sábado, 18 de octubre de 2008

La verdad en las latitudes del amor

Hace poco más de una semana, en su monasterio de Punta Chica, murió la Madre María Leticia Riquelme OSB, abadesa de Santa Escolástica. Sólo Dios sabe cuánto de lo que hay en mí de bueno se debe a sus oraciones y a las de sus monjas, las "benes" tan queridas. Tuve el priviegio de conocerla y de que me honrara desde chico con su amistad, que me manifestó siempre con muchos pequeños gestos de cariño. Su lema abacial -una suerte de programa de vida-, estaba tomado de la carta a los Efesios 4, 15: "Veritatem facientes in caritate". Hoy, agradecido, quisiera dedicarle a ella esta pequeña reflexión, que podría tener como título, su lema, y como ícono, su vida.

Madre M. Leticia Riquelme OSB (1943-2008)

La verdad en las latitudes del amor

En nuestro idioma, y en muchos otros, hay una diferencia antigua entre los verbos "conocer" y "saber". La raíz originaria del primero (* gno-), refiere a una actividad fundamentalmente intelectual, gnoseológica. En cambio, tanto en griego como en latín, la raíz de "saber" (*Soph-, *Sap-) es la misma que la de "sabor". "Saber", en castellano, es tanto del intelecto como del gusto. Fulano "sabe" mucho; una salsa "sabe" bien. La arcaica verdad latente en el esqueleto de las palabras nos enseña que existe una íntima y misteriosa relación entre el "saber" y el "sabor".
Nos damos cuenta, entonces, de que mucho de lo que llamamos "sabiduría" no es tal. No tiene "sabor". Es, ciertamente, ciencia ("scientia") pero sabiduría ("sapientia") no. Lo mismo pasa con los "sabios": nos vemos obligados, como los franceses, a usar distintas palabras para el sabio "sabelotodo" o "sabihondo" ("savant") y otra para el sabio "sabroso" ("sage").
Es un hecho que no cualquier pensador es "sabio": no es lo mismo estudiar que adquirir sabiduría. En efecto, las más de las veces (comenzando por la literatura sapiencial de la Biblia), se reserva esta palabra no para el "intelectual" sino más bien para el anciano, para el que sabe no por haber estudiado sino por haber vivido bien, por haber experimentado (o sea, por ser un "experto" o "perito", en sentido etimológico). Bien lo dice nuestro refrán: "el diablo sabe por diablo, pero sabe más por viejo". También en la literatura cristiana encontramos frecuentemente escritos que nos presentan la auténtica sabiduría como algo distinto de la sabiduría del "mundo". Me gusta ver la cifra de este pensamiento en una vieja copla castellana:

"La ciencia calificada
es que el hombre en gracia acabe,
porque, al fin de la jornada,
aquel que se salva, sabe,
y el que no, no sabe nada".

Es decir: la sabiduría es algo práctico, en cuanto que tiene todo que ver con la vida concreta. Si no muerde la existencia, si no incide en las opciones, si no se traduce en lo cotidiano, aquello será un conocimiento, una ciencia, una doctrina, un teorema, pero jamás sabiduría. Será una "palabra muerta", al decir del de Aquino: "Así como cuando un hombre cree y no practica se dice que su fe está muerta (cf. Sant 2), a veces el hombre tiene una palabra muerta: piensa en lo que debe hacer pero no tiene la voluntad de hacerlo" (In Symbolum Apostolorum expositio, 112). Es un conocimiento muerto, porque no atrae hacia sí la afectividad, el amor.
Refiriéndose a la Eucaristía, en una frase genial, el Papa resume -a mi juicio- toda esta cuestión: "Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre -aquello por lo que el hombre vive- era el Logos, la sabiduría eterna, ahora esta logos se ha hecho para nosotros verdadera comida, como amor" (Benedicto XVI, Deus caritas est, 13).
La lógica del Evangelio y la dinámica de la Eucaristía vienen, en efecto, a echar mucha luz sobre nuestro asunto. Dios nunca se reveló en solas palabras: nuestro Dios es Yahvé, el Dios liberador, el Padre de "mano poderosa y brazo extendido"... En Jesucristo, Dios es Palabra que se identifica con el acontecimiento: el Logos que se hace carne. Es todo lo contrario a la "palabra muerta": es "verdad y Vida" (cf. Jn 14, 6). En él, que es la Palabra eterna de Dios, la Sabiduría de que hablaban Salomón y Ben Sirá vuelve a ser -más que nunca- sabrosa, porque se hace literalmente alimento.
¿Cómo? Dice el Papa: "como amor". La Eucaristía es Verbum almum, Palabra nutritiva, la Sabiduría que nos prepara el vino y la mesa (cf. Prov 9, 2), porque es Amor.
Vemos, por consiguiente, cómo Jesucristo nos devuelve (con nueva y altísima profundidad) esa inmemorial verdad de "los antiguos que pusieron nombres a las cosas" (Platón): que "saber" era algo que daba gusto y hacía crecer.
Pero ahora nos devela el secreto de ese vínculo antiguo. ¿Cómo el conocimiento llega a ser sabroso? Como amor. ¿Cómo el saber se hace alimento? Como amor. ¿Cómo la verdad puede ser digerible? Como amor.
De esto que nos enseña la pedagogía de Dios en Cristo podemos extraer la siguiente conclusión: si queremos que una verdad "llegue", si pretendemos que una palabra "edifique" y enriquezca, esa verdad debe reunir dos condiciones: por un lado, debe estar "encarnada"; por otro, debe darse "como amor". Es decir, debe ser una verdad "martirial", que se expone no sólo en nuestros labios sino ante todo en nuestro testimonio de vida; y debe ser una verdad que se transmite en la firme suavidad del amor. Ésta es la verdad de los santos, que son los verdaderos "sabios".
El famoso "relativismo" actual, ese descrédito que, desde hace años, pesa sobre cualquier pretensión de una verdad que trascienda al individuo y llega a descalificar no sólo la idea de verdad sino incluso su misma palabra, hace necesario que quienes creemos en Jesucristo (el que dijo "Yo soy el camino, la verdad y la Vida" -Jn 14, 6-) aprendamos a reformular la verdad del Evangelio con el mismo lenguaje con que nuestro Maestro anunció el Reino de Dios: con el estilo humilde del amor fiel hasta la muerte. Las circunstancias de nuestra hora exigen de nosotros la valentía de proponer -de vivir- una "verdad crucificada", como dice el teólogo italiano Adolfo Russo.
Ciertamente, no es fácil "practicar la verdad en la caridad" (cf. Ef 4, 15). Día a día padecemos las tensiones y las incoherencias que tantas veces nos llevan a radicalizar todavía más el divorcio existente entre verdad y amor... Ya nos rendimos a amores fáciles y amorfos, ya nos anestesiamos con verdades rígidas e impermeables. El desafío es poder achicar cada día un poco más esa distancia, aprendiendo a conjugar la verdad en la "sinfonía" de la comunión.
A fin de cuentas, es en la Vida eterna donde se consumará la reconciliación entre palabra y obra, entre verdad y amor. Y por eso es tan lindo lo que dice San Agustín hablando -con ansias- del Cielo: "Que en ti, Señor, me encuentre con todos aquellos que se alimentan de tu verdad en las latitudes de la caridad" (Confesiones, XII, 24, 33).

9 comentarios:

Natalio Ruiz dijo...

Estimado amigo:

Bello y cierto en general.

No obstante habría que calibrar un poco más la primera parte.

La Sabiduría, propiamente como virtud, nunca es práctica ni para Platón, ni para Aristióteles, ni para San Agustín ni para Santo Tomás. La incidencia real sobre el obrar es como consecuencia y no como fin. Se busca el conocimiento por el conocimiento y, como consecuencia, surge naturalmente la adaptación del obrar (de ahí la relación con la Caridad en San Agustín).

Otra cuestión es la sabiduría como don, la cual además de ser intelectual es también práctica. Si bien en San Agustín aparecen como mezcladas o confundidas Santoto deslinda entre el campo filosófico y el teológico.

Pero la diferencia (con relación al resto del post) es grande: una es una virtud, la otra un don; una se adquiere y ejercita, la otra se recibe gratuitamente.

También se puede entender otra cuestión y es lo que Santoto llama "la sabiduría de las cosas humanas" que es, en definitiva, la pruedencia (que aparece también entreverada en San Agustín).

Es decir, la traducción a lo cotidiano es una consecuencia por desborde y no la finalidad de la búsqueda de la sabiduría.

Por último, y casi como dato de color, es dudoso que en griego soph tenga relación con "sabor" como indudablemente lo tiene en latín. Santoto explica (comentando a San Agustín) que la relación entre saber y sabor no se da en griego, sólo en el latín. Yo, por mi parte, nunca ví tal referencia en el griego por parte de los que "saben" (yo no entiendo nada).

Respetos.

Natalio

Anónimo dijo...

"NO ES LO MISMO ESTUDIAR Q ADQUIRIR SABIDURIA..."

Muy bueno cris. viste? te encontre. Julieta.

Cristián Dodds dijo...

Estimado Natalio:
Gracias por brindarle tiempo y neuronas a Dios y Ayacucho. En serio.
Una vez más estamos ante un desfasaje de registros, como me ha pasado ya con otros comentaristas. Como Ud. bien observa, hasta San Agustín "entrevera" un poco filosofía y teología sin disecarlas: en mis articulillos -salvadas las enormes distancias- yo hago otro tanto, y adrede evito el rigor formal al que me atendría si se tratara de artículos de filosofía o de "quaestiones" escolásticas. He optado por otro género literario, que implica sobrevolar esas distinciones.
Sus finas observaciones -con sus precisas distinciones- merecen toda mi adhesión. Vale esto sobre todo para la distinción de las "sabidurías".
La objeción de la "practicidad", en cambio, me exige un retruco y le agradezco que la haya hecho.
El verso español que elegí es para mí un exponente de las "reacciones" antifilosóficas que por épocas aparecen en el cristianismo. Podría señalarse dentro de éstas a Pablo (con su sabiduría "necia" de la Cruz), a Pedro Damián, a Kempis... Sacando a San Pablo, estos autores adolecen de todas las estrecheces de lo "reaccionario", aunque tengan su razón.
En mi exposición traté de matizar el provocativo adjetivo "práctica" cuando dije: "en cuanto tiene que ver con la vida". Estoy de acuerdo con que nunca la práctica es el fin buscado sino una consecuencia. Pero parafraseando -sin rigor- a Emilio Komar, diré que la "afectividad es la contrapartida del conocimiento realista". Un saber donde la voluntad, la afectividad, el amor no se hacen presentes, "non adsunt" (es el verbo que usa Sto Tomás en mi cita), en el fondo no fue un saber. La "praxis" sigue siendo secundaria y consecutiva de la "theoria", pero es a fin de cuentas la única verificación de que la contemplación no este contemplando... "fuera del tarro". De todos modos, yo me refiero más bien al amor -antes que a la "praxis"- que no sólo no compite con la contemplación sino que define a la más alta de las "theorías": la que tienen los santos en el Cielo, que junto a Cristo miran y se dejan mirar, aman y se dejan amar por Dios en el fuego gozoso del Espíritu.
Respecto de lo lingüístico, extraje la información del Bailly: "Abrégé du Dictionnaire Grec-Francais" de M. A. Bailly, Hachette. La raíz evidentemente es indoeuropea y en latín dio "Sap" (sapio) y "suc" (sucus) y en griego "soph" y "op" (opós). Habrá que preguntarle a él...
Respetos a mi vez.
PD.: ¿Es amigo de Tomi Alonso?

Natalio Ruiz dijo...

Completamente de acuerdo mi amigo.

El asunto del costado teórico o práctico tiene, como bien señala bemoles y miradas parciales. En cualquier caso, y dado que hoy la gente es renuente a estudiar, prefiero poner el acento en el conocimiento.

De todos modos, justamente, la feliz unión se da en la Sabiduría.

Respetos.

Natalio

Pd: Afirmativo ¿ud. también?

Cristián Dodds dijo...

Hombrecito gris:
Amigo es mucho decir, pero hemos coincidido más de una vez en andanzas folklóricas.

SANDRA dijo...

hola
muy buen
B
L
O
G
aka me paso a deajrtes mis saludos
desde la distancia te acompaño

Cristián Dodds dijo...

Gracias, Sandra por la visita. Mba'é pa...! Me encanta tu orgullo formoseño, y el amor a tu identidad. ¡Qué falta nos hacen argentinos así!

Anónimo dijo...

Cris, me gustó mucho este artículo. Y me gusta este estilo que usas y que parece que a veces, no es del todo entendido.
Sin embargo, esas observaciones que hacen, enriquecen muchísimo cuando aclarás las cosas.
Ayuda mucho que estén esos comentarios, ya que da pie a que vos hagas una buena síntesis accesible para nosotros, los menos leídos.
Por ejemplo, cuando explicás a Komar diciendo que el amor, 'es a fin de cuentas la única verificación de que la contemplación no esté contemplando... "fuera del tarro"'. Me pareció buenísimo!
Un abrazo grande,

Andrés Felsenstein.

Cristián Dodds dijo...

Andrés querido:
Gracias por tu honroso comentario. ¡Rienda corta a los halagos, que me voy a perder!
Te mando un fuerte abrazo y te espero cuando quieras a tomar unos mates, aunque no sé si quedó mazzá...
¡Gracias!