¿Es posible que la belleza dañe? ¿Cabe pensar que la pureza pueda enfermar? ¿Se puede morir de idealismo?
Y cómo me gustaría decir que no, que no es posible, alejando a manotones la molesta verdad, que zumba persistentemente queriendo metérseme en los oídos y en la cabeza.
Pero ayer murió Luis Poenitz, y entonces debo confesar que es cierto: la belleza puede enfermar.
Y claro, no es que la belleza, de suyo, sea nociva. No es ella, en realidad, la que enferma. Y sin embargo, lo que es innegable es que la belleza hiere. Como el amor. El dardo de la belleza hiende la carne del corazón, como una filosísima cuña de lo eterno que se mete en las frágiles fibras de nuestra finitud. Y el vacío que deja esa estocada en el alma -un vacío insaciable- la pone en un perpetuo estado de intemperie, en una situación de absoluta indefensión. Como la de un enamorado.
Es la enfermedad de los poetas. Y Luis era uno de ellos. Yo lo he visto llorar delante de sus alumnos adolescentes tan sólo con oír leer un verso de Antonio Machado. Teresa Parodi, a quien Luis tanto admiraba, describió este mal de los sensibles como un "andar con el alma en vilo".
¿Cómo hace lo mortal para albergar lo eterno sin estallar? ¿Cómo hace la carne para cobijar el espíritu sin sucumbir? ¿Cómo no enloquecer en medio de las presentes impurezas habiendo experimentado el llamado de la pureza siempre ausente?
Ni don Platón ni don Quijote, nuestros santos patronos, han salido airosos de esta desigual batalla. Sólo el poeta de los poetas, el Verbo de Dios, pudo conjurar este mal -viejo como Adán (que es el arcaico poeta, el primer nombrador)-, con el misterio de su encarnación. Pero nadie, sin una especial gracia del cielo, puede acceder a esa verdad, "escándalo para los judíos y locura para los griegos", y no de un modo sólo nominal, sino de modo capaz de modelar la vida concreta, aquí y ahora.
El problema es cómo hacer para vivir, o mejor dicho, para convivir con esa lastimadura llamada a nunca cicatrizar. Y tenerla siempre limpia, siendo que está siempre abierta. ¿Cómo evitar que se infecte la llaga del corazón?
Será por eso que tantos poetas, tantos verdaderos artistas, terminan enfermándose como terminó enfermo Luis: no pudiendo soportar en la débil carne el ideal, no sabiendo caminar juntos el quijote que los constituye con el sancho que los caracteriza, y disputándose uno y otro, por turnos, el gobierno o desgobierno de la ínsula interior...
Por eso, para protegerse siquiera un poco, el profesor Luis Poenitz se refugiaba, a veces, en una formalidad rayana en el anacronismo, en una circunspección de tono y maneras prestadas (sí, porque natura dio) de Salamanca, donde obtuvo su título más rotundo: "Doctor en filología bíblica trilingüe". Pero bastaba un "rayo de sol" en el bosque oscuro, como en el verso de Pemán que él me hizo conocer, para que toda esa dureza se fundiera en ríos de afecto desbordado.
Lo conocí a Luis en el colegio, a mis quince años, cuando llegó como profesor de Lengua y literatura de 3° año. Fue entonces que nos presentó a Marechal y a Muijica Láinez, otros de su exquisita raza espiritual. En ese año de 1996 murió su padre, el prestigiosísimo historiador académico Erich Poenitz. Me acuerdo que alguien del colegio golpeó la puerta del aula, cuando él nos estaba dando clase, y le dio, en secreto, la noticia: él sólo dijo "perdón", visiblemente turbado, alzó su portafolio y se fue en seguida. Fue la primera vez que entreví su sensibilidad. Lo tuve también medio año más, como profesor de literatura, en 4° año. En ese último año nos hizo conocer a Antonio Machado, Miguel de Unamuno, Pérez Galdós... Y a mediados de 1997 se fue del colegio, sin haber revelado al hombre detrás del profesor.
Fue solo después, gracias la amistad que me brindó su hermano Gustavo -quien fue profesor de Historia los últimos dos años de la secundaria- que me reencontré con Luis (o, me atrevería a decir, que lo conocí por primera vez). Y eso se dio guitarra y canto de por medio, entre milongas de Larralde y chamamés de la Parodi.
Desde entonces, compartimos muchas charlas y caminos. La amistad quedó sellada cuando empezó a visitarme durante la convalecencia del grave accidente que tuve a los dieciocho años. Yo había empezado a estudiar Letras y con cuánto gusto nos demorábamos en interminables disquisiciones lingüísticas.
Cuando, un par de años después, decidí anotarme en la carrera de Filosofía, fue él quien me aconsejó estudiar en la universidad de los padres dominicos, donde enseñaba Latín. Y así, se convirtió de profesor en amigo, y luego, otra vez, de amigo en profesor. Pero estas clases apasionantes (que duraron tres intensos años) ya incluían muchas horas extracurriculares, repartidas entre óperas en el Colón y el Avenida, tardes de sol en Punta Chica, noches de guitarra en Liniers y mate y vino en todas partes. Cualquier tema daba para un día y medio, y de tanto gastar horas conmigo llegó casi a hacerse (con ser de la edad mi padre) amigo de mis amigos y hermano de mis hermanos.
Dejamos de vernos cuando, entrado yo al seminario, él se volvió a su Concordia.
Hoy pienso que fue necesaria y salubre esa separación, pero nunca dejamos de acompañarnos en los hitos importantes (su nombramiento como académico de Letras por Entre Ríos, mi ordenación sacerdotal), y estos últimos años nos vimos puntualmente para febrero, cuando reeditábamos, en apretadas horas de guitarra, mate, libros y fe, el historial entero de nuestra amistad.
No podré dejar de agradecerle cada vez que esté entre mis latines, rezando, leyendo o traduciendo con tanto gusto. Nunca será suficiente la gratitud por haberme iniciado en la ópera, en Pemán... y en el coñac.
Querido Luis, estoy seguro de que nuestro buen Dios guarda un lugar para los perpetuos heridos de la pureza, para los eternos enamorados del ideal, para los que, incluso si pecaron, fue justamente por no poder soportar el martirio cotidiano de sentirse siempre fuera de lugar y de vivir en esta tierra creyendo pertenecer a otro mundo y a otro eón...
Y ahí, amice mi, en una esquina sin ochava y copa de por medio, como en los barcitos de ayer, nos sentaremos, sin tiempo, a seguir con la charla que ayer, 21 de septiembre de 2026, se interrumpió.
****
DIEZ DÉCIMAS A DON LUIS
Desde la pampa de mi alma
-y es pampa también el río-
estoy trepando a las palmas
de mi querido Entre Ríos.
Río arriba el canto mío
remontando el Uruguay,
llevando el cariño que hay
en el llano por el agua:
en gratitud se desagua
mi guitarra a Villaguay.
Del seibo el amor sangrante
manchó mi nórdica flema
y por eso en este instante
siento que el pecho me quema.
Y en un surero poema
hecho en décimas rimadas
te iré dando entreveradas
en el barro algunas flores,
que aunque no sean las mejores
son mías y no robadas.
Vientos del Sud perfumados
y mil mates mañaneros
son los que le han enseñado
a hacer trinos a este tero.
Para hacer un canto entero
es preciso saber mucho
pero tantos santos duchos
lo han de ayudar en la empresa
a un paisano de Ayacucho
que con fe viva les reza.
Y ya con la bendición
busco templar mi garganta
para empezar la canción
que en mi pecho se agiganta.
Cuando es surero el que canta
y de sentires se trata
un bordonear se desata
y aunque el rockero rezonga
brota sola la milonga
de la cabeza a las patas.
En las vueltas de la vida
que son caminos de Dios
la vocación compartida
nos fue juntando a los dos.
Y si se quiebra mi voz
por todo esto que te digo,
no quiero saber, si sigo
ponderando tu amistad,
porque has sido en realidad
más que maestro un amigo.
Como los gauchos reseros
fuiste cambiando de pago
pero a Entre Ríos primero
le debemos el halago.
Y aquí de emoción me embriago
al notar tu semejanza,
por los consejos y andanzas
en la Argentina y el mundo,
con el viejo Don Segundo
(perdoná la comparancia).
Pero el destino que a veces
nos lleva ande no queremos
a vos te pagó con creces
-todos los días lo vemos-
Tus amigos lo sabemos:
renunciaste sin consuelo
al país de tus abuelos,
y con la Patria en las ancas
te nos fuiste a Salamanca
a aquerenciarte a ese suelo.
Borracho de casticismo
y con las alforjas llenas
volviste a este suelo, el mismo
que te había llorao con pena.
Y la figura serena
de mi río, pampa y aire,
cautivó con su donaire
tu corazón castellano,
y te trajo de la mano
a la noble Buenos Ayres.
Y así como el Plata es hijo
del gran río Urugua-í,
vos como yo somos hijos
de la tierra guaraní.
Somos como el colibrí
picafloreando la vida;
cada segundo convida
a disfrutarlo mateando
pa’ terminarlos cantando
en coplas anochecidas.
Por eso es que así te canto
esta milonga campera
pa’ que sepas cómo y cuánto
te agradece mi alma entera.
Y que sepan los de afuera,
que quedarán de testigos,
que lo que hiciste conmigo
no he de olvidarlo jamás:
QUE SE ENSEÑA MUCHO MÁS
SIENDO, MÁS QUE MAESTRO, AMIGO.
Cristián Dodds
(h.)
Punta Chica, 22-23 de noviembre de 1999.

