Definitivamente, no nos hace gracia ver el poder concentrado en pocas personas, y menos en una sola. En la base de este sentimiento de anti-monarquía y anti-oligarquía hay una determinada concepción de qué es el “poder”. En el fondo me parece que todos adolecemos en mayor o menor medida de una suerte de “anti-arquía”: el poder es siempre algo negativo. No somos “an-arquistas”, sin más, por el hecho de que consideramos el poder algo indispensable para poder convivir los hombres. Pero entonces el poder es algo así como un “mal necesario”: cuanto menos concentrado, cuanto más diluido, tanto más soportable.
Esta concepción negativa del poder se deja ver en el generalizado miedo "posmoderno" a ejercer la autoridad: los padres no quieren ser padres sino “pares”; los maestros y directores no quieren ser maestros ni directores sino compañeros y amiguitos.
Pero también en la Iglesia se nos ha infiltrado esta noción: de ahí que encontremos muchas veces una verdadera “alergia al poder”, un rechazo visceral a la verticalidad, a los títulos, a los cargos, a las responsabilidades... Uno conoce, a veces, a sacerdotes que no quieren ser párrocos, curas que prefieren no ser llamados “padre” ni distinguirse por su hábito, pastores que se refugian en formas de conducción deliberativas, participativas, comunitarias, etc. para no tener que ejercer la autoridad. La concepción negativa del poder se nota incluso en cómo se concibe, no sólo el poder de la Iglesia, sino el mismo poder de Dios. Para algunos, también éste parece una amenaza... Más de una vez he oído cómo en la oración litúrgica se evita la fórmula "Dios todopoderoso" y se la reemplaza por "Dios todobondadoso", "Padre bueno", etc. Detrás de estas adaptaciones -sin duda motivadas por criterios pastorales- se esconde, me temo, una noción falaz del poder de Dios como algo amenazante y temible, como algo radicalmente opuesto a su bondad y a su cercanía.
Cristo Rey como poder redentor y redención del poder
¿Qué hacemos nosotros, entonces, con el poder, con esta realeza que él mismo nos da? Dios nos mostró el Camino en su Hijo Jesús, que vivió el poder como hombre entre los hombres. Tomaremos aquí sólo dos aspectos de su enseñanza: por un lado, el poder como renuncia a las riquezas y a la propia voluntad; por otro, el poder como servicio. Ambos se pueden resumir en su obediencia de Hijo.
En el Monte de las tentaciones (Mt 4, 8y ss.) el Diablo le ofreció todos los reinos de la tierra: pero a las tentaciones de poder y ambición él antepuso siempre la obediencia al Padre. Sin embargo, la "renuncia" de Jesús no consistió en "abdicar" del poder, en la irresponsabilidad de desentenderse de él, sino en ejercerlo conforme la voluntad de su Padre. De hecho, usó de su poder sirviendo a los demás, como veremos a continuación. El extremo de la obediencia y el extremo de la renuncia se encuentran en el Monte de los Olivos y en el Monte Calvario: allí Jesús por obediencia al Padre renuncia incluso a su propia vida. Sólo entonces, después de haber purificado toda posesividad y renunciado a toda ambición, Jesús resucitado recibe del Padre “todo poder en el cielo y en la tierra”, como dice en el Monte de la misión (Mt 28, 16 y ss). Jesús parece enseñarnos que sólo tiene el poder quien sabe renunciar a usarlo para sí mismo, y lo usa para los demás. Es lo que los autores espirituales explicarán diciendo que "sólo poseemos aquello a lo que renunciamos". Es la ley fundamental de la vida de Jesús: "el que quiera guardar su vida, la perderá..." (Mc 8, 34).
El “Príncipe de los reyes de la tierra” (Ap 1, 5) que contemplamos glorioso en Daniel y el Apocalipsis es también el Rey del Evangelio de Juan, cuyo “reino no es de este mundo” (19, 36), el Rey de los judíos coronado de espinas. El es el "Príncipe", el primero de los reyes... ¿Qué significa eso "en cristiano"? "El que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos" (Mc 10, 44). Por eso agrega el Apocalipsis que es un "Rey que nos hace Reino": en la tierra, Jesús estuvo en medio de nosotros "como el que sirve" (cf. Lc 22, 23): es decir, vivió tratándonos a todos “como a reyes”. Así ejerció su realeza: haciendo reyes a los demás mediante el servicio.
Él, hoy, quiere cumplir con nosotros la promesa hecha al Pueblo de la antigua Alianza (Ex 19, 6) y hacernos también a nosotros reyes, pero reyes a su estilo, reyes del “reino de la verdad y de la vida, reino de la santidad y de la gracia, reino de la justicia, del amor y de la paz” (Prefacio de Cristo Rey). El Apocalipsis, antes de mencionar que nos hace "reino", dice que "nos amó y nos liberó de los pecados". Para que podamos ser "reyes", Jesús nos desata de las cadenas del egoísmo y de la ambición, esas cadenas que nos ciegan porque nos hacen mirar a Dios y a los hombres como amenazas para el propio poder y para la propia libertad. Esta liberación la va consagrando en nosotros “el óleo de la alegría”, el Espíritu Santo, que nos empuja interiormente a "no vivir ya para nosotros mismos" (Plegaria eucarística IV), sino dando vida a los hermanos, sirviéndolos y tratándolos “como a reyes”, y de esa manera hacer crecer el Reino como lo hizo Jesús, nuestro Hermano y nuestro Rey, a quien sean la gloria, el honor y el poder por los siglos de los siglos. Amén.











