muy otro, si se quiere mucho más frecuente. No. Me refiero a un impulso cuasi ciego de refugiarme en el medio, bien en el medio de la ciudad inmensa, de la Buenos Ayres desconocida, que entonces se me antoja como un regazo gigante y lleno de recodos, como una madre mística que con toda su gente, con todas sus calles, con todos sus edificios, existe sólo para abrazar mi melancolía y mi deseo de soledad.
En mis primeros años de estudiante universitario, cuando me empalagaba con la libertad de no "tener que" ir al colegio y de manejar como quisiera mis tiempos, varias veces me dejé llevar por el galope de esta huída melancólica, y me sumergía en el anonimato de alguna confitería ignota de San Telmo. Allí, abría algún libro  para no confesar mi soledad, y entonces me entregaba a un gozoso letargo consciente. Miraba el lugar, la gente, los mozos, las casas viejas... y dejaba que el pensamiento divagara en asociaciones libres.


Después de los veinte años, reconocí que esa costumbre podía volverse un deporte peligrosísimo para mi espíritu. Probé el imán mortífero de la depresión consentida, y supe que esas escapadas no deberían ser en lo sucesivo más que un lujo esporádico.
Hace unos días, decidí darme ese lujo nuevamente. Quise ir a esconderme en los barrios del Sur, contra el Riachuelo. Los nombres de Barracas, Pompeya, La Boca, se me hacían irresistibles. Veía los planos de calles, y me moría de curiosidad por ver el Riachuelo desde la avenida Pedro de Mendoza arriba, o conocer la "calle Pepirí", o algún "callejón en Pompeya". Esos lugares me seducen poderosamente, porque en mi imaginación tienen una cuota de antigüedad y abandono, como de penumbra, que favorece perfectamente el abrazo de anonimidad que justamente iba a buscar.
Un jueves a la mañana, después de haber dormido en lo de mi abuela, me subí al 102 en Uruguay y Santa Fé hasta alejarme de cualquier mundo previamente conocido. Necesitaba ver cosas por primera vez. Por eso, dejé que hiciera algunas cuadras por la antigua Calle Larga de Barracas, y me bajé cuando vi la Parroquia Santa Lucía, en cuyas inmediaciones cantaba “como una calandria” la pulpera de ojos celestes. Y caminé... Con morosidad moderada -para evitar las sospechas de estar siendo un turista- recorrí toda la avenida Montes de Oca, deteniéndome en la gente, en las calles que se perdían para adentro, en las molduras de los edificios.... Y fui quedándome más solo en mi vereda, hasta dar con el ansiado Riachuelo, a cuya vera, efectivamente, venían a morir, olvidadas y extenuadas, las calles envejecidas cuadras atrás, con su gris cortejo de barracas viejas y galpones nuevos, terminales de colectivos y salidas de camiones. El Riachuelo negrísimo, hirviente de misteriosísimas burbujas, amedrentaba todo asomo de vida, pero por sobre su cauce me llegaba un aire fresco y fuerte, que se ignora ciudad adentro: el viento antiguo del Río de la Plata. Anduve solísimo, al solcito de esa mañana, subido a una suerte de anchísimo andén con la calle Pedro de Mendoza a mi izquierda y el Riachuelo a mi derecha, mirando cómo se miraban, sin verse, el fondo invisible de la Capital Federal y el fondo invisible de Dock Sud y Avellaneda.
Como sano y premeditado límite a este impulso nostalgiófilo, o más bien como una excusa que redimiera esta concesión a mi melancolía, al mediodía llegué por el Riachuelo a la concurrida Vuelta de Rocha, y ahí, en La Boca colorida y visitada, me encontré con mi madre, mi abuela y dos de mis tías, para almorzar amablemente.
Creo que sólo Buenos Ayres puede darme ese gusto. Cuando se está solo en un "café" de una ciudad completamente extranjera, la soledad es aplastante, y el umbral a la depresión, breve como un "cortado". No le veo consuelo al dolor perenne de ser extranjero, “sapo de otro pozo”. En cambio, hundirse en la rutina ajena de un bar de la avenida Montes de Oca, proporciona una combinación exquisita de anonimato y comodidad. De soledad y de compañía. Por “perdido” que esté, estoy siempre al calor de mi propia ciudad, de mi propia manera de hablar, de mi propia gente.
En todo caso, perderme en Buenos Ayres hizo que me diera cuenta de que sólo gracias a la certeza de no estar solo puedo darme el lujo de jugar a estarlo.

lunes, 30 de abril de 2012

Un pastor que se deja conocer

En el capítulo 10 de san Juan Jesús afirma que él es el buen pastor. Ésta era una imagen conocida en el pueblo judío para referirse a sus reyes. Sin embargo, coherente con su estilo radicalmente distinto de "los que son considerados jefes de la tierra" (Mc 10, 42), los rasgos del pastor Jesús nos rompen los esquemas tradicionales.
"Yo soy el buen pastor. Conozco a mis ovejas..." Hasta aquí todo va bien. Pero Jesús sigue: "... y mis ovjeas me conocen a mí". La relación de conocimiento entre el jefe y su pueblo es de una perfecta reciprocidad.
Para los dictadores humanos, basta que "el rebaño" obedezca, en todo caso "reconozca" la voz del amo, pero ciertamente no que lo conozca. El conocimiento "unilateral" que el líder tiene de sus súbditos es precisamente una herramienta preciosa de poder y de control. No seré yo quien tenga que convencer a nadie del estrecho parentesco entre el "saber" y el "poder".
Por ello mismo me parece luminoso el hecho de que nuestro Señor ataque el virus perversor del poder allí mismo donde está su raíz: en el conocimiento, la información, el "saber".
Por eso, el Pastor ciertamente conoce bien a sus ovejas, pero en la misma medida se deja conocer por ellas, y esto supone, para el pastor, todo un camino de abajamiento, de "ponerse a tiro" y hermanarse... Un camino de humildad y de sencillez que sólo los que están muy poco temerosos de "perder el poder" pueden encarar.
¿No es el mismo evangelio de San Juan el que nos dice que este mismo Jesús es el "cordero de Dios"?

sábado, 31 de marzo de 2012

Como un "chorro" más

“Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota»” (Jn 19, 17). “Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados” (Lc 23, 32).
Estamos acostumbrados, en el viacrucis, a mirar a Jesús solo llevando la cruz. Sin embargo, el evangelista Lucas nos dice que en el camino del Calvario Jesús iba a la par “con otros dos malhechores”.
En la escena de la crucifixión, solemos mirar en primer plano una cruz grande, la de Jesús, y en segundo, casi siempre más chiquitas, más "atrás", las de los ladrones.
Sin embargo, destacando a nuestro Señor con estas miradas -por cierto piadosas-, perdemos de vista que este "ser contado entre los malhechores" (Isaías 53, 12) es parte esencial del abajamiento de nuestro Señor, de su "vaciamiento", de su humildad sin par, esa que lo llevó a hacerse no sólo hombre, sino "esclavo, pasando por uno de tantos" (Flp 2, 7).
Ni siquiera en su humillación Jesús se destacó: también en su calvario Jesús fue "uno más", un condenado entre otros dos.
Despojado de todo, Jesús estaba compartiendo así el destino de los últimos de los últimos, los que fueron al exterminio siendo tan sólo un número sin rostro, los pobres a quienes nadie siquiera les dirige la mirada la cara para no tener que verlos, los excluidos a los que las estadísticas mintientes impiden ser siquiera un número que llora...
Esa lógica nuestro Señor ya la había anunciado en su bautismo, cuando hizo la cola como uno más entre los tantos que reconociéndose públicamente pecadores se acercaban al Jordán para ser lavados por el Bautista. Renunciando a cualquier asomo de privilegio y de acomodo, eligiendo la fila de la "última clase" con los que nunca podrán soñar con una tarjeta "VIP" para la vida. Éste es el Rey a quien aclamamos, éste el Señor a quien adoramos, éste el Maestro a quien seguimos.
 Creo que en la Semana Santa nos haría bien contemplar un viacrucis y un Calvario "compartidos", como seguramente fueron, que nos ayuden a conmovernos una vez más ante este Dios, que desnudo de toda dignidad, elige incluso en la muerte la suerte anónima y oprobiosa de los más pobres entre los pobres... como un "chorro" cualquiera.

viernes, 3 de febrero de 2012

La privatización de lo público

De un tiempo a esta parte se ha impuesto una nueva moda en la política argentina: cuando  tiene lugar un cambio de gobernante, sobre todo cuando el funcionario electo pertenece a un partido político distinto del de su antecesor, el flamante mandatario no sólo renueva su gabinete con gente de su confianza y procura poner en práctica sus proyectos y promesas, lo cual es esperable, sino que antes que nada cambia la "estética" entera de toda la publicidad gráfica oficial y crea una suerte de "logotipo" que desde entonces será como el símbolo de su gestión.
La primera vez que registré esta costumbre fue durante el gobierno de Aníbal Ibarra en la ciudad de Buenos Ayres. Luego, la llegada de Macri supuso cambiar el logotipo de la gestión de Ibarra ("gobBsAs") por otro y pintar toda la ciudad del color de su propio partido político. 
En la zona donde vivo, en los últimos años, nos hemos acostumbrado a este fenómeno: el partido de Tigre no sólo cambió de "logo" y de color, sino que dejó de ser "municipalidad" para ser "municipio" (¿?), y lo mismo acaba ahora de ocurrir en mi partido de San Fernando.

Ahora bien, esto que a primera vista no parece ser más que una curiosidad estética, a mi humilde ver tiene, como toda estética, raíces más profundas. Esta moda del cambio de color gubernamental, de hecho, me alarma como síntoma inequívoco de una enfermedad social solapada.
En efecto, lo público, por naturaleza, se contrapone a lo privado. Consúltese si se quiere cualquier diccionario de antónimos. Desde el momento en que el candidato de un partido político obtiene un cargo público, ejerce su función y su ministerio para todos, y no sólo para sus correligionarios. Justamente porque es "público", es "de todos", más allá de que provenga de esta o aquella facción política.
Por ejemplo, cuando Cristina Fernández ganó las elecciones nacionales, pasó a ser la presidenta no del Frente para la Victoria sino la "presidenta de todos los argentinos", como a ella misma le gusta decir.
Las instituciones públicas tienen sus símbolos legítimos y reconocidos: nuestro país tiene su bandera y su escudo. También cada provincia, municipio o ciudad tiene sus propios emblemas distintivos. Ellos identifican al total de las personas que pertenecen a sus jurisdicciones, sin excepción. La bandera de la provincia de Buenos Aires -recientemente creada- o su escudo me simbolizan a mí y a todos los que viven en ella.
Por eso es llamativo que los titulares de las adminstraciones provinciales o municipales estén optando por dejar de lado los símbolos institucionales para acuñar otros alternativos... Se podrá decir en su defensa que no se intenta ciertamente reemplazar los emblemas públicos sino significar la propia gestión en tal o cual cargo público. En todo caso lo cierto es que la gestión se ve, siente y expresa como algo "privado", como algo perteneciente a la persona o al grupo político que la detenta, y no como algo que merezca ser significado con los símbolos "de todos". 
A mí esta tendencia me preocupa bastante: ¿no debería ser un orgullo del funcionario elegido por los ciudadanos poder estampar junto a cualquier obra llevada a cabo por él el escudo de la institución que representa? ¿No es acaso un privilegio para quien tiene un ministerio "oficial" poder rubricar sus actos y sus ordenanzas con los símbolos que identifican a toda su gente?
Eso debería ocurrir si lo "público" tuviera sentido. Es lamentable que los gobernantes prefieran un logotipo "personalizado" o en el mejor de los casos "partidizado" en lugar de los símbolos públicos. Esta "moda" de entender y vender las instituciones públicas como empresas privadas no es banal: está expresando que nuestro pueblo (y lamentablemente también sus representantes) ya no sabe qué es lo público. Ya no siente que lo público tenga que ver con lo que es "de todos": empezando por los baños públicos, pasando por los paseos públicos, los colegios y hospitales públicos... evidentemente alguna vez se iba a llegar hasta las más altas instituciones públicas. No son de todos: son "de nadie"... Y cuando no son de nadie, quedan libradas al más fuerte, y así acaban por "privatizarse". De este modo, podemos constatar que el sentido de lo público recorre un itinerario degenerativo que comienza por su enajenación ("no es de nadie") y finaliza en su privatización ("es del que tiene el poder").

 Será por eso que en nuestro país no hablamos de "administración" para referirnos al gobierno. Se administra lo que no es propio, sino que es de otro, y en el caso de la administración pública, "de todos". Los logotipos privatizados de nuestras gestiones "públicas" expresan cabalmente la manera que tenemos los argentinos de entender el poder político: no como un servicio honorabilísimo de servicio responsable a la sociedad, sino como un medio para alcanzar los propios intereses de quien lo ejerce.
Tal vez mi ponderación sea un tanto trágica, pero me llama la atención cuán benignamente la sociedad acepta estas "modas" tan poco inocentes, y por eso me animo a echar esta leña medio verde al fogón de la reflexión sobre nuestra patria, en el marco del Bicentenario.
Al menos, todavía la presidenta utiliza nuestra bandera y nuestro escudo nacionales... ¿Quién sabe? Si hasta ahora no nos han privatizado la mismísima república, quizá podremos tener motivos de esperanza.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Que brille en nuestra noche la luz de Belén

"El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz" (Isaías 9, 1).
Estas palabras del profeta Isaías nos llegan fácilmente al alma: tienen una especial solemnidad, una rotundidad y una belleza poética tales que las hacen más creíbles, y casi en seguida nos abren a la esperanza. Será quizá porque el profeta no nos habla ya en futuro, sino en "pretérito perfecto compuesto", ese bello tiempo genial mezcla de pasado (visto, brillado) y de presente (ha), que nos habla a la vez de lo irrevocable y de lo actual, de que lo que sucedió de una vez para siempre está todavía repercutiendo hoy en nuestra vida.
A la vez, la imagen que elige Isaías difícilmente nos deja indiferentes, pues recurre a una experiencia fundamental de todo ser humano: el miedo a la oscuridad. En medio de la noche, a los que están en medio de las sombras "de la muerte" les ha brillado una luz. ¿Qué será? Aunque no sepamos de dónde sale, la luz en medio de la oscuridad nos atrae irresistiblemente, igual que a los bichitos del campo en las noches de verano.
¿De dónde viene esa luz?
Isaías mismo lo responde: "Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado". Es un nuevo rey para el pueblo, un descendiente de David. Él es el "Príncipe de la Paz" porque gracias a su reinado Dios "ha destrozado el yugo, el palo del carcelero" -todo lo que oprimía a su pueblo-, de modo que éste ahora puede darse el lujo de tirar al fuego, a la basura, la ropa de guerra manchada de sangre, porque esta vez la paz será "sin fin".
En su momento todos entendieron que se trataba del "Emmanuel" a quien el profeta había anunciado desde su embarazo (cf. Is 7, 14): de Ezequías, el hijo del rey Ajaz. Él, en efecto, hizo volver a Israel al camino de Dios, y llevó a cabo importantes reformas en el reino de Judá... Pero esa paz fue tan breve como suele serlo en este mundo, y pronto la infidelidad a Dios, el exilio y la destrucción borraron del mapa a Jerusalén y a todos sus reyes.
¿De dónde viene esa luz?
La formulación de las palabras de Isaías guardaba una velada ambigüedad. Pero no todos pudieron darse cuenta de ello. En efecto, según la profecía, la luz no brilla para todos, ni todos la pueden ver, sino únicamente "el pueblo que camina en las tinieblas, los que habitan en el país de la oscuridad". ¡Qué paradoja! Hay aquí un cierto elogio de la oscuridad, porque es necesario estar en ella para poder ver la luz que viene de Dios. ¿De qué oscuridad estamos hablando? El evangelio del nacimiento de Jesús (Lc 2, 1-14) nos orienta en la respuesta, porque los únicos testigos del nacimiento del "niño" anunciado, del "descendiente de David", son unos pastores que caminaban por los cerros de Judea "en medio de la noche". Ellos son, para san Lucas, el "pueblo que camina en las tinieblas", ellos son los primeros que "vieron brillar una gran luz" cuando los envolvió la "gloria de Dios", y los que guiados por el Ángel del Señor reconocieron al verdadero "Hijo de David" en ese recién nacido envuelto en pañales en un pesebre.
Esta Navidad tiene que encontrarnos como a los pastores, "caminando en la noche". Ayer miles de personas "caminaron en vela durante la noche", cuando los shoppings de Buenos Aires, esas basílicas del consumismo, ofrecieron una auténtica "vigilia comercial". Pero esa noche no es como la de los pastores de los cerros de Judea: le faltaba la oscuridad y el silencio. Nadie, en esa carrera nocturna, buscaba luz, porque mil luces alternativas resplandecían por todas partes. Los deseos a flor de piel estaban allí esperando ser saciados con los pesos del bolsillo y las ofertas de las vidrieras.
Como los pastores, hoy son los millones de pobres argentinos quienes nos recuerdan de qué se trata la noche: la incapacidad de poder progresar a pesar de los años de trabajo duro, el dolor de estar engañados por una sociedad que los empuja a ser felices teniendo cada vez más, la vergüenza a veces agresiva de estar excluidos por el color de la piel o la manera de vestirse, la impotencia de no tener voz por no tener plata, la indignidad de ser objetos del pan y del circo para sumar un voto y después quedarse tirados... Cuando se vive al límite, así, se camina en la oscuridad: la oscuridad que sólo permite dar el pasito de hoy sin siquiera pensar en la angustia de mañana. Pero en el fondo de todas las apatías y de todas las violencias, el corazón irresignable late, y se queja, y prende velas, esperando una ayuda que sólo puede venir de arriba.
Cada uno, en el fondo, elige qué luz quiere esperar en esta noche: cada uno elige dónde buscar la luz de su vida: si en lo alto de los shoppings o en lo escondido del pesebre. Lo cierto es que, si de veras queremos que nos encuentre la luz de Belén, tenemos que desnudar el corazón como quien le saca cáscaras y cáscaras a la cebolla, para encontrar allá abajo, bien en el fondo, ese corazón necesitado, vulnerado y pobre que todos somos frente a Dios.
Entonces podremos cantar de veras en el Huachi Torito esa copla antiquísima de nuestros humildes:

Al niño recién nacidó
todos le ofrecen un doné;
yo soy pobre, nada tengó,
le ofrezco mi corazoné.

¡Feliz y santa Navidad!

martes, 22 de noviembre de 2011

Música y martirio. En torno a santa Cecilia.

Parece que la mártir santa Cecilia no entendía demasiado de fusas y semifusas, y que terminó siendo patrona de la música por un error en algunos manuscritos del "Acta" de su martirio. El hecho es que Santa Cecilia, para la mayoría de nosotros, es inseparablemente la mujer de la palma y de la lira: virgen y mártir de Cristo, y patrona de los músicos.
Yo le tomé un cariño irrevocable desde mi adolescencia, cuando siguiendo los caminos de la música y el  canto (eran los Torneos Juveniles Bonaerenses de folklore) estuve tres años seguidos en Mar del Plata precisamente para esta fecha de noviembre, en que la querida ciudad costera celebra a su santa patrona.
Desde entonces, como músico y creyente, siempre celebro con mucho cariño los 22 de noviembre a la santa Cecilia, y hoy lo hice por primera vez como sacerdote.
Y me quedé pensando en el misterioso vínculo de la música con el martirio del que ella es, por fortuitas circunstancias, símbolo acabado.
"Martyr", en griego, es el testigo, el que da testimonio de algo. Andando el tiempo, la palabra se fue especializando, y se aplicó a quienes daban testimonio de Dios con la entrega de su propia vida.
Sin embargo, en sentido amplio, a la música le cabe siempre el carácter de "martirio". La música es siempre una forma de dar testimonio de algo, de manifestar externamente algo profundo del corazón humano.
No sabría decirlo con certeza, pero supongo que desde el principio la poesía nació para ser cantada, mucho antes de que a alguno se le ocurriera sólo declamarla. La música le presta a las palabras tantas más dimensiones, que puede hacerles decir mucho más de lo que dicen. Si se da testimonio con la palabra, el dado con el canto es mucho más "testimonial".
No es casual que en todas las épocas se haya elegido la música para hacer "testimonio" del propio credo, de la propia bandera o filosofía, incluso hasta jugarse la vida. ¿En qué historia no ha habido cantores proscritos? Dicen los estudiosos que en la lengua de la Biblia "cantor" y "profeta" pueden escribirse con la misma palabra...
En alguna otra ocasión escribí sobre el sufrimiento que me daba, de chico, que me obligaran a cantar en las reuniones familiares. Y aunque fui venciendo esa resistencia que me habría convertido en un "rogado", me justifico todavía, porque cantar es una manera de darse, de entregarse, de abrir el corazón y descubrir la intimidad. Cantar es, en ese sentido, y más allá del "contenido" de lo que uno cante, dar testimonio ante todo de uno mismo: y ese testimonio muchas veces se cumple con el sudor y el sacrificio del "martirio", porque para cantar o tocar "con el alma" hay a veces que "dejar la vida".
Me viene a la mente una frase rotunda del cantor salteño Ernesto Day: "solamente el tibio jamás podrá cantar" (Si vuela una canción). El canto, de suyo, como cualquier arte hecho de veras, requiere pasión, y por eso es enemigo de la tibieza, de la medianía espiritual, de la racionalidad que quisiera controlar el fervor de los sentimientos. Cosa que ya el mismo Martín Fierro, inaugurando su "vuelta", había afirmado:  "pues sólo no tiene voz el ser que no tiene sangre".
A veces, de hecho, se oyen interpretaciones musicales técnicamente perfectas, pero incapaces de provocar una sola vibración en el alma. En cambio, como dice con maestría Zitarrosa:

"Hay cantos como flores,
mal afinados:
suenan mucho mejores
que bien cantados" (Coplas del canto).

En efecto, el canto y la música hechos "sin sangre" son dolorosamente falsos como un beso sin amor, mentirosos como una moneda sin respaldo. Perdieron justamente ese ser cruento, ese derramamiento de sangre propio de todo "martirio". Por eso, en sentido estricto, no se puede cantar obligado, pues un canto forzado no es música de veras, como no son besos de veras los que se dan por plata. Esa experiencia quedó eternamente canonizada en el salmo que narra la experiencia del pueblo judío desterrado:

"Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras.
Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cantadnos un cantar de Sión».
¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera!" (Sal 136, 1-4).

Por eso, porque el canto nace del corazón, sólo puede nacer libremente. Como la sangre, como la vida, desde afuera sólo es posible exigirlo con violencia, provocando heridas y muerte. Y como la sangre y la vida, puede desde adentro elegir darse, y entregarse por amor, hasta la muerte. De ahí la recurrida metáfora del canto del cisne:

"No porque yo estoy cantando
tengo el corazón alegre:
yo soy como el pobre cisne
que canta cuando se muere" (Copla popular argentina).

Porque sólo se da vida dando la vida, porque no se da a luz sin dolor, ni se cría sin sacrificio, ni se ama sin renunciar... justamente por eso la música hecha en serio da vida y es signo de vida. Por eso, todo puede cambiar con sólo "the sound of music".
Así, de lo mucho que esta íntima relación entre el martirio y la música da que pensar, me pareció bueno compartir estos pensamientos en voz alta, para honrar a la querida santa Cecilia. Celebrando en ella a todos los músicos que noche a noche, venciendo la rutina y el hartazgo, dejan el corazón en cada escenario, inmolándose nuevamente ante el siempre nuevo auditorio, y dándoles vida con su pasión; y sobre todo celebrando con la mártir santa Cecilia a tantos más que dejan la vida en el amar y sufrir cotidiano, recomponiendo los prosaicos renglones de cada día en un pentagrama de amor, única clave de la música de Dios.

"Gracias le doy a la Virgen,
gracias le doy al Señor,
porque entre tanto rigor,
y habiendo perdido tanto,
no perdí mi amor al canto
ni mi voz como cantor"
(José Hernández, La vuelta de Martín Fierro).
 
Santa Cecilia, ruega por nosotros.

domingo, 16 de octubre de 2011

Recen por mí


Este viernes, si Dios quiere, seré ordenado sacerdote. No quería dejar de compartir esta linda noticia, sobre todo, con aquellos amigos del blog a quienes no conozco personalmente.
Como lema de mi ordenación presbiteral elegí una súplica tomada de la Plegaria Eucarística III, pero que hacemos de una u otra manera en cada Misa: "Que él nos transforme en ofrenda permanente". En mi caso, es un fuerte deseo que le pido al Espíritu de Jesús: el deseo de que la vida entregada del Señor que cada día celebramos se traduzca en entregar cotidianamente la propia vida. Que mi vida se identifique con la Eucaristía... Y no sólo yo, sino que cada miembro de la comunidad a la que sirvo pueda, ayudada por mi ministerio, ofrecerse a Dios en favor de sus hermanos en su vida diaria.
Les pido a ustedes que se unan a este deseo, y que recen mucho por mí en este tiempo, para que sea un cura generoso y entregado.

sábado, 8 de octubre de 2011

Ángeles del Encarnado

 «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Jn 1, 51).
Con ocasión de la fiesta litúrgica de los arcángeles San Gabriel, Miguel y Rafael anduve pensando un poco en los ángeles, en su lugar en el plan de salvación, en su culto, y en su actualidad, que oscila casi vertiginosamente entre la obsesión y el olvido.
 
Casi siempre me da la sensación de que los ángeles están hoy como confinados a la infancia. Si se admite que existan -todos recordamos a Jesús diciendo: Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial (Mt 18, 10)-, son "ángeles de la guarda" cuya función -¿o su existencia?- se apaga con la niñez.
En nuestras celebraciones aparecen casi únicamente para las primeras comuniones, eso sí: revoloteando por todos lados ("subiendo y  bajando en todas las direcciones") y con colores vaticanos, estampados en los bancos de la iglesia y pringados en las tortas de la fiesta.
¿Cuál es la misión de los ángeles?

En todo caso, el pasaje del capítulo primero de Juan que la liturgia propone para la fiesta de los arcángeles me parece muy importante. Los ángeles suben y bajan sobre Jesús, el hijo del hombre, como subían y bajaban por la escalera que soñó Jacob (Gén 28, 11-19). La expresión del evangelio -"hijo del hombre"- no es casual: no simplemente el "Verbo" o el "Hijo", sino el hombre Jesús, Palabra hecha carne, es la única escala que une el mundo de Dios y el de los hombres.
Cuando en ámbitos más propensos al esoterismo y la espiritualidad gnóstica se tiende a buscar la mediación de los ángeles independientemente de su relación a Cristo, estos textos cristianos nos advierten que los ángeles están al servicio de Jesucristo (cf. Mc 1, 13; Heb 1, 9-2, 16; Col 1, 16). Esto quiere decir que, en el plan salvador de Dios, las creaturas más "puras", las más espirituales, sirven al Encarnado; los "espíritus puros" son -como para María y para José- mensajeros y sirvientes de la encarnación.
Por eso, creo que en este pasaje del evangelio de Juan que remite a la "escala de Jacob" se nos proporciona la "escala" con que medir la ortodoxia de nuestra espiritualidad. Como los espíritus que vienen de y llevan al Hijo del Hombre, la espiritualidad verdaderamente cristiana tiene que brotar de y conducir a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Y es que no ya los "espíritus" creados, sino el mismo Espíritu de Dios, es el gran artista que obró la Encarnación y la Pascua del Logos.
Quizá podemos invocar más la ayuda de los ángeles, para que ellos nos ayuden a no olvidarnos nunca de mirar al encarnado, crucificado y resucitado por nosotros. Y para que también nosotros podamos ser, con su ayuda, "nuncios de la encarnación", misioneros del Dios que por amor quiso ser uno de nosotros.

sábado, 13 de agosto de 2011

La lección del sauce

En la capillita de mi casa, donde rezo a la mañana, hay una ventana que siempre tengo abierta. Así, mientras voy alabándolo a Dios con los salmos matutinos, voy mirando por esa ventana cómo la luz del sol va calladamente devolviendo a cada cosa su forma, y gozo sintiendo cómo crece la luz amable, imperceptible como el avance de una marea, hasta que me doy cuenta de que ya puedo apagar la lámpara. Y a través de esa ventanita cada mañana se me va ganando en el corazón mi barrio de Virreyes, con el rojo de los ladrillos huecos en las paredes nuevas, con los escasos árboles siempre mutilados, con los ya conocidos pajaritos de mi cuadra (la calandria del poste, las torcazas del cable...) y el intermitente desfile de somnolientos delantales que no quieren llegar a la escuela.
Hoy a la mañana, cuando miré por esa ventana, me sorprendió ver que un sauce de allá lejos tenía, al oblicuo resplandor del sol saliente, como un aura verde que envolvía su copa. Evidentemente -filosofé con rudimentaria biología- aunque estemos en pleno agosto, estos apenas dos días de húmedo veranito, con su tormenta consiguiente, le alcanzaron al noble sauce para regalarnos la gratitud de sus renuevos, como una profecía de la vida nueva.
                        
Ayer a la tardecita, en medio de un viento frío muy fuerte y un cielo totalmente encapotado, salía, apurado, de visitar a una familia, pedaleando vacilantemente -mal que le pesara a mi prisa- por entre el barro del barrio San Jorge. Cerca de la salida del barrio, en una de las últimas esquinas por donde iba a pasar, vi a un grupo de como cuatro muchachos en inconfundible postura de estar consumiendo droga. Cuando me fui acercando, creí reconocer, entre las capuchas de los buzos, a dos de ellos. En brevísimos segundos tuve que decidir si hacerle caso a mi apuro o a la voz que me decía que tenía que parar a saludarlos. ¿No era acaso suficiente con decir de pasada: "¡adiós, muchachos! ¿Cómo andan?"?. Sin embargo -tal vez porque al pasar por ahí reconocí tras la sombra de su gorra a un tercero- lo cierto es que paré y los saludé. El primero, para saludarme, se vio obligado a cambiar de mano el  cigarro que estaba armando. Saludé por el nombre a los tres que conocía, y me presenté a los que no. Y después de intercambiar brevísimas palabras, sin bajarme nunca de la bicicleta, me disponía a seguir viaje, cuando uno -el del "porro"- se me acercó, se quitó un gorrito de lana, y me pidió: "Padre, ¿me da una bendición?", y recibió como un chiquito indefenso la mano que puse en su frente inclinada. No había terminado cuando otro de los muchachos, uno que apenas antes había aventurado a media voz: "¿no tiene diez pesos para la coca, padre?" sin que yo me diera por aludido, también se me acercó con la gorrita en la mano y me pidió que lo bendijera.
Creo que es la primera vez que alguien me pide y recibe una bendición con tanta unción, con tanta fe, con tanta devoción.
Un minuto después, salía del barrio, entre emocionado y aturdido, casi olvidado de mi apuro, pensando en las cosas de la vida y dando gracias a Dios.

Esta mañana, cuando alternaba mi mirada entre el sagrario y ese sauce de pronto reverdecido, creí entender que el milagro vegetal era una parábola del corazón humano. ¡Con qué poco -apenitas un saludo de dos minutos- bastó para que dos muchachos de aspecto seguramente temible, semiocultos en una esquina, se desencapucharan por un instante y pidieran espontáneamente, con la cabeza inclinada, la bendición de Dios! Como el sauce de mi ventana, parece que los hombres esperan muchas veces sólo un poquito de calor para mostrar esa vida escondida que tienen helada en el corazón. Debajo de tantas costras, cicatrices y durezas, se encuentra siempre la vida frágil, la vida tierna e inocente que puso Dios al principio.
Seguramente alguna helada venidera se lleve las prematuras hojitas de mi sauce. Seguramente esas "yerbas"  malas sigan ahogando la vida de esos muchachos. Pero yo espero no olvidarme de la lección y no volver a despreciar la pequeñez de un gesto que, con la ayuda de Dios, puede despertar quién sabe qué brotes de vida.

viernes, 29 de julio de 2011

Nacer de la compasión de Jesús

"Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
Y convocando a sus doce discípulos les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia" (Mt 9, 36--10,1).

La compasión de Jesús y el envío de los Apóstoles
La lectura casi continua del evangelio de Mateo que la Iglesia nos ofrece en la liturgia de este año permite que uno se percate de algunos detalles que en una lectura más fragmentarias fácilmente se pasarían por alto.
Leyendo este pasaje me impresionó cómo el primer envío de los doce apóstoles (¡de los "enviados"!) está claramente ligado, en el texto, a la visceral compasión que Jesús siente ante la "multitud" "porque andaban fatigados y abatidos como ovejas que no tienen pastor".
Pareciera que es recién mirando con corazón conmovido a esa muchedumbre que Jesús se hubiera dado cuenta de lo grande de la tarea por hacer en contraste con la escasez de trabajadores: y es en ese preciso momento que el Señor llama y envía a los doce.
El verbo que nosotros sencillamente ponemos como "tener compasión", en realidad quiere decir mucho más. En efecto, el verbo original griego ("splanchnízomai") viene de la palabra "entrañas" ("splanchnon"), de modo que lo que Mateo quiere decir cuando cuenta que Jesús se "esplanchnizó" es que se le retorcieron las tripas, que se le removieron las entrañas de tanta compasión... Esta compasión no es "sentir lástima", sino un estremecimiento potente que sacude hasta la última fibra del corazón, y que por eso no se queda en puro sentir sino que pone en movimiento a la persona, empujándola a comprometerse (como, por ejemplo, el buen samaritano de Lc 10, 33). Cuando la compasión llega al fondo de las entrañas, no puede uno quedarse como está, y de las mismas entrañas nace la acción que pone por obra el sentimiento.
Es interesante que aquí -como después en Mt 14, 14 y 15, 32: "las multiplicaciones de los panes"- Jesús no se "compadece" de alguien puntual (cf. Mt 20, 34), sino de toda la "multitud". Pienso que tal vez fue la mezcla de sentimientos -por un lado, esa potente compasión siempre urgente de acciones concretas y por otro, la impotencia de constatar cuán grande era la tarea por hacer para tan pocos obreros- lo que llevó a Jesús a convocar en ese momento a los doce y a enviarlos a esa multitud "fatigada y abatida".
Lo cierto es que, según el evangelio de Mateo, la primera misión de los discípulos nace de la compasión de Jesús. El ministerio apostólico tiene su origen en las entrañas conmovidas del "Dios con nosotros".

Por eso, la preparación para la misión en nombre de Cristo -y con más razón, la preparación para el ministerio apostólico (y los ministerios diaconal y presbiteral como participaciones de él)- debería consistir fundamentalmente en poder "participar" en esa "compasión" entrañable del Señor. Si el envío nació de esta fortísima compasión por la gente abatida de tristeza y sinsentido, el enviado cumplirá tanto mejor su misión cuanto más esté sintonizado con la compasión de su Señor.
Esto implica, por una parte, una exigencia llamémosle "objetiva" (¡me sale el escolástico de adentro!): debemos tener experiencia de Jesús, conocer personalmente su corazón misericordioso. Sin ese haber gustado en la propia vida el amor de Cristo no se puede vibrar con lo que él vibra, alegrarse con lo que él se alegra, llorar con lo que él llora, indignarse con lo que él se indigna. Por otra parte, esto conlleva una exigencia "subjetiva", que no por obvia es menos importante: nuestro corazón debe ser capaz de compasión. Esta condición, que podría pensarse previa, sin embargo es fruto del encuentro con el amor compasivo de Jesús. Sólo el amor de su Corazón puede hacernos capaces de compadecernos (un poquito al menos...) como él. O sea: "todo es gracia". En la comunión personal con Jesús, por la cual nos descubrimos comprendidos, perdonados y queridos incondicionalmente, y en la misión, encuentro con Jesús realmente presente en cada hermano necesitado (cf. Mt 25, 31-46), se va silenciosamente cumpliendo el milagro: el Espíritu Santo va transformando nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, capaz de sufrir y de llorar -¡capaz de amar!- donde puede Dios grabar a fuego la Ley Nueva del amor.
Por eso san Marcos, en el pasaje paralelo (3, 13-14), dice que antes de enviarlos Jesús llamó a sus discípulos "para que estuvieran con él". El "seminario" de los Doce consisitió en hacer experiencia de Jesús: del amor compasivo y misericordioso de su corazón.
Esta comunión de sentimientos con el Señor -esta sintonía con su compasión- no es sólo una condición "previa" al ministerio (un "seminario" del que después se sale, enviado) sino una condición permanente. El ministro de Cristo, el misionero debe nutrirse de la compasión de Jesús  permanentemente, como el racimo de la parra. ¿Comulgar no es eso: comer el amor de Jesús dando la vida hasta el fin? Esa es la oración del apóstol: no perder nunca la sintonía con las entrañas heridas de Jesús, no dejar que el corazón vuelva a encallecerse, no permitir que el ardor se enfríe... ¡Esa es la Misa de los cristianos!
Roguémosle a Dios, como Jesús nos pide, que envíe obreros a la cosecha, y pidamos que nos permita tener algo, alguito, de la compasión de su Hijo, de su estremecimiento, de sus lágrimas, ante nuestra gente que también hoy anda arrastrada y herida por el desamor y la falta de sentido.