martes, 8 de junio de 2010

El gavilán que no sabía cantar

A Papá, de quien aprendí a mirar los pájaros
Me encanta volver cada mes a San Isidro, cuando tengo un día de retiro en el seminario, y salir a la hora de la siesta a mirar el río, a recorrer las calles de adoquines y a pasear un rato con el Creador mientras voy rezando el rosario.
Hoy, cuando estaba volviendo de mi paseo meridiano, embriagado de otoño, sentí un silbido fuerte y muy extraño. Me paré en seco y busqué un ratito a ver de dónde venía. Entonces lo descubrí: era un gavilán de color pardo, medio bataraz el pecho, que se había asentado en la rama más alta de un ombú enorme que hay en la calle Beccar Varela. Siempre me fascinaron los pájaros "falconiformes", esa familia imperial de las aves a la que pertenecen las estirpes reales de las águilas y los aguiluchos, los chimangos y caranchos, los halcones y gavilanes. El gavilán, como el que vi hoy, es mucho más difícil de ver que el carancho, sobre todo porque es más chico y menos vistoso. De hecho, nunca antes había podido mirar a uno con detenimiento. Cuando a veces siento el revuelo y el griterío espantado de cotorras y demás pajaritos que huyen por el aire, miro bien y pronto reconozco a alguno de estos gavilanes que acaba de pasar rasante por la copa de un árbol... Pero cuando lo sigo con la mirada, en seguida lo pierdo, porque vuelve a planear muy alto en el cielo.
Pero ahí estaba hoy el gavilán: solemne, soberano, señor de la copa más alta, recortando con premeditada elegancia su altivo perfil contra el celeste brumoso del cielo otoñal. Me quedó claro que los reyes de la tierra, en sus ademanes de majestad y altanería, no han hecho más que remedar a las águilas del cielo.
Sin embargo, el gavilán seguía lanzando repetidamente ese grito medio silbado, un chillido agudo y lastimero. Me quedé como herido por ese grito, constante como un respiro que doliera. ¿Qué le pasaría? ¿Llamaría a alguien? ¿Tendría hambre? Un rato después, su grito me hizo acordar al del chimango, y creí comprender...
Estas aves altivas, de belleza regia y porte majestuoso, son objeto de admiración y respeto: su poder las vuelve invulnerables, y su invulnerabilidad les da una seguridad y un aplomo que las hace todavía más admirables. Cuando quieren ir a posarse, basta que las demás aves sientan pasar el frío de su sombra imponente para que abandonen temerosas el árbol, dejándoles todo el sitio libre. Para el momento en que el gavilán llega a la rama, ya no hay trinos gozosos ni cotorreos alegres a su lado.
Por eso gritaba el gavilán: todos los pájaros del cielo lo admiran y lo respetan, pero nadie lo quiere. Su grandeza exige el tributo del miedo; la soledad es el precio de su poder. Y por eso de su pico ganchudo no puede brotar sino una queja lastimada: su pecho engreído no ha aprendido nunca a cantar. La melancolía agresiva y gritona es lo único que les queda a estas aves rapaces como consecuencia de su grandeza solitaria, porque en su orgullo tampoco saben llorar como las palomas.
Sólo los pájaros buenos saben cantar. Los que se alimentan de la humildad de las lombrices o de los bichitos, y no atemorizan a sus semejantes. Ellos, en su vulnerabilidad, no han perdido la sencillez de disfrutar de la vida, y conservan la libertad de pararse cada tanto en una rama y de improvisar a los cuatro vientos la belleza de su canto. Quizá no son las aves más bellas, ni las más grandes, ni las más elegantes. Pero acaso su misma pequeñez les hace gozar a lo grande de las cosas chiquitas de cada día: la sombra de las hojas y el perfume de las flores, los bichos del suelo, cada gota de agua y cada rayo del sol. Nadie huye de ellos: pueden compartir la rama o el potrero con los demás pájaros, hermanados por la misma bondad que los hace a la vez tan libres como vulnerables.
Después de un rato, tuve que dejar al gavilán en aquel ombú de la calle Beccar Varela y volver al seminario, para seguir con el retiro. Mientras me alejaba, seguía oyendo su grito hiriente...
Entendí entonces que su grito me quería decir algo, que su triste historia valía también para nosotros, y me convencí de que tenía que contar este sucedido del gavilán que no sabía cantar.

10 comentarios:

Monito dijo...

ERA PARA DEDICARLO A TU PAPÁ!!! muy lindo! y el del Bicentenario tb!!! Nogoyá estuvo buenísimo!!! BESO!

Cristián Dodds dijo...

¡¡Tenés razón!! Y lo peor es que en el original (manuscrito el día del retiro) estaba dedicado a él, y ahora me olvidé. Ya lo remedio. ¡Gracias, Monita, estamos en sintonía!

ViCa* dijo...

Siempre me dejas sin nada que decir!

Natalio Ruiz dijo...

Muy lindo post!

Para mirar desde otra perspectiva, suelo pensar al ver ese tipo de aves, en la soledad de la altura. Pero no tanto desde un foco crítico sino alvesre, la soledad de la altura intelectual/espiritual a lo Nietzche o Kirkegard o netamente espiritual como la soledad de la Cruz o Getesemaní.

En fin, puntos de vista sobre aplicaciones posibles de la imagen.

REspetos cantores.

Natalio

Anónimo dijo...

SENCILLAMENTE HERMOSO.

PD: SOY TOTO, POR AHORA ESTOY SIN EL BLOG MIO PORQUE NO PUEDO ACCEDER.
QUIZÁS SEA TIEMPO DE CREAR OTRO. RECORCHOLIS.

Analía dijo...

lindísimo!
Que buen "termómetro" para la vida: ¿canto o grito?
de verdad está bien lindo para pensarse uno...la naturaleza esconde sabias lecciones si uno aprende a mirar y sino al menos que uno tenga la suerte de "encontrar" a los que saben mirar así, y lo escriben y comparten.
Gracias por mirar y decirnos a todos!
Saludos..

Anónimo dijo...

Me gustó la vinculación: libre y vulnerable.

Siempre que vuelvo a tu página, encuentro algo que vale la pena leer.

Te felicito y seguí compartiéndonos sucedidos

A3

Cristián Dodds (hijo) dijo...

A veces los lectores me divierten con anonimidades a medias... ¿Quién serás, A 3? ¿A 3 o A E? De cualquier modo, gracias.

Jorge AP dijo...

Cristian, te felicito por la vivencia que has podido plasmar en la palabra con una sencillez y sentimiento que conmueven. gracias por observar el mundo y compartirlo de este modo.

La Calderón dijo...

Amigo, has podido transmitir a travéz de tu detallada observación y análisis, una vez más, "La profunda soledad de los grandes" y "La riqueza que encierran las pequeñas y simples cosas de la vida".
Me agrada leer lo que escribes, y cuando tenga más tiempo, seguiré leyendo tus escritos cargados de sabiduría.
Confieso que me atrajo el "Ayacucho", pues mis raíces descansan en Los Tandiles.
Hasta la vuelta...Un placer...
Susana...