jueves, 26 de marzo de 2009

La libertad tras las rejas del amor

Georges Moustaki (1934-)
Hoy quiero hablar de la libertad. Esa realidad tan buscada y querida por nuestra cultura occidental; esa palabra tan linda, tan alta, tan preciada; pero también ¡ay! tan gastada, abusada y manoseada. La libertad es, a la vez, el derecho que se busca, exige y reivindica y el deber que se adultera, se viola, se prostituye y corrompe. Los más grandes y los más abyectos hombres hicieron suya esta palabra: se hizo exigente en labios de Jesús y seductora en boca de Hitler; fue dolorosa para Gandhi y expeditiva para Bush; víctima en Martin Luther King y victimaria en Robespierre; regalo en el Mar Rojo y usurpación en la Franja de Gaza.
En medio de tantas voces opuestas que tironean a gritos la libertad, esta vez quisiera darle la palabra no a un caudillo que la grite y exclame sino a un poeta que la canta y declama: a Georges Moustaki
[1], uno de esos jóvenes de la Francia del sesenta que hicieron volantear al siglo XX.
Comparta o no la filosofía de Moustaki, gozo siempre con sus letras, como si se tratara de un Larralde en francés. En particular, su canción “Ma liberté” me parece contener hondos manaderos de verdad que, como un buen vino, quisiera degustar de a poco.


La libertad tras las rejas del amor
Sobran poetas que le hayan cantado a “la Libertad”. Moustaki, en cambio, fiel a su estilo personal y autobiográfico (ése que hace que uno sienta, al cabo de unas canciones, que lo conoce y quiere como si fuera un amigo), le escribe unos sentidos versos a “su” libertad.
La circunstancia de tiempo pasado con que empieza la letra (“mucho tiempo te guardé”) nos dispone de entrada a escuchar una narración. Como si se tratara de una persona, o mejor aún, de “una novia muy hermosa” (como aquella a quien cantó Atahualpa Yupanqui), Moustaki tiene con su libertad una historia compartida, una historia de amor. Ahora bien: hablar de la relación de alguien con su libertad es hablar de su liberación. Podríamos decir, entonces, que estamos aquí ante una suerte de “historia salutis”, de historia de la liberación, de historia de la salvación de Georges Moustaki. Lo interesante es que quizá, si cantamos esta canción, si la hacemos nuestra, esta historia de liberación también nos enseñe los caminos de nuestra propia libertad.
Lo primero que aparece es la valoración de la libertad, que para el autor era como una “perla rara”, en el sentido de “escasa”, “difícil”, "única”. ¿Qué hacer con la alhaja de la libertad en un mundo (décadas del 30 y 40) signado por las guerras y los totalitarismos? El primer movimiento fue de temor: esconder el tesoro, “guardar la perla”. Guardarse la libertad es estar uno mismo guardado, enterrado: “guardar la perla de la libertad” es una manera de decir que el que está resguardado es el sujeto que la tiene. Pero eso no pudo durar mucho, y la curiosidad y la potencia intrínseca de esa “perla” hicieron que el cofre un buen día se abriera, desatando a partir de entonces un proceso irreversible de liberación.
La dinámica de la libertad comienza por “ayudar a largar las amarras”. En efecto, el primer acto de liberación consistirá justamente en lo contrario de “estar guardado”: en salir, irse, volar, navegar... “Soltar las amarras”, por lo tanto, constituye la condición sine qua non de la libertad. No puede uno irse a ninguna parte sin antes deshacer las ataduras que le impiden caminar, que lo hacen dependiente y esclavo. Esto quiere decir que no puede haber libertad sin una fundamental independencia.
Una vez soltadas las amarras, y levada el ancla... ¡Libertad! ¡No más cadenas que nos condenen a un puerto! Los cuatro vientos de la libertad nos embriagan y marean. Puedo ir a donde quiera... Dice Moustaki: “Solté las amarras para irme ¡qué importa dónde!... hasta el último rincón de los mares de la fortuna; para cortar en un sueño una rosa de los vientos sobre un rayo de luna”... El desboque metafórico de esta última oración –que no volverá a darse en el resto de la canción- pretende indicar el indecible entusiasmo, la irrefrenable borrachera de la independencia recién estrenada, la locura por los 360 ° de horizonte...
Sin embargo, pasada esta luna de miel inicial, el autor parece introducirnos en una nueva etapa: la del compromiso y la fidelidad con su libertad. La relación con su libertad comienza a tomar matices de adoración, de culto, incluso de obediencia. Si es cierto que el protagonista había cortado toda atadura con tal de ir no importa a donde pero en libertad, esta libertad absoluta se revela, aunque sin un carácter negativo, como un nuevo tipo de dependencia, de sumisión. Uno no tiene jefe, ni amo, ni señor... pero su dueña y reina es justamente la propia libertad. La segunda estrofa nos describe esta nueva dimensión: “Mi libertad, cumpliendo tus mandados / mi alma vivió sumisa: /mi libertad, todo te había entregado, / hasta mi última camisa”. El compromiso, la entrega total al ideal de la libertad, el haberle dado “la última camisa”, es de hecho una auténtica “sumisión”, una abnegada obediencia a su voluntad... e incluso, como lo dice el verso siguiente, a sus mínimos caprichos: “¡Cuánto tuve que padecer / por poder satisfacer / tu menor extravagancia: / mi país, lo abandoné; / mis amigos, los dejé / por ganarme tu confianza!” Aquí el compromiso revela su costado más difícil: la renuncia. La fidelidad a la libertad supuso para el autor dejar patria y amigos... La diosa libertad, en la conciencia de Moustaki, pareciera haber hecho suyas las palabras de Jesús: “les aseguro que el que no me ama más que a su padre y a su madre no es digno de mí”.
"Mi libertad, supiste desarmar / mis costumbres, mis modos, / mi libertad, que me enseñaste a amar / hasta el hecho de estar solo. / Tú me hacías alegrar / si podía consumar / una buena aventura... / Y eras siempre la guarida / en que mostrar mis heridas / para que les dieras cura".
Las renuncias y las arideces de esta vida en libertad no sólo no desanimaron al personaje, sino que le provocaban una secreta alegría. Toda la tercera estrofa nos cuenta que, por debajo de la soledad y de las heridas y de los errores, había en nuestro protagonista como un gozo secreto sólo compartido con ella, su libertad, porque todos esos dolores tenían sentido por la fidelidad a ella. La incomprensión de los suyos, los fracasos de las aventuras, la soledad de la vida errante... todo puede volverse dulce si está encarado como exigencia de un amor, que en este caso es el amor a la libertad. Por eso el autor experimenta su libertad como una madre satisfecha y orgullosa, que lo contiene y le cura esas heridas que sólo ella podía comprender.
“Y con todo, libertad, te he abandonado / una noche de junio: / y dejé los caminos desviados / que habíamos seguido juntos. / Cuando, sin sospechar nada, / piernas y manos atadas, / me dejé que me hicieran... / y te traicioné por / una prisión de amor / y su bella carcelera”.
El final reviste un aspecto dramático: la bella historia de amor, esa historia de fidelidad cueste lo que cueste, esa alianza irrevocable con la libertad de pronto se rompe con una trágica traición. El sol y el mar del Mediterráneo que uno podía imaginar en la primera estrofa son reemplazados aquí por el lóbrego escenario de una noche de invierno. Y aquel mismo hombre que, un día de independencia, cortó sus ataduras en nombre de la libertad, una buena noche bajó, confiado, las defensas de su militancia libertaria, y se dejó atar nuevamente de pies y manos... Y “bueno, la cosa pasó”: la canción está escrita, de hecho, desde adentro de la cárcel. Pero lo curioso es que, a pesar de su tono algo nostálgico, este canto no es un lamento presidiario. No en vano nos recalca que él mismo “se dejó hacer”... Nadie lo encarceló, sino que solito se dejó llevar a la prisión. En efecto, toda la última estrofa es como un pedido de perdón a su novia traicionada, una genuina “confesión de parte” de la culpa de la traición.
De este modo, la canción termina casi como comenzó, con alguien que está “guardado”. ¿Cómo es posible que un romance así de idílico termine tan mal? La clave la dan los último dos versos. La cárcel es una “prisión de amor”, custodiada por una “bella carcelera”... Y este último adjetivo “bella” termina de convencernos de la complacencia del preso con su nueva situación. El fervoroso cultor de la libertad parece decirnos: “no me arrepiento de este amor, aunque me haya hecho perder la libertad que supe conseguir”.
Ésta es la genialidad de Moustaki, la honda verdad humana que describe en esta poesía. El mismo músico del 68 francés que le canta, todavía hoy, a esa “flor de mayo” que es la “revolución permanente” (Sans la nommer), el mismo que, fiel a aquel principio de “prohibido prohibir”, en Le temps de vivre dice: “todo es posible, todo esta permitido”, ese mismo Moustaki nos enseña en esta canción que la libertad no es la diosa más alta del panteón. Hay algo más grande, más fuerte, más sublime y más hermoso aún que la libertad. Y es el amor. Sólo el amor es capaz de mover a los hombres libres, a esos hombres que han sacudido todos los yugos y se saben dueños absolutos de sí mismos... El amor es tan fuerte que nos hace comprarlo entregando esa propia libertad por la que tanto luchamos. Y también, desde la sabiduría de la experiencia, el autor nos asegura otra cosa: una vez comprado el amor con la propia vida, una vez tras las rejas, uno se da cuenta de que no estuvo mal renunciar a la libertad, que no fue un error dejarse meter en esta cárcel del amor. En el fondo, el preso del amor se da cuenta de que su libertad, esa libertad por la que se afanó, esa libertad que buscó y siguió con pasión, sólo tuvo sentido en que sirvió para “pagar la entrada” al amor. La libertad no es un fin en sí misma, sino un medio para poder amar y dejarse amar. La libertad es más libertad todavía tras las rejas del amor.
Pero a la vez que esta certera descripción de la libertad, Moustaki nos revela el auténtico rostro del amor: no hay amor verdadero que no tenga algo de prisión. Si el amor no compromete la libertad, no es amor. No hay verdadero amor sin renuncias, sin dolor, sin abnegación y sacrificio (aunque existan por cierto dolores, renuncias y sacrificios que no tienen nada que ver con el amor). El amor auténtico "usa" la libertad entera; exige toda la vida.
Todo esto me parece como una explicitación del misterio del amor humano condensado en ese breve versículo del Génesis (2, 24): “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre [es decir, “suelta las amarras” y se independiza, condición indispensable de libertad], y se une a su mujer [es decir, con la soberanía de la independencia obtenida, elige ahora libremente volver a ser dependiente, pero por amor] y se hacen una sola carne”.
Y, como no puede ser de otra manera, también vemos esta misma verdad en Jesucristo, que supo independizarse, en el Templo, de sus padres (“¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?” -Lc 2, 49-); pero que, siendo libre, el absolutamente más libre de los nacidos de mujer, elige por amor dejarse clavar a la cruz y atarse definitivamente, hasta el extremo, al destino de los hombres: “nadie me quita la vida: yo la doy libremente; tengo poder para darla y para recobrarla” (Jn 10, 18).
Por eso me alegra pensar que, aunque bajo el cielo del Norte está enaltecida la Libertad en una famosa estatua, más arriba, más exaltada (cf. Jn 3, 14) y más brillante tenemos en el cielo del Sur el signo luminoso de la verdadera libertad, la libertad hecha Amor que es la Cruz de Cristo.

[1] Joseph Moustaki nació en 1934 en Alejandría de Egipto, de una familia judía de origen griego, y todavía joven se fue a París buscando nuevos aires. Allí compuso en francés, y de a poco fue haciéndose conocido en el ambiente musical. El aliento de Georges Brassens –de quien adoptó el nombre- y un romance con Edith Piaf, para quien creó varias canciones, lo lanzaron a la fama. Desde 1969 se consagró como solista hasta el día de hoy. Dueño de un estilo único, poeta, músico e intérprete de varios instrumentos, sus canciones le han sabido poner música y palabras al amor a la mujer, al cariño a la familia, a la nostalgia de la niñez, al dolor de la injusticia, al fervor de la revolución, a la alegría de la “buena vida”, a la intimidad de la confesión cordial.

5 comentarios:

majo dijo...

La hermana
mas hermosa
LA LIBERTAD (:
Dice una canción
Te extraño cris
espero verte pronto compañero =)
Exitos en todo .

Cristián Dodds dijo...

¡Mahitou! Sí, capaz que te referís a la misma canción que cité como de pasada, de Atahualpa Yupanqui: "Yo tengo tantos hermanos que no los puedo contar, y una novia muy hermosa que se llama libertad".
Gracias por comentar, hermanita. Un beso,

ioannes dijo...

Perdón que le escupa el asado, pero puede el amor ser tal sin libertad?
No será que la plenitud de la libertad se da en el amor?
Las amarras que suelta el amigo Moustaki parecen ser lazos de necesidad más que de amor. Por eso, esa dependencia es ausencia de libertad a mi modo de ver. Él quiere autodeterminarse, no ser determinado por otros o por las circunstancias. Al soltar esas amarras, es libre, sí, pero con una libertad a la que le falta la frutilla en la punta, que es un amor que la determine y la haga plena.
Me parece que el remate de la "bella carcelera" sería más lindo como "bella custodia" del tesoro de la libertad, que la guarda y perfecciona en el amor hacia ella (la mujer). Porque, me parece, donde hay amor hay libertad, sino no creo que sea tal.
De hecho, esto que digo viene al pelo con la última frase:
[...] tenemos en el cielo del Sur el signo luminoso de la verdadera libertad, la libertad hecha Amor que es la Cruz de Cristo.Es una opinión nomás. No se enoje.

Cristián Dodds dijo...

¡Ioannes! ¡Qué sorpresa tenerlo por acá!
No se preocupe, que no me escupe el asado, sino que le pone sal. Y no soy tan enojoso como para que tenga que abrir el paraguas por retrucarme un poco...
Su objeción va en la línea de la de Alicia en el otro post de Moustaki: parece que choca que yo hable de la "prisión del amor".
El origen de esta reflexión es la sospresa de encontrar en la filosofia de este joven del mayo francés una coincidencia con mi visión de la libertad, que creo que es la que enseña Cristo. Lo que descubro -y celebro- presente en esta letra de Moustaki es -muy esquemáticamente- lo siguiente:
1. El hombre al principio es dependiente, como ud. dice: esas son las amarras. La libertad viene dada, pero como tarea.
2. El hombre se independiza, corta las amarras: entra en el vasto mundo del libre albedrío. Es una libertad que al cabo de uno años se revela insatisfactoria, como el autor muestra también.
3. El hombre, con la independencia en su haber, con la libertad en la mano, elige libremente comprometerse de por vida, por amor: es decir, decide por amor de un bien "amarrarse" de nuevo en una alianza definitiva.
4. Esta realidad -el hombre capaz de amar fielmente, capaz de dar la vida por algo- revela precisamente lo que Ud. dice y yo digo también: que la libertad está para el amor, y que sólo en el amor la libertad es lo que debe ser. Por eso, la prisión (¿de dónde viene la palabra vínculo sino de la imagen de las cadenas?) del amor no destruye la libertad: la presupone (independencia) y la consuma (dependencia independiente, dependencia por amor).
Espero aclarar la cuestión: creo que estamos de acuerdo. Gracias por escribir, Ioannes. Siempre es bienvenido para ponerle sal y chimichurri a Dios y Ayacucho.

ioannes dijo...

En realidad, me imaginaba que usted estaba de acuerdo conmigo, pero me pareció necesaria la explicitación, porque en cambio Moustaki creo que no lo tiene tan claro...allá él!
Qué paradoja la libertad determinada en el amor, no?
Me gusta la imagen de Nuestra Madre del Cielo, libremente esclava del Señor!

Abrazo! :D