lunes, 24 de mayo de 2010

Yo estuve en Buenos Ayres en el Bicentenario

Hace hace varios meses me comprometí a pasar el 24 y el 25 de mayo guitarreando en los pagos entrerrianos de Nogoyá. Y así será. Pero cuando esa decisión tomó cuerpo, me dí cuenta de que el día del bicentenario no iba a poder estar en mi amada Buenos Ayres, la que me vio nacer, mi tierra madre, la ciudad de todos mis antepasados. Hubiera querido amanecer guitarreando bajo las arcadas del Cabildo... y adivinar la salida del "Sol del 25" por un destello más rosado en la cúpula de la Casa rosada, o por un costado más puro en la punta de la Pirámide de Mayo... Me hubiera gustado ser testigo de ese nuevo amanecer para nuestra Patria en el mismísimo lugar que hace doscientos años la vio decidir su primera junta de gobierno. Pero no.
Entonces, hoy, el único día que me quedaba libre, con la compañía de mi ahijado Nacho, me fui apurado a Buenos Ayres, alentado por una lluvia deliciosa llena de reminiscencias históricas, tan a propósito para ilustrar el clima interior de mi corazón argentino y porteño.
Entramos a la 9 de Julio a eso de las cuatro de la tarde, desde el Norte, y después de dejar el auto mojado en un garage de la calle Viamonte caminamos hasta el Obelisco, donde se veía de lejos congregada la multitud. ¡Qué sorpresa linda sentir a la distancia que la música que rezaban los parlantes era la del Himno Nacional! Sentí que los pulmones se me inflaban de un aire nuevo...
La enorme bandera del Obelisco, pesada por el agua, descansaba de su vuelo, pero a sus pies revoloteaban incesantemente las banderitas de los miles se argentinos que, a pesar de la lluvia, se habían congregado desde las cuatro puntas de la república para homenjear a la Patria.
En seguida nos vimos envueltos por la muchedumbre y por un clima unánime de fiesta, de gratitud, de alegría...
Todos procurábamos avanzar hacia el Sur, a pesar de la cantidad de gente. Cualquier porteño está hecho al tráfico y a los embotellamientos: pero a lo que no está acostumbrado es a contemplar una verdadera marejada humana que no profiere gritos, ni bocinazos, ni protesta o se da empujones, sino que mira, y sonríe, y agita sus banderas. Pero eso sucedió hoy, bajo la llovizna de este domingo de mayo. Viejos y niños, ricos y pobres... gorras y piercings, boinas y chales, mates y cocacolas, todos decían "presente". Nadie faltaba a la fiesta. Espontáneamente, uno se sentía hermano de todos, a pesar de la gritona diversidad; todos nos sabíamos compañeros de camino y heredero del mismo destino.
Cuando pudimos pasar al oto lado del Oblesico, llegamos al desfile central del Bicentenario, y oímos las voces eufóricas que desde el escenario anunciaban a las colectividades que desfilaban por el pasillo central. ¡Cuál no fue mi emoción al escuchar que las comunidades representadas eran las mías, las de esos que llevo en mi sangre: Escocia, Irlanda, Italia, Portugal...!
Después recorrimos la avenida, donde abrían las puertas los stands de las provincias. No pude entrar en el de mi provincia por la excesiva cola, y me llamó la atención no encontar uno de la Ciudad de Buenos Aires...
Cuando llegamos a la Avenida de Mayo, nos tiró, como un imán, el horizonte de la Plaza, con el Cabildo y la Catedral... En la Avenida de Mayo, ya fuera del desfie central, se podía caminar libremente, más aliviados del gentío de la 9 de Julio. Sin embargo, conmovía verla llena de gente que iba y venía: familias, parejas, chicos vestidos con atuendos típicos, niños agitando banderas. No había coches: la calle estaba abierta para los argentinos y argentinas que caminábamos libremente sobre el asfalto sorpendido, bajo las banderas que -como de costumbre-decoraban la avenida desde la Plaza hasta el Congreso. La caminé con fruición, porque es un recorrido que nunca en mi vida había hecho entero, y menos en ese sentido.
Me detuve a mirar de afuera los lugares que mis mayores vivieron desde adentro: el Café Tortoni (donde mucha gente hacía cola para tomarse el chocolate caliente soñado en esa tarde de lluvia) y el bazar inglés Wright, y me dejé conmover por la encantadora arquitectura de los edificios, llenos de "molduras", entre los cuales me paré para admirar el de La Prensa, ya llegando a la Plaza.
Llegar al cielo abierto de la Plaza de Mayo fue sin dudas lo más lindo de la tarde. Para quienes la rutina del trabajo no les limó la sensibilidad, entrar en esa plaza y ver la Casa Rosada, la Pirámide de Mayo, la Catedral y el Cabildo juntos es siempre una emoción muy difícil de transmitir. Pero mucho más hoy, cuando todo estaba limpio, todo sonreía con su mejor cara: el Cabildo y la pirámide blanquísimos, sin pintadas ni divisas; la Plaza abierta para todos, sin carpas ni dueños políticos... A las banderas negras y coloradas de caligrafías agresivas las habían reemplazado cientos de banderas argentinas, que engalanaban cada balcón y enaltecían cada ochava.
Hoy vi a Buenos Ayres abrazando al país: dejando que todos los argentinos pisaran sus calles, invitando a todos los que quisieran caminar en paz por su asfalto, libre de autos, libre de cornetazos, libre de humo, libre de todo lo que grita y pisotea su belleza. No hacía falta otro stand de Buenos Ayres que ella misma, enorgullecida por la visita de los hijos de esa aventura incierta que justamente ella soñó en 1810.
Toda esa gratitud patriótica terminó donde correspondía: en la casa de Dios, la humilde Catedral, que miraba de reojo la fiesta del pueblo, y desde donde Tata Dios sonreía a sabiendas de que si no hubiera sido por él no habría nada que festejar. Por eso -después de dejarle un avemaría al Gral. San Martín-, hice una oración en la reja de capilla del Santísimo, en medio de muchos visitantes piadosos o curiosos, pidiéndole una vez más a Jesús por nuestra Patria querida.
Antes de pegar la vuelta por Diagonal Norte y por Florida, nos paramos un buen rato en la Plaza a mirar el Cabildo, el mismo de aquel día lejano, que recortaba inconfundible su querida silueta memoriosa contra el tiempo, contra todas las adversidades de la historia. Fue en ese momento que dije: "¡qué bueno que vine! ¿Cómo no ib a venir? ¿Cómo iba a perdonarme no haber estado en este lugar querido en el Bicentenario del 25 de Mayo?" Y, después de respirar una vez más ese aire impegnado de llovizna, como preñado de una nueva esperanza, pensé satisfecho: "sí, yo también estuve en Buenos Ayres en el Bicentenario".

domingo, 16 de mayo de 2010

¿Qué tan cristiana es la filosofía cristiana? (II)


Lo propiamente cristiano
En el articulillo anterior nos habíamos preguntado qué elementos eran necesarios para poder, por así decir, "bautizar" una filosofía. Ahora, retomando la metáfora, podemos decir que la exégesis filosófica de Ex 3, 14 ("Yo soy el que soy") había logrado ciertamente "circuncidar" a la filosofía, pero no "bautizarla". ¿Qué es, entonces, lo necesario para que sea propiamente cristiana?
Pues bien, de hecho, el bautismo se hace, desde las alboradas del cristianismo, "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19). Éste es un dato para nada menor, que puede servirnos como introducción a lo que sigue.
Hasta el momento habíamos dicho: lo específicamente cristiano ha de venir del misterio de Jesucristo, y por eso de la luz del Nuevo Testamento. Pero no sólo atendiendo a la inmemorial liturgia bautismal, sino apoyándonos en la entera tradición de la Iglesia, redescubierta y fuertemente destacada y desarrollada por la renovación teológica del Vaticano II, podemos afirmar serenamente que la novedad de Jesucristo es la revelación de Dios Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: de Dios "unitrino".

"La confesión de un Dios en tres personas se considera con razón como lo propio y específico de la religión cristiana. (…) Así, la confesión trinitaria es el resumen y la suma de todo el misterio cristiano, y de ella depende el conjunto de la realidad soteriológica cristiana." (Walter Kasper, El Dios de Jesucristo, Sígueme, Salamanca, 1985, p. 267).

 Se trata de la revelación, en última instancia, de lo que dice ya la primera carta de Juan: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8.16). Intentaré explicarlo con más detalle.
En primer lugar, esto significa desechar la idea de que la Trinidad sea una mera especulación teológica –surgida por el contagio de categorías filosóficas helenísticas- que se pegó al Evangelio sólo después, y extrínsecamente, como un abrojo a los pantalones, ahogando la pureza de la verdad evangélica, o, en el mejor de los casos, complicándola innecesariamente. No: la revelación del misterio de Dios "unitrino" es una consecuencia directa –mejor aún, la consecuencia directa- del hecho histórico salvador de Jesucristo. Como dice el joven Ratzinger:

"El tratado sobre la Trinidad no arranca propiamente de la iniciativa eclesiástica. Lo "pone en marcha" el evento único de Jesús de Nazaret" (Introducción al cristianismo, 141).

El que una experiencia histórica concreta -la de Jesús de Nazareth muerto y resucitado- sea la causa de la revelación del misterio de Dios en sí mismo, tiene su fundamento en el principio "Dios es tal como se revela": Dios es como se da, y se da como es.
En segundo lugar, este mismo hecho implica la centralidad del misterio de la Santísima Trinidad: "el evento trinitario" es la cifra de lo "específicamente cristiano". El mismo Magisterio lo dice sin ambigüedades:

"El misterio de la Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina" (Catecismo de la Iglesia Católica, 234).

Ahora bien, confesar a la Santísima Trinidad en la fe de la Iglesia, decir que el Ser de Dios es una unidad -una comunión- de tres personas distintas, es decir mucho.
En la Antigua Alianza, al único a quien Dios había dado a conocer su nombre fue a Moisés, "a quien YHWH trataba cara a cara" (Dt 34, 10b). Dios, como hemos visto, se lo revela solemnemente en Éx 3, 14: "Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación" (Ex 3, 15). Esto justifica que la Torá se cierre con estas elogiosas palabras: "No ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés" (Dt 34, 10a). Moisés es, pues, un testigo digno del más alto crédito, y entonces no tiene nada de sorprendente que el "Yo soy el que soy" que Dios le dijo como su propio nombre "para siempre" sea considerado por la Iglesia, hasta el día de hoy, como nombre de Dios.
Pero "la Ley se dio por medio de Moisés; la gracia y la verdad se hicieron por medio de Jesucristo" (Jn 1, 17). Moisés ya no es para nosotros el testigo último, el hombre que más de cerca conoció a Dios, porque nos dice el Evangelio: "A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, el que está en el seno del Padre, ése lo ha contado" (Jn 1, 18). Por lo tanto, es a Jesús y ya no a Moisés a quien ha de dirigirse nuestra mirada para conocer el ser de Dios (cf. Heb 3, 1-6).
Sin embargo, no hay en esto una ruptura drástica con el Antiguo Testamento, ni siquiera con la "metafísica del Éxodo": la novedad cristiana no viene a negar que Dios sea el Ser, pero sí que Dios sea sin más el Ser. Para la metafísica cristiana clásica, el Ser de Dios es pura actualidad, y ese "exceso de positividad" –paradójicamente- "nos esconde el ser de Dios" , así como los rayos del sol, por su excesiva luminosidad, nos encandilan e impiden que veamos. Pues bien: la revelación de Jesucristo nos hace capaces, por así decir, de mirar al sol de frente. En Él podemos ver el rostro de Dios (cf. Jn 14, 9; 12, 45) y no sólo sus espaldas (cf. Ex 33, 20. 23): Él viene a mostrarnos no ya que Dios es el Ser, sino cómo es ese "Ser" de Dios por dentro. En su misterio pascual, Cristo, por así decirlo, ha desgarrado el "Yo soy" del Éxodo, como el velo del Templo (cf. Mt 27, 51), y con autoridad de Sumo Sacerdote nos ha permitido ingresar en el Sancta sanctorum de la intimidad divina (cf. Heb 9, 11-12). Y ya dentro del Santuario, de la mano de Jesús, vemos, en Él, que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16).

"[…] Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo; El mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él" (Catecismo de la Iglesia Católica, 221).

En efecto: confesar que Dios es trino es confesar que Dios es un misterio de comunión, que Dios es amor. Este es el "misterio central" de la fe y de la vida cristiana.

"El misterio del amor de Dios es el contenido fundamental de la revelación divina. […] "Dios es amor" (1 Jn 4, 8.16) Toda la teología trinitaria puede ser entendida como un comentario a esta frase […]. Del amor que se manifiesta en Cristo la primera carta de Juan llega a insinuar el amor que es Dios en sí mismo. Ahí está la definitiva novedad del concepto del Dios bíblico y sobre todo cristiano" (Luis F. Ladaria, El Dios vivo y verdadero, pp. 9-10).

"Dios es amor". Si estas palabras "expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana" , si de veras constituyen la verdad fundamental de la vida cristiana, ¿no deberían asimismo ser el corazón y la verdad fundamental de una filosofía cristiana?

Hacia una nueva filosofía cristiana

Gilson decía que a partir de la revelación del nombre de Dios en Ex 3, 14 surgió toda una filosofía cristiana, riquísima en implicancias, que él llamó "metafísica del Éxodo". El faro que guiaba la elaboración de esa metafísica era la revelación de que Dios, el creador del cielo y de la tierra, es el Ser simpliciter, origen de todo ser.
La propuesta no es echar por la borda, toda entera, la metafísica del ser, como si se tratara de algo vetusto y deleznable. Se trata de darle una vuelta más de tuerca, de profundizarla, de hacerla más penetrante. Dios es el Ipsum Esse Subsistens (el mismo ser subsistente): lo afirmamos rotundamente. Ahora bien, sabemos por la revelación cristiana que este Esse es en sí mismo Caritas –aunque, hablando formalmente, habría que poner, antes que un sustantivo (caritas, amor), un verbo: este Esse es Amare- : es un acto puro de amor, es un "estar amando siempre", porque la fe nos dice que Dios es comunión de tres personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Por consiguiente, el dato revelado que, como una luna llena, ha de guiar a este pensar que peregrina en la noche de la razón natural es que Dios, el creador del mundo, sin quien nada puede subsistir, es Ipsum Amare Subsistens. Entonces, la metafísica propiamente cristiana parte de la certeza de que en el origen de todo ente en cuanto ente está el Amor, porque "en arché", en el principio, no está el ser sin más, sino el Ser de la Trinidad.
Una filosofía cristiana tendría que ser, por consiguiente, una metafísica del amor, porque el amor es el origen del ser y por lo mismo es, en última instancia, el origen del conocer, la razón de la inteligibilidad:

“El amor es el misterio original, y amando también nosotros comprendemos el mensaje de la creación, encontramos el camino” (Joseph Ratzinger, Presentazione del Trittico Romano de Juan Pablo II).

sábado, 8 de mayo de 2010

La Patria nació en Luján

El nacimiento de un pueblo es algo demasiado grande como para caber en las estrecheces científicas de la exactitud histórica. Por eso las grandes naciones han descubierto y expresado su origen en una fundación mítica (por ejemplo, Rómulo y Remo en Roma).
Pues a mí me gusta pensar que el día del milagro de Luján es la fecha mítica del nacimiento de nuestra Patria. Nuestra historia como pueblo no empieza con la emancipación de España, como la vida de un hombre no empieza cuando deja la casa paterna. 2010 ó 2016 no son el "Bicentenario de la Patria" como hoy se oye decir, sino el Bicentenario de la Independencia.
Para 1630, más o menos cien años después de la llegada de los españoles a estas latitudes, ya había -además de indios y españoles- un buen número de mestizos y de criollos, al que se sumaba la sufrida presencia de los negros. Cuando esas líneas de la identidad estuvieron suficientemente esbozadas, la Virgen, en una imagen ella misma criolla, quiso quedarse a orillas del río Luján para manifestar que, desde adentro de esa humanidad nueva que nacía en las “Indias” australes ella quería engendrar a su Hijo, Jesucristo nuestro Señor.
Parafraseando lo que dice la “rayera”,  para mí lo cierto es que: “es la Virgen de Luján la verdadera fundadora de esta Patria”.
Por eso me alegro de que, como ciudadanos creyentes de nuestra Argentina,
iniciemos hoy el Bicentenario poniendo a la Patria en las manos de su Patrona.
¡Nuestra Señora de Luján, ruega por nosotros!

miércoles, 28 de abril de 2010

¿Qué tan cristiana es la filosofía cristiana? (I)

Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría,
nosotros predicamos a un Cristo crucificado:
escándalo para los judíos, necedad para los paganos;
mas para los llamados (…) fuerza de Dios y sabiduría de Dios."
1 Cor 1, 24

La filosofía cristiana según Étienne Gilson
Étienne Gilson (1884-1978) es sin dudas el gran defensor de la "filosofía cristiana", acerca de la cual tanto se discutió en la década de 1930. Las razones que aquí esbozo suponen a Gilson: están, por así decir, "paradas sobre los hombros de gigante" de su doctrina. Esto vale, sobre todo, para no volver a aducir los argumentos que fundamentan la existencia y la legitimidad de una tal filosofía; pero no quita que podamos, "parados sobre sus hombros", arriesgarnos a dar algún salto.
Supuesta, pues, la existencia legítima de la "filosofía cristiana", hay que decir algo acerca de qué entendía Gilson por ella.
Por lo pronto, no debe llamarnos la atención que Gilson desarrolle largamente esta cuestión en su libro El espíritu de la filosofía medieval: este hecho ya dice que eso que llamamos "filosofía medieval" puede servir de ejemplo para entender qué es para él una "filosofía cristiana".
En esta obra, Gilson se refiere más de una vez a la "metafísica del Éxodo" como la clave última de la filosofía medieval, y más aún, de la filosofía cristiana. ¿De qué se trata? Dice Gilson:

"Para saber qué es Dios, es a Dios mismo a quien Moisés se dirige. Queriendo conocer su nombre, se lo pregunta, y he aquí la respuesta: Ego sum qui sum. Ait: sic dices filiis Israel: qui est misit me ad vos [Yo soy el que soy. Dice: así hablarás a los hijos de Israel: "el que es" me envió a ustedes] (Ex 3, 14). Hasta aquí, todavía, ni una palabra de metafísica; pero Dios ha hablado, la causa ha sido escuchada, y es el Éxodo el que establece el principio del cual estará suspendida, en adelante, toda entera, la filosofía cristiana. A partir de aquel momento, se entendió de una vez para siempre que el ser es el nombre propio de Dios y que, según la palabra de San Efrén retomada más tarde por San Buenaventura, ese nombre designa su esencia misma. (…) Principio de una fecundidad metafísica inextinguible y del cual todos los estudios que seguirán no harán otra cosa que considerar sus consecuencias. No hay sino un solo Dios y ese Dios es el ser: ésta es la piedra angular de toda la filosofía cristiana, y quien la ha establecido no ha sido Platón, ni siquiera Aristóteles, sino Moisés."[2]

Dejemos ahora que él mismo nos explique el alcance de la expresión "metafísica del Éxodo":

"No se trata, naturalmente, de sostener que el texto del Éxodo estaba dando a los hombres una definición metafísica de Dios; pero si no hay metafísica en el Éxodo, hay una metafísica del Éxodo y la vemos constituirse bien pronto en los Padres de la Iglesia, cuyas directivas acerca de este punto los filósofos medievales no han hecho más que seguir y explotar."[3]

De estos textos, se desprende que, para Gilson, la revelación de Ex 3, 14 es decisiva y esencial para la filosofía cristiana. Y es que, de hecho, lo fue. Gilson es un estudioso de la historia de la filosofía, y ha podido constatar cómo ese celebérrimo pasaje en que Dios mismo revela su nombre tuvo para los pensadores cristianos una autoridad sin par, y por eso una influencia enorme.[4]
De todos modos, creo que cabe llevar la pregunta a un terreno meta-histórico, más allá de lo que efectivamente ocurrió en la historia de la filosofía: ¿hasta qué punto puede decirse que la "metafísica del Éxodo" es lo nuclear y definitivo de toda filosofía cristiana? Dicho de otro modo: ¿supone de por sí la noción de "filosofía cristiana" afirmar que la esencia de Dios es el ser, como se sigue de la "metafísica del Éxodo"? Éste es, pues el momento en que voy a separarme de ese grandísimo maestro que es Étienne Gilson, pero no sin su ayuda, dado que, si cabe explotar un poco más la remanida imagen, pretendo usar sus hombros, que hasta aquí me han servido de balcón y soporte, como un trampolín.
Lo haré preguntándole al maestro. En primer lugar surge en mí la siguiente inquietud: ¿qué es lo que hace que una filosofía sea cristiana? ¿Cuáles son, por así decir, el agua y la fórmula capaces de "bautizar" a una filosofía?

"Para que una filosofía merezca de verdad ese título [sc. "cristiana"], es necesario que lo sobrenatural descienda, a título de elemento constitutivo, no en su textura, lo cual sería contradictorio, sino en la obra de su constitución."[5]

Y poquito después dice más solemnemente:

"Llamo, pues, filosofía cristiana a toda filosofía que, si bien distinguiendo formalmente los dos órdenes, considera la revelación cristiana como un auxiliar indispensable de la razón."[6]

Ahora bien -y éste es el meollo de mi objeción-: ¿Puede con rigor decirse que Ex 3, 14 sea propiamente hablando una revelación "cristiana"?
Desde ya, lejos de marcionismos trasnochados, no me propongo decir que el Éxodo esté fuera de la revelación cristiana, que no forme parte de ella. Antes bien, sostengo firmemente que, como el Antiguo Testamento en general, es parte insoslayable de la fe cristiana. Con todo (y sin menoscabo del valor permanente de la Antigua Alianza para la fe cristiana), el Antiguo Testamento vale como uno de los dos Testamentos de la Sagrada Escritura, y no aisladamente, porque la fe cristiana cree que la plenitud de toda la revelación es Jesucristo, y por consiguiente, es en el Nuevo Testamento donde hay que buscar "la verdad definitiva de la Revelación divina".
Ahora bien, no parece que en Ex 3, 14, y menos aún en su lectura filosófica -en la "metafísica del Éxodo"-, estemos frente a una revelación propiamente "cristiana". Si bien Ex 3, 14 integra, digámoslo una vez más, la revelación cristiana (baste pensar el lugar central que en el Evangelio de Juan tienen los "Yo soy" de Jesús, que remiten directamente a él), el proprium cristiano no puede venir sino de la revelación definitiva y plena que es Cristo Jesús, muerto y resucitado.
Dicho esto, da la impresión de que Gilson no ha querido hilar tan fino, y que habla de "filosofía cristiana" y "revelación cristiana" tomando el adjetivo en sentido amplio, y no refiriéndolo a lo específicamente cristiano; y así considera la revelación del nombre divino de Ex 3, 14 como cristiana, aunque no lo sea stricto sensu. De hecho, por momentos, en Gilson se podría reemplazar "filosofía cristiana" por "filosofía creyente" sin más, y en muchos más casos, por "filosofía judía" o "filosofía bíblica". O por qué no, si buscamos ser fieles al autor, una "filosofía del Éxodo".
Ahora bien, estas consideraciones, lejos de aplacarla, agudizan nuestra inquietud original. No siendo la revelación del nombre divino de Ex 3, 14 algo proprie cristiano, ¿cómo sostener, con la firmeza de Gilson, que en la "metafísica del Éxodo" radica la piedra angular, el principio último y definitivo de toda filosofía cristiana?
Creo que la respuesta la sugiere el mismo autor, cuando, como hemos visto[7], confiesa que el desarrollo de su noción de "filosofía cristiana" no provino de consideraciones abstractas sino de la descripción de los modos concretos de filosofar de pensadores concretos de la Antigüedad cristiana y la Edad Media. En El espíritu de la filosofía medieval Gilson se propuso hacer una suerte de "demostración experimental de la realidad de la filosofía cristiana", mostrando, "en la historia, la presencia de una acción ejercida sobre el desarrollo de la metafísica por parte de la revelación cristiana."[8] Gilson, a mi juicio, ha logrado con creces su cometido: es innegable, por lo tanto, el hecho de que en la filosofía cristiana del Medioevo, o si se quiere, en la filosofía cristiana hasta Gilson, la "metafísica del Éxodo" –Dios es el Ser por esencia- fue, la "verdad fundamental".
Sin embargo, es justo matizar su postura y circunscribir sus aserciones sobre la centralidad de la "metafísica del Éxodo" al desarrollo de la filosofía cristiana en un tiempo determinado, y no a "toda la filosofía cristiana"[9] "para siempre"[10].
¿Por qué no pensar en (o soñar con) una filosofía cristiana que tome su nombre no ya de lo revelado en la Antigua Alianza, sino de lo propiamente cristiano?

Notas

[1] El tema de la filosofía cristiana recorre prácticamente toda la obra de Gilson. Con todo, me remito fundamentalmente a los primeros dos capítulos de El espíritu de la filosofía medieval (L'esprit de la philosophie médiévale Vrin, Paris, 2ème. éd. rev., 1948): "El problema de la filosofía cristiana" y "La noción de la filosofpia cristiana" (pp. 1-38), con su excelente "Notas bibliográficas para serviri a la historia de la noción de la filosofía cristiana" (pp. 413-440), no obstante que el tema de la filosofía cristiana es transversal a todo el libro (y reaparece con fuerza en el capítulo final "La Edad Media y la filosofía").
[2] Étienne Gilson, El espíritu de la filosofía medieval, pp. 50-51. Los subrayados son míos.
[3] Idem, p. 50, nota.
[4] Gilson mismo es consciente de esto: "esta noción [sc. de filosofía cristiana] no corresponde a una esencia susceptible de recibir una definición absoluta; corresponde, más bien, a una realidad histórica concreta que ella describe." (Op. cit., p. 33)
[5] Étienne Gilson, Op. cit., p. 32.
[6] Idem, pp. 32-33. (El subrayado es del original).
[7] Ver nota 4.
[8] Étienne Gilson, El espíritu de la filosofíe medieval, p. 38.
[9] Idem, p. 51. Cf. nota 2.
[10] Idem, p. 50. Cf. nota 2.


lunes, 19 de abril de 2010

¿La Iglesia? ¿El Papa...? Habla el Cardenal Martini

No estaba en mis planes tocar el tema, pero me pareció interesante publicar una parte de la entrevista que Gianni Valente le hizo al Card. Martini en el último 30 Giorni. En ella, el gran Carlo Maria Martini, nada sospechoso de "oficialismo", hace -como siempre- reflexiones interesantes y, de paso, se refiere a Benedicto XVI.


[...]
-¿El Evangelio alcanza? Justamente Ud. es a menudo conocido como el impulsor de una Iglesia sin dogmas ni estructuras. Una Iglesia toda humildad y misericordia, sin preceptos.
Card. Martini: Si se piensa en tantas propuestas religiosas que hay en el mundo, para distinguirnos de los otros están Jesús y su Evangelio, y no la pertenencia a una organización con reglas y preceptos. Pero en la fe en Jesús no tiene sentido contraponer Evangelio y dogmas, misericordia y mandamientos [...]. Todo se compagina en unidad en la realidad de la Iglesia, que tiene un aspecto interior y también un aspecto exterior, y por lo tanto comprende también estructuras, reglas, instrumentos de organización. Lo importante es que también estas realidades sean, en lo posible, expresiones de vida interior. Y después, es necesario también distinguir las cosas importantes y aquellas que no lo son. Creo que la Iglesia ya ha hecho una obra de purificación de muchas cosas exteriores que no servían. De todos modos, cuando todavía leo en los diarios que yo vendría a ser el "capo de los progresistas", ahora ya me muero de risa.

[...]
-Estas son semanas de tormenta por los escándalos de la pedofilia. ¿Cómo evalúa estas situaciones? ¿Qué reclamo surge para la Iglesia en estas circunstancias?
Card. Martini: Todo esto, por cierto, puede ayudar a todos a la humildad. Pero valen también las palabras de Jesús: han sido acciones graves, y quien ha escandalizado a los pequeños, sería mejor para él que se le atara una piedra de molino al cuello y fuera arrojado al mar. Esto no quita el hecho de que se nota también una gran hipocresía. Hay una total libertad sexual: la publicidad utiliza motivos sexuales incluso para los niños.

-¿Cómo defender al Papa de los intentos de acusarlo de estos acontecimientos?
Card. Martini: El Papa no tiene necesidad de ser defendido, porque a todos les es clara su irreprochabilidad, su sentido del deber y su voluntad de hacer el bien. Las acusaciones lanzadas contra él en estos días son innobles y falsas. Va a ser lindo constatar cuán estrechamente los hombres de buena voluntad han estado con él y lo han sostenido en su difícil tarea.

[...]
-A menudo se lo hace pasara a Ud. como un fustigador de las insuficiencias y de los límites de la Iglesia. ¿Se reconoce en esas descripciones?
Card. Martini: La Iglesia, considerada en su globalidad, está llena de santidad y de fuerza interior. Los medios se ensañan sobre episodios particulares, pero en todo el mundo hay tanta gente leal, buena, devota, que obra sin ruido. Y yo estoy tan agradecido a Dios, incluso por haber vivido este tiempo. No hubiera querido nunca vivir en momentos como el de la Reforma protestante, o el del Cisma de Oriente, o en el tiempo del Cisma de Occidente, cuando había dos Papas, uno en Roma y otro en Aviñón. Ahora, la Iglesia da una buena muestra de sí misma. Hay límites y falencias inevitables, e incluso éstas entran en el designio misterioso de la voluntad de Dios.

-Entonces no es verdad que su sentimiento dominante sea una suerte de amargura, centrada en la denuncia de debilidades y afanes de éxito.
Card. Martini: Yo le agradezco siempre a Dios por cómo ha acompañado mi vida, por tantas personas que ha puesto a mi lado a lo largo del camino. Digo siempre que Él también me ha visitado. Toda mi vida me ha mostrado que Dios es bueno y le prepara la senda a cada uno de nosotros. He tenido tantísimo, he dado también lo que he podido. Y de veras estoy contento delante de Él.

sábado, 3 de abril de 2010

Oración a Jesús por el don del sacerdocio

A la parroquia Nuestra Señora de Aránzazu, conocida por el pueblo sencillo como "la catedral de San Fernando", se acercan cientos de personas en Semana Santa, con ganas de rezar y de reconciliarse con Dios. Constantemente caminan por el templo personas que se detienen ante las antiguas imágenes del Jesús sufriente, del crucifijo, del Cristo yaciente, y rezan con conmovedora devoción.
Pocas veces sentí tan hondamente como en estos días el deseo de ser cura, y pocas veces tuve tan patente la conciencia de la gracia que representa para todos el don del sacerdocio. La noche del Jueves Santo expresé mi acción de gracias en esta oración.

¡Qué grande es tu amor, Jesús, que no sólo nos diste el ejemplo de tu vida, sino que quisiste elegir a algunas personas para que en todas las épocas y en todos los lugares “sigan tus huellas e irradien tus mismos sentimientos”! De esta manera, nunca los hombres dejamos de tener cerca de nosotros a esos testigos que nos hacen conocer, sentir y gustar tu amor de hermano mayor, de amigo, de buen pastor. Ellos son los sacerdotes, que hasta el día de hoy siguen respondiendo a tu voz que les pide: “hagan esto en memoria mía”.

Vos los llamás por su nombre, y los invitás a que te quieran con todo el corazón, dejando todo para seguirte en una vida de servicio, de entrega y de amor como la tuya. Tus sacerdotes, Jesús, hacen que vos estés presente y cercano a los hombres y mujeres de hoy: nos anuncian tu Evangelio y nos explican tu Palabra; nos hacen experimentar tu amor y tu cuidado perdonándonos los pecados y ayudando a los más pobres y a los enfermos; con los sacramentos, los sacerdotes nos unen profundamente a Vos, reuniéndonos en la familia de los Hijos de Dios. Ellos son “un regalo para la Iglesia y para el mundo”, sobre todo, cuando celebran la Eucaristía, donde estás presente Vos mismo, Jesús, dándonos Vida nueva, y amándonos cada vez hasta el final.

Es verdad que ellos son también hombres, hombres débiles y hombres pecadores, que no saben responder siempre a tu amor, y que no están a la altura de la misión que les encomendaste. Pero justamente en esto, Jesús, es más grande, más increíble tu amor, porque vos no los elegiste porque fueran perfectos, sino porque sí, sencillamente porque los amás. La vida frágil y pecadora de tus sacerdotes es un signo de tu corazón misericordioso. También con sus miserias, los sacerdotes nos hablan de cómo es tu amor: un amor que nunca reniega de nosotros, que ama incondicionalmente, que siempre perdona.

lunes, 1 de marzo de 2010

Oda a la moldura

La "oda a la moldura" era una de mis más antiguas deudas literarias. En atención al tema propuesto quise salirme de mis queridas décimas de octosílabos y me atreví a componerla en pretensiosos versos alejandrinos, como esos de Juan Luis Gallardo que tanto me gustan, de los cuales los míos son apenas un pálido pero agradecido remedo.


ODA A LA MOLDURA


Propongo una cruzada de amor y de lirismo
contra la tiranía del necio pragmatismo:
y en medio de este mundo que pierde su hermosura
quisiera con mis versos cantarle a la moldura.

Simpático remate, solemne cortesía
que a la estructura en prosa da un toque de poesía;
afable añadidura de constructor derecho
que admira y que celebra su trabajo bien hecho.

Adorno innecesario, derroche de cemento
que puede de una casa hacer un monumento;
revoque hecho poema, coqueta rebeldía
que se subleva contra la pura ingeniería.

Denuncio la insolencia del economicismo
que ahoga la belleza con su minimalismo;
mi canto es una queja contra su dictadura
que todo lo rebaja, achata y desfigura.

Engendro de un ambiente enfermo de egoísmo
que ignora la pureza y apaga el idealismo:
si todo se mirara con su pobre criterio
¡qué triste sería el mundo vaciado de misterio!

Le canto a la moldura, que grita la verdad
de que el hombre no puede vivir en la fealdad;
que no por ser inútil es frívola y mundana
que sí por ser hermosa es cálida y humana.

Le canto a la moldura, que en su delicadeza
emula los encantos de la naturaleza
(mas si se degenera en barrocos empalagos
con varonil franqueza le niego mis halagos).

Celebro a las molduras, que adornan y embellecen,
que elevan, dignifican, suavizan y enaltecen;
y a quienes al moldearlas lograron con su mano
que el mundo esté más lindo, más libre, más humano.

Me gustan confesando en la fábrica y la usina
que la labor humana tiene algo de divina;
y en capillas ignotas rezando con firmeza
que el pobre también tiene derecho a la belleza.

El hombre necesita de la inutilidad:
también él es un juego de amor y gratuidad;
acaso en las molduras cumplen igual destino
el arquitecto humano y el Hacedor divino.

San Isidro, 20 de febrero de 2010

domingo, 21 de febrero de 2010

Un consejo de Jesús para la Cuaresma

El evangelio que la liturgia nos propone el jueves después de ceniza, es decir, el primer día “ordinario” del tiempo cuaresmal, resume en pocas líneas lo esencial de la Cuaresma: después de “anunciar” su pasión a los discípulos, Jesús invita a todos: “Si alguien quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9, 23).
Al escuchar una vez más esta frase, fácilmente nos quedamos con la idea de la cruz: la Cuaresma es un tiempo de “tomar la cruz”, un tiempo de penitencia. Entonces nos proponemos, quizá, algún tipo de ayuno para estos cuarenta días, o tal vez nos hacemos un plan de mortificaciones cuaresmales, etc.
Pero es posible que nos estemos pasando por alto un consejo que el Señor nos está dando nada más empezar este tiempo de conversión.
En efecto, antes de hablar de tomar la cruz, Jesús dice: “si alguien quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo...”. No basta con tomar una cruz cada día para seguir a Cristo: es preciso, primero, negarse a uno mismo. Antes de “tomar” la cruz hay que “dejar” el propio yo. Tomar la cruz y no negarse a uno mismo es no haber entendido el consejo del Señor.
Y sin embargo, esto muchas veces nos ocurre. De hecho, cuando no seguimos este consejo, nuestro egocentrismo de siempre nos boicotea hasta la más santa de las intenciones, y hace que incluso algo tan bueno como las penitencias de Cuaresma se perviertan y se vuelvan estériles. Los mismos “sacrificios cuaresmales” pueden ser la expresión de un Yo poderoso que quiere controlar, medir y planificar todo, incluso “la cruz de cada día”. Se da así que, incluso cuando estamos “negándonos” algo, seguimos buscándonos a nosotros mismos.
Jesús nos da una ayuda más para salir de este círculo vicioso. Él habla de “la cruz cada día”. Esta expresión sugiere algo de rutinario, y algo de novedoso. A mí me parece que Jesús no nos propone solamente el hecho de repetir una misma acción todos los días, sino sobre todo dejarnos sorprender por lo que cada día nos tiene reservado en su novedad. Entonces, la actitud que se nos pide cambia radicalmente: llevar la cruz de cada día ya no quiere decir atenerse cabalmente a un plan prefijado, sino estar atento a reconocer, en las circunstancias de cada jornada, la cruz que hay que abrazar.
Ahora bien, ¿cómo reconocer la cruz de cada día? Muchas veces, reconoceremos la cruz verdadera por el hecho de que da vuelta totalmente nuestros planes y desarma completamente nuestras previsiones. Usando expresiones corrientes, podríamos decir que la verdadera cruz es la que “se nos cruza” inesperadamente, la que de improviso nos “sale al cruce”: esa visita inesperada, ese favor que nos piden, aquel pobre que encontramos en la calle... o un simple cambio de planes que tengo que aceptar. Parecería, entonces, que la cruz auténtica viene “de afuera”, de un plan y una voluntad que no son los propios. Una vez más, la clave está en la renuncia de sí mismo. Si en una cruz no estoy “negándome” sino “buscándome”, entonces “ya habré tenido mi recompensa” (cf. Mt 6, 16): esa no es la cruz de Jesús.
En efecto, para tomar su propia cruz, Jesús tuvo que renunciar a sí mismo. Antes del Monte Calvario estuvo el Monte de los Olivos. La entera Pasión estaría desprovista de sentido sin el amor obediente, sin la entrega interior que Cristo hizo de sí mismo en la oscura soledad de Getsemaní. La cruz, por lo tanto, es el Amor del Hijo hecho hombre que obedece a Dios y da la vida por todos. La cruz es amor: amor de hijo y de hermano, amor “hasta el extremo” (Jn 13, 1). Por eso, “hasta el final”, Jesús crucificado no piensa en sí mismo, sino en su Padre y en quienes lo rodean (sus verdugos, los ladrones, el discípulo y su madre...).
Sólo es “cristiana”, por consiguiente, la cruz que nos arranca del propio yo, que nos abre a Dios y nos vuelca a los hermanos. De ahí la insistencia de la liturgia de estos días en proponernos una penitencia que nos obligue a salir de nosotros mismos. “Este es el ayuno que yo amo –oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos, compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo, cubrir al que veas desnudo...” (Is 58, 6-7). La cruz de Jesús nos enseña ese amor que “no busca su propio interés” (1 Co 13, 5).

Pidamos, en este “tiempo favorable”, que el Espíritu Santo nos regale un corazón de carne, manso y humilde como el de Jesús, un corazón de hijo amado que es capaz, cada día, de reconocer la voz de Dios y de seguir su voluntad. Entonces podremos, durante esta Cuaresma, seguir a Cristo hacia la Pascua.

domingo, 31 de enero de 2010

La fidelidad de las cosas


"Los primeros días de esas vacaciones, pasados en la estancia,
fueron para Judith una permanente alegría.
No esperaba hallar los mismos detalles en el amado paisaje
y la enternecía la fidelidad de las cosas".
Hugo Wast, La que no perdonó.

Desde hace varios años a esta parte tengo, cada vez que vuelvo al campo, la extraña sensación de que estoy yendo por última vez. Esto se explica, por un lado, por la “libertad condicional” en que vivo desde que entré al seminario, y por otro, por el fantasma de la venta del campo, que es un sentimiento casi idéntico al miedo inmotivado que uno a veces tiene de que se le muera su padre, o un amigo, o un hermano...: el temor de perder el bien amado, que es la contracara de cualquier amor.
Entonces, cada vez que voy a “El Rodeo”, lo miro sedientamente, como si cada imagen tuviera que quedar grabada para siempre en mi retina; lo aspiro, lo siento, lo vivo con la ansiedad devoradora de la mirada postrera.
Volver al lugar donde pasé infinitas horas de toda mi vida, desde la primerísima infancia, pobre de conciencia pero rica de sensaciones, hasta esta reflexiva adultez, me genera una serie de emociones tan densas, tan arcaicas, que sólo alcancé a balbucirlas un mes atrás, al reencontrarme con esa frase tan certera del gran Hugo Wast: “Como si en los años de ausencia todo hubiera debido cambiar, no esperaba hallar los mismos detalles en el amado paisaje y la enternecía la fidelidad de las cosas”.
La “fidelidad de las cosas”. Cada detalle del camino me va dando la bienvenida: la misma ruta 74, el mismo asfalto vencido, los mismos montes a lo lejos, amados en las distintas formas que toman según de dónde se los mira; las mismas estancias vecinas, con sus mismas entradas; los mismos carteles viejos en el camino del deslinde, guardando celosamente la distancia con Cangallo, La Constancia e Iraola... y sobre todo, la misma fidelidad precámbrica de la sierra -de mi sierra-, verdadera alma de mi pago chico.
Ciertamente, es conmovedor volver a un paisaje que es el mismo, exactamente el mismo que quiero sin saber desde cuándo, desde que lo vi con los ojos asombrados y el corazón virgen de la niñez, y sin querer ni saber cómo ha quedado como estampado en el alma, de modo que casi no se puede distinguir de mi propia identidad. ¿No dijo Atahualpa Yupanqui que “el hombre es paisaje que anda”?
El amor a este paisaje querido es tan primario, tan natural, tan espontáneo como el amor a la madre o el amor a uno mismo. Con todo, en ese lugar amado, en esa “querencia”, hay algo que está ahí delante, algo objetivo, algo que es distinto de mí mismo. Con ser profundamente mío, sin embargo yo no soy el dueño de ese paisaje, ni el señor de ese horizonte.
Volver a ver lo que vi toda mi vida desde la galería -ese serpenteo verde que hacen los mimbres del arroyo Tandileofú y los eucaliptus de “Las Coloradas”, esos recortes en el horizonte que podría reconstruir con los ojos cerrados- tiene la contundencia y el gustazo de un verdadero encuentro: no es puro narcisimo. Mi paisaje querido tiene identidad propia: es mío, pero no soy yo. Por eso le puse un nombre: “Ayacucho”.
(Que no es el Ayacucho de los mapas, porque la querencia es algo mucho más chico y acotado que el partido o el cuartel. El “pago chico” es esa porción del pago que uno incorporó a la retina sin necesidad de mirarla, sino a fuerza de verla, nomás, y de tanto dejarla entrar por los ojos, sin esfuerzo, durante toda una vida, hasta que se ganó en el corazón).
Ese encuentro borrascoso, ese abrazo mitad lúcido y mitad atávico entre el paisaje y yo se da cada vez que vuelvo a “El Rodeo”. Y tiene el gusto raro del desfasaje entre su fidelidad y la mía. Él es siempre el mismo: me recibe cada verano con el mismo olor a menta en el campo y el mismo olor a jazmín en la galería, y cada invierno con la misma fiesta en el chispear de la chimenea; me sostiene cada año con las mismas baldosas coloradas, cuarteadas por el paso y el peso de la vida; me renueva cada vez con esa agua inmejorable, que ceba mejor que ninguna aunque haga lavarse la yerba al tercer mate... Yo, en cambio, no soy siempre el mismo: vuelvo cada vez más cambiado, porque mi paisaje interior se renueva cada año, incorpora nuevos aires y nuevos cielos, y, sobre todo, se puebla de nuevas personas.
Pero ¿no es eso, justamente, lo lindo de volver? ¿No es acaso lo propio de cualquier regreso este reencuentro del que se fue, del que cambió de pago, con su paisaje primero? Volver tiene mucho de encuentro con lo que uno había perdido, de restitución de un bien robado, acaso, por el olvido. Uno recibe “desde afuera” cosas que, sin embargo, no podrían ser más “de adentro”...
Si las cosas no fueran “fieles”, si el paisaje perdiera identidad, ya no tendría sentido volver, como lo dice magistralmente la zamba de Marta Mendicute:

“La casa ya es otra casa;
el árbol ya no es aquél...
Han volteado hasta el recuerdo,
entonces ¿a qué volver?

La magia ya se ha perdido
¿quién la pudiera encender?
Ni la tierra ya es de tierra,
entonces, ¿a qué volver?”

Volver, en ese caso, ya no sería volver a ninguna parte, porque uno vuelve siempre al niño que fue, a la propia identidad olvidada y que el paisaje guarda, celosamente, como un tesoro...
Muchas veces uno tiene la experiencia de volver. Puede volver a su escuela, a la casa en que vivió de chico, a la iglesia de su barrio... Pero no es fácil volver después de casi treinta años a un lugar y que esté tal cual uno lo recuerda, igual a como uno lo dejó. Siempre los lugares cambian un poco, son como uno, que sigue, sí, siendo el mismo, pero no... Hay un poco de gozo por el reencuentro y otro poco de tristeza por la ausencia, por la irrevocabilidad de lo que ya no vuelve más. La vuelta, entonces, tiene una medida de dulzura y una de amargor.

En “El Rodeo”, en cambio, todo está como siempre. Los árboles viejísimos, la casa sencilla, los muebles, los colores, hasta las fotos de la casa que siguen diciendo la novedad del primer casamiento de la familia o que se estancaron en la infancia de los primeros nietos... Eso, que quizá sea un indicio de muerte, para mí es fuente de vida. Todo es igual en el campo. Es verdad que los vientos han cambiado apenas los montes desde la galería: éste está más desdentado, aquél se desflecó un poquito; el nuestro ya deja pasar la luz del sol y se han muerto de pie las lambertianas añosas que eran nuestras guaridas de infancia. Pero cuando me siento en la vieja hamaca, respiro eucaliptus puro y miro ese mismo horizonte que sube y que baja, me dejo mecer por la borrachera del recuerdo, y ya no sé si soy yo hoy o si soy ese chiquito despreocupado jugando en el arenero, esperando que alguna voz querida me llame para almorzar.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Llega Dios... como una lluvia

Hoy me despertó una lluvia gozosa cayendo en la ventana que tengo sobre mi cabeza y que, empotrada en el techo, mira directamente al cielo.
Tal vez a algunos el "mal tiempo" les fastidie el día frenético de compras y de quehaceres. Pero a mí se me hace que no hay nada más expresivo del misterio que celebramos en la Navidad que esta lluvia mansa que nos regala el cielo.
Durante todo el Adviento la Iglesia nos hizo pedir con misteriosas palabras de Isaías: "Cielos, destilen el rocío; nubes, lluevan al Justo; que la tierra se abra y germine al Salvador y que con él brote juntamente la justicia...". Jesús, el Justo anhelado, es la lluvia de las nubes y el rocío del cielo. Jesús quiere venir hoy como lluvia sobre el polvaredal sediento de nuestros corazones.
El obrar de Dios en la historia se puede expresar con mil imágenes. Se podría hacer un riquísimo elenco de los símbolos presentes en las teofanías de la Biblia: fuego, viento, temblor, luz, tempestad... Pero no es tan fácil describir lo propio de la Navidad, que es la paradoja increíble del amor de un Dios "que siendo grande se hace pequeño; que siendo rico, se hace pobre; que siendo fuerte, se hace débil"... La Navidad, siendo el culmen de la Revelación -Dios diciéndoSe del todo y definitivamente a los hombres- es a la vez tan escondida, tan recóndita, tan oscura... Dios naciendo en un establo perdido entre las montañas de Judá, en lo más denso de la noche, prácticamente solo... La luz de la Navidad (la"gran luz" que ha visto "el pueblo que caminaba en tinieblas") es cualquier cosa menos encandilante. Dios ya no eligió manifestarse en los grandes signos sino en la sencillez más rotunda y en la pobreza más absoluta.
La Palabra que Dios pronuncia en la Navidad no es el diluvio del salmo 28: es la llovizna serena que llega silenciosa y que uno encuentra al despertarse, como hoy, sin saber bien cuándo empezó. Tiene la humildad del rocío que riega cuando nadie lo ve, pero también su generosidad que siempre nos precede, que siempre nos gana de mano. En efecto, cuando los únicos testigos del milagro, los humildes pastores, llegan al pesebre, ya el Cielo "había llovido al Salvador".

Mirar la Navidad como un misterio de lluvia me da una inmensa esperanza, porque el mismo Isaías dice: "Como la lluvia y la nieve bajan del cielo y no vuelven sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, dando semilla al que siembra y pan al que come, así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo". La lluvia de hoy ha venido para quedarse, va a regar eficazmente nuestro corazón y va a dar el fruto que Dios quiere.
Por eso, cuando también nosotros, como los pastores, nos acerquemos esta noche a Belén para encontrarnos por fin con el agua tan ansiada, con la luz tan prometida, y reconozcamos en ese chiquito "envuento en pañales" a nuestro Rey y a nuestro Dios, tal vez nos demos cuenta de que esa Lluvia divina, ese Rocío celestial que hoy agradecemos con el gozo del final de la sequía ya estaba desde antes, desde siempre, regando nuestra vida, sin que nos diésemos cuenta. La Luz hecha llamita en la noche oscura, el Señor de la tormenta hecho mansa llovizna temprana, el Dios hecho Niño nos va a decir que él ya estaba con nosotros en cada lucecita, en cada gota de agua de nuestro camino cansado. Y, tal vez, -ablandada nuestra tierra dura por esta lluvia de humildad- conmovidos ante Jesús, se abran nuestros ojos y empecemos a reconocerlo presente "en cada hombre y en cada acontecimiento" de nuestra vida, y con el corazón agradecido, aprendamos a ser también nosotros lluvia que alivia, que riega, que alegra y que amansa, para quienes nos rodean.
¡Feliz Navidad!

sábado, 21 de noviembre de 2009

Un rey que hace reinar

Una "impotencia" cultural
Celebrar hoy a Cristo Rey es más difícil que en 1925, cuando Pío XI instituyó esta fiesta. Salvando a la minoría que, apretando los dientes (y refunfuñando contra Pablo VI y Juan Pablo II), ha sabido seguir siendo monárquica, los católicos del siglo XXI somos tan culturalmente “democráticos” que nos es difícil encontrar en la figura del “rey” alguna connotación positiva. Esto se acentúa en un país como el nuestro, que consideramos que nació cuando “rompió las cadenas” de la corona española. En nuestra historia oficial, “realista” se contradice con “patriota, independiente, libre”. La libertad es lo que se consigue eliminando al “rey”. No solemos distinguir entre monarquía y tiranía: para nosotros no hay una que no termine en la otra. Sintomático de esta cultura es que los sistemas más dictatoriales y menos democráticos se embanderan también ellos en la “democracia” (piénsese, p. ej, en la República “Democrática” Alemana, en las elecciones “democráticas” de nuestro país fraudulentas o en las realizadas con el peronismo proscrito, y todavía hoy en las “democracias populares” comunistas).

Definitivamente, no nos hace gracia ver el poder concentrado en pocas personas, y menos en una sola. En la base de este sentimiento de anti-monarquía y anti-oligarquía hay una determinada concepción de qué es el “poder”. En el fondo me parece que todos adolecemos en mayor o menor medida de una suerte de “anti-arquía”: el poder es siempre algo negativo. No somos “an-arquistas”, sin más, por el hecho de que consideramos el poder algo indispensable para poder convivir los hombres. Pero entonces el poder es algo así como un “mal necesario”: cuanto menos concentrado, cuanto más diluido, tanto más soportable.

Esta concepción negativa del poder se deja ver en el generalizado miedo "posmoderno" a ejercer la autoridad: los padres no quieren ser padres sino “pares”; los maestros y directores no quieren ser maestros ni directores sino compañeros y amiguitos.

Pero también en la Iglesia se nos ha infiltrado esta noción: de ahí que encontremos muchas veces una verdadera “alergia al poder”, un rechazo visceral a la verticalidad, a los títulos, a los cargos, a las responsabilidades... Uno conoce, a veces, a sacerdotes que no quieren ser párrocos, curas que prefieren no ser llamados “padre” ni distinguirse por su hábito, pastores que se refugian en formas de conducción deliberativas, participativas, comunitarias, etc. para no tener que ejercer la autoridad. La concepción negativa del poder se nota incluso en cómo se concibe, no sólo el poder de la Iglesia, sino el mismo poder de Dios. Para algunos, también éste parece una amenaza... Más de una vez he oído cómo en la oración litúrgica se evita la fórmula "Dios todopoderoso" y se la reemplaza por "Dios todobondadoso", "Padre bueno", etc. Detrás de estas adaptaciones -sin duda motivadas por criterios pastorales- se esconde, me temo, una noción falaz del poder de Dios como algo amenazante y temible, como algo radicalmente opuesto a su bondad y a su cercanía.

Esta alergia a la autoridad es entendible como reacción a tantos abusos de poder, sea en el mundo, sea en la misma Iglesia. Pero que sea entendible no la hace ni buena ni conveniente. Se cumple aquí la vieja “ley de la reacción” que nos enseñaba el maestro Emilio Komar: “demasiada oposición es subordinación”. Con la demonización del poder y de la autoridad no arreglamos los abusos autoritarios del mundo ni de la Iglesia. Por el contrario: generamos confusión y anarquía, que no son sino el umbral del autoritarismo y la tiranía. Porque el poder está ahí, inevitable: tarde o temprano, las personas adultas se encuentran de hecho revestidas de alguna potestad, y si están enfermas de esta “alergia al poder”, no saben qué hacer: entonces, o bien se niegan a ejercerlo (generando un desgobierno que muy pronto se cristaliza en la tiranía del más fuerte), o bien lo ejercen tal como lo conciben: autoritariamente.

Cristo Rey como poder redentor y redención del poder
Gracias a Dios, la Palabra de Dios en la liturgia de Cristo Rey viene a liberarnos de este maniqueísmo del poder. A la destructividad infernal del poder humano (que se había mostrado como nunca antes en la “Gran Guerra” de 1914-1918), Pío XI no opuso una paz romántica, utópica y “anti-arquista”. El Papa, con los pies en la tierra, no condenó el poder, sino que señaló a Jesucristo Rey del Universo como paradigma del verdadero poder, que es el que viene de Dios.

La liturgia de Cristo Rey nos presenta, en dos textos apocalípticos (Dn 7, 13-14 y Ap 1, 4-8), a Jesús, el glorioso “Hijo del hombre”, como “Rey de los reyes”, como el “Todopoderoso”, Señor de todos los reinos de la tierra. Hasta aquí, podríamos pensar que el Señorío de Cristo y el Poder de Dios no son sino la proyección ultraterrena de esta concepción más humana y negativa del poder. Desesperados bajo la opresión de los poderosos de turno, nos consolamos pensando que Dios es más poderoso que ellos, y que al final se invertirán las cosas y Él les aplastará la cabeza a los que ahora se dedican a aplastársela a otros... Algo de esto, es verdad, está presente en toda literatura apocalíptica.

Pero el Apocalipsis glorifica a este "Príncipe de los reyes” no porque aniquiló a sus enemigos sino porque “nos amó, nos liberó de los pecados y nos hizo Reino, sacerdotes de su Dios y Padre”. Los reyes de la tierra necesitan aplastar y oprimir para “hacernos sentir su autoridad” (cf. Mc 10, 43) ... Jesús también tiene autoridad (cf. Mc 1, 22): tanta, que no necesita "hacérnosla sentir". Su autoridad cumple el sentido etimológico de la palabra "auctoritas", que viene del verbo augere, que significa "hacer crecer". El Hijo del hombre del Apocalipsis es Rey haciéndonos "reino", haciéndonos reyes. Es Rey haciéndonos no víctimas, sino sacerdotes. Es la lógica de Dios, la verdadera lógica del Amor, que “infunde respeto” no por la condena sino “por el perdón” (cf. Sal 129).

La realeza de Cristo revela el “estilo” de siempre de Dios, su Padre, que en su Amor le dio todo lo que era y tenía. La generosidad de este Rey muestra el corazón de Dios, que es la Vida dándonos la vida, que es el Ser dándonos el ser, que, a fin de cuentas, “es dándose”. Todo el Poder de Dios es Amor. No hay contradicción alguna entre su poder y su amor.

¿Qué hacemos nosotros, entonces, con el poder, con esta realeza que él mismo nos da? Dios nos mostró el Camino en su Hijo Jesús, que vivió el poder como hombre entre los hombres. Tomaremos aquí sólo dos aspectos de su enseñanza: por un lado, el poder como renuncia a las riquezas y a la propia voluntad; por otro, el poder como servicio. Ambos se pueden resumir en su obediencia de Hijo.

En el Monte de las tentaciones (Mt 4, 8y ss.) el Diablo le ofreció todos los reinos de la tierra: pero a las tentaciones de poder y ambición él antepuso siempre la obediencia al Padre. Sin embargo, la "renuncia" de Jesús no consistió en "abdicar" del poder, en la irresponsabilidad de desentenderse de él, sino en ejercerlo conforme la voluntad de su Padre. De hecho, usó de su poder sirviendo a los demás, como veremos a continuación. El extremo de la obediencia y el extremo de la renuncia se encuentran en el Monte de los Olivos y en el Monte Calvario: allí Jesús por obediencia al Padre renuncia incluso a su propia vida. Sólo entonces, después de haber purificado toda posesividad y renunciado a toda ambición, Jesús resucitado recibe del Padre “todo poder en el cielo y en la tierra”, como dice en el Monte de la misión (Mt 28, 16 y ss). Jesús parece enseñarnos que sólo tiene el poder quien sabe renunciar a usarlo para sí mismo, y lo usa para los demás. Es lo que los autores espirituales explicarán diciendo que "sólo poseemos aquello a lo que renunciamos". Es la ley fundamental de la vida de Jesús: "el que quiera guardar su vida, la perderá..." (Mc 8, 34).

El “Príncipe de los reyes de la tierra” (Ap 1, 5) que contemplamos glorioso en Daniel y el Apocalipsis es también el Rey del Evangelio de Juan, cuyo “reino no es de este mundo” (19, 36), el Rey de los judíos coronado de espinas. El es el "Príncipe", el primero de los reyes... ¿Qué significa eso "en cristiano"? "El que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos" (Mc 10, 44). Por eso agrega el Apocalipsis que es un "Rey que nos hace Reino": en la tierra, Jesús estuvo en medio de nosotros "como el que sirve" (cf. Lc 22, 23): es decir, vivió tratándonos a todos “como a reyes”. Así ejerció su realeza: haciendo reyes a los demás mediante el servicio.

Él, hoy, quiere cumplir con nosotros la promesa hecha al Pueblo de la antigua Alianza (Ex 19, 6) y hacernos también a nosotros reyes, pero reyes a su estilo, reyes del “reino de la verdad y de la vida, reino de la santidad y de la gracia, reino de la justicia, del amor y de la paz” (Prefacio de Cristo Rey). El Apocalipsis, antes de mencionar que nos hace "reino", dice que "nos amó y nos liberó de los pecados". Para que podamos ser "reyes", Jesús nos desata de las cadenas del egoísmo y de la ambición, esas cadenas que nos ciegan porque nos hacen mirar a Dios y a los hombres como amenazas para el propio poder y para la propia libertad. Esta liberación la va consagrando en nosotros “el óleo de la alegría”, el Espíritu Santo, que nos empuja interiormente a "no vivir ya para nosotros mismos" (Plegaria eucarística IV), sino dando vida a los hermanos, sirviéndolos y tratándolos “como a reyes”, y de esa manera hacer crecer el Reino como lo hizo Jesús, nuestro Hermano y nuestro Rey, a quien sean la gloria, el honor y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Libertad de mentira

“Prefiero mil millones de mentiras antes que ser responsable de cerrar la boca de alguien. Es la verdadera forma en que entiendo la libertad, los derechos humanos y la participación democrática."
(Cristina Fernández de Kirchner, Acto de homenaje a los miembros de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos -CIDH-, en la ex ESMA, 11-09-2009).

La presidente de todos los argentinos, rodeada de militantes de organizaciones de derechos humanos, en medio de las acusaciones que se le hacían por la “ley de medios”, explicaba, con estas palabras, su decisión de eliminar el delito de injurias y calumnias. “Prefiero mil millones de mentiras a ser la responsable de haberle cerrado la boca a alguien”... ¿Fue sólo una exageración retórica o lo dijo en serio?
Como fuera, lo cierto es que cuando leí esta sentencia sentí un escalofrío. Peor me sentí más tarde, cuando noté que la frase que disparó la presidente había entrado sin provocar reacción alguna...
Intentemos comprender, con benignidad, el mensaje de la señora presidente. Ella nos dice, muy expresamente, que ésta es su “manera de entender la democracia, la libertad y los derechos humanos”... ¿Cuál es, entonces, su idea de “libertad”? ¿Qué derechos son “derechos humanos”? Intentemos pensar la respuesta.
Primera hipótesis: en su escala de valores la libertad parecería ser un valor absoluto. Si esto es así, no hay nada que justifique limitar la libertad de una persona. Ahora bien, la señora Cristina y quienes aplaudían sus palabras defienden la democracia. Podemos suponer, entonces, que ella adhiere a esta suerte de axioma básico de la cultura democrática: “todo ciudadano tiene derecho a ser libre en tanto que no lesione los derechos de los demás ciudadanos”. De aquí que se oponga con todas sus fuerzas a la impunidad de los militares que violaron gravemente derechos humanos de otros (y no sólo el derecho a la libertad, sino también el fundamental derecho a la vida). Por eso, existen leyes y prohibiciones: no hay libertad para matar, ni para torturar, ni para robar, etc. Pero por lo que se ve, para la presidente sí puede haber libertad para injuriar y libertad para calumniar.
Si perseveramos en nuestro intento de deducir alguna idea que rija todo esto, y no cedemos a la tentación de pensar que la ideología ha cegado la razón, desarmado toda coherencia y hecho estallar cualquier lógica, nos queda concluir que, evidentemente, para nuestra suprema gobernante, mentir es algo inocuo –o, por lo menos, algo “mil millones de veces” más inocuo que poner límites a la libertad-. Y eso es lo falaz, y eso es lo grave.
¿Por qué condenar el robo y la violencia y no la calumnia? ¿Será tan ingenua la señora Cristina de pensar que por ser "palabras" y no "hechos" las mentiras son menos dañinas? La verdad y la mentira nunca son sólo palabras. Aunque ahora parezca una cuestión teórica o de palabras, abrirle las canillas a la mentira puede producir ríos de sangre. Las palabras no son inofensivas: la palabra humana -sobre todo donde se desprecia y pisotea la verdad- puede sembrar el odio y desatar la guerra.
Aquí no se trata sencillamente de “libertad de expresión” o de “libertad de prensa”. El legítimo derecho a sostener y expresar las propias convicciones no tiene nada que ver con un pretendido derecho a mentir, y menos a calumniar públicamente a otra persona. ¿Es posible abrirle así las tranqueras a la mentira sin ofender gravemente los fundamentos de la sociedad? Tener derecho a injuriar y calumniar públicamente no es defender, sino pervertir la libertad de expresión.
Lo más inquietante del asunto es la falta de inquietud: nadie reaccionó. El proceso de descrédito de la verdad ha llegado a una altura notable. Está presente y operante por todas partes la idea de que el relativismo es una condición necesaria de la vida democrática. Quien habla de “la verdad” es un sujeto sospechoso. Cuantas menos convicciones firmes, más pluralismo; cuantas menos verdades, más democracia. “Verdad” es igual a uniforme, a censura, a represión. Tanto ha penetrado esta noción de “verdad” como archienemiga de la libertad que ahora la señora Cristina Fernández puede muy serenamente establecer el derecho a faltar directamente a la verdad, el derecho a mentir abiertamente, y nadie dice nada.
Pero por más anestesiadas que estén nuestras conciencias no deja de ser cierto que estamos hechos para la verdad, y que es fundamental en cualquier persona el derecho de buscar libremente la verdad y de expresar abiertamente sus convicciones sobre ella. Decía el viejo Cicerón: “Antes que todo, es propia del hombre la búsqueda y la investigación de la verdad” (De officiis, I, V). De aquí justamente emana el derecho inalienable a la libertad de pensamiento, de expresión, de prensa, etc. Es el deber y el derecho a “pensar sobre el sentido de la existencia tal como [a cada uno] le parezca justo, a dar su juicio sobre la vida y la muerte, el trabajo y la propiedad, la familia y el Estado (...); decir su propia opinión y vivir conforme a ella, dentro de las fronteras que establece el derecho análogo de los demás” (Romano Guardini, Dicurso en el Ayuntamiento de Munich, 10 de julio de 1960) . “Pero” -sigue diciendo Guardini- “para que se pueda reclamar el derecho a la propia convicción, para que se pueda fomentar la posibilidad de vivir conforme a ella, ha de existir tal convicción. La libertad no es el derecho a la despreocupación ni a la arbitrariedad en la opinión”. Mucho menos, a la mentira.
No es cuestión de determinar e imponer desde afuera el contenido de esa convicción. Se trata de que “exista en general esa actitud que se llama "convicción": que haya una conciencia de que existe la verdad, un deseo de encontrarla y un empeño en defender lo reconocido”. En este sentido, pues, la libertad “descansa en una auténtica relación con la verdad” (Ídem).
La libertad no es algo absoluto o autónomo: necesita una referencia. Supongamos que la libertad es como una “puerta abierta”... ¿Abierta a qué? ¿Abierta para qué? La puerta abierta pierde toda su razón si no lleva a ninguna parte, si no hay orientación ni sentido, si no se sabe adónde entrar o de dónde salir. La libertad está siempre al servicio de un “para qué”. La verdad, por lo tanto, no sólo no es la enemiga de la libertad sino que es su fundamento y su razón de ser. Dijo recientemente el Papa: “La libertad busca un objetivo y por eso exige una convicción. La verdadera libertad presupone la búsqueda de la verdad” (Benedicto XVI, Discurso a las autoridades civiles y al Cuerpo diplomático de la República Checa, Praga, 26 de septiembre de 2009).
Subordinar la verdad a la libertad es ya un grave desorden; sacrificarla en aras de la libertad es un tremendo despropósito. La libertad vive y se alimenta de verdad. Atentar contra la verdad es dejar desnutrida a la libertad, matarla de inanición. “Juntos debemos comprometernos en la lucha por la libertad y en la búsqueda de la verdad: ambas van juntas, mano a mano, o juntas perecen miserablemente” (Ídem, Cf. Juan Pablo II, Fides et Ratio, 90).
La confusión es tan grande que esta relación entre libertad y verdad no se ve. De hecho, asistimos perplejos a discursos como éste en que explícitamente se afirma la una en desmedro de la otra. El propósito de la presidente era demostrar, contra las acusaciones de tantos medios periodísticos, que nunca en la historia del país “la libertad de prensa había sido tan absoluta”... Para mostrarlo, Cristina Fernández eliminó los delitos de calumnia e injurias. Pero no: con el derecho a acusar falsamente a otra persona no gana nadie, y tampoco la libertad. La libertad "absoluta" se autodestruye. Sin la verdad, la libertad queda ella misma esclavizada.
Una sociedad en la que la verdad está tan desacreditada que ni sus leyes más básicas la protegen no es una sociedad de libres, sino de ignorantes. Y la ignorancia es el caldo de cultivo de las dictaduras. Un pueblo que ignora sus derechos no tiene capacidad de reclamarlos ni de luchar por ellos. Eliminar el delito de calumnia es violar directamente el derecho fundamental humano de buscar y seguir la verdad. ¿Qué clase de humanidad es la del supuesto derecho a imputarle públicamente a otro un delito, a sabiendas de que no lo cometió? ¿Qué humanidad estamos construyendo con medidas de este tipo?
¿De qué podrá servir, estos días, gritar la verdad del varón y de la mujer o la verdad del matrimonio ante el proyecto de “matrimonio” entre homosexuales, si para la ley da lo mismo seguir la verdad o mentir abiertamente? Si la presidente puede decir lo que dijo en un discurso emitido en “cadena nacional”, está abierta la puerta para sancionar por ley “mil millones de mentiras”.
Da miedo constatar que la confusión haya llegado a cuestiones tan fundamentales. Si permitimos que se viole el derecho humano a la verdad estamos dejando corroer los cimientos de la sociedad.

* * *
"Para ser libres nos liberó Cristo" (Ga 5, 1). Quienes seguimos a Cristo, el Hombre libre, siempre tenemos algo que decir cuando se trata de la libertad. Sabemos por experiencia que la libertad nos viene de él, que es la Verdad. Él mismo nos enseñó que "la verdad los hará libres" (Jn 8, 32). En una sociedad confundida, vivir y enseñar estas palabras de Jesús es un auténtico servicio: es "amar al mundo" y ayudar a los hombres.

martes, 13 de octubre de 2009

Lo que el signo muestra (IV parte)

Amor sin ruido
"El amor ha de ponerse más en las obras que en las palabras", escribió san Ignacio de Loyola. De puro buen español, él sabía bien que "obras son amores, y no buenas razones". Pero fue sobre todo de su Maestro Jesús que Ignacio había aprendido esta verdad.

En efecto, Cristo nos enseñó -y nos enseña- el amor de Dios más con las obras que con las palabras.

Él mismo enseñó insistentemente que para entrar en el Reino de Dios no basta con "escuchar" la Palabra, sino que hay que "practicarla".

Pero esta pedagogía del "amor concreto" la descubrimos fundamentalmente en su misma manera de vivir y de enseñar. En efecto, la fascinación, el encanto, la fuerza de sus palabras no residían en su brillo o en su abundancia, "como los escribas y fariseos", sino, a diferencia de ellos, en la "autoridad" y en el "poder" que tenían. La palabra tiene autoridad cuando es capaz de tranformar la vida. En las obras brilla la verdad de las palabras. Jesús hablaba con autoridad porque vivía lo que enseñaba, porque enseñaba de lo que vivía.

Jesús enmarcó de silencio sus tres años de intensa predicación. Como preparación a su ministerio público, él vivió calladamente los treinta años de su vida oculta; como rúbrica y testimonio de sus enseñanzas, padeció calladamente sus últimos tres días. La Buena Noticia de Cristo no son sólo sus palabras -como se deduciría de algún evangelio apócrifo- sino su vida entera: el silencio de Belén y Nazaret, el callar de la cruz y de la resurrección, y también sus palabras de vida eterna, entrelazadas siempre con miradas, caricias y milagros.

Una de las últimas palabras de Jesús en su vida terrena fue "hagan esto en memoria mía". Así quedaba instituido el recuerdo obrante y permanente del acto de amor más grande de la historia: la muerte y la resurrección del Hijo de Dios hecho hombre. Pues bien, si lo "recordado" en este "memorial", si lo "contenido" en este "sacramento" fue "amor sin ruido", es lógico que también sea silencioso el signo que lo "contiene" y produce: los signos eucarísiticos hablan, incluso al callar.

Efectivamente, en el humilde Pan de cada misa no hay nada extraordinario, no hay grandes palabras, y sin embargo ahí está el "amor de los amores", sin ruido, recreando los corazones, edificando la Iglesia, reconciliando al mundo.

A veces Dios regala fuertes "experiencias" de su amor: son momentos, horas, tal vez días, de gracia y de plenitud. Vivencias interiores patentes de su cariño, de su misericordia, de su llamada, de su elección para con nosotros. Experiencias tan intensas como pasajeras, pero que dejan una huella muy difícil de borrar. Es como pastar en las cumbres del Horeb, la montaña santa de Dios, después de tanto caminar y caminar por el desierto. Estas experiencias de amor, como pasa también en las relaciones humanas, muchas veces van de la mano con palabras extraordinariamente tiernas e íntimas: vibramos y gozamos con las palabras de amor que el Espíritu sembró en los profetas, en los salmos, en el Cantar...

Pero reducir las "experiencias de Dios" a estos encuentros extraordinarios, a estas "tranfiguraciones" del camino, puede hacernos olvidar que el amor de Dios -igual que el amor humano- no es sólo el que se manifiesta en las cumbres gozosas de la comunión íntima. Si la Eucaristía es el "sacramento del amor", entonces el amor de Dios, como el de un padre o de una madre, es el que se manifiesta principalmente en el "pan de cada día". En la eucaristía, la Palabra nunca se queda en palabras, sino que se vuelve obra: Dios nos da de comer en la boca cada día, cada semana, como nuestros padres cuando éramos chiquitos. Antes, durante y después de las palabras lindas de amor, Dios nos ha dado un amor fiel, un amor que está siempre, un amor que da lo mejor sin esperar ningún tipo de retribución -ni siquiera la del recuerdo agradecido-. Es un amor que sin hacer nada extraordinario hace posible la vida misma. Es un amor que no dice casi nada y que hace todo, que edifica todo, que construye todo. Es el amor de Dios que obra "sin ruido".

Es la Eucaristía. Es el mismo Jesús, LA Palabra de Amor del Padre que, como en la Cruz, sigue diciendo todo no con los labios, sino con la vida entregada, y que nos invita, cada día, cada semana, a poner el amor más en las obras que en las palabras.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Pasos de ayer en una noche linda

A Florencia de las Carreras, sanisidrense de ley
Hacía una noche de esas lindas... Tal vez la primera noche bien de primavera. Estas noches -cuña de octubre en la herida del invierno- tienen la emoción de un reencuentro antes de lo previsto. Y a eso le agregan un gozo de primicias, ese pregusto de que lo bueno acaba de empezar, de que lo mejor está por venir.
La noche estaba tranquila, bien azul, tan fresquita que tenía ganas de tomármela a tragos. Entonces decidí darme el gusto de salir a caminar un rato.
Las calles que rodean el Seminario son un mundo aparte. De día llenas de movimiento por los colegios, a la noche es como si el ángel de la espada de fuego cerrara el paso a los ruidos urbanos e impidiera cualquier perturbación. Cuando cae la noche, sin que nadie lo sepa, las cuatro o cinco manzanas de Libertador hasta la barranca y de Alem hasta la Catedral se transforman, y parecen despertarse en ella los antiguos moradores del Pago de la Costa. San Isidro vuelve a ser, por unas horas, ese pueblo apartado en la paz de la campaña.
Salí furtivamente a la calle Becar Varela -que es como el prefacio de ese tomo edilicio de historia colonial- y tomé la dirección de Los Ombúes, dejando atrás los últimos reclamos vocingleros de la ciudad, que corría aún su apuro por la avenida.
Casi al llegar al fondo, metros antes de la barranca, los paredones de dos quintas viejísimas se alzan de pronto flanqueando la calle, como si quisieran marcar la entrada a ese confín de lo pretérito. La calle se angosta y la vereda desaparece, comida por una ventana enrejada.
Los invisibles grillos, ensayando sus primeros acordes después del invierno, parecían modular un viejo minué del tiempo de Mariquita.
Cuando estuve en el balcón de la barranca, me paré a mirar esa larga sombra tendida a lo lejos, sólo interrumpida por las enigmáticas luces náuticas. Ladridos sin dueño llegaban desde el bajo, como reminiscencias inciertas. Mirando para el lado del río, la noche se muestra como es, desnuda de la impúdica luz urbana. El Río de la Plata le devuelve la noche a la ciudad. Pude detenerme a sondear el azul hondísimo del cielo sin nubes y vi que se habían abierto sin vergüenza las cuatro flores blancas de la Cruz del Sur.
Después seguí el camino por la calle Belgrano. Frente a las paredes de Los Naranjos, hileras de bastos “paraisos” se yerguen como oscuras columnas vegetales. En las heridas de sus troncos viejos se madrigan las comadrejas, y de sus brazos cansados cuelgan helechos y enredaderas.
Doblé a la izquierda por la calle Vernet. La prosa del asfalto se volvió poema en los adoquines. Empecé a caminar más lento, mientras leía esa poesía a la luz de los faroles. La noche le contagiaba encanto a cada elemento. Cada detalle recobraba su vocación metafórica: las veredas derrotadas por las raíces, los charcos olvidados contra el cordón, los pastos audaces entre los adoquines, el eco de mis pasos en la calle desolada, el murmullo compañero en las radios de las garitas…
Cuando estaba por pegar la vuelta, me envolvieron los naranjos con un pañuelo de azahares. Fue como un baldazo de primavera que me obligó a parar. ¡Qué densidad en el perfume de los naranjos de la calle en flor! ¡Qué gravidez de recuerdos en esa leve constelación de los azahares! Hay voces de mi infancia, horas lejanas de mi Punta Chica tan lindas que resisten el tiempo... y perviven en el olor siempre nuevo de los azahares. Lástima que esa felicidad a la vez arcaica e inmortal sólo perdure en la fugacidad de una breve florcita blanca. O tal vez ése sea su secreto. Quién sabe.

lunes, 31 de agosto de 2009

Lo que el signo muestra (III parte)

El insulso pan de cada día

Hemos visto algunas de las cosas que nos sugería el gesto de “compartir el pan”. Siguiendo con este empeño de descubrir lo que los signos muestran y dicen, me gustaría reflexionar esta vez acerca del pan en sí mismo.
Es oportuno aclarar, me parece, que el signo principal de la Eucaristía está constituido por el pan y el vino en su conjunto, y que no podemos aislar uno del otro sin reducir peligrosamente esa sabia pluralidad que garantiza la apertura del misterio. Con todo, dado que no sólo la tradición medieval y moderna (“Corpus Christi”) sino ya la apostólica (“fracción del pan”) muchas veces ha puesto el acento en solo el pan, nos sentimos autorizados, hecha la aclaración, a insistir una vez más en los significados que éste, de por sí, conlleva.
El pan –lo sabemos- es el alimento por antonomasia. En las expresiones “ganarse el pan”, “los hijos vienen con el pan bajo el brazo”, “llevar el pan a la mesa”, etc., “pan” es tanto como “el alimento”: lo necesario para subsistir. En el mismo sentido lo emplea Jesús cuando dice “el pan de cada día”, o “no sólo de pan vive el hombre”. El pan es lo necesario para seguir viviendo. Se trata, entonces, del alimento como lo pura y estrictamente necesario para la subsistencia. “Vivir a pan y agua”, de hecho, es vivir con lo mínimo, como los presos. Y aun cuando se trate de “tener pan en abundancia”, se hace referencia a un comer cotidiano, desprovisto de todo lo que suponga el placer refinado de las exquisiteces, el goce superfluo y sibarítico de los manjares opulentos.
El signo del pan, por consiguiente, nos remite a la comida sencilla y básica de cada día. El pan y el vino constituyeron, durante siglos, el sustento diario de los pobres. La variedad y el sabor los proporcionaba en todo caso la sopa o la salsa en que el pan se empapaba. Pues bien, en la Eucaristía no hay sopa ni salsa; el de Jesús no es un pan “saborizado”. Y a su pobreza esencial le agrega todavía que ni siquiera lleva levadura. Dios no quiere dejarse ganar en pobreza: a la hora de elegir la manera de darse a conocer, planeó la humillación de su Hijo, y plasmó esa humillación, esa kénosis, en la humilde pobreza de un pan sin levadura.
Hasta aquí, el simbolismo llamémosle “profano” del pan. Ahora bien, en la Biblia hay otra fuente hermenéutica desde la que deben ser leídas las imágenes, las figuras y los símbolos que nos propone. Y esa fuente es la misma Escritura: se da una suerte de “hermenéutica interna”: interpretamos la Escritura desde la Escritura misma. Por ejemplo, la principal carga simbólica del pan en tanto que ácimo hay que buscarla, más que en lo que hemos dicho recién, en el relato de la pascua del libro del Éxodo. En cuanto al pan en sí mismo, cuando Jesús dice: “Sus padres en el desierto comieron el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo que bajó del cielo” (Jn 6, 49-51a), nos está remitiendo explícitamente a una figura bíblica muy concreta: el maná que acompañó la marcha del pueblo en el desierto.
Pues bien, creo que también desde esta interpretación intrabíblica se llega a un significado del pan muy similar a su sentido "profano".
La historia del “pan que los israelitas comieron en el desierto” aparece en la Biblia en dos narraciones diferentes: Ex 16 y Núm 11 -ambas dentro de la “Torá”-, que suponen también dos interpretaciones diferentes. De alguna manera, hay dos “manás” en la Biblia: son dos aspectos, dos resonancias distintas de un mismo acontecimiento. El maná del libro del Éxodo es “pan en abundancia” (16, 8), es “pan del cielo” que Dios “hace llover” (16, 4) y que sacia a todos los que lo comen sin provocarles hastío. Este es el que más ecos deja en la Escritura (cf. Sal 78, 24-25; 105, 40; Sab 16, 20.21; Ne 9, 15; Jn 6, 31...). Por el contrario, el maná del libro de los Números aparece, de entrada, como un alimento del que están cansados, y que no impide que puedan quejarse diciendo “estamos privados de todo” (11, 6). El mismo maná (la descripción es casi idéntica: Núm 11, 7; Ex 16, 31) no viene como respuesta de Dios a las quejas del pueblo (como las codornices, o como también el maná en Ex 16), sino que integra el elenco de los reclamos. El mismo fenómeno matinal que ambos relatos describen (Núm 11, 9; Éx 16, 13-14), en Éxodo es interpretado como un don del cielo, y en Números como algo "natural".
Pues bien, creo que no tenemos por qué excluir el maná del libro de los Números como figura de la Eucaristía.
Me parece que al elegir, para perpetuar el memorial de su misterio pascual, el signo tan humilde del pan, Jesús asumió también las pobrezas que el pan supone como alimento. Jesús se caracteriza por tolerar y asumir los rechazos que suscita, aunque le duelan hasta las lágrimas. El mismo "discurso del pan de vida" termina con un verdadero éxodo de discípulos; su vida entera está signada por la incomprensión: es un “signo de contradicción”.
No es ilógico, entonces, que el Dios que quiso exponer y expresar su corazón manso y humilde en algo tan “bueno como el pan”, asuma la incomprensión de quienes, también hoy, teniéndo a la Eucaristía cada día en la mesa de nuestra vida, nos hastiamos de este nuevo maná y nos olvidamos de celebrarlo -como los Salmos, como la Sabiduría- como “trigo del cielo” y “pan de los ángeles”.
En cuanto prefigurado por el maná del desierto, el Pan de la Eucaristía no pretende ser la comida extraordinaria y festejada de las fiestas, sino la nutrición necesaria de cada día en el peregrinar de la vida (cf. Éx 16, 16). Jesús podría haber elegido otro alimento, o podría haber sugerido algún tipo de variedad, de "sabor", de "aderezo"... Y no. ¿No será que hay algo del Reino que se juega en saber hallar la grandeza en lo pequeño, la riqueza en lo pobrecito, la divinidad en "éste, el hijo del carpintero"...?
El valor del maná, el agradecido asombro por ese "pan del cielo" que durante cuarenta años fue la más insulsa de las rutinas, es fruto de la memoria creyente de quienes seguramente ya habían hecho alguna experiencia de la "tierra que mana leche y miel". El pobre alimento del camino se agranda cuando uno, como Elías, lo mira desde la cumbre gozosa de la Montaña de Dios. El pan de cada día cobra todo su sentido cuando uno, como Moisés, divisa y pregusta desde el monte la Tierra prometida. Entonces puede mirar hacia atrás y darse cuenta de cuán necesario, de cuán indispensable fue cada bocado de ese alimento aburrido. Sólo entonces uno puede sopesar la eficacia que esa "comida miserable" tuvo en el camino. Recién aquí brota el asombro ("¡era pan de los ángeles!") por todas las veces que comimos un "maná" cansador...
Por eso tal vez no sea tan terrible (cuando no es por propia desidia o ingratitud) que perdamos “asombro eucarístico” ante lo menos asombroso del mundo: el pan cotidiano. Quizá deberíamos aceptar con más naturalidad muchas de nuestras “insensibilidades” eucarísticas, y antes que imponernos “ayunos de la comunión” para poder valorar el don, aceptar la pedagogía de la liturgia, que nos enseña cada día a decir: "Señor, no soy digno de que entyres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme" y acudir con la certeza de la fe a la mesa Dios nos prepara, sabiendo que aunque no veamos más que "el mismo pan de siempre", en él está la Vida para caminar cada día, y que no podemos, y que no queremos, vivir sin él.