domingo, 11 de junio de 2017

Versos en guaraní para la Virgen de Itatí


Tupâsý, rohechasente,
upévare che ajú
ovy'ahame che gente:
Tupaó marangatú.

Co’ápe avy’á manté
ne ma’ê porâité güýpe.
Tanguahé tapiaité
aicóramo pytûvýpe.

Che mbo’é co'â hasýva
máraicha ñembo'erâ:
ñe’ê’ŷre ohayhú asýva
hetaité he’í cuahá.

Cóvante ajerureva,
Itatípe, Tupâsý:
che co ne rembiayhueteva
árajá tajú jevý.


Y traducido libremente:

Sólo porque quiero verte
he venido hoy hasta aquí
a tu iglesia de Itatí
donde se halla nuestra gente.

Soy feliz únicamente
bajo tu pura mirada;
cuando mi alma esté nublada
haz que vuelva nuevamente.

Tus pobres, Madre, me inspiran
a rezar del mejor modo:
sin palabras dicen todo
los que sufriendo te miran.

Volver de nuevo hasta Ti
es sólo lo que ha pedido
éste tu hijo querido,
Virgencita de Itatí.

jueves, 1 de junio de 2017

Un soneto de Castellani

Creo que bien podría ser el epígrafe de este entero blog, si no le quedara tan grande. ¡Inacabable Castellani, como una vertiente sin fin...! ¡Gracias a Dios!



                QUIJOTISMO

Pues todo aquel que vive sin locura
es menos cuerdo que lo que él se piensa
y pues princesa prometida inmensa-
mente es mejor que esclava bien segura.

Pues la llaga de amor nunca se cura
sino más honda haciéndose y extensa
con la renuncia de la recompensa
y el tomar por presencia la figura.

A fuer de don Ignacio y san Quijote
dejando el viejo pájaro-en-mano
escogí los cien pájaros en vuelo

y se me puede ver al estricote
pisoteando de la tierra el guano
que es mi manera de mirar el cielo.


Leonardo Castellani
8 de mayo de 1943
"El libro de las oraciones"

Extraído de:
http://padreleonardocastellani.blogspot.com.ar/2008/11/quijotismo-pues-todo-aquel-que-vive-sin.html

sábado, 25 de febrero de 2017

El álamo de la Sargento Díaz

Esa mañana Hipólito estaba, como de costumbre, sentado en la vereda de su casa, mate en mano, mirando pasar la vida. Es que Hipólito es uno de esos viejos vecinos de San Fernando que sigue teniendo la temeraria manía de desafiar, con la puerta abierta, la inseguridad que grita la televisión. 
De pronto se entremezcló al caluroso chillido de las chicharras una voz parecida, pero más fuerte. Más insistente.
Por curiosear -para eso había sacado su silla, después de todo- se levantó y fuese siguiendo el ruido. Al llegar a la esquina entendió todo, pero lo que vio no le gustó nada. Un camioncito municipal estacionado. Una escalera portátil y, sobre ella, una motosierra que vorazmente iba abatiendo, una por una, las cansadas ramas de un árbol. 
Ahora el grito de la sierra le abrió una herida en el pecho. Era el viejo árbol de su cuadra, el único digno de ese nombre en "la Sargento Díaz"... El viejo álamo de su calle, testigo solo de cuando en las calles de tierra del San Fernando pobre no crecían sino álamos o sauces. ¡Todo había cambiado tanto...! Pero el álamo venerable permanecía ahí, en su sitio. Había resistido con sinigual heroísmo las siempre extemporáneas podas municipales (ésas que les quitan a los pobres hasta el derecho a la sombra) y ahora, con el oscuro tronco todo deformado, desplegaba como en un bostezo final sus brazotes soñolientos sobre los temerosos techos de chapa.
Hipólito juntó coraje, respiró hondo y entró a su casa. La maldita chicharra parecía gritarle al oído, cada vez más fuerte. Cada vez más hiriente. Revolvió ruidosamente unos cajones, procurando acallar su dolor con el barullo, y cuando encontró la foto que buscaba, salió nuevamente a la calle y dobló la esquina.

Volvió a oírse la queja de las chicharras cuando la motosierra se apagó. El hombrón de la poda municipal, con una remera verde anudada en la cabeza, y la melena emergiendo por la espalda, se disponía a descansar un rato. Acomodó en una horqueta del tronco su máquina y se pasó el revés de la mano por la frente. Pero al mirar hacia abajo se sobresaltó. A más o menos diez metros, un hombre mayor lo miraba fijo detrás de unos vetustos anteojos semioscuros. No se movía. No decía nada. Y tenía algo así como un papel en la mano derecha.
Le hizo señas a su compañero del camioncito para que le preguntara qué quería.
-Buen día, don. ¿Pasa algo?
Sin decir nada, Hipólito le alargó la mano con una vieja fotografía de cartón.
-¿Ve? Éste soy yo, el día que cumplí los dieciocho años, y ese árbol donde estoy abajo es éste que su compañero está cortando. 
-¡Toda una vida! ¿no? Qué va ser, don, tenemo orden de sacarlo ¿vio? É una planta muy añosa ¿se da cuenta? y ta poniendo en riesgo la vivienda de los vecino...
-Y sí, así es la vida. Yo quería mirar, nomás, si no les molesta.
-Sí, no hay problema, señor, cómo no.

Algunas palomas asustadas se dieron a la fuga cuando el muchachote de la municipalidad retomó su labor. Hipólito, con los labios apretados, enhiesto, parecía querer reemplazar la solidez de su viejo álamo, mientras éste cedía, derrotado, ante los certeros embates de la motosierra. Pero al ya desgarrador sonido de la sierra se sumó ahora el estrépito de la rama más grande al desplomarse en el asfalto. Hipólito sintió que su firmeza claudicaba. Transido por el estruendo de esa rama caída, decidió abandonar la escena y volver a su casa. 
Pero antes de que pudiera dar un paso, erguido como estaba, percibió que sobre el viejo tronco la motosierra ya no se movía, y que un silencio repentino dejaba oír las voces de los dos "municipales" que, encaramados al álamo, parecían discutir entre sí.
-¡Venga, don! -le hizo señas el del camión, desde arriba de la escalera.
Hipólito salió de su letargo y caminó rápidamente al pie del álamo.
-¿Se anima a subir la escalera?
-Sí, no hay problema. Pero ¿qué pasa?
-Usté suba, don, hágame caso.
En un hueco que habían formado las ramas más grandes al estirarse, el hombrón de la remera en la cabeza le señaló algo así como una maraña de hojas y palitos.
-¿Qué? -preguntó el viejo, impaciente.
-Mire bien, amigo -lo invitó el otro.
Entonces Hipólito oyó, más que vio, los minúsculos quejidos de varios piquitos triangulares que se abrían en la penumbra del horcón. ¡Un nido lleno de pichoncitos!

Hipólito desanduvo en seguida los peldaños hasta alcanzar la vereda. Lo siguió el muchachón de pelo largo, que bajó también la motosierra. Hipólito quedó mirándolos mientras juntaban las ramas caídas en la vereda y cargaban la máquina en el acoplado.
-¿Qué, se van? -les preguntó.
-Y sí, don, que Dio me perdone pero yo no los voy a dejar a eso pichone sin techo, qué quiere que le diga.
Y sin decir más, se subieron al camioncito y se perdieron al doblar en la ruta 202.

Esa misma tarde (me contó Hipólito) unos vecinos le habían puesto un cajón de fruta y unos cartones al nido para que no quedaran tan a la intemperie...



Y así sigue pasando la vida en estos barrios de San Fernando. Y hay gente, como Hipólito, que se anima -gracias a Dios- a mirarla pasar. Por eso él pudo contarme la historia de estos pichoncitos que le salvaron la vida al viejo álamo, para que él pueda seguir salvándoles la vida a muchos pajaritos más.
Al álamo lo podrán ver en Sargento Díaz casi esquina Perdriel.
Y a esos pesados muchachones de corazón puro, incapaces de voltear un nido... ésos están por todas partes, pero son invisibles. O tal vez los puedan ver, como Hipólito, si se animan a sacar su silla a la vereda.