martes, 30 de julio de 2019

Una santa inconciencia


Pensamientos vocacionales en el día del Apóstol Santiago

El pasaje en que Nuestro Señor se encara con los hijos de Zebedeo (Mt 20, 20-23; Mc 10, 35-40) porque le habían pedido sentarse a su derecha e izquierda en el Reino encierra, a mi ver, una profunda enseñanza acerca del camino de la felicidad humana. O del seguimiento de Cristo, que es lo mismo.
“Jesús les dijo: Ustedes no saben lo que están pidiendo” (Mc 10, 38).
Pues de eso se trata esta reflexión. Quiero hacer una apología de esa ignorancia santa, de esa inconciencia corajuda que lleva a tantas almas generosas a entregarse para siempre. Y no estoy sólo pensando en quienes se consagran a Dios en la vida religiosa o el sacerdocio, sino también en quienes emprenden la aventura del matrimonio. Y también, por qué no, en quienes se comprometen con idéntico empeño y fidelidad en otras altas causas, quemando, como Cortés, las naves que permitirían volverse atrás.
“¿Podrán ustedes beber la copa que yo voy a beber o recibir el bautismo que yo recibiré?” (10, 38). Y ellos, Santiago y Juan, sin saber ni preguntar de qué copa o de qué bautismo hablaba el Señor, se apresuraron a responderle: “¡sí, podemos!” (10, 39).
¿Y no fue San Pedro quien también le gritó un día lleno de fervor: “¡Yo daré mi vida por ti!” (Jn 13, 37).
¿No será justamente por esta impetuosa audacia, por esta noble temeridad que Cristo los amaba especialmente a ellos tres, tanto que los hizo privilegiados testigos de la resurrección de la hija de Jairo y del Tabor y sus compañeros del Getsemaní?
Nuestro Señor sabía demasiado bien que ninguno de ellos sabía lo que implicaban sus solemnes palabras y, sin embargo, las recibió como expresiones sinceras de su ambicioso y osado amor. Los hijos de Zebedeo tuvieron que ver cómo se deshacía su vana ambición de gloria mundana; Pedro negó tres veces a su Señor y atravesó el drama de su pecado. Sin embargo, al cabo cumplieron sus “primeros votos”: Juan compartió la copa de la Pasión del Señor al pie de su Cruz y fue rociado con el bautismo de su Sangre y Agua allí derramadas; Santiago fue el primero de los doce en derramar la sangre por Cristo; Pedro siguió a Cristo literalmente hasta la muerte en cruz.
Claro que en la aceptación de Jesús -en la voluntad de Dios, y solo en ella- está el motivo de la perseverancia final: “Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca” (Lc 22, 32) le dice a Pedro; y a los Zebedeos: “La copa que yo he de beber la beberán y también recibirán el bautismo con que yo seré bautizado” (Mc 10, 39). Y por eso la única "pastoral vocacional" que propuso el Señor es la oración: "Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha" (Lc 10, 2).

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       Dicho esto, pienso que cabe preguntarse si nuestras actuales prácticas pastorales respecto a las vocaciones sacerdotales o religiosas, e incluso respecto a los matrimonios, dan cuenta de la legitimidad de este santo arrojo a la hora de elegir el estado de vida.  Por supuesto que los fracasos matrimoniales, y sobre todo la crisis escandalosa del clero pervertido empujan a una entendida reacción que lleva a extremar las precauciones en el discernimiento eclesial de los candidatos. Lejos de mí propiciar ni de lejos un fanatismo irracional e irresponsable que atraiga la rapacidad de los manipuladores de conciencias y que sofoque las legítimas preguntas (“¿Cómo puede ser esto si no conozco varón?” [Lc 1, 34]) que el discernimiento espiritual requiere para saber -ante todo- si es Dios el que está llamando (cf. 1 Sam 3, 4-10). Pero sí busco que se haga siempre lugar a la magnanimidad  generosa dispuesta a tener que “guardar y meditar en el corazón” (Lc 2, 19) todo lo impensado -e impensable- que sobrevendrá después de dado el “hágase” (Lc 1, 38). 
     Sería sencillamente imposible que uno tomara una sola decisión que comprometiera su propio futuro si le fuera dado conocer todas las consecuencias que ella traerá aparejadas… ¿Es conducente, pues, que a la vuelta de muchos años, se evalúe la validez de esos "primeros votos" con "el diario del lunes" ante los ojos, exigiendo extemporáneamente al "sí" inicial una madurez que sólo la experiencia puede dar...? 
Creo que hay algo profundamente humano que se pone en juego cuando un hombre o una mujer, trascendiendo las prevenciones y los cálculos que su pobre razón le opone, se entrega “con todo su ser” -también con su futuro- a una santa causa, dispuesto a no mirar para atrás. Las cargas se irán - o no- acomodando al andar, a medida que el horizonte se va haciendo más lejano y uno, caída tras caída, es a pesar de todo fiel al amado camino que a un mismo tiempo nos marca el destino y nos lo aleja. Por el contrario, una vida sin entrega, sin arrojo, sin confianza en una palabra, encerrada en la asepsia de la temerosa mentalidad “aseguradora contra todo riesgo” deja de ser vida para ser apenas, como dice la canción, “permanecer y transcurrir”.
En tiempos de frío racionalismo y de egoísta pusilanimidad, más que nunca es fácil ahogar los ideales, y con ellos a los quijotes que alucinados se disponen a seguirlos. Las modernas ciencias humanas… “demasiado humanas”, deudoras las más de las veces de una estrecha antropología iluminista, que cercena la humanísima “capacidad de Dios” en que fuimos constituidos, no hace muchas veces más que alentar o justificar las fáciles opciones de vida burguesa y hedonista en que se evanece, aburrida y estéril, la civilización posmoderna, como engullida por un gigantesco bostezo existencial.
Pero muy distinto es dejar que sus limitados criterios nos corten las alas  a “nosotros” que hemos decidido, “teniendo en torno tan grande nube de testigos, sacudiendo todo lastre y el pecado que nos asedia, correr con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, caudillo y consumador de la fe, quien en lugar del gozo que se le proponía soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la derecha de Dios” (cf. Heb 12, 1-2), a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Aparición de Santiago matamoros durante el cerco de Cuzco, anónimo peruano.

viernes, 31 de mayo de 2019

Las alas de la paloma

"Paloma de la Paz", Pablo Picasso

             “La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo” dijo Cristo en la última Cena (Jn 14, 27). 
               En ese contexto, vale aclarar, Jesús se refiere al “mundo” como esa realidad cuyo “príncipe” es el mismo Demonio (cf. Jn 14, 30), y que representa todas las fuerzas que se oponen a Dios, y que por eso “odia” a Cristo y a sus discípulos (cf. Jn 15, 18-19).
           La paz… ¿Quién no quiere la paz? ¿Quién no desea vivir en paz? Hasta los que hacen la guerra hablan de la paz… Pensemos, si no, en la sangre que costó establecer la famosa “pax” del imperio romano, o el nombre “peace keeper” que el actual imperio angloamericano le puso hace unos años a uno de sus misiles. En efecto, el mundo también propone una “paz”. Pero ésa no es la de Cristo. Ahora bien, ¿qué diferencia hay entre la paz de Dios y la paz del mundo?

            Se me ocurre una imagen que puede quizá ayudar a verlo de forma didáctica.
Inspirada sin duda en aquella que soltó Noé desde el arca y volvió trayendo en su pico una rama de verde olivo, signo de que Dios había hecho las paces con el mundo (cf. Gén 8, 10-11), la paloma blanca es hoy el símbolo universal de la paz. Podríamos decir, entonces, que así como la paloma vuela merced a sus dos alas, la paz verdadera sólo se sostiene gracias a la verdad y a la justicia.
La paz del mundo es muy seductora por su blancura y candidez, pero no puede volar pues tiene cortadas las alas de la verdad y la justicia. La paz que ofrece el mundo es una paloma de alas cortadas.

Paz sin justicia
          Los caminos falsos de la paz, siguiendo la imagen del Evangelio, diríamos que son “caminos anchos que llevan a la perdición”. Parecen atajos, y por eso atraen, pero son desvíos que nos descarrilan al precipicio.
Una de las formas de la falsa paz es la paz que nace de la injusticia. Serían ejemplos de ella las “pacificaciones” de los imperios. Es la paz del violento, del que hizo callar por la fuerza a su adversario, del que eliminó el conflicto eliminando al opositor. Es la “paz” que sobrevino, por ejemplo, después de Hiroshima y Nagasaki: una paz edificada en muerte. Los “tratados de paz” en estos casos son un triste eufemismo; no hay respeto al otro, ni siquiera hay sitio para la verdadera alteridad: sólo habla el vencedor. Con todo, su “orden” y su “tranquilidad”, malcimentados en las frágiles arenas del miedo, suelen ser atractivos.
Una forma menos “fuerte” de esta paz sin justicia -y más acorde a los tiempos que corren- es la que busca saltear los conflictos e ignorar los problemas, echando piadosos “mantos de paz” para evitar resolver de verdad las desaveniencias. Propia de una sociedad pusilánime y evasiva, que prefiere “mirar para otro lado” y no comprometerse con la realidad.
En nuestra patria hemos recorrido sucesivamente estos dos derroteros. Después de años de violencia guerrillera las Fuerzas Armadas lograron, con una violencia más fuerte, “pacificar” el país. La fragilidad de esa “solución final” no tardó en quedar de manifiesto. Años más tarde, quiso ponerse fin, con una paz por decreto, con un solemne “ya pasó”, a las heridas abiertas por esas décadas de violencia. Era otro falso atajo. Sin justicia verdadera, la paz no puede tener lugar.

Paz sin verdad
       Para el espíritu del “mundo”, la verdad es enemiga de la paz. La falsa paz de las vidas anestesiadas y de los corazones indiferentes se rompe, efectivamente, ante la percepción de la verdad. Para los cultores de esta pseudo paz no hay mayor adversario que la verdad. Su sola idea, nos dicen, engendra intolerancia y violencia. La única condición para poder convivir pacíficamente es que todos renuncien a la pretensión de la verdad. Sin esta “pluralidad” basada en el escepticismo no podría haber diálogo y respeto. O la verdad, o la paz.
Por supuesto que este pacifismo relativista, hoy tan vigente, en seguida enseña los dientes. La violencia con que busca erigirse e imponerse como “discurso hegemónico” revela su profunda contradicción interior. Pero sobre todas las cosas, deja a las claras su absoluta impotencia para servir de base a una convivencia social digna del ser humano. Por el contrario, al intentar erigir en sólido fundamento la natural liquidez del subjetivismo, abre las tranqueras a la desorientación más absoluta, al caos, y de este modo se se corta a sí misma las manos con que podría subsanar las mil injusticias que se siguen.
No es casual que el responsable de la mayor injusticia de la historia, por buscar -lavándose las manos- la falsa paz del “no te metás”, haya sido quien un poco antes dijera con displiscencia: “¿qué es la verdad?”.
Esta paz sin verdad es una paloma muy tierna y blanca. Es difícil no ceder a su arrullo encantador. De hecho, una de las peores tentaciones que tenemos como Iglesia de Cristo es la de renunciar a las verdades políticamente incorrectas (p. ej.: Jesús es Dios y el único Salvador, el aborto es un asesinato) por defender el diálogo todobienista y la sociedad plural.

La paz de Cristo
Pero el hecho es que Jesucristo es al mismo tiempo el “Justo” (Hech 3, 14) y la “Verdad” (Jn 14, 6), y por eso “Él es nuestra paz” (Ef 2, 14).
La paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14, 27). La paz de Cristo, ante todo, es un don. Es algo que Él “da”. Ahora bien, la paz es, por excelencia, el don del Resucitado: las primeras palabras de Cristo para sus apóstoles la mañana de la resurrección fueron “la paz esté con ustedes” (Jn 20, 19). Es decir, que Cristo da la paz después de haber pasado por la pasión y la cruz. De ahí que su paz sea precisamente la fuerza y el coraje para enfrentar -hasta dar la vida incluso- la mentira y la maldad. ¿Podríamos imaginarnos a Jesús “dejando para el lunes” la sanación sabatina de uno de esos miserables leprosos, con tal de evitar el encono y la persecución de los fariseos? ¿Seguiríamos a un Cristo que, ante sus jueces del Sanedrín, a la pregunta “¿eres tú el Mesías, el hijo del Bendito?” hubiese empezado con dulces ademanes a negociar, a bajarse el precio, a transigir…?
La paz no es flor, sino fruto. Y el solo árbol que lo da es la Cruz. Por eso, más que buscar la paz, lo nuestro pasa por “buscar el Reino de Dios y su justicia”, y lo demás -la paz también- se nos dará “por añadidura” (cf. Mt 6, 33). Así no andaremos en pos de atajos ficticios para la paz, porque ella viene “de lo alto”, “de yapa”, como regalo de Dios. A nosotros nos toca comprometernos hasta el tuétano en la búsqueda de la verdad y en la práctica de la justicia, “realizando la verdad en el amor” (Ef 4, 15). Y entonces sí, "la paz de Cristo reinará en nuestros corazones" (Cf. Col 3, 15).


martes, 15 de enero de 2019

La epifanía escondida

"Los magos", xilografía de Pedro Hasperué

El "día de Reyes" es en realidad, para la Iglesia, la solemnidad de la "Epifanía", es decir, la brillante y alta manifestación de Dios.
Lo sorprendente es que hay alguna dificultad en encontrar luz y brillo en la noche de Belén, y en ese pobre bebito envuelto en pañales, nacido en un galpón de animales, junto a una Madre en el desamparo de estar fuera de su casa y de su gente...
Y sin embargo, así Dios se reveló a los pueblos paganos, representados por nuestros queridos Reyes Magos.
Es tan cierto lo que dice un himno del breviario: "[Dios] más se nos manifiesta cuanto más hondo se esconde" (Himno del Oficio de Lecturas de la Epifanía del Señor).
Parece que, en la Epifanía, sólo al apagar las otras luces se puede ver la Luz de Dios. 
Los sabios magos orientales, en efecto, debieron acallar las luces de su razón, de su sentido común y de sus expectativas -largamente alimentadas en ese azaroso periplo- para encontrar a un nacido "rey de los judíos" de quien ningún judío de Jerusalén había oído hablar pues, por lo demás, tenían a un rey tranquilamente reinante... Luego tuvieron que abandonar las luces de la capital y del palacio de Herodes con rumbo a una oscura aldea serrana; también fue preciso que se detuviera la luminosa estrella de su sapiencia astrológica para que pudieran reconocer a la Luz del mundo en ese Niñito junto a su Madre, ignorado de todos.
Las dos luces a la vez condujeron a los pueblos paganos hasta el umbral de la Verdad: primero la ciencia humana; después, el Antiguo Testamento, la sabiduría bíblica de los escribas judíos. Pero llegados allí, ambas tuvieron que menguar hasta ocultarse. Ahora, habiendo ingresado en esta humilde Luz nueva, ya no es posible "volver por el mismo camino": y los magos regresaron, felices, con la luz de la Fe para su corazón sediento.

martes, 14 de agosto de 2018

Mi lugar en el mundo

     ¡Qué lindo volver a verte
     cual si estuvieras ahí mismo...!
     Bendito sea este espejismo
     que me invita a recorrerte...
     Galopar parejo y fuerte
     rumbo al ayer de mis ansias
     y apurando las distancias
     llegar al pago querido,
     mi lugar que nunca olvido
     ¡pueblito de La Constancia!
  

martes, 8 de mayo de 2018

Amor que no necesita palabras

Hoy es el día de la Virgen de Luján. Gracias a Dios, una vez más pude visitarla en su santuario, y concelebrar la Misa a su pies y en medio de tantos peregrinos que se alegraban de estar allí.

El Evangelio que la Iglesia ha elegido para su fiesta (Jn 19, 25-27) es el que narra la escena en que Cristo, colgado en la Cruz, le dice al discípulo amado, señalándole a María: "aquí tienes a tu Madre". Y a ella le dice a su vez: "aquí tienes a tu hijo". 
Esta tarde, al escucharlo, me quedé pensando en un detalle: ella, la Virgen, no dice nada. Ni una palabra. "María... estaba, sencillamente", como dice Pemán en su verso. Junto a la Cruz, delante y debajo de su Hijo torturado, María calla. Sólo está. De pie. Fuerte y mansa a la vez. Indefensa y consolando. Sola y acompañando.
Y así, exactamente así, está nuestra Madre en Luján.

Es sabido que en otros sitios ha habido y hay apariciones de la Virgen, y sus videntes transmiten muchas palabras y mensajes de parte de María. Pero en Luján, no. Ella está ahí, nomás. Silenciosa y receptiva, observadora y amante, comprensiva y confortante. 

En la basílica de Luján siempre hay mucho ruido: de los peregrinos que hablan, y de las familias que se sacan fotos, y de los chicos que lloran, y de los fieles que rezan o cantan, y de los perros que ladran, y de los obreros que siempre están restaurando o reconstruyendo... En medio de todas esas voces, sólo la Virgen permanece silenciosa. Hasta sus manos están siempre calladitas, con la intensa quietud de la oración. 

Porque así estaba en la Cruz. Así estaba en ese día en que entendió -con tanto dolor- cuál era su lugar en la historia del mundo, cuál había sido el sentido más hondo de su misión, al oír de labios del mismo Jesús muriente: "Mujer, aquí tienes a tu hijo".
Hoy miraba a tantos peregrinos acercarse desde la entrada del largo templo hasta el altar de la Virgencita, y me imaginaba al mismo Cristo presentándole a cada uno por su nombre, y diciéndole: "Mamá, aquí tienes a tu hijo". Y a ella recibiéndolos con ese elocuente silencio del amor.

María silenciosa junto a la cruz de su Hijo en el Calvario. 
María silenciosa junto a la cruz de sus hijos en Luján. 
No hace falta más: alcanza con que ella nos mire. Nos basta con ir y verla, y nos sobra con saber que está fiel ahí, en ese corazón querido de la patria, desde el cual hace casi cuatrocientos años sigue atrayendo y bendiciéndonos a todos...

¡Qué innecesarias son las palabras, cuando es tan cierto el amor!

lunes, 19 de marzo de 2018

Dulce voz hiriente de Dios

Hace unos años tuve la oportunidad de visitar y recorrer algunos lugares de la imponderable Turquía. Estambul, la antigua Constantinopla, sin desmedro de su indisimulable y fascinante identidad, es una ciudad hoy por hoy cosmopolita y moderna, como las demás capitales europeas. Salvo que esté divisando las enormes cúpulas de Santa Sofía o la Mezquita Azul, o perdiéndose en los gritones pasillos del Gran Bazar, uno puede olvidarse de que está en la otrora capital del Oriente: Starbucks, Mc Donald's y la estética occidental han barnizado casi por completo la gran ciudad.
Una tarde, caminando por esas calles del primer mundo, llegaron hasta mis oídos, por sobre y en medio de los ruidos urbanos, unas voces que, a pesar de sentirse con claridad, parecían venir desde muy lejos, desde otro mundo, del más allá. Era un rezo musulmán, modulado en arcaicas melodías árabes, que desde los minaretes de alguna mezquita perdida entre los edificios se estaba derramando sobre la urbe apurada como una dulce bendición de eternidad. Quedé transido por ese canto sagrado, y casi instintivamente dejé de caminar. Creo que incluso me santigüé mirando al cielo, como si acabara de oír la voz de Dios. Sin decurso de tiempo ni mediación de palabras, recordé la caducidad de la historia humana, su origen divino, su destino de eternidad, el sentido de mi vida y de nuestra vida, y la vanidad de todo ese brillo mundano que hasta un instante antes me deslumbraba a mi alrededor. Todo el egoísmo de la ciudad consumista, toda la vanidosa superficialidad del mundo de la imagen, toda la ansiedad capitalista del tiempo que se compra y vende me parecieron heridas de muerte por esa filosísima cuña sagrada que hirió el aire de la tarde.
Esa experiencia dejó en mí una huella muy honda. Experimenté, en mi propia carne, la nostalgia de una cultura occidental que se extrañó a sí misma de Dios, la insaciable sed de lo sagrado de un mundo donde ya no se oyen las campanas. Y me pareció que era el Islam teocéntrico (y fanático), mucho más que una Iglesia edulcorada y humanista, quien le estaba señalando a Dios a una sociedad que lo extraña visceralmente, quizá sin saberlo.
Por eso en seguida brotaron los interrogantes: ¿Por qué nosotros, la Iglesia, no podemos hacerlo? ¿No cumplían una idéntica función las campanas de nuestros templos? ¿Por qué hemos perdido esa capacidad de herir el tiempo con el sable imantado de la eternidad? ¿Será que hemos dejado de usar el "doble filo" de la Palabra de Dios de la que somos guardianes y mensajeros? ¿Por qué ya no bendecimos con la lluvia del Cielo la reseca aridez de la tierra? ¿Acaso no tenemos nada de sagrado y de trascendente que pueda romper el profano encierro del mundo? 
En realidad, muchas de nuestras campanas no han dejado de sonar. Pero no se oyen. Quizá el aggiornamento para dialogar con el mundo no pase por callarlas o disimularlas, sino por ponerles a nuestros campanarios, como hicieron los musulmanes con los minaretes, unos buenos y sofisticados parlantes para que suenen mucho más, y así sigan siendo la dulce música de Dios en medio de los gritos de la modernidad.

"El Ángelus" de Millet

domingo, 24 de diciembre de 2017

La fiesta de lo concreto

En estos días se ven por todos lados carteles coloridos y luminosos que nos desean paz, amor, y felicidades. Todas palabras abstractas. Las más fáciles de decir.
Pero hete aquí que justamente la Navidad es la fiesta de lo concreto. Si hay una fiesta que no tiene nada de abstracto es precisamente ésta. La Navidad es el Nacimiento (Natividad) de Jesús. La Navidad es el Niño Dios. Tan concreto, tan palpable, tan asible como ese bebito que llora en la noche de Belén.
Todo Dios cabe en ese tembloroso cuerpito indefensísimo. Todo Dios, envuelto en pañales. Todos los universales, todas las  abstracciones se han cuajado en ese chiquito, porque el mismo Creador eligió hacerse criatura.
Para los cristianos ya no existen las verdades abstractas: todas han cobrado carne y rostro en Jesús. "En Él quiso Dios que residiera toda la Plenitud" (Col 1, 39) porque Él es la Palabra y el Sentido que se han hecho carne (cf. Jn 1, 14), Él es la Verdad (cf. Jn 14, 6) y "Él es nuestra paz" (Ef 2, 14).
Muy bellamente lo dice el profeta Isaías: "¡Cielos, destilen desde lo alto el rocío y que las nubes lluevan la justicia! ¡Que se abra la tierra y que produzca la salvación y que haga germinar la justicia!" (Is 45, 8). Pero más certeramente lo traduce la Liturgia cristiana, cuando aplica esa profecía al nacimiento de Cristo: "¡Cielos, dejen caer el rocío, que las nubes lluevan al Justo y de la tierra brote el Salvador!" (segunda antífona del oficio de Laudes del sábado anterior al 24 de diciembre). Para los que celebramos la Navidad, ya no hay justicia que no sea el Justo, y ya no hay salvación que no sea el Salvador... Todo se ha personificado en el Señor Jesucristo, en el Niñito de Belén.
Se ha cumplido de manera maravillosa la intuición del salmista: "la verdad brota de la tierra" (Sal 85, 12). Ya no hay abstracciones posibles: por voluntad de Dios todo lo grande y lo alto y lo bello ha de brotar de la tierra, desde abajo, desde la contundente oscuridad de la carne.
Por eso, no hay Navidad sin el Niño. No hay Navidad sin Pesebre. Es decir, no hay Navidad sin esa dolorosa concretez del establo, de la noche y del frío, sin esa intemperie del egoísmo humano y ese desarraigo de las órdenes imperiales. Hay que mirar al Niño en el pesebre: ésa es la única "señal" (Lc 2, 12) que el Ángel da a los pastores. Y ésa es la única señal también para nosotros, que corremos en medio de las ansiedades del consumismo.
No llenemos nuestra noche de deseos abstractos: nada pueden esas bonitas palabras vacías contra el dolor de la ausencia de ese ser querido, contra el frío de una familia dividida, contra la incontrastable violencia del barrio. Sólo si las palabras de felicidad, amor y paz se hacen carne esta noche en el Niño del Pesebre, tendremos esperanza de que broten para nosotros, desde abajo, la Justicia y la Paz. Sólo así habrá esperanza de que todo puede cambiar, empezando por nosotros. Sólo así habrá algo que festejar.
¡Feliz y Santa Navidad de Jesús!



"Y esto les servirá de señal..." Lc 2, 12

martes, 21 de noviembre de 2017

Resistencia cultural


Anoche fui al teatro a ver a Rodrigo de la Serna y el Yotivenco. Hacía apenas unos días que había descubierto que este gran actor tenía su grupo musical. Lo escuché de casualidad en Internet, cantando en vivo en la radio de Pergolini, y defendiendo la vigencia del tango y la milonga, y me pareció que valía la pena apoyar su propuesta. Ciertamente no me arrepiento.



Rodrigo de la Serna no tiene una gran voz. Llega con lo justo, sin técnica, apenas impostando la voz en una que otra sílaba exigente. Pero canta lindo, como quien canta entre amigos en el patio de su casa. No hay afectación de ningún tipo, ni cuando canta, ni cuando habla.
De esa manera, de la Serna le está devolviendo al tango la posibilidad de ser cantado por gente normal, sin los embelecos líricos a los que el género se aficionó casi dogmáticamente después del irrepetible Gardel.
Esta peculiaridad no es un mero detalle, pues a mi ver se inscribe coherentemente en un contexto más amplio: Rodrigo de la Serna retoma la senda que recorrieron Gardel, Corsini y sobre todo Rivero y levanta con orgullo la bandera del cantor criollo, el que, guitarra en mano, sin cambiar de postura ni de traje, pasa del tango a la milonga campera, y del gato cuyano a la chamarrita.
De la Serna no se esconde detrás del actor. Propone música pura. En el escenario, de hecho, casi nunca suelta su guitarra, punteando a la par de los altísimos guitarreros que lo apadrinan. Éstos se lucen en varias piezas instrumentales, tocando con fineza  sus guitarras, que en nada ven distorsionado el prístino sonido criollo. Un guitarrón y tres violas criollas: nada más... Al final, como pidiendo permiso, hizo su ingreso el bandoneón para acompañar unos tangos que cerraron eficazmente el recital.

Me fui con ganas de darle un abrazo, y de decirle: ¡no aflojes! ¡Yo te banco, Yotivenco! O de repetirle las palabras de Zitarrosa que él mismo cantó: "no cambiés nunca de trillo, aunque no tengas pa' fumar". Pero sé que no hacía falta. De hecho, él mismo empezó su espectáculo diciendo: "esto es resistencia cultural" y, después de un instante, mirando a la gente: "Ustedes se ríen, pero es verdad".

domingo, 11 de junio de 2017

Versos en guaraní para la Virgen de Itatí


"Madre Selva" pintura de Consuelo Vidal
Tupâsý, rohechasénte,
upévare che ayú
ovy'aháme che gente:
Tupaó marangatú.

Co’ápe avy’á manté
ne ma’ê porâité güýpe.
Tanguahé tapiaité
aicóramo pytûvýpe.

Che mbo’é co'â hasýva
mba'éicha añemboé 'arâ:
quirirîme ohayhú asýva
hetaité he’í cuahá.

Cóvante ayeruréva,
Itatípe, Tupâsý:
che co ne rembiayhuetéva
árayá tayú yevý.


Y traducido libremente:

Sólo porque quiero verte
he venido hoy hasta aquí
a tu iglesia de Itatí
donde se halla nuestra gente.

Soy feliz únicamente
bajo tu pura mirada;
cuando mi alma esté nublada
haz que vuelva nuevamente.

Tus pobres, Madre, me inspiran
a rezar del mejor modo:
sin palabras dicen todo
los que sufriendo te miran.

Volver de nuevo hasta Ti
es sólo lo que ha pedido
éste tu hijo querido,
Virgencita de Itatí.

jueves, 1 de junio de 2017

Un soneto de Castellani

Creo que bien podría ser el epígrafe de este entero blog, si no le quedara tan grande. ¡Inacabable Castellani, como una vertiente sin fin...! ¡Gracias a Dios!



                QUIJOTISMO

Pues todo aquel que vive sin locura
es menos cuerdo que lo que él se piensa
y pues princesa prometida inmensa-
mente es mejor que esclava bien segura.

Pues la llaga de amor nunca se cura
sino más honda haciéndose y extensa
con la renuncia de la recompensa
y el tomar por presencia la figura.

A fuer de don Ignacio y san Quijote
dejando el viejo pájaro-en-mano
escogí los cien pájaros en vuelo

y se me puede ver al estricote
pisoteando de la tierra el guano
que es mi manera de mirar el cielo.


Leonardo Castellani
8 de mayo de 1943
"El libro de las oraciones"

Extraído de:
http://padreleonardocastellani.blogspot.com.ar/2008/11/quijotismo-pues-todo-aquel-que-vive-sin.html

sábado, 25 de febrero de 2017

El álamo de la Sargento Díaz

Esa mañana Hipólito estaba, como de costumbre, sentado en la vereda de su casa, mate en mano, mirando pasar la vida. Es que Hipólito es uno de esos viejos vecinos de San Fernando que sigue teniendo la temeraria manía de desafiar, con la puerta abierta, la inseguridad que grita la televisión. 
De pronto se entremezcló al caluroso chillido de las chicharras una voz parecida, pero más fuerte. Más insistente.
Por curiosear -para eso había sacado su silla, después de todo- se levantó y fuese siguiendo el ruido. Al llegar a la esquina entendió todo, pero lo que vio no le gustó nada. Un camioncito municipal estacionado. Una escalera portátil y, sobre ella, una motosierra que vorazmente iba abatiendo, una por una, las cansadas ramas de un árbol. 
Ahora el grito de la sierra le abrió una herida en el pecho. Era el viejo árbol de su cuadra, el único digno de ese nombre en "la Sargento Díaz"... El viejo álamo de su calle, testigo solo de cuando en las calles de tierra del San Fernando pobre no crecían sino álamos o sauces. ¡Todo había cambiado tanto...! Pero el álamo venerable permanecía ahí, en su sitio. Había resistido con sinigual heroísmo las siempre extemporáneas podas municipales (ésas que les quitan a los pobres hasta el derecho a la sombra) y ahora, con el oscuro tronco todo deformado, desplegaba como en un bostezo final sus brazotes soñolientos sobre los temerosos techos de chapa.
Hipólito juntó coraje, respiró hondo y entró a su casa. La maldita chicharra parecía gritarle al oído, cada vez más fuerte. Cada vez más hiriente. Revolvió ruidosamente unos cajones, procurando acallar su dolor con el barullo, y cuando encontró la foto que buscaba, salió nuevamente a la calle y dobló la esquina.

Volvió a oírse la queja de las chicharras cuando la motosierra se apagó. El hombrón de la poda municipal, con una remera verde anudada en la cabeza, y la melena emergiendo por la espalda, se disponía a descansar un rato. Acomodó en una horqueta del tronco su máquina y se pasó el revés de la mano por la frente. Pero al mirar hacia abajo se sobresaltó. A más o menos diez metros, un hombre mayor lo miraba fijo detrás de unos vetustos anteojos semioscuros. No se movía. No decía nada. Y tenía algo así como un papel en la mano derecha.
Le hizo señas a su compañero del camioncito para que le preguntara qué quería.
-Buen día, don. ¿Pasa algo?
Sin decir nada, Hipólito le alargó la mano con una vieja fotografía de cartón.
-¿Ve? Éste soy yo, el día que cumplí los dieciocho años, y ese árbol donde estoy abajo es éste que su compañero está cortando. 
-¡Toda una vida! ¿no? Qué va ser, don, tenemo orden de sacarlo ¿vio? É una planta muy añosa ¿se da cuenta? y ta poniendo en riesgo la vivienda de los vecino...
-Y sí, así es la vida. Yo quería mirar, nomás, si no les molesta.
-Sí, no hay problema, señor, cómo no.

Algunas palomas asustadas se dieron a la fuga cuando el muchachote de la municipalidad retomó su labor. Hipólito, con los labios apretados, enhiesto, parecía querer reemplazar la solidez de su viejo álamo, mientras éste cedía, derrotado, ante los certeros embates de la motosierra. Pero al ya desgarrador sonido de la sierra se sumó ahora el estrépito de la rama más grande al desplomarse en el asfalto. Hipólito sintió que su firmeza claudicaba. Transido por el estruendo de esa rama caída, decidió abandonar la escena y volver a su casa. 
Pero antes de que pudiera dar un paso, erguido como estaba, percibió que sobre el viejo tronco la motosierra ya no se movía, y que un silencio repentino dejaba oír las voces de los dos "municipales" que, encaramados al álamo, parecían discutir entre sí.
-¡Venga, don! -le hizo señas el del camión, desde arriba de la escalera.
Hipólito salió de su letargo y caminó rápidamente al pie del álamo.
-¿Se anima a subir la escalera?
-Sí, no hay problema. Pero ¿qué pasa?
-Usté suba, don, hágame caso.
En un hueco que habían formado las ramas más grandes al estirarse, el hombrón de la remera en la cabeza le señaló algo así como una maraña de hojas y palitos.
-¿Qué? -preguntó el viejo, impaciente.
-Mire bien, amigo -lo invitó el otro.
Entonces Hipólito oyó, más que vio, los minúsculos quejidos de varios piquitos triangulares que se abrían en la penumbra del horcón. ¡Un nido lleno de pichoncitos!

Hipólito desanduvo en seguida los peldaños hasta alcanzar la vereda. Lo siguió el muchachón de pelo largo, que bajó también la motosierra. Hipólito quedó mirándolos mientras juntaban las ramas caídas en la vereda y cargaban la máquina en el acoplado.
-¿Qué, se van? -les preguntó.
-Y sí, don, que Dio me perdone pero yo no los voy a dejar a eso pichone sin techo, qué quiere que le diga.
Y sin decir más, se subieron al camioncito y se perdieron al doblar en la ruta 202.

Esa misma tarde (me contó Hipólito) unos vecinos le habían puesto un cajón de fruta y unos cartones al nido para que no quedaran tan a la intemperie...



Y así sigue pasando la vida en estos barrios de San Fernando. Y hay gente, como Hipólito, que se anima -gracias a Dios- a mirarla pasar. Por eso él pudo contarme la historia de estos pichoncitos que le salvaron la vida al viejo álamo, para que él pueda seguir salvándoles la vida a muchos pajaritos más.
Al álamo lo podrán ver en Sargento Díaz casi esquina Perdriel.
Y a esos pesados muchachones de corazón puro, incapaces de voltear un nido... ésos están por todas partes, pero son invisibles. O tal vez los puedan ver, como Hipólito, si se animan a sacar su silla a la vereda.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La vida sin revocar

Dedicado a mí mismo, que amo tanto las molduras,
que envidio la sencillez de los que pueden mostrar su vida "sin revocar".

"Sencillito y de alpargatas
es mi rancho -les prevengo-,
porque no conozco prenda 
que no se parezca al dueño."

Omar Moreno Palacios, "Sencillito y alpargatas"

Ya no se trata necesariamente de ir "del otro lado de la vía" o al "bajo". Las metamorfosis urbanas y urbanísticas pueden haber cambiado el "estatus" de las viejas barriadas de casitas chatas en florecientes barrios llenos de departamentos y "pehaches"... Pero hay hoy un indicio inconfundible de que se está entrando en las "orillas": las paredes de ladrillos huecos que pintan de unánime color rojizo los arrabales y las villas de hoy. Ése el confín no tan indefinido donde alguna voz elocuentemente despersonalizada y extranjera empieza a chillar: "zona peligrosa". 
Creo que no me había dado cuenta de la potencia de este símbolo suburbano hasta que vi que algunas políticas de "pobreza cero" llevaban a colorinchear compulsivamente esas paredes. Esas paredes sin revoques, las que se empeñan en gritar la presencia de los pobres por sobre los gruesos paredones, son, para algunos, insoportables. ¿Por qué será?












**

Los pobres suelen ser como sus casas: sin revocar. 
Es mucho lo que un revoque hace: alisa las irregularidades, tapa los agujeros, por cierto embellece y realza, y permite un mejor blanqueo.
Y yo pensaba estos días que tantos pobres no generan, en su personalidad, actitudes de "revoque": no disimulan, se muestran como son. Sus virtudes están a la vista: sus vicios, tanto o más. Su vida es una vida expuesta, como sus ropas secándose al sol. Como sus ranchos, a la vista y al oído de todos. En el barrio todos saben qué noche él le pegó a su mujer, o cuándo volvió borracho; cuántas tardes ella fue al bingo o en qué esquina él vende droga, y cuánto duro su "gira"... Al alcance de todos están también su puerta abierta, su sufrida historia, su trabajadora rutina, su saludo cordial y su mano tendida. No hay revoques: se es así como se es, nomás.

***

Y así me conmueve verlos ante la Virgen, cuando peregrinan para el 8 de diciembre con su vida, su dolor, sus necesidades y sus vicios a cuestas, llevándose a sí mismos con lo que tienen y como lo que son... Y por eso en esa milagrosa procesión a la milagrosa Virgen de Luján hay risas y música fuerte, hay botellas devenidas jarras donde la gaseosa por generoso milagro se ha convertido en el vino de cartón, y hay muchas viseras, y hay olor a porro, y hay tantos cochecitos, en medio de las imágenes y de los rosarios, en medio del dolor... Los hijos más pobres están yendo a la casa de su Madre del Cielo: delante de sus ojos purísimos ellos juegan de locales, porque su mirada de misericordia no les exige maquillajes: les permite ser como son, "sin revoques".



martes, 28 de junio de 2016

Sobre el Papa Francisco

El Día del Pontífice en el Año de la Misericordia

Escribo estas líneas para compartirlas con mis hermanos de la Diócesis, preocupado por los comentarios sobre la persona del Santo Padre que reflejan distintos medios, sobretodo porque pueden oscurecer su mensaje evangélico y profético, su visión de este momento histórico y el lugar de la Iglesia en él. Mi intención es la de un pastor que lejos de buscar generar divisiones internas, ve la necesidad de poner de relieve todo el servicio y la vida del Papa, por encima de opiniones sesgadas, y de suposiciones e informaciones no debidamente chequeadas. 

El miércoles 29 de junio celebramos el día de San Pedro y San Pablo en el que rezamos especialmente por el sucesor de Pedro, que hoy es el Papa Francisco. Recuerdo su sorpresiva elección hace más de tres años, la alegría desbordante de muchísima gente y el desencanto de unos pocos que trasmitieron a los medios que en el pasado, el nuevo Papa estaba vinculado con la dictadura militar. 

Poco tiempo después, con motivo de su viaje a Brasil por la jornada mundial de la juventud, los medios comunicaron un gran entusiasmo por la repercusión mundial de sus gestos y de su mensaje. Su invitación a “hacer lío”, fue entendida como una inyección vital para las nuevas generaciones. 

Sin embargo, cuando el Magisterio del Papa se encaminó decididamente a predicar sobre el drama de la pobreza y de los excluidos, manifestando en forma clara la Doctrina Social de la Iglesia, cuando comenzó a dar una gran visibilidad a los rostros de los refugiados que interpelan al mismo corazón de Europa, entonces, en muchos medios comenzó a aparecer la desconfianza hacia su persona, buscando sistemáticamente una interpretación política de sus acciones, y excluyendo el móvil pastoral. Una cosa es que su iluminación de la vida social desde el Evangelio pueda tener una repercusión política y otra muy distinta es que su accionar se interprete a partir de un código político. Si no nos permitimos una lectura en clave pastoral de sus palabras y gestos, nos perdemos lo esencial de su mensaje. El Santo Padre es y ha sido siempre un Pastor. Las interpretaciones políticas de sus actos nos llevan a perdernos en un laberinto que diluye su sentido y lo hace incomprensible. 

Seguramente, para Francisco, recibir en el Año de la Misericordia a personas que lo han insultado públicamente significa manifestar algo tan esencial al Evangelio como el perdón. Pero al mismo tiempo existen en nosotros dificultades culturales y psicológicas muy profundas para entender el perdón y la misericordia. Nos cuesta entender a un Dios cuya omnipotencia resida justamente en la misericordia. Unimos la misericordia a una debilidad del corazón, a una blandura incapaz de impartir justicia, a una “flojera” del espíritu que capitula frente a la fragilidad. Creemos que la misericordia no es justa cuando en realidad, supera tanto a la justicia que provoca en el que la recibe la posibilidad de transformarse en justo. La misericordia tiende a cambiar el corazón del que es alcanzado por ella. 

Tal vez, esta suerte de “compulsión” a perdonar propia del Papa (su persona y sus gestos trasmiten como un derroche de compasión) haya dejado de señalar aquello que no estaba bien en la conducta del otro. Sin embargo, fijémonos que el Padre en la parábola del Hijo Pródigo, no se detiene en los límites del hijo sino que los sobrepasa abrazándolo y preparando una fiesta para celebrar su vuelta. Es muy humano pensar que el padre es injusto ya que no actúa igual con el hijo mayor que le ha sido siempre fiel. Estamos educados en una cultura del “toma y daca” y del “te doy para que me des”. Y justamente Jesús no enseña esto. Más bien hay que compadecer al pecador porque se aleja de Dios, y el que se porta bien no merece ningún premio porque todo el premio es permanecer en la casa, en intimidad con el Padre. 

Esta impermeabilidad al mensaje evangélico del perdón termina justificando la venganza, habilitando la violencia y lleva en forma ineludible a la guerra. 

A muchas personas les ha parecido ciertas actitudes del Papa injustas y han sentido bronca y enojo. Confío que una reflexión madura sobre lo que implica la misericordia pueda ayudarlos a sintonizar el lenguaje de los gestos. Pero de cualquier modo, decir que el Papa “empodera a los violentos” es no entender en absoluto el fondo de su mensaje que es sumamente escuchado y respetado en un mundo que va intuyendo que sin misericordia es imposible la paz. 

Hay que decir también que hoy nos encontramos con un Papa que pone límites. Que le dice a los suyos que no se dejen llevar por el terreno resbaladizo de la corrupción. Y también se lo critica por esto. De modo que cuando perdona porque perdona, cuando es exigente porque es exigente. 

Este “manoseo” de su persona, unido a tantísimas críticas en los medios y en las redes sociales con total falta de respeto, puede desdibujar el mensaje del evangelio que con tanta nitidez nos trasmite día a día en su Magisterio. 

A pesar de todo esto el Pueblo argentino en general y en particular nuestro pueblo más sencillo, entiende el lenguaje de su pastor casi por con-naturalidad y desea con todo su corazón recibirlo en la Patria. 

Creo que esta coyuntura nos plantea un doble desafío en el Año de la Misericordia 

Por una parte, nos invita a profundizar en la naturaleza misericordiosa de Dios, revelado por Jesús. Este no es sólo el Padre Perdonador de la parábola del hijo perdido (Lc 15, 11-329), sino que es también el dueño de la viña que a todos paga lo mismo (Mt 20, 1-16), sea que trabajen todo el día o sólo algunas horas. Los de la primera mañana se enojan, pero él les había prometido un denario y se los dio. Ellos no se enojan por eso sino porque a los de la última hora también les dio un denario. O sea que se enojan porque el dueño de la viña es generoso. En vez de alegrarse pensando: “¡Qué bien! Di con un patrón generoso que hoy lo es con mis compañeros, en el futuro, en otra circunstancia, podrá serlo conmigo”. El razonamiento y el sentimiento en cambio son de desencanto por la bondad ajena. Esto le hace preguntar al Padre: “¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno? 

Dios es tan misericordioso que tenemos que pensarlo dos veces para no dar la razón al hijo mayor o a los obreros de la primera hora. Meditemos sobre estos textos y pidamos en la oración la gracia de comprender y gozar “la entrañable misericordia de nuestro Dios” (Lc 1,78). 

Por otra parte, y este es el segundo desafío, es oportuno renovar nuestra fe en el sucesor de Pedro que el Espíritu ha señalado para este momento de la vida de la Iglesia. Tal vez cuando el Papa era italiano, polaco o alemán, nos costaba menos mirarlo como al sucesor de Pedro, pero a Francisco lo conocemos, habla castellano con acento argentino, y tal vez algún día lo hemos cruzado en el subte. “Nadie es profeta en su tierra” recordaba Jesús (Lc 4,24). Quizás nos esté pasando algo de eso. Pero la fe nos despierta y nos invita a ver la verdad: El Señor ha llamado a uno de los de nuestra tierra y es a Francisco a quien le dice Jesús: “apacienta mis ovejas”. 

En nombre de la Diócesis y junto a ella, en este día de San Pedro y San Pablo deseo expresar al Santo Padre nuestro agradecimiento sincero a su magisterio, de un modo especial por su última encíclica sobre la alegría del amor, renovando nuestro compromiso de responder a su pedido insistente de “recen por mí”, para que el Señor lo siga sosteniendo en su misión. 

Mons. Oscar V. Ojea, obispo de San Isidro

jueves, 11 de junio de 2015

Ricardo Dodds (1928-2015). La verdadera grandeza de un grande

"Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. 
-Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. 
Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia 
que dejaron los sembradores impuros del odio. 
—Y enciende todos los caminos de la tierra 
con el fuego de Cristo que llevas en el corazón."
(San Josemaría, Camino, 1)

Hace unos días, en su casa de Punta Chica, rodeado del cariño de su familia, murió mi abuelo Ricardo.
Médico de raza y de alma, apasionado por su nobilísimo oficio y entregado en cuerpo y alma a su vocación, era para todos el Dr. Ricardo A. Dodds, oculista eminente y famoso.
Pero para mí fue simplemente "Papapa".
Y aunque en la voz de sus parientes y amigos de infancia él era siempre "Ricardito" -y a pesar de su estatura más bien menuda-, la grandeza era la más notoria de sus características personales. Por eso se me hace tan difícil hablar de él. Como es difícil reflejar el cielo, o como es difícil abrazar el mar. ¿Cómo se hace para describir la grandeza sin empequeñecerla en el intento?

Papapa era de veras un grande. Una gran persona, un gran médico, un gran padre de familia. Y lo fue no porque todo le saliera bien, sin querer, sino porque se lo proponía y se esforzaba. "No tenía pereza para nada", dijo mi abuela por todo panegírico... Tenía una capacidad de sacrificio, una disciplina y una abnegación verdaderamente heroicas.
Me sale definirlo como un hombre que se tomó la vida en serio: todo lo que hacía lo hacía así, con seriedad, "con todo el corazón y con toda el alma, con todo el espíritu y con todas las fuerzas" (Mc 12, 30). Argentino de ley y porteño cabal, nadie estuvo más alejado que él de nuestros penosos prototipos del "vivo" y del "chanta", del "chamuyero" y del "fanfarrón". Por eso le costaba muchísimo tolerar la mediocridad: a él, sencillamente, no le entraba en la cabeza.
Me acuerdo que una vez yo estaba escuchando un disco de José Larralde en su casa, y él, que estaba por ahí aparentemente abstraído, me llamó la atención sobre una frase: "la tierra es grande o es chica de acuerdo con los anhelos" (José Larralde, Cimbreando). Y es que él era en ese sentido como Martín Fierro, cuando dice: "para mí la tierra es chica y pudiera ser mayor", porque sus anhelos eran grandes, bien grandes. Siempre tuvo horizontes altos. Como lo dijo su hijo Cristián el día del entierro: "veía en lo invisible, y por eso se animó a lo imposible".


Ahí estaba el verdadero secreto de su vida. Veía en lo invisible. O más bien, vivía "como si estuviera viendo al Invisible" (Heb 11, 27). No se puede entender a Papapa sin su fe en Dios. Un Dios a quien él, como todo, se tomó en serio, acaso desde que descubrió existencialmente que era precisamente Dios quien primero se había tomado en serio -muy en serio- su vida y la vida de cada uno de nosotros, hasta en sus más pequeños detalles de cada día. Para este descubrimiento encontró ayuda en las fervorosas enseñanzas del sacerdote Josemaría Escrivá, que en Buenos Aires apenas comenzaban a conocerse. Desde entonces entendió familia y trabajo como su camino de santidad, y sirvió a la Iglesia en el Opus Dei con una fidelidad inconmovible, a pesar de todos los pesares, hasta el día de su muerte.
Él deseaba que los demás conociéramos a Dios como él lo conocía, que lo quisiéramos como él lo quería, que lo tuviéramos en el centro de la vida como él lo tenía. Y aunque en esto tampoco mi abuelo nunca escatimó esfuerzos, heroicos incluso, me animo a decir que esta dimensión misionera sí le salía casi sin querer, como el calor y la luz de un fuego amable, que siempre estaba ahí. Que lo digan si no tantísimos hombres y mujeres que encontraron en él a la vez al apóstol de la formación integral, de la rectitud, del trabajo serio, de la primacía de la persona humana y de la familia... y al apóstol de Cristo, probablemente sin poder reconocer en qué momento un apostolado daba paso al otro.

En la intimidad de la familia, sin embargo, a Papapa lo queríamos no por ser un señor, ni por ser heroico en su religiosidad, ni por ser intachable en su trabajo o eminente en su profesión... Lo queríamos por ser Papapa, el abuelo que nos recibía siempre sonriente, el que nos "sacaba las tripas", o el que accedía a nuestros desesperados pedidos cuando en las tardes de pileta escuchábamos que un delicioso pregón de "¡helado-ooo!" rompía desde lejos el monótono quejido de las chicharras...
Y lo conocimos y quisimos con sus defectos y debilidades. Éstos eran, a mi ver, derivaciones casi necesarias de su misma grandeza. 
Tenía, por ejemplo, un fuerte amor propio: no era fácil disentir o discutir con él, como no fue fácil ayudarlo a la hora de la vejez y la debilidad. Por otro lado, somos varios en la familia los que heredamos de él ese carácter flemático, que nos hace tan remisos a mostrar y expresar las necesidades y los sentimientos y la propia intimidad... 
Creo que el riesgo más grande de Papapa era el de tomarse la vida demasiado en serio, de no darse ni dar concesiones, de no permitirse un recreo, de medir con la temible medida que usaba para sí mismo... Pero Dios lo salvó de este riesgo, una y otra vez, sobre todo, a través de las mujeres.

La primera, su madre Elsa. Hija del escocés "Jimbo" Croll (de quien Papapa heredó esa capacidad de hacer reír a los demás sin cambiar de cara) y de una potente criolla, Sarita Fragueiro, "Elsita" combinaba genialmente su papel de mujer culta, elegante -hasta el último día de su vida no salió a la calle sin guantes blancos, aunque se cayeran los pájaros- y de activísima "vida social", con una personalidad muy divertida, pícara, peligrosamente espontánea. ¡Tan diferente de su hijo, incapaz de decir una palabra fuera de lugar...!
"No hay un día en que no me acuerde de ella", solía decir Papapa. Siempre me pareció algo especial escucharlo pronunciar "mamá". Nunca lo oí llamarla de otra manera. Lo decía de un modo tal que uno intuía que de pronto el gran Dr. Ricardo se había permitido volver a ser "niño", y por un fugaz instante uno se asomaba a otra dimensión, muy íntima y misteriosa, de él. De hecho, "Ricardito" -ya siendo abuelo- fue un ejemplo de hijo. Pendiente permanentemente de Elsita, se ocupó de que nunca le faltara nada. La llevaba y la traía de Buenos Aires a Punta Chica cada domingo de su vida para los infaltables asados, como una liturgia filial... Y cuando ella ya no pudo seguir viviendo sola, la recibió en su casa hasta que murió, después de más de dos años de internación domiciliaria.
Tuve la gracia de conocerla y quererla mucho. Ella me hizo su bisnieto preferido, objeto de mil malacrianzas. Conversábamos horas enteras de los temas más variados, porque me hacía sentir su amigo y su "par"... Ella, con noventa años cumplidos; yo, con menos de diez.
Y este amor por Elsita me unió muy especialmente a Papapa. Bastaba que al saludarme me dijera "Críst" -como ella me llamaba- para establecer una profunda complicidad afectiva entre nosotros, en que holgaban todas las palabras.

Pero el mejor regalo que Dios le dio a Papapa fue su mujer Margot O'Farrell, mi abuela "O". No podía ser más diferente, y por eso fue su complemento perfecto. Y decir Margot es decir los once hijos que tuvo con él. No hay estructura que no se caiga, como murallas de Jericó, frente a ese inmanejable estruendo vital que es una familia tan numerosa. Y por eso creo que entre mi abuela y sus hijos siempre lo salvaron a Papapa de ese tomarse las cosas demasiado en serio... Diría que ella fue como la soda indispensable para que tanta grandeza concentrada en Papapa se hiciera potable.
Bastaba que mi abuela pusiera un tonito burlón en su voz para relativizar instantáneamente todos sus absolutos... Una comida formal con un médico importante, un congreso en Europa, una distinción académica, una conversación sobre historia o música clásica, la exclusiva pertenencia a un club, o inclusive un retiro espiritual... todo se desinflaba ante las pequeñas ironías de "O", que desde afuera nos hacían matar de risa. Con su arrollador sentido común y práctico, y tal vez sin proponérselo, mi abuela le hizo cariñosamente entender a Papapa que su casa y su familia no eran un lugar para ser admirado, sino para ser amado. Aunque además todos lo admiráramos tanto, y ella más que todos.
¡Qué lindo era cuando ella o alguno de sus hijos más opuestos a él lograban desarmarlo y hacer que se riera de sí mismo! Se ponía colorado como un tomate, hundía la pera en el pecho y se ahogaba en esas carcajadas entre dientes que tanto vamos a recordar...

Hay una tercera mujer que Dios puso a su lado como constante ayuda. La Virgen María. Sin esa delicada devoción que Papapa le tuvo siempre, su religiosidad hubiera sido dura y fría. Y fue sin duda el amor a la Virgen de Luján el infalible punto de encuentro entre su espiritualidad y la de mi abuela, habitualmente tan paralelas. De hecho, dos semanas antes de su muerte, me pidió si podía llevarlo con "O" a Luján, pero ya no era posible. Y murió así, con ese anhelo de ver a la Virgen. Por eso no me sorprende que haya sido ella, su Madre, quien lo vino a buscar para el Cielo, justamente en el momento en que su nuera Isabel rezaba en voz alta el Rosario con él.


¡Papapa querido! Siempre supe que eras un regalo que Dios me había dado, y que tenía que aprovechar. No me cansé nunca de visitarte, de gozar ese arte de conversar que tenías como nadie (y que me hacía disfrutar de la misma anécdota contada cien veces como si fuera la primera vez);  de quedarnos charlando horas -siempre con el tinto y algún quesito, amables como vos- de la historia de la familia, de los cuentos de tu infancia y del viejo Buenos Ayres, de las andanzas camperas en lo de tu tío Esteban Bouquet, de tus tiempos de rugbier en CUBA, de la audaz resistencia al peronismo, de tu admiración por el "viejo Malbrán" y de mil anécdotas de tu vida de médico... ¡Todo era interesante cuando lo contabas vos!

¡Qué grande te hiciste en tu ocaso! ¡Qué heroico fue tu sufrimiento sin una queja y sin descanso! Nunca fui tan consciente de lo grande que eras como al final, cuando te miraba doblado sobre vos mismo, tiritando en la silla de ruedas, apretando la cruz y la medalla de la Virgen, o haciendo un esfuerzo enorme por leer, mientras celebraba la Misa en tu casa. ¡Me inspirabas más reverencia vos que el Dios que tenía en mis manos!
Poco a poco, al tenaz ritmo de tus dolores, tuviste que entregar tus obras, tu equipo médico, la fundación que soñó tu generosidad, tu inmensa familia... Y finalmente te entregaste vos.

¡Cuánto te vamos a extrañar! Eras el anfitrión perfecto, la garantía de la casa abierta, del asado listo, del cotidiano milagro de la multiplicación de los chorizos y los helados, del esfuerzo sea cual sea para que la familia se reuniera... 
¿Cómo entonces no iba a quererte Nuestro Señor allá en Cielo, recibiendo a la gente, preparándole incansablemente el copetín, haciendo más casa la casa de Dios? ¡Dormí, Sanpedro, que ahí llegó Ricardo! 
Y si algún día llego a llegar yo también, sé que vas a estar así, como te he visto acá: la copita del "vino nuevo" en la diestra, la sonrisa en los ojos y mi abuelo Jaime -tu amigo- al lado. Y diciéndome: "¡Críst! ¡Pero qué sorpresa! ¿Un vinito...? ¡Pasá!"

domingo, 21 de diciembre de 2014

El infinito respeto de Dios

"Diré, ante todo, que Dios es todo verdad, y siendo todo verdad, 
muestra un infinito respeto por su creatura humana. Digo: infinito respeto" 
(René Voillaume, Hermano de todos)

La escena de la anunciación del ángel a María (Lc 1, 26 y ss.) es una de las más entrañables del Evangelio, y quizá la que mejor merece el título de "Buena Noticia". Toda la historia de la humanidad se condensaba en esos breves instantes en que se encontraron el cielo y la tierra, en las periferias de Palestina.
Dios por fin iba a cumplir su plan de salvación "trazado desde antiguo" de "recapitular todas las cosas en Cristo", su Hijo por quien las había creado. Era el momento crucial en que las aguas de la historia, perdidas como las de un río desmadrado, se encontrarían con su cauce para poder llegar al mar de su destino, cuando "Dios sería todo en todos". Era el "ya basta" de Dios al mundo dejado al arbitrio de su maldad; era el tiempo y la hora de poner un freno al pecado y de hacer justicia. Era Dios que había escuchado nuevamente el grito ahogado de los oprimidos, el clamor derramado de la sangre inocente y las lágrimas de los dolientes, el quebranto de los pobres y la perseverancia de los buenos, y ahora se disponía a decir su Palabra definitiva, su sentencia. Esta vez y para siempre, Dios mismo tomaría las riendas para establecer su Reino entre los hombres.
Y para dar un anuncio tan alto, Dios envía a su mensajero de más jerarquía, al que estaba siempre en su presencia, al arcángel Gabriel. ¡Qué solemne grandeza: el embajador del Rey del cielo que lleva en la palma de su mano el secreto último de la historia, el sentido de la humanidad! Es el Cielo el que se inclina cuando él sale; es Dios el que desciende cuando él baja a la tierra, y se pierde en las callecitas polvorientas de Nazareth.
Hasta aquí todo sucede como era de esperar.


Pero en la anunciación del ángel a María algo rompió el protocolo. Porque Gabriel hubiera podido ir a dar su majestuoso anuncio a los trompetazos y marcharse triunfante. Pero no: el arcángel, que ya había bajado hasta la tierra, no se detuvo y siguió descendiendo más, hasta quedar inclinado incluso delante de esa muchachita galilea. Así lo representa por lo general la tradición iconográfica occidental, y en particular esta genial "Anunciación" de Botticelli.
Dios no irrumpe: Dios pide permiso. El ángel Gabriel de Botticelli diciendo "No temas, María" parece más temeroso él que ella: temeroso de invadirla con su presencia, de encandilarla con su majestad, de intimidarla con su anuncio. Hay una frontera tan sagrada que ni el más fuerte de los ángeles del Cielo puede traspasar, y que el artista sugiere en las firmes líneas de la ventana y en ese elocuente espacio que queda entre la mano del ángel y la mano de María. Esa frontera es la libertad, don que Dios mismo otorgó al hombre. Y Él siempre respeta la libertad. De hecho, el árbol que se ve por la ventana nos recuerda el alto precio que Dios supo pagar por ese respeto a la libertad, cuando otra mujer la usó justamente para no-respetar: para desobedecer y traspasar los límites, extendiendo la mano hacia el árbol prohibido.
Y hoy, que llegó el momento de enmendar el tremendo desarreglo que aquella transgresión provocó, Dios, "que no puede desmentirse a sí mismo", vuelve a elegir el camino de la libertad. El Creador vuelve a apostar a su creatura. El Omnipotente, que puede cambiar de un plumazo el curso de las cosas, mira desde abajo a la humanidad, pidiendo su consentimiento para poderla bendecir, para poderla salvar.
Y así se manifiesta dónde está el verdadero poder de Dios. Gabriel, es decir, la "fuerza de Dios" está de rodillas ante María. Gabriel es la fuerza del amor de Dios, que se manifiesta en una de sus formas más altas: el respeto. Gabriel es el respeto de Dios, que humillándose nos dignifica y nos "inmacula". Y María es la humanidad respetada que se decide y se juega, vencida por esa delicadeza del amor.
Y así, amándonos hasta el respeto, aconteció el "Dios con nosotros", nuestro Camino, nuestra Salvación.
¡Feliz Navidad!