jueves, 6 de abril de 2023

Poncio Pilato y los riesgos de la sinodalidad

"Ecce homo" de Antonio Ciseri

 Pilatos entre Cristo y la muchedumbre

             Escuchar el relato de la Pasión, el Domingo en que se inaugura la Semana Santa, siempre nos conmueve y deja pensativos. En el evangelio según san Mateo, que este año hemos leído, me llamaron la atención algunos detalles que me parecieron reflejar, como en un límpido espejo, nuestra realidad actual. Particularmente me detendré en la figura de Poncio Pilato, en la escena en que interroga a Cristo.

            El juez Pilato está, por decir, entre Jesús - el acusado- por un lado, y los sumos sacerdotes y el sanedrín -los acusadores-, por otro. El interrogatorio va al meollo de la cuestión: “¿Eres tú el rey de los judíos?” (Mt 27, 11), a lo que el Señor responde sencilla, casi amablemente: “Tú lo has dicho” (ibid.). Inmediatamente, el gobernador romano da lugar a que el Señor oiga las acusaciones de las autoridades judías, que vociferaban desde afuera. Pero Jesús no abre la boca: no responde nada.

            Actitudes tan diferentes muestran, a las claras, lo diferente de unas y otras acusaciones y de unos y otros acusadores. Ante una verdad (“Tú eres el Rey de los judíos”), Cristo responde con llaneza. En cambio, ante la falsedad de las otras acusaciones y la mala voluntad de los acusadores, Jesús calla. Pareciera estar enseñándonos que no hay que entrar en la tramposa lógica de los mentirosos, que no hay que hablar siquiera con el tentador. En efecto, frente a la mentira basta y sobra su sola y desnuda presencia: porque Él mismo es la verdad.

            Pilato, nos dice san Mateo apenas unas líneas después, quedó “muy admirado” (Mt 27, 14) de la actitud de Cristo, y convencido de la mala voluntad de quienes lo acusaban, “que lo habían entregado por envidia” (Mt 27, 18). Pero sin embargo no lo declaró inocente. No hizo justicia. No cumplió con su deber.

            Lo que sigue después ya supone esta injusticia primera: Jesús queda como culpable, y tan preso como el otro “preso famoso” (Mt 27, 16), Barrabás. Ahora Pilato, que tenía la costumbre, para cada pascua, de liberar al preso que el pueblo eligiera, encara a la muchedumbre y le da a elegir entre Jesús y Barrabás. Y así comete una segunda injusticia, igualando al inocente con el culpable.

            Aquí hay que detenerse en el nombre que san Mateo nos da del otro preso: él también se llama Jesús, Jesús Barrabás. Entonces, la pregunta del gobernador establece una forzosa comparación: “¿A quién quieren que les ponga en libertad: a Jesús Barrabás o a Jesús llamado el Mesías?” (Mt 27, 17). Ahora bien, Barrabás quiere decir “Hijo del Padre” (Bar-Abbás). Mesías, o en griego Cristo, quiere decir el “ungido”, y era, de hecho, como decir: “el rey”.

La confusión que estableció el que debía impartir justicia, equiparando al inocente con el culpable, se refleja en la confusión de sendos apodos. El violento sedicioso, sin dudas un celoso nacionalista judío, ansioso por derrocar a los romanos y restaurar el reino terrenal de Israel, tiene el título “bar abbás”, “Hijo del Padre”, el mismo, precisamente, que Dios pronuncia al ungir al Jesús de Nazaret: “Este es mi Hijo” (Mt 3, 17) y que por eso es más propio de Él. En cambio, nuestro Señor, rey pacífico y humilde, es presentado por Pilato como “Mesías”, título que, a secas, alentaba las esperanzas de un rey político, y que Cristo, por eso, al principio de su misión, mandaba silenciar.

Lo demás es sabido: la multitud, instigada por los sumos sacerdotes, elige la libertad de Barrabás y al mismo tiempo pide la crucifixión de Cristo. Y ante las insistencias de Pilato, que muestran, acaso, los últimos reclamos de su conciencia (reavivada por las palabras de su esposa) para evitar derramar esa sangre inocente, el pueblo grita cada vez más fuerte, tanto, que Pilato comprende que, de no complacer al pueblo, se producirá una tremenda revuelta. El gobernador se lava las manos, buscando ostentosamente conservar aquello que en ese mismo acto pierde: su inocencia. Y, refugiándose en la voluntad popular - “es asunto de ustedes” (Mt 27, 24)-, se lo entrega para que lo crucifiquen.


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El pecado de "los buenos" o los riesgos de la sinodalidad 

Cuando uno lee los evangelios de la Pasión, da la impresión de que se nos presenta a Poncio Pilato bajo una luz amable, y lo vemos, casi, con benignidad: pareciera que quiso liberar al Señor, y que alguito intentó para conseguirlo. Da la sensación de que el pecado de Pilato, como el de los miembros del pueblo presentes en esa muchedumbre, comparado con el de quienes fría y premeditadamente buscaron asesinar a Jesús, es ciertamente leve. Y, sin embargo, no deja de ser gravísimo. En las cadenas que apresaron al Señor para conducirlo a la muerte, hay eslabones más grandes y más chicos, pero todos fueron necesarios para cometer la injusticia de las injusticias y matar al “autor de la Vida” (Hech 3, 15).

Pero justamente por ello me quedé pensando en los que llamaré “los pecados de los buenos”, porque reflejan, sin duda, muchos de nuestros propios pecados, los de quienes somos cristianos y decimos seguir a Jesús.

Poncio Pilato es, para los evangelios, el gobernante, legítimo de hecho (cuya autoridad “viene de lo alto” -Jn 19, 11-), el responsable último de establecer la justicia, tan encomiada por el derecho romano. Su pecado primero y fundamental es haber decidido no decidirse, haber juzgado mejor no juzgar.

Este es el pecado de omisión de toda persona revestida con autoridad (incluida la jerarquía eclesiástica, entre cuyos miembros - ¡ay de mí! - me cuento…) cuando se corre de ese lugar en que Dios la ha establecido, y so capa de humildad, se baja del estrado para confundirse con el pueblo, y demagógicamente, promete dar fuerza de ley sólo a lo que la mayoría quiera.

Para toda autoridad existe, por cierto, un “balcón” que es legítimo. Hay una escucha del pueblo que es vital y necesaria para todo buen gobernante, como para cualquier padre o maestro es indispensable la mirada y escucha atentas a sus hijos o alumnos. Y todo lo que en ello se insista es poco. Sin embargo, el deber primero de la autoridad, por el bien de las personas a quienes sirve, es para con la verdad y la justicia, así resulten impopulares, como cuando los padres tienen que hacer correcciones que duelen.

Pilato debía hacer justicia y evitar la injusticia, y tenía personalmente el poder para hacerlo, pero eligió delegar ese poder en el pueblo. Por eso mismo, antes de que el “pueblo” -que casi nunca en la práctica es el pueblo, sino una masa influenciable, útil a una élite de interesados- elija mal, y aunque hubiera elegido bien, ya el más grave pecado de Pilato estaba consumado: había renegado de su misión y de su responsabilidad, abriendo así la posibilidad de que se cometiera, democráticamente, una terrible injusticia, y deponiendo la única arma que se disponía para evitarla: su autoridad.

La actualidad de esta tentación para cualquier persona que esté encargada de otras (desde el Papa hasta los padres primerizos, pasando por los gobernadores, los curas de barrio o los maestros de grado) es patente. Y más si consideramos que San Juan pone en boca de Pilato el fundamento último de su actitud, hoy más vigente que nunca: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 38). ¡Con qué facilidad, como padres y educadores, diciéndonos que hoy “cambiaron los tiempos”, nos quitamos a nosotros mismos la carga de educar en los valores de siempre!  ¡Qué fácilmente, en la Iglesia, miramos positivamente, como si se tratara de humildad intelectual, de respeto y de tolerancia, la actitud de disimular, esconder o desconocer la verdad de Jesucristo, “el mismo hoy, ayer y para siempre” (Heb 13, 8) y la identidad de su única Iglesia “fundamento y columna de la verdad” (1 Tim 3, 15)! ¡Qué cerca estamos de entender la tan mentada “sinodalidad” como un abdicar de nuestros insoslayables deberes (contraídos solemnemente ante Dios) de ser heraldos del Evangelio y pastores que alimentan a su pueblo con la verdad, entregando la propia vida! ¡Qué peligrosamente real es la tentación de eliminar, como si fuera nocivo, todo lo que expresa nuestra diferencia esencial con los laicos (no sólo las mitras, sino hasta el mismo hábito eclesiástico), para refugiarnos en el anonimato del pueblo, escabulléndonos de nuestro deber de ser ejemplos de santidad, de sabiduría, de caridad, de oración… y dejando al pueblo huérfano y a la deriva, literalmente “como ovejas sin pastor” (Mt 9, 36)!

Pilato no era tan malo: sólo era pragmático. Él buscaba la paz. Como tantos y tantas. Pero la quería ahora (en la historia). Y la quería acá (en este mundo). Y prefirió la paz temporal de no tener que pelearse otra vez con los judíos a la justicia y la verdad, que son eternas… pero menos prácticas.

Cuidémonos nosotros, en la Iglesia, de proponer una paz y una fraternidad, si son en desmedro de la verdad y de la justicia. Porque sólo Cristo es nuestra paz: y su paz viene de la cruz.

La multitud no era tan mala: sólo era impaciente. Pedía la libertad. Como tantos y tantas. Pero querían la libertad aquí (en este mundo) y ahora (en la historia). Y por eso prefirieron a un liberador “famoso”, a un “ídolo”, a un líder violento que, de hecho, se había jugado la vida luchando contra la opresión romana, en lugar de aquel maestro amoroso y pacífico, que hablaba de poner la otra mejilla y de perdonar siempre, que pagaba los impuestos al César y no reclutaba soldados, y prometía que la verdad los haría libres… Sí, 'tá bien, pero ¿cuándo?

Cuidémonos nosotros, en la Iglesia, de confiar optimistamente en las elecciones de las mayorías: que la ingenuidad no nos impida ver a las élites que manipulan a la gente conforme a sus intereses, y que el entusiasmo epocal por lo democrático no nos lleve a dar fuerza de ley a todo lo que el “pueblo” elija, renunciando a nuestro deber magisterial y de gobierno.

Ellos -y ellas- quizá creerán que están eligiendo a Jesús. Y sólo por no conocerlo bien, y sólo por soñar en construir la igualdad, la fraternidad y la libertad en este mundo, habremos elegido a Jesús… Bar Abbás. Y a Nuestro Señor, otra vez, lo habremos mandado a crucificar.

martes, 31 de enero de 2023

"Felices los de corazón puro, porque verán a Dios"

   La bienaventuranza a los "limpios de corazón" no ocupa, por cierto, el primer lugar en el elenco. Sin embargo, está aparejada a una promesa que es más que esencial, en la medida en que constituye el sentido de la vida misma: "porque verán a Dios". Y la vida verdadera, la vida eterna no es sino poder ver a Dios. "Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero..." (Jn 17, 3).

    A los oídos contemporáneos, quizá la perspectiva de esta visión no diga mucho (de esto nos hemos ocupado en este otro articulillo) pero, lo sepa o no, todo hombre está permanentemente buscando el rostro de Dios, y sólo viéndolo encontrará sosiego y dicha.

   Así es: solamente los limpios pueden ver al Limpio. Sólo los de corazón puro son capaces de conocer al Puro. No en vano tenemos la esperanza de una instancia previa al Cielo, invento de la misericordia de Dios, en que Dios mismo nos purificará del todo y nos hará así capaces de contemplarlo cara a cara. Se llama, elocuentemente, Purgatorio.

    Sin embargo, la promesa de esta bienaventuranza no  habla de un futuro que excluya el presente, sino que, al igual que el mismo "reino de los Cielos" que Cristo hace presente, "está cerca", y "ya está aquí", aunque como semilla pequeña. Por lo tanto, la "pureza de corazón" nos interesa no únicamente para ir al Cielo, sino también para vivir bien esta vida, pudiendo reconocer en medio de "este valle de lágrimas", la presencia fiel y misericordiosa de Dios.

   Ahora bien, ¿a qué se llama "pureza" de corazón? La "pureza" es la característica de lo que no tiene mezclas extrañas, de lo que no está adulterado por nada, de los que está en estado prístino, como recién salido de las manos del creador.

  ¿Qué es, pues, lo que "mancha", lo que adultera, lo que vuelve impuro el corazón humano? En sentido  general, podemos afirmar que cualquier pecado nos "ensucia". Sin embargo, tanto la experiencia humana (y el lenguaje habitual), como la tradición bíblica y eclesial atribuyen una peculiar nocividad en este sentido a los pecados que tienen que ver con el desorden en la dimensión sexual. No casualmente la Iglesia desde hace mucho ha formulado el objeto de los mandamientos sexto y noveno como "actos" y "pensamientos impuros". 

   Por cierto, a partir de la "revolución sexual" de los años sesenta, se ha trabajado sin pausa para derribar cualquier "tabú" sexual. Tan es así, que lo que hoy se ha vuelto un "tabú", algo prohibido, es referirse a las conductas que involucran lo sexual en términos de licitud e ilicitud, de mérito o culpa, de gracia o pecado. Del sexo se puede hablar libremente; del pecado sexual...¡ni mencionarlo! En efecto, pareciera que, si en otra época de la iglesia hubo una cierta obsesión por el sexto mandamiento, hoy se da la obsesión contraria: hacer como si no existiera.

    Pero la lujuria, pecado capital -o sea, origen de muchos otros-, por más que se la quiera ocultar, sigue estando entre las causas de muchísimos problemas sociales, bien visibles y bien actuales: familias rotas, infidelidades, abusos sexuales, explotación de niños y mujeres, acosos y femicidios, y un largo etcétera.

    Además, diga lo que diga la "cultura" dominante, en toda persona hay un anhelo profundísimo, una nostalgia -me animo a decir constitutiva- de pureza. La pérdida de la inocencia, que todos experimentamos al crecer, deja en el fondo del corazón una huella dolorosa, como la memoria de un paraíso perdido. En muchas personas, esta especie de herida congénita ha quedado como sepultada en confines inconscientes del alma. A Dios gracias, la universal (¡todavía!) experiencia del contacto con los niños pequeños, provoca una alegría, una satisfacción misteriosa y profunda que nos remite esa hondura anímica donde parece todavía jugar y reír un niño interior.

    Sin embargo, no hablaré esta vez de los "actos", ni siquiera de los "pensamientos impuros". En cambio -y ya que la bienaventuranza de la pureza de corazón remite luego al "ver" a Dios-, me referiré a la pureza en el "ver" y en el "mirar". Por lo demás, seguramente antes de un pensar o actuar impuro, hay un ver que dejó lugar a la impureza. 

      "La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado; pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo quedará en tinieblas" (Mt 6, 22-23), dice el Señor en el mismo Sermón de la Montaña. De alguna manera, somos lo que miramos. Pero para profundizar en esto remito a otra reflexión.

      Hoy vivimos en una cultura escrupulosamente preocupada por la pureza de lo que ingerimos: proliferan las tiendas que venden productos "orgánicos", puros, vírgenes y naturales. Purificamos hasta el agua potable. La sociedad es cada vez más consciente de que hay ingestas que, aunque no produzcan una inmediata descompostura, pueden ir envenenándonos de a poco.

         Sin embargo, no tenemos ni remotamente el mismo cuidado en discernir lo que dejamos entrar (no ya al cuerpo, sino al espíritu) por los oídos y por los ojos. Sobre todo en este tiempo, en que estamos expuestos -voluntariamente- casi sin pausa a las imágenes desde nuestros teléfonos celulares. Y es sabido que, a diferencia de los alimentos, que causan una indigestión pasajera, las imágenes tienen en nuestra psiquis una duración casi imperecedera (para bien o para mal).

      Urge, en nuestro mundo de hoy, que tomemos conciencia de esto. La facilidad al acceso a la pornografía no tiene precedentes en la historia. Con ello, imperceptiblemente, el límite de lo que es lícito o normal mirar se ha corrido, de hecho, muchos más lejos... La inmensísima mayoría de la gente no ve ni remotamente que pueda ser un problema el hecho de que sus hijos tengan una televisión con internet libre en sus habitaciones o que no tengan restricciones en el uso de celulares o tablets. Hay que decirlo: lo que dejamos entrar por  los ojos nos afecta, nunca es indiferente. Las imágenes impuras conllevan una dinámica psicológica que provoca primero miradas, luego pensamientos, por fin acciones impuras. Eso daña nuestros vínculos, nuestra capacidad de respetar al otro, nuestra misma facultad de amar, y por ende, de ser felices.

         Dirijamos nuestros ojos a la Virgen, a quien hace siglos miramos preferentemente en sus advocaciones de la Purísima (Luján, Itatí, del Valle...): es decir, la Inocente, la Sin Mancha, la Celestial... Que el dejarnos mirar por su mirada limpia nos desate esa profunda nostalgia de inocencia que nos constituye y nos anime a querer vivir el camino que nos propone el Maestro: "Felices los puros de corazón, porque verán a Dios" (Mt 5, 8). 

  


sábado, 31 de diciembre de 2022

Gracias, Papa Benedicto XVI, servidor de la Verdad



Joseph Ratzinger, q. e. p. d.
(27-IV-1927 -- 31-12-2022)

  Hoy ha muerto el Papa Benedicto XVI.
  Le pedimos a Dios que descanse en su paz y que reciba el premio eterno que por gracia merecen sus servidores buenos y fieles.
  Sólo Dios sabe cuánto le debemos. 
  Fue el profeta que la Providencia divina regaló a su Iglesia en estos momentos de tremenda confusión.
  Fue hasta el final el "humilde trabajador en la viña del Señor" como se definió el día de su elección como Obispo de Roma.
  Su lema episcopal resume perfectamente su misión: "cooperatores veritatis", colaboradores de la Verdad. En tiempos de oscuridad intelectual y de relativismo moral, Joseph Ratzinger, sin levantar el dulce tono de su voz, supo anunciar y denunciar las doctrinas y prácticas que queriéndolo o no, lesionaban, en el creer, en el celebrar y en el vivir, la pureza de nuestra fe cristiana.
   Gracias por sus tempranísimas advertencias sobre el falso "espíritu del Concilio" y por enseñarnos la "hermenéutica de la continuidad". 
   Gracias por su humildad para disimular su talla de gigante intelectual y ponerla al servicio de la Iglesia.
     Gracias por el Catecismo de la Iglesia Católica.
     Gracias por la Declaración Dominus Iesus.
     Gracias por los tres libros sobre Jesucristo.
     Gracias por sus últimos años de oración escondida desde el corazón de la Iglesia universal.
     Gracias porque con su fe cumplió la misión que Cristo le dio de confirmar a sus hermanos.
    Y le pedimos al Señor que, con su oración desde el Cielo, "no seamos confundidos para siempre" (non confundar in aternum!)



 

martes, 18 de octubre de 2022

Lo hermoso de no entender

 Tarde lloviznosa y fría en el barrio de Las Tunas, agradable sólo porque es de octubre. Estoy confesando en el patio vacío del jardín de infantes parroquial, que parece no entender el por qué de tanto silencio.

  Tras las puertas del salón contiguo, una señora está hablando con fe y con dulzura de Dios a unos cuantos adultos, electos padrinos de confirmación, que se preparan así para recibir ellos también el sacramento. 

  De pronto se acerca a confesarse uno de ellos. Se trata de un muchacho amigo mío, varón mucho más dado a la calle que a las cosas de Iglesia, pero de fe sincera, como que caminó peregrinando más de una vez hasta la Virgen de Luján.

  "¿Y, amigo?" -le pregunté para iniciar la "conversa"... "¡Vas a confirmarte! ¿Cómo estás viviendo todo esto?"

   "No entiendo nada", me contestó al punto. Y sin darle tiempo a mi rostro para acusar la sorpresa, con una sonrisa grande y tranquila y los ojos lagrimosos agregó: "Pero es hermoso no entender nada".

    Creo que nunca alguien me había expresado con tanta sencillez y contundencia lo que quiere decir "misterio" y lo que genera entrar de verdad en contacto con él. 

    Algo así tendría yo que sentir después de cada bautismo, de cada absolución, de cada Misa, de cada bendición, de cada minuto de mi existencia sacerdotal... 

   Sólo me queda agradecer por la fe de los pobres, y decir con el Señor: "Te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido".

viernes, 23 de septiembre de 2022

Desierto y profecía

Mirándome al espejo como sacerdote que soy, y mirando a la Iglesia jerárquica, creo que hoy, en la Iglesia, nos falta casi del todo el carácter profético. Parecemos, como ya advertía el profeta Isaías, “perros mudos” (Is 56, 10) incapaces de torear a los lobos del rebaño… que se nos han metido por los cuatro costados adentro del corral...


DESIERTO Y PROFECÍA

 "Yo soy la voz del que grita en el desierto" (Jn 1, 23)


San Juan Bautista arquetipo de profeta

El Evangelio de San Marcos empieza con la presentación de la misteriosa y fascinante figura del Bautista. El “más grande entre los nacidos de mujer” (Lc 7, 28) atrae, incluso a quienes, ayer y hoy, detestan o desprecian su estilo tan radical y tajante. Como el mismo Herodes, víctima pública de sus denuncias, quien, sin embargo, “lo escuchaba con gusto” (Mc 6, 20).

San Juan Bautista es el arquetipo de la profecía. Su prédica incisiva invitaba a la conversión concreta de la conducta, diciendo a cada cual lo que le tocaba según su estado. Su osadía en defender la verdad no se arredró ante los poderosos, y pagó por ello con su vida. El martirio selló su profecía, refrendándola y eternizándola.

Ahora bien, la figura y la misión del Precursor de Cristo no pueden separarse del definidísimo contexto en que se presentó: el desierto. “Vestido con piel de camello y alimentándose de langostas y de miel silvestre” (cf. Mt 3, 4) Juan es, sin más, “la voz del que clama en el desierto” (Jn 1, 23). Sin el desierto, Juan el Bautista deja de ser Juan el Bautista.

Y dado que él encarna -como un Elías redivivo (cf. Mt 17, 12)- la misión profética, no es desacertado decir que toda profecía requiere un desierto. También la Iglesia, en la medida en que ejerce la misión profética de Cristo, también debe ser, hoy y siempre, “vox clamantis in deserto”.

Alguien podrá objetar a esto que el profetismo de la Iglesia no proviene de la figura veterotestamentaria del Precursor, sino de Jesucristo. Y que, por consiguiente, el modelo de la dimensión profética en la Iglesia no debe buscarse primariamente en San Juan Bautista ni en ninguno de los antiguos profetas.

Sin embargo, en la medida en que Nuestro Señor Jesucristo (que se presentó no sólo como profeta, sino también como servidor del Señor, Hijo de Dios, hijo del hombre, Maestro, Mesías…) hizo suyos los rasgos de los profetas, es legítimo buscar en los que han sido profetas por antonomasia el modelo puro de una de las dimensiones -no la única- de la misión cristiana. De hecho, la opinión común de la gente sobre Cristo en los primeros años de su vida pública lo identificaba con los profetas: Juan el Bautista, Elías u otros (cf. Lc 9, 7-8; Mc 8, 28).

La profecía es esencialmente, entonces, una voz que grita en el desierto. Podríamos decir, esquematizando un poco, que en la historia de Israel el desierto es la situación de “exilio” voluntario o forzoso que distingue al verdadero profeta (el que habla palabras de Dios) del profeta urbano y “profesional”, cortesano del rey (que dice no lo que Dios le pide, sino lo que el poderoso quiere escuchar).

Ahora bien ¿qué es lo que el desierto le da a la voz del profeta? Vamos a resumirlo en cuatro cosas. 

Cercanía con Dios

En primera instancia, el desierto le da cercanía con Dios (es el lugar del “retiro”, del encuentro íntimo con el Señor) y ocasión para escucharlo y confiarse a Él.

Distancia con el mundo

El desierto, además, como lugar retirado, le da al profeta la capacidad de mirar las cosas desde una distancia donde puede ver el todo. Ve las cosas como quien mira desde lo alto, desde Dios. Y así, lejos de quedar desconectado de la realidad, el profeta conoce las cosas tal como son.

Independencia de las cosas

            El desierto es pobreza (forzosa), o austeridad (voluntaria). El desierto es escasez de vestido, comida y bebida. Es la condición de vida donde, por haber perdido (o renunciado a) todo, no ya hay nada que perder. Y es una suerte de ensayo del martirio: la disposición a perder lo único que se tiene todavía: la salud y la vida. Y por eso el desierto le da al profeta su fortaleza, su insobornabilidad. El desierto es para el profeta, como lo fue para el pueblo elegido, el precio y la condición de la libertad. Sólo en la libertad que da la pobreza pueden gritarse las verdades.

Independencia de los afectos

            El desierto es destierro, ruptura y separación del hogar, de la familia. Es la soledad radical. En este sentido, el desierto le garantiza al profeta la libertad frente a los condicionamientos “de la carne y de la sangre”, frente al peso de los afectos, de la honra, de la estima social, de los prejuicios de la propia clase… Esta libertad frente a los lazos humanos para anteponer a todo el Reino de Dios resplandece en la vida y en las enseñanzas del Señor: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” (cf. Mt 12, 46-50). “Vine a enemistar a un hombre con su padre, a la hija contra su madre [...] y así el hombre tendrá por enemigos a los de su propia casa. El que ame a su padre o a su madre más que a mi no es digno de mi” (Mt 10, 35-37).      

                                                                                  § § §

 Mirándome al espejo como sacerdote que soy, y mirando a la Iglesia jerárquica, creo que hoy, en la Iglesia, nos falta casi del todo el carácter profético. Parecemos, como ya advertía el profeta Isaías, “perros mudos” (Is 56, 10) incapaces de torear a los lobos del rebaño… que se nos han metido por los cuatro costados adentro del corral. Policías panzones durmiendo la siesta sin intentar siquiera subir los peldaños de nuestros abandonados mangrullos espirituales. Profetas “ñoquis”, viviendo en las cortes de hoy de la plata de los poderosos y en las plazas de la corrección política del “like” de las “multitudes”. Nuestras bocas, cuchillitos mellados, no saben ya pronunciar la espada de doble filo de la Palabra de Dios. Nuestras banderas, las que no hemos arriado todavía, están tan desteñidas de tanto querer incluir a todos que ya no representan a nadie; y ante los enemigos, que nos empeñamos en no ver, expresan algo sí, bien definido: rendición.

Quisimos acercarnos tanto al mundo que ya no nos distinguimos de él. Ya no hay levadura para mezclar con la masa. La sal ha perdido su sabor. Por eso, en general, este planteo de lo profético ni siquiera se hace: porque directamente no se ve el problema, de tan metidos que estamos en él. Denunciar ¿qué? Oponernos ¿a qué? Crisis de fe ¿dónde? Y al desasosiego profundo, que es inevitable a todo ser enfermo, oponemos altas dosis de anestesias ideológicas, llamando bien al mal y mal al bien, y así adormecemos la cabeza, y tranquilizamos el corazón. Pero el cáncer avanza.

¿Qué hacer? Si hemos perdido la voz profética, tendremos que recuperarla en el desierto. Desde donde -le pedimos- nos atraiga San Juan Bautista.

Como Iglesia tenemos que animarnos a “huir” una vez más de Babilonia ("¡Pueblo mío, salgan de ella!" -Ap 18, 4-) y adentrarnos al desierto. Tomar distancia de la cómoda esclavitud del imperio (ajos y cebollas) en un nuevo Éxodo que nos permita renovar la Alianza con Dios y saber qué somos: la Iglesia, Su Pueblo. Y no un pueblo más en el guiso pluralista del mundo globalizado.

Para tomar esa distancia lo primero es poner a Dios por sobre nosotros mismos:  “Si alguien viene a mí y no me ama más que [...] a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 26). O sea: amar a Dios sobre todas las cosas. Recuperar el teocentrismo frente al antropocentrismo sofocante que padece la Iglesia.

Lo segundo es desaburguesarnos. Difícilmente la Iglesia será profética (voz que grita, y no que enuncia por lo bajo) frente a los poderosos de la política mientras su obra más preciada sean unas instituciones sociales (colegios, guarderías, comedores) que literalmente dependen para su subsistencia de las arcas del Estado; ni será profética frente a los usureros y a los ricos ambiciosos mientras ellos sean sus principales socios. La austeridad personal e institucional son condiciones necesarias para la hora en que, a causa de nuestra palabra audaz, nos sean mezquinadas las ubres bajo las cuales llevamos plácida existencia.

Lo tercero es dejar de mendigar los aplausos y los “megusta” del público, de obsesionarnos por nuestra propia imagen y estar más dispuestos a perder la amistad, la buena prensa, la honra, si lo requiere nuestra fidelidad a Cristo, a la verdad, a la justicia.

San Juan el Bautista no encerró su luz bajo un cajón. Las multitudes acudían a él para escuchar sus terribles diatribas (cf. Lc 3, 7 ss)… "El pueblo entero" (Mc 1, 5) iba a buscarlo al desierto y se dejó bautizar por él. No fue atrayente por decir cosas lindas, sino por decir la verdad.

No se trata, por lo tanto, de que la Iglesia se "enguete" ni se esconda, sino de que esa luz de Cristo que la habita vuelva a brillar desde lo alto, iluminando todo y a todos. Se trata de que la Iglesia vuelva a ser atractiva. Pero antes tiene que volver a ser lo que es.

lunes, 18 de julio de 2022

CHE PROMESA

 




CHe PROMESA


El alma te di
¿a quién sino a ti,
Virgen de Itatí?

De niño en forma fortuita
hallé tu imagen bendita
en una antigua estampita.
Desde el día que te vi
el alma te di
¿a quién sino a ti,
Virgen de Itatí?


Lleno de fervor mariano
copié esa estampita a mano
y desde aquel día lejano
te tuve cerca de mí,
y el alma te di
¿a quién sino a ti,
Virgen de Itatí?


Casi veinte años después
de aquella primera vez,
me puso Dios a tus pies,
cuando el Orden recibí;
y el alma te di
¿a quién sino a ti,
Virgen de Itatí?

 Y en un agosto sin frío,
a orillas del ancho río,
para regocijo mío
tu santuario conocí,
y el alma te di
¿a quién sino a ti,
Virgen de Itatí?

Lucían, enamoradas,
las flores anticipadas
de mil lapachos, rosadas,
pero tu flor yo elegí;
y el alma te di
¿a quién sino a ti,
Virgen de Itatí?

Al fin pude celebrar
una misa ante tu altar,
y al terminar de rezar,
promesero me sentí
y el alma te di
¿a quién sino a ti,
Virgen de Itatí?

Y aquel día, antes de irme,
al entrar a despedirme
te hice la promesa firme
de volver cada año allí,
y el alma te di
¿a quién sino a ti,
Virgen de Itatí?

Los años han transcurrido
y porque Dios lo ha querido
desde entonces he cumplido
la promesa que ofrecí,
que el alma te di
¿a quién sino a ti,
Virgen de Itatí?


Y la alegría es tan fuerte
cada vez que vuelvo a verte
que en zapucai se convierte,
¡y aprendí a rezar así!
El alma te di
¿a quién sino a ti,
Virgen de Itatí?

Me conmueve cabalmente
cómo te reza la gente
con esa fe transparente
que quisiera para mí…
El alma te di
¿a quién sino a ti,
Virgen de Itatí?

Sólo un pedido he de hacerte
que en la hora de mi muerte
recuerdes con qué amor fuerte
cuántas veces dije así:
"el alma te di
¿a quién sino a ti,
Virgen de Itatí?"


San Miguel, 18 de mayo - Itatí, 14 de julio del año del Señor 2022

viernes, 25 de febrero de 2022

Los reyes magos y lo que debemos a Dios

"Ofrecemos a Dios honor y reverencia no para bien suyo, que en sí mismo está lleno de gloria y nada pueden añadirle las criaturas, sino para bien nuestro; porque, en realidad, por el hecho de honrar y reverenciar a Dios, nuestra alma se humilla ante El, y en esto consiste la perfección de la misma, ya que todos los seres se perfeccionan al subordinarse a un ser superior, como el cuerpo al ser vivificado por el alma y el aire al ser iluminado por el sol" (Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología, II-II, 81, 7).




Cuando, para la Epifanía del Señor de este año, me puse a meditar en el evangelio de la visita de los magos de Oriente al Niño Dios, me quedé pensando en este simple hecho: “le ofrecieron dones” (Mt 2, 11).

Algo tan obvio y tan sencillo, de pronto, se me antojó muy profundo y novedoso. Como cuando uno vuelve a oír una melodía largamente olvidada  que, al empezar a recobrar forma en la memoria, genera la profunda alegría de un reencuentro.

En la cultura popular, la fiesta de Reyes es sinónimo de “regalos”. Los Reyes Magos vienen cada año a recordarnos la importancia que tienen en nuestra vida los regalos, tanto el darlos como el recibirlos. En efecto, para expresar el amor, que es espiritual, necesitamos dar algo material, que en ese mismo acto de ser obsequiado se carga de sentido, casi diríamos que se transfigura. Lo poco, lo neutro, lo fragmentario y relativo de un regalo está preñado de un sentido grande, rotundo, total, absoluto: “yo -todo yo- te quiero a vos, tal como sos”.

Pues bien, este año Melchor, Gaspar y Baltasar me trajeron de regalo una vieja verdad olvidada: a Dios también, si lo queremos, tenemos que darle algo.

El relato de la visita de los magos se demora refiriendo todos los sucesos previos a la llegada al pesebre: vienen de lejos siguiendo la estrella, llegan a Jerusalén, preguntan por el rey, los recibe Herodes, que hace una consulta a los sabios; vuelven a ponerse en camino hacia Belén… Al escucharla, uno se siente parte de esa larga búsqueda, de esa paciente ansiedad de los misteriosos peregrinos… Sin embargo, desde que por fin llegan a la meta de su camino, todo ocurre muy rápido: “La estrella […] se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron el niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y […] volvieron a su tierra” (Mt 2, 9-12).

Los Reyes, llenos de alegría por haber llegado, hacen sólo dos cosas. Apenas dos verbos describen el larguísimamente anhelado propósito de la más famosa peregrinación de la historia: “lo adoraron” y “le ofrecieron dones”. Estas dos acciones de los magos -adoración y ofrenda, homenaje y oblación- en el fondo provienen de una única actitud, que es la actitud primordial que el hombre debe tener cuando se pone frente a Dios. Ésta puede tener distintos nombres: fe, obediencia, culto, reverencia, temor, religión, adoración… amor a Él sobre todas las cosas.

“Postrándose, lo adoraron y le ofrecieron dones”. Esta actitud, casi espontánea en los hombres y mujeres de todos los tiempos y todas las culturas y expresada en todas las religiones del mundo hoy parece llamativa por lo inusitada y por lo ausente (incluso ¡ay! en el ámbito de la Iglesia).

Se enseña con razón que la liturgia cristiana tiene como una doble dirección: de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba. Gloria a Dios, gracia a los hombres. En la liturgia “Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados” (Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, 7). Porque, tratándose de la actualización del misterio de la Cruz del Señor, el culto cristiano comparte las características que tuvo el “misterio pascual” de Cristo, “obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios” (Ídem, 5). El Señor Jesús se ofreció en la Cruz como Hijo obediente al Padre: “No mi voluntad, sino la tuya” (cf. Mt 26, 39); “Padre, a tus manos encomiendo mi Espíritu” (Lc 23, 46); y en favor de los hombres: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Los ojos mirando a Dios, las manos tendidas a sus hermanos. Ambos aspectos son inseparables.

Y sin embargo, hoy, incluso en nuestras Misas, el peso casi siempre está unidireccionalmente puesto en el sentido “de arriba abajo”. Pareciera que vamos a Misa no para dar, sino para recibir: no para darle algo a Dios, sino para que Dios nos satisfaga una necesidad. Esta unilateralidad, llevada al extremo, conduce a la actitud egocéntrica que expresa la conocida frase: “voy a Misa cuando lo siento”.

La mínima referencia al deber de dar culto a Dios, la noción misma de precepto dominical, la conciencia de tener que cumplir con el tercer mandamiento están tan poco presentes en el lenguaje y la vida de nuestras comunidades que prácticamente son incomprensibles, están sencillamente fuera de lugar.

La dimensión “vertical” y “ascendente”, la propiamente cultual, queda muchas veces prácticamente diluida también en el modo de celebrar la Misa. ¡Cuántas veces -mea culpa- los sacerdotes con su mirada y con todos sus gestos se dirigen a los fieles mientras con los labios están invocando a Dios!

Ahora bien, si es por cierto lastimosa la tendencia de acercarse a Dios sólo para recibir, más triste es constatar que en nuestras celebraciones se desdibuja incluso toda dimensión “vertical”, incluso descendente. No pocas veces, de hecho, ni los fieles ni el celebrante pareciera que estuvieran rezando, sino dialogando entre ellos, compartiendo, sí, cosas de Dios (su Palabra, sus sacramentos) pero mencionándolo en tercera persona, y no como si Él estuviera allí presente como un verdadero interlocutor…

La confirmación de esta tendencia queda patente en la renuencia incluso explícita de muchos curas a celebrar la Misa cuando no hay fieles presentes. Si no hay, por un lado, oración que suba, si no hay oblación que ascienda, si no hay sacrificio que se ofrezca, y por otro lado no hay fieles a quienes dar algo o con quienes encontrarse (señal de que se pierde también la fe en la comunión de los santos) … ¿qué sentido puede tener la Misa?

No se trata de desconocer la profundísima novedad que ha traído el “culto según el Logos” (Rom 12, 1) cristiano con respecto al “do ut des” (toma y daca) de las religiones paganas o de sus tantas supervivencias mágicas y supersticiosas, e incluso respecto de los sacrificios de la antigua Alianza. Estamos convencidos de que en la vida cristiana amar a Dios es, en última instancia, “dejarse reconciliar por Él” (cf. 2 Cor 5, 20), que “nos amó primero” (1 Jn 4, 10. 19).

Pero no por eso se pueden evaporar de nuestra religión y de nuestra liturgia la alabanza, la adoración, la acción de gracias, los sacrificios, las promesas, los votos, en fin, la ofrenda de la propia vida. El culto a Dios es una profunda necesidad inscrita en la naturaleza humana. Cuando a esta potente tendencia espiritual no se le asegura un cauce en que expresarse, se opera una verdadera represión, se ejerce una violencia, y termina desbordando por alguna parte, desmadradamente.

De hecho, en nuestro medio, quienes se benefician de nuestra horizontalización de la liturgia son las sectas pentecostales, en las que la alabanza tiene un sitio preminente. No en vano ellos conservan para sus celebraciones una palabra que la Iglesia ha desechado: “culto”.

Hoy es más oportuno que nunca, entonces, que recibamos este “regalo de Reyes” y desenterremos del olvido el tesoro de la virtud de la religión. Que volvamos a ofrecerle a Dios el homenaje de nuestras alabanzas, de nuestros gestos corporales, de nuestros bienes materiales como signos insoslayables de nuestra propia entrega (fe, obediencia, amor, servicio) a Él.

La misma liturgia de la Misa de Epifanía resuelve magistralmente todas estas cuestiones en la Oración sobre las ofrendas. Toda la teología del culto cristiano se resume en el sacrificio pascual de Nuestro Señor, quien es, desde la Cruz, el lugar de encuentro en que se reconcilian la gracia y la libertad, Dios y los hombres.

“Señor, mira con bondad las ofrendas de tu Iglesia que ya no son oro, incienso y mirra, sino Jesucristo mismo que en estos dones se manifiesta, se inmola y se nos da como alimento, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén”.

martes, 21 de diciembre de 2021

El pesebre y la cruz

        Casi no hay una canción folklórica navideña que no mencione en alguna parte la Cruz de Cristo. Siempre me acuerdo de mi profesor de guitarra Patricio Quirno Costa, que, comentando esto, decía medio en broma algo así como: "Pero, che, será posible, si la Navidad es algo lindo, por qué tienen que meter ya la cruz, déjennos alegrarnos tranquilos...". Hoy, sin embargo, pensando en este rasgo de la fe navideña de nuestro pueblo, le encuentro un sentido cada vez más hondo. 

    Vayan, pues, dedicadas a Don Patricio esta pequeña reflexión y esta zamba como gratitud por haberme enseñado a dar, con la guitarra, algo de gloria a Dios y algo de alegría a los hombres.


EL PESEBRE Y LA CRUZ

La Navidad como misterio de reconciliación


Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, 
que alababa a Dios, diciendo:
"
¡Gloria a Dios en las alturas,
y en la tierra, paz a los hombres amados por él!
” (Lc 2, 14).

Es casi un lugar común caracterizar la Navidad como una "noche de paz". Y es la pura verdad: al nacer como hombre, Dios vino a traernos la paz. Vino a hacer las paces con nosotros, los hombres. A unir lo que estaba infinitamente separado: el cielo y la tierra. Jesús es "nuestra paz" (Ef 2, 14): es Él quien, de parte nuestra, da la gloria a Dios, a quien nosotros tanto ofendemos; y es Él mismo quien a nosotros, de parte de Dios, nos trae la paz. 

Ahora bien, la paz tiene razón de fruto: viene siempre después de algún trabajo: siembra, poda y cosecha. No hay atajos para la paz. La paz es -siempre- consecuencia, y consecuencia del amor que, solo, reconcilia. Dicho de otro modo: hay paz cuando hay pacificación. Y hay pacificación cuando hay un pacificador. Cuando, como se dice mi barrio, " 'tá todo pago"... es porque alguien pagó.

Por eso, el Ángel comenzó diciendo: "Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador" (Lc 2, 11). La gloria a Dios y la paz a los hombres son anunciados en relación con la llegada de este Salvador, el que con su "sangre" y con su "cruz" (cf. Ef 2, 13. 16) acercó a los que estaban lejos y amigó a los que estaban enemistados, pagando un altísimo precio.

Por eso, la Navidad, aunque es un misterio de gozo, tiene ya anticipos de la cruz: el rechazo de los hombres, la pobreza del pesebre, la soledad de la noche… 

"Pobre humilde nace
nuestro Redentor,
temblando de frío
por el pecador".

El niño que nace es el Salvador que vino para hacer la obra de la redención por su pasión y su muerte. 

El pueblo sencillo de Dios comprendió esta verdad profunda, y la expresó de muchas maneras. En efecto, en muchos pesebres se representa al Niño acostado con los brazos extendidos en cruz. 

"Cuando sonríe
se hace la luz,
y en su bracitos
crece una cruz" 

("Noche anunciada" de Félix Luna).

Son sobre todo los villancicos criollos los que hacen presente el misterio de la cruz en medio de la Navidad. Por ejemplo, entre las coplas de "Vamos, pastorcillos", encontramos esta estrofa: 

"San José y la Virgen
y santa Isabel
vagan por las calles
 de Jerusalén,
preguntando a todos
si han visto a Jesús:
todos les responden
que ha muerto en la cruz"

O esta que recopiló Juan Alfonso Carrizo en Jujuy:

"La Virgen fue costurera
y san José carpintero
y el Niño cargó la Cruz
que ha'i morir en un madero"

O también esta estrofa de una zamba ("Tristeza de Navidad") de Arturo Dávalos:

"Y como el zorzal, mi niño Jesús,
cantara si pudiera para velar
tu sueño feliz, porque al despertar
ya comenzarás a llevar la cruz". 

Porque Cristo nació para salvarnos, para hacer las paces con nosotros, por eso la Navidad es ya un misterio de reconciliación. Y por eso es Noche de Paz.

Por consiguiente, la Navidad tiene que ser para nosotros ocasión de reconciliarnos con Dios y de reconciliarnos entre nosotros. 

Pensemos en quién de nuestra familia necesita un gesto de cercanía de nuestra parte. A quién podemos hacerle un sitio en nuestra mesa navideña, aunque se haya portado muy mal con nosotros. A quién deberíamos pedirle perdón antes de esta Nochebuena...

Nos cabe por cierto a nosotros, que hemos sido agraciados con la "Buena Noticia" y reconciliados con Dios, ser artífices de paz. Para ello, siguiendo los pasos de nuestro "Príncipe de la Paz", hemos de cargar con la cruz del amor, para ser así, concretamente, "mensajeros de la paz": "¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama la paz, del que anuncia la felicidad, del que proclama la salvación, y dice a Sión: «¡Tu Dios reina!» (Is 52, 7). Y poder merecer un día la eterna merced de sus palabras: "Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9).

¡Feliz Navidad!




viernes, 1 de octubre de 2021

Un Dios a imagen y semejanza del hombre

Reflexiones a raíz del Evangelio del Domingo XXVI (B) 

Hoy es el día de san Gerónimo y en el Oficio de Lectura se lee su famosa y contundente frase: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo” (Prólogo a los Comentarios al Profeta Isaías, 1).

Caravaggio. San Jerónimo escribiendo

Y es cierto, nomás. Pareciera que una y otra vez tenemos que volver a los Evangelios para seguir buscando el rostro de Cristo, que nunca acaba de develársenos en este siglo. Esto, de hecho, puso como epígrafe de su libro “Jesús de Nazareth” el Papa Benedicto: “Oigo en mi corazón: busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal 26, 8-9).

Somos todavía como los primeros apóstoles que caminan detrás del señalado Cordero de Dios, viéndole las espaldas (cf. Jn 1, 37) o como la Magdalena ciega de llanto que habla con el Jardinero sin reconocer a su Señor (cf. Jn 20, 15)… hasta que Él quiera, cuando Él quiera, mostrarnos su faz, dejarse reconocer.

Pero el gran problema es nuestra ansiedad, morbo contemporáneo si los hay. ¿Qué pasa hasta tanto Cristo se digne mirarnos a la cara? ¿Cómo aguantar mientras no vemos otra cosa que las “espaldas de Dios” (cf. Éx 33, 23)? La ansiedad y la impaciencia (que hoy se nos antojan apenas defectos) engendran entonces uno de los pecados más graves: la idolatría.

“Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar de la montaña…” (Éx 32, 1). La incapacidad de esperar los tiempos de Dios para saber a qué atenerse los llevó a fabricarse el ternero de oro. No era que habían reemplazado a su Dios por otro. Aarón inauguró el culto al ídolo a la voz de: “Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto” (Éx 32, 4). El pecado consistió en inventarse una imagen disponible, manejable, asequible, de ese Dios soberano que tardaba en aparecer…

“Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. Al escuchar esta sentencia del gran doctor de la Iglesia teniendo aún fresco en la memoria el Evangelio del domingo pasado (Mc 9, 38-48) no puedo dejar de pensar en el patente riesgo que los cristianos seguimos corriendo hoy por hoy de caer en una velada pero potente idolatría.

En efecto, hoy tenemos la tentación no tanto de renunciar a Jesucristo, como de hacernos un Jesús “a imagen y semejanza nuestra” … un Jesús “humano, demasiado humano”. Reducirlo a nuestras proporciones. Domesticarlo. Vestirlo a nuestra moda. Que es una manera de no nosotros seguirlo a Él, sino de pretender que Él nos acompañe a nosotros a donde nosotros queremos. Es, a fin de cuentas, mejor maquillado, el pecado original: querer “ser como dioses” (cf. Gén 3, 5).

Cuando a los curas nos toca predicar sobre el Evangelio en que el Señor recomienda a esos que escandalizan a los “pequeños que tienen fe” que se tiren derecho al mar con una piedra gigante atada al cuello, o en que sentencia que es preferible entrar mutilados en la Vida eterna que ir enteritos al infierno “donde el gusano no muere y el fuego no se extingue” (cf. Mc 9, 38-48), o que el que abandona a su mujer y se casa con otra comete adulterio, diga lo que haya dicho el mismísimo Moisés (cf. Mc 10, 2-16), acusamos recibo de que este Jesús tajante de las diatribas y de las exigencias no es el mismo Jesús ¡ay! que solemos presentarles “a los pequeños que” -todavía, gracias a Dios- “tienen fe” (Mc 9, 42).

“El que ignora las Escrituras ignora a Cristo”. ¿Qué hacemos, entonces? No tenemos más opción: o nos dejamos cortar, o cortamos nosotros. O nos abrirnos al Señor de la Palabra y dejamos que su facón doble filo (cf. Heb 4, 12) nos traspase, o nos hacemos los sordos y pasamos por alto (y a veces, con la venia del leccionario, directamente no leemos) los pasajes que desdicen nuestra imagen “eclesialmente correcta” de Jesús. Lamentablemente, muchas veces hoy elegimos quitarnos de encima, como una pesada molestia, las palabras inspiradas que vienen a hacer añicos nuestro ídolo, como hizo Moisés con el dorado becerro. 

Hace ya muchos años, el profético Padre Castellani denunciaba: “Se han dejado caer grandes trozos del Evangelio, que eran incómodos de predicar y más aún de practicar […] Se ha suprimido la personalidad de Cristo”. “[El Catolicismo] -sigue diciendo- se vuelve de veras una religión de mujeres: cuyo único objeto es el "Dulce Nazareno" de Constancio Vigil, simbolizado en la actual abominable estatuaria religiosa por los Cristos buenos mozos de melena rubia con el dedo en la boca del corazón abierto. La verdad es que el Cristo de la predicación actual no es ni hombre ni mujer: es un concepto” (L. Castellani, Cristo y los fariseos, Vórtice-Jauja, pp. 55-56).

¿Qué nos diría Castellani hoy a nosotros, a quienes esas imágenes del Sagrado Corazón -si es que todavía las vemos por ahí- por poco nos asustan, de puro hieráticas, por más melenas rubias y túnicas rosas que tengan?

Como entonces, también hoy nuestro pobre concepto reductivo de Cristo se refleja en las imágenes religiosas. Al respecto, quisiera señalar dos indicadores muy elocuentes: uno, por defecto; otro, por exceso.

    Están en franca disminución, por un lado, las imágenes del Crucificado y, en general, de Jesús sufriente o muerto. Contra la tradición y las normas litúrgicas, falta muchas veces incluso en los altares de las iglesias, donde cada vez más se ven cruces sin Cristos, o con Cristos resucitados, gloriosos, etc. Por lo demás, ya casi no se los coloca en las cabeceras de las camas de los matrimonios cristianos, donde en el mejor de los casos es reemplazado por otras imágenes religiosas (la Virgen, la Sagrada Familia, etc.). Cuando el Crucifijo sigue estando, casi todas las veces lo está de modo que se disimula lo más posible el realismo de su Pasión y Muerte. A los cristianos de hoy, ver un Cristo como el Señor de los Milagros de Salta, o el Santo Cristo de Buenos Ayres, o cualquiera de las imágenes barrocas de nuestra tradición hispanoamericana, nos está empezando a escandalizar.  Incluso encontramos justificaciones teóricas: que dan la imagen de un Dios Padre sanguinario, que Cristo no nos salvó por el sufrimiento sino por el amor, que creemos en un Jesús vivo y resucitado, etc. Claro que sí, pero en contra está siempre lo que dice San Pablo: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado” (1 Cor 1, 23); y “yo no quise saber nada fuera de Cristo, y Cristo crucificado” (cf. 1 Cor 2, 2).

Santo Cristo de Buenos Ayres

Por otro lado, abundan y sobreabundan las imágenes “naïves”, los dibujitos pueriles de Jesús como los de “las Mellis” (de la hojita El Domingo), o, sobre todo, los de Fano. El problema no es su uso en las aulas de los jardines de infantes, sino su abuso en todos los ámbitos de la pastoral eclesial. ¿Cómo conciliar ese Cristo infantilizado con el viril Pastor que pelea contra los lobos que quieren escandalizar a su pequeño rebaño,  con el Padre lleno de celo amoroso que amonesta y corrige a sus hijos para evitar que pierdan la vida, con el Profeta que patea mesas y echa a latigazos a los mercaderes del templo, o con el fortísimo Mártir capaz de entregar la vida por amor al Padre Dios y a los hombres?

¿No será que ese inofensivo y aguachento Jesús de salita de tres expresa más un Dios “a imagen nuestra”, que no queremos ser adultos responsables, que queremos ser “amigos sí, pero padres no”, que evitamos cualquier corrección y castigo como si fueran faltas de amor? ¿No tendrá que ver este dejar de mirar al Crucificado con la ilusión de que nuestras obras no tienen consecuencias, y que no tenemos nada de que hacernos cargo; con nuestra sensación de que no tenemos nada de que arrepentirnos ni de que ser perdonados; con nuestra fútil pretensión de poder amar sin sufrir; con nuestro afán de vivir superficialmente para evitar, cueste lo que cueste, el dolor y la mención misma de la enfermedad o la muerte?

Por supuesto que, tomando aisladamente cada imagen de Jesús, antigua o actual, puede verse como una aproximación aceptable, como una de tantas perspectivas posibles, como una de tantas “hermenéuticas” que legítimamente destacan uno u otro aspecto del inagotable misterio de Cristo. Pero no podemos dejar de advertir que, cuando unas representaciones se multiplican en desmedro de las que acentúan los aspectos contrarios, se está operando un recorte, una reducción unilateral de la persona de Jesucristo que nos hace descubrir, justamente, una velada herejía, una verdadera criptoidolatría.

“Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. Que San Gerónimo interceda por nosotros para que la espada de la boca de Cristo (cf. Apoc 19, 15) nos rompa, una y mil veces, las falsas imágenes que nos hacemos de Él, que es a su vez la imagen del Padre, y nos chucee para buscar y seguir buscándolo, hasta que al fin “viendo su rostro revelado seamos totalmente felices en su gloria” (Santo Tomás de Aquino, Adoro te devote). Amén.