lunes, 25 de agosto de 2008

Tardecita de agosto

Ya hace unos días que empecé nuevamente a rezar en el parque de la parroquia. Las tardes están lindas, ya no hace tanto frío, los días son más largos...
Cada vez que viene un amigo a visitarme, hago unos mates y nos vamos a charlar a algún rincón del parque que tenga, en verano, la intimidad de la sombra, y, en invierno, la acogedora calidez del sol. Me encanta poder hacer lo mismo con Dios, que es "el campo que me tocó como herencia": salir al parque y tomar unos mates con Jesús.

A lá hora de la oración
-sí, señor, todos los días-
cuando acalla sus porfías
el día, con su canción,
otra vez prendo el fogón
y, abajo de unos acacios,
me pongo a matear despacio
y a charlar con el Patrón.

El parque de la parroquia es grande. Es el marco, el amortiguador vegetal necesario para que nuestra capilla decimonónica no se estrelle contra la policroma modernidad suburbana. Sus árboles y plantas son como un resumen de nuestra identidad: conviven en él eucaliptos, acacios y criollísimos talas y ombúes -recuerdos de su no tan lejano pasado, cuando era estancia de los Pacheco- con finas casuarinas, altas palmeras y elegantes pinos, todos en la irreprimible comunión de un vehemente sotobosque de cañas, hiedras y ñangapiríes. Sus sectores más europeizantes tienen el pasto cortado, pero a mí me gusta instalarme en la hojarasca umbría del bosque nativo, donde juegan los zorzales y resuena más solemnemente la noble labor del pájaro carpintero.
Después de la siesta, a eso de las cuatro y pico, ensillé el mate y salí, con una mantita al hombro, la Biblia y una silla de jardín. Al principio me quedé quieto un ratito, como quien junta migas de silencio en una parva. (Desde el fondo del parque, los apurados gritos de la ruta cercana quedan como difuminados en un lejano murmullo vago y constante: al rato, con un poco de buena volutad y un mucho de empeño lírico, uno se convence del silencio...). El sol convalesciente de agosto estaba todavía bastante alto y sus dedos, entre los árboles, se estiraron audaces hasta mi cara como queriendo convencerme de que no habían olvidado el tibio arte de sus caricias.
Como siempre, antes de abrir la Biblia, traté de leer esa otra Biblia de los iletrados y los sencillos, ese hermoso prefacio a la Revelación que es la naturaleza. Y me quedé ahí.
El sol cayente resaltaba, con sus rubias miradas, distintos sectores del parque, destacando acá el invisible empeño de una tela de araña perfecta, más allá una concentrada danza de mosquitos precoces, y al fondo una alegre colonia de florcitas amarillas.... Y allá a lo lejos, en medio del profundo verdor de los pastos altos, un machetazo de luz de entre las hojas parecía estar degollando a un canoso "panadero". Como enaltecidos por este lateral juego de luz en retirada, los pastitos en medio de la tierra seca desplegaban una vitalidad nueva, ensayando frágiles bracitos que bostezaban frescura.
Pero este mundillo verde y vívido que el sol iba desnudando ante mis ojos estaba rodeado de los esqueletos grises del invierno. Confinadas en la sombra, como en vegetales fosas comunes, se acolchonaban las hojas muertas, víctimas del último otoño. Las acacias negras estiraban sus tensas manos estériles contra el mórbido cielo del este, esgrimiendo el agostado pretexto de unas pocas chauchas solteronas. Levantando la mirada, nada desdecía al invierno imperante. El verde neutral de los eucaliptos y pinos no hacía sino reforzar el marrón despojado de las ramas secas. Ni las calandrias ni los zorzales quebraban el silencio tristón del atardecer, despedido solamente por el responso lloroso de las palomas. Era agosto.
Y sin embargo, si mis ojos se detenían en la punta de una ramita cercana, descubrían la audacia indecente de los ínfimos retoños desafiando, como otros Davides, al inmenso Invierno filisteo.
* * *
Entonces pensé que la tardecita de este agosto es como yo. Más aún: que la vida del hombre es como estos días del invierno terminal. Porque no es cierto que nuestros días sean siempre la aridez y el frío triste del invierno. Y ¿quién diría que su vida es como una eterna primavera? En cambio, creo que el tiempo de vivir es una urdimbre incoherente pero fascinante de luz y de sombra, de gozo y de dolor, de vida y de muerte.
Por momentos cantamos bajo la tibieza del sol de la vida, y florece nuestra alegría y se despliega nuestro vigor. Los signos de la caducidad y de la muerte, sin embargo, nos envuelven por todos lados. Y a veces ese abrazo frío se estrecha y nos invade: toda nuestra frescura y nuestra vitalidad se queman con la cruel cachetada de las heladas tardías. Pero basta que brille el sol un domingo para que un pimpollo nuevo se asome, incorregible, en la herida todavía abierta del retoño que murió. En nuestra vida, como en esta tardecita de agosto, saben vivir juntos el victorioso canto del primer zorzal y el silencio fúnebre de los grillos dormidos; la osadía blanca de los ciruelos y azahares y la tenacidad cadavérica de los árboles pelados.
Sin embargo, no es cierto que la vida del hombre sea una guerra eterna entre la vida y la muerte. En nuestra historia, como en este agosto, el invierno está irreversiblemente vencido, aunque en algunos sectores siga enseñoreándose de sombra y de frío. La vida, inexorable, está creciendo en lo oculto, y aunque pierde los primeros combates y yerra sus primeros tiros, su victoria flamea ya en el estandarte triunfal del prunus en pura flor.

* * *

Cuando el invierno de la historia parecía más duro que nunca, brotó el renuevo primero, cantó el primer zorzal, "floreció el almendro": resucitó Jesús. Desde entonces, la muerte está herida de muerte, y el Reino de la Vida crece misteriosa pero inexorablemente, como la semilla bajo la tierra helada, como el retoño nuevo de esta tarde gris.

"En medio del invierno, floreció el almendro..."

jueves, 21 de agosto de 2008

Amor, matrimonio y celibato: pensamientos en voz alta

Día por medio, el tema del celibato o algunas cuestiones de moral vuelven a aparecer en los diarios y en las sobremesas de algunas familias argentinas (aunque no sea más que para confirmar el pragmático axioma de que "de religión y de política no se habla"). Están en una cabecera quienes se rebelan contra la Iglesia (son los "desobedientes", aunque estén, muchos de ellos, obedeciendo de hecho a los "vaticanistas" y opinólogos de La Nación o de Clarín...), y, en la otra, aquellos para quienes ya discutir y cuestionar el tema les parece un pecado. Entre medio tenemos opinadores como un "salad bar": de todos los colores.

Como si estuviéramos en familia, en una sobremesa amablemente tensa, permítaseme pensar en voz alta algunas ideas con respecto al celibato y al matrimonio.


_ A mí me parece que está bien que podamos discutir estos temas, aunque la disciplina eclesiástica no vaya a cambiarse y aunque el Papa y los Obispos ya se hayan expedido al respecto: pensar y repensar los temas no nos convierte en rebeldes ni en herejes, sino en cristianos obedientes pero que quieren obedecer "con todo el corazón", entendiendo y encarnando lo más posible las normas, y no "porque es la ley"... que sería más propio de un kantiano que de un católico. La inteligencia también es un don de Dios, y -como dice Larralde: "por rispeto al regalo"- tenemos que aplicarla y "obedecer" no significa renunciar a ella.
Si hoy el celibato o la fidelidad matrimonial hasta las últimas exigencias no se entienden, está bien que lo podamos decir y que lo podamos discutir: ¿vamos a ocultarlo y fingir que está "todo bien"?
Tanto en el tema del celibato como en el de la fidelidad matrimonial el tema de fondo es el amor. Pero una dificultá está en que no hablamos de la dimensión puramente humana del amor o de la fidelidad sino de sacramentos cristianos, signos del Amor de Jesucristo. Para poder vivir bien tanto uno como la otra hace falta una profunda espiritualidad. Aunque no faltan argumentos humanos o filosóficos para explicar la fidelidad matrimonial para toda la vida, los cuestionamientos que hoy muchas veces se hacen a ella me parecen muy atendibles y entendibles. Poder vivir la fidelidad hasta el punto de no volver a "casarse" si fracasó el matrimonio (y aguantar una suerte de "celibato" no buscado), requiere mucha ayuda de Dios (que Él siempre da) y entender y vivir muy bien la espiritualidad del sacramento del matrimonio, que está llamado a ser signo del "amor de alianza de Cristo y la Iglesia". Es decir, se trata de vivir la fidelidad con mayúscula que sólo Dios, con su fidelidad hasta la muerte, puede engendrar en nosotros como respuesta. Sin esta experiencia espiritual, es lógico que no se entienda el "condenarse a una continencia no querida". (Por supuesto que puede haber gente que la viva externamente bien, pero hipócritamente. Esos tendrán que afrontar el problema sin cobardías disfrazadas de obediencia religiosa.) Pero eso no quita que haya muchos que la viven bien, desde lo más hondo de sus decisiones vitales. Esta fidelidad vivida hasta las últimas consecuencias es un testimonio ante el "mundo" -que no lo puede entender- de la presencia (en nosotros -la Iglesia- por el Espíritu Santo) de un amor fiel hasta la muerte, de un amor que perdona a los enemigos, de un amor que nos supera: el amor de Jesús.
El celibato es también una cuestión de amor, y es otra manera de vivir respondiendo y reflejando el amor de Jesús. Sin comprender la espiritualidad que lleva consigo, el celibato no se entiende, y está bien que no se entienda, que sea "signo de contradicción". Más allá de las conveniencias prácticas, que son mucho más discutibles, está el celibato como una manera de vivir como Jesús vivió. Es una puerta abierta a que el amor de Dios lo tome a uno por completo. Un "hacerse capacidad" no para "quedarse con las ganas" sino para poder consagrarse por entero a Dios y a su Reino. Si la sexualidad humana está para expresar el amor dado y recibido entre dos personas, en este caso es igual: los célibes expresamos con nuestra sexualidad "silenciosa" un amor que quiere ser a todos pero sin exclusividad con nadie... como fue el de Jesús. El celibato está al servicio del amor, está para poder querer "con todo" a Dios, y "desde" este amor, querer mucho a muchas personas a las que nunca hubiéramos querido si nos hubiéramos entregado a un amor exclusivo en la vida familiar. Ejemplo paradigmático de celibato ideal: la Madre Teresa, una "máquina de amar" sin más límites que la limitación de ser un ser humano... Un cura "solterón", es decir, un cura que no quiere a casi nadie, y nunca está disponible, y vive cómodo e instalado y no se gasta por los demás, por más que viva perfectamente bien la continencia, no es un verdadero célibe. Un cura que esté viviendo bien su celibato está amando mucho y siendo muy amado, y por eso está feliz como persona. Yo he conocido y conozco curas así, y su testimonio me invita a seguir caminando. Por ahora soy un proyecto de cura célibe, y aunque la Iglesia me permitiera casarme, eligiría el celibato, porque siendo consciente de sus muchas dificultades estoy, sin embargo, convencido de su bondad.
Muchas veces, es cierto, tengo miedo de convertirme en un solterón y de no vivirlo bien. Y para eso confío en la gracia de Dios y en la oración de ustedes...

miércoles, 6 de agosto de 2008

Monturero cué

El verso de abajo es un "estilo" que le hice al monturero de "El Rodeo", añorada guarida de cueros y recuerdos. ¡Cuántas veces, en las siestas de tormenta, me iba a cobijar en esa casita entrañable, y enancado en las monturas, me pasaba horas enteras mirando llover por la ventanita desvencijada, drogándome con el incienso de la lana mojada y con el delicioso golpeteo de la lluvia en el techo de chapa...! Era un pequeño edificio, muy gauchito, de la época de mi bisabuelo, de paredes blancas y molduras de color ocre, abrazado en los pies por una veredita de ladrillos. Estaba erguido en la entrada del monte, en el lugar mismo donde nacen casi todas sus avenidas y calles, de modo que quien venía por ellas lo veía siempre allá adelante, firme como un soldado apostado contra el horizonte. Lo prologaba un criollo palenque de fierro que hizo mi padre antes de que yo aprendiera a recordar, y un añoso eucalipto, a su lado, le prestaba su trémula sombra y lo regaba o de hojas largas o de florcitas tenues. Uno de esos días de viento furioso, el arbolazo amigo, cansado de pechar el Sur, dejó caer su brazo envejecido, y el monturero, quebrado el espinazo, se vino abajo. Mi amigo Santi Madero, que pasó esos días por el camino, me pintó el lúgubre escenario. Y yo me juré a mi mismo reconstruirlo. Pero cuando pude volver al campo, sólo después de algunos meses, miré al fondo de la calle y no vi más que el palenque desolado y, junto a él, una tristísima tapera de recuerdos, poblada de cardos y vacío.

Tardé bastante, pero al fin cumplí mi propósito, y reconstruí las cuatro paredes del monturero con estas cuatro décimas criollas. Y le dejé en el techo, como un bautismo, la primera lluvia de mis lágrimas.

martes, 5 de agosto de 2008

Responso de un monturero (estilo)

Fuiste el viejo monturero
de la estancia "La Victoria",
centinela de la historia
en "La Loma del Rodeo";
por eso, cuando te veo
sin remedio derrotado,
siento que se ha terminado
con vos parte de mi vida,
que arrastraste en tu caída
lo mejor de mi pasado.

Aún adivino tu estampa
recortando el horizonte
en el ojo donde el monte
se abre a la luz de la pampa...
Ya no veré el sol que estampa
besos de oro en tu costado,
como cuando, ya cansado,
me llegaba hasta tu alero
como hasta un altar campero
a ofrendarte mi recado.

Eras el templo sagrado
guardián de pilchas camperas:
riendas, matras, encimeras
y cueros amontonados;
al fondo, varios recados
en el aire galopaban,
y al entrar se destacaba,
por su criolla distinción,
el recado del patrón:
mi abuelo, Don Jaime Achával.

Ya es una imagen perdida
ver toda la caballada
en tu palenque ensillada
antes de la recorrida.
Ya tu presencia extinguida
cubrió el yuyo y la maleza,
y me gana la certeza
que a tu palenque olvidado
quisiera morir atado
con un cabresto 'e tristeza.

San Isidro, 30 de noviembre de 2005

miércoles, 9 de julio de 2008

Oración por la Patria a María de Itatí

Hoy, 9 de julio, como todos los años, hay entreverados en el corral de mi corazón dos sentimientos pidiendo campo. Son el cariño devoto a la Virgen de Itatí, cuya memoria litúrgica celebramos este día, y el amor a la Patria que cumple un nuevo aniversario de la declaración de su independencia. Hay años en que los dos sentimientos cabrestean a la par por un camino de alegría y se me desbocan en un solo galope de gratitud. Pero este año, más que otros, el amor al país tironea y me hace doler. Y no se me ocurre otra manera de "abrir la tranquera" que pedirle por nuestra Patria a la Virgen.
"Tierna Madre de Itatí", vos resumís en tu "carita de nogal" los rasgos más delicados de la belleza criolla; sos una imagen pura de esa sociedad colonial que nos enseñó a creer en tu Hijo Jesús. Mirando a través de tu femenina "mantilla de ñandutí", redescubrimos, transfigurados, los colores de las "Provincias Unidas" que deberíamos ser. Vos fuiste y seguís siendo un signo de que Dios no está lejos de nosotros, de que Él quiere ser "Ñande Yara" -Nuestro Dueño-, de que los vericuetos del río de nuestra historia no le son ajenos. Virgencita de Itatí, blanca piedra fiel en medio del río corriente, bendecí hoy, una vez más, el agua limpia y profunda de nuestra identidad, para que riegue y empape el corazón de todos los argentinos. Y no dejes, Madre nuestra, que las represas del orgullo, la división y el odio puedan con ella. Amén.

lunes, 30 de junio de 2008

Rezar: seguir al Caminante

"Al verse rodeado de la multitud, Jesús mandó ir hacia la otra orilla. Entonces, se aproximó un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré a donde vayas. Jesús le respondió: Los zorros tienen sus cuevas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza" (Mt 8, 18-20).

El escriba que nos relata Mateo tiene un espontáneo y lindísimo deseo: seguir a Jesús. Muchas veces, nuestras mejores intenciones son como la de él. Queremos, en efecto, seguir a Jesús. Creemos ciertamente que él es nuestro Maestro. Y quisiéramos decirle, nosotros también: "te seguiré a donde te vayas". ¿Qué es ese "dónde"? No parece, por el final de la historia, que el escriba pensara en un "adondequiera"… sino más bien en un lugar concreto. El contexto y la repetición, en griego, del mismo verbo (apérjomai), ayudan a entenderlo así. Un versículo antes, de hecho, Jesús había ordenado irse del sitio donde estaba, hacia la orilla.
La respuesta de Jesús es sencillamente negar todo "donde". "El Hijo del hombre no tiene dónde…". El seguimiento de Jesús, por lo tanto, es un seguir continuo, sin descanso, sin "reclinar la cabeza". "Caminar, caminar, caminar…", como los reseros de Don Segundo Sombra. Seguir a Jesús supone la des-instalación permanente.
Quien tiene por identidad seguir a Jesús, necesita saber, cada día, a dónde va. Rezar es, justamente, el silencio que hacemos en nuestra vida para escuchar la voz de este Maestro, Jesús, que nos dice la voluntad, las "palabras" del Padre (cf. Jn 3, 34; 14, 10). Y la búsqueda de la voluntad de Dios es un elemento esencial de la oración cristiana ("Hágase tu voluntad"). Por eso la oración pide el pan cotidiano: ese alimento de cada día es hacer la voluntad de Dios (cf. Jn 4, 34).
La oración, entonces, es mirarnos en el espejo de la Palabra de Dios –donde quien nos habla es Jesús- y renunciar, cada día, a esos "dondes" en que hemos terminado, una vez más, reclinando nuestras cabezas. El único sitio donde el discípulo apoya la cabeza es Jesús mismo (cf. Jn 13, 23). ¡Pero el caso es que Jesús mismo está siempre en camino y "no tiene dónde reclinar la cabeza"! Por eso, el descanso del discípulo nunca pasa por decir: "¡Hasta acá llegué! ¡No sigo más!", porque en la medida en que se detiene y deja que el Maestro se aleje, se queda sin ese "seno" donde recostarse, sin ese "yugo liviano" que lo alivia de la fatiga.
La vivencia del profeta Elías nos enseña que para experimentar la presencia de Dios hay que estar dispuestos a dejar la cueva de nuestras seguridades y atreverse a "salir y exponerse ante el Señor" (cf. 1 Re 19, 9 ss.). Lo mismo se aplica a la oración. Para que la oración sea de veras el espacio en que escuchar la voz del Maestro, se necesita, como condición previa, la disponibilidad de querer seguir caminando y de dejar la comodidad en que uno está instalado. "¡Sígueme!". Sin esta actitud premisa, la oración es estéril. Si Jesús -que es el Maestro- está siempre andando, nadie puede oír y entender sus palabras si se queda quieto al costado del camino. Para poder entender la Palabra es necesario haberse puesto en camino como el Señor… Sólo entonces, yendo siempre al tranco a la par de Jesús, podemos oír la explicación del Maestro que toca nuestra vida y hace "arder el corazón" (cf. Lc 24, 13 ss.).
Caminar, caminar, caminar...

viernes, 27 de junio de 2008

El rostro de Jesús (II)



El "anonimato facial" de Jesús

"Oigo en mi corazón "busquen mi rostro";
tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro." (Sal 26, 8-9)


Todos nos habremos preguntado más de una vez cómo es el rostro de Jesús. Tal vez yo me lo planteo seguido porque casi no hay imágenes de Jesús que me convenzan. El rostro de Jesús es un aspecto esencial de esa genialidad inaudita que es la encarnación, y acaso una de sus consecuencias más sugerentes... En efecto, la cara de Jesús de Nazareth es "el rostro humano de Dios". "Todo un Dios" reside en y se expresa con una mirada, con una sonrisa, con unos gestos humanos únicos, concretos, singulares... ¿Qué discípulo del Resucitado no quiere ver la cara de Jesús?
Y sin embargo si hay algo que el Nuevo Testamento justamente no hace es dejarnos una descripción física de Jesús. ¡Qué misterio! Ningún evangelista recogió tradiciones que nos hablen de cómo era el rostro de Jesús, de cómo era su sonrisa, del color de su mirada. Esa mirada fulminante de amor hondo que encontramos en Mt 9, 9: la que solita hizo que un publicano dejara todo y lo siguiera como hipnotizado...
¡Qué ganas de haber sido uno de los contemporáneos de Jesús, de haberlo visto así, en primera fila...! Pero siempre me consuelo de esta insatisfacción congénita pensando que, a fin de cuentas, al Resucitado no puede nadie reconocerlo de entrada o por su propia cuenta, y que si estuviera allá me pasaría como a la Magdalena, que creyó que era el jardinero, o como a los discípulos, que lo creyeron un fantasma o un caminante mal informado...
Creo que si le preguntáramos a quienes vieron a Jesús el porqué de este silencio nos hablarían de inefabilidad. Si Santo Tomás de Aquino, después de una experiencia mística, quiso en un arranque quemar todas sus quaestiones y quaestiúnculas porque eran como paja comparadas a lo que había visto, pienso que lo mismo les pasaría a los discípulos ensayando una descripción de Jesús... Al final, deben de haber dicho: ¡Es imposible! ¡Es inútil! ¿Cómo atrapar en palabras su mirada? ¿Cómo fosilizar su sonrisa en adjetivos? ¿Cómo congelar la frescura de sus gestos?
Pero también pienso en por qué Dios en su plan revelador no habrá querido dejarnos en su Palabra los rasgos físicos de su Hijo. Y entonces me acuerdo de Mateo 25... Tata Dios hizo que, por la encarnación, el rostro de cada hombre necesitado (y ¿qué hombre no lo es?) fuera también el "rostro divino" de Cristo. La identificación es estricta: "¿pero cuándo te vimos (...)?" preguntan los hombres en el juicio. Y Jesús les asegura que él estaba en cada hermano pequeño: "a mí me lo hicieron".
Por eso para quienes se toman en serio el Evangelio esta pregunta por el rostro de Jesús no tiene sentido. Ellos (pienso, una vez más, en la Madre Teresa) son los "puros de corazón" que "verán a Dios" (Mt 5, 8). Los mismos que pueden de verdad "reconocerlo en la fracción del pan" (Lc 24, 35), y por eso, viviendo en su mismo Espíritu, se parten ellos mismos y se entregan cada día haciéndose prójimos del Jesús pequeño en los hermanos.
No hay tal "anonimato facial" de Jesús. En el rostro de Jesús, Hombre perfecto, Hijo e Imagen del Padre, cabe el rostro de cada hombre, creado a imagen de la Imagen y llamado a ser hijo en el Hijo.

viernes, 13 de junio de 2008

El rostro de Jesús

A la heredera de Tío Pico, bendiciendo a Dios por cada una de sus arrugas.
El rostro de Jesús y nuestro propio rostro
“Muchos quedaron horrorizados a causa de él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano.” “Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada. Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado.” (Is 52,14, 53,3-4)

Aquel mediodía de Jerusalén, una mujer, sin pensarlo demasiado tal vez, se abrió paso audazmente entre la multitud y secó el rostro ensangrentado de Jesús, sin hacer caso de las reacciones de la gente. La osadía de compasión de la Verónica la impele a acercarse a la cara de Jesús desfigurada por el dolor y las afrentas, ante la cual todos apartan los ojos. Es el rostro del que nos habla Isaías, "tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre". ¿Qué vió ella en ese condenado, para hacer lo que hizo?

Ese mismo hombre desfigurado por los azotes, la corona de espinas y los golpes, había sido poco antes presentado al pueblo por el procurador romano. Según el evangelio de Juan, Pilato presentó entonces a ese Jesús con estas solemnes palabras: "Ecce homo", "He aquí al hombre". Pilato no sabía la gran verdad que pronunciaba, pero el evangelista (y nosotros), sí. Y es que, en efecto, ese Jesús es "el hombre" sin más, el hombre nuevo presentado a los hombres, el verdadero hombre que viene a restaurar y a mostrarnos, con su vida entregada, nuestro auténtico rostro, nuestra verdadera identidad.

Esa mujer valiente entendió que ahí había un hombre, que "ése era el hombre". La corajuda compasión de la Verónica supo ver adentro lo que no vio afuera la exquisita pusilanimidad de Pilato. Su sensibilidad desempañó el espejo frío de la hermosura meramente externa. Verónica descubrió en esa cara desfigurada al "más bello de los hombres" -como dice el salmo 44, que la liturgia del Lunes Santo le aplica al Cristo "sin aspecto atrayente, sin gracia ni belleza"-.

Sería difícil que salieran mujeres así de nuestras multitudes de hoy. De hecho, muchas veces el culto a la superficialidad en que vivimos nos impide esta hondura. Aquella Verónica, podríamos decir, trascendió la "cultura de la imagen". En cambio, pareciera que esta imagolatría de la belleza de nuestra sociedad termina deshumanizándonos: hace que no respetemos nuestra propia identidad ni la de muchos hermanos nuestros, a quienes finalmente dejamos de lado.

Es el caso de las cirugías estéticas (no, claro está, las más "terapéuticas"), contra las cuales esto puede considerarse una especie de manifiesto. Quienes se someten a ellas hacen gala, la mayoría de las veces, de una gran pobreza: han perdido la sensibilidad que les permitiría ver la belleza surcando sus rostros añejados. No han aprendido a leer su propia vida en las arrugas, en los frunces y en las heridas de su propio semblante. Por el contrario, persiguiendo fútilmente una juventud que literalmente ya fue, tensionan y endurecen sus rostros, quedándose con una caricatura de piel joven -que habrá que seguir recauchutando cada vez más-, a cambio de la renuncia de la frescura irrecuperable de sus gestos, de su sonrisa, de sus guiños, en fin, de lo más propio que Dios les ha dado. Gracias a Dios, hemos podido contemplar hermosos ejemplos de gente que lleva altiva su cara avejentada, que nos enseñan una belleza desacostumbrada. Pienso concretamente en la Madre Teresa de Calcuta y en el último Juan Pablo II.

Si no somos capaces de trascender nuestra propia exterioridad, difícilmente podremos hacerlo con los demás. Habría que estudiar la relación que sin duda existe entre una exaltación de la imagen según un determinado y exclusivo tipo de belleza exterior y las tendencias discriminatorias, que viven y colean incluso en medio del mendaz universo de lo políticamente correcto.

La Verónica (esa mujer que el Evangelio ignora y que nos fue regalada por una anciana tradición) puede enseñarnos a encontrar la hermosura del rostro de Cristo ("Ecce homo"). Pero Jesús, que asumió en sí mismo todas nuestras fealdades y todas nuestras impurezas, nos hace a su vez descubrir la imagen de Dios en el rostro de los enfermos, de los discapacitados, de los excluidos y discriminados por su raza o por su aspecto diferente. Contemplando el rostro de Cristo aprendemos de manera nueva la dignidad de toda persona, sea cual sea su situación o su estado, y comprendemos definitivamente que la belleza auténtica no es la de un cuerpo perfecto o siempre joven sino la que nace del amor, de la vida entregada a los hermanos.

viernes, 30 de mayo de 2008

Lejanía


Lejanía

Quiero pechar la tranquera
de mis recuerdos lejanos
y perderme por el llano
cara al viento y campo afuera;
quiero aspirar la serena
paz azul de la llanura
y montado en la tristura
de un viejo estilo campero
ir a esconderme a un potrero
para llorar mi amargura.

San Isidro, 31/X/2005

sábado, 10 de mayo de 2008

Una Iglesia unida en la diversidad: el regalo de Pentecostés.

La diversidad ha acompañado a la Iglesia "desde el vientre materno", y si bien fue, también desde el "vientre materno" causa de conflictos y tensiones (basta leer con un poco de atención los Hechos de los Apóstoles), no por ello parece haber sido menos querida por Dios en su plan salvífico.
Si creemos, entonces, que la Antigua Alianza con Israel preparó los caminos para la acogida de la Nueva y definitiva Alianza, ofrecida en Jesucristo, el Logos de Dios encarnado, es cierto que parte no pequeña de esa preparación se obró mediante la diversidad presente en el judaísmo. Retrospectivamente, se puede apreciar cómo la pluralidad de formas de vivir la única alianza con Yahveh que tenían los fariseos, los saduceos, los esenios, los de la diáspora, etcétera, aseguró que la Iglesia naciente (incluso la judeocristiana, de tendencia más impermeable a los paganos) conjugara distintos estilos y tradiciones que le dieron ese equilibrio que (va de suyo, nunca estuvo exento de tensiones y vaivenes, a veces terribles y literalmente cruentos) es una de las características más bellas de la Iglesia católica.
Hace poco, leyendo a Voltaire (Tratado de la tolerancia), molino del que no tenía previsto sacar agua para este potrero, encontré una frase que expresaba bastante cabalmente mi sentir: "Diferían [los saduceos] mucho más de los demás judíos, que los protestantes difieren de los católicos; no por eso dejaron de permanecer en la comunión de sus hermanos, y aun se vieron grandes sacerdotes de su secta." Efectivamente, es lindo ver cómo sucedió en Israel y en las primeras comunidades cristianas que grandes diferencias no lograron romper la unidad. Concretamente, llama la atención de Voltaire (y la mía) que las fuertes divergencias en la Iglesia primitiva con respecto a la necesidad de la Ley de Moisés se hayan podido asumir sin necesidad de mayores rupturas, siendo así que en otros tiempos por cosas de menor monta hubo cismas tremendos. Sin ser tan simplista que pretenda dejar de lado que la unidad no se logra sino es en la verdad, sin embargo es edificante asomarse a los conflictos de los primeros seguidores de Jesús y ver que supieron tolerar grandes diferencias con tal de no atentar contra la unidad de la Iglesia. Se dio entonces lo que más tarde propusieron los Padres: "en lo esencial, unidad; en lo accidental, libertad; en todo, caridad."
En una época en que la Iglesia se abre decididamente al diálogo, y pone todos sus esfuerzos en promover la unidad de los cristianos, duele sobremanera constatar en nuestras propias comunidades cuánta cerrazón se da entre los que se llaman a sí mismos "abiertos" y desprecian a los que consideran "cerrados", así como entre quienes se consideran "ortodoxos" y miran, en el mejor de los casos con pena, a los que juzgan "relativistas" y "heterodoxos". Si bien es casi un lugar común, al menos en ciertos contextos eclesiales, oír hablar del "don de la diversidad", cuesta que esta verdad se haga carne en el día a día. Por eso nos anima y reconforta encontrar que esta característica de la Iglesia de Cristo esté tan claramente presente en los albores de su misión en la tierra.
En ninguna otra parte acaso se aprecia más rotundamente este misterio de unidad y diversidad de la Iglesia como en Pentecostés. Tenemos antes que nada los elementos que destacan la unidad: "Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar" (Hch 2, 1) En este "todos" está cifrada toda la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios: en efecto, acaba de completarse el colegio apostólico de los "doce", figura del nuevo Israel, con la elección de Matías (cf. Hch 1, 26), y está presente "María, la madre de Jesús" (cf. Hch 1, 14). Para hacer más patente la unidad se dice que están en "un mismo lugar", en una misma "casa" (Hch 2, 2). "De repente vino del cielo un ruido como de viento impetuoso, que llenó toda la casa en que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo (…)" (Hch 2, 2-4a) Irrumpe el viento, que es una ráfaga –no muchas-, y todos quedan llenos de un mismo Espíritu, el Espíritu Santo. Incluso, si analizamos el relato pormenorizadamente, dice que primero se les aparecen las lenguas como de fuego, y en un segundo momento éstas van a repartirse y posarse sobre cada uno, como si quisiera acentuar la unidad del Espíritu previa a su entrega a cada uno. Está clara la unidad, pues.
Sin embargo, el mismo versículo cuarto nos dice que "se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse" (Hch 2, 4b). Y sigue el relato del milagro por el cual unas personas venidas a Jerusalén (la ciudad santa como madre que congrega a los "hombres piadosos"… ¡qué gran signo de unidad!) "de todas las naciones que hay bajo el cielo"(Hch 2, 5) y los oían hablar "cada uno en su propia lengua" (Hch 2, 6). Aquí tenemos, explícita, a la Iglesia universal, a la Iglesia orientada "hacia el universo", "kat' holón": católica. ¿Por qué Dios no hizo el milagro a la inversa? ¿No habría sido igualmente maravilloso el que esa gente "de todas las naciones" hubiera podido entender de pronto el arameo, que habría quedado como signo de unidad? Pero no. Hablar todos arameo habría sido "uniformidad" y Dios no la quiso. "La Iglesia en este momento de su nacimiento habla ya todas las lenguas" (Ratzinger). Se dice que en la escena de Pentecostés se da una inversión del relato de Babel (que significa "confusión"). Con todo, es notable que lo que Pentecostés remedia es precisamente la "confusión", la incomunicación, el desencuentro entre los hombres, producido por su desprecio de Dios, reuniéndolos en el seno de la Iglesia; pero aquello mediante lo cual se produjo esta confusión, es decir, la multiplicidad de lenguas, se mantuvo. De esta manera, el milagro es aún mayor: el amor de Dios, que une entre sí a los hombres, es capaz de hacer que éstos se entiendan sin necesidad de uniformarlos. Así se manifiesta la voluntad divina de preservar la diversidad entre los hombres, y en concreto, dentro de su Iglesia.
Y con esto se nos da también la clave última del asunto, con la que quisiera terminar: la difícil tarea de la unidad -no "a pesar de", ni "por sobre de", ni "más allá de", sino "en" la diversidad- no es un logro humano: es un don de Dios que "viene del cielo" (Hch 2, 2). Es el Espíritu Santo el que edifica la Iglesia y es él quien hace posible el milagro de la "unidad católica". Y esa unidad la puede hacer sólo Él por ser el Amor personal del Padre y del Hijo. Siendo el fruto de ambos, es él quien hace que el Padre sea el Padre y el Hijo sea el Hijo. El amor, en efecto, es el único factor que une sin confundir, que une haciendo a la vez que cada cosa sea lo que es. Y por eso, con la esperanza que nos da recibir en cada Pentecostés la "prenda del Espíritu" (2 Cor 5, 5), pedimos incansablemente, ahora y siempre, para la Iglesia, cada día, que Dios la "lleve a su perfección en la caridad".
(San Isidro, 8 / XII / 2005)

jueves, 8 de mayo de 2008

Oración por la Patria a la Virgen de Luján

Este año tenemos el regalo de celebrar a nuestra Patrona apenas tres días antes de Pentecostés. Estas nunca son meras casualidades: los misterios de que hacemos memoria en la liturgia se hacen eficaces, actuales... suceden "hoy". Este año la que se encarga de que los argentinos reciban bien al Espíritu Santo es la Virgen de Luján.
María es la experta en preparar, en disponer, en hacer lugar... Antes de Pentecostés, si la comunidad estaba reunida, era únicamente gracias a ella, atraída por su presencia mansa y sencilla, por su ternura y su amor maternal, que prolongaban de alguna manera la presencia del querido Jesús, el que tan misteriosamente los había dejado, haciéndoles promesas más misteriosas todavía. Los discípulos, todavía medio obnubilados, acaso más perplejos que tristes, se acercarían a ella todos los días, la cuidarían, se sentarían a su alrededor y le preguntarían por Jesús: "¿cómo era de chico? ¿A qué le gustaba jugar? ¿Hablabas mucho con él? ¿Qué es lo que más te sorprendía de Jesús...?" María, de solo estar, los atraía como por ley de gravedad. Sus silencios densos, sus manos de callosa delicadeza calladas en la falda, su mirada ardiente y pacificante, sus breves palabras tan llenas de sentido, su voz dulce que enamoraba el corazón...
Y así fue que un día irrumpió el fogoso viento del Espíritu.

María está siempre ayudándonos a recibir los regalos de Dios. Eso es lo que en difícil se dice: "medianera de todas las gracias". Y es así porque ella estuvo activamente presente cuando Dios nos hizo sus dos regalos más grandes: cuando nos dio a su Hijo (cf. Jn 3, 16) y cuando en nombre de Jesús nos dio al Espíritu, que es el Don, el Regalo con mayúscula.

Rezo

Hoy nosotros, María, queremos juntarnos como hermanos alrededor de vos, y que nos enseñes a rezar, que es "hacerle lugar" al Espíritu en nuestra vida. Hoy sos la que quiere ayudarnos a los argentinos a recibir, con el Don, todos los dones que Dios nos da. Que empieza por reconocer todos los regalos que ya tenemos y que él nos sigue dando mañana a mañana... la tierra fértil, la tierra vasta, el aire limpio, el agua abundante, el pan de cada día y el mate de cada mañana.

María de Luján, enseñanos a darnos cuenta de que el don que Dios nos da somos nosotros mismos en nuestra linda diversidad... Mostrános hoy a los criollos, como les mostraste a los de Jerusalén, cómo podemos ser hermanos sin ser todos iguales, cómo puede haber "unión verdadera en cualquier tiempo que sea" aunque no hablemos el mismo idioma... Que podamos admirarnos unos a otros, sorprendernos de la diversidad unida en la común embriaguez del Amor que regala Dios.

Madre de todos los argentinos que en tu casa -abierta como la pampa que amás- sabés reunir desde el comienzo a esclavos y estancieros, a gauchos y puebleros, a porteños y provincianos, a criollos y extranjeros, zurcí nuestras heridas, y enseñanos a retejer los hilos deshilachados de nuestra bandera, rasgada por la franja enlutada de la desigualdad y la injusticia.

Patrona de nuestra tierra, que galopaste con nosotros nuestra historia, contagianos tu mirada hacia adelante, tu esperanza en el porvenir.

Virgencita criolla, luz chiquita en la inmensidad de tu santuario que nos enseñás la humildad con sólo mirarte, preparanos hoy el mate que nos siente a todos juntos a conversar al calor de tu corazón de madre, y hablanos de Jesús, que es el Señor de la historia y nuestra única esperanza. Amén.

sábado, 22 de marzo de 2008

El paisano de Cirene

"Como pasaba por allí un tal Simón, de Cirene, que regresaba del campo, padre de Alejandro y de Rufo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús." (Mc 15, 21)

El dolor nos toma casi siempre por sorpresa. Muy pocas veces elegimos meternos por nuestra propia cuenta en caminos que suponen renuncias, sacrificios o dolores. En una vuelta de esquina de la vida nos encontramos, de pronto, sumergidos en una situación de dolor, de enfermedad, de muerte. El dolor, propio y ajeno, nos provoca rebeldía y bronca. ¿Por qué a mí? -nos preguntamos. Igual que Simón, el paisano de Cirene, que no tenía nada que ver con Jesús y de repente fue obligado a soportar el peso de la cruz.
Pero de a poco este Simón, en el camino, fue acompasando sus pasos malhumorados al andar manso de Jesús. Es que a Él -a Jesús- nadie le quitaba la vida, sino que la entregaba libremente, por amor. Simón aprendió de Jesús a dejar de ser sólo víctima y a hacerse protagonista de su propio dolor: aprendió a transformar su dolor en Cruz. Sólo entonces, cuando nos decidimos, como el Cireneo, a caminar tras las huellas de Jesús y ponemos nuestros sufrimientos en sus manos, el dolor deja de ser un peso inhumano y se pone al servicio de nuestra vida plena.

miércoles, 27 de febrero de 2008

¿De qué sirve ser bueno?

¿De qué, para qué sirve ser bueno? Una amiga me hizo ayer esta pregunta, pidiéndome una respuesta por escrito. Es interesante... Sin embargo, no me parece que la pregunta por la ultilidad ("de qué sirve") sea una manera correcta de plantear el tema de la bondad. Se me ocurre que la forma más alta de ser bueno es justamente la de quien vive fuera de sí mismo, todo para los demás, en un habitual (y "sano", porque se puede malinterpretar) "olvido de sí mismo". Quien es bueno de esta manera no anda persiguiendo provecho ni utilidad para sí: le basta saber que su amor da vida y alegra a quienes lo rodean.
Y a nosotros creo que para decidirnos por la bondad nos alcanza con la fe en Jesucristo -de la que necesitamos, claro, decir siempre: "Creo, Señor, pero aumenta mi fe"...- En efecto, si él, muerto y resucitado, nos asegura para siempre el amor de Dios -del que nada nos podrá apartar, ni siquiera la muerte- "tenemos las espaldas cubiertas": no hace falta buscar nuestra utilidad o seguridad, porque ya estamos en manos del Padre Dios... ¿qué malo puede pasarnos? Nos queda seguir los pasos de nuestro Maestro, dejar que él nos habite y acompañe con su Espíritu, para poder, como él, "pasar haciendo el bien".

domingo, 13 de enero de 2008

Vivir en recepción con Jesús

Hoy, con la fiesta del Bautismo de Jesús, concluye el tiempo de Navidad, esa gozosa demora en que la Iglesia nos detiene porque aprendamos o incorporemos algo, aunque sea, de ese misterio tan grande del que la costumbre nos impide asombrarnos: la encarnación del Verbo: que Dios ("todo un Dios") se haga hombre.
El Bautismo es un capital punto de inflexión en la vida de Jesús, un "antes y un después". Según el testimonio de los evangelios, el Bautismo fue el punto de partida de su ministerio público, del camino hacia su "hora" definitiva cumplida en el misterio de su Pascua. La liturgia de esta fiesta nos invita, en este sentido, a descubrir a Jesús como el "ungido" por el Espíritu del Señor, preanunicado por los profetas, que es confirmado en su identidad por el Padre y enviado a evangelizar, a "pasar haciendo el bien".
Me gustaría empero mirar esta vez el Bautismo del Señor no tanto como el inicio de la vida pública del Señor sino como la conclusión de su vida oculta, cuyo misterio ha estado por decir así comprendido en este tiempo litúrgico de la Navidad.
En efecto, pensando en el denominador común de esos años "ocultos" desde el Nacimiento hasta el Bautismo, me detengo hoy, una vez más, en la "existencia en recepción" de Jesús. Es una linda manera de meditar en el enorme "evangelio" de la encarnación. Dios, el altísimo, el omnipotente, el eterno, decide hacerse un hombre entre los hombres, asumiendo sus límites: el tiempo, la pequeñez, la debilidad, la dependencia más absoluta... "pasando por uno de tantos". Esto significó para Jesús aprender a recibir, aprender a depender. Desde la naturaleza humana, que recibe de María, todo para el Jesús de la Navidad es recibido: el cariño de sus padres y de los pastores, el calor de los animales, los regalos de los magos del oriente... De alguna manera, todos sus años de Nazaret fueron "recepción": vivir sujeto a la voluntad de sus padres, de sus maestros, asumir día a día, año a año, la vida humana con sus fatigas, con sus pesares, con sus angustias, con sus alegrías y tristezas. El Bautismo corona de alguna manera este camino receptivo de Jesús antes de comenzar su "entrega", su ministerio al servicio del Reino. Jesús hoy se acerca, anónimo entre anónimos, como uno más entre los que "hacen cola" para recibir el bautismo de Juan. Así Jesús quiere recibir la purificación de los pecados, como miembro del pueblo pecador, infiel a las palabras de Dios. ¡Qué humildad! ¡Qué enseñanza para nosotros!
Pareciera que el Padre Dios hubiera estado esperando la plenitud de este largo período de dependencia y recepción para manifestársele plenamente, confirmándole su identidad de Hijo único, de Amado, de Ungido de Dios. Da la impresión de que en esos años de recepción y dependencia humanas Jesús se hizo capaz de comprender plenamente su vital, su ontológica y radical identidad recibida de Dios como Hijo eterno. Ningún hombre puede de un día para otro ser consciente de qué significa ser hijo de Dios. Jesús, verdadero hombre, tampoco. Hacía falta toda esa humildad de treinta años para ser humanamente capaz de recibir la voz del Padre que dice: "Tú eres mi Hijo el amado".
Su vida oculta nos devela el secreto para aprender a asumir nuestra identidad divina, recibida en nuestro Bautismo cuando hemos sido incorporados a Cristo. Humildad, recepción, dependencia... Toda la gran lección de la Navidad, la lógica y la dinámica de la encarnación: ese ser de Jesús que "siendo grande, se hizo pequeño; siendo rico, se hizo pobre; siendo fuerte, se hizo débil..."
Jesús nos enseña hoy que nadie puede recibir de Dios si no sabe recibir de sus hermanos. Nadie puede dejarse amar por Dios si no se deja a amar por los hombres. A partir del Bautismo, la vida de Cristo es recibir todo del Padre (como siempre) pero sólo del Padre: María deja, por así decir, su lugar de Madre y se convierte de discípula de Dios en la discípula de su hijo, el Hijo de Dios.
Sólo hoy, tras una vida en recepción, Jesús sabe asumir la unción y la misión que el Padre le da en plenitud: evangelizar a los pobres, anunciar la liberación a los cautivos, el consuelo a los afligidos"...: "pasar haciendo el bien" sobre la tierra.
Ojalá nosotros, bautizados, que junto con la filiación de Cristo compartimos también su misión, habiendo contemplado con orante emoción a Jesús en el pesebre, hoy, viéndolo hacer cola para una purificación que no necesita, hagamos carne alguito de esta aplastante humildad, aprendamos al menos alguna razón de esta lógica de la encarnación, podamos aunque sea balbucear alguna sílaba de esta Palabra -¡que vive en nosotros!- y que por amor no temió perder su dignidad, y asumió el silencio de la debilidad haciéndose carne.

lunes, 17 de diciembre de 2007

"Vivir en recepción": caminar en Adviento con María

La Virgen María es, sin lugar a dudas, una de las grandes figuras del Adviento. Ella es modelo e imagen inmejorable de la Iglesia-que-espera. Contemplar el ícono de la Virgen embarazada es para nosotros, Iglesia que peregrina en la historia, la mejor escuela en que aprender a recibir al Señor Jesús que está llegando.
Hans Urs von Balthasar describió la vida de Jesús como una "existencia en recepción". Desde toda la eternidad, la vida del Hijo es estar recibiéndose del Amor gratuito del Padre, y estar entregándose al Padre en Amor agradecido. "Cuando llegó la plenitud de los tiempos" y el Hijo eterno, "la Palabra de Dios, se hizo carne", Jesús de Nazaret manifestó su ser Hijo, su filiación, viviendo "en recepción". Esto puede verse fácilmente en la infinidad de frases de Jesús que parecen querer gritar: "¡Yo no: el Padre!": "Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre" (Jn 5, 19). "No hago nada por mí mismo, sino que digo lo que el Padre me enseñó" (Jn 8, 27). La existencia de Jesús es recibir la voluntad del Padre buscada en la oración (cf. Lc 6, 12) y manifestada por el Espíritu (cf. Mc 1, 12) y obedecerla por amor. Y si su vida entera es un recibir la voluntad de Dios, ello alcanza su máxima expresión cuando llega su "hora": "Que no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Mc 14, 36). Y su existencia "en devolución", o su vida eucarística, también conoce su cumbre en el instante de su muerte: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46). El ser de Jesús, el Hijo de Dios, es por eso una "pro-existencia": es un "subistente vivir en relación", un permanente existir referido al Padre, y por voluntad del Padre, para los hermanos.
Ahora bien, Jesús no nació sabiendo vivir así. Como todo, lo fue aprendiendo de a poco, en la escuela de María y de José. Fue especialmente de María de quien Jesús "mamó" el arte de vivir pidiendo, esperando y recibiendo la voluntad de Dios. María, la rezadora, la silenciosa, la diligente, fue la que le enseñó a Jesús a buscar, a reconocer y a obedecer la voz del Espíritu de Dios. Podemos constatar cómo el Señor fue madurando en su camino de recepción, desde su temprano "¿no sabían que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?" (Lc 2, 49) hasta la convicción adulta: "mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34).
Si el designio salvífico del Padre Dios es justamente que nosotros lleguemos a ser, gracias al Espíritu de Jesús, hijos en el Hijo, nuestra vida también está llamada a ser pro-existencia, vida en recepción y en devolución agradecida. Esa es la razón por la que Jesús llama "hermano" no a sus parientes de sangre sino a "quien hace la voluntad de Dios" (cf. Mc 3, 35). Quienes escuchan la voluntad del Padre, dejándose conducir por el Espíritu, son hijos de Dios, y por ende, "hermanos" de su único Hijo Jesucristo. Ahora bien, esa frase de Jesús es la respuesta a quienes le avisaban que "su madre y sus hermanos" lo estaban buscando. Indirectamente, Jesús reconoce y admira la condición filial de su Madre, la "servidora del Señor". Jesús sabe bien que si él aprendió a reconocerse en el "siervo de Yahvé" (cf. Lc 4, 18 ss.) ha sido gracias a que fue el "siervo hijo de tu esclava" del Salmo 116.
Pero ahora meditemos en el otro título que Jesús le da a su madre y con ella a los hacedores de la voluntad de su Padre. "El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mc 3, 35). No solemos aplicarnos el título de "madre de Jesús". No nos proponemos ser "madre de Jesús", según este logion del Señor. Y sin embargo me parece que es ésa la manera más adecuada de describir la misión de la Iglesia. Por el Bautismo, estamos incorporados a Cristo: somos su Cuerpo, Él vive en nosotros. La Iglesia es como un Cuerpo preñado de Cristo. Nuestro modelo, Jesús, no está fuera, para ser admirado e imitado. Jesús nos habita con su Espíritu filial. ¿Qué otra tarea nos queda, entonces, sino aprender de María embarazada, la Virgen de la espera, la Señora del Adviento? Nuestra misión comienza -siguiendo el año litúrgico- aprendiendo "vivir en recepción" de la mano de la Virgen.
Por un lado, buscando la voluntad del Padre, en la oración insistente, golpeando la puerta de la Palabra de Dios, aguzando el oído para reconocer, como la Virgen, la voz del ángel del Señor. Luego, con el silencio creyente, con el coraje confiado de la pregunta sostenida en medio de las incertidumbres: "meditando y guardando" cada acontecimiento de la vida "en el corazón". Y por último, abriéndonos a los hermanos con la presteza y la solicitud de la caridad, como María que, cargada de mil preguntas humanas pero embarazada de la Promesa de Dios, salió al encuentro de Isabel.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

El oculto destino divino del amor

Para José y Vero,
y para mis padres y abuelos
que han sabido querer a muchos hijos.
Un soneto de Juan Carlos Dávalos
Ya no tenemos la costumbre de leer sonetos. Y de escribirlos, menos. Sentimos compasión de ver a esos pobres versos injustamente encorsetados en forzada pleitesía a Petrarca, un ilustre nombre inerte de memorias eruditas. La rigidez formal, la pretendida exactitud, la presumida exhaustividad del soneto no condicen con los inasibles acentos de la poesía, ese inevitable ardid del hombre por expresar lo inefable. Un soneto nos remite (al menos a los seminaristas) al amargado "frío pensar exacto a la verdad sujeto", y no a los apasionantes grandes temas de la vida, que el corazón no sabe encerrar.
Y con todo vengo con un soneto. Pues los sonetos, más allá de su congénita esclerosis, conservan siempre el mérito de ser el difícil arte de decir mucho en pocas palabras. Y en el que traigo hoy, del gran poeta salteño Juan Carlos Dávalos (1887-1959), se cifra, en catorce versos, una de las verdades más fundamentales de la vida.



HOGAR

¿Te acuerdas? Al unirnos ni soñamos que había
un oculto destino divino en el amor.
Éramos egoístas. Nuestra filosofía
nos hubiera colmado los años de dolor.

Llenóse con el tiempo de bulla y alegría
la casa que era inmensa para nosotros dos.
Ni tú ni yo tenemos sosiego en todo el día
con los cinco demonios que nos ha dado Dios.

Me siento derrotado por la pandilla loca
que no sólo me quita los besos de tu boca
si no que hasta me vuelve celoso de tu amor.

Pero tú, madrecita, qué sabes de estas cosas?
tú das estos chiquillos como un rosal da rosas
y me alegras la vida como un rosal en flor.

(Juan Carlos Dávalos, Otoño, Buenos Aires, Tor, 1935)

Comentario a un soneto sapiencial

Quizá fue gracias a que su nieta Julia Elena le puso música y lo cantó que me detuve en estos versos. Lo cierto es que descubro, en su impecable estructura de soneto de alejandrinos (14 de 14), la hondura gozosa de las cosas esenciales. En efecto, ¿hay algo más importante que aquello de lo cual depende la "alegría de la vida" (cf. v.14) o "los años colmados de dolor" (v. 4)? El tema está enunciado con suma claridad desde los primeros versos: es el insospechado, el "ni soñado", el oculto destino divino que hay en el amor. Se trata del amor -del amor humano- y de que este amor parece no ser sólo humano.

¿Te acuerdas? Al unirnos, ni soñamos que había un oculto destino divino en el amor. La obra se presenta como diálogo entre el yo del poeta y el tú de su compañera. Si atendemos al título del soneto, y a su etimología, bien podemos imaginárnoslos charlando en la paz de la noche, cuando los chicos duermen, al calor del fuego, del "hogar". Por otra parte, el verbo nos indica que el poeta está evocando recuerdos que se remontan al inicio de su vida en común ("al unirnos"). En aquel entonces, ni él ni ella podían imaginar lo que hoy sí saben: que había "en el amor", en el amor de ellos dos, "un oculto destino divino". Ahora bien, ¿qué hizo que descubrieran esa verdad que antes ignoraban y ni siquiera "soñaban"?

El autor nos remonta, en primer término, a la situación inicial: Éramos egoístas. Nuestra filosofía nos hubiera colmado los años de dolor. Esta confesión ya nos da un elemento importante de la respuesta: el cambio no habría sido posible si hubiera sido por ellos solos. Y ahora reconoce que el egoísmo -esa "filosofía" tan llena de doctores- les "hubiera colmado los años de dolor". Es muy interesante constatar cómo se puede dar, y se da, un amor que no es incompatible con el egoísmo. Pero no podemos saber bien de qué se trataba esa "filosofía" de vida en común si no seguimos leyendo la estrofa que sigue.

Llenóse con el tiempo de bulla y alegría / la casa que era inmensa para nosotros dos. / Ni tú ni yo tenemos sosiego en todo el día / con los cinco demonios que nos ha dado Dios. Estamos evidentemente ante el acontecimiento central del cambio: del "dolor" del último verso que leímos pasamos ahora al la "alegría" bulliciosa con que se inaugura la segunda estrofa. Y este suceso se presenta precisamente así, como un "acaecer", como una acción velada por el impersonal devenir del tiempo: "llenóse con el tiempo…". Pero al seguir leyendo nos damos cuenta de que ese "acontecimiento" que llenó la casa de "bulla y alegría" se trata nada menos que de cinco hijos… Y entonces empezamos a notar el cambio, la conversión.

En primer lugar, ven algo que antes no veían: "la casa que era inmensa para nosotros dos". Hizo falta que llegaran los hijos para que esa pareja egoísta se diera cuenta de lo grande, de lo cabedora que había sido su casa… El amor crece con su ejercicio, en la medida en que es puesto en práctica: el amor crece amando. Y el corazón humano se va ensanchando y profundizando a medida que ama, de modo que a la vuelta de varios años de amor dado y recibido uno se sorprende, como nuestro poeta, de la gran capacidad de amar que tenía oculta. Y esa casa, esa "casa inmensa para dos" solos, ahora la experimentan "llena": llena de bulla y alegría, llena de vida. El poeta escribe desde una experiencia de felicidad, de plenitud: tiene la sensación de que su corazón está colmado, está "lleno", como su casa.

Por contraste, estamos ahora en condiciones de entender el "dolor" a que les hubiera llevado la "filosofía" egoísta de sus primeros años. El amor crece amando. Pero además el amor está por naturaleza llamado a crecer permanentemente: es dinámico, no se detiene. No sabe poner "pausa". Y cuando no avanza, retrocede. Cuando deja de crecer, está decreciendo. Ése es el "egoísmo del amor" de ese primer tiempo que el poeta nos describe: un amor -ciertamente un amor- entre un hombre y una mujer, pero que pretendió quedarse encerrado en sí mismo, gozando de lo que ya poseía. Un amor al que no se le permitía seguir abriendo caminos nuevos. Un amor que se dejó herir por la fría cuña del egoísmo.

Ahora bien, según el soneto, no fueron ellos dos quienes en virtud de un plan o de su esfuerzo se liberaron de esa vida egoísta. La fuerza que los arrancó de aquel estado fue algo que vino como "de afuera", y de ahí esa impersonalidad: "se llenó…", "con el tiempo…". La prueba de la liberación está patente en el final de la estrofa: "ni tú ni yo tenemos sosiego en todo el día con los cinco demonios que nos ha dado Dios". Es decir, están ocupados y preocupados por sus cinco hijos, de modo que ahora viven "todo el día" fuera de sí mismos, descentrados, sin tiempo ("sin sosiego") para su egoísmo personal o conyugal… Ése fue el remedio a su egoísmo. Y no fue algo que obtuvieran por sí mismos, ni siquiera que buscaran conseguir, sino que les fue dado "con el tiempo", con sus cinco hijos… Y es aquí, en el corazón del soneto, que se nos sugiere la clave última de su interpretación: ese acontecimiento que les cambió la vida y la llenó de alegría no fue el éxito de un plan propio: fue algo dado, y dado por Dios: "los cinco demonios que nos ha dado Dios". Recién ahora entendemos, con el poeta, que esa sensación de ajenidad y extrañeza ante el advenimiento de sus hijos no se debía a la im-personalidad de un sino fatídico sino a la supra-personalidad de Dios providente.

No podemos dejar de celebrar la bien lograda antítesis de los "demonios" que da "Dios". Y con ella la profundidad antropológica que contiene. En efecto, a los ojos del poeta que es arrancado a la fuerza de su vida egoísta (y cuya "filosofía" no puede cambiar de la noche a la mañana), esas creaturas que le impiden el sosiego no pueden ser sino "demonios". De hecho, la estrofa siguiente se detiene un poco más a describir los nocivos efectos que esa "pandilla loca" produce en el abatido padre, que se siente "derrotado" por ella: Me siento derrotado por la pandilla loca / que no sólo me quita los besos de tu boca / sino que hasta me vuelve celoso de tu amor.

Asimismo, adivinamos aquí por dónde pasa parte del desasosiego del poeta: sus "demonios" le han quitado uno de los lugares que era para sosiego de él solo: los "besos de tu boca". Por consiguiente, surge un sentimiento que hasta ahora le era desconocido: los celos de su propia esposa. Pero estos desequilibrios, lejos de ser un factor que oscurezca la "alegría de la vida" del poeta, son parte insoslayable de los nuevos caminos que el amor va abriendo, y que hay que ir aprendiendo, porque ahora es un "amor que quiere seguir amando", y no ya un amor arremolinado en el estrecho corral de lo conocido, de lo resguardado, de lo poseído.

Pero tú, madrecita, qué sabes de estas cosas? / tú das estos chiquillos como un rosal da rosas / y me alegras la vida como un rosal en flor. Aquí se nos brinda el dato fundamental que acompañó nuestro recorrido: "me alegras la vida"… El poeta está contento, y sus descripciones son hechas desde una mirada alegre. Con la alegría desprolija y bullente de la vida sin sosiego, derrotado de cansancio e incluso con celos… Pero alegre, y sin egoísmo.

El soneto se cierra con "flores" para su interlocutora, quien, aun habiendo pasado por las mismas situaciones que él, parece no haberlas vivido con la misma sintonía: ¿"qué sabes de estas cosas?". Deduzco que ella iba un paso adelante en este camino "divino" de descentramiento, de generosidad, de amor… Y por eso podemos aprender de ella el estadio superior en este "camino santo" del amor, en el que se "pasa haciendo el bien" virtuosamente: con gozo, sin esfuerzo, sin error… Santo Tomás decía que la virtud adquirida obra como una "segunda naturaleza" de modo que los actos virtuosos salen "naturalmente", "como un rosal da rosas".

El último verso se me antoja de una hondura enorme. En efecto, es ella quien sigue siendo el objeto principal del amor y de la alegría del poeta. Los cinco hijos no le han quitado ese lugar único. Siguen siendo ellos dos, como al principio, como cuando se unieron para compartir la vida. No se han diluido en las nuevas relaciones. El amor crece y abre caminos, pero antes que nada es fiel hasta la muerte: por eso, a la vuelta de todo este proceso, el amor, habiendo crecido, se revela a la vez nuevo y el mismo: el amor revela su fidelidad siempre novedosa. Pues también ella, el objeto de su amor de siempre, siendo la misma es nueva. Ahora es la cariñosamente llamada "madrecita". La mujer amada de siempre está ahora enaltecida y engalanada con su amor de madre. Y si siempre le alegró la vida al poeta, ahora lo hace como "un rosal en flor", donde (según el verso anterior) las flores son los hijos. Ahora bien, esta imagen supone la plenitud también de su mujer: en efecto, ver un rosal en flor es ver un rosal siendo lo que está llamado a ser, en el punto máximo de su despliegue y su esplendor, lo que supone además admitir que haberse quedado estancado en algún momento previo del camino habría implicado truncar esa plenitud, incluso "colmar los años de dolor". Esta imagen final que Dávalos nos regala guarda otra perla más: el poeta, en su experiencia, ve reunidos sus amores en su amor originario: es en ella donde, por así decir, ama a sus hijos. Por amor a ella, su amor se abrió a esos cinco amores nuevos, y así esos hijos son testigos al tiempo que garantes de su amor por ella. Y al amarla hoy no puede dejar de amarla con el amor enriquecido de los cinco hijos que ella le dio por amor. Se asoma, entonces, otra verdad esencial: el amor es unitivo; sólo lo que el amor une está de veras unido. Se da así una suerte de "mutua inmanencia" de los amores en la enriquecida, en la plural simplicidad de un único amor. Y de este modo vemos colmarse un maravilloso itinerario en que el amor algo "egoísta" de dos crece hasta hacerse amor de comunión en la familia, que por eso es imagen del amor del Padre y el Hijo en el Espíritu.

Un autor medieval, Ricardo de San Víctor, al exponer el misterio de la Trinidad, decía que el amor no es perfecto (ni por tanto digno de Dios) hasta que no aparece un tercero en la relación de dos amantes. Sin un co-amado (un "con-dilecto"), los dos amantes no tienen cómo expresar ni con quién compartir la alegría de tener cada uno el amor del otro. Análogamente, el amor del hombre no crece si pretende cegar el camino de entrega, de servicio y de generosidad que lo abre a la fecundidad del "con-dilecto". El amor quiere seguir amando.

¿Qué es, entonces, ese "oculto destino divino del amor"? Es una genialidad, una "maestría de Dios" que busca la manera de hacernos felices a pesar de nosotros. Puesto que nuestra felicidad, a imagen de la Palabra hecha carne, el verdadero hombre Jesucristo, está no en "guardar la vida" sino en darla por amor (¡somos semillas de esa Palabra!), el Creador puso en lo más íntimo de nuestro corazón la llamada del amor, esa pasión irrefrenable, ese deseo insaciable, esa fuerza incontenible. No hay quien se le resista. Cuando nos enamoramos, como si una gran ola nos arrastrase, entramos en su poderoso dinamismo. Y si bien en nuestro corazón no estamos buscando sino nuestra felicidad, en el camino del amor "acontece" la familia (los hijos, los nietos…), obra maestra del amor de Dios para que al final vivamos cumpliendo aquello de "no vivir para nosotros mismos" y estemos de continuo velando por los demás, y dando la vida con generosidad, que es la manera de alcanzar la felicidad, de vivir eternamente.

Era cierto, pues. El amor humano nunca es sólo humano. Si no reprimimos su dinamismo natural, el amor acaba revelando sus rasgos divinos. Oculto en todo amor humano, hay un designio secreto a través del cual Dios enseña a los hombres el amor verdadero y conduce a todos hacia la comunión eterna de sí mismo. Es verdad: "el amor viene de Dios" (1 Jn 4, 7). Y Juan Carlos Dávalos lo entendió.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Padre Domingo Miner. A su querida memoria.


Ayer, a la llegada de la beatificación de Ceferino Namuncurá, me encontré, de golpe, con la triste noticia de que había muerto el Padre Miner. El querido Padre Miner, a quien ninguna palabra puede describir sino esa cara sonriente que me presta Marcos Maurette. ¡El Padre Miner...! Ese amable receptor de los inconfesables pecados del verano; el mismo que en vez de darte la penitencia -con inconfundible síntoma de santo- te decía: "rezá mucho por mí". La misericordia del Padre Dios a domicilio, paseando por el parque de La Victoria. Creo que no volveré a encontrar a un cura que en sus vacaciones celebre tres misas dominicales y confiese la cantidad de gente que él confesaba.
Miner fue para mí, además, un vínculo con mis antepasados. Si hoy puedo definirme sobre todo como un "heredero" eso ha sido en gran parte gracias a él. El gris árbol genealógico cobraba vida y verdor en su memoria amante. De sus labios conocí quién había sido mi tatarabuelo -su "don Martíng"- y aprendí a quererlo como si yo mismo lo hubiera conocido. Su devoción inocultada por nuestra familia, sin embargo, nunca pretendió competir con el cariño paternal que lo unía a la multitud de sus exalumnos... Porque el Padre tenía esa fineza en el amor (reflejo del Tata) que hacía que cada uno se sintiera un poco su preferido. Como en el corazón de Dios, en el suyo cabía cada uno de nosotros por su nombre. No importaba que yo fuera ya de la quinta generación de Pereyras que conocía. Todos nos sentíamos "de primera" cuando ingresábamos en la partitura orante de su voz tanguera... ¡Con qué ansiedad (e inconfesa vanidad) esperaba el domingo de enero en que mi nombre sonaría en las blancas paredes de la capilla de Cangallo, entre los de los demás parientes que cumplían años! ¿Qué hace, Padre, que nunca haya dejado de resonar en mi corazón ese apodo que una vez pronunciaste en una misa en la casa grande: "Crístian, el nietito de Jaime"...? ¿O, años después, el que le regalaste a mi abuelo Tatá -"Jaime el bueno"- como el mejor de los halagos y el más logrado de sus epitafios...? Y es que las palabras dichas con amor se graban en el corazón. No hay vuelta que darle.

Mil recuerdos se agolpan, pero sobresalen los del oído... Esa manera enfática de pronunciar las oraciones de la Misa que desde chiquito amé imitar: "El Señor esté con vosotros"; "Reconociendo que no sólo nos liamamos, sino que verdaderaménte somos hijos de Dios..."; "el que desee comulgar y todavía no haya colocado la hostia, puede hacerlo en este momento...", y su famosa despedida, que es como un testamento espiritual impreso en el alma: "Hermanos, volvamos a nuestra vida diaria para amar y servir a Dios y al prójimo."

Dios me concedió el haber podido aprovecharlo bastante. Pude tener charlas largas con él, sobre su vida, su infancia, su vocación... Hasta me dí el lujo de hacer algo que creía ser un privilegio de los tíos viejos: llevarlo en auto desde el campo hasta La Plata, en un memorable viaje que hicimos con mi amigo Jara. Y por fin, hace cosa de un mes, cuando me enteré que ya su hora se acercaba de entregarse del todo a Dios, tuve la gracia de verlo en el sanatorio con mi hermano Pato. Y, como la mejor de las despedidas, nos dejó su última bendición en nuestras frentes.

¡Padre Miner...! Hoy que voy a los tumbos, luchando por conservar el don de Dios y peleando mi vocación cada día, pienso en vos y siento que me das desde el cielo una palmada, como después de esas confesiones en el campo... Me acuerdo de la pregunta que me disparaste en el sanatorio la última vez: "Cris, ¿cómo van tus estudios?"; de tus voz quebrada por las lágrimas cuando me llamaste porque entraba al Seminario; del reloj que Abuelo Pereyra pensó para un nieto sacerdote y que vos me regalaste como una confirmación ancestral de mi vocación... Ahora, cada vez que vuelva a mirar esa foto tuya celebrando misa en Tandileofú que tengo en mi cuarto, sabré que estás así, como siempre, rezando por nosotros en el altar del cielo, pronunciando nuestros nombres ante el Padre, que por vez primera los oye con acento de arrabal...

Rezá por mí, Padre Miner. Y, si me ayudás a ser un cura fiel y bueno como fuiste vos, ya que no he podido compartir con vos el altar acá en la tierra, podremos celebrar juntos la gloriosa liturgia celestial, o en el Ayacucho Eterno (¡que se pone lindo...!) compartir un copetín y un vinito bajo la parra de Las Overas, que es como decir lo mismo.

jueves, 25 de octubre de 2007

Décima de Completas (estilo "ad completorium")

Ya la luz del día ha muerto;
crece oscuro el horizonte,
y, como un sepulcro, el monte
se quedó mudo y desierto.
Yo, Señor, que vuelvo experto
de cansancios y tristeza,
yo, que bajo esta corteza
traigo el corazón deshecho,
vengo buscando tu pecho
para apoyar mi cabeza.

jueves, 11 de octubre de 2007

Composición tema libre. "Panza arriba y cara al cielo."

A Pablo.
«Cada vez que voy al "Rodeo", hay por lo menos dos horas de mi estada (por lo general, el último día) que me las reservo para salir a caballo por el campo, solo. "El Rodeo" es un campo chico, y bien puede recorrérselo, usando la huella habitual, en muy poco tiempo y al tranco, sin recurrir al "galopito". No obstante, en estas deliciosas salidas mías, me aparto del camino de siempre, y me dedico a ir al paso, costeando algún alambrado, las manos juntas sobre la cruz de mi caballo, casi dejándome llevar según los antojos del animal, preferentemente por esos potreros – ¡ay! cada vez más raros- que el arado perdona y Dios bendice de pajonales, flores y mil yuyos. Y mi espíritu, como acoplado al errar caprichoso del matungo, flota a rienda suelta por el aire como una flor de cardo a la deriva. En realidad nunca sé bien si mi ánimo se adapta al andar del caballo, o es el caballo el que obedece a la voz de mi alma.
En la vida urbana no faltan, para quien sabe encontrarlos, momentos de relativo silencio y soledad que son ocasión espléndida para la contemplación. Pero es necesario estar en la mitad de un potrero no ya para sentirse, sino para saberse solo: solo bajo el silencio del cielo y la voz del viento, mirado únicamente por la hacienda, los bichos del campo y Dios. Es extraño, sin duda, que de pronto algo tan vasto como el cielo y algo tan inmenso como la pampa se conviertan en un sagrario de la intimidad. Es ciertamente raro caer en la cuenta de que en la anchura del campo uno está más al resguardo que tras la puerta cerrada de su propio cuarto. La experiencia única de gozar la intimidad a campo abierto lo hace a uno conocer esa sutil latitud en que se juntan el universo misterioso del propio corazón y el universo insondable del mundo. Uno se detiene azorado ante el infrecuentado cruce del microcosmos y del macrocosmos: el hombre y el mundo. (Fue un día así que lo descubrí: Ayacucho ya no es Ayacucho. Ayacucho es el mundo).
Esta vivencia (de la que hoy tantos hombres están privados) desata en uno reacciones impensadas. Algunas veces me dio por galopar locamente por el potrero y gritar... Rienda suelta, cara al viento, cantando a los gritos la alegría de estar vivo: un poema a la libertad. Otras veces –las más- opté por esa morosidad errante, por esa desidia premeditada que antes describí. Entonces el caballo se frena a comerse una flor de cardo, y yo me permito "tildarme" un buen rato, con la boca abierta, pensando en nada, mirando los líquenes de una varilla rota, o jugando a ver hasta dónde se acercan las vaquillonas a curiosear... Muchas veces me subí a lo alto un molino y me quedé admirando la sedante inmensidad de la llanura, adivinando las certezas del mapa en el misterio del horizonte: acá el arroyo Las Chilcas, allá las mesetas de Balcarce, allí los campos de Napaleofú...
No existe remedio mejor para conseguir una higiene mental exhaustiva: es como una nebulización del alma.
***
Una de esas veces me fui hasta el fondo del campo, al "Monte de Nietos". En ese potrero había un pastizal tan alto, tan verde, profuso y abundante que -confieso- daba lástima no ser vaca para poder comerlo. El cielo toleraba sólo las poquísimas nubes que bastaban para apreciar justamente su azul purísimo. Corría un viento fresco del sur, que despeinaba la pastura para que en su revés verde clarito brillara más el sol y se destacara mejor el cielo. Era una tarde de diciembre inmejorable: mi sola pena era saber que el tiempo se la estaba comiendo con la inexorabilidad del segundero. Entonces, dispuesto a no dejar que esa felicidad galopante me fuera quitada, bajé de un salto del caballo, lo dejé suelto –seguro de su mansedumbre- y, abriendo los brazos, me dejé caer, cuan largo era, en ese mullido abrazo vegetal.
Echado panza arriba, me dejé estar un rato largo (¡qué relativo es el tiempo de la felicidad!) en esa cama silvestre, envidia de reyes asiáticos. Por momentos cerraba los ojos, respiraba hondo y gozaba con fruición la caricia del viento en mi frente, la frescura blanda de los pastos, el sinfónico perfume de las flores y el rotundo placer –prosaico tal vez- de estar acostado, en posición anatómica, como posando para un nuevo estudio de Leonardo. Luego, abría los ojos, y sumergido en el cenit, me perdía de buena gana en el remolino azul del cielo hondísimo. Y fue esa tarde que entendí, con los antiguos, que hay aguas en el espacio celeste. (Y me reí –me reí fuerte- de Galileo, de Newton y de las ciencias exactas). Fue una experiencia tan densamente linda que melló perennemente el metal de mi recuerdo.
***
"Panza arriba". Últimamente, de tanto insistir con ella, un amigo me ha hecho pensar mucho en esta frase. "Panza arriba". No suena bien, no. Pero un placer auténtico, una experiencia "trascendental" (si eso quiere decir "verdadera-y-buena-y-bella") puede redimir esa expresión, en apariencia tan vulgar. "Panza arriba" es otra manera de decir "cara al cielo". Aquella tarde de primavera y viento sur en Ayacucho permite que veamos resplandecer el oro oculto de esta frase injustamente ennegrecida, manoseada groseramente por la holgazanería, por el vicio, por el exceso y la resaca, por la heliolatría impúdica de los veranos, por la violencia, por el egoísmo, por la depresión.
Un hippie del Parque Lezama durmiendo al sol panza arriba no es tal: es un filósofo realista. Cualquiera que se tiende panza arriba en el pasto está diciendo –quiéralo o no- que la tierra es su hogar, que el cosmos es su casa, que el mundo es bueno, que el universo es creación, que todo está, al fin y al cabo, en las manos de Dios. Pues ¿hay, acaso, expresión más grande de confianza que la de estarse echado panza arriba? No hay postura humana en que nos mostremos más vulnerables... Ni siquiera los inermes recién nacidos saben exponerse así, guarecidos instintivamente en el inocente ensimismamiento de su posición fetal. Acostarse boca arriba es un acto de fe, es una profesión pública de que el mundo es bueno, de que la vida es bella, de que Dios está. Panza arriba es la posición del reposo, del descanso, del sueño. Y éstos, en sus mejores ejemplares, son formas de decirle que sí al mundo, de aquiescerse como el Creador en la bondad circundante: "y todo estaba muy bien". Nadie puede dis-tenderse panza arriba, nadie puede descansar cuando no tiene asegurada la confianza. Por eso duerme "cada carancho en su rancho": nadie puede abandonarse indefenso si no se siente realmente "en casa". En la casa de uno, esto es fácil.
Un amigo mío muy querido, casi siempre que viene a visitarme, tiene la pésima costumbre, apenas llega, de sacarse los zapatos y tirarse en mi cama. Después de un tiempo me di cuenta de que su hábito era el mejor de los regalos, el más fino de los halagos. Una de esas veces me dijo que no tenía ganas de hablar, que venía a descansar, nomás. No hace falta decir nada: eso solo es un himno a la amistad. Quiere decir que el amigo es otro "hogar", otro chez moi, un lugar donde uno se sabe aceptado y querido, y entonces un sitio en que uno realmente puede descansar.
Porque es el amor -solamente el amor- el que quita el miedo y da seguridad: sólo cuando uno se sabe querido puede bajar la guardia, tirarse boca arriba y dejarse estar. Así sucede también con el hombre y la mujer en la cumbre del lenguaje corporal del amor: cuando la vergüenza ha sido "absorbida" por el amor (Karol Wojtyla) la mujer puede abandonarse, tendida, a los brazos de su marido.
A la luz de estas ideas podemos también asomarnos a la verdadera gravedad de la inseguridad, tan antigua, tan actual... Si experimentar la belleza de la vida puede hacernos sentir que el mundo entero es "casa", no es menos cierto que experimentar la violación, la inseguridad y la profanación de la intimidad puede llevarnos a existir de modo que no nos sintamos "en casa" ni siquiera en las cuatro paredes de nuestro dormitorio. Así viven miles y miles de personas. Ellas no saben de la belleza de vivir "panza arriba", pero tampoco son culpables si sólo han conocido el "panza arriba" excedido y enfermo de la evasión desesperada. ¿Y con ellos –que mañana podemos ser nosotros- qué hacemos? ¿Qué hacer cuando las seguridades ya no están? ¿Qué hacer cuando ya no queda nadie en quién confiar?
En una tarde oscura de Palestina, hubo un hombre que dio una respuesta definitiva a esta pregunta acuciante, "tan vieja como la injusticia". Ese hombre se llama Jesús de Nazareth. Podemos verlo: también él está panza arriba, con los brazos abiertos, desnudo ante los verdugos y una gentuza vulgar, curiosa, ansiosa de sangre y de show. Lo acusaron y sentenciaron injustamente, por envidia. Es el colmo de la indefensión y de la vulnerabilidad. De hecho, están torturándolo, clavándolo vivo en una cruz. Mira a su alrededor y ve esos miserables rostros que contorsiona el odio y palidece la envidia: no hay miradas de amor en las que pueda descansar: sus amigos, dejándolo solo, se han escapado. Nunca estuvo tan solo. Él, sin embargo, está panza arriba, con ese abandono, con esa entrega, con esa confianza de siempre... La misma seguridad con la que se tiraba a dormir la siesta entre las multitudes, en las colinas verdes de su Galilea; la misma serenidad con la que se dejaba adormecer por las olas en la barca de Pedro... Y con esa mansedumbre inverosímil, Jesús se dejó llevar a la muerte. Sólo se oyó una oración desgarradora que quedó como colgada en el aire de esa tarde: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu." Y con esa misma docilidad, tres días después, se dejó levantar por su Padre, como un nuevo sol para un mundo nuevo. Acostándose tendido en la cruz, Jesús hizo del instrumento nefasto de la muerte el lecho nupcial de la alianza de amor entre Dios y los hombres. Jesucristo, que es la Palabra eterna de Dios, nos ha mostrado, sin palabras, un amor que llega hasta la muerte y la atraviesa: un amor más fuerte que la muerte. El Resucitado nos enseña que cuando se disipen todas las seguridades de este mundo, cuando ya nadie sea "hogar" y "descanso" para nosotros, cuando ya no tengamos ni siquiera un mísero "lugar", cuando el universo entero parezca sernos hostil, entonces habrá que animarse al último "panza arriba" de la vida, porque es el momento de descansar en los brazos de Dios -sólo en lo brazos de Dios-, del Padre de Jesús, del "Padre nuestro". Y entonces nuestra "casa", nuestro lugar de reposo - nuestro Ayacucho, por qué no- será para siempre el corazón de Dios.»
***
(Y hablando de Ayacucho, terminé hablando de Dios...)
Señor Jesús, Palabra viva de Dios, te pido que así como me concediste conocer tu presencia creadora en el descanso gozoso de una tarde campera, me concedas experimentar tu fuerza redentora en el descanso sufriente de la tarde de mi vida, para que pueda compartir tu suerte y gozar para siempre panza arriba en los pastos inefables del Ayacucho eterno. Amén.

domingo, 30 de septiembre de 2007

UN APLAUSO PARA EL ASADOR


Hace unos días, en Ayacucho, se murió Pocho Moyano. Un peón de campo jubilado. No sabemos bien cuándo fue; nadie nos lo supo decir: murió tan pobremente que a su muerte sin fecha ya no le corresponderá un aniversario. Pienso, sin embargo, que la intemporalidad oscurísima de su partida se emparenta un poco con la actualidad lucera de la eternidad.

Porque Pocho, en su particular fisonomía, pero al mismo tiempo trascendiéndola, fue además de una persona, un símbolo.

El gaucho argentino, el que quedó cristalizado en el Martín Fierro, se extinguió juntamente con su hábitat original. Con todo, el destino le dio sobrevivir a través de personas-símbolo que han ido encarnando sucesivamente muchos de sus rasgos. Lo de Segundo Sombra, en el novecientos bostezante, se trataba ya de una encarnación poderosa, y por eso tan atractiva, de ese gaucho arquetípico. Pocho, en otros tiempos y en otras proporciones, fue una de esas figuras en las que el gaucho pervivía. Hasta la semana pasada.

Pedro José Moyano -tal era su nombre- decía que había nacido en Labardén, provincia de Buenos Ayres, en los criollos pagos del Vecino, entre Ayacucho y Maipú, y se crió en el campo -decía-, en una familia de trece hermanos. Digo "decía" para que el lector racionalista pare las orejas, porque él decía muchas cosas... muchas cosas la mayor parte de las cuales nunca tenía, ni pretendía tener, un correlato verificable. Claro, eso para la gente se explica diciendo que era medio "bolacero"... Pero no, señor: los hombres que además de personas son símbolos tienen, por derecho propio, la facultad de autoinventarse un poco. Ellos saben que tienen en la vida un personaje por construir, y como realmente son ese personaje, sus bolazos -sobre todo los relativos a su propio origen- son tan reales como el registro civil. Y en rigor, mucho más.

Pocho fue siempre solo y andador. En estos paisanos nunca puede saberse si fueron solteros por ser andadores, o andadores por ser solteros. Nadie le conoció mujer, y sus cosas -decía- estaban dispersas por donde lo había llevado la vida: ese mueble lo tenía en Sevigné; aquella guitarra había quedado en Dolores; la "acordiona" la había dejado en lo de su hermano...

Yo lo conocí de chico, cuando entró a trabajar (primero de mensual, después de peón) en "El Rodeo". Pocho se dedicaba al parque del "chalé", cortaba el pasto, limpiaba la pileta, hachaba leña para sacar las astillas de las estufas y la chimenea, nos hacía los asados, y daba una mano en el campo: con el tractor, recorriendo y ayudando en los trabajos de hacienda. Conocí a Pocho cuando despertaba a mi propia personalidad, y entonces fue él el instrumento elegido por la providencia para dejar en mi ser la huella indeleble del gusto campero, el carácter sacro de la identidad criolla.

Pasé con él días enteros de eneros largos. Uno de esos veranos, cuando mi familia se volvió a Buenos Ayres, me quedé a vivir con él en su casa como dos semanas. Fueron días imposibles de olvidar. Más tarde, cuando crecí y dejé de seguirlo fascinado, y cambié los camperos madrugones por las horas de contemplación, mate y lectura en la galería, me acostumbré a oír su reproche profético: "dejá de lér cosas del Papa, Crí, que vah'a terminar entrando pa' cura..."

Después de los trabajos del día, Pocho volvía a su casita, y ahí parecía otra persona. La cocinita de su rancho era como su lugar en el mundo. Le encantaba quedarse a oscuras tomando mate dulce mientras en la cocina a leña calentaba algún exiguo pedazo de carne (de ésa que nunca comen los "ricos": lengua, cabeza, y algo, sí, de "pulpa"). He ido a visitarlo mil veces justo a esa hora. De afuera, uno creía que ahí no había un alma, hasta que se acercaba mucho y sentía el perenne murmullo de su radio. Entonces le pegaba el grito: "¡Pochito...!". Todavía puedo oír con claridad indefectible el quejido, y después el golpe, de la puerta mosquitero cuando se abría, y tras ella la acostumbrada bienvenida hostil: "¡Quién é!" (Porque a Pocho le encantaba hacerse el hosco, como un perro gruñón. -Era un rasgo esencial de su personaje-.) En la penumbra hermética de la noche, sólo percibía su voz ronca y el parpadeo lento y furioso de su cigarrillo. El pucho -el "cigarro" como él decía- fue el más estable de sus compañeros. Sus labios nunca se vieron privados del beso insaciable del tabaco. Pero yo le conocí otra compañía, que fue un cuzquito negro que un buen día apareció en su casa: "el negrito". Pocho le hablaba cambiando la voz, como las madres les hablan a sus bebitos: le decía, recordando una ranchera vieja: "¿neguito, querés café?" Y cuando en su radio, que no ignoraba un solo programa de folklore de doscientos kilómetros a la redonda, pasaban un chamamé, Pocho lo agarraba de las manos y lo sacaba a bailar, mientras zapateaba. Después el negrito se murió, y no le quedó más que la radio y el cigarro.

Sólo cuando iba a visitarlo, a las cansadas, prendía un farol de gas que había sido del "chalé" (como casi todo su mueblerío, hecho de lo que nosotros tirábamos como inservible). Y, a la magra luz de ese único farol malhumorado, pasábamos horas tomando su vino marca "Gual" (vino sólo potable con "cubitos", como decía él, que siempre sostuvo que el vino puro le "caía mal"). Pocho, con no haber aprendido jamás a tocar un instrumento, guardaba en el ropero de su "pieza" una guitarra bastante decente, con un cuero de víbora adentro "pa' que no se destemple". Con ella yo le cantaba milongas, estilos, cifras, zambas, chacareras y todo lo que me pidiera. Pero como para él cantar bien era cantar fuerte, creo que nunca le parecí buen cantor. (Su máxima ponderación era para su "finao mi hermano", que "la hacía'blar a la guitarra" y tenía una voz que tapaba las guitarras de los que lo acompañaban... ) De hecho, me interrumpía seguido, para comentarme cualquier cosa de las que se habla en el campo: que justo había salido tal número de la quiniela, y él había pensado jugarle a ése porque era el de la chapa del "coche del dotor" (papá): "qué... capaz que si le jugaba no salía nada..."; o del "asidente" que hubo en Mar del Plata (-"¿qué, no lo sentiste, Crí?"-); y por supuesto, que en Tandil "llovieron cuarenta, y acá en lo Rodrígue dice que cayeron veinte, nomás..." Y yo tenía más ganas que él de escucharme a mí mismo... -"¿Y no sentiste, Crí, la milonga que le hizo Carlito Esferra a Favarolo?... ¡Pá...! "

Pocho, el huraño solterón que amaba su cocina oscura, tenía sin embargo el arte de iluminar con su alegría la cara de los demás. Para las fiestas y los asados se empilchaba: se peinaba con un jopo (una verdadera artesanía de canas y gomina), se ponía una camisa blanquísima, bombachas negras, un tirador lleno de monedas y una rastra muy linda de iniciales "emprestadas". El lujo campero de un peón. Solía llevar una bota "pamplona" con vino, y la hacía besar por todos los comensales invitándolos a decir "gregorio" y "chajá" mientras echaban el trago. Su bondad con los chicos, para quienes siempre guardaba caramelos en los bolsillos, creció hasta el heroísmo cuando mi hermana Loli, con apenas dos años, se ahogó en el bañadero abandonado de la manga de vacas. Pocho siempre recordaba cómo aquel 25 de febrero rompió la ventana del cuartito cerrado de la manga para sacar palos y horquillas con los que poder buscarla. En adelante, Loli, que se salvó de milagro, fue para él "la nena", sin más.

Sus asados eran sencillamente únicos. Como dijo mi abuela Isabel, Pocho fue "el rey del cordero al asador". Bajo el imperio de su mano experta, los capones crucificados parecían entregarse de buena gana a la expiación de esa culpa arcana de su raza. Con la pala larga en la diestra, y en la izquierda un vaso de aluminio de contenido indudable, Pocho endomingado, al resplandor de su propio fuego sagrado, era un sacerdote del asado criollo.

Pocho se apagó como morían sus puchos en la noche tiznada de su cocina. Después que se fue de "El Rodeo", cambió las sombras de su casita de la "oriya" del monte por las tinieblas de un ranchito en el pueblo, en las barriadas "del otro lao de la vía", a la altura de la avenida Colón. Luchando con la "prosta" y a la espera de una jubilación irrisoria, compartía sus días con su recia madre, sorda y viejísima, y con una hermanita enferma, a quien los médicos nunca pudieron curar porque "le hicieron un daño, y la que se lo hizo ya se había muerto". Fui a visitarlo allí todas las veces que volví al campo. Terminó su vida en medio de la pobreza. Una de las veces que fui (siempre caía de improviso) se lamentaba de no poder ofrecerme yerba "de marca", mientras la sacaba de una anónima bolsita transparente... Como un tesoro, mostraba orgulloso una foto maltratada del coche de caballos de "El Rodeo", y una foto tamaño carnet de Loli, "la nena", que encontró una vez tirada en el "chalé"... ¿Cuántas y cuántas fotos tenemos de él, de nosotros o del coche de caballos, que habríamos podido regalarle, grandes, enmarcadas....? Pero él, como un nuevo Lázaro, no tenía sino las migas que caían al piso de la mesa de los ricos.

¡Pocho! ¡Cuántos recuerdos se aprietan en la manga del recuerdo! Verte desfilar con paso marcial en "la costa" del alambrado con la máquina de cortar pasto, al compás inconfundible del motor Villa... Mirarte con asombro ordeñar con baquía en esas madrugadas blancas de espuma y escarcha... Sentir tus gritos cuando encerrabas las lecheras, y creer que eran como un canto silvestre más de ese paisaje querido... Oírte cantar esas criollísimas décimas "verdes", redimidas por el vino y la amistad... Escuchar otra vez tu voz querida, como la de otro Adán en el paraíso, nombrando las cosas con el nombre criollo que Dios les pensó: "gorra" en vez de boina, "planta" en vez de árbol, "gajo" en vez de rama, "cerrazón" en vez de niebla... Y los ojos, Pocho, se me "enyenan", preñados de una llovizna tibia.

La última vez que estuve con él, este invierno, entendí que la brasa de su pucho se apagaba definitivamente. Parecía que esta vez la muerte se lo estaba fumando a él a pitadas hambrientas. Lo despedí con un nudo en la garganta y la promesa de volver...

Y no volví, Pocho. No te pude volver a visitar. Quise ir hace tres semanas, y como venía un amigo lo "pateé". Quise ir la semana pasada, y me enfermé. Soñé (lo soñé toda la vida) con arrimar el calor de un Sacramento a tus últimos momentos, y no llegué. Pocho, no cumplí la promesa que me hice más a mí mismo que a vos. No te pude volver a ver. Pero recibí en el corazón la herencia más rica que un hombre, por pobre que sea, puede dejar: el regalo cierto y fiel de tu amistad sincera. Y a ésa la llevo -y la llevaré- "sacramente", al decir de Güiraldes, "como la custodia lleva la hostia".

Queda en toda la familia Achával tu queridísimo recuerdo, como guardamos en el paladar memorioso el gusto sublime de tus corderos. Pocho, el Dios que conozco es un Dios que me quiere feliz: por eso mi cielo, como mi vida, va a ser "Dios y Ayacucho". Y si es cierto (¡claro que sí!) que el "Cordero de Dios" nos prepara un "banquete celestial", yo sé, Pocho, que en el Ayacucho del cielo nos volveremos a ver todos, sentados en ronda con mi abuelo Tatá (tu "Don Jaime") y con Juan, en la comunión de un asado eterno, donde ya no te "caiga mal" el vino flor de la alegría sin soda ni "cubitos". Y hoy, como trepando con el incienso -el "calmante aroma"- de tu noble vida, sé -lo oigo, lo siento- que llega hasta el cielo, y agrada a Dios, el homenaje unánime de todos los que te conocimos: "¡Muy bueno, Pocho! ¡¡Un aplauso para el asador...!!"