En la llanura, contemplando el horizonte, uno puede bajar los brazos, descansar y dejar que la vista (ya no es la fatiga de la mirada) retoce sin cuidado por esa extensión inmensa. De la misma manera, puede uno aquiescerse sólo ante el panorama diáfano y despejado que nos tiende la verdad. Pero nunca dura mucho esa visión. En esta vida, el descansado horizonte de la verdad en seguida se accidenta de nubes que mellan su nítido-que-fue perfil. Gustando esa contemplación nos vamos acercando al horizonte, pero a medida que avanzamos aparecen nuevos cerros que ocultan otra vez la llanura definitiva. La verdad, es cierto, se vislumbra después de mucho subir, pero sólo se alcanza allá en el bajo, en la llanura de la humildad, que es el lugar de la comunión donde no hay ya obstáculos para el encuentro. Porque la verdad genera encuentro: la verdad es la madre del consenso, y la mejor amiga del amor.
lunes, 20 de septiembre de 2010
Platón y la pampa de la verdad
"...Este gran celo por ver la llanura de la Verdad es que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es precisamente el de aquella pradera, y la naturaleza de las alas por las que el alma adquiere su ligereza se nutre precisamente de él" (Platón, Fedro, 248, b-c).
Siempre me gustó, con atracción magnética, la pampa. Hay una suerte de llamado atávico, de vocación divina en el fondo de ese magnetismo.
En la llanura, contemplando el horizonte, uno puede bajar los brazos, descansar y dejar que la vista (ya no es la fatiga de la mirada) retoce sin cuidado por esa extensión inmensa. De la misma manera, puede uno aquiescerse sólo ante el panorama diáfano y despejado que nos tiende la verdad. Pero nunca dura mucho esa visión. En esta vida, el descansado horizonte de la verdad en seguida se accidenta de nubes que mellan su nítido-que-fue perfil. Gustando esa contemplación nos vamos acercando al horizonte, pero a medida que avanzamos aparecen nuevos cerros que ocultan otra vez la llanura definitiva. La verdad, es cierto, se vislumbra después de mucho subir, pero sólo se alcanza allá en el bajo, en la llanura de la humildad, que es el lugar de la comunión donde no hay ya obstáculos para el encuentro. Porque la verdad genera encuentro: la verdad es la madre del consenso, y la mejor amiga del amor.
En la llanura, contemplando el horizonte, uno puede bajar los brazos, descansar y dejar que la vista (ya no es la fatiga de la mirada) retoce sin cuidado por esa extensión inmensa. De la misma manera, puede uno aquiescerse sólo ante el panorama diáfano y despejado que nos tiende la verdad. Pero nunca dura mucho esa visión. En esta vida, el descansado horizonte de la verdad en seguida se accidenta de nubes que mellan su nítido-que-fue perfil. Gustando esa contemplación nos vamos acercando al horizonte, pero a medida que avanzamos aparecen nuevos cerros que ocultan otra vez la llanura definitiva. La verdad, es cierto, se vislumbra después de mucho subir, pero sólo se alcanza allá en el bajo, en la llanura de la humildad, que es el lugar de la comunión donde no hay ya obstáculos para el encuentro. Porque la verdad genera encuentro: la verdad es la madre del consenso, y la mejor amiga del amor.
"¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas!" (Is 40, 4)... ¿Habrá algo de cierto, algo de eso que intuía la sabiduría antigua, detrás del nombre con que me gusta llamar al Cielo que me espera: "Ayacucho eterno"?
"Ayacucho Eterno": serán los campos tendidos para siempre, serán los pastos de la verdad, será el agua pura de la vida nueva y el "Sol de justicia" que es el Cordero.
Yo sé para mí, viejo Platón amigo, que en el Ayacucho Eterno, sin carro alado ni auriga, me voy a subir en ancas de tu pingo y, juntos, vamos a galopar en la pampa madre de la Verdad... sin tranqueras.
SED DE PAMPA
"Pampa madre, peregrina de quietudes
cielo verde que repaso en la mirada..." (José Larralde)
Hundido en las piedras que cortan los vientos
ahogado en los lagos y ciego en los montes
aunque todo canta, yo no estoy contento:
mis ojos anhelan ver el horizonte.
La luz de mis ojos se choca en las piedras
y hacia el cielo sube buscando llegar
trepando murallas, como hace la hiedra,
hasta una llanura donde descansar.
Yo soy de los llanos, y también mi alma,
y el estar tan lejos me hace sentir
que, aunque sea un sueño gozar de esta calma
tendido en mi pampa quisiera morir.
Estos versos llanos, hijos de los montes,
son ríos cumbreños que quieren bajar,
y con ellos mi alma, con sed de horizonte
va abriéndose paso camino hacia el Mar.
Bariloche, 10 de enero de 1999.
viernes, 27 de agosto de 2010
Un canto nuevo
Algunos días atrás, bien entrada la noche, me disponía ya a irme a dormir cuando por entre las ventanas siempre abiertas de mi cuarto oí algo que me hizo deternerme de golpe, interrumpiendo los semiconscientes quehacerces de la rutina final. Me expuse en seguida a la voz de la ventana, y, en una fresca bocanada, la noche negra me dijo un canto nuevo: era un silbido casi olvidado, tan lleno de reminiscencias, tan familiar... Abrí del todo, respiré hondo y le regalé al cielo una sonrisa nueva, tan nueva como ese canto primero del primer zorzal.
¡Qué linda sensación, y qué extraña! Ese silbo prematuro, surgido en el seno mismo del invierno, llevaba en sí mismo toda la primavera... El silencio frío, dueño y señor de las noches invernales, acababa de ser herido de muerte por ese flechazo musical. Y aquel zorzal francotirador era el mismo que con trinos triunfantes me estaba anunciando el pregón de la victoria.
¡Qué certeza misteriosa! ¿Cómo puede uno alegrarse hasta henchirse el corazón por la primavera, estando en pleno invierno? Y sin embargo, el que escucha ese anuncio entiende la irrevocabilidad de la noticia: "¡Cantemos! El invierno "ya fue". No le hagan caso a lo que ven ni a lo que sienten: eso es apariencia. Es el estertor de un muerto. En lo oscuro de la noche ya se está gestando el día nuevo. ¡Cantemos!"
¡Qué certeza misteriosa! ¿Cómo puede uno alegrarse hasta henchirse el corazón por la primavera, estando en pleno invierno? Y sin embargo, el que escucha ese anuncio entiende la irrevocabilidad de la noticia: "¡Cantemos! El invierno "ya fue". No le hagan caso a lo que ven ni a lo que sienten: eso es apariencia. Es el estertor de un muerto. En lo oscuro de la noche ya se está gestando el día nuevo. ¡Cantemos!"
Ese canto aparentemente aislado del primer zorzal no está solo: está preñado de todos los que vendrán. Es "las primicias" de la primavera... ¡Qué poco entendió de esto el que piensa que "una golondrina no hace el verano"...! Las primicias son la exigua realidad que asegura la promesa de mucho más. De aquí brota una gran alegría, por el regalo de una doble novedad: la llegada del primer fruto, y la certeza de todos los demás. ¡Eso es el gozo de las primicias!
"¡Canten al Señor un canto nuevo!" (Is 42, 10).
Así gritaba el profeta Don Segundo Isaías, en lo más negro del destierro en Babilonia, en la oscuridad más densa de la desgracia de Israel. Cuando no había nada de qué alegrarse, Isaías pregonaba la victoria de Dios: "El Señor irrumpe como un héroe [...]" (Is 42, 13): en lo más negro de la desesperación, Dios había dicho: "cambiaré las tinieblas en luz" (42, 16). Isaías invitaba a la esperanza en medio de la desesperación más absoluta... "¡Canten al Señor un canto nuevo!" ¿Le habrán hecho caso? ¿O habrá ganado la tentación de la nostalgia de las "cosas pasadas" (Is 43, 18): "¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! (Sal 136, 4)?. Por las dudas, el Antiguo Testamento nos insiste varias veces con esta invitación: "¡Canten al Señor un canto nuevo!" (Sal 33, 3; 96, 1; 98, 1; 149, 1)... Pero ¡qué difícil es cantarlo! ¡Qué difícil es a adherirse a entonar la victoria en medio de los horrores de la batalla! ¡Qué difícil, en el fondo, creerle al que anuncia la esperanza! Queda claro, en todo caso, que poder cantar "el canto nuevo" es siempre un don del mismo Dios (cf. Sal 40, 4).
Así gritaba el profeta Don Segundo Isaías, en lo más negro del destierro en Babilonia, en la oscuridad más densa de la desgracia de Israel. Cuando no había nada de qué alegrarse, Isaías pregonaba la victoria de Dios: "El Señor irrumpe como un héroe [...]" (Is 42, 13): en lo más negro de la desesperación, Dios había dicho: "cambiaré las tinieblas en luz" (42, 16). Isaías invitaba a la esperanza en medio de la desesperación más absoluta... "¡Canten al Señor un canto nuevo!" ¿Le habrán hecho caso? ¿O habrá ganado la tentación de la nostalgia de las "cosas pasadas" (Is 43, 18): "¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! (Sal 136, 4)?. Por las dudas, el Antiguo Testamento nos insiste varias veces con esta invitación: "¡Canten al Señor un canto nuevo!" (Sal 33, 3; 96, 1; 98, 1; 149, 1)... Pero ¡qué difícil es cantarlo! ¡Qué difícil es a adherirse a entonar la victoria en medio de los horrores de la batalla! ¡Qué difícil, en el fondo, creerle al que anuncia la esperanza! Queda claro, en todo caso, que poder cantar "el canto nuevo" es siempre un don del mismo Dios (cf. Sal 40, 4).
En el Nuevo Testamento nos encontramos, por fin, con algunos que "cantan un canto nuevo" (Ap 5, 9; 14, 3). ¿Quiénes son? En 5, 9-10, son los que están en el ámbito divino ("alrededor del trono"), en presencia de Dios y del Cordero degollado y victorioso. Pero ellos están en el cielo, contemplando al Cristo vencedor que tiene en su mano, abiertos, los designios de la historia. Ahora bien, los hombres, aquí abajo, en este "desierto" (Ap 12, 15), tratando de huir en la "gran tribulación", ¿podrán cantar el canto nuevo? ¿Podrán creer que "ha vencido el león de la tribu de Judá" los que sólo sienten que crecen y crecen las fuerzas del mal, cada día más revestidas de poder y de propaganda, mientras que los justos sufren y lloran su derrota? ¿Cómo puede una persona cantar el canto nuevo de la victoria, cuando se siente igual de indefenso y desesperado que una mujer que trata de dar a luz y que ante sus ojos no sólo no tiene a nadie que la ayude, sino a un monstruo gigantesco que le va a devorar a su creatura (cf. Ap 12, 1 y ss)?
La respuesta la da el cap. 14 del Apocalipsis. Allí, ese "canto nuevo" que viene del cielo "y nadie lo puede aprender" (14, 3) es aprendido únicamente por un grupo de hombres que esta vez sí está en la tierra y en la tribulación... Esos hombres son "las primicias de los rescatados" (14, 3), de los rescatados "en la sangre" del Cordero, como decía el canto nuevo en Ap 5, 9. Son los "ciento cuarenta y cuatro mil", ese misterioso resto fiel de los seguidores del Cordero, que lo siguen "adondequiera que vaya"... Ellos se animan a cantar ya, en medio de la tribulación, el canto nuevo de la victoria. Ellos son aquí, en la tierra, las "primicias" de una "multitud incontable de toda nación, tribu, pueblo y lengua" (Ap 7, 9) "en el cielo".
"Dios mío, yo quiero cantarte un canto nuevo" (Sal 144, 9).
Desde que me puse a escribir, ya "se entró la noche", y de nuevo empecé a escuchar a mi zorzal que pregona a un tiempo el amanecer y la primavera. Y pienso en nosotros, los cristianos: somos nosotros los que "seguimos al Cordero" y vivimos en un mundo que a veces nos aplasta con su maldad. Todo el Nuevo Testamento -no sólo el Apocalipsis- nos advierte que estamos viviendo en unos "tiempos que son los últimos" (Heb 1, 2), porque "el Reino de Dios ha llegado" (Lc 11, 20). El misterio de la historia (y de nuestra vida) ya ha sido revelado en Cristo Jesús, que venció de una vez para siempre al pecado, al mal y a la muerte. Por oscura que sea la noche en que vivimos, ella ya está inexorablemente habitada por la luz de la mañana en el Lucero del alba, que nos anticipa y promete la Luz total.
Un poco estudiando el Apocalipsis y otro poco a los pájaros, he llegado a una conclusión. Nuestra misión en este mundo desesperanzado es la de "cantar un canto nuevo", alegrando y levantando los corazones, como zorzales en la noche que celebran ya al "Sol que nace de lo alto" (Lc 1, 78).
jueves, 12 de agosto de 2010
La primera enseñanza de Jesús
Todos los evangelistas nos transmiten -entre otras cosas- las "enseñanzas" de Jesús, las palabras y parábolas con que él hablaba del Reino de Dios. Pero entre ellos, San Lucas pone de manifiesto una primera enseñanza escondida del Maestro, una verdadera lección oculta. Se vale, para ello, de ciertas referencias a la edad de Jesús.
Cuando el hijo de María tiene doce años (cf. Lc 2, 42), ella y José lo encuentran en medio de los maestros del Templo de Jerusalén. ¿Qué hacía allí Jesús? Lucas pone sólo dos verbos: "escuchaba" y "preguntaba" (2, 46). Sin embargo, el niño, "en medio de los doctores", está "sentado" (¡como un maestro!)... De hecho, estaba dando una lección que dejaba a los demás "admirados" (2, 47). Misteriosamente, el que sólo "escuchaba y preguntaba" estaba él mismo dando "respuestas" y siendo escuchado (cf. 2, 47). ¿Qué estaba enseñando ese pequeño maestro?
La siguiente referencia de Lucas a la edad de Jesús la tenemos "al comenzar" su vida pública: "tenía unos treinta años" (Lc 3, 23). En la escena siguiente, el Señor, obedeciendo al Espíritu, es arrastrado al desierto. Aquí, cuando el diablo lo pone a prueba, aparecen las primeras frases de Jesús no hechas en forma de pregunta. En efecto, a sus propuestas, Jesús no hace más que responder lo que había esuchado de su Padre todos esos años: "Está escrito" (Lc 4, 4.8.10). Recién después de esto empezó Jesús a "enseñar" (4, 15).
Lucas parece querer hacernos entender que toda la vida oculta de Jesús fue un "escuchar y preguntar" (2, 46), un "estar en las cosas de su Padre" (2, 49) y a la vez un "estar sujeto" a María y a José (cf. 2, 51). En esto consistía el "crecimiento" del niño en "sabiduría" (cf. 2, 40.52).
¡Jesucristo se pasó treinta años "escuchando y preguntando"! ¡El Hijo del Dios Altísimo, la Sabiduría creadora de Dios hecha carne invirtió casi todo el tiempo de su corta vida no en enseñar, sino en aprender, en "crecer en sabiduría"...! "¡Qué misterio encierra Nazareth!" (Pablo VI). ¡Qué pedagogía la de la vida oculta! Ésta era la lección misteriosa que el niño-doctor enseñaba a los maestros del Templo, y esta es hoy y siempre la paradójica enseñanza que Jesús nos propone con su aprendizaje... Jesús es para nosotros el Maestro que nos enseña a aprender.
También para la Palabra hecha carne todo empieza con el silencio humilde de la escucha; también para él "el primer mandamiento es éste: "Escucha, Israel"..." (Mc 12, 29). Que el Espíritu nos contagie esta verdadera sabiduría de Jesús, que es la única que nos permite salir de nosotros mismos y amar hasta dar la vida.
jueves, 15 de julio de 2010
MEA CULPA

Qué día triste. Qué dolor leer estampada en el título del diario la noticia irreversible de la confusión canonizada y de la mentira hecha ley.
"Perdimos", fue lo primero que pensé. Después intenté consolarme: "Dimos batalla: mandamos mails, repartimos volantes y juntamos a miles de personas anteayer frente al Congreso. Hicimos lo que pudimos, lo que estuvo a nuestro alcance...".
Y después volví a pensar: perdimos, y nuestra reacción no fue más que eso, una reacción desesperada a último momento (posterior incluso a la media sanción en la Cámara de Diputados), un manotazo de ahogado.
Anteayer, en la marcha frente al Congreso, no había canción ni globo naranja que pudieran arrancarme una sonrisa... Mi ánimo no estaba para festejar nada, porque yo ya había experimentado la derrota: no la derrota parlamentaria, la de anoche -porque con respecto a eso todavía tenía ilusión-, sino una derrota mucho más profunda. La derrota de que la mayoría de la gente, incluidos muchísimos miembros de la Iglesia, esté de hecho tan confundida. La derrota de que tantas personas no vean nada de malo en el "matrimonio igualitario"; la derrota de que tantos jóvenes católicos no sientan la necesidad de oponerse a esta nueva ley.
Esta mañana me enojé muchísimo... Pero ¿contra quién me voy a enojar? ¿Contra los del lobby gay? ¿Contra mandinga, que mete la cola? ¿Contra los senadores que legislan para su bolsillo? ¿Me voy a escandalizar de lo que sé de memoria? No, enojarme en serio contra estas realidades sería hipócrita.
Una gripe cualquiera ha matado a la criatura: el que nunca la protegió, el que nunca quiso vacunarla ni le dio la nutrición necesaria no tiene derecho a quejarse de nadie. "Si quiere llorar, que llore, nomás".
Nos han vencido sin tener que recurrir a la inteligencia: casi no hubo necesidad de negar la ley natural, de eliminar a Dios, de ir a lo profundo... No, les bastó el cuatro de copas de los juegos de palabras, los testimonios conmovedores, la retórica barata, los lugares comunes, la corrección política y la insistencia mediática. Vergüenza, decimos. Sí, pero más vergüenza la nuestra. Un resfrío nos llevó a la tumba: alguien tiene que hacerse cargo de la inmunodeficiencia.
Yo me quiero hacer cargo, y confesar, como miembro de la Iglesia, que hemos pecado mucho de omisión. Quiero pedir perdón porque gran parte de nuestros hijos, de los exalumnos y alumnos de nuestros colegios y de los jóvenes de nuestros grupos no tiene más formación que la que reciben de los Simpson, de Tinelli y, en el mejor de los casos, del CBC. No les hemos ofrecido herramientas para discernir la verdad del error, ni una estructura mental capaz de asegurarles el mínimo sentido crítico. He podido constatar a qué grado de confusión y de incoherencia con la fe que sinceramente profesan han llegado, pero no puedo enojarme con ellos, y, sobre todo, no tengo por qué hacerlo. Tengo que pedir perdón por la verdad que no les mostré, por la formación que no les di, por la catequesis que no les enseñé.
Quiero pedir públicamente perdón por vender el amor de Dios como un sentimiento fácil y meloso, por la demagogia de no poner límites, por mostrar la misericordia como opuesta a la verdad, por recortar la Palabra de Dios y echarle soda al Evangelio, por tenerle miedo a la exigencia, por subestimar a las personas, por no formar las conciencias, por no hablar del pecado, por el egoísmo de callar verdades para que no me dejen de querer, por no corregir, por seguir la opinión políticamente correcta en vez de buscar la verdad con franqueza, por perseguir los éxitos pastorales inmediatos y no el verdadero bien de los otros, por ser incoherente y tibio, por no confiar en la gracia de Dios y en la fuerza del Evangelio... ¡Mea culpa!
No nos quejemos del "mundo", ni nos contagiemos de sus métodos propagandísticos para ganar la pulseada. Reconozcamos nuestras omisiones y nuestras incoherencias, pidamos perdón y convirtámonos al Evangelio, que sin éxito, sin brillo y sin fuerza humana (esto enseña la "sabiduría de la cruz") cambia el corazón de las personas.
Ahora hay que mirar para adelante, y empezar a revertir, con el amor de la verdad y la educación, la inmunodeficiencia espiritual pandémica que estamos padeciendo. Las parroquias, la catequesis, los colegios, los grupos eclesiales han de ser ámbitos donde las personas se alimenten con la Palabra de Dios, que es Verdad y Vida, y que proporciona los anticuerpos mentales para que, como decía el salmo 70: "no quedemos confundidos para siempre".
martes, 6 de julio de 2010
Santos Discépolo, ruega por nosotros
"La confusión es inevitable sin la lucha;
hay que luchar mucho para no llegar a la confusión"
(Emilio Komar, La estructura del diálogo, 86)
Para la mentalidad religiosa básica, lo santo es aquello que está estrictamente separado del "mundo". Por eso, lo que es sagrado no puede tocarse, porque en el acto dejaría de serlo y quedaría impuro. Esta verdad antropológica, que recorre ininterrumpidamente la historia de la humanidad, ha sufrido una terrible excepción: la Igualdad. Igualdad es, acaso desde 1789, una de las palabras más sacrosantas de nuestra cultura. Y sin embargo, debe de ser la más profanada, la más manoseada, la más manipulada.
Tenemos un ejemplo cabal de esto en el proyecto de ley que se está debatiendo estos días en nuestro país. La igualdad parece ser el argumento único y la palabra final de quienes invocan el pretendido derecho a que la unión civil de dos personas homosexuales se equipare al matrimonio. Negar la "igualdad" -de la forma que sea- constituye siempre, hoy en día, un repudiable acto de "discriminación", un crimen de lesa humanidad.
La igualdad, con lo loable que es (entendida rectamente), se ha convertido en la contraseña de los que se habituaron a existir en la confusión y pretenden que todos vivamos en ella. El espantoso lobo de la confusión viene bajo la piel de cordero de la igualdad.
En efecto ¿quién dijo que toda igualdad es buena? La igualdad que consagra el artículo primero de la Declaración universal de los derechos humanos no es cualquier igualdad, ni es un principio en el aire. Por el contrario, está fundada en que todos los hombres nacen igualmente dignos, igualmente dotados de libertad, de razón y de conciencia. La universalidad de los derechos se basa, entonces, en la igualdad que todos los hombres tienen por el hecho de ser hombres: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros" (art. 1). De ahí que el artículo segundo no hable de una igualdad en cualquier derecho, sino sólo en los contenidos en la mentada Declaración: "Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición" (art. 2). No hace falta que entremos aquí en cuáles son esos derechos, sino constatar que no son absolutos, sino relativos a la condición humana. Consiguientemente, la Declaración no condena toda discriminación en absoluto, sino "toda discriminación que infrinja esta Declaración" (art. 7).
Ahora bien, fuera de esta igualdad y dignidad básicas por ser "seres humanos", los hombres y las mujeres del mundo y de la historia constituimos un increíble mosaico hecho gracias a la más apasionante desigualdad: no hay una persona igual a la otra: cada una es única e irrepetible, cada una es irremplazable.
Así lo quiso el Creador: "El Señor mira desde el cielo, se fija en todos los hombres; [...] él modeló cada corazón, y comprende todas sus acciones" (Sal 32, 13.15). Desde las estrellas del cielo hasta los cristales de nieve, desde las nubes hasta los granos de arena, desde las hojas de los árboles hasta las flores del campo, mírese desde un telescopio o desde un microscopio, ni en el macrocosmos ni en el microcosmos hay, en la naturaleza, algo hecho "en serie". La creación es un derroche infinito de "creatividad", de diversificación, de singularidad. La inacabable variedad del universo nos sorprende constantemente, impidiéndonos agotar el misterio del hombre y del mundo. Cuando el hombre del racionalismo se propuso dejar de admirar la obra del Otro y abarcar todo con su propia razón, tuvo necesariamente que cercenar la imparable inequidad de la naturaleza y encorsetarla en la igualdad de la geometría: eso son los tristemente lindos jardines de Versailles, que requieren la incansable violencia de miles de jardineros, ingenieros y podadores...
Arrasar con cualquier tipo de diversidad, de orden y de jerarquía es confundirse y confundir. En el hecho de ser humanos somos todos iguales, y esa igualdad es natural y buena, y es malo e inhumano todo lo que genera desigualdad e inequidad en la dignidad de las personas; pero en todo lo demás somos diferentes, y esta diversidad es tan buena y natural, como antinatural y nocivo todo igualitarismo que pretenda desconocerla.
El hediondo guiso de la confusión es el manjar de los igualitaristas. En nombre de la igualdad, estamos a punto de equiparar ¡por ley! lo natural con lo antinatural, lo sano con lo insano, lo verdadero con lo falso.
Hace exactamente 75 años, un porteño de mirada aguda. Enrique Santos Discépolo, escribió el tango "Cambalache", que tiene en sí todo el sentido común necesario para que dejemos de vivir "revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos". En efecto, todo el tango es una tragicómica descripción de qué y cuán nociva es la confusión. No hay una mirada benigna: "El mundo fue y será una porquería", espeta al empezar... Esa es la primera verdad del que vive adentro del merengue cambalacheno.
Lo interesante es que Discépolo plantea la confusión justamente con el léxico de la "igualdad":
Lo interesante es que Discépolo plantea la confusión justamente con el léxico de la "igualdad":
¡Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio o chorro,
generoso o estafador!
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
No hay aplazaos
ni escalafón,
los inmorales nos han igualao.
Que uno vive en la impostura
que otro roba en su ambición,
¡da lo mismo que si es cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón!...
[...]
Que es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de las minas,
que el que roba, que el que mata
o está fuera de la ley.
"Todo es igual"... La coherencia del igualitarismo es irreprochable: desparecen, con el "escalafón", todas las jerarquías, y con los "aplazaos", todos los juicios de valor, de modo que "nada es mejor"... Sólo queda una verdad ("¡es lo mismo!"), traducida a la voluntad en un inmenso bostezo metafísico: "¡Da lo mismo!". Pero ocurre con nuestra naturaleza, nacida para vivir en el orden y la armonía de lo diverso, lo mismo que con las pobrecitas plantas de Varsailles: esta confusión nos hace violencia:
¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!
El argumento de la malentendida igualdad es una falta de respeto a la razón. ¡Lo preocupante es cuando ya la razón está tan atropellada que ni cuenta nos damos del atropello!
Discépolo parece darle la razón a Komar cuando termina vinculando esta confusión con el infierno: ¡Dale que va, que allá en el horno se vamo' a encontrar!
Dos actitudes quedan: el tango sólo canta explícitamente una: la de decir "Da lo mismo... ¡Dále, nomás! ¡Dále que va!"... Si total "a nadie importa si naciste honrao"...
Mas para quienes nos sabemos mirados, pensados y amados por Dios, hay Alguien a quien le importamos, y Alguien para quien no todo es lo mismo, para quien no todo da igual. El autor del tango sabía, conmovido, que la Biblia, herida, lloraba y que la razón estaba siendo atropellada. Nosotros también lo sabemos y lo sentimos, pero no queremos seguir revolcados en el guisado nefasto de la confusión actual, ni en el horno discepoliano de la "confusión eterna" ("Non confundar in aeternum" concluía el Te Deum -y repetía Komar-).
Hay que seguir pensando y desembarrando la cabeza para "juirle a la confusión", para no darle tregua. Baste esto por hoy, y mientras tanto, encomendarme a mí y a todos los argentinos a este lúcido varón porteño, canonizado por su unánime popularidad:
¡Santos Discépolo, ruega por nosotros!
Asuntos:
confusión,
creación,
derechos humanos,
diversidad,
Emilio Komar,
Enrique Santos Discépolo,
Filosofía,
igualdad,
unión homosexual
lunes, 28 de junio de 2010
Juirle a la confusión
"La lucha por la claridad es una primera tarea del filosofar"
Emilio Komar
De un tiempo a esta parte se oprime mi corazón con una gran tristeza, a causa de la confusión que cunde en nuestra sociedad: el proyecto del pseudo "matrimonio homosexual" es en sí mismo efecto y causa de la confusión. El "debate" en torno al tema constituye las más de las veces un activísimo palabrerío que no hace más que seguir empantanando la inteligencia de la gente con eufónicas falsedades y rimbombantes falacias. Mi tristeza, sin embargo, se vuelve exasperación cuando percibo que la confusión se gana en algunos ámbitos eclesiales, llamados por el Señor a ser "luz del mundo".¡Hay que juirle a la confusión como al mesmo demonio! El maestro Emilio Komar nos repetía que "confusión" es uno de los nombres del infierno. La confusión, en efecto, es la obra maestra del "padre de la mentira".
Por eso, estoy convencido de que mi deber como cristiano algo pensante es el de "cooperar con la verdad", como dice el lema episcopal de Don Joseph Ratzinger. Echar lo más que pueda el agua clara de la sensatez, del sentido común y de la verdad en tanto barrial masivo.
Hace poco escuché a un sacerdote que hablaba de los "nuevos modelos de familia", y que después de hacer un diagnóstico (muy poco gnóstico) de la realidad actual, exhortaba -comentando el Documento de Aparecida-, con dulces palabras, a "habitar la incertidumbre y el no saber, relativizar nuestros absolutos, dejarnos conmover". ¡Qué lindo dejarse conmover! Pues a mí lo que más me conmueve es tanta, tanta confusión... "Habitar la incertidumbre y el no saber", amén de una bella metáfora, es en este contexto una especie de canonización de la confusión. Muchos pastoralistas parecen hoy regodearse en la perplejidad y en las incertidumbres del "cambio de paradigma".
No se trata de defender sistemas de pensamiento racionalistas y cerrados, donde ya no haya preguntas ni misterios... Pero tampoco hay que olvidar que ninguna "apertura" genuina se funda en la confusión y en la ignorancia.
La Buena Noticia de Jesucristo nos regala muchísimas certezas, desde las cuales tenemos sobradas herramientas para hacer un suficiente discernimiento espiritual de los "signos de los tiempos".
En cuanto a la familia, el invocado Documento de Aparecida nos dice, con certeza, que "entre los presupuestos que debilitan y menoscaban la vida familiar, encontramos la ideología de género, según la cual cada uno puede escoger su orientación sexual, sin tomar en cuenta las diferencias dadas por la naturaleza humana. Esto ha provocado modificaciones legales que hieren gravemente la dignidad del matrimonio, el respeto al derecho a la vida y la identidad de la familia" (DA 40).
La Buena Noticia de Jesucristo nos regala muchísimas certezas, desde las cuales tenemos sobradas herramientas para hacer un suficiente discernimiento espiritual de los "signos de los tiempos".
En cuanto a la familia, el invocado Documento de Aparecida nos dice, con certeza, que "entre los presupuestos que debilitan y menoscaban la vida familiar, encontramos la ideología de género, según la cual cada uno puede escoger su orientación sexual, sin tomar en cuenta las diferencias dadas por la naturaleza humana. Esto ha provocado modificaciones legales que hieren gravemente la dignidad del matrimonio, el respeto al derecho a la vida y la identidad de la familia" (DA 40).
Los cristianos no tenemos las soluciones prácticas para todo, pero tenemos al Espíritu de Jesucristo, la Palabra de Dios hecha Hombre, que bastantes certezas nos da. No hay que habitar la incertidumbre, sino la certeza de que Dios nos ama con un amor eterno y más fuerte que la muerte. Eso es "permanecer en Jesucristo" y ser sus discípulos misoneros para tener y dar vida plena.
De toda confusión ¡líbranos, Señor!
martes, 8 de junio de 2010
El gavilán que no sabía cantar
A Papá, de quien aprendí a mirar los pájaros
Me encanta volver cada mes a San Isidro, cuando tengo un día de retiro en el seminario, y salir a la hora de la siesta a mirar el río, a recorrer las calles de adoquines y a pasear un rato con el Creador mientras voy rezando el rosario.
Hoy, cuando estaba volviendo de mi paseo meridiano, embriagado de otoño, sentí un silbido fuerte y muy extraño. Me paré en seco y busqué un ratito a ver de dónde venía. Entonces lo descubrí: era un gavilán de color pardo, medio bataraz el pecho, que se había asentado en la rama más alta de un ombú enorme que hay en la calle Beccar Varela. Siempre me fascinaron los pájaros "falconiformes", esa familia imperial de las aves a la que pertenecen las estirpes reales de las águilas y los aguiluchos, los chimangos y caranchos, los halcones y gavilanes. El gavilán, como el que vi hoy, es mucho más difícil de ver que el carancho, sobre todo porque es más chico y menos vistoso. De hecho, nunca antes había podido mirar a uno con detenimiento. Cuando a veces siento el revuelo y el griterío espantado de cotorras y demás pajaritos que huyen por el aire, miro bien y pronto reconozco a alguno de estos gavilanes que acaba de pasar rasante por la copa de un árbol... Pero cuando lo sigo con la mirada, en seguida lo pierdo, porque vuelve a planear muy alto en el cielo.
Pero ahí estaba hoy el gavilán: solemne, soberano, señor de la copa más alta, recortando con premeditada elegancia su altivo perfil contra el celeste brumoso del cielo otoñal. Me quedó claro que los reyes de la tierra, en sus ademanes de majestad y altanería, no han hecho más que remedar a las águilas del cielo.
Sin embargo, el gavilán seguía lanzando repetidamente ese grito medio silbado, un chillido agudo y lastimero. Me quedé como herido por ese grito, constante como un respiro que doliera. ¿Qué le pasaría? ¿Llamaría a alguien? ¿Tendría hambre? Un rato después, su grito me hizo acordar al del chimango, y creí comprender...
Estas aves altivas, de belleza regia y porte majestuoso, son objeto de admiración y respeto: su poder las vuelve invulnerables, y su invulnerabilidad les da una seguridad y un aplomo que las hace todavía más admirables. Cuando quieren ir a posarse, basta que las demás aves sientan pasar el frío de su sombra imponente para que abandonen temerosas el árbol, dejándoles todo el sitio libre. Para el momento en que el gavilán llega a la rama, ya no hay trinos gozosos ni cotorreos alegres a su lado.
Por eso gritaba el gavilán: todos los pájaros del cielo lo admiran y lo respetan, pero nadie lo quiere. Su grandeza exige el tributo del miedo; la soledad es el precio de su poder. Y por eso de su pico ganchudo no puede brotar sino una queja lastimada: su pecho engreído no ha aprendido nunca a cantar. La melancolía agresiva y gritona es lo único que les queda a estas aves rapaces como consecuencia de su grandeza solitaria, porque en su orgullo tampoco saben llorar como las palomas.
Sólo los pájaros buenos saben cantar. Los que se alimentan de la humildad de las lombrices o de los bichitos, y no atemorizan a sus semejantes. Ellos, en su vulnerabilidad, no han perdido la sencillez de disfrutar de la vida, y conservan la libertad de pararse cada tanto en una rama y de improvisar a los cuatro vientos la belleza de su canto. Quizá no son las aves más bellas, ni las más grandes, ni las más elegantes. Pero acaso su misma pequeñez les hace gozar a lo grande de las cosas chiquitas de cada día: la sombra de las hojas y el perfume de las flores, los bichos del suelo, cada gota de agua y cada rayo del sol. Nadie huye de ellos: pueden compartir la rama o el potrero con los demás pájaros, hermanados por la misma bondad que los hace a la vez tan libres como vulnerables.
Después de un rato, tuve que dejar al gavilán en aquel ombú de la calle Beccar Varela y volver al seminario, para seguir con el retiro. Mientras me alejaba, seguía oyendo su grito hiriente...
Entendí entonces que su grito me quería decir algo, que su triste historia valía también para nosotros, y me convencí de que tenía que contar este sucedido del gavilán que no sabía cantar.
lunes, 24 de mayo de 2010
Yo estuve en Buenos Ayres en el Bicentenario
Hace hace varios meses me comprometí a pasar el 24 y el 25 de mayo guitarreando en los pagos entrerrianos de Nogoyá. Y así será. Pero cuando esa decisión tomó cuerpo, me dí cuenta de que el día del bicentenario no iba a poder estar en mi amada Buenos Ayres, la que me vio nacer, mi tierra madre, la ciudad de todos mis antepasados. Hubiera querido amanecer guitarreando bajo las arcadas del Cabildo... y adivinar la salida del "Sol del 25" por un destello más rosado en la cúpula de la Casa rosada, o por un costado más puro en la punta de la Pirámide de Mayo... Me hubiera gustado ser testigo de ese nuevo amanecer para nuestra Patria en el mismísimo lugar que hace doscientos años la vio decidir su primera junta de gobierno. Pero no.
Entonces, hoy, el único día que me quedaba libre, con la compañía de mi ahijado Nacho, me fui apurado a Buenos Ayres, alentado por una lluvia deliciosa llena de reminiscencias históricas, tan a propósito para ilustrar el clima interior de mi corazón argentino y porteño.
Entramos a la 9 de Julio a eso de las cuatro de la tarde, desde el Norte, y después de dejar el auto mojado en un garage de la calle Viamonte caminamos hasta el Obelisco, donde se veía de lejos congregada la multitud. ¡Qué sorpresa linda sentir a la distancia que la música que rezaban los parlantes era la del Himno Nacional! Sentí que los pulmones se me inflaban de un aire nuevo...
La enorme bandera del Obelisco, pesada por el agua, descansaba de su vuelo, pero a sus pies revoloteaban incesantemente las banderitas de los miles se argentinos que, a pesar de la lluvia, se habían congregado desde las cuatro puntas de la república para homenjear a la Patria.
En seguida nos vimos envueltos por la muchedumbre y por un clima unánime de fiesta, de gratitud, de alegría...
Todos procurábamos avanzar hacia el Sur, a pesar de la cantidad de gente. Cualquier porteño está hecho al tráfico y a los embotellamientos: pero a lo que no está acostumbrado es a contemplar una verdadera marejada humana que no profiere gritos, ni bocinazos, ni protesta o se da empujones, sino que mira, y sonríe, y agita sus banderas. Pero eso sucedió hoy, bajo la llovizna de este domingo de mayo. Viejos y niños, ricos y pobres... gorras y piercings, boinas y chales, mates y cocacolas, todos decían "presente". Nadie faltaba a la fiesta. Espontáneamente, uno se sentía hermano de todos, a pesar de la gritona diversidad; todos nos sabíamos compañeros de camino y heredero del mismo destino.
Todos procurábamos avanzar hacia el Sur, a pesar de la cantidad de gente. Cualquier porteño está hecho al tráfico y a los embotellamientos: pero a lo que no está acostumbrado es a contemplar una verdadera marejada humana que no profiere gritos, ni bocinazos, ni protesta o se da empujones, sino que mira, y sonríe, y agita sus banderas. Pero eso sucedió hoy, bajo la llovizna de este domingo de mayo. Viejos y niños, ricos y pobres... gorras y piercings, boinas y chales, mates y cocacolas, todos decían "presente". Nadie faltaba a la fiesta. Espontáneamente, uno se sentía hermano de todos, a pesar de la gritona diversidad; todos nos sabíamos compañeros de camino y heredero del mismo destino.
Cuando pudimos pasar al oto lado del Oblesico, llegamos al desfile central del Bicentenario, y oímos las voces eufóricas que desde el escenario anunciaban a las colectividades que desfilaban por el pasillo central. ¡Cuál no fue mi emoción al escuchar que las comunidades representadas eran las mías, las de esos que llevo en mi sangre: Escocia, Irlanda, Italia, Portugal...!
Después recorrimos la avenida, donde abrían las puertas los stands de las provincias. No pude entrar en el de mi provincia por la excesiva cola, y me llamó la atención no encontar uno de la Ciudad de Buenos Aires...
Cuando llegamos a la Avenida de Mayo, nos tiró, como un imán, el horizonte de la Plaza, con el Cabildo y la Catedral... En la Avenida de Mayo, ya fuera del desfie central, se podía caminar libremente, más aliviados del gentío de la 9 de Julio. Sin embargo, conmovía verla llena de gente que iba y venía: familias, parejas, chicos vestidos con atuendos típicos, niños agitando banderas. No había coches: la calle estaba abierta para los argentinos y argentinas que caminábamos libremente sobre el asfalto sorpendido, bajo las banderas que -como de costumbre-decoraban la avenida desde la Plaza hasta el Congreso. La caminé con fruición, porque es un recorrido que nunca en mi vida había hecho entero, y menos en ese sentido.
Me detuve a mirar de afuera los lugares que mis mayores vivieron desde adentro: el Café Tortoni (donde mucha gente hacía cola para tomarse el chocolate caliente soñado en esa tarde de lluvia) y el bazar inglés Wright, y me dejé conmover por la encantadora arquitectura de los edificios, llenos de "molduras", entre los cuales me paré para admirar el de La Prensa, ya llegando a la Plaza.
Me detuve a mirar de afuera los lugares que mis mayores vivieron desde adentro: el Café Tortoni (donde mucha gente hacía cola para tomarse el chocolate caliente soñado en esa tarde de lluvia) y el bazar inglés Wright, y me dejé conmover por la encantadora arquitectura de los edificios, llenos de "molduras", entre los cuales me paré para admirar el de La Prensa, ya llegando a la Plaza.
Llegar al cielo abierto de la Plaza de Mayo fue sin dudas lo más lindo de la tarde. Para quienes la rutina del trabajo no les limó la sensibilidad, entrar en esa plaza y ver la Casa Rosada, la Pirámide de Mayo, la Catedral y el Cabildo juntos es siempre una emoción muy difícil de transmitir. Pero mucho más hoy, cuando todo estaba limpio, todo sonreía con su mejor cara: el Cabildo y la pirámide blanquísimos, sin pintadas ni divisas; la Plaza abierta para todos, sin carpas ni dueños políticos... A las banderas negras y coloradas de caligrafías agresivas las habían reemplazado cientos de banderas argentinas, que engalanaban cada balcón y enaltecían cada ochava.
Hoy vi a Buenos Ayres abrazando al país: dejando que todos los argentinos pisaran sus calles, invitando a todos los que quisieran caminar en paz por su asfalto, libre de autos, libre de cornetazos, libre de humo, libre de todo lo que grita y pisotea su belleza. No hacía falta otro stand de Buenos Ayres que ella misma, enorgullecida por la visita de los hijos de esa aventura incierta que justamente ella soñó en 1810.
Toda esa gratitud patriótica terminó donde correspondía: en la casa de Dios, la humilde Catedral, que miraba de reojo la fiesta del pueblo, y desde donde Tata Dios sonreía a sabiendas de que si no hubiera sido por él no habría nada que festejar. Por eso -después de dejarle un avemaría al Gral. San Martín-, hice una oración en la reja de capilla del Santísimo, en medio de muchos visitantes piadosos o curiosos, pidiéndole una vez más a Jesús por nuestra Patria querida.
Antes de pegar la vuelta por Diagonal Norte y por Florida, nos paramos un buen rato en la Plaza a mirar el Cabildo, el mismo de aquel día lejano, que recortaba inconfundible su querida silueta memoriosa contra el tiempo, contra todas las adversidades de la historia. Fue en ese momento que dije: "¡qué bueno que vine! ¿Cómo no ib a venir? ¿Cómo iba a perdonarme no haber estado en este lugar querido en el Bicentenario del 25 de Mayo?" Y, después de respirar una vez más ese aire impegnado de llovizna, como preñado de una nueva esperanza, pensé satisfecho: "sí, yo también estuve en Buenos Ayres en el Bicentenario".
domingo, 16 de mayo de 2010
¿Qué tan cristiana es la filosofía cristiana? (II)
Lo propiamente cristiano
En el articulillo anterior nos habíamos preguntado qué elementos eran necesarios para poder, por así decir, "bautizar" una filosofía. Ahora, retomando la metáfora, podemos decir que la exégesis filosófica de Ex 3, 14 ("Yo soy el que soy") había logrado ciertamente "circuncidar" a la filosofía, pero no "bautizarla". ¿Qué es, entonces, lo necesario para que sea propiamente cristiana?
Pues bien, de hecho, el bautismo se hace, desde las alboradas del cristianismo, "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19). Éste es un dato para nada menor, que puede servirnos como introducción a lo que sigue.
Hasta el momento habíamos dicho: lo específicamente cristiano ha de venir del misterio de Jesucristo, y por eso de la luz del Nuevo Testamento. Pero no sólo atendiendo a la inmemorial liturgia bautismal, sino apoyándonos en la entera tradición de la Iglesia, redescubierta y fuertemente destacada y desarrollada por la renovación teológica del Vaticano II, podemos afirmar serenamente que la novedad de Jesucristo es la revelación de Dios Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: de Dios "unitrino".
"La confesión de un Dios en tres personas se considera con razón como lo propio y específico de la religión cristiana. (…) Así, la confesión trinitaria es el resumen y la suma de todo el misterio cristiano, y de ella depende el conjunto de la realidad soteriológica cristiana." (Walter Kasper, El Dios de Jesucristo, Sígueme, Salamanca, 1985, p. 267).
Se trata de la revelación, en última instancia, de lo que dice ya la primera carta de Juan: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8.16). Intentaré explicarlo con más detalle.
En primer lugar, esto significa desechar la idea de que la Trinidad sea una mera especulación teológica –surgida por el contagio de categorías filosóficas helenísticas- que se pegó al Evangelio sólo después, y extrínsecamente, como un abrojo a los pantalones, ahogando la pureza de la verdad evangélica, o, en el mejor de los casos, complicándola innecesariamente. No: la revelación del misterio de Dios "unitrino" es una consecuencia directa –mejor aún, la consecuencia directa- del hecho histórico salvador de Jesucristo. Como dice el joven Ratzinger:
Se trata de la revelación, en última instancia, de lo que dice ya la primera carta de Juan: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8.16). Intentaré explicarlo con más detalle.
En primer lugar, esto significa desechar la idea de que la Trinidad sea una mera especulación teológica –surgida por el contagio de categorías filosóficas helenísticas- que se pegó al Evangelio sólo después, y extrínsecamente, como un abrojo a los pantalones, ahogando la pureza de la verdad evangélica, o, en el mejor de los casos, complicándola innecesariamente. No: la revelación del misterio de Dios "unitrino" es una consecuencia directa –mejor aún, la consecuencia directa- del hecho histórico salvador de Jesucristo. Como dice el joven Ratzinger:
"El tratado sobre la Trinidad no arranca propiamente de la iniciativa eclesiástica. Lo "pone en marcha" el evento único de Jesús de Nazaret" (Introducción al cristianismo, 141).
El que una experiencia histórica concreta -la de Jesús de Nazareth muerto y resucitado- sea la causa de la revelación del misterio de Dios en sí mismo, tiene su fundamento en el principio "Dios es tal como se revela": Dios es como se da, y se da como es.
En segundo lugar, este mismo hecho implica la centralidad del misterio de la Santísima Trinidad: "el evento trinitario" es la cifra de lo "específicamente cristiano". El mismo Magisterio lo dice sin ambigüedades:
En segundo lugar, este mismo hecho implica la centralidad del misterio de la Santísima Trinidad: "el evento trinitario" es la cifra de lo "específicamente cristiano". El mismo Magisterio lo dice sin ambigüedades:
"El misterio de la Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina" (Catecismo de la Iglesia Católica, 234).
Ahora bien, confesar a la Santísima Trinidad en la fe de la Iglesia, decir que el Ser de Dios es una unidad -una comunión- de tres personas distintas, es decir mucho.
En la Antigua Alianza, al único a quien Dios había dado a conocer su nombre fue a Moisés, "a quien YHWH trataba cara a cara" (Dt 34, 10b). Dios, como hemos visto, se lo revela solemnemente en Éx 3, 14: "Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación" (Ex 3, 15). Esto justifica que la Torá se cierre con estas elogiosas palabras: "No ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés" (Dt 34, 10a). Moisés es, pues, un testigo digno del más alto crédito, y entonces no tiene nada de sorprendente que el "Yo soy el que soy" que Dios le dijo como su propio nombre "para siempre" sea considerado por la Iglesia, hasta el día de hoy, como nombre de Dios.
Pero "la Ley se dio por medio de Moisés; la gracia y la verdad se hicieron por medio de Jesucristo" (Jn 1, 17). Moisés ya no es para nosotros el testigo último, el hombre que más de cerca conoció a Dios, porque nos dice el Evangelio: "A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, el que está en el seno del Padre, ése lo ha contado" (Jn 1, 18). Por lo tanto, es a Jesús y ya no a Moisés a quien ha de dirigirse nuestra mirada para conocer el ser de Dios (cf. Heb 3, 1-6).
Sin embargo, no hay en esto una ruptura drástica con el Antiguo Testamento, ni siquiera con la "metafísica del Éxodo": la novedad cristiana no viene a negar que Dios sea el Ser, pero sí que Dios sea sin más el Ser. Para la metafísica cristiana clásica, el Ser de Dios es pura actualidad, y ese "exceso de positividad" –paradójicamente- "nos esconde el ser de Dios" , así como los rayos del sol, por su excesiva luminosidad, nos encandilan e impiden que veamos. Pues bien: la revelación de Jesucristo nos hace capaces, por así decir, de mirar al sol de frente. En Él podemos ver el rostro de Dios (cf. Jn 14, 9; 12, 45) y no sólo sus espaldas (cf. Ex 33, 20. 23): Él viene a mostrarnos no ya que Dios es el Ser, sino cómo es ese "Ser" de Dios por dentro. En su misterio pascual, Cristo, por así decirlo, ha desgarrado el "Yo soy" del Éxodo, como el velo del Templo (cf. Mt 27, 51), y con autoridad de Sumo Sacerdote nos ha permitido ingresar en el Sancta sanctorum de la intimidad divina (cf. Heb 9, 11-12). Y ya dentro del Santuario, de la mano de Jesús, vemos, en Él, que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16).
Sin embargo, no hay en esto una ruptura drástica con el Antiguo Testamento, ni siquiera con la "metafísica del Éxodo": la novedad cristiana no viene a negar que Dios sea el Ser, pero sí que Dios sea sin más el Ser. Para la metafísica cristiana clásica, el Ser de Dios es pura actualidad, y ese "exceso de positividad" –paradójicamente- "nos esconde el ser de Dios" , así como los rayos del sol, por su excesiva luminosidad, nos encandilan e impiden que veamos. Pues bien: la revelación de Jesucristo nos hace capaces, por así decir, de mirar al sol de frente. En Él podemos ver el rostro de Dios (cf. Jn 14, 9; 12, 45) y no sólo sus espaldas (cf. Ex 33, 20. 23): Él viene a mostrarnos no ya que Dios es el Ser, sino cómo es ese "Ser" de Dios por dentro. En su misterio pascual, Cristo, por así decirlo, ha desgarrado el "Yo soy" del Éxodo, como el velo del Templo (cf. Mt 27, 51), y con autoridad de Sumo Sacerdote nos ha permitido ingresar en el Sancta sanctorum de la intimidad divina (cf. Heb 9, 11-12). Y ya dentro del Santuario, de la mano de Jesús, vemos, en Él, que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16).
"[…] Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo; El mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él" (Catecismo de la Iglesia Católica, 221).
En efecto: confesar que Dios es trino es confesar que Dios es un misterio de comunión, que Dios es amor. Este es el "misterio central" de la fe y de la vida cristiana.
"El misterio del amor de Dios es el contenido fundamental de la revelación divina. […] "Dios es amor" (1 Jn 4, 8.16) Toda la teología trinitaria puede ser entendida como un comentario a esta frase […]. Del amor que se manifiesta en Cristo la primera carta de Juan llega a insinuar el amor que es Dios en sí mismo. Ahí está la definitiva novedad del concepto del Dios bíblico y sobre todo cristiano" (Luis F. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, pp. 9-10).
"Dios es amor". Si estas palabras "expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana" , si de veras constituyen la verdad fundamental de la vida cristiana, ¿no deberían asimismo ser el corazón y la verdad fundamental de una filosofía cristiana?
Gilson decía que a partir de la revelación del nombre de Dios en Ex 3, 14 surgió toda una filosofía cristiana, riquísima en implicancias, que él llamó "metafísica del Éxodo". El faro que guiaba la elaboración de esa metafísica era la revelación de que Dios, el creador del cielo y de la tierra, es el Ser simpliciter, origen de todo ser.
La propuesta no es echar por la borda, toda entera, la metafísica del ser, como si se tratara de algo vetusto y deleznable. Se trata de darle una vuelta más de tuerca, de profundizarla, de hacerla más penetrante. Dios es el Ipsum Esse Subsistens (el mismo ser subsistente): lo afirmamos rotundamente. Ahora bien, sabemos por la revelación cristiana que este Esse es en sí mismo Caritas –aunque, hablando formalmente, habría que poner, antes que un sustantivo (caritas, amor), un verbo: este Esse es Amare- : es un acto puro de amor, es un "estar amando siempre", porque la fe nos dice que Dios es comunión de tres personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Por consiguiente, el dato revelado que, como una luna llena, ha de guiar a este pensar que peregrina en la noche de la razón natural es que Dios, el creador del mundo, sin quien nada puede subsistir, es Ipsum Amare Subsistens. Entonces, la metafísica propiamente cristiana parte de la certeza de que en el origen de todo ente en cuanto ente está el Amor, porque "en arché", en el principio, no está el ser sin más, sino el Ser de la Trinidad.
Una filosofía cristiana tendría que ser, por consiguiente, una metafísica del amor, porque el amor es el origen del ser y por lo mismo es, en última instancia, el origen del conocer, la razón de la inteligibilidad:
“El amor es el misterio original, y amando también nosotros comprendemos el mensaje de la creación, encontramos el camino” (Joseph Ratzinger, Presentazione del Trittico Romano de Juan Pablo II).
sábado, 8 de mayo de 2010
La Patria nació en Luján
El nacimiento de un pueblo es algo demasiado grande como para caber en las estrecheces científicas de la exactitud histórica. Por eso las grandes naciones han descubierto y expresado su origen en una fundación mítica (por ejemplo, Rómulo y Remo en Roma).
Pues a mí me gusta pensar que el día del milagro de Luján es la fecha mítica del nacimiento de nuestra Patria. Nuestra historia como pueblo no empieza con la emancipación de España, como la vida de un hombre no empieza cuando deja la casa paterna. 2010 ó 2016 no son el "Bicentenario de la Patria" como hoy se oye decir, sino el Bicentenario de la Independencia.
Para 1630, más o menos cien años después de la llegada de los españoles a estas latitudes, ya había -además de indios y españoles- un buen número de mestizos y de criollos, al que se sumaba la sufrida presencia de los negros. Cuando esas líneas de la identidad estuvieron suficientemente esbozadas, la Virgen, en una imagen ella misma criolla, quiso quedarse a orillas del río Luján para manifestar que, desde adentro de esa humanidad nueva que nacía en las “Indias” australes ella quería engendrar a su Hijo, Jesucristo nuestro Señor.
Parafraseando lo que dice la “rayera”, para mí lo cierto es que: “es la Virgen de Luján la verdadera fundadora de esta Patria”.
Por eso me alegro de que, como ciudadanos creyentes de nuestra Argentina,
iniciemos hoy el Bicentenario poniendo a la Patria en las manos de su Patrona.
¡Nuestra Señora de Luján, ruega por nosotros!
miércoles, 28 de abril de 2010
¿Qué tan cristiana es la filosofía cristiana? (I)
Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría,
nosotros predicamos a un Cristo crucificado:
escándalo para los judíos, necedad para los paganos;
nosotros predicamos a un Cristo crucificado:
escándalo para los judíos, necedad para los paganos;
mas para los llamados (…) fuerza de Dios y sabiduría de Dios."
1 Cor 1, 24
La filosofía cristiana según Étienne Gilson
Étienne Gilson (1884-1978) es sin dudas el gran defensor de la "filosofía cristiana", acerca de la cual tanto se discutió en la década de 1930. Las razones que aquí esbozo suponen a Gilson: están, por así decir, "paradas sobre los hombros de gigante" de su doctrina. Esto vale, sobre todo, para no volver a aducir los argumentos que fundamentan la existencia y la legitimidad de una tal filosofía; pero no quita que podamos, "parados sobre sus hombros", arriesgarnos a dar algún salto.
Supuesta, pues, la existencia legítima de la "filosofía cristiana", hay que decir algo acerca de qué entendía Gilson por ella.
Por lo pronto, no debe llamarnos la atención que Gilson desarrolle largamente esta cuestión en su libro El espíritu de la filosofía medieval: este hecho ya dice que eso que llamamos "filosofía medieval" puede servir de ejemplo para entender qué es para él una "filosofía cristiana".
En esta obra, Gilson se refiere más de una vez a la "metafísica del Éxodo" como la clave última de la filosofía medieval, y más aún, de la filosofía cristiana. ¿De qué se trata? Dice Gilson:
"Para saber qué es Dios, es a Dios mismo a quien Moisés se dirige. Queriendo conocer su nombre, se lo pregunta, y he aquí la respuesta: Ego sum qui sum. Ait: sic dices filiis Israel: qui est misit me ad vos [Yo soy el que soy. Dice: así hablarás a los hijos de Israel: "el que es" me envió a ustedes] (Ex 3, 14). Hasta aquí, todavía, ni una palabra de metafísica; pero Dios ha hablado, la causa ha sido escuchada, y es el Éxodo el que establece el principio del cual estará suspendida, en adelante, toda entera, la filosofía cristiana. A partir de aquel momento, se entendió de una vez para siempre que el ser es el nombre propio de Dios y que, según la palabra de San Efrén retomada más tarde por San Buenaventura, ese nombre designa su esencia misma. (…) Principio de una fecundidad metafísica inextinguible y del cual todos los estudios que seguirán no harán otra cosa que considerar sus consecuencias. No hay sino un solo Dios y ese Dios es el ser: ésta es la piedra angular de toda la filosofía cristiana, y quien la ha establecido no ha sido Platón, ni siquiera Aristóteles, sino Moisés."[2]
Dejemos ahora que él mismo nos explique el alcance de la expresión "metafísica del Éxodo":
"No se trata, naturalmente, de sostener que el texto del Éxodo estaba dando a los hombres una definición metafísica de Dios; pero si no hay metafísica en el Éxodo, hay una metafísica del Éxodo y la vemos constituirse bien pronto en los Padres de la Iglesia, cuyas directivas acerca de este punto los filósofos medievales no han hecho más que seguir y explotar."[3]
De estos textos, se desprende que, para Gilson, la revelación de Ex 3, 14 es decisiva y esencial para la filosofía cristiana. Y es que, de hecho, lo fue. Gilson es un estudioso de la historia de la filosofía, y ha podido constatar cómo ese celebérrimo pasaje en que Dios mismo revela su nombre tuvo para los pensadores cristianos una autoridad sin par, y por eso una influencia enorme.[4]
De todos modos, creo que cabe llevar la pregunta a un terreno meta-histórico, más allá de lo que efectivamente ocurrió en la historia de la filosofía: ¿hasta qué punto puede decirse que la "metafísica del Éxodo" es lo nuclear y definitivo de toda filosofía cristiana? Dicho de otro modo: ¿supone de por sí la noción de "filosofía cristiana" afirmar que la esencia de Dios es el ser, como se sigue de la "metafísica del Éxodo"? Éste es, pues el momento en que voy a separarme de ese grandísimo maestro que es Étienne Gilson, pero no sin su ayuda, dado que, si cabe explotar un poco más la remanida imagen, pretendo usar sus hombros, que hasta aquí me han servido de balcón y soporte, como un trampolín.
Lo haré preguntándole al maestro. En primer lugar surge en mí la siguiente inquietud: ¿qué es lo que hace que una filosofía sea cristiana? ¿Cuáles son, por así decir, el agua y la fórmula capaces de "bautizar" a una filosofía?
"Para que una filosofía merezca de verdad ese título [sc. "cristiana"], es necesario que lo sobrenatural descienda, a título de elemento constitutivo, no en su textura, lo cual sería contradictorio, sino en la obra de su constitución."[5]
Y poquito después dice más solemnemente:
"Llamo, pues, filosofía cristiana a toda filosofía que, si bien distinguiendo formalmente los dos órdenes, considera la revelación cristiana como un auxiliar indispensable de la razón."[6]
Ahora bien -y éste es el meollo de mi objeción-: ¿Puede con rigor decirse que Ex 3, 14 sea propiamente hablando una revelación "cristiana"?
Desde ya, lejos de marcionismos trasnochados, no me propongo decir que el Éxodo esté fuera de la revelación cristiana, que no forme parte de ella. Antes bien, sostengo firmemente que, como el Antiguo Testamento en general, es parte insoslayable de la fe cristiana. Con todo (y sin menoscabo del valor permanente de la Antigua Alianza para la fe cristiana), el Antiguo Testamento vale como uno de los dos Testamentos de la Sagrada Escritura, y no aisladamente, porque la fe cristiana cree que la plenitud de toda la revelación es Jesucristo, y por consiguiente, es en el Nuevo Testamento donde hay que buscar "la verdad definitiva de la Revelación divina".
Ahora bien, no parece que en Ex 3, 14, y menos aún en su lectura filosófica -en la "metafísica del Éxodo"-, estemos frente a una revelación propiamente "cristiana". Si bien Ex 3, 14 integra, digámoslo una vez más, la revelación cristiana (baste pensar el lugar central que en el Evangelio de Juan tienen los "Yo soy" de Jesús, que remiten directamente a él), el proprium cristiano no puede venir sino de la revelación definitiva y plena que es Cristo Jesús, muerto y resucitado.
Dicho esto, da la impresión de que Gilson no ha querido hilar tan fino, y que habla de "filosofía cristiana" y "revelación cristiana" tomando el adjetivo en sentido amplio, y no refiriéndolo a lo específicamente cristiano; y así considera la revelación del nombre divino de Ex 3, 14 como cristiana, aunque no lo sea stricto sensu. De hecho, por momentos, en Gilson se podría reemplazar "filosofía cristiana" por "filosofía creyente" sin más, y en muchos más casos, por "filosofía judía" o "filosofía bíblica". O por qué no, si buscamos ser fieles al autor, una "filosofía del Éxodo".
Ahora bien, estas consideraciones, lejos de aplacarla, agudizan nuestra inquietud original. No siendo la revelación del nombre divino de Ex 3, 14 algo proprie cristiano, ¿cómo sostener, con la firmeza de Gilson, que en la "metafísica del Éxodo" radica la piedra angular, el principio último y definitivo de toda filosofía cristiana?
Creo que la respuesta la sugiere el mismo autor, cuando, como hemos visto[7], confiesa que el desarrollo de su noción de "filosofía cristiana" no provino de consideraciones abstractas sino de la descripción de los modos concretos de filosofar de pensadores concretos de la Antigüedad cristiana y la Edad Media. En El espíritu de la filosofía medieval Gilson se propuso hacer una suerte de "demostración experimental de la realidad de la filosofía cristiana", mostrando, "en la historia, la presencia de una acción ejercida sobre el desarrollo de la metafísica por parte de la revelación cristiana."[8] Gilson, a mi juicio, ha logrado con creces su cometido: es innegable, por lo tanto, el hecho de que en la filosofía cristiana del Medioevo, o si se quiere, en la filosofía cristiana hasta Gilson, la "metafísica del Éxodo" –Dios es el Ser por esencia- fue, la "verdad fundamental".
Sin embargo, es justo matizar su postura y circunscribir sus aserciones sobre la centralidad de la "metafísica del Éxodo" al desarrollo de la filosofía cristiana en un tiempo determinado, y no a "toda la filosofía cristiana"[9] "para siempre"[10].
¿Por qué no pensar en (o soñar con) una filosofía cristiana que tome su nombre no ya de lo revelado en la Antigua Alianza, sino de lo propiamente cristiano?
Notas
[1] El tema de la filosofía cristiana recorre prácticamente toda la obra de Gilson. Con todo, me remito fundamentalmente a los primeros dos capítulos de El espíritu de la filosofía medieval (L'esprit de la philosophie médiévale Vrin, Paris, 2ème. éd. rev., 1948): "El problema de la filosofía cristiana" y "La noción de la filosofpia cristiana" (pp. 1-38), con su excelente "Notas bibliográficas para serviri a la historia de la noción de la filosofía cristiana" (pp. 413-440), no obstante que el tema de la filosofía cristiana es transversal a todo el libro (y reaparece con fuerza en el capítulo final "La Edad Media y la filosofía").
[2] Étienne Gilson, El espíritu de la filosofía medieval, pp. 50-51. Los subrayados son míos.
[3] Idem, p. 50, nota.
[4] Gilson mismo es consciente de esto: "esta noción [sc. de filosofía cristiana] no corresponde a una esencia susceptible de recibir una definición absoluta; corresponde, más bien, a una realidad histórica concreta que ella describe." (Op. cit., p. 33)
[5] Étienne Gilson, Op. cit., p. 32.
[6] Idem, pp. 32-33. (El subrayado es del original).
[7] Ver nota 4.
[8] Étienne Gilson, El espíritu de la filosofíe medieval, p. 38.
[9] Idem, p. 51. Cf. nota 2.
[10] Idem, p. 50. Cf. nota 2.
lunes, 19 de abril de 2010
¿La Iglesia? ¿El Papa...? Habla el Cardenal Martini
No estaba en mis planes tocar el tema, pero me pareció interesante publicar una parte de la entrevista que Gianni Valente le hizo al Card. Martini en el último 30 Giorni. En ella, el gran Carlo Maria Martini, nada sospechoso de "oficialismo", hace -como siempre- reflexiones interesantes y, de paso, se refiere a Benedicto XVI.[...]
-¿El Evangelio alcanza? Justamente Ud. es a menudo conocido como el impulsor de una Iglesia sin dogmas ni estructuras. Una Iglesia toda humildad y misericordia, sin preceptos.
Card. Martini: Si se piensa en tantas propuestas religiosas que hay en el mundo, para distinguirnos de los otros están Jesús y su Evangelio, y no la pertenencia a una organización con reglas y preceptos. Pero en la fe en Jesús no tiene sentido contraponer Evangelio y dogmas, misericordia y mandamientos [...]. Todo se compagina en unidad en la realidad de la Iglesia, que tiene un aspecto interior y también un aspecto exterior, y por lo tanto comprende también estructuras, reglas, instrumentos de organización. Lo importante es que también estas realidades sean, en lo posible, expresiones de vida interior. Y después, es necesario también distinguir las cosas importantes y aquellas que no lo son. Creo que la Iglesia ya ha hecho una obra de purificación de muchas cosas exteriores que no servían. De todos modos, cuando todavía leo en los diarios que yo vendría a ser el "capo de los progresistas", ahora ya me muero de risa.
[...]
-Estas son semanas de tormenta por los escándalos de la pedofilia. ¿Cómo evalúa estas situaciones? ¿Qué reclamo surge para la Iglesia en estas circunstancias?
Card. Martini: Todo esto, por cierto, puede ayudar a todos a la humildad. Pero valen también las palabras de Jesús: han sido acciones graves, y quien ha escandalizado a los pequeños, sería mejor para él que se le atara una piedra de molino al cuello y fuera arrojado al mar. Esto no quita el hecho de que se nota también una gran hipocresía. Hay una total libertad sexual: la publicidad utiliza motivos sexuales incluso para los niños.
-¿Cómo defender al Papa de los intentos de acusarlo de estos acontecimientos?
Card. Martini: El Papa no tiene necesidad de ser defendido, porque a todos les es clara su irreprochabilidad, su sentido del deber y su voluntad de hacer el bien. Las acusaciones lanzadas contra él en estos días son innobles y falsas. Va a ser lindo constatar cuán estrechamente los hombres de buena voluntad han estado con él y lo han sostenido en su difícil tarea.
[...]
-A menudo se lo hace pasara a Ud. como un fustigador de las insuficiencias y de los límites de la Iglesia. ¿Se reconoce en esas descripciones?
Card. Martini: La Iglesia, considerada en su globalidad, está llena de santidad y de fuerza interior. Los medios se ensañan sobre episodios particulares, pero en todo el mundo hay tanta gente leal, buena, devota, que obra sin ruido. Y yo estoy tan agradecido a Dios, incluso por haber vivido este tiempo. No hubiera querido nunca vivir en momentos como el de la Reforma protestante, o el del Cisma de Oriente, o en el tiempo del Cisma de Occidente, cuando había dos Papas, uno en Roma y otro en Aviñón. Ahora, la Iglesia da una buena muestra de sí misma. Hay límites y falencias inevitables, e incluso éstas entran en el designio misterioso de la voluntad de Dios.
-Entonces no es verdad que su sentimiento dominante sea una suerte de amargura, centrada en la denuncia de debilidades y afanes de éxito.
Card. Martini: Yo le agradezco siempre a Dios por cómo ha acompañado mi vida, por tantas personas que ha puesto a mi lado a lo largo del camino. Digo siempre que Él también me ha visitado. Toda mi vida me ha mostrado que Dios es bueno y le prepara la senda a cada uno de nosotros. He tenido tantísimo, he dado también lo que he podido. Y de veras estoy contento delante de Él.
sábado, 3 de abril de 2010
Oración a Jesús por el don del sacerdocio
A la parroquia Nuestra Señora de Aránzazu, conocida por el pueblo sencillo como "la catedral de San Fernando", se acercan cientos de personas en Semana Santa, con ganas de rezar y de reconciliarse con Dios. Constantemente caminan por el templo personas que se detienen ante las antiguas imágenes del Jesús sufriente, del crucifijo, del Cristo yaciente, y rezan con conmovedora devoción. Pocas veces sentí tan hondamente como en estos días el deseo de ser cura, y pocas veces tuve tan patente la conciencia de la gracia que representa para todos el don del sacerdocio. La noche del Jueves Santo expresé mi acción de gracias en esta oración.
¡Qué grande es tu amor, Jesús, que no sólo nos diste el ejemplo de tu vida, sino que quisiste elegir a algunas personas para que en todas las épocas y en todos los lugares “sigan tus huellas e irradien tus mismos sentimientos”! De esta manera, nunca los hombres dejamos de tener cerca de nosotros a esos testigos que nos hacen conocer, sentir y gustar tu amor de hermano mayor, de amigo, de buen pastor. Ellos son los sacerdotes, que hasta el día de hoy siguen respondiendo a tu voz que les pide: “hagan esto en memoria mía”.
Vos los llamás por su nombre, y los invitás a que te quieran con todo el corazón, dejando todo para seguirte en una vida de servicio, de entrega y de amor como la tuya. Tus sacerdotes, Jesús, hacen que vos estés presente y cercano a los hombres y mujeres de hoy: nos anuncian tu Evangelio y nos explican tu Palabra; nos hacen experimentar tu amor y tu cuidado perdonándonos los pecados y ayudando a los más pobres y a los enfermos; con los sacramentos, los sacerdotes nos unen profundamente a Vos, reuniéndonos en la familia de los Hijos de Dios. Ellos son “un regalo para la Iglesia y para el mundo”, sobre todo, cuando celebran la Eucaristía, donde estás presente Vos mismo, Jesús, dándonos Vida nueva, y amándonos cada vez hasta el final.
Vos los llamás por su nombre, y los invitás a que te quieran con todo el corazón, dejando todo para seguirte en una vida de servicio, de entrega y de amor como la tuya. Tus sacerdotes, Jesús, hacen que vos estés presente y cercano a los hombres y mujeres de hoy: nos anuncian tu Evangelio y nos explican tu Palabra; nos hacen experimentar tu amor y tu cuidado perdonándonos los pecados y ayudando a los más pobres y a los enfermos; con los sacramentos, los sacerdotes nos unen profundamente a Vos, reuniéndonos en la familia de los Hijos de Dios. Ellos son “un regalo para la Iglesia y para el mundo”, sobre todo, cuando celebran la Eucaristía, donde estás presente Vos mismo, Jesús, dándonos Vida nueva, y amándonos cada vez hasta el final.
Es verdad que ellos son también hombres, hombres débiles y hombres pecadores, que no saben responder siempre a tu amor, y que no están a la altura de la misión que les encomendaste. Pero justamente en esto, Jesús, es más grande, más increíble tu amor, porque vos no los elegiste porque fueran perfectos, sino porque sí, sencillamente porque los amás. La vida frágil y pecadora de tus sacerdotes es un signo de tu corazón misericordioso. También con sus miserias, los sacerdotes nos hablan de cómo es tu amor: un amor que nunca reniega de nosotros, que ama incondicionalmente, que siempre perdona.
lunes, 1 de marzo de 2010
Oda a la moldura
La "oda a la moldura" era una de mis más antiguas deudas literarias. En atención al tema propuesto quise salirme de mis queridas décimas de octosílabos y me atreví a componerla en pretensiosos versos alejandrinos, como esos de Juan Luis Gallardo que tanto me gustan, de los cuales los míos son apenas un pálido pero agradecido remedo.

ODA A LA MOLDURA
Propongo una cruzada de amor y de lirismo
contra la tiranía del necio pragmatismo:
y en medio de este mundo que pierde su hermosura
quisiera con mis versos cantarle a la moldura.
Simpático remate, solemne cortesía
que a la estructura en prosa da un toque de poesía;
afable añadidura de constructor derecho
que admira y que celebra su trabajo bien hecho.
Adorno innecesario, derroche de cemento
que puede de una casa hacer un monumento;
revoque hecho poema, coqueta rebeldía
que se subleva contra la pura ingeniería.
Denuncio la insolencia del economicismo
que ahoga la belleza con su minimalismo;
mi canto es una queja contra su dictadura
que todo lo rebaja, achata y desfigura.
Engendro de un ambiente enfermo de egoísmo
que ignora la pureza y apaga el idealismo:
si todo se mirara con su pobre criterio
¡qué triste sería el mundo vaciado de misterio!
Le canto a la moldura, que grita la verdad
de que el hombre no puede vivir en la fealdad;
que no por ser inútil es frívola y mundana
que sí por ser hermosa es cálida y humana.
Le canto a la moldura, que en su delicadeza
emula los encantos de la naturaleza
(mas si se degenera en barrocos empalagos
con varonil franqueza le niego mis halagos).
Celebro a las molduras, que adornan y embellecen,
que elevan, dignifican, suavizan y enaltecen;
y a quienes al moldearlas lograron con su mano
que el mundo esté más lindo, más libre, más humano.
Me gustan confesando en la fábrica y la usina
que la labor humana tiene algo de divina;
y en capillas ignotas rezando con firmeza
que el pobre también tiene derecho a la belleza.
El hombre necesita de la inutilidad:
también él es un juego de amor y gratuidad;
acaso en las molduras cumplen igual destino
el arquitecto humano y el Hacedor divino.
contra la tiranía del necio pragmatismo:
y en medio de este mundo que pierde su hermosura
quisiera con mis versos cantarle a la moldura.
Simpático remate, solemne cortesía
que a la estructura en prosa da un toque de poesía;
afable añadidura de constructor derecho
que admira y que celebra su trabajo bien hecho.
Adorno innecesario, derroche de cemento
que puede de una casa hacer un monumento;
revoque hecho poema, coqueta rebeldía
que se subleva contra la pura ingeniería.
Denuncio la insolencia del economicismo
que ahoga la belleza con su minimalismo;
mi canto es una queja contra su dictadura
que todo lo rebaja, achata y desfigura.
Engendro de un ambiente enfermo de egoísmo
que ignora la pureza y apaga el idealismo:
si todo se mirara con su pobre criterio
¡qué triste sería el mundo vaciado de misterio!
Le canto a la moldura, que grita la verdad
de que el hombre no puede vivir en la fealdad;
que no por ser inútil es frívola y mundana
que sí por ser hermosa es cálida y humana.
Le canto a la moldura, que en su delicadeza
emula los encantos de la naturaleza
(mas si se degenera en barrocos empalagos
con varonil franqueza le niego mis halagos).
Celebro a las molduras, que adornan y embellecen,
que elevan, dignifican, suavizan y enaltecen;
y a quienes al moldearlas lograron con su mano
que el mundo esté más lindo, más libre, más humano.
Me gustan confesando en la fábrica y la usina
que la labor humana tiene algo de divina;
y en capillas ignotas rezando con firmeza
que el pobre también tiene derecho a la belleza.
El hombre necesita de la inutilidad:
también él es un juego de amor y gratuidad;
acaso en las molduras cumplen igual destino
el arquitecto humano y el Hacedor divino.
San Isidro, 20 de febrero de 2010
domingo, 21 de febrero de 2010
Un consejo de Jesús para la Cuaresma
El evangelio que la liturgia nos propone el jueves después de ceniza, es decir, el primer día “ordinario” del tiempo cuaresmal, resume en pocas líneas lo esencial de la Cuaresma: después de “anunciar” su pasión a los discípulos, Jesús invita a todos: “Si alguien quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9, 23).
Al escuchar una vez más esta frase, fácilmente nos quedamos con la idea de la cruz: la Cuaresma es un tiempo de “tomar la cruz”, un tiempo de penitencia. Entonces nos proponemos, quizá, algún tipo de ayuno para estos cuarenta días, o tal vez nos hacemos un plan de mortificaciones cuaresmales, etc.
Pero es posible que nos estemos pasando por alto un consejo que el Señor nos está dando nada más empezar este tiempo de conversión.
En efecto, antes de hablar de tomar la cruz, Jesús dice: “si alguien quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo...”. No basta con tomar una cruz cada día para seguir a Cristo: es preciso, primero, negarse a uno mismo. Antes de “tomar” la cruz hay que “dejar” el propio yo. Tomar la cruz y no negarse a uno mismo es no haber entendido el consejo del Señor.
Y sin embargo, esto muchas veces nos ocurre. De hecho, cuando no seguimos este consejo, nuestro egocentrismo de siempre nos boicotea hasta la más santa de las intenciones, y hace que incluso algo tan bueno como las penitencias de Cuaresma se perviertan y se vuelvan estériles. Los mismos “sacrificios cuaresmales” pueden ser la expresión de un Yo poderoso que quiere controlar, medir y planificar todo, incluso “la cruz de cada día”. Se da así que, incluso cuando estamos “negándonos” algo, seguimos buscándonos a nosotros mismos.
Jesús nos da una ayuda más para salir de este círculo vicioso. Él habla de “la cruz cada día”. Esta expresión sugiere algo de rutinario, y algo de novedoso. A mí me parece que Jesús no nos propone solamente el hecho de repetir una misma acción todos los días, sino sobre todo dejarnos sorprender por lo que cada día nos tiene reservado en su novedad. Entonces, la actitud que se nos pide cambia radicalmente: llevar la cruz de cada día ya no quiere decir atenerse cabalmente a un plan prefijado, sino estar atento a reconocer, en las circunstancias de cada jornada, la cruz que hay que abrazar.
Ahora bien, ¿cómo reconocer la cruz de cada día? Muchas veces, reconoceremos la cruz verdadera por el hecho de que da vuelta totalmente nuestros planes y desarma completamente nuestras previsiones. Usando expresiones corrientes, podríamos decir que la verdadera cruz es la que “se nos cruza” inesperadamente, la que de improviso nos “sale al cruce”: esa visita inesperada, ese favor que nos piden, aquel pobre que encontramos en la calle... o un simple cambio de planes que tengo que aceptar. Parecería, entonces, que la cruz auténtica viene “de afuera”, de un plan y una voluntad que no son los propios. Una vez más, la clave está en la renuncia de sí mismo. Si en una cruz no estoy “negándome” sino “buscándome”, entonces “ya habré tenido mi recompensa” (cf. Mt 6, 16): esa no es la cruz de Jesús.
En efecto, para tomar su propia cruz, Jesús tuvo que renunciar a sí mismo. Antes del Monte Calvario estuvo el Monte de los Olivos. La entera Pasión estaría desprovista de sentido sin el amor obediente, sin la entrega interior que Cristo hizo de sí mismo en la oscura soledad de Getsemaní. La cruz, por lo tanto, es el Amor del Hijo hecho hombre que obedece a Dios y da la vida por todos. La cruz es amor: amor de hijo y de hermano, amor “hasta el extremo” (Jn 13, 1). Por eso, “hasta el final”, Jesús crucificado no piensa en sí mismo, sino en su Padre y en quienes lo rodean (sus verdugos, los ladrones, el discípulo y su madre...).
Sólo es “cristiana”, por consiguiente, la cruz que nos arranca del propio yo, que nos abre a Dios y nos vuelca a los hermanos. De ahí la insistencia de la liturgia de estos días en proponernos una penitencia que nos obligue a salir de nosotros mismos. “Este es el ayuno que yo amo –oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos, compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo, cubrir al que veas desnudo...” (Is 58, 6-7). La cruz de Jesús nos enseña ese amor que “no busca su propio interés” (1 Co 13, 5).
Pidamos, en este “tiempo favorable”, que el Espíritu Santo nos regale un corazón de carne, manso y humilde como el de Jesús, un corazón de hijo amado que es capaz, cada día, de reconocer la voz de Dios y de seguir su voluntad. Entonces podremos, durante esta Cuaresma, seguir a Cristo hacia la Pascua.
Al escuchar una vez más esta frase, fácilmente nos quedamos con la idea de la cruz: la Cuaresma es un tiempo de “tomar la cruz”, un tiempo de penitencia. Entonces nos proponemos, quizá, algún tipo de ayuno para estos cuarenta días, o tal vez nos hacemos un plan de mortificaciones cuaresmales, etc.
Pero es posible que nos estemos pasando por alto un consejo que el Señor nos está dando nada más empezar este tiempo de conversión.
En efecto, antes de hablar de tomar la cruz, Jesús dice: “si alguien quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo...”. No basta con tomar una cruz cada día para seguir a Cristo: es preciso, primero, negarse a uno mismo. Antes de “tomar” la cruz hay que “dejar” el propio yo. Tomar la cruz y no negarse a uno mismo es no haber entendido el consejo del Señor.
Y sin embargo, esto muchas veces nos ocurre. De hecho, cuando no seguimos este consejo, nuestro egocentrismo de siempre nos boicotea hasta la más santa de las intenciones, y hace que incluso algo tan bueno como las penitencias de Cuaresma se perviertan y se vuelvan estériles. Los mismos “sacrificios cuaresmales” pueden ser la expresión de un Yo poderoso que quiere controlar, medir y planificar todo, incluso “la cruz de cada día”. Se da así que, incluso cuando estamos “negándonos” algo, seguimos buscándonos a nosotros mismos.
Jesús nos da una ayuda más para salir de este círculo vicioso. Él habla de “la cruz cada día”. Esta expresión sugiere algo de rutinario, y algo de novedoso. A mí me parece que Jesús no nos propone solamente el hecho de repetir una misma acción todos los días, sino sobre todo dejarnos sorprender por lo que cada día nos tiene reservado en su novedad. Entonces, la actitud que se nos pide cambia radicalmente: llevar la cruz de cada día ya no quiere decir atenerse cabalmente a un plan prefijado, sino estar atento a reconocer, en las circunstancias de cada jornada, la cruz que hay que abrazar.
Ahora bien, ¿cómo reconocer la cruz de cada día? Muchas veces, reconoceremos la cruz verdadera por el hecho de que da vuelta totalmente nuestros planes y desarma completamente nuestras previsiones. Usando expresiones corrientes, podríamos decir que la verdadera cruz es la que “se nos cruza” inesperadamente, la que de improviso nos “sale al cruce”: esa visita inesperada, ese favor que nos piden, aquel pobre que encontramos en la calle... o un simple cambio de planes que tengo que aceptar. Parecería, entonces, que la cruz auténtica viene “de afuera”, de un plan y una voluntad que no son los propios. Una vez más, la clave está en la renuncia de sí mismo. Si en una cruz no estoy “negándome” sino “buscándome”, entonces “ya habré tenido mi recompensa” (cf. Mt 6, 16): esa no es la cruz de Jesús.
En efecto, para tomar su propia cruz, Jesús tuvo que renunciar a sí mismo. Antes del Monte Calvario estuvo el Monte de los Olivos. La entera Pasión estaría desprovista de sentido sin el amor obediente, sin la entrega interior que Cristo hizo de sí mismo en la oscura soledad de Getsemaní. La cruz, por lo tanto, es el Amor del Hijo hecho hombre que obedece a Dios y da la vida por todos. La cruz es amor: amor de hijo y de hermano, amor “hasta el extremo” (Jn 13, 1). Por eso, “hasta el final”, Jesús crucificado no piensa en sí mismo, sino en su Padre y en quienes lo rodean (sus verdugos, los ladrones, el discípulo y su madre...).
Sólo es “cristiana”, por consiguiente, la cruz que nos arranca del propio yo, que nos abre a Dios y nos vuelca a los hermanos. De ahí la insistencia de la liturgia de estos días en proponernos una penitencia que nos obligue a salir de nosotros mismos. “Este es el ayuno que yo amo –oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos, compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo, cubrir al que veas desnudo...” (Is 58, 6-7). La cruz de Jesús nos enseña ese amor que “no busca su propio interés” (1 Co 13, 5).
Pidamos, en este “tiempo favorable”, que el Espíritu Santo nos regale un corazón de carne, manso y humilde como el de Jesús, un corazón de hijo amado que es capaz, cada día, de reconocer la voz de Dios y de seguir su voluntad. Entonces podremos, durante esta Cuaresma, seguir a Cristo hacia la Pascua.
domingo, 31 de enero de 2010
La fidelidad de las cosas
"Los primeros días de esas vacaciones, pasados en la estancia,
fueron para Judith una permanente alegría.
No esperaba hallar los mismos detalles en el amado paisaje
y la enternecía la fidelidad de las cosas".
Hugo Wast, La que no perdonó.
Desde hace varios años a esta parte tengo, cada vez que vuelvo al campo, la extraña sensación de que estoy yendo por última vez. Esto se explica, por un lado, por la “libertad condicional” en que vivo desde que entré al seminario, y por otro, por el fantasma de la venta del campo, que es un sentimiento casi idéntico al miedo inmotivado que uno a veces tiene de que se le muera su padre, o un amigo, o un hermano...: el temor de perder el bien amado, que es la contracara de cualquier amor.
Entonces, cada vez que voy a “El Rodeo”, lo miro sedientamente, como si cada imagen tuviera que quedar grabada para siempre en mi retina; lo aspiro, lo siento, lo vivo con la ansiedad devoradora de la mirada postrera.
Volver al lugar donde pasé infinitas horas de toda mi vida, desde la primerísima infancia, pobre de conciencia pero rica de sensaciones, hasta esta reflexiva adultez, me genera una serie de emociones tan densas, tan arcaicas, que sólo alcancé a balbucirlas un mes atrás, al reencontrarme con esa frase tan certera del gran Hugo Wast: “Como si en los años de ausencia todo hubiera debido cambiar, no esperaba hallar los mismos detalles en el amado paisaje y la enternecía la fidelidad de las cosas”.
La “fidelidad de las cosas”. Cada detalle del camino me va dando la bienvenida: la misma ruta 74, el mismo asfalto vencido, los mismos montes a lo lejos, amados en las distintas formas que toman según de dónde se los mira; las mismas estancias vecinas, con sus mismas entradas; los mismos carteles viejos en el camino del deslinde, guardando celosamente la distancia con Cangallo, La Constancia e Iraola... y sobre todo, la misma fidelidad precámbrica de la sierra -de mi sierra-, verdadera alma de mi pago chico.
Ciertamente, es conmovedor volver a un paisaje que es el mismo, exactamente el mismo que quiero sin saber desde cuándo, desde que lo vi con los ojos asombrados y el corazón virgen de la niñez, y sin querer ni saber cómo ha quedado como estampado en el alma, de modo que casi no se puede distinguir de mi propia identidad. ¿No dijo Atahualpa Yupanqui que “el hombre es paisaje que anda”?
El amor a este paisaje querido es tan primario, tan natural, tan espontáneo como el amor a la madre o el amor a uno mismo. Con todo, en ese lugar amado, en esa “querencia”, hay algo que está ahí delante, algo objetivo, algo que es distinto de mí mismo. Con ser profundamente mío, sin embargo yo no soy el dueño de ese paisaje, ni el señor de ese horizonte.
Volver a ver lo que vi toda mi vida desde la galería -ese serpenteo verde que hacen los mimbres del arroyo Tandileofú y los eucaliptus de “Las Coloradas”, esos recortes en el horizonte que podría reconstruir con los ojos cerrados- tiene la contundencia y el gustazo de un verdadero encuentro: no es puro narcisimo. Mi paisaje querido tiene identidad propia: es mío, pero no soy yo. Por eso le puse un nombre: “Ayacucho”.
(Que no es el Ayacucho de los mapas, porque la querencia es algo mucho más chico y acotado que el partido o el cuartel. El “pago chico” es esa porción del pago que uno incorporó a la retina sin necesidad de mirarla, sino a fuerza de verla, nomás, y de tanto dejarla entrar por los ojos, sin esfuerzo, durante toda una vida, hasta que se ganó en el corazón).
Ese encuentro borrascoso, ese abrazo mitad lúcido y mitad atávico entre el paisaje y yo se da cada vez que vuelvo a “El Rodeo”. Y tiene el gusto raro del desfasaje entre su fidelidad y la mía. Él es siempre el mismo: me recibe cada verano con el mismo olor a menta en el campo y el mismo olor a jazmín en la galería, y cada invierno con la misma fiesta en el chispear de la chimenea; me sostiene cada año con las mismas baldosas coloradas, cuarteadas por el paso y el peso de la vida; me renueva cada vez con esa agua inmejorable, que ceba mejor que ninguna aunque haga lavarse la yerba al tercer mate... Yo, en cambio, no soy siempre el mismo: vuelvo cada vez más cambiado, porque mi paisaje interior se renueva cada año, incorpora nuevos aires y nuevos cielos, y, sobre todo, se puebla de nuevas personas.
Pero ¿no es eso, justamente, lo lindo de volver? ¿No es acaso lo propio de cualquier regreso este reencuentro del que se fue, del que cambió de pago, con su paisaje primero? Volver tiene mucho de encuentro con lo que uno había perdido, de restitución de un bien robado, acaso, por el olvido. Uno recibe “desde afuera” cosas que, sin embargo, no podrían ser más “de adentro”...
Si las cosas no fueran “fieles”, si el paisaje perdiera identidad, ya no tendría sentido volver, como lo dice magistralmente la zamba de Marta Mendicute:
“La casa ya es otra casa;
el árbol ya no es aquél...
Han volteado hasta el recuerdo,
entonces ¿a qué volver?
La magia ya se ha perdido
¿quién la pudiera encender?
Ni la tierra ya es de tierra,
entonces, ¿a qué volver?”
Volver, en ese caso, ya no sería volver a ninguna parte, porque uno vuelve siempre al niño que fue, a la propia identidad olvidada y que el paisaje guarda, celosamente, como un tesoro...
Muchas veces uno tiene la experiencia de volver. Puede volver a su escuela, a la casa en que vivió de chico, a la iglesia de su barrio... Pero no es fácil volver después de casi treinta años a un lugar y que esté tal cual uno lo recuerda, igual a como uno lo dejó. Siempre los lugares cambian un poco, son como uno, que sigue, sí, siendo el mismo, pero no... Hay un poco de gozo por el reencuentro y otro poco de tristeza por la ausencia, por la irrevocabilidad de lo que ya no vuelve más. La vuelta, entonces, tiene una medida de dulzura y una de amargor.
Entonces, cada vez que voy a “El Rodeo”, lo miro sedientamente, como si cada imagen tuviera que quedar grabada para siempre en mi retina; lo aspiro, lo siento, lo vivo con la ansiedad devoradora de la mirada postrera.
Volver al lugar donde pasé infinitas horas de toda mi vida, desde la primerísima infancia, pobre de conciencia pero rica de sensaciones, hasta esta reflexiva adultez, me genera una serie de emociones tan densas, tan arcaicas, que sólo alcancé a balbucirlas un mes atrás, al reencontrarme con esa frase tan certera del gran Hugo Wast: “Como si en los años de ausencia todo hubiera debido cambiar, no esperaba hallar los mismos detalles en el amado paisaje y la enternecía la fidelidad de las cosas”.
La “fidelidad de las cosas”. Cada detalle del camino me va dando la bienvenida: la misma ruta 74, el mismo asfalto vencido, los mismos montes a lo lejos, amados en las distintas formas que toman según de dónde se los mira; las mismas estancias vecinas, con sus mismas entradas; los mismos carteles viejos en el camino del deslinde, guardando celosamente la distancia con Cangallo, La Constancia e Iraola... y sobre todo, la misma fidelidad precámbrica de la sierra -de mi sierra-, verdadera alma de mi pago chico.
Ciertamente, es conmovedor volver a un paisaje que es el mismo, exactamente el mismo que quiero sin saber desde cuándo, desde que lo vi con los ojos asombrados y el corazón virgen de la niñez, y sin querer ni saber cómo ha quedado como estampado en el alma, de modo que casi no se puede distinguir de mi propia identidad. ¿No dijo Atahualpa Yupanqui que “el hombre es paisaje que anda”?
El amor a este paisaje querido es tan primario, tan natural, tan espontáneo como el amor a la madre o el amor a uno mismo. Con todo, en ese lugar amado, en esa “querencia”, hay algo que está ahí delante, algo objetivo, algo que es distinto de mí mismo. Con ser profundamente mío, sin embargo yo no soy el dueño de ese paisaje, ni el señor de ese horizonte.
Volver a ver lo que vi toda mi vida desde la galería -ese serpenteo verde que hacen los mimbres del arroyo Tandileofú y los eucaliptus de “Las Coloradas”, esos recortes en el horizonte que podría reconstruir con los ojos cerrados- tiene la contundencia y el gustazo de un verdadero encuentro: no es puro narcisimo. Mi paisaje querido tiene identidad propia: es mío, pero no soy yo. Por eso le puse un nombre: “Ayacucho”.
(Que no es el Ayacucho de los mapas, porque la querencia es algo mucho más chico y acotado que el partido o el cuartel. El “pago chico” es esa porción del pago que uno incorporó a la retina sin necesidad de mirarla, sino a fuerza de verla, nomás, y de tanto dejarla entrar por los ojos, sin esfuerzo, durante toda una vida, hasta que se ganó en el corazón).
Ese encuentro borrascoso, ese abrazo mitad lúcido y mitad atávico entre el paisaje y yo se da cada vez que vuelvo a “El Rodeo”. Y tiene el gusto raro del desfasaje entre su fidelidad y la mía. Él es siempre el mismo: me recibe cada verano con el mismo olor a menta en el campo y el mismo olor a jazmín en la galería, y cada invierno con la misma fiesta en el chispear de la chimenea; me sostiene cada año con las mismas baldosas coloradas, cuarteadas por el paso y el peso de la vida; me renueva cada vez con esa agua inmejorable, que ceba mejor que ninguna aunque haga lavarse la yerba al tercer mate... Yo, en cambio, no soy siempre el mismo: vuelvo cada vez más cambiado, porque mi paisaje interior se renueva cada año, incorpora nuevos aires y nuevos cielos, y, sobre todo, se puebla de nuevas personas.
Pero ¿no es eso, justamente, lo lindo de volver? ¿No es acaso lo propio de cualquier regreso este reencuentro del que se fue, del que cambió de pago, con su paisaje primero? Volver tiene mucho de encuentro con lo que uno había perdido, de restitución de un bien robado, acaso, por el olvido. Uno recibe “desde afuera” cosas que, sin embargo, no podrían ser más “de adentro”...
Si las cosas no fueran “fieles”, si el paisaje perdiera identidad, ya no tendría sentido volver, como lo dice magistralmente la zamba de Marta Mendicute:
“La casa ya es otra casa;
el árbol ya no es aquél...
Han volteado hasta el recuerdo,
entonces ¿a qué volver?
La magia ya se ha perdido
¿quién la pudiera encender?
Ni la tierra ya es de tierra,
entonces, ¿a qué volver?”
Volver, en ese caso, ya no sería volver a ninguna parte, porque uno vuelve siempre al niño que fue, a la propia identidad olvidada y que el paisaje guarda, celosamente, como un tesoro...
Muchas veces uno tiene la experiencia de volver. Puede volver a su escuela, a la casa en que vivió de chico, a la iglesia de su barrio... Pero no es fácil volver después de casi treinta años a un lugar y que esté tal cual uno lo recuerda, igual a como uno lo dejó. Siempre los lugares cambian un poco, son como uno, que sigue, sí, siendo el mismo, pero no... Hay un poco de gozo por el reencuentro y otro poco de tristeza por la ausencia, por la irrevocabilidad de lo que ya no vuelve más. La vuelta, entonces, tiene una medida de dulzura y una de amargor.
En “El Rodeo”, en cambio, todo está como siempre. Los árboles viejísimos, la casa sencilla, los muebles, los colores, hasta las fotos de la casa que siguen diciendo la novedad del primer casamiento de la familia o que se estancaron en la infancia de los primeros nietos... Eso, que quizá sea un indicio de muerte, para mí es fuente de vida. Todo es igual en el campo. Es verdad que los vientos han cambiado apenas los montes desde la galería: éste está más desdentado, aquél se desflecó un poquito; el nuestro ya deja pasar la luz del sol y se han muerto de pie las lambertianas añosas que eran nuestras guaridas de infancia. Pero cuando me siento en la vieja hamaca, respiro eucaliptus puro y miro ese mismo horizonte que sube y que baja, me dejo mecer por la borrachera del recuerdo, y ya no sé si soy yo hoy o si soy ese chiquito despreocupado jugando en el arenero, esperando que alguna voz querida me llame para almorzar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








