lunes, 17 de diciembre de 2007

"Vivir en recepción": caminar en Adviento con María

La Virgen María es, sin lugar a dudas, una de las grandes figuras del Adviento. Ella es modelo e imagen inmejorable de la Iglesia-que-espera. Contemplar el ícono de la Virgen embarazada es para nosotros, Iglesia que peregrina en la historia, la mejor escuela en que aprender a recibir al Señor Jesús que está llegando.
Hans Urs von Balthasar describió la vida de Jesús como una "existencia en recepción". Desde toda la eternidad, la vida del Hijo es estar recibiéndose del Amor gratuito del Padre, y estar entregándose al Padre en Amor agradecido. "Cuando llegó la plenitud de los tiempos" y el Hijo eterno, "la Palabra de Dios, se hizo carne", Jesús de Nazaret manifestó su ser Hijo, su filiación, viviendo "en recepción". Esto puede verse fácilmente en la infinidad de frases de Jesús que parecen querer gritar: "¡Yo no: el Padre!": "Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre" (Jn 5, 19). "No hago nada por mí mismo, sino que digo lo que el Padre me enseñó" (Jn 8, 27). La existencia de Jesús es recibir la voluntad del Padre buscada en la oración (cf. Lc 6, 12) y manifestada por el Espíritu (cf. Mc 1, 12) y obedecerla por amor. Y si su vida entera es un recibir la voluntad de Dios, ello alcanza su máxima expresión cuando llega su "hora": "Que no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Mc 14, 36). Y su existencia "en devolución", o su vida eucarística, también conoce su cumbre en el instante de su muerte: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46). El ser de Jesús, el Hijo de Dios, es por eso una "pro-existencia": es un "subistente vivir en relación", un permanente existir referido al Padre, y por voluntad del Padre, para los hermanos.
Ahora bien, Jesús no nació sabiendo vivir así. Como todo, lo fue aprendiendo de a poco, en la escuela de María y de José. Fue especialmente de María de quien Jesús "mamó" el arte de vivir pidiendo, esperando y recibiendo la voluntad de Dios. María, la rezadora, la silenciosa, la diligente, fue la que le enseñó a Jesús a buscar, a reconocer y a obedecer la voz del Espíritu de Dios. Podemos constatar cómo el Señor fue madurando en su camino de recepción, desde su temprano "¿no sabían que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?" (Lc 2, 49) hasta la convicción adulta: "mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34).
Si el designio salvífico del Padre Dios es justamente que nosotros lleguemos a ser, gracias al Espíritu de Jesús, hijos en el Hijo, nuestra vida también está llamada a ser pro-existencia, vida en recepción y en devolución agradecida. Esa es la razón por la que Jesús llama "hermano" no a sus parientes de sangre sino a "quien hace la voluntad de Dios" (cf. Mc 3, 35). Quienes escuchan la voluntad del Padre, dejándose conducir por el Espíritu, son hijos de Dios, y por ende, "hermanos" de su único Hijo Jesucristo. Ahora bien, esa frase de Jesús es la respuesta a quienes le avisaban que "su madre y sus hermanos" lo estaban buscando. Indirectamente, Jesús reconoce y admira la condición filial de su Madre, la "servidora del Señor". Jesús sabe bien que si él aprendió a reconocerse en el "siervo de Yahvé" (cf. Lc 4, 18 ss.) ha sido gracias a que fue el "siervo hijo de tu esclava" del Salmo 116.
Pero ahora meditemos en el otro título que Jesús le da a su madre y con ella a los hacedores de la voluntad de su Padre. "El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mc 3, 35). No solemos aplicarnos el título de "madre de Jesús". No nos proponemos ser "madre de Jesús", según este logion del Señor. Y sin embargo me parece que es ésa la manera más adecuada de describir la misión de la Iglesia. Por el Bautismo, estamos incorporados a Cristo: somos su Cuerpo, Él vive en nosotros. La Iglesia es como un Cuerpo preñado de Cristo. Nuestro modelo, Jesús, no está fuera, para ser admirado e imitado. Jesús nos habita con su Espíritu filial. ¿Qué otra tarea nos queda, entonces, sino aprender de María embarazada, la Virgen de la espera, la Señora del Adviento? Nuestra misión comienza -siguiendo el año litúrgico- aprendiendo "vivir en recepción" de la mano de la Virgen.
Por un lado, buscando la voluntad del Padre, en la oración insistente, golpeando la puerta de la Palabra de Dios, aguzando el oído para reconocer, como la Virgen, la voz del ángel del Señor. Luego, con el silencio creyente, con el coraje confiado de la pregunta sostenida en medio de las incertidumbres: "meditando y guardando" cada acontecimiento de la vida "en el corazón". Y por último, abriéndonos a los hermanos con la presteza y la solicitud de la caridad, como María que, cargada de mil preguntas humanas pero embarazada de la Promesa de Dios, salió al encuentro de Isabel.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

El oculto destino divino del amor

Para José y Vero,
y para mis padres y abuelos
que han sabido querer a muchos hijos.
Un soneto de Juan Carlos Dávalos
Ya no tenemos la costumbre de leer sonetos. Y de escribirlos, menos. Sentimos compasión de ver a esos pobres versos injustamente encorsetados en forzada pleitesía a Petrarca, un ilustre nombre inerte de memorias eruditas. La rigidez formal, la pretendida exactitud, la presumida exhaustividad del soneto no condicen con los inasibles acentos de la poesía, ese inevitable ardid del hombre por expresar lo inefable. Un soneto nos remite (al menos a los seminaristas) al amargado "frío pensar exacto a la verdad sujeto", y no a los apasionantes grandes temas de la vida, que el corazón no sabe encerrar.
Y con todo vengo con un soneto. Pues los sonetos, más allá de su congénita esclerosis, conservan siempre el mérito de ser el difícil arte de decir mucho en pocas palabras. Y en el que traigo hoy, del gran poeta salteño Juan Carlos Dávalos (1887-1959), se cifra, en catorce versos, una de las verdades más fundamentales de la vida.



HOGAR

¿Te acuerdas? Al unirnos ni soñamos que había
un oculto destino divino en el amor.
Éramos egoístas. Nuestra filosofía
nos hubiera colmado los años de dolor.

Llenóse con el tiempo de bulla y alegría
la casa que era inmensa para nosotros dos.
Ni tú ni yo tenemos sosiego en todo el día
con los cinco demonios que nos ha dado Dios.

Me siento derrotado por la pandilla loca
que no sólo me quita los besos de tu boca
si no que hasta me vuelve celoso de tu amor.

Pero tú, madrecita, qué sabes de estas cosas?
tú das estos chiquillos como un rosal da rosas
y me alegras la vida como un rosal en flor.

(Juan Carlos Dávalos, Otoño, Buenos Aires, Tor, 1935)

Comentario a un soneto sapiencial

Quizá fue gracias a que su nieta Julia Elena le puso música y lo cantó que me detuve en estos versos. Lo cierto es que descubro, en su impecable estructura de soneto de alejandrinos (14 de 14), la hondura gozosa de las cosas esenciales. En efecto, ¿hay algo más importante que aquello de lo cual depende la "alegría de la vida" (cf. v.14) o "los años colmados de dolor" (v. 4)? El tema está enunciado con suma claridad desde los primeros versos: es el insospechado, el "ni soñado", el oculto destino divino que hay en el amor. Se trata del amor -del amor humano- y de que este amor parece no ser sólo humano.

¿Te acuerdas? Al unirnos, ni soñamos que había un oculto destino divino en el amor. La obra se presenta como diálogo entre el yo del poeta y el tú de su compañera. Si atendemos al título del soneto, y a su etimología, bien podemos imaginárnoslos charlando en la paz de la noche, cuando los chicos duermen, al calor del fuego, del "hogar". Por otra parte, el verbo nos indica que el poeta está evocando recuerdos que se remontan al inicio de su vida en común ("al unirnos"). En aquel entonces, ni él ni ella podían imaginar lo que hoy sí saben: que había "en el amor", en el amor de ellos dos, "un oculto destino divino". Ahora bien, ¿qué hizo que descubrieran esa verdad que antes ignoraban y ni siquiera "soñaban"?

El autor nos remonta, en primer término, a la situación inicial: Éramos egoístas. Nuestra filosofía nos hubiera colmado los años de dolor. Esta confesión ya nos da un elemento importante de la respuesta: el cambio no habría sido posible si hubiera sido por ellos solos. Y ahora reconoce que el egoísmo -esa "filosofía" tan llena de doctores- les "hubiera colmado los años de dolor". Es muy interesante constatar cómo se puede dar, y se da, un amor que no es incompatible con el egoísmo. Pero no podemos saber bien de qué se trataba esa "filosofía" de vida en común si no seguimos leyendo la estrofa que sigue.

Llenóse con el tiempo de bulla y alegría / la casa que era inmensa para nosotros dos. / Ni tú ni yo tenemos sosiego en todo el día / con los cinco demonios que nos ha dado Dios. Estamos evidentemente ante el acontecimiento central del cambio: del "dolor" del último verso que leímos pasamos ahora al la "alegría" bulliciosa con que se inaugura la segunda estrofa. Y este suceso se presenta precisamente así, como un "acaecer", como una acción velada por el impersonal devenir del tiempo: "llenóse con el tiempo…". Pero al seguir leyendo nos damos cuenta de que ese "acontecimiento" que llenó la casa de "bulla y alegría" se trata nada menos que de cinco hijos… Y entonces empezamos a notar el cambio, la conversión.

En primer lugar, ven algo que antes no veían: "la casa que era inmensa para nosotros dos". Hizo falta que llegaran los hijos para que esa pareja egoísta se diera cuenta de lo grande, de lo cabedora que había sido su casa… El amor crece con su ejercicio, en la medida en que es puesto en práctica: el amor crece amando. Y el corazón humano se va ensanchando y profundizando a medida que ama, de modo que a la vuelta de varios años de amor dado y recibido uno se sorprende, como nuestro poeta, de la gran capacidad de amar que tenía oculta. Y esa casa, esa "casa inmensa para dos" solos, ahora la experimentan "llena": llena de bulla y alegría, llena de vida. El poeta escribe desde una experiencia de felicidad, de plenitud: tiene la sensación de que su corazón está colmado, está "lleno", como su casa.

Por contraste, estamos ahora en condiciones de entender el "dolor" a que les hubiera llevado la "filosofía" egoísta de sus primeros años. El amor crece amando. Pero además el amor está por naturaleza llamado a crecer permanentemente: es dinámico, no se detiene. No sabe poner "pausa". Y cuando no avanza, retrocede. Cuando deja de crecer, está decreciendo. Ése es el "egoísmo del amor" de ese primer tiempo que el poeta nos describe: un amor -ciertamente un amor- entre un hombre y una mujer, pero que pretendió quedarse encerrado en sí mismo, gozando de lo que ya poseía. Un amor al que no se le permitía seguir abriendo caminos nuevos. Un amor que se dejó herir por la fría cuña del egoísmo.

Ahora bien, según el soneto, no fueron ellos dos quienes en virtud de un plan o de su esfuerzo se liberaron de esa vida egoísta. La fuerza que los arrancó de aquel estado fue algo que vino como "de afuera", y de ahí esa impersonalidad: "se llenó…", "con el tiempo…". La prueba de la liberación está patente en el final de la estrofa: "ni tú ni yo tenemos sosiego en todo el día con los cinco demonios que nos ha dado Dios". Es decir, están ocupados y preocupados por sus cinco hijos, de modo que ahora viven "todo el día" fuera de sí mismos, descentrados, sin tiempo ("sin sosiego") para su egoísmo personal o conyugal… Ése fue el remedio a su egoísmo. Y no fue algo que obtuvieran por sí mismos, ni siquiera que buscaran conseguir, sino que les fue dado "con el tiempo", con sus cinco hijos… Y es aquí, en el corazón del soneto, que se nos sugiere la clave última de su interpretación: ese acontecimiento que les cambió la vida y la llenó de alegría no fue el éxito de un plan propio: fue algo dado, y dado por Dios: "los cinco demonios que nos ha dado Dios". Recién ahora entendemos, con el poeta, que esa sensación de ajenidad y extrañeza ante el advenimiento de sus hijos no se debía a la im-personalidad de un sino fatídico sino a la supra-personalidad de Dios providente.

No podemos dejar de celebrar la bien lograda antítesis de los "demonios" que da "Dios". Y con ella la profundidad antropológica que contiene. En efecto, a los ojos del poeta que es arrancado a la fuerza de su vida egoísta (y cuya "filosofía" no puede cambiar de la noche a la mañana), esas creaturas que le impiden el sosiego no pueden ser sino "demonios". De hecho, la estrofa siguiente se detiene un poco más a describir los nocivos efectos que esa "pandilla loca" produce en el abatido padre, que se siente "derrotado" por ella: Me siento derrotado por la pandilla loca / que no sólo me quita los besos de tu boca / sino que hasta me vuelve celoso de tu amor.

Asimismo, adivinamos aquí por dónde pasa parte del desasosiego del poeta: sus "demonios" le han quitado uno de los lugares que era para sosiego de él solo: los "besos de tu boca". Por consiguiente, surge un sentimiento que hasta ahora le era desconocido: los celos de su propia esposa. Pero estos desequilibrios, lejos de ser un factor que oscurezca la "alegría de la vida" del poeta, son parte insoslayable de los nuevos caminos que el amor va abriendo, y que hay que ir aprendiendo, porque ahora es un "amor que quiere seguir amando", y no ya un amor arremolinado en el estrecho corral de lo conocido, de lo resguardado, de lo poseído.

Pero tú, madrecita, qué sabes de estas cosas? / tú das estos chiquillos como un rosal da rosas / y me alegras la vida como un rosal en flor. Aquí se nos brinda el dato fundamental que acompañó nuestro recorrido: "me alegras la vida"… El poeta está contento, y sus descripciones son hechas desde una mirada alegre. Con la alegría desprolija y bullente de la vida sin sosiego, derrotado de cansancio e incluso con celos… Pero alegre, y sin egoísmo.

El soneto se cierra con "flores" para su interlocutora, quien, aun habiendo pasado por las mismas situaciones que él, parece no haberlas vivido con la misma sintonía: ¿"qué sabes de estas cosas?". Deduzco que ella iba un paso adelante en este camino "divino" de descentramiento, de generosidad, de amor… Y por eso podemos aprender de ella el estadio superior en este "camino santo" del amor, en el que se "pasa haciendo el bien" virtuosamente: con gozo, sin esfuerzo, sin error… Santo Tomás decía que la virtud adquirida obra como una "segunda naturaleza" de modo que los actos virtuosos salen "naturalmente", "como un rosal da rosas".

El último verso se me antoja de una hondura enorme. En efecto, es ella quien sigue siendo el objeto principal del amor y de la alegría del poeta. Los cinco hijos no le han quitado ese lugar único. Siguen siendo ellos dos, como al principio, como cuando se unieron para compartir la vida. No se han diluido en las nuevas relaciones. El amor crece y abre caminos, pero antes que nada es fiel hasta la muerte: por eso, a la vuelta de todo este proceso, el amor, habiendo crecido, se revela a la vez nuevo y el mismo: el amor revela su fidelidad siempre novedosa. Pues también ella, el objeto de su amor de siempre, siendo la misma es nueva. Ahora es la cariñosamente llamada "madrecita". La mujer amada de siempre está ahora enaltecida y engalanada con su amor de madre. Y si siempre le alegró la vida al poeta, ahora lo hace como "un rosal en flor", donde (según el verso anterior) las flores son los hijos. Ahora bien, esta imagen supone la plenitud también de su mujer: en efecto, ver un rosal en flor es ver un rosal siendo lo que está llamado a ser, en el punto máximo de su despliegue y su esplendor, lo que supone además admitir que haberse quedado estancado en algún momento previo del camino habría implicado truncar esa plenitud, incluso "colmar los años de dolor". Esta imagen final que Dávalos nos regala guarda otra perla más: el poeta, en su experiencia, ve reunidos sus amores en su amor originario: es en ella donde, por así decir, ama a sus hijos. Por amor a ella, su amor se abrió a esos cinco amores nuevos, y así esos hijos son testigos al tiempo que garantes de su amor por ella. Y al amarla hoy no puede dejar de amarla con el amor enriquecido de los cinco hijos que ella le dio por amor. Se asoma, entonces, otra verdad esencial: el amor es unitivo; sólo lo que el amor une está de veras unido. Se da así una suerte de "mutua inmanencia" de los amores en la enriquecida, en la plural simplicidad de un único amor. Y de este modo vemos colmarse un maravilloso itinerario en que el amor algo "egoísta" de dos crece hasta hacerse amor de comunión en la familia, que por eso es imagen del amor del Padre y el Hijo en el Espíritu.

Un autor medieval, Ricardo de San Víctor, al exponer el misterio de la Trinidad, decía que el amor no es perfecto (ni por tanto digno de Dios) hasta que no aparece un tercero en la relación de dos amantes. Sin un co-amado (un "con-dilecto"), los dos amantes no tienen cómo expresar ni con quién compartir la alegría de tener cada uno el amor del otro. Análogamente, el amor del hombre no crece si pretende cegar el camino de entrega, de servicio y de generosidad que lo abre a la fecundidad del "con-dilecto". El amor quiere seguir amando.

¿Qué es, entonces, ese "oculto destino divino del amor"? Es una genialidad, una "maestría de Dios" que busca la manera de hacernos felices a pesar de nosotros. Puesto que nuestra felicidad, a imagen de la Palabra hecha carne, el verdadero hombre Jesucristo, está no en "guardar la vida" sino en darla por amor (¡somos semillas de esa Palabra!), el Creador puso en lo más íntimo de nuestro corazón la llamada del amor, esa pasión irrefrenable, ese deseo insaciable, esa fuerza incontenible. No hay quien se le resista. Cuando nos enamoramos, como si una gran ola nos arrastrase, entramos en su poderoso dinamismo. Y si bien en nuestro corazón no estamos buscando sino nuestra felicidad, en el camino del amor "acontece" la familia (los hijos, los nietos…), obra maestra del amor de Dios para que al final vivamos cumpliendo aquello de "no vivir para nosotros mismos" y estemos de continuo velando por los demás, y dando la vida con generosidad, que es la manera de alcanzar la felicidad, de vivir eternamente.

Era cierto, pues. El amor humano nunca es sólo humano. Si no reprimimos su dinamismo natural, el amor acaba revelando sus rasgos divinos. Oculto en todo amor humano, hay un designio secreto a través del cual Dios enseña a los hombres el amor verdadero y conduce a todos hacia la comunión eterna de sí mismo. Es verdad: "el amor viene de Dios" (1 Jn 4, 7). Y Juan Carlos Dávalos lo entendió.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Padre Domingo Miner. A su querida memoria.


Ayer, a la llegada de la beatificación de Ceferino Namuncurá, me encontré, de golpe, con la triste noticia de que había muerto el Padre Miner. El querido Padre Miner, a quien ninguna palabra puede describir sino esa cara sonriente que me presta Marcos Maurette. ¡El Padre Miner...! Ese amable receptor de los inconfesables pecados del verano; el mismo que en vez de darte la penitencia -con inconfundible síntoma de santo- te decía: "rezá mucho por mí". La misericordia del Padre Dios a domicilio, paseando por el parque de La Victoria. Creo que no volveré a encontrar a un cura que en sus vacaciones celebre tres misas dominicales y confiese la cantidad de gente que él confesaba.
Miner fue para mí, además, un vínculo con mis antepasados. Si hoy puedo definirme sobre todo como un "heredero" eso ha sido en gran parte gracias a él. El gris árbol genealógico cobraba vida y verdor en su memoria amante. De sus labios conocí quién había sido mi tatarabuelo -su "don Martíng"- y aprendí a quererlo como si yo mismo lo hubiera conocido. Su devoción inocultada por nuestra familia, sin embargo, nunca pretendió competir con el cariño paternal que lo unía a la multitud de sus exalumnos... Porque el Padre tenía esa fineza en el amor (reflejo del Tata) que hacía que cada uno se sintiera un poco su preferido. Como en el corazón de Dios, en el suyo cabía cada uno de nosotros por su nombre. No importaba que yo fuera ya de la quinta generación de Pereyras que conocía. Todos nos sentíamos "de primera" cuando ingresábamos en la partitura orante de su voz tanguera... ¡Con qué ansiedad (e inconfesa vanidad) esperaba el domingo de enero en que mi nombre sonaría en las blancas paredes de la capilla de Cangallo, entre los de los demás parientes que cumplían años! ¿Qué hace, Padre, que nunca haya dejado de resonar en mi corazón ese apodo que una vez pronunciaste en una misa en la casa grande: "Crístian, el nietito de Jaime"...? ¿O, años después, el que le regalaste a mi abuelo Tatá -"Jaime el bueno"- como el mejor de los halagos y el más logrado de sus epitafios...? Y es que las palabras dichas con amor se graban en el corazón. No hay vuelta que darle.

Mil recuerdos se agolpan, pero sobresalen los del oído... Esa manera enfática de pronunciar las oraciones de la Misa que desde chiquito amé imitar: "El Señor esté con vosotros"; "Reconociendo que no sólo nos liamamos, sino que verdaderaménte somos hijos de Dios..."; "el que desee comulgar y todavía no haya colocado la hostia, puede hacerlo en este momento...", y su famosa despedida, que es como un testamento espiritual impreso en el alma: "Hermanos, volvamos a nuestra vida diaria para amar y servir a Dios y al prójimo."

Dios me concedió el haber podido aprovecharlo bastante. Pude tener charlas largas con él, sobre su vida, su infancia, su vocación... Hasta me dí el lujo de hacer algo que creía ser un privilegio de los tíos viejos: llevarlo en auto desde el campo hasta La Plata, en un memorable viaje que hicimos con mi amigo Jara. Y por fin, hace cosa de un mes, cuando me enteré que ya su hora se acercaba de entregarse del todo a Dios, tuve la gracia de verlo en el sanatorio con mi hermano Pato. Y, como la mejor de las despedidas, nos dejó su última bendición en nuestras frentes.

¡Padre Miner...! Hoy que voy a los tumbos, luchando por conservar el don de Dios y peleando mi vocación cada día, pienso en vos y siento que me das desde el cielo una palmada, como después de esas confesiones en el campo... Me acuerdo de la pregunta que me disparaste en el sanatorio la última vez: "Cris, ¿cómo van tus estudios?"; de tus voz quebrada por las lágrimas cuando me llamaste porque entraba al Seminario; del reloj que Abuelo Pereyra pensó para un nieto sacerdote y que vos me regalaste como una confirmación ancestral de mi vocación... Ahora, cada vez que vuelva a mirar esa foto tuya celebrando misa en Tandileofú que tengo en mi cuarto, sabré que estás así, como siempre, rezando por nosotros en el altar del cielo, pronunciando nuestros nombres ante el Padre, que por vez primera los oye con acento de arrabal...

Rezá por mí, Padre Miner. Y, si me ayudás a ser un cura fiel y bueno como fuiste vos, ya que no he podido compartir con vos el altar acá en la tierra, podremos celebrar juntos la gloriosa liturgia celestial, o en el Ayacucho Eterno (¡que se pone lindo...!) compartir un copetín y un vinito bajo la parra de Las Overas, que es como decir lo mismo.

jueves, 25 de octubre de 2007

Décima de Completas (estilo "ad completorium")

Ya la luz del día ha muerto;
crece oscuro el horizonte,
y, como un sepulcro, el monte
se quedó mudo y desierto.
Yo, Señor, que vuelvo experto
de cansancios y tristeza,
yo, que bajo esta corteza
traigo el corazón deshecho,
vengo buscando tu pecho
para apoyar mi cabeza.

jueves, 11 de octubre de 2007

Composición tema libre. "Panza arriba y cara al cielo."

A Pablo.
«Cada vez que voy al "Rodeo", hay por lo menos dos horas de mi estada (por lo general, el último día) que me las reservo para salir a caballo por el campo, solo. "El Rodeo" es un campo chico, y bien puede recorrérselo, usando la huella habitual, en muy poco tiempo y al tranco, sin recurrir al "galopito". No obstante, en estas deliciosas salidas mías, me aparto del camino de siempre, y me dedico a ir al paso, costeando algún alambrado, las manos juntas sobre la cruz de mi caballo, casi dejándome llevar según los antojos del animal, preferentemente por esos potreros – ¡ay! cada vez más raros- que el arado perdona y Dios bendice de pajonales, flores y mil yuyos. Y mi espíritu, como acoplado al errar caprichoso del matungo, flota a rienda suelta por el aire como una flor de cardo a la deriva. En realidad nunca sé bien si mi ánimo se adapta al andar del caballo, o es el caballo el que obedece a la voz de mi alma.
En la vida urbana no faltan, para quien sabe encontrarlos, momentos de relativo silencio y soledad que son ocasión espléndida para la contemplación. Pero es necesario estar en la mitad de un potrero no ya para sentirse, sino para saberse solo: solo bajo el silencio del cielo y la voz del viento, mirado únicamente por la hacienda, los bichos del campo y Dios. Es extraño, sin duda, que de pronto algo tan vasto como el cielo y algo tan inmenso como la pampa se conviertan en un sagrario de la intimidad. Es ciertamente raro caer en la cuenta de que en la anchura del campo uno está más al resguardo que tras la puerta cerrada de su propio cuarto. La experiencia única de gozar la intimidad a campo abierto lo hace a uno conocer esa sutil latitud en que se juntan el universo misterioso del propio corazón y el universo insondable del mundo. Uno se detiene azorado ante el infrecuentado cruce del microcosmos y del macrocosmos: el hombre y el mundo. (Fue un día así que lo descubrí: Ayacucho ya no es Ayacucho. Ayacucho es el mundo).
Esta vivencia (de la que hoy tantos hombres están privados) desata en uno reacciones impensadas. Algunas veces me dio por galopar locamente por el potrero y gritar... Rienda suelta, cara al viento, cantando a los gritos la alegría de estar vivo: un poema a la libertad. Otras veces –las más- opté por esa morosidad errante, por esa desidia premeditada que antes describí. Entonces el caballo se frena a comerse una flor de cardo, y yo me permito "tildarme" un buen rato, con la boca abierta, pensando en nada, mirando los líquenes de una varilla rota, o jugando a ver hasta dónde se acercan las vaquillonas a curiosear... Muchas veces me subí a lo alto un molino y me quedé admirando la sedante inmensidad de la llanura, adivinando las certezas del mapa en el misterio del horizonte: acá el arroyo Las Chilcas, allá las mesetas de Balcarce, allí los campos de Napaleofú...
No existe remedio mejor para conseguir una higiene mental exhaustiva: es como una nebulización del alma.
***
Una de esas veces me fui hasta el fondo del campo, al "Monte de Nietos". En ese potrero había un pastizal tan alto, tan verde, profuso y abundante que -confieso- daba lástima no ser vaca para poder comerlo. El cielo toleraba sólo las poquísimas nubes que bastaban para apreciar justamente su azul purísimo. Corría un viento fresco del sur, que despeinaba la pastura para que en su revés verde clarito brillara más el sol y se destacara mejor el cielo. Era una tarde de diciembre inmejorable: mi sola pena era saber que el tiempo se la estaba comiendo con la inexorabilidad del segundero. Entonces, dispuesto a no dejar que esa felicidad galopante me fuera quitada, bajé de un salto del caballo, lo dejé suelto –seguro de su mansedumbre- y, abriendo los brazos, me dejé caer, cuan largo era, en ese mullido abrazo vegetal.
Echado panza arriba, me dejé estar un rato largo (¡qué relativo es el tiempo de la felicidad!) en esa cama silvestre, envidia de reyes asiáticos. Por momentos cerraba los ojos, respiraba hondo y gozaba con fruición la caricia del viento en mi frente, la frescura blanda de los pastos, el sinfónico perfume de las flores y el rotundo placer –prosaico tal vez- de estar acostado, en posición anatómica, como posando para un nuevo estudio de Leonardo. Luego, abría los ojos, y sumergido en el cenit, me perdía de buena gana en el remolino azul del cielo hondísimo. Y fue esa tarde que entendí, con los antiguos, que hay aguas en el espacio celeste. (Y me reí –me reí fuerte- de Galileo, de Newton y de las ciencias exactas). Fue una experiencia tan densamente linda que melló perennemente el metal de mi recuerdo.
***
"Panza arriba". Últimamente, de tanto insistir con ella, un amigo me ha hecho pensar mucho en esta frase. "Panza arriba". No suena bien, no. Pero un placer auténtico, una experiencia "trascendental" (si eso quiere decir "verdadera-y-buena-y-bella") puede redimir esa expresión, en apariencia tan vulgar. "Panza arriba" es otra manera de decir "cara al cielo". Aquella tarde de primavera y viento sur en Ayacucho permite que veamos resplandecer el oro oculto de esta frase injustamente ennegrecida, manoseada groseramente por la holgazanería, por el vicio, por el exceso y la resaca, por la heliolatría impúdica de los veranos, por la violencia, por el egoísmo, por la depresión.
Un hippie del Parque Lezama durmiendo al sol panza arriba no es tal: es un filósofo realista. Cualquiera que se tiende panza arriba en el pasto está diciendo –quiéralo o no- que la tierra es su hogar, que el cosmos es su casa, que el mundo es bueno, que el universo es creación, que todo está, al fin y al cabo, en las manos de Dios. Pues ¿hay, acaso, expresión más grande de confianza que la de estarse echado panza arriba? No hay postura humana en que nos mostremos más vulnerables... Ni siquiera los inermes recién nacidos saben exponerse así, guarecidos instintivamente en el inocente ensimismamiento de su posición fetal. Acostarse boca arriba es un acto de fe, es una profesión pública de que el mundo es bueno, de que la vida es bella, de que Dios está. Panza arriba es la posición del reposo, del descanso, del sueño. Y éstos, en sus mejores ejemplares, son formas de decirle que sí al mundo, de aquiescerse como el Creador en la bondad circundante: "y todo estaba muy bien". Nadie puede dis-tenderse panza arriba, nadie puede descansar cuando no tiene asegurada la confianza. Por eso duerme "cada carancho en su rancho": nadie puede abandonarse indefenso si no se siente realmente "en casa". En la casa de uno, esto es fácil.
Un amigo mío muy querido, casi siempre que viene a visitarme, tiene la pésima costumbre, apenas llega, de sacarse los zapatos y tirarse en mi cama. Después de un tiempo me di cuenta de que su hábito era el mejor de los regalos, el más fino de los halagos. Una de esas veces me dijo que no tenía ganas de hablar, que venía a descansar, nomás. No hace falta decir nada: eso solo es un himno a la amistad. Quiere decir que el amigo es otro "hogar", otro chez moi, un lugar donde uno se sabe aceptado y querido, y entonces un sitio en que uno realmente puede descansar.
Porque es el amor -solamente el amor- el que quita el miedo y da seguridad: sólo cuando uno se sabe querido puede bajar la guardia, tirarse boca arriba y dejarse estar. Así sucede también con el hombre y la mujer en la cumbre del lenguaje corporal del amor: cuando la vergüenza ha sido "absorbida" por el amor (Karol Wojtyla) la mujer puede abandonarse, tendida, a los brazos de su marido.
A la luz de estas ideas podemos también asomarnos a la verdadera gravedad de la inseguridad, tan antigua, tan actual... Si experimentar la belleza de la vida puede hacernos sentir que el mundo entero es "casa", no es menos cierto que experimentar la violación, la inseguridad y la profanación de la intimidad puede llevarnos a existir de modo que no nos sintamos "en casa" ni siquiera en las cuatro paredes de nuestro dormitorio. Así viven miles y miles de personas. Ellas no saben de la belleza de vivir "panza arriba", pero tampoco son culpables si sólo han conocido el "panza arriba" excedido y enfermo de la evasión desesperada. ¿Y con ellos –que mañana podemos ser nosotros- qué hacemos? ¿Qué hacer cuando las seguridades ya no están? ¿Qué hacer cuando ya no queda nadie en quién confiar?
En una tarde oscura de Palestina, hubo un hombre que dio una respuesta definitiva a esta pregunta acuciante, "tan vieja como la injusticia". Ese hombre se llama Jesús de Nazareth. Podemos verlo: también él está panza arriba, con los brazos abiertos, desnudo ante los verdugos y una gentuza vulgar, curiosa, ansiosa de sangre y de show. Lo acusaron y sentenciaron injustamente, por envidia. Es el colmo de la indefensión y de la vulnerabilidad. De hecho, están torturándolo, clavándolo vivo en una cruz. Mira a su alrededor y ve esos miserables rostros que contorsiona el odio y palidece la envidia: no hay miradas de amor en las que pueda descansar: sus amigos, dejándolo solo, se han escapado. Nunca estuvo tan solo. Él, sin embargo, está panza arriba, con ese abandono, con esa entrega, con esa confianza de siempre... La misma seguridad con la que se tiraba a dormir la siesta entre las multitudes, en las colinas verdes de su Galilea; la misma serenidad con la que se dejaba adormecer por las olas en la barca de Pedro... Y con esa mansedumbre inverosímil, Jesús se dejó llevar a la muerte. Sólo se oyó una oración desgarradora que quedó como colgada en el aire de esa tarde: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu." Y con esa misma docilidad, tres días después, se dejó levantar por su Padre, como un nuevo sol para un mundo nuevo. Acostándose tendido en la cruz, Jesús hizo del instrumento nefasto de la muerte el lecho nupcial de la alianza de amor entre Dios y los hombres. Jesucristo, que es la Palabra eterna de Dios, nos ha mostrado, sin palabras, un amor que llega hasta la muerte y la atraviesa: un amor más fuerte que la muerte. El Resucitado nos enseña que cuando se disipen todas las seguridades de este mundo, cuando ya nadie sea "hogar" y "descanso" para nosotros, cuando ya no tengamos ni siquiera un mísero "lugar", cuando el universo entero parezca sernos hostil, entonces habrá que animarse al último "panza arriba" de la vida, porque es el momento de descansar en los brazos de Dios -sólo en lo brazos de Dios-, del Padre de Jesús, del "Padre nuestro". Y entonces nuestra "casa", nuestro lugar de reposo - nuestro Ayacucho, por qué no- será para siempre el corazón de Dios.»
***
(Y hablando de Ayacucho, terminé hablando de Dios...)
Señor Jesús, Palabra viva de Dios, te pido que así como me concediste conocer tu presencia creadora en el descanso gozoso de una tarde campera, me concedas experimentar tu fuerza redentora en el descanso sufriente de la tarde de mi vida, para que pueda compartir tu suerte y gozar para siempre panza arriba en los pastos inefables del Ayacucho eterno. Amén.

domingo, 30 de septiembre de 2007

UN APLAUSO PARA EL ASADOR


Hace unos días, en Ayacucho, se murió Pocho Moyano. Un peón de campo jubilado. No sabemos bien cuándo fue; nadie nos lo supo decir: murió tan pobremente que a su muerte sin fecha ya no le corresponderá un aniversario. Pienso, sin embargo, que la intemporalidad oscurísima de su partida se emparenta un poco con la actualidad lucera de la eternidad.

Porque Pocho, en su particular fisonomía, pero al mismo tiempo trascendiéndola, fue además de una persona, un símbolo.

El gaucho argentino, el que quedó cristalizado en el Martín Fierro, se extinguió juntamente con su hábitat original. Con todo, el destino le dio sobrevivir a través de personas-símbolo que han ido encarnando sucesivamente muchos de sus rasgos. Lo de Segundo Sombra, en el novecientos bostezante, se trataba ya de una encarnación poderosa, y por eso tan atractiva, de ese gaucho arquetípico. Pocho, en otros tiempos y en otras proporciones, fue una de esas figuras en las que el gaucho pervivía. Hasta la semana pasada.

Pedro José Moyano -tal era su nombre- decía que había nacido en Labardén, provincia de Buenos Ayres, en los criollos pagos del Vecino, entre Ayacucho y Maipú, y se crió en el campo -decía-, en una familia de trece hermanos. Digo "decía" para que el lector racionalista pare las orejas, porque él decía muchas cosas... muchas cosas la mayor parte de las cuales nunca tenía, ni pretendía tener, un correlato verificable. Claro, eso para la gente se explica diciendo que era medio "bolacero"... Pero no, señor: los hombres que además de personas son símbolos tienen, por derecho propio, la facultad de autoinventarse un poco. Ellos saben que tienen en la vida un personaje por construir, y como realmente son ese personaje, sus bolazos -sobre todo los relativos a su propio origen- son tan reales como el registro civil. Y en rigor, mucho más.

Pocho fue siempre solo y andador. En estos paisanos nunca puede saberse si fueron solteros por ser andadores, o andadores por ser solteros. Nadie le conoció mujer, y sus cosas -decía- estaban dispersas por donde lo había llevado la vida: ese mueble lo tenía en Sevigné; aquella guitarra había quedado en Dolores; la "acordiona" la había dejado en lo de su hermano...

Yo lo conocí de chico, cuando entró a trabajar (primero de mensual, después de peón) en "El Rodeo". Pocho se dedicaba al parque del "chalé", cortaba el pasto, limpiaba la pileta, hachaba leña para sacar las astillas de las estufas y la chimenea, nos hacía los asados, y daba una mano en el campo: con el tractor, recorriendo y ayudando en los trabajos de hacienda. Conocí a Pocho cuando despertaba a mi propia personalidad, y entonces fue él el instrumento elegido por la providencia para dejar en mi ser la huella indeleble del gusto campero, el carácter sacro de la identidad criolla.

Pasé con él días enteros de eneros largos. Uno de esos veranos, cuando mi familia se volvió a Buenos Ayres, me quedé a vivir con él en su casa como dos semanas. Fueron días imposibles de olvidar. Más tarde, cuando crecí y dejé de seguirlo fascinado, y cambié los camperos madrugones por las horas de contemplación, mate y lectura en la galería, me acostumbré a oír su reproche profético: "dejá de lér cosas del Papa, Crí, que vah'a terminar entrando pa' cura..."

Después de los trabajos del día, Pocho volvía a su casita, y ahí parecía otra persona. La cocinita de su rancho era como su lugar en el mundo. Le encantaba quedarse a oscuras tomando mate dulce mientras en la cocina a leña calentaba algún exiguo pedazo de carne (de ésa que nunca comen los "ricos": lengua, cabeza, y algo, sí, de "pulpa"). He ido a visitarlo mil veces justo a esa hora. De afuera, uno creía que ahí no había un alma, hasta que se acercaba mucho y sentía el perenne murmullo de su radio. Entonces le pegaba el grito: "¡Pochito...!". Todavía puedo oír con claridad indefectible el quejido, y después el golpe, de la puerta mosquitero cuando se abría, y tras ella la acostumbrada bienvenida hostil: "¡Quién é!" (Porque a Pocho le encantaba hacerse el hosco, como un perro gruñón. -Era un rasgo esencial de su personaje-.) En la penumbra hermética de la noche, sólo percibía su voz ronca y el parpadeo lento y furioso de su cigarrillo. El pucho -el "cigarro" como él decía- fue el más estable de sus compañeros. Sus labios nunca se vieron privados del beso insaciable del tabaco. Pero yo le conocí otra compañía, que fue un cuzquito negro que un buen día apareció en su casa: "el negrito". Pocho le hablaba cambiando la voz, como las madres les hablan a sus bebitos: le decía, recordando una ranchera vieja: "¿neguito, querés café?" Y cuando en su radio, que no ignoraba un solo programa de folklore de doscientos kilómetros a la redonda, pasaban un chamamé, Pocho lo agarraba de las manos y lo sacaba a bailar, mientras zapateaba. Después el negrito se murió, y no le quedó más que la radio y el cigarro.

Sólo cuando iba a visitarlo, a las cansadas, prendía un farol de gas que había sido del "chalé" (como casi todo su mueblerío, hecho de lo que nosotros tirábamos como inservible). Y, a la magra luz de ese único farol malhumorado, pasábamos horas tomando su vino marca "Gual" (vino sólo potable con "cubitos", como decía él, que siempre sostuvo que el vino puro le "caía mal"). Pocho, con no haber aprendido jamás a tocar un instrumento, guardaba en el ropero de su "pieza" una guitarra bastante decente, con un cuero de víbora adentro "pa' que no se destemple". Con ella yo le cantaba milongas, estilos, cifras, zambas, chacareras y todo lo que me pidiera. Pero como para él cantar bien era cantar fuerte, creo que nunca le parecí buen cantor. (Su máxima ponderación era para su "finao mi hermano", que "la hacía'blar a la guitarra" y tenía una voz que tapaba las guitarras de los que lo acompañaban... ) De hecho, me interrumpía seguido, para comentarme cualquier cosa de las que se habla en el campo: que justo había salido tal número de la quiniela, y él había pensado jugarle a ése porque era el de la chapa del "coche del dotor" (papá): "qué... capaz que si le jugaba no salía nada..."; o del "asidente" que hubo en Mar del Plata (-"¿qué, no lo sentiste, Crí?"-); y por supuesto, que en Tandil "llovieron cuarenta, y acá en lo Rodrígue dice que cayeron veinte, nomás..." Y yo tenía más ganas que él de escucharme a mí mismo... -"¿Y no sentiste, Crí, la milonga que le hizo Carlito Esferra a Favarolo?... ¡Pá...! "

Pocho, el huraño solterón que amaba su cocina oscura, tenía sin embargo el arte de iluminar con su alegría la cara de los demás. Para las fiestas y los asados se empilchaba: se peinaba con un jopo (una verdadera artesanía de canas y gomina), se ponía una camisa blanquísima, bombachas negras, un tirador lleno de monedas y una rastra muy linda de iniciales "emprestadas". El lujo campero de un peón. Solía llevar una bota "pamplona" con vino, y la hacía besar por todos los comensales invitándolos a decir "gregorio" y "chajá" mientras echaban el trago. Su bondad con los chicos, para quienes siempre guardaba caramelos en los bolsillos, creció hasta el heroísmo cuando mi hermana Loli, con apenas dos años, se ahogó en el bañadero abandonado de la manga de vacas. Pocho siempre recordaba cómo aquel 25 de febrero rompió la ventana del cuartito cerrado de la manga para sacar palos y orquillas con los que poder buscarla. En adelante, Loli, que se salvó de milagro, fue para él "la nena", sin más.

Sus asados eran sencillamente únicos. Como dijo mi abuela Mamama, Pocho fue "el rey del cordero al asador". Bajo el imperio de su mano experta, los capones crucificados parecían entregarse de buena gana a la expiación de esa culpa arcana de su raza. Con la pala larga en la diestra, y en la izquierda un vaso de aluminio de contenido indudable, Pocho endomingado, al resplandor de su propio fuego sagrado, era un sacerdote del asado criollo.

Pocho se apagó como morían sus puchos en la noche tiznada de su cocina. Después que se fue de "El Rodeo", cambió las sombras de su casita de la "oriya" del monte por las tinieblas de un ranchito en el pueblo, en las barriadas "del otro lao de la vía", a la altura de la avenida Colón. Luchando con la "prosta" y a la espera de una jubilación irrisoria, compartía sus días con su recia madre, sorda y viejísima, y con una hermanita enferma, a quien los médicos nunca pudieron curar porque "le hicieron un daño, y la que se lo hizo ya se había muerto". Fui a visitarlo allí todas las veces que volví al campo. Terminó su vida en medio de la pobreza. Una de las veces que fui (siempre caía de improviso) se lamentaba de no poder ofrecerme yerba "de marca", mientras la sacaba de una anónima bolsita transparente... Como un tesoro, mostraba orgulloso una foto maltratada del coche de caballos de "El Rodeo", y una foto tamaño carnet de Loli, "la nena", que encontró una vez tirada en el "chalé"... ¿Cuántas y cuántas fotos tenemos de él, de nosotros o del coche de caballos, que habríamos podido regalarle, grandes, enmarcadas....? Pero él, como un nuevo Lázaro, no tenía sino las migas que caían al piso de la mesa de los ricos.

¡Pocho! ¡Cuántos recuerdos se aprietan en la manga del recuerdo! Verte desfilar con paso marcial en la costa del alambrado con la máquina de cortar pasto, al compás inconfundible del motor Villa... Mirarte con asombro ordeñar con baquía en esas madrugadas blancas de espuma y escarcha... Sentir tus gritos cuando encerrabas las lecheras, y creer que eran como un canto silvestre más de ese paisaje querido... Oírte cantar esas criollísimas décimas "verdes", redimidas por el vino y la amistad... Escuchar otra vez tu voz querida, como la de otro Adán en el paraíso, nombrando las cosas con el nombre criollo que Dios les pensó: "gorra" en vez de boina, "planta" en vez de árbol, "gajo" en vez de rama, "cerrazón" en vez de niebla... Y los ojos, Pocho, se me "enyenan", preñados de una llovizna tibia.

La última vez que estuve con él, este invierno, entendí que la brasa de su pucho se apagaba definitivamente. Parecía que esta vez la muerte se lo estaba fumando a él a pitadas hambrientas. Lo despedí con un nudo en la garganta y la promesa de volver...

Y no volví, Pocho. No te pude volver a visitar. Quise ir hace tres semanas, y como venía un amigo lo "pateé". Quise ir la semana pasada, y me enfermé. Soñé (lo soñé toda la vida) con arrimar el calor de un Sacramento a tus últimos momentos, y no llegué. Pocho, no cumplí la promesa que me hice más a mí mismo que a vos. No te pude volver a ver. Pero recibí en el corazón la herencia más rica que un hombre, por pobre que sea, puede dejar: el regalo cierto y fiel de tu amistad sincera. Y a ésa la llevo -y la llevaré- "sacramente", al decir de Güiraldes, "como la custodia lleva la hostia".

Queda en toda la familia Achával tu queridísimo recuerdo, como guardamos en el paladar memorioso el gusto sublime de tus corderos. Pocho, el Dios que conozco es un Dios que me quiere feliz: por eso mi cielo, como mi vida, va a ser "Dios y Ayacucho". Y si es cierto (¡claro que sí!) que el "Cordero de Dios" nos prepara un "banquete celestial", yo sé, Pocho, que en el Ayacucho del cielo nos volveremos a ver todos, sentados en ronda con mi abuelo Tatá (tu "Don Jaime") y con Juan, en la comunión de un asado eterno, donde ya no te "caiga mal" el vino flor de la alegría sin soda ni "cubitos". Y hoy, como trepando con el incienso -el "calmante aroma"- de tu noble vida, sé -lo oigo, lo siento- que llega hasta el cielo, y agrada a Dios, el homenaje unánime de todos los que te conocimos: "¡Muy bueno, Pocho! ¡¡Un aplauso para el asador...!!"

domingo, 16 de septiembre de 2007

"Si no es Dios, no te salva. Si no te salva, no es Dios"

Durante las controversias teológicas del s. IV,
los que defendían, contra los arrianos, la divinidad de Jesús, el Hijo de Dios,
tenían como lema: "si no es Dios, no puede salvar".
Creo que también es bueno pensar la contracara de esa verdad: "si no te salva, no es Dios".
Puede no haberlo sido -ni serlo- para otras culturas y religiones,
pero, "en cristiano", ambas realidades son inseparables.


Hace unos días volví a ver a uno de mis exalumnitos. Se le había muerto un amigo, un compañero de colegio. En su cara había casi más de azoramiento que de tristeza. A los veinte años uno apenas si sabe conjugar el verbo "morir". Lo ví a la salida de una misa, la tarde misma del hecho. Después de un abrazo y de las palabras ansiosas del rencuentro, me contó que desde que había terminado el colegio prácticamente se había alejado de la Iglesia. Pero que esa tarde, durante la misa y el espontáneo encuentro de oración que la siguió había sentido como nunca que su dolor era acogido, que sus lágrimas no caían en el vacío. Y que movido por esa renacida convicción había vuelto a confesarse después de años.
"Qué lindo", pensé al principio, "un reencuentro con Jesús". Pero más tarde pensé que no, que en el fondo la palabra "reencuentro" no servía. Este amigo mío se estaba encontrando por primera vez con este Jesús. Este joven amigo mío, desde el fondo de su tristeza, encontró el verdadero rostro de Jesús, el rostro del Dios que salva, del Dios que por haber sabido amar hasta el extremo sabe por experiencia propia qué es sufrir. Y por eso este joven amigo mío sabe mucho más que yo, que no puedo sino aprender de su testimonio. Si es cierto que Jesús es el Salvador -el nombre "Jesús" quiere decir "Yahveh salva"- uno en el fondo sólo conoce al verdadero Jesús cuando experimenta la necesidad de ser salvado. De hecho, cuando los primeros cristianos tuvieron que resumir el Evangelio al mínimo, uno de los dos títulos que le aplicaron a Jesucristo fue el de "Soter", Salvador: "Iesous CHristos THeou Yios Soter" -ichthýs-.
Como dice un salmo: "El Señor es benigno y justo, estando yo sin fuerzas me salvó" (Sal 114), la salvación no puede vivirse sino cuando somos conscientes de nuestra debilidad, de nuestra impotencia. Esta necesidad, esta dependencia es en todos nosotros algo radical, algo congénito... Está ahí. Lo difícil es aguantársela sin taparla, sin vestirla, sin disfrazarla... Pero si nos decidimos a vivir en la verdad de nosotros mismos, seremos tanto más conocedores de nuestra debilidad fundamental, y entonces, ya más cerca de nuestro verdadero rostro humano, encontraremos más fácilmente a Jesús, "rostro divino del hombre, rostro humano de Dios".

domingo, 19 de agosto de 2007

Del silencio que hace hablar

Tengo, de mis años de guitarrero, una experiencia muy mía: siempre me costó cantar en público, sobre todo estando solo. De chiquito sufría cuando ante mi resistencia me decían que "me hacía rogar"... Es muy feo tener que hacer por obligación algo tan profundo e íntimo como cantar : parece que a uno le arrancaran a la fuerza algo que no está dispuesto a entregar, algo muy suyo, para exponerlo después obscenamente.
Sin embargo esto no es excluyente: lo cierto es que también conozco el gozo indecible de cantar, tanto que comparto la opinión de Juan Carlos Saravia, que dice que si no pudiera cantar se sentiría el hombre más infeliz del mundo... Sé del placer de cantar sin más, de cantar por el cantar mismo, de cantar fuerte, claro y gratis: derecho que ejerzo principalmente cuando camino por la calle, cuando me baño, o cuando alguna vez me sucede barrer o limpiar o hacer alguna labor manual. Pero si ya en esto encuentro un gozo muy grande, éste se vuelve rigurosamente inefable cuando puedo no ya cantar, sino cantarLE a alguien, cantar para una o más personas que me escuchan. Me acuerdo de haber estado, en no pocas ocasiones, tocando y cantando sin parar por horas y horas (casi siempre, eso sí, en la irresistible comunión de la noche, el fuego y el vino).
Esta contradicción en mi interior muchas veces ocupó mis soliloquios: ¿cómo podían convivir en mí estas tendencias tan opuestas? ¿A qué respondían?
De un tiempo a esta parte empecé a vislumbrar de a poco la respuesta, como empiezan a delinearse las formas con la luz de un amanecer. La explicación a mi canto está en el silencio.
Después de esas guitarreadas de noche entera, volvía a mi casa degustando (junto con alguna retinta borra trasnochada) un intenso sentimiento de gratitud para quienes me habían escuchado. "No, gracias a ustedes... Cantar así sí que da gusto..." Me parecía que ellos, los que me escuchaban, los que me miraban, los que sonreían, los que me pedían este y otro canto, ellos eran los que educían de mí la música, la voz, la intensidad y el color de cada canto. Esa experiencia me enseñó que es rigurosamente cierto eso de que "el artista se debe a su público". De ahí tengo por verdad sabida que el canto es deudor del silencio. Yo, reticente y poco dado, sé que hay un silencio irresistible que es la llave a mi corazón. He oído ese callar expectante, en las miradas, en las manos... Ese silencio es tan indispensable para mi canto como el cielo para el mar, como el fondo para la figura, como la materia para la forma... El silencio atento es sencillamente la condición de posibilidad permanente de la música que brota del corazón. El silencio del otro alimenta ininterrumpidamente la voz del que canta, tanto que cuando ese silencio falta el canto se agosta, se separa de su raíz, se divorcia de su fuente de vida.
Pensando en estas cosas, me remonté al misterio de la palabra misma. Toda palabra, en el fondo, y no sólo la "palabra amante" que es la música, está sostenida por un silencio primordial. Sólo quien hace verdadero silencio le regala al otro el don de la palabra. Sólo callando le permito al otro decir algo y decirse, expresarse tal como es.
Sigo meditando día a día en estas cosas... Pero mi pensamiento va seguido a la Virgen María. Ella fue el Silencio que Dios esperaba para poder decirSe del todo, en su Palabra eterna de amor. Ella, la Señora del silencio, la mujer que callaba y guardaba todo en su corazón, pudo engendrar para nosotros sus hermanos la Palabra de Dios. De ella misma aprendió el niño Jesús a callar para escuchar la voz de su Padre, hasta que llegó el día en que pudo decir categóricamente: "mi alimento es hacer la voluntad del que me envió (Jn 4, 33)". Que de ella aprendamos también nosotros el silencio amante que nos permite oír a Dios y hace hablar a los demás.

sábado, 21 de julio de 2007

El Papa visto por un amigo

Emilio Komar decía que para que nuestros juicios fueran verdaderamente críticos se necesitaba una mirada benévola. Si lo que nos ha creado, si lo que nos constituye, explica y sostiene es la mirada amorosa de Dios, no hay mejor manera de conocer a alguien que amándola. "El amor es la retina más perfecta que existe", escribió una vez Adela Sáenz Valiente de Grondona.
A raíz del motu proprio Summorum Pontificum, y de una declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en todos los medios han resucitado los remanidos eslóganes contra el "malvado Ratzinger"...
Me parece bueno ofrecer otro punto de vista: la mirada de un crítico benévolo, que juzga con la hondura única que da el amor... ¿Quién mejor que un amigo? Es la palabra del cardenal Tarcisio Bertone, actual Secretario de Estado.

La amistad aprendida en la escuela de san Agustín
por el cardenal Tarcisio Bertone


Está escrito en la Biblia que los años de la vida del hombre «son setenta, ochenta para los más robustos» (Salmo 89, 10). Sí, el santo padre Benedicto XVI no solo no aparenta sus ochenta años sino que además entra en la categoría de los “más robustos” por otros motivos. El Señor le ha dotado de una “robustez” realmente excepcional en sentido intelectual y espiritual: no solo por su vasta y profunda cultura teológica, que todos le reconocen, sino también por su exquisita amabilidad que no tiene nada de formal, sino que expresa una extraordinaria atención por cada una de las personas. Es impresionante ver cómo con todas las personas que encuentra, incluso en las audiencias más apretadas, el papa Benedicto XVI intercambia alguna palabra no de circunstancia, sino personalizada. Aún más: el sentimiento de la amistad, que él considera sinceramente sagrada. La amistad con Dios, ante todo, y luego también la amistad humana y fraternal aprendida en la escuela de san Agustín, para quien la amistad ha de ser regada «por la caridad que ha derramado en nuestros corazones el Espíritu Santo, que nos fue enviado y dado» (Confesiones IV, 4, 7). Poseo recuerdos hermosísimos de mi trabajo junto al cardenal Ratzinger ya desde que yo era consultor de la Congregación para la doctrina de la fe, es decir, desde los años ochenta, aún antes de ser secretario de aquel dicasterio. Ante todo quisiera subrayar la claridad de su doctrina, en la siempre elevada nobleza del lenguaje, pero al mismo tiempo su eficaz capacidad de persuasión. Y además su indefectible amistad, una verdadera fuerza, más allá de la volubilidad de los hombres. Como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, el cardenal Ratzinger solía decir que su tarea era defender la fe de los sencillos de las doctrinas ambiguas y erróneas de los llamados sabios de este mundo. El 15 de septiembre de 2006, Benedicto XVI me llamó a colaborar con él como su Secretario de Estado. Había dos certezas que me daban valor a la hora de emprender esta ardua tarea: me iba a guiar la Divina Providencia, y podría contar con la comunión profunda con el Santo Padre y con su sincera confianza. Una comunión que corrobora el compromiso al servicio de la Iglesia y de la comunidad internacional –y por consiguiente de la dignidad humana y la pacífica convivencia entre los pueblos– y que se traduce en leal y fiel colaboración, reforzada por el espíritu sacerdotal y por la caridad pastoral que siempre ha de animar todas nuestras actividades. Así que acepté de muy buen grado la invitación a ofrecer mi aportación para este número de 30Días, dedicado a los ochenta años del Santo Padre Benedicto XVI. Se me da así la posibilidad de expresar en estas líneas los profundos sentimientos de gratitud que siento hacia él. Benedicto XVI conjuga en sí de manera admirable el papel de Maestro y de Pastor. Las raíces de esto están en la singular armonía con que, a mi modo de ver, se conjugan en su espíritu la Verdad y el Amor, dos inseparables “nombres” de Dios que se entrecruzan entre sí y se iluminan recíprocamente. Si este connubio entre doctrina y caridad pastoral es propio de todos los ministros ordenados de la Iglesia, brilla con mayor esplendor en los hombres de Dios que, por especial don del Espíritu Santo, consiguen realizar una síntesis robusta a nivel de pensamiento, que se irradia por consiguiente en el plano existencial.
Verdad y Amor: en cada época la humanidad vive de estas dos realidades y las necesita más que el pan. Pero los hombres y las mujeres de este tiempo nuestro advierten que son una necesidad aún más aguda. A simple vista parecen estar –y lo están superficialmente– distraídos y dispersos en tantas “cosas”, en tanto “hacer”, en tanto “aparentar”. Pero si se mira en lo profundo se ve que el mundo de este comienzo del tercer milenio no sólo sigue teniendo necesidad de Verdad y de Amor, sino que necesita especialmente su unidad. Este es, creo yo, uno de los motivos por los que la Providencia ha elegido como sucesor de Pedro al cardenal Joseph Ratzinger: porque este enseña, y antes aún, da testimonio con su vida que no hay amor sin verdad y que no hay verdad sin amor. No es casualidad que la primera encíclica salida de su pluma arranque precisamente de estas dos palabras que representan la síntesis de toda la Sagrada Escritura: «Deus caritas est –Dios es amor» (1Jn, 4, 8.16). Además existe otra clave de lectura complementaria de la personalidad del Santo Padre que no puede ser dejada a un lado: el nombre que eligió, Benedicto. ¿Quién sino san Benito de Nursia encarna esa síntesis entre contemplación y acción que ofreció una válida respuesta a la gran crisis del tránsito entre el Imperio romano y lo que iba a convertirse en Europa? Hoy estamos atravesando otra larga transición histórica, culminada de manera trágica en Europa en el siglo XX y que tendrá un final aún no definido, pero que será sin duda global, no eurocéntrico. El Señor se vale de muchos de sus humildes y fieles servidores para guiar el destino de los hombres según su designio de salvación; entre estos hay gigantes como los pontífices Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II, pero también santos que vivieron con gran sencillez como la beata madre Teresa de Calcuta, santa Faustina Kowalska, san Pío de Pietrelcina. A ellos se unen innumerables “piedras vivas”, desconocidas para los hombres pero bien conocidas por Dios, que firmemente fundadas en Cristo edifican la humanidad nueva. En este contexto, al frente del timón de la barca de Pedro, después de que el papa Wojtyla la introdujera en el “vasto océano” del tercer milenio, Dios llamó el 19 de abril de 2005 a Joseph Ratzinger, humilde y valiente «servidor de la viña del Señor», como dijo recién elegido, dulce y fuerte «cooperador de la verdad», como reza su lema episcopal. Deseamos de corazón y rezamos para que los frutos de su pontificado sean realmente abundantes, pero ya ahora saboreamos sus primicias y por ello alabamos al Señor.
(Publicado en la revista 30 días)

miércoles, 11 de julio de 2007

Letanías criollas a la Virgen de Luján

Sos laguna donde cabe
todo el cielo en un reflejo,
cruz del sur que desde lejos
señala el rumbo a la nave;
arrullo de brisa suave
en lo alto de la sierra,
sos sin malezas la tierra
que prefirió el sembrador
y sos como el campo en flor
que un alma de miel encierra.

Humilde flor de llanura
que una mañana el patrón
te llevó hasta su balcón
para admirar tu hermosura;
sos remanso de agua pura
donde el sol juega y se baña,
espejo que no se empaña
donde Dios se sabe ver,
tierra que hasta amanecer
tuviste al sol en tu entraña.

Sos la luna que el sol llena
para dejarse mirar,
orilla que al bravo mar
ofreces mansa tu arena;
flor de cardo que en tu pena
al viento ofreces tu herida,
sos la llanura tendida
como un abrazo que espera,
y sos la abierta tranquera
de la tierra prometida.

Sos la música de amor
que el Creador se reservaba
para expresarse sin trabas
en su palabra mejor;
sos del trébol blanca flor
y la estrella matutina,
sos la madre peregrina
que, por brindarnos consuelo,
aunque eres reina del cielo,
quisiste hacerte argentina.

¿Por qué "Ayacucho"?