viernes, 30 de octubre de 2020

La parábola de la bandera robada

Praefatium praeparabolicum

            Cuando era chico, a los partidos de fútbol acudían “hinchas” no solamente del equipo local, sino también del visitante. Ir a la cancha era una fiesta. Y no sólo por poder ver en vivo y en directo un partido, sino por el espectáculo de cinco sentidos que la rivalidad entre las dos hinchadas desplegaba antes y durante el encuentro. Los colores, la profusión de papelitos y cintas, los bombos y trompetas, las bengalas luminosas, el olor de los petardos humeantes y el ingenio de los estribillos hirientes que las opuestas tribunas alternaban constituía -sobre todo en los “clásicos”- un programa tanto o más cautivante que el deporte mismo que se disputaba allá abajo. Parece mentira tener que contarlo, pero así ha de ser.

Una de las hazañas más altas de la que una hinchada podía ufanarse ante la barra rival era la de haberle robado la bandera. “¡Le afanamo’ la bandeeeeera, que la vengan a buscar!” -cantaban en un delirio de pasión, ostentando, entre todos los “trapos” propios, algunos del color contrario.


Bandera capturada a los ingleses en la Reconquista de Buenos Ayres. Iglesia de Santo Domingo, Buenos Ayres.
Bandera de los invasores ingleses capturada en la Reconquista (12 de agosto de 1806).
Iglesia de Santo Domingo, Buenos Ayres.


La bandera robada

-Escuche entonces, m' hijo, lo que pasó una vez entre los dos equipos de Villa Nosei, en el profundo conurbano porteño.

Dos veces al año, Villa Nosei se revolucionaba con ocasión del clásico vernáculo. Deportivo Nosei, viejo club del barrio cercano a la estación que los inmigrantes “gallegos” habían fundado en los albores del siglo XX, se enfrentaba al Club Fonavi, cuya cancha quedaba en medio del barrio de “monoblocks” allende las vías. Los del “Depo” tenían en su camiseta los colores de España; la casaca de Fonavi, en cambio, era verdirroja, dizque en honor a San Jorge, patrono de la capilla del barrio. Con los años, y a medida que se fueron integrando los habitantes de uno y otro sector de Villa Nosei, la conciencia del origen de ambos clubes fuese desdibujando, de modo que se podía decir que la mitad de los noseienses era simpatizante del Depo y la otra mitad del Fonavi, fueran o no de los “monoblocks”. Huelga aclarar que antes que nada todos eran de Boca o de River…

Un día, después de una noche de sudestada furiosa, las puertas de la sede social de Deportivo Nosei amanecieron violadas. Sin embargo, las vitrinas de vidrios biselados con los viejos trofeos estaban intactas. Las arcas -perennemente exiguas- del clubcito, indemnes. No faltaba nada. Sólo supieron lo que había pasado meses después, a pocos días del consabido clásico. Al ingresar al cuartito del fondo de la cancha los muchachones de la barra descubrieron que les habían robado todas las banderas del club. No habían dejado ni una. Y para colmo, en las paredes y suelo de la mentada piecita habían tenido el malgusto de pintar frases soeces con alguna viscosa pintura marrón... La ofensa estaba consumada. No había tiempo de mandarlas a hacer nuevas antes del encuentro.

Ese domingo fue memorable para unos y otros. El partido se jugaba, para peor, en el modesto estadio del “Depo” Nosei. Los “fonaveros” esperaron el momento justo para desplegar las banderas ajenas y provocaron una explosión de euforia en las tribunas. En los “trapos” más grandes habían escrito ingeniosas afrentas, las más de ellas irreproducibles. Para la fausta ocasión habían creado decenas de canciones alusivas al robo más feliz de la historia del barrio. La única repetible que recuerdo, compuesta con la música de “Mi hermanito toca el piano...”, decía algo así:

¿Por qué, amigo “depo”-tudo,

vas a la comisaría?

-Para que a nuestras banderas

las cuide la Policía.

          Fue tal la fiesta de ese domingo que los “fonaveros” ni se fijaron en el resultado del partido, que fue goleada cuatro a cero del Deportivo Nosei. El botín era demasiado grande para que su usufructo se agotara el día del clásico. De modo que el domingo siguiente, y el subsiguiente, y el otro, de local o visitante, fuera quien fuese el contrincante, la barra del club monobloquero comenzó a llevar religiosamente sus trofeos de guerra.

Era tan contundente el efecto que producía en los estadios el ensayado ritual de desplegar los hispánicos colores del archirrival en las tribunas de “Fonavi” que los propios hinchas no sólo se fueron acostumbrando a desplegar toda esa cantidad de insignias malhabidas, sino que insensiblemente empezaron a amar esos colores. Los pibes más chicos creían que esas banderas también eran de su cuadro. Como si existiera también en el mundo de las banderas algo así como una “camiseta suplente”.

Al cumplirse diez años del glorioso hurto, la comisión directiva les compró a los jugadores una casaca conmemorativa con los colores usurpados, y en adelante empezaron a utilizarla también en el clásico, considerando doble la victoria si en el sorteo le tocaba al Deportivo Nosei la humillación de usar la suplente.

Así, lo que empezó siendo una afrenta dirigida al equipo contrario devino en signo de orgullo, y sin saber bien cómo ni cuándo los gorros y banderas españoles fueron ganando lugar en los corazones y en los tablones… 

Unos años más tarde, en el Fonavi nadie se acordaba de sus colores originarios.

Y colorado, colorín, esta parábola llegó a su fin.

-¿Ya está? 

-Sí, pue, m' hijo.

-Malísima. ¿Y entonces?

-Cuidado, m’ hijo, con aficionarse a levantar banderas ajenas. Y más si tienen palabras grandes y bonitas, como “libertad”, “igualdad”, o “fraternidad”.

- ...

-Hay que bancar los trapos, pibe.

martes, 13 de octubre de 2020

Una lectura recomendada

Se trata de una obrita de fácil lectura y severo rigor teológico, en la que el entonces joven teólogo Josef Ratzinger, actual Papa emérito Benedicto XVI. compara el concepto cristiano de fraternidad, tal como surge de los textos bíblicos y de la Tradición, y lo compara con y distingue de los ideales de fraternidad no cristianos, tal como el surgido de la Ilustración y hecho bandera por la Revolución Francesa.


La editorial presenta una mínima recensión aquí.


lunes, 17 de agosto de 2020

Padre Julián Zini, la palabra del pueblo chamamecero


Ayer, justo después de haber compartido la Misa y unos mates amargos y pastelitos caseros en su casa, un amigo mercedeño me llamó para darme la triste noticia de la muerte del Padre Julián Zini. Enfermo de cáncer, venía preparándose para su viaje al Cielo desde hace unos años. 

El Pa'í Julián era un genio. Sacerdote de la diócesis de Goya y discípulo de su obispo Alberto Devoto, le regaló a la Iglesia de la Argentina todo su arte en el empeño de que la liturgia se nutriera de las raíces culturales de esta tierra. Asociándose con excelentes compositores, creó cientos de canciones con ritmo de chamamé, rasguido doble o valseado expresando los anhelos de su generación por estar más cerca de los pobres, ser más sencillos y humanos y mostrar así más fielmente el rostro de Dios hecho hombre. Esas canciones todavía hoy son comunes incluso en ámbitos urbanos y no litoraleños: "Qué lindo llegar cantando", "Dios Familia", "Queremos, ser, Señor" son algunos ejemplos de su enorme obra al servicio del Pueblo de Dios.

Pero sin abandonar nunca del todo esa veta, y siguiendo seguramente las enseñanzas del P. Tello -a quien tenía por maestro-, el Padre Zini comenzó a ahondar en el sepultado cauce de la cultura popular criolla de sus correntinos, descubriendo y valorando en ella la fe profundísima sembrada antaño por franciscanos y jesuítas, que había fecundado, sin eclipsar sus riquezas, el modo de ser guaraní: una cultura siempre combatida y que asombraba por su inagotable capacidad de resistir y reinventarse. Entonces se entregó con toda la seriedad de su sacerdocio al estudio de esas raíces, tanto en los libros como en el campo... Y, de acercarse tantos años a su pueblo con mirada atenta y corazón amante, nació esa capacidad única del Padre Julián para ponerle palabras a esos criollos a quienes, por haberles cortado la lengua, por haberles "podado el idioma -porque hablar el guaraní fue y es pecado, porque es cosa de menchos, guarangada-" (cf. J. Zini, "Patria chica amada") sólo sabían expresarse en el baile y el zapucai. Para musicalizar sus versos se asoció con talentosísimos jóvenes de entonces, hoy clásicos del género, que abrieron nuevos horizontes en la música correntina: fundamentalente el gringo Sheridan y Tito Gómez de Los de Imaguaré, y Mario Bofill.  Desde hace décadas, el nombre del Padre Zini es sencillamente insoslayable en la cultura chamamecera, como lo es en el culto a la Virgen de Itatí (ningún devoto ignora "Peregrino de la Esperanza" o "María Itatí") o del Gaucho Antonio Gil. 

Yo he visto, con mis propios ojos, a uno de esos tantos menchos desterrados en el conurbano porteño derramar lágrimas silenciosas al escuchar, desde el fondo de una plaza suburbana, los versos de "Avío del alma" en un festival. Ese día supe que Julián Zini, sacerdote de Dios para su pueblo, había logrado, cabalmente, su más querido propósito.

¡Gracias, padre Julián! ¡Que la Virgen de Itatí te reciba en su fiesta sin fin!


Dejo uno de los últimos versos del P. Julián, y una larga entrevista, con chamamé incluido, de hace apenas unos meses, en la que no falta nada.

            Cháke

¿Quién iba a decir, ch'amigo

que algo así podría pasar?

¿Quién inventó la pandemia 

y su triste mortandad?

¿La madre naturaleza 

o la misma humanidad?

Pensalo, y no tengas miedo 

que es la peor enfermedad.

Sí, señor, me quedo en casa,

para cuidarme y cuidar 

a los míos y al que pase 

la misma necesidad. 

No hay mal que por bien no venga 

dice un antiguo refrán,

necesito reaprender 

un poco de humanidad.

Se dice y todos sabemos 

en el campo y la ciudad,

que hay dos vacunas que el pueblo 

tendrá que ponerse ya:

la prevención que nos mandan

y la solidaridad:

que nadie se salva solo,

te salvás con los demás.

Pero, 

disculpen si desconfío 

como el gallo sacuapé:

siento que me están robando 

mi propio modo de ser.

Me prohibieron el abrazo, 

la reunión y el ñemboé.

La fiesta y el bailar juntos, 

que es prohibir el chamamé... 

Por favor no se acobarden 

por tanta necesidad:

salud, comida, trabajo,

familia, inseguridad...

Si el cuero es nuestro maestro 

ya sabremos reinventar

un modo que nos convenga 

de justicia y de igualdad.

Se dice y todos sabemos 

en el campo y la ciudad,

que hay dos vacunas que el pueblo 

tendrá que ponerse ya:

la prevención que nos mandan 

y la solidaridad:

que nadie se salva solo,

te salvás con los demás.

                                     Julián Zini, 2020.

GLOSARIO GUARANÍ:

¡Chake!  ¡Cuidado!

Ch'amigo  Mi amigo

sacuapé    tuerto

ñembo'é    rezo





sábado, 20 de junio de 2020

A doscientos años de la muerte del Gral. Belgrano

Hoy se cumplen nada menos que doscientos años de que Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano murió en Buenos Ayres, ciudad donde había nacido. Vayan para homenajear en su día al Padre de nuestra Bandera unos lindos e ingenuos versos que el sacerdote escolapio Teodoro Palacios, español de nacimiento pero argentino de adopción, escribió para los alumnos de nuestra Patria. Agradezco a mi amigo el P. Javier que de chico los aprendió y recitó en su escuela, y ahora los rescató del olvido. Prueba de las bondades que al corazón han hecho, hacen y harán las poesías aprendidas de memoria. ¡Viva la Patria!
















LOS DOS COLORES

¿Queréis saber una historia
que desde niño aprendí?
Prestadme atenta memoria,
la historia comienza así:

Era una hermosa mañana
de luz y de aromas llena,
limpia, azul, tibia y serena
como una virgen galana.

El azul del firmamento
sintió celos de la plata
de un río, que se desata
sembrando flores sin cuento.

Y dijo el color azul:
¿De qué sirve la blancura
si no le presta hermosura
mi fino y vistoso tul?

Azul es el regio manto
del pabellón de los cielos,
que sin nebulosos velos
muestra a la tierra su encanto.

Doy a la humildad su encaje
y a la ilusión su alegría,
y hasta la Virgen María
se vistió con mi ropaje.

-Calla, calla, no presumas,
que no está bien presumir
cuando hay poco que decir
-murmuraron las espumas.

¿Cómo quieres comparar
con el mío tu atractivo,
si todo el mundo es cautivo
de mi gracia singular?

Blancos son los astros bellos,
blanca la nieve y armiño,
y la inocencia del niño
desparrama mis destellos.

Blanca es la luz que ilumina,
blancas las olas del mar,
los manteles del altar
y hasta la Forma Divina.

El Sol que del cielo oyera
disputas tan enconadas,
lanzando sus llamaradas
arguyó de esta manera.

¿A qué viene el odio adverso
por privilegios mayores,
si los dos sois los colores
más bellos del universo?

Cese, por fin, la querella,
que si unís los atractivos
de vuestros colores vivos
saldrá la insignia más bella.

Y arriba, arriba en la esfera,
como un alado portento,
arrullada por el viento
sonreía una bandera.

Era blanca cual la Luna
que manda besos de plata,
y azul como la laguna
donde el cielo se retrata.

Y dicen que el Sol prendado
de beldad tan peregrina,
de entonces quedó enjaulado
en la bandera argentina.

                                      Teodoro Palacios (1885-1938)

miércoles, 10 de junio de 2020

DECIMADEMISA

José Bouchet, "Primera Misa en Buenos Aires". Museo Histórico Nacional.

Sabiendo en forma precisa
que le llegaba el momento
como quien da un testamento
Jesús nos dejó la Misa:
en ella Él sintetiza
toda su vida y su muerte,
y como alimento fuerte
nos da su Cuerpo sagrado
para que al fin, sin pecado,
gocemos su misma suerte.

                Las Tunas, Corpus Christi 2020

lunes, 10 de febrero de 2020

Dios, nosotros y la lógica del subibaja

 Pensamientos sobre antropocentrismo y teocentrismo 
a la luz de los Evangelios de la Presentación del Señor y del V Domingo del Tiempo ordinario (A)

"Humíllense bajo la poderosa mano de Dios, 
para que Él a su vez los exalte" (1 Pe 5, 6)


Nuestro Señor Jesús inauguró su predicación en esta tierra con el justamente mentado "sermón de la montaña", que es, por decir así, su carta de presentación, su discurso inaugural.
Fuera porque Cristo contaba con el trabajo ya realizado por Juan el Bautista o porque tenía otro "estilo" profético, lo cierto es que Jesús no comenzó sus enseñanzas enrostrándoles a sus oyentes sus flagrantes pecados ni fustigándolos con vehemencia como lo había hecho su insigne Precursor. Al contrario, comenzó felicitándolos con las Bienaventuranzas e inmediatamente confirmándolos con estas aseveraciones contundentes: "ustedes son la sal de la tierra" y "ustedes son la luz del mundo" (Mt 5, 13.14).
Estas palabras evangélicas resuenan con más hondura después de haber reconocido a Cristo como la "luz de las naciones", el día de la Presentación del Señor. En efecto, es Jesús mismo, la Luz del mundo, quien nos dice "ustedes son la luz del mundo".
Este hecho encierra una verdad que aparentemente es evidente, pero es tan poco obvia que a la mentalidad moderna se le escapa por completo. A saber: la grandeza de Dios no es, de suyo, una amenaza para el hombre. Él es el Ser que nos hace ser, la Vida que nos vivifica, el Santo que nos hace santos ("fuente de toda santidad"), el Rey que nos hace reinar, el Maestro que nos envía a enseñar... en suma, es el que quiere, como Él mismo dice, que "demos fruto, y ese fruto sea duradero" (Jn 15, 16), el que quiere que nuestro gozo "sea perfecto" (Jn 15, 11) . Él nos quiere vivos, felices, fecundos...
Hay que volver a los dioses "humanos, demasiado humanos" del paganismo para encontrar a un Zeus furioso de envidia porque Prometeo le arrebató el fuego divino para dárselo a los hombres. En la Biblia, en cambio, es el mismo Creador quien graciosamente otorga al hombre de arcilla el soplo divino de su alma. Pero precisamente la mentira que la serpiente destila sibilinamente en los oídos de Adán y de Eva es la imagen falsa de un Dios envidioso: "bien sabe Dios que el día que coman del árbol se les abrirán los ojos y serán como Dios, conocedores del bien y del mal" (cf. Gén 3, 5).
Y sin embargo, toda la sociedad moderna se edificó expresamente sobre los falaces fundmentos de esta tergiversada imagen de Dios. Y las ruinas de esta disociedad posmoderna son la prueba de que esos cimientos eran insustentables. De hecho, la cultura de la ilustración, con su ciega fe en la "Razón", se propuso destronar a Dios como condición necesaria para, por fin, poner de pie al hombre devenido adulto, levantándolo después de largos siglos de humillante oscuridad en que la superstición religiosa lo tenía postrado. La modernidad prometía que todo lo que antes los hombres, de rodillas, esperaban de lo alto, ahora lo conseguirían por su audacia de saber, gracias a la ciencia, al progreso, a la técnica...
La Modernidad aplicó lo que podríamos llamar la lógica del "subibaja": para subir yo, tengo que bajar al de enfrente.
Pero hete aquí que Dios no está subido en el mismo juego que nosotros... Saquemos a Dios del subibaja, porque ese Dios que pensamos tener enfrente no es Dios, sino un ídolo. Dios jamás pierde su perfecta trascendencia, ni siquiera al hacerse nuestro hermano en Jesucristo, que es siempre nuestro Señor. Esa grandeza tan irreductible, la santidad de Dios, es la que precisamente nos asegura que nosotros, simples creaturas, en nada podemos afectar su divina gloria, ni para acrecerla ni para menguarla.
Esta infranqueable diferencia entre Dios y la creatura es lo que quiere expresar en lenguaje mítico el Génesis cuando Dios expulsa a los primeros padres del Paraíso para que no coman del árbol de la Vida (cf. Gén 3, 22-24) o cuando destruye la torre de Babel (cf. Gén 11, 7). 
Ahora bien, en estos antiquísimos y sabios relatos bíblicos está expresado no sólo el problema, sino también su solución. El hombre está llamado por Dios a un destino de grandeza (el Paraíso) y de hecho es colocado allí... pero cuando él se corre de su lugar de creatura, deponiendo la actitud de obediencia confiada y pretende ser él mismo el artífice de su grandeza, es expulsado del Edén. En esas circunstancias, Dios aparece ante el hombre rebelde como un verdadero adversario. El relato de la caída de los ángeles expresa la misma verdad: Dios había hecho al Ángel un ser portador de luz (Lucifer, que es Lucero), pero esta luminosidad se pierde desde el momento en que la creatura dice: "¡no serviré!".
Pienso que hoy, los miembros de la Iglesia necesitamos, como hijos de esta cultura ilustrada, volver a esta verdad sobre el ser humano que está contemplada en el primero de los Mandamientos: "amarás a Dios sobre todas las cosas". El único humanismo cristiano es el de Cristo Jesús, y el centro de su corazón era Dios, su "Abbá". El recto antropocentrismo es siempre consecuencia -añadidura- del teocentrismo. Cuando el hombre (personal, social o culturalmente) se busca a sí mismo prescindiendo de Dios, se pierde indefectiblemente. "Busquen primero el Reino de Dios y todo lo demás se les dará por añadidura" (Mt 6, 33). Así lo expresa Santo Tomás de Aquino: 
  "Ofrecemos a Dios honor y reverencia no para bien suyo, que en sí mismo está lleno de gloria y nada pueden añadirle las criaturas, sino para bien nuestro; porque, en realidad, por el hecho de honrar y reverenciar a Dios, nuestra alma se humilla ante El, y en esto consiste la perfección de la misma, ya que todos los seres se perfeccionan al subordinarse a un ser superior, como el cuerpo al ser vivificado por el alma y el aire al ser iluminado por el sol" (Suma de Teología, II-II, 81, 7).
Por eso, en la lógica siempre paradójica del Evangelio de Jesucristo crucificado, es preciso  negarse a sí mismo, tomar la cruz, poner la otra mejilla, humillarse para ser elevado, ser el último para ser el primero, ser servidor de todos para ser el principal, no buscar salvar la propia vida sino perderla por Cristo, en fin, como Jesús, no hacer la propia voluntad sino la del Padre Dios, morir para resucitar.
O para retomar la reflexión por donde la empezamos: reconocer humildemente a Cristo como la Luz de nuestras vidas para que Él a su vez nos haga "luz del mundo".


martes, 30 de julio de 2019

Una santa inconciencia


Pensamientos vocacionales en el día del Apóstol Santiago

El pasaje en que Nuestro Señor se encara con los hijos de Zebedeo (Mt 20, 20-23; Mc 10, 35-40) porque le habían pedido sentarse a su derecha e izquierda en el Reino encierra, a mi ver, una profunda enseñanza acerca del camino de la felicidad humana. O del seguimiento de Cristo, que es lo mismo.
“Jesús les dijo: Ustedes no saben lo que están pidiendo” (Mc 10, 38).
Pues de eso se trata esta reflexión. Quiero hacer una apología de esa ignorancia santa, de esa inconciencia corajuda que lleva a tantas almas generosas a entregarse para siempre. Y no estoy sólo pensando en quienes se consagran a Dios en la vida religiosa o el sacerdocio, sino también en quienes emprenden la aventura del matrimonio. Y también, por qué no, en quienes se comprometen con idéntico empeño y fidelidad en otras altas causas, quemando, como Cortés, las naves que permitirían volverse atrás.
“¿Podrán ustedes beber la copa que yo voy a beber o recibir el bautismo que yo recibiré?” (10, 38). Y ellos, Santiago y Juan, sin saber ni preguntar de qué copa o de qué bautismo hablaba el Señor, se apresuraron a responderle: “¡sí, podemos!” (10, 39).
¿Y no fue San Pedro quien también le gritó un día lleno de fervor: “¡Yo daré mi vida por ti!” (Jn 13, 37).
¿No será justamente por esta impetuosa audacia, por esta noble temeridad que Cristo los amaba especialmente a ellos tres, tanto que los hizo privilegiados testigos de la resurrección de la hija de Jairo y del Tabor y sus compañeros del Getsemaní?
Nuestro Señor sabía demasiado bien que ninguno de ellos sabía lo que implicaban sus solemnes palabras y, sin embargo, las recibió como expresiones sinceras de su ambicioso y osado amor. Los hijos de Zebedeo tuvieron que ver cómo se deshacía su vana ambición de gloria mundana; Pedro negó tres veces a su Señor y atravesó el drama de su pecado. Sin embargo, al cabo cumplieron sus “primeros votos”: Juan compartió la copa de la Pasión del Señor al pie de su Cruz y fue rociado con el bautismo de su Sangre y Agua allí derramadas; Santiago fue el primero de los doce en derramar la sangre por Cristo; Pedro siguió a Cristo literalmente hasta la muerte en cruz.
Claro que en la aceptación de Jesús -en la voluntad de Dios, y solo en ella- está el motivo de la perseverancia final: “Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca” (Lc 22, 32) le dice a Pedro; y a los Zebedeos: “La copa que yo he de beber la beberán y también recibirán el bautismo con que yo seré bautizado” (Mc 10, 39). Y por eso la única "pastoral vocacional" que propuso el Señor es la oración: "Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha" (Lc 10, 2).

                                                                   ⃰⃰⃰   ⃰⃰⃰   ⃰⃰⃰
       Dicho esto, pienso que cabe preguntarse si nuestras actuales prácticas pastorales respecto a las vocaciones sacerdotales o religiosas, e incluso respecto a los matrimonios, dan cuenta de la legitimidad de este santo arrojo a la hora de elegir el estado de vida.  Por supuesto que los fracasos matrimoniales, y sobre todo la crisis escandalosa del clero pervertido empujan a una entendida reacción que lleva a extremar las precauciones en el discernimiento eclesial de los candidatos. Lejos de mí propiciar ni de lejos un fanatismo irracional e irresponsable que atraiga la rapacidad de los manipuladores de conciencias y que sofoque las legítimas preguntas (“¿Cómo puede ser esto si no conozco varón?” [Lc 1, 34]) que el discernimiento espiritual requiere para saber -ante todo- si es Dios el que está llamando (cf. 1 Sam 3, 4-10). Pero sí busco que se haga siempre lugar a la magnanimidad  generosa dispuesta a tener que “guardar y meditar en el corazón” (Lc 2, 19) todo lo impensado -e impensable- que sobrevendrá después de dado el “hágase” (Lc 1, 38). 
     Sería sencillamente imposible que uno tomara una sola decisión que comprometiera su propio futuro si le fuera dado conocer todas las consecuencias que ella traerá aparejadas… ¿Es conducente, pues, que a la vuelta de muchos años, se evalúe la validez de esos "primeros votos" con "el diario del lunes" ante los ojos, exigiendo extemporáneamente al "sí" inicial una madurez que sólo la experiencia puede dar...? 
Creo que hay algo profundamente humano que se pone en juego cuando un hombre o una mujer, trascendiendo las prevenciones y los cálculos que su pobre razón le opone, se entrega “con todo su ser” -también con su futuro- a una santa causa, dispuesto a no mirar para atrás. Las cargas se irán - o no- acomodando al andar, a medida que el horizonte se va haciendo más lejano y uno, caída tras caída, es a pesar de todo fiel al amado camino que a un mismo tiempo nos marca el destino y nos lo aleja. Por el contrario, una vida sin entrega, sin arrojo, sin confianza en una palabra, encerrada en la asepsia de la temerosa mentalidad “aseguradora contra todo riesgo” deja de ser vida para ser apenas, como dice la canción, “permanecer y transcurrir”.
En tiempos de frío racionalismo y de egoísta pusilanimidad, más que nunca es fácil ahogar los ideales, y con ellos a los quijotes que alucinados se disponen a seguirlos. Las modernas ciencias humanas… “demasiado humanas”, deudoras las más de las veces de una estrecha antropología iluminista, que cercena la humanísima “capacidad de Dios” en que fuimos constituidos, no hace muchas veces más que alentar o justificar las fáciles opciones de vida burguesa y hedonista en que se evanece, aburrida y estéril, la civilización posmoderna, como engullida por un gigantesco bostezo existencial.
Pero muy distinto es dejar que sus limitados criterios nos corten las alas  a “nosotros” que hemos decidido, “teniendo en torno tan grande nube de testigos, sacudiendo todo lastre y el pecado que nos asedia, correr con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, caudillo y consumador de la fe, quien en lugar del gozo que se le proponía soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la derecha de Dios” (cf. Heb 12, 1-2), a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Aparición de Santiago matamoros durante el cerco de Cuzco, anónimo peruano.

viernes, 31 de mayo de 2019

Las alas de la paloma

"Paloma de la Paz", Pablo Picasso

             “La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo” dijo Cristo en la última Cena (Jn 14, 27). 
               En ese contexto, vale aclarar, Jesús se refiere al “mundo” como esa realidad cuyo “príncipe” es el mismo Demonio (cf. Jn 14, 30), y que representa todas las fuerzas que se oponen a Dios, y que por eso “odia” a Cristo y a sus discípulos (cf. Jn 15, 18-19).
           La paz… ¿Quién no quiere la paz? ¿Quién no desea vivir en paz? Hasta los que hacen la guerra hablan de la paz… Pensemos, si no, en la sangre que costó establecer la famosa “pax” del imperio romano, o el nombre “peace keeper” que el actual imperio angloamericano le puso hace unos años a uno de sus misiles. En efecto, el mundo también propone una “paz”. Pero ésa no es la de Cristo. Ahora bien, ¿qué diferencia hay entre la paz de Dios y la paz del mundo?

            Se me ocurre una imagen que puede quizá ayudar a verlo de forma didáctica.
Inspirada sin duda en aquella que soltó Noé desde el arca y volvió trayendo en su pico una rama de verde olivo, signo de que Dios había hecho las paces con el mundo (cf. Gén 8, 10-11), la paloma blanca es hoy el símbolo universal de la paz. Podríamos decir, entonces, que así como la paloma vuela merced a sus dos alas, la paz verdadera sólo se sostiene gracias a la verdad y a la justicia.
La paz del mundo es muy seductora por su blancura y candidez, pero no puede volar pues tiene cortadas las alas de la verdad y la justicia. La paz que ofrece el mundo es una paloma de alas cortadas.

Paz sin justicia
          Los caminos falsos de la paz, siguiendo la imagen del Evangelio, diríamos que son “caminos anchos que llevan a la perdición”. Parecen atajos, y por eso atraen, pero son desvíos que nos descarrilan al precipicio.
Una de las formas de la falsa paz es la paz que nace de la injusticia. Serían ejemplos de ella las “pacificaciones” de los imperios. Es la paz del violento, del que hizo callar por la fuerza a su adversario, del que eliminó el conflicto eliminando al opositor. Es la “paz” que sobrevino, por ejemplo, después de Hiroshima y Nagasaki: una paz edificada en muerte. Los “tratados de paz” en estos casos son un triste eufemismo; no hay respeto al otro, ni siquiera hay sitio para la verdadera alteridad: sólo habla el vencedor. Con todo, su “orden” y su “tranquilidad”, malcimentados en las frágiles arenas del miedo, suelen ser atractivos.
Una forma menos “fuerte” de esta paz sin justicia -y más acorde a los tiempos que corren- es la que busca saltear los conflictos e ignorar los problemas, echando piadosos “mantos de paz” para evitar resolver de verdad las desaveniencias. Propia de una sociedad pusilánime y evasiva, que prefiere “mirar para otro lado” y no comprometerse con la realidad.
En nuestra patria hemos recorrido sucesivamente estos dos derroteros. Después de años de violencia guerrillera las Fuerzas Armadas lograron, con una violencia más fuerte, “pacificar” el país. La fragilidad de esa “solución final” no tardó en quedar de manifiesto. Años más tarde, quiso ponerse fin, con una paz por decreto, con un solemne “ya pasó”, a las heridas abiertas por esas décadas de violencia. Era otro falso atajo. Sin justicia verdadera, la paz no puede tener lugar.

Paz sin verdad
       Para el espíritu del “mundo”, la verdad es enemiga de la paz. La falsa paz de las vidas anestesiadas y de los corazones indiferentes se rompe, efectivamente, ante la percepción de la verdad. Para los cultores de esta pseudo paz no hay mayor adversario que la verdad. Su sola idea, nos dicen, engendra intolerancia y violencia. La única condición para poder convivir pacíficamente es que todos renuncien a la pretensión de la verdad. Sin esta “pluralidad” basada en el escepticismo no podría haber diálogo y respeto. O la verdad, o la paz.
Por supuesto que este pacifismo relativista, hoy tan vigente, en seguida enseña los dientes. La violencia con que busca erigirse e imponerse como “discurso hegemónico” revela su profunda contradicción interior. Pero sobre todas las cosas, deja a las claras su absoluta impotencia para servir de base a una convivencia social digna del ser humano. Por el contrario, al intentar erigir en sólido fundamento la natural liquidez del subjetivismo, abre las tranqueras a la desorientación más absoluta, al caos, y de este modo se se corta a sí misma las manos con que podría subsanar las mil injusticias que se siguen.
No es casual que el responsable de la mayor injusticia de la historia, por buscar -lavándose las manos- la falsa paz del “no te metás”, haya sido quien un poco antes dijera con displiscencia: “¿qué es la verdad?”.
Esta paz sin verdad es una paloma muy tierna y blanca. Es difícil no ceder a su arrullo encantador. De hecho, una de las peores tentaciones que tenemos como Iglesia de Cristo es la de renunciar a las verdades políticamente incorrectas (p. ej.: Jesús es Dios y el único Salvador, el aborto es un asesinato) por defender el diálogo todobienista y la sociedad plural.

La paz de Cristo
Pero el hecho es que Jesucristo es al mismo tiempo el “Justo” (Hech 3, 14) y la “Verdad” (Jn 14, 6), y por eso “Él es nuestra paz” (Ef 2, 14).
La paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14, 27). La paz de Cristo, ante todo, es un don. Es algo que Él “da”. Ahora bien, la paz es, por excelencia, el don del Resucitado: las primeras palabras de Cristo para sus apóstoles la mañana de la resurrección fueron “la paz esté con ustedes” (Jn 20, 19). Es decir, que Cristo da la paz después de haber pasado por la pasión y la cruz. De ahí que su paz sea precisamente la fuerza y el coraje para enfrentar -hasta dar la vida incluso- la mentira y la maldad. ¿Podríamos imaginarnos a Jesús “dejando para el lunes” la sanación sabatina de uno de esos miserables leprosos, con tal de evitar el encono y la persecución de los fariseos? ¿Seguiríamos a un Cristo que, ante sus jueces del Sanedrín, a la pregunta “¿eres tú el Mesías, el hijo del Bendito?” hubiese empezado con dulces ademanes a negociar, a bajarse el precio, a transigir…?
La paz no es flor, sino fruto. Y el solo árbol que lo da es la Cruz. Por eso, más que buscar la paz, lo nuestro pasa por “buscar el Reino de Dios y su justicia”, y lo demás -la paz también- se nos dará “por añadidura” (cf. Mt 6, 33). Así no andaremos en pos de atajos ficticios para la paz, porque ella viene “de lo alto”, “de yapa”, como regalo de Dios. A nosotros nos toca comprometernos hasta el tuétano en la búsqueda de la verdad y en la práctica de la justicia, “realizando la verdad en el amor” (Ef 4, 15). Y entonces sí, "la paz de Cristo reinará en nuestros corazones" (Cf. Col 3, 15).