martes, 18 de agosto de 2009

Lo que el signo muestra (II parte)

Los panes de la vida oculta
Si alguien me pregunta: “¿qué ves cuando mirás el pan y el vino elevados en la consagración?”, yo contesto muy seguro: “a Jesús dando su vida a Dios por nosotros”. Muy bien, tá claro.
Pero hace un tiempito creí darme cuenta de una de las razones por la cual este gran “misterio de la fe” (el misterio pascual) se da –se nos da- “sub specie panis”, bajo la apariencia del pan; me pareció entender al menos uno de los significados de que Jesús haya querido el pan como símbolo de la Eucaristía. Encontré una de esas cosas que el signo muestra.
Por un lado, lo del pan es arquetípico: siendo el pan la comida por antonomasia, “partir con otro el pan” constituye la manera más cabal y primigenia de expresar la esencia del compartir (la palabra “compañero” –cum, panis- no conoce otro origen).
Pero sobre todo, el pan quiere ser una paradoja, eso tan de Dios. La grandeza, el heroísmo, la majestad del sacrificio de la Cruz se nos comunica en la parvedad, en la insignificancia, en la pequeñez de un pedazo de pan compartido. Aquí se deja ver la “fidelidad en lo poco” que Jesús vivió, y que por haberla vivido pudo proponer.
Cuando Jesús, en la última Cena, dijo: “este es mi cuerpo que se entrega por ustedes”, estaba diciendo: “esta es mi vida”. En ese pan iba todo su ser. (Por eso la Iglesia pronto entendió, en los encuentros del Domingo, que la Mesa del Jueves y el Altar del Viernes iban juntos, que formaban parte de un mismo misterio de amor).
Ahora bien, la del Jueves santo fue la última cena de Jesús; esto quiere decir que estuvo precedida por muchas otras comidas y por muchos otros panes. Aquél último Pan “agradecido, partido y compartido” en que Jesús estaba poniendo efectiva y definitivamente su vida no “cayó del cielo”: detrás del Pan grandioso de la Pascua están los pequeños panes de la vida oculta. El Maestro fue aprendiendo a darse en cada pan que “agradecía, partía y compartía”. El solemne Pan de “la hora de Jesús” fue amasado durante todas las horas de su vida. Como dice el P. Eduardo Meana, Jesús fue “haciéndose pan” ya desde Belén. Esta es la razón de que cada minuto de su vida -y no sólo sus últimos tres años, ni sus últimos tres días- sea salvífico para nosotros. Su vida entera fue pascual: Jesús preparó esa última Pascua durante toda su existencia (cf. Lc 22, 15). Él fue poniendo el corazón en cada obra de amor, en cada acto de entrega, en cada detalle de generosidad, hasta que un buen día el Padre por el Espíritu le “sopló” que ya “era la hora”, y entonces supo que en ese último gesto, que en esa última comida, que en ese último pan y en esa última copa esta vez iba todo, en serio. Y por eso dijo: “coman, este es mi cuerpo”: tomen, que acá va toda mi vida.

Pues bien, la cosa cobra todo su sentido cuando la pensamos no ya en Jesús, nuestro “hermano mayor”, sino en nosotros, peregrinos de hoy, que “vivimos de la Eucaristía”. Si la Pascua fue camino para Jesús ¡cuánto más lo es para nosotros!
“Haced esto en conmemoración mía”. Cada vez que escuchaba estas palabras, yo traducía para mí, muy correctamente, “da también vos la vida por los hermanos en memoria mía”. Además, ponía mucha fuerza en desear, en cada Misa, “que él me transforme en ofrenda permanente” o en “víctima viva para alabanza de su gloria”... Y así, eucaristía tras eucaristía, comunión tras comunión, se me fueron yendo años de la vida conviviendo siempre con el sacro deseo de “amar, amar, morir por los demás”, y de ser “ofrenda permanente”... sin ser capaz de “ofrecer un vaso de agua a uno de estos pequeños”. ¡Ay!
Por eso Dios tuvo que mostrarme lo que el pan de por sí mostraba y yo no veía. En vez de soñar con las grandes palabras (“dar la vida”, “ser ofrenda permanente”), me di cuenta de que el “hagan esto en memoria mía”, sin dejar de ser majestuoso y sublime como la Cruz, era a la vez pobre y poquito como un pedazo de pan compartido. Por eso ahora traduzco para mí: “compartí también vos el pedacito de pan de cada día con los hermanos”. Jesús no me pide que mire la hazaña de “beber su cáliz” -porque ese “lo beberé” (cf. Mc 10, 39) cuando llegue el momento- sino en compartir el pan de cada día. Tan claro como lo grita el Evangelio: él me pide los “cinco panes y dos peces” de hoy... la multiplicación queda a cuenta del Patrón.
¡Qué realismo el de Jesús! ¡Que genialidad la suya, que no permite que “puenteemos” jamás lo concreto so pretexto de lo universal! Nunca “la entrega” va a poder ir separada de las entregas; nunca “la opción” va a poder hacerse sin las opciones; nunca “el amor” va a poder vivirse fuera de los amores... El Pan de la Cena no se salteó los panes de la vida oculta. De ahí la insistencia bíblica –tan de nuestro Dios- en el “hoy”. Porque nunca el Evangelio pide sacrificar el hoy en aras de un mañana: la eternidad se juega en el ahora: “este es el tiempo favorable, hoy el día de la salvación”.
Hay una fecunda identidad entre el “pan de cada día” que pedimos en el Padrenuestro y “la cruz de cada día” –la propia negación- en la que consiste el discipulado (“hagan esto...”). El pan que Dios nos da y que nosotros agradecemos cada día es el mismo que debemos entregar. “Dame lo que pides y pide lo que quieras”, decía San Agustín. “El amor puede ser mandado porque antes es dado”, confirma el Papa Benedicto.
Cada día tenemos la oportunidad de ofrecer nuestro pequeño pan; va a llegar un día en que ese “pan cotidiano” será entregar la vida, y entregándola, la habremos ganado para siempre.

3 comentarios:

gauchoguacho dijo...

Querido Primo y hermano:
puesto a seguir sus reflexiones desde el campo; luego de haberme comido unos vegetales al wock (ando acercándome a la onda oriental por prescripción médica) y teniendo enfrente mío una botella de vino "santa Julia" Syrah, de la familia Zuccardi y un pedazo de pan... quería compartir con vos, por aquello de que el que come y no convida tiene un batracio en la panza y seguro lo abandonó la china...
"Y le vua decir de cosas que conozco, de lo que me han contao: no diré nada, pa que vea que no me salgo del camino culpa del cueverío de la vizcachada"....No se si ud sabía que el hermano Francisco (el de Asís), escribió unas "Admoniciones" que vienen a ser algo así como "consejos o recomendaciones especiales a los frailes" y aunque ud no sea uno de ellos, puede bien enllenarse la mente y el alma de su espíritu. Casualmente en dos de ellas habla de lo que ud nos comenta. Mirá vos, ché lu qui es la causalidad: de las 28 admoniciones que se conservan de él, la primera habla de "el cuerpo del Señor" y la nº26 dice que "los siervos de Dios honren a los clérigos" por razón que son ellos los que nos dan el Cuerpo del Señor... Ahora y llendo al grano para abreviar porque es tarde y porque la gente no anda con ganas ni tiene tiempo de leer mucho... le dejo pa que busque y se informe pero no le vua a dejar ansí nomás y suelto el siguiente comentario:
En personas religiosas puede darse el cristianismo ateo o la incredulidad práctica. Esto es así incluso conviviendo con un montón de conocimientos religiosos, diccionarios teológicos, Sumos tratados, devocionales, chimichurris y cánticos con procesiones al Pan bendito. Podemos "saber", "meditar", "escuchar" y hasta dar "charlas"... sin ninguna duda:... intelectualmente "creemos" en la Eucaristía. Pero, con todo, la fe auténtica es mucho más que estar convencidos de que algo es verdadero! Creer pa mi ver, significa entregarse a sí mismo para fiarse completamente de Dios, ponernos en sus manos, y abrirle nuestro corazón con toda confianza para que Él mande y disponga. Porque pa eso es el Patrón... Y esa fe se alimenta en el sacramento del Cuerpo de Cristo, el sacramento de la pasión y muerte,... se trata en verdad también de nuestro sacrificio. Y abreviando y abrebando te paso un dato de una cita del libro que acaba de presentar Hugo Mujica que vivió con los frailes pero esos son de otro palo que el franciscano...El libro es "La Pasión según Georg Trakl" (Poesía y expiación)y comienza con una cita de Simone Weil: "NAda poseemos en el mundo - porque el azar puede quitárnoslo todo-, salvo el poder de decir yo. Eso es lo que hay que entregar a Dios, o sea destruir. No hay en absoluto ningún otro acto libre que nos esté permitido, salvo el de la destrucción del yo". Y agrego "yo" humidemente: destruir el yo para que renazca el "nosotros"... que es lo que viene a hacer "hagan esto en memoria mía"...
un abrazo del gauchoguacho... ¿quién dijo salud?

Cristián Dodds dijo...

Querido pariente:
Había síu tiólogo, caracho...
Esta sabencia la tenía escondida, eh... ¡Qué bárbaro!
Bueno, etsoy encantado de poder compartir también estas cosas lindas. Que sean muchas más. Un abrazo (con mucha envidia por el Santa Julia, que ojalá algún día podamos compartir en "La Brava")

Anónimo dijo...

Cris, Amigo:
Gracias por permitirme aunque sea a lo lejos, seguir viendo a Jesús a traves tuyo.
El ejemplo que nos dio Cristo de compartir es tan lindo, también el de dar, acompañar al otro.
En la Eucaristia, yo siento una unión con El y con la comunidad, que es muy linda. Es cuando los corazones se hacen uno.
Un Abrazo en Cristo!!!
Merce