martes, 22 de septiembre de 2026

Luis E. Poenitz (1956-2026). In memoriam.


 ¿Es posible que la belleza dañe? ¿Cabe pensar que la pureza pueda enfermar? ¿Se puede morir de idealismo?

  Y cómo me gustaría decir que no, que no es posible, alejando a manotones la molesta verdad, que zumba  persistentemente queriendo metérseme en los oídos y en la cabeza.

  Pero ayer murió Luis Poenitz, y entonces debo confesar que es cierto: la belleza puede enfermar. 

  Y claro, no es que la belleza, de suyo, sea nociva. No es ella, en realidad, la que enferma. Y sin embargo, lo que es innegable es que la belleza hiere. Como el amor. El dardo de la belleza hiende la carne del corazón, como una filosísima cuña de lo eterno que se mete en las frágiles fibras de nuestra finitud. Y el vacío que deja esa estocada en el alma -un vacío insaciable-  la pone en un perpetuo estado de intemperie, en una situación de absoluta indefensión. Como la de un enamorado. 

   Es la enfermedad de los poetas. Y Luis era uno de ellos. Yo lo he visto llorar delante de sus alumnos adolescentes tan sólo con oír leer un verso de Antonio Machado. Teresa Parodi, a quien Luis tanto admiraba, describió este mal de los sensibles como un "andar con el alma en vilo". 

   ¿Cómo hace lo mortal para albergar lo eterno sin estallar? ¿Cómo hace la carne para cobijar el espíritu sin sucumbir? ¿Cómo no enloquecer en medio de las presentes impurezas habiendo experimentado el llamado de la pureza siempre ausente?

      Ni don Platón ni don Quijote, nuestros santos patronos, han salido airosos de esta desigual batalla. Sólo el poeta de los poetas, el Verbo de Dios, pudo conjurar este mal -viejo como Adán (que es el arcaico poeta, el primer nombrador)-, con el misterio de su encarnación. Pero nadie, sin una especial gracia del cielo, puede acceder a esa verdad, "escándalo para los judíos y locura para los griegos", y no de un modo sólo nominal, sino de modo capaz de modelar la vida concreta, aquí y ahora.

      El problema es cómo hacer para vivir, o mejor dicho, para convivir con esa lastimadura llamada a nunca cicatrizar. Y tenerla siempre limpia, siendo que está siempre abierta. ¿Cómo evitar que se infecte la llaga del corazón?

    Será por eso que tantos poetas, tantos verdaderos artistas, terminan enfermándose como terminó enfermo Luis: no pudiendo soportar en la débil carne el ideal, no sabiendo caminar juntos el quijote que los constituye con el sancho que los caracteriza, y disputándose uno y otro, por turnos, el gobierno o desgobierno de la ínsula interior...

   Por eso, para protegerse siquiera un poco, el profesor Luis Poenitz se refugiaba, a veces, en una formalidad rayana en el anacronismo, en una circunspección de tono y maneras prestadas (sí, porque natura dio) de Salamanca, donde obtuvo su título más rotundo: "Doctor en filología bíblica trilingüe". Pero bastaba un "rayo de sol" en el bosque oscuro, como en el verso de Pemán que él me hizo conocer, para que toda esa dureza se fundiera en ríos de afecto desbordado.

    Lo conocí a Luis en el colegio, a mis quince años, cuando llegó como profesor de Lengua y literatura de 3° año. Fue entonces que nos presentó a Marechal y a Muijica Láinez, otros de su exquisita raza espiritual. En ese año de 1996 murió su padre, el prestigiosísimo historiador académico Erich Poenitz. Me acuerdo que alguien del colegio golpeó la puerta del aula, cuando él nos estaba dando clase, y le dio, en secreto, la noticia: él sólo dijo "perdón", visiblemente turbado, alzó su portafolio y se fue en seguida. Fue la primera vez que entreví su sensibilidad. Lo tuve también medio año más, como profesor de literatura, en 4° año. En ese último año nos hizo conocer a Antonio Machado, Miguel de Unamuno, Pérez Galdós... Y a mediados de 1997 se fue del colegio, sin haber revelado al hombre detrás del profesor.

    Fue solo después, gracias la amistad que me brindó su hermano Gustavo -quien fue profesor de Historia los últimos dos años de la secundaria- que me reencontré con Luis (o, me atrevería a decir, que lo conocí por primera vez). Y eso se dio guitarra y canto de por medio, entre milongas de Larralde y chamamés de la Parodi.

    Desde entonces, compartimos muchas charlas y caminos. La amistad quedó sellada cuando empezó a visitarme durante la convalecencia del grave accidente que tuve a los dieciocho años. Yo había empezado a estudiar Letras y con cuánto gusto nos demorábamos en interminables disquisiciones lingüísticas. 

    Cuando, un par de años después, decidí anotarme en la carrera de Filosofía, fue él quien me aconsejó estudiar en la universidad de los padres dominicos, donde enseñaba Latín. Y así, se convirtió de profesor en amigo, y luego, otra vez, de amigo en profesor. Pero estas clases apasionantes (que duraron tres intensos años) ya incluían muchas horas extracurriculares, repartidas entre óperas en el Colón y el Avenida, tardes de sol en Punta Chica, noches de guitarra en Liniers y mate y vino en todas partes. Cualquier tema daba para un día y medio, y de tanto gastar horas conmigo llegó casi a hacerse (con ser de la edad mi padre) amigo de mis amigos y hermano de mis hermanos.

   Dejamos de vernos cuando, entrado yo al seminario, él se volvió a su Concordia.

  Hoy pienso que fue necesaria y salubre esa separación, pero nunca dejamos de acompañarnos en los hitos importantes (su nombramiento como académico de Letras por Entre Ríos, mi ordenación sacerdotal), y estos últimos años nos vimos puntualmente para febrero, cuando reeditábamos, en apretadas horas de guitarra, mate, libros y fe, el historial entero de nuestra amistad.

    No podré dejar de agradecerle  cada vez que esté entre mis latines, rezando, leyendo o traduciendo con tanto gusto. Nunca será suficiente la gratitud por haberme iniciado en la ópera, en Pemán... y en el coñac.

   Querido Luis, estoy seguro de que nuestro buen Dios guarda un lugar para los perpetuos heridos de la pureza, para los eternos enamorados del ideal, para los que, incluso si pecaron, fue justamente por no poder soportar el martirio cotidiano de sentirse siempre fuera de lugar y de vivir en esta tierra creyendo pertenecer a otro mundo y a otro eón... 

    Y ahí, amice mi, en una esquina sin ochava y copa de por medio, como en los barcitos de ayer, nos sentaremos, sin tiempo, a seguir con la charla que ayer, 21 de septiembre de 2026, se interrumpió.


**** 

DIEZ DÉCIMAS A DON LUIS


Desde la pampa de mi alma

-y es pampa también el río-

estoy trepando a las palmas

de mi querido Entre Ríos.

Río arriba el canto mío

remontando el Uruguay,

llevando el cariño que hay

en el llano por el agua:

en gratitud se  desagua

mi guitarra  a Villaguay.


  Del seibo el amor sangrante

manchó mi nórdica flema

y por eso en este instante

siento que el pecho me quema.

Y en un surero poema

hecho en décimas rimadas

te iré dando entreveradas

en el barro algunas flores,

que aunque no sean las mejores

son mías y no robadas.


Vientos del Sud perfumados

y mil mates mañaneros

son los que le han enseñado 

a hacer trinos a este tero.

Para hacer un canto entero

es preciso saber mucho

pero tantos santos duchos

lo han de ayudar en la empresa

a un paisano de Ayacucho

que con fe viva les reza.


  Y ya con la bendición 

busco templar mi garganta

para empezar la canción 

que en mi pecho se agiganta.

Cuando es surero el que canta

y de sentires se trata

un bordonear se desata

y aunque el rockero rezonga

brota sola la milonga

de la cabeza a las patas.


   En las vueltas de la vida

que son caminos de Dios

la vocación compartida

nos fue juntando a los dos.

Y si se quiebra mi voz

por todo esto que te digo,

no quiero saber, si sigo

ponderando tu amistad,

porque has sido en realidad

más que maestro un amigo.


  Como los gauchos reseros

fuiste cambiando de pago

pero a Entre Ríos primero

le debemos el halago.

Y aquí de emoción me embriago

al notar tu semejanza,

por los consejos y andanzas

en la Argentina y el mundo,

con el viejo Don Segundo

(perdoná la comparancia).


  Pero el destino que a veces

nos lleva ande no queremos

a vos te pagó con creces

-todos los días lo vemos-

Tus amigos lo sabemos:

renunciaste sin consuelo

al país de tus abuelos,

y con la Patria en las ancas

te nos fuiste a Salamanca

a aquerenciarte a ese suelo.


  Borracho de casticismo

y con las alforjas llenas

volviste a este suelo, el mismo

que te había llorao con pena.

Y la figura serena

de mi río, pampa y aire,

cautivó con su donaire

tu corazón castellano,

y te trajo de la mano

a la noble Buenos Ayres.


Y así como el Plata es hijo

del gran río Urugua-í,

vos como yo somos hijos 

de la tierra guaraní.

Somos como el colibrí

picafloreando la vida;

cada segundo convida

a disfrutarlo mateando

pa’ terminarlos cantando

en coplas anochecidas.


  Por eso es que así te canto

esta milonga campera

pa’ que sepas cómo y cuánto

te agradece mi alma entera.

Y que sepan los de afuera,

que quedarán de testigos,

que lo que hiciste conmigo

no he de olvidarlo jamás:

QUE SE ENSEÑA MUCHO MÁS

SIENDO, MÁS QUE MAESTRO, AMIGO.

 

Cristián Dodds (h.)

Punta Chica, 22-23 de noviembre de 1999.