viernes, 24 de junio de 2011

Noche de junio

Voy con un verso viejo, de hace más de diez años... y que sin embargo, cada vez que empiezan a tocar estas noches frías y hostiles, vuelvo a recordar. Espero que les guste, y si no, el adolescente que fui... que responda.

Noche de Junio

Quiero beber los silencios de la noche
donde düermen todas mis preguntas,
y en silencio contestarlas todas juntas,
aunque giman las estrellas un reproche

por robarles misterios a sus brillos.
Y dormir con el alma más liviana,
más libre, más sabia, más baquiana;
y buscar una almohada entre los grillos,

pues su canto es un etéreo almohadón frío
donde apoya la luna su cabeza.
Grillos, luna y yo somos un trío
cuyo único haber es la tristeza.

El viento va por la calle desolada
barriendo hojas negras que no sienten frío:
tropas inertes de un resero impío
que al fin las deja en la vereda helada.

Noche invernal, hosca y huraña,
no invita al ensueño, no llama al cantor;
su pálido rostro, su gélida entraña
tienen brillo y plata, pero no calor.

Ni los grillos cantan, ni los sapos rezan:
la voz escarchada no puede salir.
Ya no tengo almohada, pero no interesa:
la luna me cuida, me voy a dormir.

Punta Chica, 28 de junio de 1999

sábado, 11 de junio de 2011

Los callados hilos del Espíritu


Muchas veces he aprovechado “la hora de la oración” para agarrar el caballo y salir al campo, a dejar que la pampa y el cielo me ensanchen el corazón. Siempre me pareció una ingratitud no aceptar esa amabilidad del sol, que a la tardecita se pone manso y se entrega, dejándose mirar.
Cuando veo que se acerca ese momento sagrado en que el sol se va a poner, casi espontáneamente me apeo y, con instintivo respeto, presencio de pie esa bellísima tristeza del ocaso.
Algunas de esas tardes en que, sentado en el pasto, degustaba los tintos del cielo atardecido, me sorprendió un detalle antes inadvertido en esa soberbia escenografía, como irrumpe de pronto un primer plano en quien está acostumbrado a mirar el fondo. El sol, como un herido de muerte, desgarraba su último grito de luz antes de ahogarse en la sierra; como un postrero chuzazo sangriento, ese rayo de luz, lanzado desde abajo, al ras de la pampa, daba de lleno en la punta de los pastos, provocando una fiesta de formas y resplandores en los más humildes habitantes de la llanura. Y en medio de aquel inerme incendio de pastos y florcitas, de esa incandescencia sigilosa de panaderos, penachos y colas de zorro, celebrada apenas por los chimangos en retirada, un detalle me dejó extasiado. Sobre la infinita hilera oscura de siluetas vegetales, mecidas por la cadencia de la brisa, cientos, miles, millones de hilitos de oro aparecieron uniendo cada hojita de pasto, cada ínfima ramita, cada mínima flor. No había una sola plantita del campo que no estuviera atrapada en esa dorada cadena, colectiva artesanía de millones de arañitas invisibles. No se trataba de esas espléndidas telas de araña simétricas y redondas, prodigio de alguna antipática araña solterona, sino de simplísimos hilos en que la benigna luz del atardecer sabía reconocer el divino hilo de oro que abrazaba a todos los pastos del campo en su comunión, como una sinfonía de amor que saludaba al astro rey de la naturaleza.


Estos días en que, con toda la Iglesia, pedimos el Don del Espíritu Santo, volví con el pensamiento a esta metáfora que aprendí en esos inolvidables atardeceres de verano.
Pienso que el Espíritu Santo se parece a esas arañitas del campo. Él, a quien muchos autores llaman “el gran Desconocido”, es así porque “ama el esconderse”. El Espíritu teje en silencio y en lo escondido la profunda trama de nuestra comunión. Es un trabajador infatigable, y sin embargo uno casi nunca nota su presencia.
Si, como enseña la teología, el Espíritu Santo es el Amor personal en Dios, es natural que sea más “Desconocido”, porque el verdadero amor “no hace alarde, no se envanece (…) no busca su propio interés” (1 Co 13, 4b-5). Y sin embargo, es el fundamento de todo lo que existe, y lo que mueve el universo. Al Espíritu Santo, como al Amor, lo extrañamos cuando falta, pero nos cuesta agradecerlo cuando está. El Espíritu ama manifestarse no tanto en sí mismo como en sus frutos: en la increíble comunión de lo diverso (paz, amor, alegría, mansedumbre...) más que en la extraordinariedad del viento y el fuego (que quedan puertas adentro).
Sólo se deja ver cuando Dios quiere, y, como las secretas telarañas del ocaso, preferentemente a la hora de la oración...

sábado, 7 de mayo de 2011

Una misa de domingo

El domingo amaneció sin ganas de amanecer. Había que tomar coraje para salir a la calle vacía, cuyo solo dueño era un viento fuerte y frío que, para terminar de disuadir a los timoratos, escupía aquí y allá una helada lluvia pinchuda. Con toda su fuerza, ese "pampero sucio" no sólo no lograba romper la cortina gris de nubarrones, sino que parecía apelotonar unas contra otras las nubes, profundizando todavía más el negror del cielo. El otoño estaba gritando fuerte su demorada venida.
Más allá de la vía del tren, arrinconadas por el cauce viejo del río Reconquista y la ruta 202, se amuchan las casas de "la Perón", el barrio donde está la capilla más lejana de nuestra parroquia: San Ramón, en los mismos confines del partido de San Fernando.
Como todos los domingos, fuimos con el párroco a San Ramón para celebrar la Misa. Cuando llegamos a la entrada de la iglesita, nos encontramos las rejas cerradas y un grupúsculo de fieles desafiando el frío parados en la puerta. Eran tres señoras, un par de chicos jóvenes y la monjita que traía la guitarra. Y algunos perros, cómo no. Ateridos, pero entre francas sonrisas, se preguntaban por la doña que tiene la llave, que qué raro que no hubiera aparecido, que habían golpeado en su casa y nada, que si alguien tiene otro juego, que qué iban a hacer...
Al final otra de las señoras ofreció su casa, y decidimos ir para allá a celebrar la eucaristía.
Quienes esa inhóspita mañana hayan pasado por ahí se habrán preguntado por esa ínfima caravana que costeaba la ruta, y que casi en fila india sorteaba los mil desniveles de la maltrecha vereda. En el camino se sumó una familia que estaba viniendo a Misa y se cruzó con la improvisada procesión dominical. Habremos hecho tres cuadras, casi hasta la otra punta del barrio, hasta que alcanzamos a la doña que nos esperaba sonriente en la puerta de su casa.
Después de cruzar el patiecito de adelante, entramos. No bien pasada la puerta, vimos las mesas arrimadas puestas en el medio de esa pieza, las sillas y banquitos acomodados alrededor y los santitos de la casa en el centro, junto con sus respectivas velas, sobre un mantelito. Una vez congregados alrededor del doméstico altar, fueron apareciendo otros moradores de la casa -hijos y nietos de nuestra anfitriona- que completaron la asamblea.
Prendidas las velas, la hermanita dio los primeros acordes de una canción, y la Misa empezó, como todos los domingos... No teníamos cirio pascual, pero ¡qué lindo brillaban esas velitas en la penumbra de esa mañana oscura, mientras afuera el viento hacía sacudir las trémulas ventanas!

"Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones (...) se mantenían unidos y ponían lo suyo en común (...) partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón (...)" (Hch 2, 42.44.46).
Tal vez fue porque tenía todavía grabadas en mis retinas las imágenes de la solemne liturgia multitudinaria, universal y grandiosa de la beatificación de Juan Pablo II, esa misma madrugada... Lo cierto es que a medida que iba escuchando la Liturgia de la Palabra de ese II Domingo de Pascua no podía ocultar mi profunda emoción: la Palabra se estaba cumpliendo de manera patente... Dos mil años más tarde, estaba este pequeño grupo de discípulos de Jesús, desafiando el frío y la lluvia, reunido para "partir el Pan" en una casa.  La misma tarde de Pascua (cf. Jn 20, 19 ss.), los discípulos, reunidos "el primer día de la semana", se encontraron con el Resucitado en medio de ellos y él les regaló su Espíritu y su paz, y volvieron a hacerlo "ocho días más tarde": "desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual" (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 6).
¡Qué lindo saber con certeza firme que ahí, entre nosotros, en ese rincón de Virreyes, estaba presente el mismo Señor, el mismo Jesús Resucitado del día de Pascua, tan presente en la Plaza de San Pedro como en esta casa del barrio Perón! Pocas veces palpé de modo tan vibrante el misterio de la Única Iglesia, capaz de manifestarse en el esplendor de la Misa del Papa y en la sencillez apostólica de nuestra eucaristía casera en San Ramón. ¡Qué  grande y misteriosa trascendencia el que, aunque seamos "dos o tres", los cristianos nos reunamos cada domingo "en el nombre del Señor"! Quizá en la Comida del cielo, en ese "domingo sin ocaso", nos demos cuenta del todo. Mientras tanto, seamos nosotros "felices por creer sin haber visto" (cf. Jn 20, 29) y sigamos, de domingo a domingo, uniéndonos para celebrar la Palabra y el Pan, porque Cristo está donde está su Iglesia.



sábado, 23 de abril de 2011

Éste es el hombre

La liturgia de la Palabra del Viernes Santo tiene, entre tantos, un detalle que da que pensar. En el admirable texto del profeta Isaías, ese conmovedor poema que nos describe al Servidor de Dios que, siendo inocente, acepta libremente sufrir para beneficiar a los culpables, se dice que estaba "tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre, y su apariencia no era más la de un ser humano" (Is 52, 14). En el evangelio, nos volvemos a encontrar con un Servidor de Dios inocente, que tiene el rostro desfigurado por el dolor de los azotes, por la sangre de las espinas y por las bofetadas de los soldados. Es Jesús. Pero Pilato nos lo presenta diciendo todo lo contrario que Isaías: “Aquí tienen al hombre” (Jn 19, 5).
Pilato probablemente dijo esa frase sin ningún sentido especial, pero san Juan evangelista tiene un buen sentido del humor, y le gusta poner en boca de los enemigos de Jesús las más solemnes verdades. Por ejemplo, a Caifás le hace decir: "es preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca toda la nación" (Jn 11, 50; cf. 19, 14); y en el evangelio de este Viernes Santo, es justamente Pilato -el mismo que dice: "¿Qué es la verdad?" (Jn 18, 38)- quien, sin siquiera sospecharlo, nos dice dos profundas verdades: “Aquí tienen al hombre” y un poco después: “Aquí está su rey” (Jn 19, 14). La tradición cristiana reconoció la hondura de esta frase, y por eso la hizo famosa, junto con la escena correspondiente, en tantas representaciones del "ecce homo".
La expresión griega "idou" ("he aquí"), por su raíz, se podría traducir como: “Vean, miren al hombre”. Hoy, Viernes santo, la Iglesia quiere “mirar al hombre” mirando a Jesús en la Cruz. Queremos reconocer, en ese servidor de Dios aplastado por el dolor, al hombre auténtico, al hombre verdadero, al hombre que es modelo de todo ser humano. Sin embargo, no es nada fácil encontrar el ideal de la humanidad en este rostro deshumanizado por la inhumanidad de sus semejantes.
Cristo, entonces, -y el Cristo de la Pasión y la Cruz- es “el hombre” sin más, la imagen perfecta del hombre. Ahora bien, podríamos decir que él es imagen nuestra por lo menos de dos maneras: como reflejo y como modelo. Como reflejo, Cristo es nuestra imagen en cuanto los hombres nos reconocemos en él y él en nosotros; como modelo, lo es en cuanto que estamos llamados a parecernos a él.
Nuestro pueblo se ha visto siempre atraído por el Señor de la Cruz. En todo Occidente, pero particularmente en América latina, tenemos una sensibilidad especial hacia Jesús crucificado: entre nosotros, tenemos al Señor de Mailín, al Señor de los Milagros de Salta, y en tantas iglesias y capillitas, tantísimos Cristos barrocos del tiempo colonial...  Siempre me impresionó, en nuestras iglesias grandes, cómo la mayoría de la gente no se acerca a rezar al sagrario sino a esas imágenes del Crucificado que quizá hoy a algunos nos parecen demasiado crueles y sangrientas, pero en las que el pueblo pobre y sufriente se vio y se sigue viendo reflejado. Cuando se sufre en serio, y uno se da cuenta de que nadie puede comprender ni compadecer el dolor que tiene, mira al Jesús sufriente, y se reconoce en él... Nuestra fe nos asegura que él sí, desde la Cruz, nos entiende desde adentro, y que con la cruz nos abraza con sus dos manos, y que a través de su Cruz nos va a llevar a buen puerto.
Este ser Jesús imagen del hombre tiene también otro aspecto, como si el espejo tuviera dos caras: no sólo el hombre sufriente se ve reflejado en Jesús, sino que Jesús se ve reflejado en todo hombre que sufre. Pilato nos señala a Jesús desfigurado, diciendo “Miren al hombre” y Jesús, con su silencio, nos lo repite: “miren al hombre”. Miren al hombre que está como yo ahora, desfigurado, deshumanizado, miren al hombre “sin forma ni hermosura que atraiga nuestras miradas”, miren al hombre “ante quien se aparta el rostro”, y en él, reconózcanme a mí, al Señor, al hombre verdadero. ¿No es ésta una de las enseñanzas fundamentales de Jesús: "en verdad les digo, todo lo que hicieron a uno de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron" (Mt 25, 40; cf. Mt 25, 45)?
Por eso, “mirar al hombre” en la Cruz, también es comprometernos a mirar a todos los hombres, sobre todo a los que menos quisiéramos mirar. Si hoy “miramos”, y adoramos, y nos arrodillamos ante la Cruz, y lo hacemos en serio, tenemos que hacer lo mismo con los demás, sabiendo -aunque nada sintamos- que en ellos está Jesús.
“Aquí tienen al hombre”. Por último, Jesús es la imagen del hombre en cuanto modelo del hombre,  porque en la Cruz nos muestra cómo ser hombres verdaderamente, cómo alcanzar nuestra plenitud, como vivir de tal manera que vivamos para siempre. Jesús nos muestra cómo vivir humanamente y humanizando la vida de los demás. Jesús es el modelo del hombre perfecto, del hombre pleno, del hombre feliz.

Él, en la Cruz, es nuestro modelo, pero no por toda la sangre que derramó o por todo el sufrimiento que tuvo, como si el dolor o la sangre sirvieran de algo… Lamentablemente, nuestra experiencia es que muchas veces el dolor o el sufrimiento no hacen sino endurecer más el corazón de las personas, y no traen nada bueno. En efecto, lo que salva, lo que humaniza, lo que plenifica no es el dolor de Jesús, sino su amor. Él mismo había encarado así su Pasión:“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13). Sólo a través de este dar la vida vienen la fecundidad y la felicidad: sólo dando la vida se puede vivir y dar vida. “Si el grano de trigo que cae en tierra no muere, se queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24).
Aunque suene raro decirlo, hagámosle caso a Pilato. Cuando él nos señala “éste es el hombre”, miremos, y veamos a Jesús, al Hijo de Dios que por amor se hizo un hombre perfectamente inocente, que pasó haciendo el bien, que está entregando la vida por todos. Entonces comprenderemos que lo que hace que vivir y morir tengan sentido y valgan la pena es el amor, que la plenitud humana es la vida entregada a los hermanos.

jueves, 31 de marzo de 2011

Ser buena samaritana para ser buen samaritano



Es el mediodía. El contorno de los escasos arbustos se desdibuja a lo lejos por el calor que todo lo aplasta. "Fatigado del camino" aparece Jesús, que se sienta, solo, en el pozo solo. Y llega una mujer samaritana. No es difícil ponernos en el lugar de ella, delante de aquel forastero, en quien los que escuchamos el Evangelio reconocemos a la Palabra de Dios hecha carne.
Lo primero que Jesús hace es apelar a la generosidad: "dame de beber", sin decir buendía... No es una actitud esperable, y en esto lleva la marca registrada de Dios: descoloca... "¿Cómo tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?" (v. 9). Pero Jesús le revela su intención verdadera: "si conocieras... quién es el que te dice: "dame de beber", tú le habrías pedido y él te habría dado agua viva" (v. 10). Jesús tiene sed de la sed de la mujer. El Señor quiere a toda costa, imperativamente, encontrarse con nuestra sed. "Te quiero saciar, pero pedime". Pero la mujer no puede, porque falta "conocer el don de Dios"...
En el capítulo anterior, Juan ya nos contaba que el don de Dios es el mismo Jesús: "tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no muera sino tenga vida eterna" (3, 16). Pero conocer el don de Dios es "tener experiencia" de él... Resuena en nuestros oídos el despechado reproche divino: "Yo conozco a Efraím... y no conocen al Señor" (Oseas 5, 3a.4b). Esta mujer es inteligente e instruida, pero hay veces que los conocimientos impiden "conocer" de veras: ella sabe perfectamente la historia del pozo, la de los patriarcas, las diferencias teológicas entre judíos y samaritanos, incluso la misión y venida del Mesías... Pero estando delante de él, no puede siquiera elevarse al plano de conversación más espiritual al que quiere llevarla Jesús, y su pensamiento se queda anclado en la realidad del agua material.
Todo pasa por su corazón, sepultado bajo esas razones racionalizadoras... Su corazón, como el nuestro, tan acostumbrado a beber, a tomar, a buscar... imperado por la necesidad de saciar su sed. Jesús, como ella no le pide todavía nada, la busca por algún resquicio de debilidad, de fragilidad, de "sed", de deseo: "el que beba del agua que yo daré nunca más volverá a tener sed" (v. 14). A la samaritana se le ilumina el rostro: "¡basta de venir cada día al pozo a sacar agua...!" (cf. v. 15). El Señor, con maestría, puso al descubierto una primera fibra del corazón de la mujer: la fatiga de tener que saciar su sed. En efecto, hay dos tipos de sed... Una es la del deseo -cuando uno sabe y busca qué es lo que necesita- y otra es la de la necesidad no reconocida. Calmar la sed de una necesidad no reconocida no es una tarea gozosa, sino una esclavitud ciega y siempre frustrante. ¡Cuántas veces nuestros corazones, sin saberlo, se van desangrando así...!
Pero entonces, punzada en su debilidad, la samaritana dice la palabra mágica: "dame de esa agua..." (v. 15), y entonces, con la puerta abierta por la libertad, empieza el milagro.
Me imagino que Jesús, "saciado" por este pedido, olvidado del calor y del cansancio, y puesto de pie entusiasmado, casi frotándose las manos del gusto,  la habrá mirado con la dulce incisividad del amor, que descubre las profundas heridas del corazón: "Bien, empecemos: traete a tu marido"... "No tengo marido" (v. 17), respuesta "racional" que el Señor desnuda de inmediato: "tienes razón [...] has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido [....]" (v. 18). Al sentirse descubierta, ella apela nuevamente a la racionalización y contesta rápidamente: "Señor, veo que eres un profeta" (v. 19) y trata desesperadamente de poner distancia entre ella y su interlocutor con una disquisición teológica acerca de lo que los separa: acerca de los lugares de culto de judíos y samaritanos... Jesús, Maestro paciente, se sube al tren hasta que en un momento clave le revela toda la verdad, como quien saca un as escondido bajo la manga: "el Mesías [...] soy yo, el que te está hablando" (cf. vv. 25-26).
¡Es el momento de la verdad! Pero justo entonces, rompiendo todo el clima, caen los discípulos, que volvían de hacer las compras. Se ve que entonces Jesús se distrae y por primera vez le quitó los ojos a la mujer. Ella aprovecha la ocasión y huye a contar que vio, casi con seguridad, al Mesías… ¿Cómo sabe? La prueba es la verdad: “me dijo todo lo que hice” (v. 29). Ahora sabemos de sus propios labios que aquellas palabras de Jesús a las que ella había fingido no dar importancia (“veo que eres un profeta”…) le habían calado hondo, muy hondo, tan hondo desde donde puede brotar la vertiente del agua viva… El Señor la había “llevado al desierto” y le estaba “hablando al corazón” (cf. Os 2, 16) pero al mismo tiempo la había “desnudado por completo” (Os 2, 5). Ella, que todavía no conocía el “don de Dios”, era sin embargo totalmente conocida por Jesús, que sabía de sus cinco maridos y de su actual concubino… Pero Jesús no le dijo esa verdad para dejar al descubierto su inmoralidad, sino para asegurarle que conocía a fondo las heridas sedientas de su corazón, las dolorosas grietas de su desdichado cántaro, al que “el agua se le escapa cada dos por tres”, como a los “pobres coladores” de María Elena Walsh. El Señor se mostraba perfectamente al tanto de su afán obsesivo de afecto, que no había hecho más que acumularle fracasos amorosos. Iban seis, y ella déle ir al pozo…
Aquí el evangelista nos regala un detalle precioso, porque pone: “La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad” (v. 28). El milagro ya está hecho, ya la samaritana es una mujer nueva.
Entonces volvemos a recordar que todo había comenzado con un “llamado a la solidaridad”, con una invitación a la generosidad: “dame de beber” (v. 7). Y lo cierto es que ella, al final, no le dio nunca a Jesús ni un trago de agua, pero sí había ya respondido de corazón al segundo “pedido” del Señor: “Créeme, mujer…” (v. 21). Porque los pasos de este camino nuevo se dan de a poco: una vida entera dedicada a la desecante gimnasia de “absorber” no se transforma tan rápidamente. Pero lo fundamental está hecho: ella dejó olvidado su cántaro, esas sus pobrecitas necesidades insaciables que le secaban la vida a ella y a los hombres que se dejaban absorber por su febril seducción…
Sin darse cuenta quizá, su corrida a la ciudad era el cumplimiento de la promesa de Jesús y la coronación del proceso: ella había “conocido el don de Dios”, le había “pedido agua”, él le dio entonces a beber toda su misericordia, con una mirada de amor que la hizo encontrarse a un tiempo con su propia verdad y con la verdad sobre Él, y ahora ella tenía adentro una “fuente que brota hasta la vida eterna” (v. 14), que empapaba a sus paisanos y los conducía al Camino, a la Verdad, a la Vida…
¡Cuántas verdades sobre Dios y sobre nosotros nos revela este misterio de Jesús y la samaritana!
Para quienes somos discípulos de este Maestro, y queremos, como Él, ser “buenos samaritanos” que pasen por la vida haciendo el bien, el itinerario de la samaritana nos llena de esperanza. De hecho, no podríamos ser como “el buen samaritano” (cf. Lc 10, 25-37) si no somos antes bien “la samaritana”. ¡Qué lindo es pensar que la tan difícil abnegación que Cristo nos exige (cf. Lc 9, 23-24), y que nos sabe a muerte (cf. Jn 12, 24), puede hacerse efectiva con la misma espontaneidad con que la samaritana dejó su cántaro olvidado! Éste es el verdadero camino de la cruz, ésta es la genuina vida cristiana, que surge, abundante como el agua, del amor de Dios, y no de los imperativos extrínsecos y voluntaristas. Únicamente cuando uno “gusta y ve qué bueno es el Señor” (Sal 33, 9), cuando puede decir “encontré al amor de mi alma” (Ct 3, 4), cuando la sed más profunda del amor más profundo encuentra por fin la “fuente de agua viva” (Jer 2, 13a), sólo entonces puede dejar olvidado el inconformable cántaro del propio yo, esa “cisterna agrietada que no retiene el agua” (Jer 2, 13b), esa angustiada aspiradora afectiva que demanda, reclama y absorbe sin nunca calmar su ansiedad, y dedicarse por entero a que otros “vengan a ver” (Jn 4, 29; cf. Jn 1, 39.46) a Jesús, nuestro Dios y nuestro Señor.

Señor Jesús, misterioso peregrino del mediodía
que en los desiertos de la vida nos sales al encuentro,
gracias por hacernos conocer la verdad sobre nosotros mismos,
gracias porque a la luz de tu rostro vamos también descubriendo el nuestro,
gracias por darnos esa Agua viva, el Espíritu que nos enseña la verdad (cf. Jn 7, 39),
porque esa verdad nos va haciendo libres,
libres para decir “sí”,

libres para derramar en nuestros hermanos
el amor de Dios que tú derramas en nuestros corazones (cf. Rom 5, 5).

domingo, 20 de marzo de 2011

¡Recen por mí!


Aunque no suelo escribir cosas directamente personales en el blog, hagamos una excepción para compartir esta linda noticia, sobre todo con quienes me une sólo este misterioso vínculo cibernáutico.
A todos pido oraciones, para que pueda ser fiel servidor de nuestro Señor, quien dijo de sí mismo que "no ha venido a ser servido sino a servir" (Mc 10, 45).
Este camino de servicio a la Iglesia requiere que, como discípulo, cada día "me niegue a mí mismo y tome la cruz": es un camino de muerte y resurrección, como el de nuestro Maestro. De aquí el lema, tomado de las mismas palabras de Jesús, que me acompaña en este paso fundamental de vida consagrada.
Pídanle a la Virgen, a Ella que pronunció el "amén" más fecundo de la historia ante la anunciación del Ángel, que en esta solemnidad de la Anunciación sea también ella, como Madre y Hermana, la que me enseñe a dar un "sí" generoso y fiel al Buen Dios que me quiere, me llama y me envía a su Pueblo.

domingo, 20 de febrero de 2011

Cuando Adán estuvo en Ayacucho

Hace casi diez años que no pasaba quince días seguidos en el campo. Y, tal como lo tenía puntualmente previsto y largamente deseado, las dos semanas de estudio requeridas para el examen final de toda la teología me proporcionaron la excusa perfecta para venir.
Lo cierto es que es muy diferente venir al campo con el impune sosiego de una quincena que con los días contados, atorado por la muy cierta sensación de que las horas se van al galope, y de que el tiempo a uno lo persigue, hambriento, con el aliento en la nuca, celoso devorador de su felicidad.
En esas ocasiones, la mirada se me contagia de esa ansiedad del cronómetro, y mis sentidos se atragantan con las mil bellezas de la pampa, como si engordar con desmesura la memoria alcanzara para tirar con el recuerdo durante las flacas horas de la ausencia.
Estos días, en cambio, gocé de poder mirar las cosas mansamente, sin apuro, con la misma calma serena con que se mira el cielo en los remansos. Y la verdá que es lindo lo que pasa cuando uno no está activamente dirigiendo su mirada sino que deja que obre el asombro, y que los ojos se fijen solos en lo que más los atrae. Esta vez descubrí los pastos del campo. Cada uno me llamaba la atención, y parecía que por primera vez me daba cuenta de la apabullante variedad que mentía la verde homogeneidad de la llanura.
En mi vida, estas atracciones espontáneas fueron variando: primero, como a los diez años, fueron los grandes árboles europeos, empezando por los del monte de “El Rodeo”, cuyos nombres mamá o mi abuela me enseñaban, y que me llevaron a hacer un herbario con todas las especies del campo y del barrio; después fueron los pájaros autóctonos, que iba conociendo preguntándole a papá; hace un par de años, me agarró una locura por conocer los árboles y arbustos autóctonos de los alrededores de Buenos Ayres, ayudado esta vez ya por Google… Cada atracción nueva tiene la peculiaridad de no desplazar, sin embargo, los amores precedentes, de modo que hoy me siguen encantando los árboles de jardín, y los pájaros libres, y los talas de los baldíos.
Y ahora los pastos. Cada tarde, terminado el estudio, me voy caminando hasta un potrero del campo al lado, o a las cunetas del camino, o a los pocos bajos que no presentan el unánime color del glifosato, para encontrarme con los pastos naturales. Me sorprendo a mí mismo, que siempre andaba mirando al cielo, con los ojos clavados en el piso, sondeando cada nuevo tono de verde del camino. No es que antes no me hubiera fijado en los pastos: ya distinguía el trébol del lotus, y el pasto miel del “pelo de chancho”, y la gramilla de ese pastito de sombra de la calle de acer… Pero desde que me tomó este nuevo asombro, mi mirada, presa de una fuerte avidez botánica, ve por doquier detalles nuevos, arranca, clasifica, distingue… y sobre todo pregunta. Tengo una necesidad imperiosa de saber los nombres de cada pasto o planta nueva que descubro.
Gracias a Dios, están los amigos camperos y parientes agrónomos, que me van de a poco “desasnando”, ayudándome a clasificar y a nombrar: umbelíferas, gramíneas, ciperáceas; cicuta, biznaga y altamisa; cepacaballo, achira y cardo asnal; flechilla, cola de zorro y cebadilla… Con cada nombre nuevo, mi inteligencia descansa con solaz de panza llena; por el contrario, cada yuyo descubierto y todavía anónimo me acucia el espíritu con la impaciencia de encontrarlo en la sabihonda planicie de algún libro de botánica…
                                                                         
 ****
Esta mañana, mientras paseaba mi vista por la llanura bendecida de rocío, me quedé pensando en la fuerza que tiene el nombrar. Hasta que uno no nombra de alguna manera las cosas –aunque sea con una denominación totalmente amateur y personal: “el pastito de sombra de la calle de acer”- es como si éstas no cobraran entidad propia, como si no existieran para nosotros. Ahora bien, a medida que el ojo se afina y puede discernir una cosa de la otra, y entonces nombrar, cada especie se va despegando con luz propia de la masa genérica en que permanecía ignotamente aletargada. ¡Qué lindo ver que cada detalle del paisaje se despierta y empieza a desplegarse ante nuestros ojos!
A medida que uno puede llamar a las cosas por su nombre, éstas, de algún modo, pasan a ser parte de nosotros. Uno las conoce. Uno las “sabe”… (Porque saber es saborear, saber cómo “saben” las cosas). A cada nombre, entonces, uno se enriquece, uno “es” un poco “más”. Qué gran enseñanza nos muestra esta hermosa paradoja: es precisamente en el momento en que uno reconoce al otro en su más propia identidad –en el acto de nombrar- que uno crece, que uno “es más”. Detrás del acto auténtico de “nombrar” está el verdadero conocimiento, ese por el cual uno descubre al otro en cuanto otro (y no en referencia a uno mismo), de modo que la misma existencia del otro nos enriquece y nos “ensancha”. En el verdadero conocer –que es un conocer amante- uno deja que el otro sea tal como es, y frente a esa alteridad uno se descubre más uno mismo. De aquí la fundamental importancia -llena de consecuncias- de nombrar, de llamar por su nombre a las personas…
Sin embargo no todo “nombrar” es auténtico. Hay nombres que no reflejan un “conocer” genuino -un conocer respetuoso y transparente de la identidad del otro-, sino que delatan el conocimiento posesivo del utilitarismo, que nunca puede alcanzar la identidad y la esencia de lo que tiene delante. Por ejemplo, en el rubro que ahora me ocupa, si uno habla de “pasto” o de “pasturas” no designa a las plantas en lo que tienen de propio sino en cuanto sirven para que coma el ganado; asimismo, si uno dice “malezas” está nombrándolas no por sí mismas, sino en tanto que amenazan otra especie que se quiere cultivar; y si se llaman “césped” es en cuanto que sirven para que nuestros pies tengan “prohibido pisarlas” en un jardín…
El conocer posesivo acaba por no “poseer” nada: de hecho, al no ser sino un eco del propio yo y de sus propios proyectos e intereses, impide el encuentro con lo otro y con lo diferente, que es lo que, a fin de cuentas uno podría poseer, y poseyéndolo enriquecerse.
“Nombrar” es un acto nobilísimo: es la acción que, por decir así, corona y consagra el conocimiento. Todo conocer se cuaja en algún nombre, que desde entonces será como la llave para acceder a ese saber adquirido. Nombrar es un gesto a la vez de señorío y de respeto, por el que precisamente al reconocer la dignidad de lo nombrado se manifiesta la dignidad del nombrador. Será por eso que siempre me gustó irresistiblemente la escena de Adán en el paraíso, poniéndole a cada creatura el nombre que habría de tener: “Y el Señor Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. Y el hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo […]” (Gén 2, 19-20a).
Si nombrar es conocer, éste es el pasaje que muestra que Adán “sabía todo”, pero no porque su ciencia fuera “infusa” sino porque su mirada era tan pura, y su corazón tan sensible, que todo él era un asombro: "Antaño a este asombro lo llamaron Adán" (Juan Pablo II, Tríptico romano, I, 1).
Conocer el nombre de las cosas acrecienta la capacidad de gozo (¿No decía el viejo Aristóteles que todo hombre desea saber?). Cuando voy por la calle y veo acá plátanos, y allá un cedro, y más allá contra la vía un tala inmemorial, y al mismo tiempo me alegro de descubrir a “mi” gavilán mixto planeando en la lejura azul, o de sorprender a unas pendencieras calandrias cascoteando a un impávido carancho en la punta de algún pino… a veces me pongo a pensar cómo vería ese grupo de árboles del otro lado de la avenida si no supiera sus nombres... ¿No los vería acaso como una masa verde e indistinta? ¡Cuánto menos disfrutaría la vida, qué triste sería si no supiera distinguir los pájaros, si un ciprés o un pino dieran lo mismo, si no me sorprendiera un tala más que una morera! De igual manera pienso cuánto más gozaría si conociera los nombres de las flores –de las que sé poco y nada- y supiera admirarlas en cada cantero y en cada maceta, mientras los colectivos trasportan mi mirada somnolienta…; o cuánto más me alegraría al mirar las estrellas, si entendiera los arcanos de las constelaciones, y así podría seguir…
Poder nombrar y conocer más aumenta la sensibilidad y la capacidad de asombrarnos y de gozar más de la vida, de todas esas maravillas que Dios hace desfilar ante nuestra vista.
En fin, -y sin ingerir ni inhalar ninguno de mis hallazgos vegetales- mi afición pasturienta devino filosofía.


De todos modos, cada vez que salgo a recibir, a abrazar, a beber ese paisaje querido, y voy, como otro Adán, nombrando y agradeciendo cada flor y yuyo de la pampa, me siento tan hermano de aquel viejísimo antepasado, que se me hace que en realidad él mismo viene al trotecito “a la par mía”, asombrándose como la primera vez, descubriendo y bautizando las criaturas y bendiciendo al Creador en cada una, mientras me enseña a deletrear el nombre de la felicidad por estos caminos del Paraíso... entre Tandil y Ayacucho.

"El Rodeo", Ayacucho, 19 de febrero de 2010.



miércoles, 19 de enero de 2011

Poner al otro "en el medio"


Hay pasajes del evangelio en que de manera privilegiada uno puede como asomarse a las profundidades del corazón de Jesús. La primera escena del capítulo tres de Marcos tiene, en este sentido, una densidad especial.
Jesús está en medio de los agitados días de su predicación en Galilea, y tal vez por trabajar mucho y descansar poco viene un tanto cansado. Acaso por eso nuestro Señor está un poco menos tolerante y, ante una nueva jugada de los fariseos, reacciona vivamente, dejándonos ver sus sentimientos al desnudo.
En efecto, Jesús acababa de darles pacientemente a los fariseos la justificación bíblica de por qué sus discípulos podían arrancar espigas en día sábado, y él, "Señor también del sábado" (Mc 2, 28) les había recordado que "el sábado estaba hecho para el hombre y no el hombre para el sábado" (2, 27). Por eso no puede creer que ese mismo día, al entrar en la sinagoga, vuelvan a preguntarle -"para acusarlo" (Mc 3, 2)- si iba a curar a un hombre que allí había, que tenía la mano seca.
Jesús, antes de contestar nada a sus acusadores, se dirige al hombre enfermo: "levántate [y ven] al medio" (3, 3). Sólo entonces les habla a los de la sinagoga, y les pregunta si en sábado se puede hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla. Mas como los fariseos sabían de memoria qué no se podía realizar, pero no qué sí se podía hacer, se quedaron callados. (En todo el pasaje hay una insistente alusión a la positiva realización activa del bien, contra la "sequedad de la mano" que impide hacer cualquier cosa, y contra la "dureza del corazón" que estanca en la pasividad de una ideología religiosa estéril).
El Señor se subleva ante este silencio, y los mira "con ira", y a la vez "entristecido por la dureza de sus corazones".
"Mirándolos con ira" (3, 5). La palabra que usa el evangelista ("orgé") es la misma que los profetas usan siempre para designar la "ira" o "cólera" de Dios, que se desatará en el terrible "día del Señor". ¿Qué es lo que provoca esta "cólera" de Jesús?
Jesús no puede soportar que la Ley de Dios se haya vuelto un obstáculo para la salvación del hombre, en lugar de ser la "alegría del corazón" (Sal 18, 9). En efecto, cuando el Deuteronomio habla de "santificar el sábado" explica el motivo de su celebración: "Recuerda que fuiste esclavo en Egipto, y que el Señor te hizo salir de allí con el poder de su mano y la fuerza de su brazo. Por eso el Señor, tu Dios, te manda celebrar el día sábado" (Dt 5, 15). De aquí que el descanso sabático tenga como objetivo la liberación de la esclavitud, y no la inactividad por la inactividad misma: "Así podrán descansar tu esclavo y tu esclava, como lo haces tú" (Dt 5, 14).
La "dureza de sus corazones" pervirtió tanto el sentido de la ley del sábado hecha "para el hombre", que terminó convirtiéndose en el obstáculo principal entre el Médico y el hombre enfermo. Los fariseos, por instrumentalizar la Ley para acusar al "Hijo del hombre", la volvieron un instrumento en contra del hombre: por eso no pensaron nunca en la desgracia de la persona de la mano paralizada, ni se detuvieron a considerar la extraordinaria capacidad terapéutica de Jesús, que sin embargo daban por descontada. 
Hizo falta la profunda humanidad del "Hijo del hombre" para restablecer el recto orden de las cosas. Por eso, antes de tomar alguna decisión ante el desafío de los fariseos, Jesús pone las cosas en su sitio, y llama al hombre: "Levántate (el mismo verbo de la resurrección) al medio". Casi por instinto, la reacción de Jesús ante el enredo del planteo legal fue mirar a la persona y ponerla en el centro. Como suele pasar, lo demás fue la consecuencia de esta recta manera de mirar las cosas.
Jesús cura, finalmente, al hombre de la mano seca, pero su activo "hacer el bien" y su "salvar una vida" en día sábado le costaron la vida: en efecto, "los fariseos" se confabularon ya ese día con los "herodianos" para matarlo (cf. 3, 6).

En pocas líneas, Marcos nos pinta al Señor de cuerpo entero, con sus sentimientos y sus pasiones, con su corazón decididamente inclinado por el amor cueste lo que cueste. Jesús, el Hijo que "lleva en el corazón la ley de su Dios" nos enseña a poner siempre al prójimo concreto, y más aún, al prójimo necesitado, "en el medio". Cuando cualquier gran nombre -así sea tan santo como "la Ley", el "sábado" o la "Iglesia", - se interpone entre nuestra mirada y el prójimo, y quita al otro -al hermano concreto- del centro de gravedad de nuestro amor, necesitamos que, apenado por la dureza de nuestro corazón, el Maestro nos sacuda con su "mirada de ira", como a los fariseos de hoy.
El amor concreto a las personas concretas es el santo remedio contra todas las ideologías utópicas, que, si no acaban en nombre de la Humanidad destruyendo al hombre, confirman al menos el refrán de que "lo mejor es enemigo de lo bueno". Jesús, poniendo al hermano necesitado "en el medio" no pensó en las consecuencias de oponerse a las autoridades religiosas y políticas sino en "hacer el bien" y en "salvar la vida". Por lo tanto, la referencia concreta al hermano de carne y hueso será siempre el criterio del amor al Dios cristiano (cf. 1 Jn 4, 19-21).

sábado, 25 de diciembre de 2010

Nochebuena en Buenos Aires

Tú que con ansias recorres
la noche de Navidad
buscando por Buenos Aires
a quien te vino a salvar,
mira bien qué puerta empujas
y qué umbral vas a pisar,
porque aunque está en todas partes
 y en todas lo sentirás,
sólo en las casas más puras
al niño Dios hallarás.

No lo busques en los sitios
donde la luz brilla más
y donde es más poderoso
el poder de la ciudad;
deja las calles del centro,
entra en las del arrabal,
y allí donde la pobreza
linda con la oscuridad,
en la casa más humilde
al Niño Dios hallarás.

No lo busques en los libros
que gritan en vez de hablar,
ni en la música que quiere
pero no puede cantar;
apártate del bullicio
que en todos los barrios hay
hasta hundirte en el sosiego
que comienza más allá,
y en el fondo del silencio
al Niño Dios hallarás.

Tú que en Buenos Aires buscas
a quien te vino a buscar
para convertir en día
tu noche de Navidad:
aléjate de ti mismo,
acércate a los demás,
y abriendo con toda el alma
las almas de par en par,
en la más sola y más triste
al Niño Dios hallarás.

Francisco Luis Bernárdez.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

A desear también se aprende

Cuando el domingo a la mañana empecé a rezar la Liturgia de las Horas, sentí una alegría especial, como un ensanchamiento del corazón. Después de todo el año litúrgico, me estaba reencontrando con esas antífonas conjugadas en futuro: "Aquel día, los montes destilarán dulzura...", "Los árboles del bosque aplaudirán..., vendrá el Señor...". Había empezado el Adviento, este tiempo litúrgico dedicado a cultivar la esperanza. 
"Aquel día"... Estas dos palabras fueron para mí como una ventana que se abría mirando al horizonte, y que invitaba a galopar impunemente, rienda suelta y campo afuera. La liturgia del Adviento es como si nos invitara a desbocar nuestros sueños y deseos. En efecto, en estas primeras semanas, la liturgia nos llama a mirar lo que vendrá en el futuro: "Miren: el Señor viene...". Es una mirada que a quienes venimos enredados en la fatigada madeja del año nos saca de nosotros mismos con la tensión de lo que deseamos. El Adviento es todo él una gran "expectativa", un deseo hecho liturgia.
Sin embargo, también la época en que vivimos se caracteriza por una gran "exacerbación de los deseos", a tal punto que podría ser calificada como una "cultura del deseo". ¿Por qué entonces el Adviento me supo tanto a novedad, por qué me tomó por sorpresa? ¿Qué tiene de distinto este deseo?
Creo que la clave la da la etimología de la palabra "expectativa", que es otra manera de decir "deseo" o "esperanza". Efectivamente, "ex specto" significa mirar (specto), pero mirar fuera de sí (ex), tenso hacia afuera, hacia aquello que se espera ver. Es un mirar que desea, y que porque desea espera.
Ahora bien, creo que aquí está la gran diferencia: la expectativa del Señor que viene es un deseo que sabe esperar, y que por eso nos tiene como "lanzados hacia lo que está adelante" (Flp 3, 13), fuera de nosotros mismos. En cambio, si bien es cierto que nuestra cultura es una cultura del deseo, es mucho más todavía una cultura del consumo, y del consumo inmediato -"ya"-, al alcance de un clic. De ahí que nuestra sociedad, en el fondo, no nos fomenta tanto desear cuanto consumir, y el deseo está al servicio del consumo. Nuestros deseos no llegan a ser "ex-spectativas", porque no tienen la fuerza suficiente para sacarnos de nosotros mismos. Al contrario, la manía de tener siempre, y ya, y todo lo que deseamos no nos vuelca hacia afuera, sino que transforma nuestro "Yo" en una especie de aspiradora omnipotente e insatisfecha. Deseamos, pero como no esperamos, consumimos mucho y no consumamos nada.
Por eso, con el Adviento la Madre Iglesia nos educa el deseo, podría decirse que nos enseña a desear. Esto lo hace de dos maneras: primero, mostrándonos qué debemos desear, y luego enseñándonos a esperar ese deseo.
En el primer domingo de Adviento, la Iglesia nos señala qué debemos desear. "Sucederá al fin de los tiempos... Todas las naciones afluirán hacia la Casa del Señor... Él será el juez de las naciones... Con sus espadas forjarán arados, con sus lanzas, podaderas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán para la guerra" (Cf. Isaías 2, 2-5). En esto, la Iglesia es muy exigente: nos invita a "levantar la mirada", a anhelar con todo, a desear a lo grande. "De esto tenemos mucha necesidad en estos tiempos, en que muchas cosas en las que se confía para construir la propia vida [...] se demuestran efímeras" (Benedicto XVI, Verbum Domini, 10). Todos "tenemos esperanzas -más grandes o más pequeñas- que día a día nos mantienen en camino" (Benedicto XVI, Spe salvi, 31); pero como "antes o después, el tener, el placer y el poder se manifiestan incapaces de colmar las aspiraciones más profundas del corazón humano" (Verbum Domini, 10), en el Adviento se nos invita a una expectativa mayor, a la más grande de las esperanzas: "esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar [...], pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo" (Spe salvi, 31). El Adviento nos pide soñar con la paz universal, con un mundo de hermanos, con los cielos nuevos y la tierra nueva... Desatar los deseos utópicos, a lo "Imagine" de Lennon o "A wonderful world" de Armstrong, tiene mucho más que ver con la esperanza cristiana que resignarnos pusilánimemente a las pedestres esperanzas que tenemos "a tiro". Dice Larralde por ahí que "la tierra es grande o es chica de acuerdo con los anhelos": pues bien, la Iglesia nos enseña a anhelar la felicidad sin alambrados del Cielo, de modo que podamos decir como Martín Fierro: "para mí la tierra es chica, y pudiera ser mayor".
Lo segundo que hace la Iglesia para educarnos el deseo es ayudarnos a esperar: hay que "aguantar" mientras ese deseo no se cumple... Esta "escuela del deseo" fue explicada genialmente por San Agustín (In 1 Joannis 4, 6) y retomada por el Papa: "El hombre ha sido creado [...] para Dios mismo [...] Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado. "Dios, retardando su don, ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma, y ensanchándola, la hace capaz de su don"." (Spe salvi, 33). Por eso Jesús nos exhorta con fuerza: "estén despiertos", "estén preparados" (Mt 24, 42.44): aguanten el hueco, soporten el vacío, dilaten la capacidad de desear mientras se dilata el cumplimiento... No "coman y beban" (cf. Mt 24, 38) -"basta de excesos en la comida y en la bebida" (Rom 13, 13)- para distraer la ansiedad, que eso no los va a saciar; por el contrario, ansíen "los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios" (Col 3, 1). El programa de la "pedagogía del deseo" podría resumirse así: "desear sin consumir para poder consumar".
Desear y esperar el Reino de Dios (¡venga a nosotros tu reino!) nos hace vivir de otra manera, porque sabemos que la historia está en manos de Dios, y que pase lo que pase, "el Señor viene", y aquél día... todo terminará bien. Y, siguiendo a Jesús, que "pasó haciendo el bien" (Hech 10, 38), los hombres que creemos y esperamos en el "Dios de la esperanza" (Rom 15, 13), llenos de alegría, vamos entregando nuestras vidas como semillas y primicias de ese Reino que está y que viene. "¡Ven, Señor Jesús!"

"Ven, y caminemos a la luz del Señor"
 Isaías 2, 5


martes, 2 de noviembre de 2010

Dime lo que miras y te diré quién eres

"Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es" (1 Jn 3, 2).
Alguna vez hemos comentado este pasaje de la carta de san Juan, que la Iglesia nos propone en la solemnidad de Todos los Santos, para que pensemos en la vida eterna. Sin embargo, ayer me quedé meditando no en lo que esta Palabra dice del cielo, sino en lo que implica ya en la tierra.
"Seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es". Más allá de la visión de que se trata, la afirmación es rotunda: habrá una mirada tan profunda, tan transparente y diáfana, que hará que el que ve se haga semejante a lo visto. Pareciera que entre la visión y la vida hay un vínculo secreto y profundo: existe, en efecto, una relación causal y efectiva entre el ver y el ser.
A partir de esto, me gustaría, como el pescador que tira líneas al agua, sugerir algunos caminos de reflexión.
  • Mirada comprometida. Por un lado, aquí hay un "ver" que involucra a la persona que ve. No se trata de un "ver" pasivo, como el del que permite que se le ganen las imágenes mientras "ve televisión". Es, por el contrario, una visión en la que la persona está tan comprometida que incide en el propio ser. Por eso, no es cualquier ver, sino que es un "ver" por haber "mirado", por haber puesto atentamente el corazón.
  • Fecundidad de la mirada. En el caso que dice 1 Jn 3, 2, la semejanza con Dios se da ciertamente por la excelencia del objeto visto -que es Dios-, pero también porque la mirada fue purificada para poder verlo "tal cual es". Entonces, no debería extrañarnos que tantas veces nuestras miradas no sean fecundas... Uno puede viajar, leer, conocer culturas y gente, tener mucho "mundo", y volver siempre igual. No importa sólo qué miramos, sino cómo miramos. Si en la mirada no está puesto el corazón, lo que vemos tampoco deja huella en el corazón: entra y sale como por un tubo.
  • Mirada que digiere y asimila. Por eso se da un cierto paralelismo entre la mirada y la nutrición: así como puede haber desnutrición aunque se lleven cosas a la boca, hay maneras de mirar que impiden asimilar lo visto. El zapping, por ejemplo, es una mirada que de suyo impide la digestión de lo ingerido. Esta dispersión total de la mirada lleva, incluso, a perder sensibilidad, a no poder "degustar" lo que estamos "consumiendo". Es la misma diferencia que hay entre la "cata" y el "fondo blanco". El contenido se desdibuja a tal punto que ya no importa qué vemos, sino el hecho de "estar viendo", en una pasividad cada vez más abúlica. "Voy a ver tele", y no un programa en particular. El "eterno retorno" del zapping provoca un tedio típico: "no hay nada para ver"... ¡pero desde el principio no había nada que buscar! La pasividad, en ese caso, ha llevado a la imposibilidad incluso de formular positivamente el capricho: "quiero ver esto".
  • Mirada que discierne y jerarquiza. Otro factor que impide la buena asimilación de lo que vemos es la confusión (o sea, "todo es igual, nada es mejor"). Cuando lo que vemos viene tan mezclado ya no sabemos bien a qué debemos prestar más o menos atención, qué tenemos que tomar y qué dejar. El ejemplo cotidiano es el de los noticieros, que no siguen otro orden que el que convenga para mantener en vilo al televidente, sin ponderar qué es más o menos importante, ni clasificar las noticias (como todavía hacen los diarios): por lo tanto, tenemos vistos los talentos actorales -o la esquizofrenia facial- de los conductores que nos sonríen -con musiquita de fondo correspondiente- para contarnos el nacimiento de un nuevo tigre en el zoológico y sin solución de continuidad se ponen serios para hablarnos del asesinato de un jubilado, y acto seguido nos cuentan la última novia de Brad Pitt, y así toda la hora. Esto dificulta una de las tareas fundamentales de la mirada, que es la jerarquización, esa "discreción" o "juicio" que le permite digerir las cosas, o por lo menos evitar la indigestión espiritual.
  • Mirar al otro en cuanto otro. Esta analogía con la alimentación nos hace pensar en que muchas veces nuestras miradas, nacidas desde la insatisfacción, son miradas hambrientas, absorbentes y desesperadamente posesivas. La mirada que benignamente llamamos curiosa y comedida, si se "desboca" puede ser capaz de desnudar y violar, de pisotear y profanar las más sagradas intimidades. La primera carta de Juan nos presenta otra mirada: ya no se trata de "asimilar", fagocitar al otro, sino de respetarlo tanto que es el que mira el que se torna semejante al "mirado". "Seremos semejantes a él, porque lo veremos..." La mirada que Juan propone es una mirada pura, porque es una ventana al otro, a través de la cual uno puede finalmente descentrarse y salir de sí mismo. Esta mirada ya es parte  integral de la única dinámica del amor. El fruto de este mirar no es la unión posesiva y forzada, sino la unión fluida y mansa de la semejanza.
  • Mirada libre y liberadora. Poder mirar al otro en sí mismo, sin querer consumirlo ni apropiárselo, es mirar con libertad. Sólo esa mirada puede bajar la guardia, sosegarse, descansar. Así es la mirada del amor, como lo dice el poeta: "Me miráis, ojos de mi alma, / con la calma / con que mira el cielo al mar" (Miguel de Unamuno, "¡A sus ojos!"). La energía que se gastaba en absorber, en atrapar, ahora se reconduce a la atención al otro en tanto que otro. El que ama está atento a las necesidades verdaderas del amado, busca el bien propio del otro. Por eso su mirada, redimida del narcisismo, no sólo es libre sino que es liberadora. En efecto, no intenta insertar al otro en los propios esquemas sino que lo ama "tal como es"... No hay mejor mirada que la del que nos ama: su mirada -que nos acepta radicalmente- nos reafirma, nos hace lugar, nos despliega, nos hace crecer, nos da alas.
  • Contemplación y transformación. La mirada del amor es la que mejor conoce, como decía Adela Sáenz Valiente de Grondona: "el amor es la retina más perfecta que existe". Esta mirada tiene nombre propio: se llama "contemplación". ("La contemplación -dijo Josef Pieper- es un percibir amante"). Es precisamente la contemplación la que tiene esa capacidad de transformar al sujeto que contempla, justamente por mirar amando. Entonces el conocimiento que se da no es conceptual, sino un conocimiento "por connaturalidad" (Santo Tomás de Aquino): el amor hace que lo extraño se haga semejante, y así lo semejante conoce a lo semejante, familiarmente, como por instinto. Esta transformación del contemplante en lo contemplado, en cuanto a la relación con Dios -donde por la excelencia del Otro esto es más patente-, está presente ya en el Antiguo Testamento: "mírenlo y quedarán resplandecientes, sus rostros no se avergonzarán" (Salmo 33; cf. Ex 34, 29 ss. 33 ss., retomado por san Pablo en 2 Co 3, 12-18). San Lucas nos dice que mismo Jesús fue transfigurado "mientras oraba" (Lc 9, 29). Por eso puede decir 1 Jn que "porque lo veremos tal cual es, seremos semejantes a él". Muchos autores han aprovechado este misterioso vínculo para vivir la espiritualidad de la contemplación, por ejemplo, en la adoración eucarística. Mirar con amor el Cuerpo entregado de Jesús -además de "comulgarlo"- nos va haciendo "eucaristía" a nosotros, nos va contagiando el estilo del Maestro, nos va "pegando su tonada" de humildad, de servicio, de amor total...
  • Por una ascética de la mirada. Pero no debiéramos pensar que sólo la "contemplación mística" nos va transformando en lo que miramos... Si el que ve a Dios queda radiante, también la Biblia nos advierte que "el que honra ídolos vanos, se vuelve vano él mismo" (cf. 2 Re 17, 15; ver también Sal 115, 8). No da igual qué miramos o qué dejamos de mirar: "La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado; pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo quedará en tinieblas" (Mt 6, 22-23). Uno es un poco lo que mira, porque mira lo que ama y en el fondo uno es lo que ama. Por eso "dime cómo miras y te diré cómo eres; dime qué miras y te diré qué eres; dime a quién miras y te diré quién eres".
    Creo que en un tiempo en que la "cultura de la imagen" es tan fuerte que el "homo sapiens" corre el riesgo de volverse el "homo videns" (Giovanni Sartori), es necesario reeditar una auténtica "ascética de la mirada". Lo que vemos deja huella en nuestra imaginación, en nuestra memoria, en nuestro corazón. Así como no nos llevamos a la boca todo lo que nos ponen delante, tampoco debemos "tragarnos" todo lo que está ante nuestros ojos. De hecho, las consecuencias negativas de las malas miradas son harto más duraderas que una indigestión. Habrá que aprender de nuevo a hacer "ayunos de la vista" y "silencios de la mirada" (no tener la televisión prendida porque sí, no someternos a sus imágenes "inconscientemente", evitar el zapping ocioso, etc.), pero sobre todo habrá que educarnos en el ejercicio positivo del mirar bien: saber ser contemplativos en medio de la vida cotidiana, permitirnos ver la luz del día, detenernos a mirar el cielo, poder pasear un poco por la calle mientras caminamos y reconocer dónde puso nido aquel hornero, y gozar con los nuevos brotes en los plátanos, o apreciar las flores de un balcón, o los encantos de una moldura. Cuando nos animemos a hacerlo, y notemos cómo eso nos "transforma", nos vamos a asombrar...

viernes, 22 de octubre de 2010

El fuego amable de Jesús

"Yo he venido a traer fuego sobre la tierra ¡y cómo desearía que ya estuviese ardiendo!" (Lc 12, 49).

¡Fuego! Sin certeza de qué es lo que el Señor haya querido decir con esta frase, hay algo que está claro: Jesús tiene un fuego para dar. Jesús tiene adentro de su corazón un amor que le quema en ganas de compartirlo, de contagiarlo, de entregarlo. Jesús tiene un corazón de carne (como había prometido Ezequiel), y ese corazón es un corazón ardientemente apasionado por el Reino. Tiene tantas ganas de incendiar la tierra con ese fuego... pero sabe íntimamente que para poder quemar todo tiene que primero dejarse quemar él del todo.
Estoy convencido de que esa pasión de Jesús, ese fuego de su corazón es el mismo Espíritu Santo, que lo "llena", que lo "arrastra" (cf. Lc 4, 1), que "lo estremece de gozo" (Lc 10, 21)... Es el mismo Espíritu que en su bautismo era como una paloma, pero que después de su otro bautismo (cf. Lc 12, 50) -la muerte y resurrección- fue un fuego imparable para el incendio de Pentecostés.
El propio Lucas juega con las dos imágenes -la paloma y el fuego- para referirse al Espíritu Santo. Y el gran san Agustín nos ayuda a entender por qué: "Cuando [Dios] envió el Espíritu Santo, lo hizo visible de dos maneras: por medio de una paloma y por medio del fuego: [...] en esta mostró la sencillez; en éste, el fervor.[...] Para que la sencillez no quedara como algo frío, lo mostró en el fuego. [...] También ustedes sean sencillos, pero de modo tal que sean  fervientes" (In Ioan. evang. tr. VI, 3-4).
Creo que, como cristianos llamados a la "sabiduría del diálogo", esto bien puede servirnos de discernimiento. En efecto, también la vida cristiana requiere un "termómetro"... No hay amor verdadero que sea frío. "Porque hay algunos que se dicen sencillos, y son vagos; se llaman mansos, y son apáticos" (San Agustín, Idem). Si nuestra sencillez, nuestra mansedumbre, nuestra amabilidad y tolerancia no son compatibles con un corazón apasionado por el bien y la verdad, entonces no son tolerancia sino apatía, "indiferentismo" y qué-más-dá. La apertura al diálogo, si no es compatible con la "valentía de la libertad de los hijos de Dios",  ni es sabia ni es virtuosa. Hay una mansedumbre que viene de la muerte, como dice por ahí Larralde: "suelen ser las más podridas las aguas que están más calmas".
Por eso, Señor Jesús, quemanos con el fuego amable de tu Espíritu, para que nuestro corazón aprenda a ser manso y humilde como una paloma, ardiente y apasionado como el fuego.

martes, 5 de octubre de 2010

La incierta certidumbre de Dios

"Conozcamos, corramos al conocimiento del Señor,
cierta como la aurora es su salida;
vendrá a nosotros como la lluvia temprana,
como la lluvia tardía que riega la tierra" (Oseas 6, 3)

¡Corramos, esforcémonos por conocer a Dios! Vale la pena todo el aguante agotador de la noche, todo ese gemir sobrecargado, vale la pena pedir ayuda sin parar y no cansarse de querer salir, querer salir...
Dios cumple los deseos del corazón siempre (porque él desea más que nosotros); Dios cumple sus promesas siempre. Por larga que sea la noche, la aparición de Dios es "cierta como la aurora".
"Cierta como la aurora"... La venida de Dios es segura con esa "necesidad física" del sol que vuelve a salir... Esto es estrictamente así: la necesidad física es expresión y efecto de la libertad amorosa de Dios, y no al revés. La inexorabilidad de los cielos -de las leyes naturales- está creada por la inexorabilidad del amor eterno de Dios: "Él hizo sabiamente los cielos porque es eterna su misericordia" (Sal 135, 5). La certeza de la aurora no es más cierta que la certeza del amor de Dios, sino su fruto y su espejo.
Ahora bien, él vendrá "como la lluvia que riega la tierra"... Estotra imagen habla más bien de la "inmanejabilidad" de la aparición de Dios, y muy pertinentemente está colocada justo después de la imagen del amanecer: de lo contrario, parecería que uno, reloj en mano, podría saber cuándo exactamente va a visitarnos el Señor: faltan diez, nueve ocho... Para corregir esta ilusión, Oseas nos propone la comparación con la lluvia, que no sabemos cuándo va a venir, "porque en muchas ocasiones truena y no sabe llover".
De la primera comparación, aprendemos la certeza irreversible de que Dios llegará; de la segunda, la incertidumbre de que no sabemos cuándo. Todo lleva a que no confiemos en nuestras especulaciones, sino que pongamos toda la esperanza en él.
Esta es la esperanza cristiana, certeza divina que nos permite andar entre las incertidumbres humanas (tan cierta aquélla como éstas). Así vivió también Jesús, que vivió como Hijo la "hora": ya está viniendo, ya viene... pero recibiéndola siempre de la voluntad de Dios, el único que sabe "el día y la hora". Nosotros, hijos como él -y en él-, renunciamos a manejar la historia, y le dejamos el asunto al Padre, mientras vivimos, con todo, la propia necesidad de cada día.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Platón y la pampa de la verdad

"...Este gran celo por ver la llanura de la Verdad es que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es precisamente el de aquella pradera, y la naturaleza de las alas por las que el alma adquiere su ligereza se nutre precisamente de él" (Platón, Fedro, 248, b-c).

Siempre me gustó, con atracción magnética, la pampa. Hay una suerte de llamado atávico, de vocación divina en el fondo de ese magnetismo.
En la llanura, contemplando el horizonte, uno puede bajar los brazos, descansar y dejar que la vista (ya no es la fatiga de la mirada) retoce sin cuidado por esa extensión inmensa. De la misma manera, puede uno aquiescerse sólo ante el panorama diáfano y despejado que nos tiende la verdad. Pero nunca dura mucho esa visión. En esta vida, el descansado horizonte de la verdad en seguida se accidenta de nubes que mellan su nítido-que-fue perfil. Gustando esa contemplación nos vamos acercando al horizonte, pero a medida que avanzamos aparecen nuevos cerros que ocultan otra vez la llanura definitiva. La verdad, es cierto, se vislumbra después de mucho subir, pero sólo se alcanza allá en el bajo, en la llanura de la humildad, que es el lugar de la comunión donde no hay ya obstáculos para el encuentro. Porque la verdad genera encuentro: la verdad es la madre del consenso, y la mejor amiga del amor.

"¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas!" (Is 40, 4)... ¿Habrá algo de cierto, algo de eso que intuía la sabiduría antigua, detrás del nombre con que me gusta llamar al Cielo que me espera: "Ayacucho eterno"?
"Ayacucho Eterno": serán los campos tendidos para siempre, serán los pastos de la verdad, será el agua pura de la vida nueva y el "Sol de justicia" que es el Cordero.
Yo sé para mí, viejo Platón amigo, que en el Ayacucho Eterno, sin carro alado ni auriga, me voy a subir en ancas de tu pingo y, juntos, vamos a galopar en la pampa madre de la Verdad... sin tranqueras.


SED DE PAMPA
"Pampa madre, peregrina de quietudes
cielo verde que repaso en la mirada..." (José Larralde)

Hundido en las piedras que cortan los vientos
ahogado en los lagos y ciego en los montes
aunque todo canta, yo no estoy contento:
mis ojos anhelan ver el horizonte.

La luz de mis ojos se choca en las piedras
y hacia el cielo sube buscando llegar
trepando murallas, como hace la hiedra,
hasta una llanura donde descansar.

Yo soy de los llanos, y también mi alma,
y el estar tan lejos me hace sentir
que, aunque sea un sueño gozar de esta calma
tendido en mi pampa quisiera morir.

Estos versos llanos, hijos de los montes,
son ríos cumbreños que quieren bajar,
y con ellos mi alma, con sed de horizonte
va abriéndose paso camino hacia el Mar.

Bariloche, 10 de enero de 1999.


viernes, 27 de agosto de 2010

Un canto nuevo


Algunos días atrás, bien entrada la noche, me disponía ya a irme a dormir cuando por entre las ventanas siempre abiertas de mi cuarto oí algo que me hizo deternerme de golpe, interrumpiendo los semiconscientes quehacerces de la rutina final. Me expuse en seguida a la voz de la ventana, y, en una fresca bocanada, la noche negra me dijo un canto nuevo: era un silbido casi olvidado, tan lleno de reminiscencias, tan familiar... Abrí del todo, respiré hondo y le regalé al cielo una sonrisa nueva, tan nueva como ese canto primero del primer zorzal.
¡Qué linda sensación, y qué extraña! Ese silbo prematuro, surgido en el seno mismo del invierno, llevaba en sí mismo toda la primavera... El silencio frío, dueño y señor de las noches invernales, acababa de ser herido de muerte por ese flechazo musical. Y aquel zorzal francotirador era el mismo que con trinos triunfantes me estaba anunciando el pregón de la victoria.
¡Qué certeza misteriosa! ¿Cómo puede uno alegrarse hasta henchirse el corazón por la primavera, estando en pleno invierno? Y sin embargo, el que escucha ese anuncio entiende la irrevocabilidad de la noticia: "¡Cantemos! El invierno "ya fue". No le hagan caso a lo que ven ni a lo que sienten: eso es apariencia. Es el estertor de un muerto. En lo oscuro de la noche ya se está gestando el día nuevo. ¡Cantemos!"
Ese canto aparentemente aislado del primer zorzal no está solo: está preñado de todos los que vendrán. Es "las primicias" de la primavera... ¡Qué poco entendió de esto el que piensa que "una golondrina no hace el verano"...! Las primicias son la exigua realidad que asegura la promesa de mucho más. De aquí brota una gran alegría, por el regalo de una doble novedad: la llegada del primer fruto, y la certeza de todos los demás. ¡Eso es el gozo de las primicias!

"¡Canten al Señor un canto nuevo!" (Is 42, 10).
Así gritaba el profeta Don Segundo Isaías, en lo más negro del destierro en Babilonia, en la oscuridad más densa de la desgracia de Israel. Cuando no había nada de qué alegrarse, Isaías pregonaba la victoria de Dios: "El Señor irrumpe como un héroe [...]" (Is 42, 13): en lo más negro de la desesperación, Dios había dicho: "cambiaré las tinieblas en luz" (42, 16). Isaías invitaba a la esperanza en medio de la desesperación más absoluta... "¡Canten al Señor un canto nuevo!" ¿Le habrán hecho caso? ¿O habrá ganado la tentación de la nostalgia de las "cosas pasadas" (Is 43, 18): "¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! (Sal 136, 4)?. Por las dudas, el Antiguo Testamento nos insiste varias veces con esta invitación: "¡Canten al Señor un canto nuevo!" (Sal 33, 3; 96, 1; 98, 1; 149, 1)... Pero ¡qué difícil es cantarlo! ¡Qué difícil es a adherirse a entonar la victoria en medio de los horrores de la batalla! ¡Qué difícil, en el fondo, creerle al que anuncia la esperanza! Queda claro, en todo caso, que poder cantar "el canto nuevo" es siempre un don del mismo Dios (cf. Sal 40, 4).
En el Nuevo Testamento nos encontramos, por fin, con algunos que "cantan un canto nuevo" (Ap 5, 9; 14, 3). ¿Quiénes son? En 5, 9-10, son los que están en el ámbito divino ("alrededor del trono"), en presencia de Dios y del Cordero degollado y victorioso. Pero ellos están en el cielo, contemplando al Cristo vencedor que tiene en su mano, abiertos, los designios de la historia. Ahora bien, los hombres, aquí abajo, en este "desierto" (Ap 12, 15), tratando de huir en la "gran tribulación", ¿podrán cantar el canto nuevo? ¿Podrán creer que "ha vencido el león de la tribu de Judá" los que sólo sienten que crecen y crecen las fuerzas del mal, cada día más revestidas de poder y de propaganda, mientras que los justos sufren y lloran su derrota? ¿Cómo puede una persona cantar el canto nuevo de la victoria, cuando se siente igual de indefenso y desesperado que una mujer que trata de dar a luz y que ante sus ojos no sólo no tiene a nadie que la ayude, sino a un monstruo gigantesco que le va a devorar a su creatura (cf. Ap 12, 1 y ss)?
La respuesta la da el cap. 14 del Apocalipsis. Allí, ese "canto nuevo" que viene del cielo "y nadie lo puede aprender" (14, 3) es aprendido únicamente por un grupo de hombres que esta vez sí está en la tierra y en la tribulación... Esos hombres son "las primicias de los rescatados" (14, 3), de los rescatados "en la sangre" del Cordero, como decía el canto nuevo en Ap 5, 9. Son los "ciento cuarenta y cuatro mil", ese misterioso resto fiel de los seguidores del Cordero, que lo siguen "adondequiera que vaya"... Ellos se animan a cantar ya, en medio de la tribulación, el canto nuevo de la victoria. Ellos son aquí, en la tierra, las "primicias" de una "multitud incontable de toda nación, tribu, pueblo y lengua" (Ap 7, 9) "en el cielo".

"Dios mío, yo quiero cantarte un canto nuevo" (Sal 144, 9).
Desde que me puse a escribir, ya "se entró la noche", y de nuevo empecé a escuchar a mi zorzal que pregona a un tiempo el amanecer y la primavera. Y pienso en nosotros, los cristianos: somos nosotros los que "seguimos al Cordero" y vivimos en un mundo que a veces nos aplasta con su maldad. Todo el Nuevo Testamento -no sólo el Apocalipsis-  nos advierte que estamos viviendo en unos "tiempos que son los últimos" (Heb 1, 2), porque "el Reino de Dios ha llegado" (Lc 11, 20). El misterio de la historia (y de nuestra vida) ya ha sido revelado en Cristo Jesús, que venció de una vez para siempre al pecado, al mal y a la muerte. Por oscura que sea la noche en que vivimos, ella ya está inexorablemente habitada por la luz de la mañana en el Lucero del alba, que nos anticipa y promete la Luz total.
    Un poco estudiando el Apocalipsis y otro poco a los pájaros, he llegado a una conclusión. Nuestra misión en este mundo desesperanzado es la de "cantar un canto nuevo", alegrando y levantando los corazones, como zorzales en la noche que celebran ya al "Sol que nace de lo alto" (Lc 1, 78).

jueves, 12 de agosto de 2010

La primera enseñanza de Jesús

Todos los evangelistas nos transmiten -entre otras cosas- las "enseñanzas" de Jesús, las palabras y parábolas con que él hablaba del Reino de Dios. Pero entre ellos, San Lucas pone de manifiesto una primera enseñanza escondida del Maestro, una verdadera lección oculta. Se vale, para ello, de ciertas referencias a la edad de Jesús.
Cuando el hijo de María tiene doce años (cf. Lc 2, 42), ella y José lo encuentran en medio de los maestros del Templo de Jerusalén. ¿Qué hacía allí Jesús? Lucas pone sólo dos verbos: "escuchaba" y "preguntaba" (2, 46). Sin embargo, el niño, "en medio de los doctores", está "sentado" (¡como un maestro!)... De hecho, estaba dando una lección que dejaba a los demás "admirados" (2, 47). Misteriosamente, el que sólo "escuchaba y preguntaba" estaba él mismo dando "respuestas"  y siendo escuchado (cf. 2, 47). ¿Qué estaba enseñando ese pequeño maestro?
La siguiente referencia de Lucas a la edad de Jesús la tenemos "al comenzar" su vida pública: "tenía unos treinta años" (Lc 3, 23). En la escena siguiente, el Señor, obedeciendo al Espíritu, es arrastrado al desierto. Aquí, cuando el diablo lo pone a prueba, aparecen las primeras frases de Jesús no hechas en forma de pregunta. En efecto, a sus propuestas, Jesús no hace más que responder lo que había esuchado de su Padre todos esos años: "Está escrito" (Lc 4, 4.8.10). Recién después de esto empezó Jesús a "enseñar" (4, 15).
Lucas parece querer hacernos entender que toda la vida oculta de Jesús fue un "escuchar y preguntar" (2, 46), un "estar en las cosas de su Padre" (2, 49) y a la vez un "estar sujeto" a María y a José (cf. 2, 51). En esto consistía el "crecimiento" del niño en "sabiduría" (cf. 2, 40.52).
¡Jesucristo se pasó treinta años "escuchando y preguntando"! ¡El Hijo del Dios Altísimo, la Sabiduría creadora de Dios hecha carne invirtió casi todo el tiempo de su corta vida no en enseñar, sino en aprender, en "crecer en sabiduría"...! "¡Qué misterio encierra Nazareth!" (Pablo VI). ¡Qué pedagogía la de la vida oculta! Ésta era la lección misteriosa que el niño-doctor enseñaba a los maestros del Templo, y esta es hoy y siempre la paradójica enseñanza que Jesús nos propone con su aprendizaje... Jesús es para nosotros el Maestro que nos enseña a aprender.
También para la Palabra hecha carne todo empieza con el silencio humilde de la escucha; también para él "el primer mandamiento es éste: "Escucha, Israel"..."  (Mc 12, 29). Que el Espíritu nos contagie esta verdadera sabiduría de Jesús, que es la única que nos permite salir de nosotros mismos y amar hasta dar la vida.

jueves, 15 de julio de 2010

MEA CULPA

                                      
Qué día triste. Qué dolor leer estampada en el título del diario la noticia irreversible de la confusión canonizada y de la mentira hecha ley.
"Perdimos", fue lo primero que pensé. Después intenté consolarme: "Dimos batalla: mandamos mails, repartimos volantes y juntamos a miles de personas anteayer frente al Congreso. Hicimos lo que pudimos, lo que estuvo a nuestro alcance...".
Y después volví a pensar: perdimos, y nuestra reacción no fue más que eso, una reacción desesperada a último momento (posterior incluso a la media sanción en la Cámara de Diputados), un manotazo de ahogado.
Anteayer, en la marcha frente al Congreso, no había canción ni globo naranja que pudieran arrancarme una sonrisa... Mi ánimo no estaba para festejar nada, porque yo ya había experimentado la derrota: no la derrota parlamentaria, la de anoche -porque con respecto a eso todavía tenía ilusión-, sino una derrota mucho más profunda. La derrota de que la mayoría de la gente, incluidos muchísimos miembros de la Iglesia, esté de hecho tan confundida. La derrota de que tantas personas no vean nada de malo en el "matrimonio igualitario"; la derrota de que tantos jóvenes católicos no sientan la necesidad de oponerse a esta nueva ley.
Esta mañana me enojé muchísimo... Pero ¿contra quién me voy a enojar? ¿Contra los del lobby gay? ¿Contra mandinga, que mete la cola? ¿Contra los senadores que legislan para su bolsillo? ¿Me voy a escandalizar de lo que sé de memoria? No, enojarme en serio contra estas realidades sería hipócrita.
Una gripe cualquiera ha matado a la criatura: el que nunca la protegió, el que nunca quiso vacunarla ni le dio la nutrición necesaria no tiene derecho a quejarse de nadie. "Si quiere llorar, que llore, nomás".
Nos han vencido sin tener que recurrir a la inteligencia: casi no hubo necesidad de negar la ley natural, de eliminar a Dios, de ir a lo profundo... No, les bastó el cuatro de copas de los juegos de palabras, los testimonios conmovedores, la retórica barata, los lugares comunes, la corrección política y la insistencia mediática. Vergüenza, decimos. Sí, pero más vergüenza la nuestra. Un resfrío nos llevó a la tumba: alguien tiene que hacerse cargo de la inmunodeficiencia.
Yo me quiero hacer cargo, y confesar, como miembro de la Iglesia, que hemos pecado mucho de omisión. Quiero pedir perdón porque gran parte de nuestros hijos, de los exalumnos y alumnos de nuestros colegios y de los jóvenes de nuestros grupos no tiene más formación que la que reciben de los Simpson, de Tinelli y,  en el mejor de los casos, del CBC. No les hemos ofrecido herramientas para discernir la verdad del error, ni una estructura mental capaz de asegurarles el mínimo sentido crítico. He podido constatar a qué grado de confusión y de incoherencia con la fe que sinceramente profesan han llegado, pero no puedo enojarme con ellos, y, sobre todo, no tengo por qué hacerlo. Tengo que pedir perdón por la verdad que no les mostré, por la formación que no les di, por la catequesis que no les enseñé.
Quiero pedir públicamente perdón por vender el amor de Dios como un sentimiento fácil y meloso, por la demagogia de no poner límites, por mostrar la misericordia como opuesta a la verdad, por recortar la Palabra de Dios y echarle soda al Evangelio, por tenerle miedo a la exigencia, por subestimar a las personas, por no formar las conciencias, por no hablar del pecado, por el egoísmo de callar verdades para que no me dejen de querer, por no corregir, por seguir la opinión políticamente correcta en vez de buscar la verdad con franqueza, por perseguir los éxitos pastorales inmediatos y no el verdadero bien de los otros,  por ser incoherente y tibio, por no confiar en la gracia de Dios y en la fuerza del Evangelio... ¡Mea culpa!

No nos quejemos del "mundo", ni nos contagiemos de sus métodos propagandísticos para ganar la pulseada. Reconozcamos nuestras omisiones y nuestras incoherencias, pidamos perdón y convirtámonos al Evangelio, que sin éxito, sin brillo y sin fuerza humana (esto enseña la "sabiduría de la cruz") cambia el corazón de las personas.
Ahora hay que mirar para adelante, y empezar a revertir, con el amor de la verdad y la educación, la inmunodeficiencia espiritual pandémica que estamos padeciendo. Las parroquias, la catequesis, los colegios, los grupos eclesiales han de ser ámbitos donde las personas se alimenten con la Palabra de Dios, que es Verdad y Vida, y que proporciona los anticuerpos mentales para que, como decía el salmo 70: "no quedemos confundidos para siempre".